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Capítulo 23 - La nueva condesa

  Su regreso a Rocasombra terminó en un gran banquete, aunque empa?ado por la noticia de que el viejo conde había enfermado durante su ausencia. El hombre, por primera vez en su vida, se sintió culpable de haber enviado a su único hijo a la muerte. Cuando Alaric entró en su habitación, se encontró con una persona de una personalidad completamente opuesta a la que había conocido toda su vida. No solo no gritó, sino que le pidió que se acercara para abrazarlo y darle la bienvenida.

  —?Hijo mío, hijo mío, eres tú! —exclamó el anciano con lágrimas en los ojos, y, al ver eso, Alaric sintió que había tomado la decisión correcta. De haber permanecido con Yaritza, habría perdido la oportunidad de reconciliarse con su padre antes de su muerte.

  La vieja Barthra también se mostró muy conmovida con su llegada. No dejaba de abrazarlo y llorar de alegría.

  —?Querido ni?o! ?Alabado sea el Dragón Azul! ?Gracias, mi se?or!

  Alaric se sintía abrumado por la vergüenza. Ni siquiera a ella era capaz de contarle la verdad.

  Según Barthra, al viejo conde le quedaba muy poco tiempo de vida. La noticia de la desaparición de su hijo lo había afectado tan profundamente que había sufrido un ataque del que apenas logró salir con vida gracias a las artes de la sanadora.

  El conde lo sabía bien, y unos días después del regreso de su hijo, expresó su último deseo.

  —Mi querido hijo, sería una alegría para mí verte casado y con hijos antes de morir. No solo por el bien de Rocasombra y del Círculo, sino porque me gustaría verte feliz antes de partir. Hay una muchacha, hija de un noble amigo, que creo que sería una buena elección. No es mi deseo obligarte, porque no quiero dejar este mundo en malos términos contigo pero... si pudieras conocerla un poco y decidir por ti mismo...

  Así se arregló todo. Una semana más tarde, un barón y su familia llegaron a Rocasombra, acompa?ando con orgullo a su hija menor, Irina, para ser presentada como posible candidata. La joven era algunos a?os menor que Alaric, de cabello casta?o y ojos color miel. Poseía una personalidad tranquila y amable, llegando incluso al extremo de comportarse como si le preocupara ser una molestia. Al hablar con Irina, Alaric se dio cuenta de que la joven también había tenido una infancia difícil y que su familia esperaba mucho de ella. No pudo evitar sentir lástima por ella, y tal vez esa fue una de las razones por las que aceptó el matrimonio.

  Aunque cada vez que pensaba en Yaritza, la sangre de Alaric hervía de rabia, sabía que jamás podría olvidarla. Aun así, debía cumplir con su deber y engendrar un heredero que continuara la tradición. Aquella peque?a mujer de aspecto apacible parecía la compa?era perfecta para llevar una vida tranquila. Quizás, con el tiempo, el recuerdo de Yaritza se fuera debilitando, y llegara a amar a esta nueva esposa, tan atenta, que se entregaba con fidelidad al cumplimiento de sus deberes.

  El viejo conde vivió lo suficiente para presenciar la boda y la aparente felicidad conyugal de los recién casados por más de un a?o, pero, mientras esperaba con ansias el nacimiento de un heredero que se hacía esperar, sucumbió a otro ataque, esta vez fatal, y ni Barthra ni los mejores médicos y magos enviados desde la capital lograron devolverle la salud.

  Como nuevo conde de Rocasombra, Alaric asumió sus deberes de manera tan ejemplar que en poco tiempo todos llegaron a la conclusión de que nuevos aires soplaban en el castillo. Aunque el antiguo conde había cambiado en el último a?o, la mayoría no podía olvidar los abusos de sus días más oscuros. Alaric, sin embargo, impuso nuevas normas que protegían a toda la gente bajo su cuidado, incluidos los sirvientes, quienes debían ser tratados con respeto, especialmente por los magos de la Orden, quienes a veces se aprovechaban de su estatus.

  Ese primer a?o, lo único que no hizo como conde fue asistir al Retorno de los Sirenianos. Encomendó esa tarea a Eldrin, mientras él visitaba, como era tradición, junto a su esposa, a la Dama del Bosque de los Susurros. La elfa siempre lo había tratado con la mejor de las cortesías, además de que su esposa estaba muy emocionada por explorar la ciudad de los elfos.

  Apenas llegaron, las dos mujeres se hicieron amigas al instante. La elfa llevó a Irina a recorrer el Gran Sauce, y compartió con la condesa varias sesiones de danza y poesía que se prepararon como parte de la recepción de la pareja.

  La nueva condesa no pudo evitar alegrarse ante tal despliegue de generosidad, y eso alivió el corazón de Alaric. Su dulce esposa se había sentido muy deprimida desde la muerte de su suegro, pues no había logrado concebir un heredero a tiempo. Creía que había algo mal en su interior que le impedía tener hijos. Estaba consumida por una culpa que Alaric no lograba apaciguar. Por eso, se sintió muy agradecido con Daephennya en ese momento y, aprovechando que no visitarían el lago, decidió quedarse en Claro Serenos unos días más de lo previsto.

  Una de esas noches, poco antes de regresar a Rocasombra, su esposa apareció en la habitación con un ánimo como nunca antes se lo había visto. Detrás de ella la seguían varios sirvientes elfos con bandejas para la cena. Irina le contó que había expresado a la elfa su deseo de pasar una noche tranquila con su esposo, y que esta había sido muy comprensiva. Mientras la joven condesa reía y le contaba todo lo que había hecho ese día en el Gran Sauce, Alaric la miraba, encantado con sus gestos y sonrisas traviesas, pensando que tal vez estaba comenzando a sentir algo verdadero por ella. Estaba seguro de que encontrarían la forma de tener hijos. Aún no llevaban tanto tiempo casados. No era momento de rendirse.

  Al día siguiente, sin embargo, la alegre esposa con la que había pasado la noche no estaba a su lado al despertar. Más tarde, al ir a buscar a Irina, la encontró, para su sorpresa, aún más triste que antes. Cuando Alaric preguntó si algo la había molestado, ella desestimó sus temores. Estaba simplemente deprimida por tener que irse tan pronto pero cuando Alaric ofreció quedarse más días, ella lo rechazó, diciendo que no podían permitirse seguir más tiempo lejos de Rocasombra.

  De vuelta en el castillo, pese a la inexplicable tristeza de su esposa, Alaric no perdió la esperanza de que recuperara aquella breve alegría. Sin embargo, cuando trató de recordar con ella lo felices que habían sido esa última noche en Claro Sereno, ella se apartó para evitar que la tocara.

  Luego volvió para disculparse, diciendo que debía estar enferma, pero aun así continuó con el mismo ánimo y pidió mudar sus cosas a otra habitación para dormir separada de su esposo, como si aquella feliz noche nunca hubiera ocurrido.

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  Unas semanas después, Irina le informó que estaba embarazada. Alaric recibió la noticia con alegría, y parecía que su esposa se alegraba de verlo tan entusiasmado, aunque seguían durmiendo separados. Ella se excusó diciendo que se sentía más cómoda descansando sola, y que no quería hacer nada que pudiera afectar el embarazo. Alaric aceptó, aunque no lograba comprender qué había hecho mal. Tal vez Irina había oído rumores sobre su relación con Yaritza, por lo que intentó ser el esposo más atento durante los siguientes meses, mientras miraba con expectación cómo crecía el vientre de su esposa.

  Barthra examinó a Irina varias veces. Todo parecía ir bien, aunque cada vez que se le preguntaba por la condesa, una sombra de duda cubría los ojos de la anciana.

  Pese a eso, todo parecía desarrollarse normalmente, hasta que, cerca de la fecha del nacimiento, el conde recibió un mensaje de la Dama del Bosque de los Susurros, quien deseaba tener una reunión urgente con él.

  Aquello no tenía precedentes. Daephennya nunca había necesitado convocar a su padre de esa manera, mucho menos había salido de Claro Sereno para encontrarse con él al borde del bosque, tan cerca del castillo. La elfa también solicitaba la presencia de su esposa, pero, aunque tal condición lo desconcertó, no tenía motivos para pensar que la elfa albergara malas intenciones. Tal vez simplemente quería volver a ver a su amiga y felicitarles por el embarazo. Alaric también pensó que su visita podría animar a Irina, quien, pese a su estado, no mostraba se?ales de mejoría en cuanto a ánimo.

  Ese día, la pareja caminó hacia el bosque, seguidos por algunos guardias y sirvientes que se mantuvieron alejados pero lo bastante cerca en caso de que sus se?ores los necesitaran.

  Daephennya los esperaba acompa?ada por un par de elfos. Uno de ellos sostenía un peque?o bulto que Daephennya, en cuanto los saludó, tomó en brazos y entregó a la condesa. El bulto empezó a moverse, y de repente un fuerte llanto resonó entre los árboles.

  Alaric no entendía nada.

  La elfa mostró una expresión de molestia antes de hablar:

  —Como prometido, aquí está su hija. Estoy segura de que será muy feliz con ustedes.

  Fue entonces cuando Alaric conoció a una peque?a ni?a de cabello oscuro y ojos tan azules como los suyos. Cuando pidió una explicación, su esposa le confesó entre lágrimas que había hecho un trato con Daephennya. Utilizando uno de sus trucos, la elfa se había hecho pasar por la condesa durante toda aquella maldita noche, y la peque?a ni?a que lloraba era el resultado de todo aquello. En cuanto al embarazo de Irina, no era más que una ilusión causada por algunas pociones que la elfa le había hecho beber durante todos esos meses.

  —Pero aun así, mi se?or. Mírela, es hermosa, igual a usted. Nadie lo notará, gracias a la Ninfa y a la se?ora Daephennya. ?Tiene grandes planes para la ni?a, ya lo verá! —dijo su esposa ahogada en lágrimas.

  Alaric quiso salir corriendo del bosque, pero Daephennya lo detuvo. Primero tenían que acordar qué dirían al resto del mundo.

  Al día siguiente, se corrió la noticia en el Círculo de que la condesa había dado a luz de súbito en medio del bosque, pero que gracias a la Dama del Bosque, la nueva heredera había nacido sin problemas. Todos los sirvientes comentaban que la peque?a Dama Olivia de Rocasombra era una bebé hermosa, alegre y llena de vida.

  La única que conocía la verdad en ese momento era Barthra, quien al principio cuidó de la ni?a. Más tarde lo sabrían también Eldrin y Leander, pero para eso tendría que pasar mucho tiempo. Mientras tanto, Alaric no quería saber nada de su esposa ni del bebé. Se sentía traicionado. Justo cuando pensó que podría disfrutar algo de felicidad, el destino le había dado una bofetada.

  Barthra compartía su tristeza, pero le dijo que la ni?a no tenía la culpa y que, fuera quien fuera su madre, era sin duda su heredera. No tenía que perdonar a Irina, quien había actuado por desesperación y, seguramente, manipulada por la astuta elfa, pero no podía ser cruel con la ni?a.

  —Usted, mi se?or, no quisiera actuar como lo hizo su se?or padre cuando usted era ni?o.

  Y era verdad. Alaric no quería seguir los pasos de su padre pero aun así mantenía la distancia con la ni?a. Era un alivio que no pareciera tener ningún rasgo de Daephennya, pero no podía evitar pensar en la elfa cada vez que la miraba.

  Sin embargo, Alaric tuvo que dejar de lado su rencor porque, tras unas semanas de festividades en el castillo en ocasión del nacimiento, una noche se despertó con la noticia de que la condesa había enfermado con una extra?a dolencia que causaba manchas rojas en su piel. Como habían continuado con sus vidas por separado, no había razón para que él también estuviera enfermo.

  A medida que pasaron los días, sin embargo, se descubrió que no era la única: otros magos y sirvientes también estaban infectados. El brote, al parecer, había comenzado en el pueblo y luego se había extendido al castillo.

  —?Y Olivia? —preguntó Alaric con culpa.

  —La ni?a parece estar bien, mi se?or —explicó Eldrin—. La condesa no pasaba mucho tiempo con ella. Siempre encargaba a las criadas que la cuidaran.

  Eldrin entonces obligó al conde a abandonar el castillo con su hija. No podían correr riesgos. La condesa quedaría bajo el cuidado de los magos y Barthra, quien no abandonaría a los enfermos por nada del mundo.

  Alaric no podía refugiarse en el pueblo. Junto con Cormac, decidieron acampar cerca del lago, el único lugar que parecía a salvo de la plaga. Por si acaso, se mantendrían alejados de los aldeanos.

  Era primavera otra vez. Para entonces los sirenios ya habrían retornado al lago. Por primera vez en dos a?os, Alaric se encontraba muy cerca de Yaritza, aunque aún no deseaba verla.

  Mientras tanto, durante esos días de espera, le llegó la noticia de la muerte de Irina. Una profunda tristeza lo invadió por aquella dulce mujer que de manera equivocada había llegado a extremos por cumplir con su deber pero era incapaz de llorar, aunque hubiera querido hacerlo como un último gesto de afecto hacia ella. Era como si se despidiera de alguien que apenas había llegado a conocer, pese al tiempo que compartieron como esposos, el cual incluso había sido más largo que los encuentros intermitentes compartidos con Yaritza.

  Su hija Olivia era, en efecto, hermosa. Era difícil no sentirse cautivado por esos ojos color zafiro que le lanzaban miradas de alegría, sorpresa, curiosidad, e incluso admiración. Las doncellas que la atendían comentaban constantemente que la ni?a solo dejaba de llorar cuando su padre la tomaba en brazos.

  Y como el corazón de Alaric no estaba hecho de piedra, no pudo evitar conmoverse cuando una de las mujeres le pasó a la ni?a llorosa que, en cuanto encontró los ojos azules de su padre, enmudeció y quedó hipnotizada, incapaz de apartar la mirada de él.

  Una vez que el peligro hubo pasado, Alaric decidió que era momento de regresar a Rocasombra. La peste había cobrado muchas víctimas, y ahora debía centrarse en ayudar a los aldeanos en duelo, cuya producción de alimentos se había visto afectada.

  Poco antes de su partida, Alaric vio acercarse a un hombre de la Tribu del Lago con una ni?a sirenia en brazos. No era otro que Mantok, el padre de Yaritza, quien, siendo uno de los jefes, se había acercado al campamento para saludar al grupo y desearles un buen viaje.

  —En nombre de toda la tribu, lamento profundamente la pérdida de su esposa, Guardián del Círculo —dijo Mantok, inclinando la cabeza—. Al menos logró salvar a tu hija, que parece ser una ni?a encantadora.

  Alaric no tenía ningún deseo de hablar sobre su difunta esposa, así que se?aló a la ni?a curiosa que estaba sentada sobre los hombros del jefe.

  —?Una de sus hijas?

  El hombre rió.

  —?Si mi Thalassa lo escuchara! No, no, nosotros ya cumplimos nuestra parte. En realidad, ella es mi primera nieta, Numi, hija de mi primogénita, Yaritza —Mantok le dirigió una mirada enigmática—. Ustedes dos se conocían desde ni?os. ?No es así?

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