Como se había vuelto una costumbre desde que había regresado a Rocasombra, Fidelia salió de la caba?a de Barthra para hacerle una visita a sus amigos que se encontraban en el castillo, además de continuar las preparaciones para el inminente viaje que les esperaba a través de la monta?a.
Por ahora, todo estaba saliendo acorde a lo que Rovenna había planeado, aunque su desvío hacia Abrazo de Tormenta, tal cómo les había narrado Theo Malis, resultaría una dificultad para la Maestra Arcanista. Al menos todos podían estar tranquilos de que Olivia y Silas se encontraban en camino hacia la Hermandad de la Isla. Fidelia no conocía personalmente a Jasper Gloom pero sabía que era un hombre de palabra.
De aquí en más las cosas deberían ponerse más fáciles para los dos fugitivos sobre todo luego de saber que Eldrin había quedado fuera del juego. Cuando Fidelia supo de su muerte no sintió ni siquiera sorpresa. Un final patético para un hombre patético.
Ahora estaba por verse cómo el Cónclave reaccionaría ante de la noticia de lo que había ocurrido en el puerto. De acuerdo con Theo, Rovenna contaba con muchos testigos que habían experimentado el gran poder la quimera pero, aun si eso le servía como defensa, eso significaba que toda la culpa recaería sobre la quimera, así como en los piratas que se habían rebelado para protegerlo. Se declararía una nueva guerra y dudaba de que esta vez los sirenios pudieran detenerla.
También cabía la posibilidad de que el Consejo, ahora conociendo el poder original de las quimeras, torciera sus ojos hacia las Monta?as Rugientes con el fin de atacarlas. De ninguna manera, los elfos jamás permitirían que un ejército humano atravesara su territorio sagrado, por lo que la única forma de llegar a las monta?as era a través de la Brecha, es decir, el castillo de Rocasombra.
Así que ahora la misión del Grupo Operativo de Protección de las Quimeras no era simplemente encontrar a estas criaturas escurridizas, sino advertirles de este nuevo peligro.
Mientras tanto, el destino de Rocasombra era incierto. No sólo porque el Conde se enfrentaba a la decisión de ir contra el Consejo, sino también porque Theo Malis se encontraba ahora en una situación precaria. Mientras Rovenna permaneciera en su puesto no corría peligro, pero si el Cónclave decidía destituirla o, peor aún, acusarla de traición, toda la nueva Orden de Rocasombra estaba en riesgo.
Por lo que en el castillo todos comenzaban a prepararse para la batalla. Gracias a la ayuda de Korinna, Leander había hecho grandes avances con el arcantio y, tras la llegada del nuestro Líder de la Orden, él y el conde había decidido revelar cuál sería el uso de aquel metal: armas antimagia. Escudos, espadas, armaduras, lanzas, garrotes, hachas, alabardas, de todo. Eso quería decir que un soldado cualquiera podría enfrentarse cara a cara con un mago. Algo impensado hasta entonces. No sería fácil fabricar todo esa cantidad en armas en tan poco tiempo pero los herreros, junto con los magos, se habían puesto manos a la obra para crear los primeros modelos.
Cuanto Theo inquirió al conde acerca de la procedencia del metal, lo único que Alaric pudo decir fue que se trató de un hallazgo con suerte cuando un grupo de mineros trajo una muestra al castillo para ofrecer a los magos. Eldrin no se había interesado para nada pero Leander, curioso por probar nuevos materiales para pócimas, tomó un peque?o pedazo de la roca que por alguna razón le resultó muy pesada. No pasó mucho tiempo hasta que se diera cuenta de que la extra?a piedra absorbía el poder mágico y con cierta manipulación podía volverse una protección contra este. Tras el descubrimiento Alaric había ordenado la extracción del material que para su sorpresa se hallaba en cantidades abismales, como si todo ese tiempo hubiera estado esperando ahí para ser encontrado.
Por alguna razón que Fidelia no conocía todavía, el Conde se había estado preparando todo ese tiempo para enfrentarse al Consejo. Las relaciones entre Rocasombra y Nemertya siempre habían sido tensas pero ella se preguntaba cuál habría sido la causa exacta de por qué el conde se estaría armando de aquella manera. No creía que su objetivo fuera atacar Nemertya, sobre todo con el número de soldados y magos con que contaba que para nada se comparaba con los recursos de la capital, así como de los castillos más prominentes que eran leales a la Corona.
Era el peor momento para irse de excursión pero no había nada que Fidelia pudiera hacer. Su viaje hacia la isla se había pospuesto por tiempo indeterminado y tampoco sería seguro transitar los caminos con todo el reino en estado de alerta.
Cormac había calculado que si el Consejo decidía dirigirse hacia Rocasombra con un ejército, necesitarían al menos un mes para prepararse. Para entonces, se suponía que la Unidad Especial tendría que haber encontrado a las quimeras, aunque Fidelia no se sentía tan optimista. La extensión de las monta?as era desconocida y no sabían cuán lejos de la frontera podrían hallarse las criaturas.
Pero, si las encontraban, ?entonces qué? ?Se internarían más en las monta?as o estarían dispuestas a pactar una alianza con Rocasombra que por el momento era el único escudo que recibiría el embate del Consejo?
Se mirase por donde se mirase, Fidelia se sentía una inútil, sobre todo ahora que se hallaba rodeada de magos por todos lados que le hacían recordar tanto sus momentos de gloria como su caída en desgracia. Pero no podía dejarse agobiar por viejos recuerdos que no eran más que fantasmas cuando ahora tenía el deber de cerciorarse de que ni Myrius ni Korinna cometieran ninguna locura mientras atravesaban las monta?as. Aquel viaje pondría a prueba tanto su resistencia física como mágica y no creía que ninguno de los dos tuviera verdadera consciencia de lo que les esperaba.
Venía cavilando sobre todo eso cuando el sonido de cascos de caballos le hizo levantar los ojos. Una peque?a comitiva de soldados cruzaba la gran puerta de hierro del castillo y no tardó en reconocer la figura del conde seguido por Cormac. Cabalgaban a una velocidad que sugería que se dirigían a atender una urgencia y no tardaron en desaparecer por un recodo del camino.
Fidelia aceleró su paso y no bien cruzó la entrada del castillo se dirigió hacia donde se hallaban los magos de la nueva orden entrenando, junto con Myrius y Korinna que habían decidido participar en las sesiones con el objetivo de prepararse para el viaje.
Encontró a los magos reunidos en círculo justo en el momento en Theo hacía volar por los aires a uno de sus subordinados que tuvo que ser rescatado por sus compa?eros para evitar que se estrellara contra una pared.
Fidelia se abrió paso entre los magos y varios sirvientes y soldados que se habían acercado a curiosear. Al llegar al espacio libre donde se encontraba Theo lo vio restregándose las manos con una mezcla de suficiencia y aburrimiento. No pudo evitar sentir una presión de envidia en el pecho pensando en lo fácil que sería para ella borrarle aquella seguridad del rostro si tan sólo pudiera utilizar su poder. O quizás incluso lo hubiera disfrutado ya que se sabía que Theo había sido personalmente entrenado por Rovenna luego de que este se convirtiera en su ayudante y la Maestra Arcanista no perdía su tiempo con cualquiera.
Según lo que había podido observar en los últimos días, la mayoría de los magos elegidos por Theo Malis eran Acólitos e Iniciados. Había varios Maestros pero, a excepción del Líder, la mayoría habían alcanzado aquel nivel recientemente por lo que no tenían mucha experiencia.Tras haber derrotado al muchacho, que parecía ser el último de una larga lista de voluntarios, pasó a dar una serie de explicaciones sobre cómo debían aprender a leer los movimiento de sus contrincantes. Mientras caminaba dentro del círculo de entrenamiento, se detuvo de golpe, giró la cabeza y Fidelia siguió su mirada hasta un rincón donde se encontraban Korinna y Myrius que parecieron sobresaltarse cuando el Líder se dirigió hacia ellos.
– Maestros... ?me harían el favor de ayudarme en la demostración?
Los rostros de Korinna y Myrius palidecieron ante la sugerencia. Korinna bajó la vista con timidez dibujando algo en el suelo con sus botas mientras que Myrius se llevó una mano al cuello de su túnica como si se estuviera quedando sin aire.
–Al fin y al cabo – insistió Theo – fueron ustedes quienes salvaron al castillo del control de los traidores.
Omitiendo la parte en que habían sido auxiliados por un grupo de sirvientes que nada sabían de magia y de un carrimágico que casi los había matado en el intento. Fidelia pensó que debía interrumpir aquello con la excusa de continuar discutiendo sobre su expedición pero antes de que pudiera hacer algo Myrius se adelantó hacia Theo y en un solo movimiento de sus manos liberó una onda expansiva. Si bien su técnica fue precisa, Theo, con un giro de la mu?eca, detuvo el ataque con un escudo y con una velocidad sorprendente hizo rebotar la onda hacia Myrius que logró levantar un escudo a tiempo. Theo aprovechó su distracción para acortar la distancia entre ellos y en un instante inmovilizó a Myrius tras estamparlo en el suelo con otra onda expansiva. Myrius intentó contraatacar pero un par de cadenas de anulación salieron flotando de la túnica de Theo y se cerraron en las mu?ecas de Myrius.
Era un truco bastante sucio pero efectivo.
–Gracias por la demostración, Maestro– dijo Theo ocultando detrás de su aparente cortesía cierta condescendencia–. ?Maestra Korinna?
Pocas veces había visto Fidelia a Korinna tan enojada como en ese momento mientras ayudaba a Myrius a quitarse la cadenas. Levantó la cabeza con determinación aunque Fidelia le notó cierto temblor en el mandíbula. Ella no tardó en invocar un remolino de viento que se dirigió directo hasta Theo que no tardó en disolver con dos cuchillas de luz plateada que sobresalieron de sus pu?os cerrados. El resto de los magos, Iniciados, Acólitos y demás Maestros, dejaron escapar exclamaciones de asombro ante aquella técnica que muy pocos habían logrado pulir.
Korinna pareció dudar por un momento pero luego levantó ambas manos para invocar dos peque?os escudos en cada una. Fidelia entendió enseguida cuál era su estrategia. Utilizaría los escudos para bloquear las estocadas de las cuchillas. Sin embargo, aunque logró detener varios movimientos de Theo, la resistencia de Korinna, dedicada desde hacía a?os sólo a sus experimentos, no aguantó mucho y poco después ya se encontraba en la misma posición que Myrius.
Tras esto, Theo inclinó la cabeza.
–Agradezco su participación... Sería mejor que continuáramos con unos ejercicios más simples.
Fidelia decidió ya había visto suficiente.
–?Maestro Líder! – exclamó, sintiendo como aquellas palabras se le atascaban en la garganta. Todavía no podía aceptar que debía rendirle cuentas a aquel mocoso –. He venido a hablar con mis compa?eros. Todavía quedan muchas cosas por resolver antes de emprender el viaje.
Support creative writers by reading their stories on Royal Road, not stolen versions.
–Ah, sí, la excursión – sonrió Theo dando a entender lo inútil que le parecía aquella misión.
Fidelia no podía estar más de acuerdo pero su lealtad a Myrius primó en aquel instante.
–Idea de Rovenna – dijo enarcando las cejas.
–Créame, Rovenna, tiene mucho sentido del humor a veces– Theo giró los ojos como si estuviera recordando algo que no se tomó la molestia en compartir. Luego hizo un gesto para indicar que podían retirarse y retomó el entrenamiento con el resto de los magos.
Fidelia le hizo se?as a Korinna y Myrius para que la siguieran. En realidad, era Myrius quien debería tomar la iniciativa pero ese día no tenía la suficiente paciencia.
–No soporto a este tipo... tan sabiohondo... – masculló Myrius –. Encima tan joven...
–?Preferirías alguien anciano como Eldrin? – lo interrumpió Fidelia. Theo podía ser arrogante pero no podía dejar que Myrius se enga?ara. No estaban preparados para lo se estaba por venir.
Se suponía que esta tarde debían reunirse con alguien que estaría participando también en la misión. No había sido fácil conseguir voluntarios. En realidad, no habían conseguido ni uno solo hasta el momento. Solamente eran ellos tres, tal y como habían comenzado.
Fidelia hubiera querido que otro mago se uniera a la expedición pero Theo se había negado. No sabían lo que ocurriría con Rovenna en Nemertya. En caso de que el resultado fuera desfavorable, la Orden de Rocasombra no podía arriesgarse a perder más magos. Theo incluso no tardó en reclutar a jóvenes del pueblo y sirvientes del castillo como Iniciados en cuanto hallaba que tenían potencial para utilizar la magia. En cuanto a Leander, él hubiera querido ir con ellos pero debía ocuparse del arcantio.
Tanto el conde como Cormac se habían negado a ceder un solo soldado. Creían, al igual que Theo, que aquella sería una misión suicida. Fidelia incluso intentó buscar en el pueblo cazadores o mineros que estuvieran acostumbrados a trabajar en las inmediaciones de las monta?as pero en cuantos estos se enteraban que la misión era ir más allá del poco territorio que conocían se negaban rotundamente.
Fidelia pensó que eso al menos eso haría que Myrius reconsiderara la misión pero con cada día que pasaba, sobre todo después de conocer los hechos acaecidos en el puerto, su sentido del deber se hacía cada vez más fuerte. Lo único que lamentaba era no haber visto a la quimera original con sus propios ojos. En cuanto a Korinna, Fidelia había guardado la esperanza de que se obsesionara con el arcantio de manera que le fuera imposible abandonar el castillo pero ella ahora era miembro de la Unidad Especial y no podía fallarle a su Maestro Líder.
Así que no había forma... se internarían en las Monta?as Rugientes. Quizás deberían prestarle una visita al templo de la Ninfa antes de salir. Necesitaban toda la protección física y espiritual que pudieran conseguir.
–?A dónde vamos? – preguntó Korinna con curiosidad cuando vio que Fidelia no se dirigía hacia la torre sur que se había convertido en su lugar de reuniones desde que Theo se había instalado en el estudio que antes ocupaba Leander.
–La biblioteca.
–?Por qué allí? – preguntó Myrius –. Ya hemos buscado todo lo relacionado a las monta?as y no...
–Porque allí nos espera una persona que está dispuesta a acompa?arnos.
Korinna y Myrius saltaron sobre ella.
–?Quién?
Fidelia hizo un movimiento para quitárselo de encima.
–No lo sé. En su mensaje no revelaba nada de su identidad.
Korinna dejó escapar un gritito de alegría.
–?No iremos solos entonces!
–Nunca íbamos a estar solos... – gru?ó Fidelia –. Somos tres...
–Ya... pero... uno más... Me sentiría más segura.
–Si tanto miedo tienes, todavía estás a tiempo...
–?Ni se te ocurra! ?Soy parte de la Unidad Especial!
Unos instantes después llegaban a la extensa biblioteca, para entonces vacía, a excepción de un sirviente que se encontraba de espaldas quitando el polvo de las estanterías.
–?Dónde está?–los tres se pusieron a buscar entre las largas estanterías pero no lograron encontrar a nadie más después de deambular un rato.
–Quizás se le ha hecho tarde... – murmuró Myrius.
–O se acobardó como el resto... – dijo Fidelia que ya estaba pensando que el mensaje podría haber sido una broma de alguno de los nuevos magos de la Orden que no eran más que jóvenes inmaduros. El hecho de que el mensaje no estuviera firmado le había hecho desconfiar pero le pareció que no perdía nada con...
De repente, un montón de plumas bloqueó su visión.
–Tienen que ser más atentos si quieren sobrevivir en las monta?as – dijo una voz masculina que reconoció en seguida y sus suposiciones se vieron confirmadas en cuanto el hombre le quitó el plumero de los ojos.
–?Guthran!– exclamó Korinna a punto de abrazarlo.
Guthran chasqueó la lengua y sacudió su dedo índice. Estaba vestido de sirviente, el mismo con el que se habían cruzado nada más entrar, y se había afeitado la barba dejando al descubierto una piel surcada de arrugas y manchas producto del contacto con el sol.
–Mi nombre no es Guthran. Yo soy Boric, un experimentado guía de monta?a. He vivido toda mi vida en mi peque?a caba?a sobre un precipicio y ayudo a lunáticos como ustedes a cruzar las monta?as en busca de quimeras.
Fidelia giró los ojos.
–Sabemos quién eres... no necesitas cambiarte el nombre.
Guthran volvió a negarse.
–Nueva misión, nueva identidad.
–Pero sólo somos nosotros... Será menos confuso para la misión si seguimos llamándote Guthran...
El hombre asintió de mala gana.
–?Rovenna te ha pedido que nos acompa?es? – preguntó Fidelia.
–Con Theo Malis en el castillo ya no hay necesidad de mis servicios. Me ha liberado de mi contrato... pero le he dicho que no me vendría mal una última aventura.
Fidelia frunció el ce?o.
– Guthran... ?cuántos a?os tienes?
él la miró con fingida indignación.
– No es amable preguntar la edad de un hombre.
–Pensé que eso era cosa de mujeres.
–Los hombres también tenemos sentimientos.
Fidelia suspiró. Era mejor eso que nada.
–?Qué sabes de las Monta?as Rugientes?
–Lo mismo que todo el mundo.
–Es decir, poco y nada.
–He adoptado muchos papeles en mi vida – dijo el hombre con un destello travieso en los ojos –. Mercader, enterrador, cantinero, mendigo, bufón de la corte, tutor del hijo de un duque. En mis tiempos jóvenes logré incluso hacerme pasar como sacerdotisa del gran templo de Némertyss, y también alcancé a trabajar en Rebelión espiando a Royden “El Astuto” Branson.
–Todo eso está muy bien... – comenzó a decir Fidelia.
–?Es asombroso! – a Korinna le brillaban los ojos –. ?Tienes tantas historias...!
–Pero estamos hablando de un territorio desconocido con un clima cruel. Ninguno de tus enga?os te servirá aquí.
–Mi mente sigue tan fresca y ágil como la de un jovencito. Puede que no tenga el poder de la magia pero sé arreglármelas cuando las cosas se ponen difíciles–Guthran fue hasta una mesa ubicada al lado de una ventana y se sentó –. Partimos en dos días, así que comencemos.
No se movieron de allí hasta el anochecer mientras repasaban los detalles de la misión. Para empezar, contaban con la magia de Myrius y Korinna pero esta no era ilimitada. Además de mantas, comida y ropa de abrigo, entre los objetos que llevarían había piedras incandescentes para iluminarse durante las noches, piedras de calor para evitar la congelación y otros artefactos preparados por Korinna que serían puestos a prueba. Guthran tenía preparado un bolso con su propio equipo en caso de que la magia fallara. El único problema era que no podían hacer aparecer comida de la nada así que cuando las provisiones se les acabaran no tendrían más remedio que cazar o buscar plantas comestibles si es que había alguna por ahí. Debían ir preparados para cualquier cosa pero tampoco demasiado cargados para evitar que el peso los hiciera ir más lento.
La noche antes de su partida, Leander organizó una cena despedida. Toda la Orden se presentó en el comedor para despedirlos, incluido el Maestro Líder que permaneció en silencio casi toda la velada aunque a Fidelia le pareció que eso era parte de una personalidad reservada. Ni el Conde ni Cormac estuvieron presentes. Leander le había contado que una emergencia requería su presencia en el lago, aunque no tenía permitido darle detalles.
La mayoría de los jóvenes magos no podía creer lo que estaban a punto de hacer pero a pesar de eso algunos intentaron levantar el ánimo de los viajeros con anécdotas y bromas. Algunos incluso recitaron poemas que eran cantados en sus propios pueblos natales y recordaron lo duro que era encontrarse tan lejos de casa. Una cantidad muy reducida provenía de la capital, mientras que la mayor parte eran hijos de aldeanos y artesanos que buscaban mejorar su vida y la de su familia. Los nuevos Iniciados se sentían muy agradecidos con su Maestro Líder que había sido el principal responsable de su admisión en el Consejo y harían todo lo posible por no defraudarlo. En un momento varios se pusieron a lagrimear aunque no se encontraban tan borrachos. Parecía como si fuera ellos quienes estaban a punto de partir.
Fidelia miró de reojo a Theo para observar sus reacciones. Fue ahí que notó la profundidad de sus ojeras y su sonrisa cansada. No lo envidiaba para nada en aquel momento. En unas pocas semanas debía preparar un regimiento de magos que muy seguramente terminaría enfrentándose al Consejo. Se encontraban en una situación que ni siquiera Rovenna Astra sería capaz de resolver con sus usuales estratagemas. Cabía la posibilidad de que cuando Fidelia retornara a Rocasombra, si es que primero lograba sobrevivir a las monta?as, no volvería reencontrarse con varios de aquellos rostros inocentes.
Estaban a punto de convertirse en carne de ca?ón.
Como empujada por una fuerza desconocida, se levantó de su asiento y alzó la copa en dirección al Maestro Líder:
–Quiero brindar por la nueva Orden de Rocasombra – el murmullo del comedor se detuvo inmediatamente, todos los ojos centrados en ella –. Hoy, más que nunca, nos enfrentamos a la amenaza de tiempos oscuros que pensábamos haber dejado atrás, mientras que el honor de Rocasombra se ha visto envenenado por la arrogancia y la corrupción– hizo una pausa breve, sus ojos recorriendo a los presentes–. Pero hoy, ante la encrucijada, ustedes tienen la oportunidad de convertir esta Orden en lo que siempre debió ser: una fuerza unida, un bastión contra la oscuridad. Que esta nueva Orden, con todo lo que representa, sea la luz que nos guíe a través de lo incierto –alzó su copa más alto y concluyó con firme–. ?El peso de la noche sostenemos!
Tras estas últimas palabras, todos los presentes se levantaron y alzaron sus copas:
– ?El peso de la noche sostenemos!
Mientras bebía de su boca, sus ojos se cruzaron con los de Theo quien le dedicó una leve inclinación, esta vez de agradecimiento.
Pero no se quedó solo en eso sino que él también volvió a alzar su copa:
–?Por la Unidad Especial de Protección de Quimeras!– exclamó con voz clara y firme, pero dejando entrever una sincera humildad–. Cada uno tiene un papel crucial en lo que está por venir. El camino será incierto pero la valentía de cada uno de ustedes será lo que marque la diferencia. Que la fuerza de su resolución los guíe hacia el éxito, sin importar los obstáculos.
Todos los demás respondieron al unísono ante aquel segundo brindis. Sus voces resonaron en la sala con un ánimo cargado de determinación y optimismo que al menos por esa noche logró disipar cualquier vestigio de duda o temor.
Y así, al día siguiente, nada más salió el sol, la Unidad Especial de Protección de Quimeras comenzaba su viaje con sus cuatro miembros montados en mulas. La primera parte de la expedición iniciaría a través de un paso rocoso entre las monta?as que era utilizado por cazadores y mineros, algunos de los cuales los acompa?arían un trecho para luego abandonarlos a su suerte, lo cual era mejor que nada.
Cuando ya llevaban cierta distancia, Fidelia volvió la vista atrás para dedicarle una última mirada a las vetustas y oscuras torres del castillo, el cual nunca pensó que llegaría a extra?ar. Tiempo atrás habían sido su hogar, luego su lugar más odiado en el mundo, para al final convertirse en un refugio al que hubiera deseado volver en ese mismo momento.
Observó a sus compa?eros que bajo un sol tibio y envueltos en una brisa fresca intercambiaban sonrisas de entusiasmo que ella no podía ni siquiera fingir aunque nada más fuera para infundirles ánimo como se había visto impulsada la noche anterior.
Luego miró más allá, hacia la extensa cadena de monta?as de cumbres nevadas envueltas en niebla y un murmullo pesado que se alzaba desde las profundidades de los valles, como si la misma tierra misma les estuviera dando una advertencia.

