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Capítulo 70 - El comienzo de algo nuevo

  Sus mayores se lo habían advertido.

  Nunca vayas más allá de las monta?as donde viven los humanos.

  O terminarás en el medio del océano atrapado en un barco pirata vomitando tu desayuno por la borda.

  Malditas criadas del castillo que le habían hecho creer que el mar era un lugar maravilloso cada vez que se babeaban por los ojos azules del conde de Rocasombra. Por supuesto que ellas no sabían de lo que estaban hablando. Los humanos tenían una capacidad innata para exagerar todo.

  Silas nunca pensó que podría enfermarse de esa manera. Mientas había sido una orca no había tenido ningún problema pero ahora en su primera forma aquella experiencia le estaba siendo insoportable. Tenía que transformarse cuanto antes en lo que fuera para acabar con ese suplicio. Incluso si tenía que transformarse en un pez peque?ito que tuviera que huir de los depredadores o una rata de cubierta perseguida a escobazos. Cualquiera de esas opciones tenía que ser mejor que lo que estaba sintiendo en ese momento.

  Apretó ambas manos sobre el borde de la cubierta como si intentara estrujar la madera hasta que sus dedos se pusieron violetas. Su garra de oso había desaparecido por completo luego de haber retornado a su primera forma. Otra vez había vuelto al punto de partida pero no dejaría que su ánimo decayera. Tenía la esperanza de que su transformación en la quimera original lo ayudaría a desatar el nudo que Thalassa le había mencionado.

  Era cierto que había caído presa del truco del brujo Río pero al final habían logrado uno de sus objetivos que era salvar a Penn... y de paso lastimar a un montón de magos aunque eso no hubiera estado en el plan de Olivia. No le importaba lo que pensara Rovenna Astra, no estaba ni un poco arrepentido de lo que le había ocurrido.

  Aunque sí recordaba todavía el dolor que le había causado aquella misteriosa criatura de ojos rojos mientras se hallaban en aquel extra?o lugar. Pero si lo que había pretendido era asustarlo para hacerlo cambiar de opinión se equivocaba. Más bien, había causado el efecto contrario. Cada vez que pensaba en lo vulnerable que se había sentido ante aquel poder abismal que lo aplastaba como una bota a un mero insecto podía sentir cómo su sangre comenzaba a hervir. No recordaba mucho del ataque a la Casa de Gobierno, sólo pedazos sueltos, pero sí recordaba la sensación de la energía corriendo por cada una de sus venas como un torrente imparable de lava capaz de disolver cualquier obstáculo que se le pusiera delante. Cada ataque que dejaba fuera de combate a las túnicas rojas era como recuperar un pedazo de la dignidad perdida de su raza. Por un corto tiempo, ya no fue el cachorro sin nombre del que todos en la manada se burlaban o la indefensa quimera viajando de incógnito por el reino humano a la que todo el mundo debía rescatar.

  No, no estaba asustado, sino más decidido que nunca.

  Inspiró hondo la brisa fresca de la ma?ana y miró hacia arriba para sentir el calor del sol rogando que este le diera fuerza pero el único fuego que sintió en su interior fue el de su estómago. Su cuerpo se dobló hacia adelante ante una nueva oleada de arcadas.

  Cuando levantó la mirada observó el oleaje que sacudía la embarcación de un lado a otro. Aprestó los dientes y le dirigió toda su furia a aquella infinita e indiferente extensión azul.

  –Ya verás – gru?ó por lo bajo –. Cuando vuelva a adoptar mi forma original lo primero que haré será hacerte desaparecer y convertiré tu arena en gigantescas monta?as que alcancen a tocar el cielo.

  Como un respuesta a su provocación, la brisa arrastró un fuerte olor de algas directo a su nariz, lo cual le provocó otra arcada que le hizo expulsar los últimos restos de comida.

  A este ritmo no podría comenzar a entrenar de nuevo su transformación hasta que llegaran a la isla, no sólo por el malestar sino porque su cuerpo estaba falto de energía luego de deshacerse de cualquier cosa que consumiera.

  En otras palabras, el mar quería matarlo de hambre, por lo que se había convertido en su nuevo enemigo, hasta el punto de volverse más peligroso que la criatura de ojos rojos.

  –?Todo bien, compa?ero? – Warwick le plantó su gruesa mano sobre la espalda. El gesto pretendía ser contenedor pero lo único que provocó fue otro ataque de náuseas que le dieron ganas de tirarse por la borda y olvidarse para siempre de sus deseos de venganza.

  No podía entender por qué su cuerpo no paraba de hacer eso. No había nada más que pudiera vomitar, solamente su entra?as y con gusto lo haría si con eso se terminaba aquella tortura.

  –Eh, eh – Warwick le sostuvo la cabeza –. ?El sanador te ha dado algo?

  Incapaz de hablar, Silas asintió con la cabeza mientras escupía para quitarse el sabor acre de la boca. El sanador del barco le había ofrecido un té amargo pero no creía que sirviera de nada porque seguro que ya lo había expulsado con todo lo demás antes de que tuviera oportunidad de hacerle algún efecto.

  –Es cuestión de tiempo entonces, quizás para ma?ana te encuentres bien. Si Bronto no estuviera tan débil podría aliviarte enseguida con su magia de sanación.

  – Yo no estaría tan segura – opinó alguien detrás de ellos –. Quizás fue Bronto quien lo contagió

  –?Cierra la boca, Tavia! –espetó Warwick–. El chico sólo está mareado. Y Bronto ya se está recuperando.

  –Sólo decía... –respondió la mujer joven de piel oscura y pelo trenzado –. No luce para nada bien... o quizás soy simplemente una ignorante que no sabe que la piel de las quimeras es del color del moco.

  –No le hagas caso, Silas, luces completamente normal –Warwick volvió a palmearle la espalda que le provocó una nueva arcada.

  La quimera no tenía ni fuerzas para hablar o darle un manotazo.

  Tavia dejó escapar una risita.

  –Será mejor que se recupere cuanto antes. Ni siquiera nos hemos adentrado tanto. Falta la parte más peligrosa.

  –Ha llegado hasta aquí. Sobrevivirá.

  –Más le vale. Está a punto de aprender que una ola puede ser tan alta como una monta?a.

  Al escuchar eso, el cuerpo de Silas se enfrió de tal manera que hasta el fuego de su estómago pareció apagarse.

  –?Qué es lo que ha dicho? – preguntó.

  Warwick chasqueó la lengua.

  –No le hagas caso.

  –Si Bronto estuviera bien, no tendríamos ningún problema –las palabras de Tavia se arrastraban como si se tomara el tiempo para saborear cada una–. Para él las tormentas son como una brisa de verano pero ahora...

  El contramaestre no la dejó continuar.

  – Tavia “Lengua de Hacha” Reid, ?no tienes nada mejor que hacer?

  Su subalterna bufó.

  –Ya que lo mencionas... el capitán me pidió que me hiciera cargo de los nuevos grumetes.

  –Ah, así que ha decidido aceptarlos como miembros de la tripulación.

  –?Ja! ?Claro que no! Simplemente debemos tenerlos ocupados o terminarán volviéndonos locos a todos.

  Tavia se refería al comportamiento que los ni?os habían estado teniendo esos días, lo cual se había convertido en un problema para los piratas, muchos de los cuales estaban reconsiderando la votación que habían hecho para obligar a su capitán a llevarlos.

  Al principio, los marineros lo habían tomado como una oportunidad de servir a una causa noble, además de una novedad divertida. En sus mentes los ni?os no eran más que peque?os y valientes rebeldes rescatados de un puerto en plena evacuación, cuyos ojos curiosos y su hambre de historias parecían enternecer los corazones de todos los integrantes de la tripulación.

  Sin embargo, para el tercer día de navegación, el ánimo de los adultos ya era muy distinto.

  Todo comenzó con peque?as travesuras sin importancia que terminaban con una leve advertencia de parte de los piratas, confiando que los ni?os no tenían malas intenciones. Penn y Finn pasaban el día trepando por las cuerdas del velamen como peque?as ardillas en medio de los árboles. Aunque al principio algunos marineros reían por lo bajo, la diversión se volvía problema cuando los dos chicos interrumpían las maniobras, haciéndolos tropezar o enredando cabos importantes. Habían llegado incluso a trepar hasta la torre del vigía, desde donde comenzaron a gritar a todo pulmón cosas como: “?enemigo a la vista!”, “?kraken a estribor!”, “?nos atacan!”. A la quinta falsa alarma, el vigía amenazó con clavarlos al mástil como banderas.

  Sus recorridos incesantes llevaron a los hermanos una tarde hasta los barriles de pólvora en la bodega. Por fortuna, uno de los piratas los descubrió justo a tiempo, antes de que comenzaran a experimentar con los ca?ones.

  Vinnie y Katty, por su parte, pretendían “ayudar”, pero su idea de colaboración consistía en colarse a la sala de navegación para reorganizar los mapas y mover las brújulas. Luego, se deslizaron jugando por el bauprés, usando un cabo como cuerda para lanzarse sobre el mar, sin entender el riesgo real de caer al agua.

  Hasta entonces Milo y Rufus se comportaban como los más maduros del grupo mientras aprendían con Warwick acerca del manejo del timón. Sin embargo, su incansable rivalidad los condujo a una nueva discusión que terminó en una batida a duelo en plena cubierta con sendas espadas de verdad que habían logrado robar de algún rincón del barco.

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  Pero el colmo de todo, como si no hubieran aprendido nada de lo que había sucedido en la Casa de Gobierno, fue la apuesta que hicieron entre todos sobre quién lograría colarse en la cabina del capitán y robarle su famosa máscara de águila. Cuando Jasper, aparentemente dormido, los pescó en pleno acto luego de que hubieran forzado la cerradura de su puerta, el escándalo que armaron despertó al barco entero. Salieron piratas con sables en mano, creyendo que los atacaban. Al ver que solo era el capitán, furioso y con la cabeza cubierta con un trapo, persiguiendo a ciegas con su espada a los seis ni?os, no supieron si explotar en carcajadas o esconderse.

  –?Les dije a todos que había una maldita un razón por la que no se permiten ni?os a bordo! – bramaba el capitán.

  Dicho sea de paso, fue Penn quien ganó la apuesta y de lo único que parecía arrepentido era que la oscuridad de la cabina no le hubiera permitido descubrir el verdadero rostro del capitán Jasper “La águila” Gloom.

  A partir de ese incidente Jasper decretó que los ni?os quedarían a las órdenes de Tavia "Lengua de Hacha" Reid, quien recibió permiso oficial para ser tan severa como quisiera.

  –Por lo menos, este de aquí no me da trabajo– Tavia se dio la vuelta y comenzó a gritarle a los ni?os que ya comenzaban de nuevo a jugar carreras entre las cuerdas –. ?Eh, gusanos, bajen de ahí ya mismo!

  Silas se volteó para observarlos. Cualquier miembro de la tripulación que lo veía en aquel estado repetía que era normal sentirse así, sobre todo en el primer viaje, sin embargo, Silas no veía a nadie más que le estuviera sucediendo lo mismo. Ninguno de los ni?os lucía enfermo aunque eso no resultaba ninguna sorpresa para él. Eran además descendientes de los primeros piratas. Navegar debía estar en su sangre.

  Lo que no podía explicar Silas era por qué a Olivia tampoco la había atacado aquella enfermedad. Cuando subió a cubierta junto con Milo, la vio tan fresca y saludable como nunca, como si el aire del mar le provocara el efecto contrario que le estaba provocando a él.

  Aquello no tenía ningún sentido. Al igual que él, ella nunca había pisado un barco. ?Por qué no estaba vomitando al igual que él ahora mismo?

  Ella ladeó la cabeza para estudiarlo pero él la ignoró intentando que no notara su malestar.

  Tavia se plantó frente a los ni?os.

  –Escúchenme bien, peque?os insectos. De aquí en más pueden olvidarse de su vida de felonías – mientras decía esto comenzó a caminar de un lado a otro con las manos en la espalda –. ?Se creen más listos por haber vivido en Abrazo de Tormenta? ?Ja! ?Eso no es nada! ?Yo nací y crecí en la isla La Descarada que nadie tiene qué envidiarle a la gran isla Rebelión. ?Han escuchado lo que les sucede en mocosos cuando no hacen lo que se supone que tienen que hacer? ?Pues hoy se van a enterar!

  Vinnie fruncía el ce?o. Katty bajó la cabeza. Milo suspiró. Finn murmuró algo que Penn le mandó callar con un codazo. Rufus escupió al suelo.

  Tavia clavó sus ojos en él.

  –?Algún problema, muchacho?

  –No hay manera de que me obligues–respondió él, apretando los dientes.

  –?Con que esas tenemos? – Tavia chasqueó los dedos y un pirata con mirada cansada trajo una pila de baldes, cepillos y trapos.

  –Primera tarea del día: van a empezar fregando la cubierta hasta que pueda ver mi reflejo en ella. Luego, practicarán con los nudos y remendarán velas hasta que les salgan ampollas en las manos. Después, ayudarán a cortar el pescado para la cena. Y si alguien se atreve a quejarse... se encargará de lavar los calzones de toda la tripulación. –Tavia hizo una pausa, sonriendo con malicia–. Y como no hemos pisado tierra en semanas... les aseguro que caerán muertos apenas los huelan – se volvió de nuevo a Rufus –. ?Quieres pensarlo de nuevo o te arriesgarás a que meta esa preciosa cabeza rubia en un lugar que nunca más te olvidarás?

  –Está exagerando, por supuesto– le susurró Warwick a Silas–. Puedo asegurarte que los piratas somos bastante civilizados... – suspiró–. Es sólo que estos chicos... han conseguido sacar lo peor de nosotros.

  Tras aquella última advertencia, los ni?os, incluyendo a Rufus, comenzaron a limpiar la cubierta de mala gana siguiendo las instrucciones de Tavia. Fue ahí que Olivia se acercó finalmente hasta Warwick y Silas.

  –Dama Olivia – la saludó Warwick inclinando la cabeza no bien la tuvo de frente.

  –No es necesario ser tan formal –se sonrojó ella.

  El contramaestre asintió conforme. Ella lo miró sin saber aparentemente cómo seguir la conversación. Silas no hizo nada por empezar a hablar.

  –?Cuántos días calcula que tardaremos en llegar a la isla?

  Ya la había escuchado formular la pregunta varias veces pero Warwick no tuvo problema en responderle en un tono paciente.

  –Tres días más deberían ser suficientes... si el viento es favorable.

  –?Podría cambiar?

  –Estamos en el Mar Libre, mi se?ora... Olivia... El tiempo aquí puede mutar de un momento a otro sin ninguna advertencia... Esperemos que luego de las últimas tormentas, el mar se decida a descansar un poco.

  La chica asintió y no dijo nada más. Estudió de reojo a Silas pero él sólo pudo bajar los ojos.

  Warwick carraspeó y se separó de la borda.

  –Quizás sea mejor que controle que a Tavia no se le pase la mano con los ni?os.

  Dicho eso se alejó y los dos quedaron por fin solos. Era la primera vez desde que había sucedido el ataque a la Casa de Gobierno. Tras el largo interrogatorio de Rovenna y luego de ser liberados, los ni?os no se habían separado de ellos en ningún momento.

  –?Estás mejor? – le preguntó ella.

  –Sí.

  –No me mientas.

  –No miento. Creo que lo peor ha pasado... – se llevó una mano a su estómago –. Tendré que esperar al almuerzo para averiguarlo.

  Ella lo observó con suspicacia. Se quedaron en silencio durante un rato hasta que Silas recordó algo que había se había estado preguntando desde hacía días.

  –?Por qué no le dijiste a Rovenna que la criatura te prohibió comunicarte con las brujas?

  Ella inspiró hondo como si estuviera esperando todo ese tiempo a que se lo preguntara.

  –Mientras ella crea que puedo despertar mi poder en cualquier momento sabía que no se atrevería a encerrarnos. Para ella nos hemos convertido en un peligro incapaz de manejar. Debe de pensar que el Archimago se encargará de nosotros.

  –Pensé que confiabas en ella.

  Olivia sacudió la cabeza.

  –He decidido no confiar en nadie de aquí en más.

  Silas asintió aunque no pudo evitar preguntar:

  –?Ni siquiera en mí?

  Ella jadeó al mismo tiempo que se sonrojaba.

  –?Claro que confío en ti!

  –?Aún después de convertirme en un monstruo?

  –?Yo soy el monstruo, Silas! – se llevó la mano al corazón y en sus ojos asomaron lágrimas. Lo dijo como si llevara mucho tiempo pensándolo y por fin lograra extirparlo de su pecho.

  El cuerpo de Silas se sentó sin saber cómo actuar en esa situación. Lo único que se le ocurrió decir fue:

  –?Claro que no! – y lo sentía de verdad –. ?Ya hemos hablado de esto!

  –?Pero mira lo que he provocado! Rovenna tenía razón y la criatura también... ?ambos me advirtieron de lo mismo!

  –No eres culpable de nada. Las brujas te han usado –él también la había usado aunque no se atrevió a confesarlo.

  –?Yo sabía en el fondo que eran peligrosas! ?Mira lo que te hicieron!

  –?Yo acepté a que Río me transformara!

  –?Te dijo que te convertiría en una quimera original?

  –No... me dijo que un pájaro grande... para escapar los dos volando... Similar a lo que habían hecho los sirenios – Silas se avergonzaba de haber caído en aquella mentira pero no se arrepentía del poder que había despertado... y del que todavía tenía al alcance de la mano si hacía las cosas bien.

  Ella extendió ambos brazos hacia los lados.

  –?Ya ves!

  –?Quizás las cosas no salieron como esperábamos pero seguimos en camino!

  –?Hemos hecho da?o a gente, Silas! ?Estamos a punto de provocar una guerra! Acaso... – ella se apartó temerosa –. ?Es este el camino que quieres tomar?

  Silas evitó responder la pregunta directamente y sacudió la cabeza.

  –Lo que quiero decir... es que no debes culparte... No sabíamos lo que podía ocurrir.

  –Fuimos muy inocentes...

  –?Cómo íbamos a saber que las brujas podían violar el Sello del Dragón? ?Pensaste alguna vez que podía ser posible?

  –Nunca – su respuesta fue firme.

  –Entonces no seas dura contigo misma. Espera a llegar a la isla. Habla con el Archimago todo lo que quieras.

  Ella negó con la cabeza.

  –Eres tú quien debe hablar con el Archimago... Yo.. renuncio a hacer uso del magia...

  Silas sintió cómo al aire abandonaba sus pulmones. Cuando habló su voz sonaba ahogada.

  –No puedes hacer eso.

  –Claro que puedo... Después de lo que pasó, de lo que dijeron las brujas y esa criatura... Cuando más lo pienso más me doy cuenta de que es mi decisión. Hasta ahora ellas me han usado porque yo se lo he permitido – sacudió la cabeza y tragó saliva –. Pero nunca más. Ni siquiera utilizaré lo poco que logró ense?arme Eldrin.

  –?Y cómo piensas hacer eso?

  –Simplemente... no haciendo nada... No sé qué haré cuando llegue a la isla pero eso lo tengo decidido. Además, no hay manera que el Archimago acepte a una humana. Una quimera sí, debido a su historia, pero no a un humano, y menos a alguien como yo.

  –Eso no lo sabes.

  –Yo... – los labios de Olivia temblaban –. Yo no debería existir, Silas.

  Era pleno día, apenas había nubes en el cielo, pero Silas sintió cómo una sombra se posaba sobre él y se enrollaba alrededor de su cuerpo como una serpiente escurriéndose entre las ramas de un árbol.

  –No digas eso.

  –No soy más que un experimento de Daephennya. Ella me creó, me hizo de esta manera, soy un arma, tal como dijo Aurora, aunque yo al principio no quería admitirlo. Mi madre me manipuló a su antojo... A su propia hija y apenas era una bebé... sin ninguna posibilidad de defenderme... Quizás incluso comenzó antes... – Las lágrimas comenzaron a resbalar por su rostro, su voz se volvió temblorosa, sonaba como si algo dentro de ella se hubiera roto–. ?Yo no nací, fui fabricada! Y pensar que alguna vez me consideré especial... Pero al final... ?ella me dise?ó para servir a sus fines, como si fuera una extensión de su voluntad! ?Me hizo un engendro! ?No tengo derecho a existir!

  Silas la agarró por los hombros con fuerza. Quería sacudirla hasta que entrara en razón pero entonces una imagen de su propia madre cuando era un cachorro llorón emergió desde las profundidades de su memoria. El recuerdo se le clavó en el pecho como un cuchillo y sin darse tiempo a pensar envolvió a Olivia en sus brazos y la atrajo hacia él.

  Los sollozos de ella se hicieron más intensos. La sintió temblar contra su pecho, frágil como una hoja a merced del viento marítimo que quería llevársela lejos de él. él apoyó el mentón sobre su cabeza y cerró los ojos, sosteniéndola como quien sostiene algo precioso que ha estado a punto de romperse.

  –No digas eso. Nunca digas eso nunca más – le susurró.

  Quería agregar que él alguna vez había sentido lo mismo. él también, solo, en medio de las monta?as, abandonado por su propia manada, había querido renunciar a seguir viviendo.

  Pero no se atrevió. Simplemente la apretó con más fuerza confiando transmitir todo lo que sentía a través del calor que había nacido entre ellos como una flor tímida.

  Era la primera vez que se abrazaban así de esta manera, descontando la vez que ella lo había abrazado en su forma de perro.

  Entre el rumor del oleaje escuchó los silbidos de varios miembros de la tripulación, así como de los ni?os quienes de inmediato fueron reprendidos por Tavia por andar distrayándose de tu trabajo. Milo lanzó una exclamación aireada, seguida de una burla de Rufus hacia él, pero nadie se acercó a interrumpirlos.

  –?Estás mejor? – le volvió a repetir la misma pregunta que ella le había hecho al principio de su conversación.

  Ella se restregó contra su pecho para secarse las lágrimas y luego asintió.

  –?Me prometes que nunca dirás o pensarás lo que acabas de decir?

  Pareció dudar un momento pero volvió a asentir.

  –No eres un engendro. Eres hermosa–sintió como ella se sobresaltaba en silencio. También quería decirle lo poderosa que era, si tan sólo se tuviera fe en ella misma. No hacía falta que confiara en nadie, excepto él. Juntos se volverían más fuertes, mientras se tuvieran el uno al otro no habría fuerza capaz de detenerlos.

  Pero era demasiado pronto para decirle todo eso. Le haría creer que estaba de acuerdo con su renuncia a la magia pero poco a poco la haría cambiar de opinión. La isla les daría tiempo, espacio. Allí todo sería diferente. Con la guía del Archimago, ella podría aprender a canalizar su poder en lugar de temerlo.

  Y cuando su propio poder despertara por completo, estaría listo para que ella lo ayudara a recuperar lo que había perdido. Así podría pararse orgulloso a su lado.

  Un día, estaba seguro, el mundo caería a sus pies, y todo sería como debía ser.

  La bruja y la quimera.

  El comienzo de algo nuevo.

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