–?Despierta, muchacho inútil! ?Tendría que haberte hecho montar a caballo como al resto! ?Holgazán!
Alaric se despertó con un dolor en la cabeza, consecuencia del golpe que su padre le acababa de dar. él también hubiera querido montar a caballo pero Barthra le había dicho a su padre que era demasiado pronto para su cuerpo. Había que tomarse la cosas despacio si esperaba poder sostener una espada algún día.
Siempre se había enfermado durante el invierno pero aquel había sido peor. Habían pensado que no sobreviviría. Su padre incluso había estado buscando nombres de mujeres nobles jóvenes para producir otro heredero. Si no lo había hecho ya era porque si Alaric terminaba viviendo quería ahorrarse futuras luchas entre nuevos herederos.
Era muy poco lo que Alaric podía hacer para molestar a su padre, como esa vez, que había vuelto a quedarse dormido dentro del carruaje.
–?Cuando este viaje termina y volvamos al castillo comenzarás tu entrenamiento de una vez por todas! ?Prefiero quedarme sin heredero a tener uno débil como tú! ?Ahora bajate!
Nada más saltar al suelo, Alaric se sintió mareado pero si no quería recibir otro golpe debía mantener la compostura y seguir con la cabeza en alto detrás de su padre que comenzó a bajar hacia la orilla del lago donde los esperaban algunos de los jefes para recibirlo antes de la ceremonia.
Días antes habían visitado Claro Sereno para presentarlo a la Se?ora del Bosque de los Susurros que lo recibió muy amablemente e incluso le permitió recorrer el interior Gran Sauce Azul hasta las copas más altas.
–Es un muchachito muy guapo, Su Excelencia –había afirmado la hermosa elfa –. No dudo que crecerá sano y fuerte hasta convertirse en un gran Guardián del Círculo como lo ha sido usted.
A Alaric siempre le habían dicho que los elfos eran criaturas nobles que nunca exageraban en sus palabras, así que cuando le elfa habló de esa manera de él se sintió muy orgulloso. Incluso su padre le había puesto una mano en el hombro mientras agradecía las palabras de la gobernante y se comportaba como el padre que estaba lejos de ser.
Ahora se encontraban visitando el lago para participar en el Retorno de los Sirenios, lo cual era una tradición para el Guardián del Círculo. Cuando eso terminara continuarían hacia el oeste para presentarlo a los dos elfos gemelos, hermanos de Daephennya, ambos gobernantes del Bosque de la Memoria y el Bosque de los Espejos. Después de eso continuarían su gira visitando castillos de otros nobles hasta llegar a la capital y participar de los festejos del aniversario de la coronación del rey.
Barthra le había advertido que sería un viaje largo y había escondido entre su equipaje unos frascos con pócimas que lo ayudarían a mantener las fuerzas. Al muchacho no le gustaba tomarlas porque no quería depender de ellas pero la curandera había dado en el blanco. Cada vez que las tomaba se sentía mejor y eso significaba un rega?o menos de su padre.
–Sea paciente, joven amo, algún día será tan fuerte que recordará esta época como si hubiera sido un sue?o –le había consolado Barthra.
Pero para Alaric el tiempo no pasaba más. Ese a?o cumpliría diez a?os y todavía no había comenzado su entrenamiento con la espada. Desde que nació, había pasado casi toda su existencia en la cama, consolado por la lectura de sus libros y la presencia de Barthra y sus amigos Cormac y Leander.
–Mi Se?or, ?se encuentra bien? –preguntó Cormac que había notado la palidez de su rostro. El joven escudero pelirrojo y pecoso era apenas un a?o mayor que él y el conde había solicitado a su familia que se convirtiera en su acompa?ante. Se llevaban bien pero Alaric a veces lo encontraba tedioso porque se mostraba muy formal con él y seguía las reglas del conde a rajatabla. Hubiera sido más divertido haber ido con Leander pero como Iniciado de la Orden tenía prohibido salir del castillo a menos que Eldrin se lo permitiera y el viejo mago nunca lo haría ni siquiera para complacer a su joven amo.
Alaric le hizo un gesto a Cormac para que lo dejara tranquilo. No había querido ser brusco pero sentía que si abría la boca vomitaría el almuerzo que los elfos le habían servido aquel día.
Se distrajo observando a su padre que conversaba con los jefes de una manera que pocas veces se lo veía. Fuera del castillo, el conde era conocido como una persona jovial que se desvivía por la seguridad de los todos los habitantes del Círculo. Dentro del castillo era otro cantar. Todo el mundo le temía e incluso Eldrin andaba con cuidado para no despertar su cólera.
Ahora se reía y hacía bromas con los jefes como si nada y ellos le palmeaban la espalda como a un igual. Se dio la vuelta para llamar a Alaric con un gesto y el ni?o fue presentado ante los jefes que no tardaron en sacudirle su corta melena negra diciendo que él y el conde eran como dos gotas de agua.
Quiera la Ninfa que eso no sea cierto, pensaba Alaric.
Uno de los jefes le se?aló a un grupo de ni?os de la tribu para que fuera a jugar. Su padre se lo permitió aunque no sin dedicarle primero una mirada de advertencia. Cormac lo acompa?ó como siempre y estuvieron un rato con los ni?os aunque fue el escudero quien participó en los juegos de peleas con palos y carreras mientras Alaric se sentaba sobre una roca de la orilla a observarlos. En un momento que el resto de los ni?os se encontraba lejos y nadie lo notaba, se escondió detrás del roca y vomitó por fin todo lo que tenía en el estómago. Al menos eso lo hizo sentirse mejor y le permitió aguantar el resto de la jornada hasta la noche cuando por fin llegaron los sirenios.
Alaric se sintió feliz aquella noche mientras observaba maravillado las luces que avanzaban por el agua. Sentía por primera vez que su vida se estaba poniendo en movimiento.
Llegados los sirenios a la orilla, su padre avanzó hasta los recién llegados, para presentar sus respetos, sobre todo a la jefa Thalassa que era una de las sirenias más respetadas de la tribu. Era una mujer hermosa que podría haber rivalizado con la belleza de Daephenny, aunque mientras la elfa emanaba un brillo blanco, el resplandor de la Sirenia era de una calidez embriagadora.
Detrás de Thalassa había una ni?a sirenia abrazada a sus piernas que lo miraba con curiosidad. No le prestó mucha atención ni tampoco le dijeron su nombre así que, mientras continuaban saludando a otros de los sirenios, se olvidó de ella hasta el día siguiente.
Alaric fue el primero en despertarse. Luego de una larga y festiva noche en vela todos los miembros de la comitiva, incluido el conde, roncaban dentro de las carpas que habían levantado cerca del pueblo. Nunca tenía oportunidad de estar solo así que decidió aprovechar la ocasión y con mucho sigilo salió de la carpa que compartía con Cormac para bajar por la colina y volver a la orilla.
El lago le había parecido hermoso desde el primer momento y el promontorio de rocas donde se encontraba la tumba del dragón le llamaba mucho la atención. Se sentó en la arena a observarlo con atención, preguntándose como sería en las profundidades.
Tan distraído estaba que no se dio cuenta de que la misma ni?a de la noche anterior se había sentado al lado de él.
–?Te gustaría visitarla?
–?Eh! –Alaric dio un salto al escuchar su voz y la ni?a se rió –. ?Qué dijiste?
–Si te gustaría visitarla.
–?Lo qué?
La ni?a volvió a reírse.
–La tumba, tonto.
–Pero yo no puedo...
–Con la ayuda de un sirenio podrías.
–?Y quién...?
–?Pues yo, tonto! –ella le dio una palmadita en la cabeza que nada tenía que ver con los pu?etazos de su padre aunque Alaric no pudo evitar echarse hacia atrás por instinto –. Mi nombre es Yaritza, ?y tú?
–Alaric.
–Alaric... –la chica dijo su nombre con lentitud como sopesando algo –. Me gusta, Alaric, te queda bien.
–Tu nombre... no está mal tampoco...
La ni?a volvió a reírse y Alaric sintió calor en sus mejillas.
–Pues bien, ?quieres ir?
–Pero... moriré... –en realidad a Alaric le habían dicho que cualquier humano podía visitar la tumba siempre y cuando lo ayudara un sirenio, pero en su caso no estaba seguro ya que si apenas podía montar un caballo dudaba que pudiera aguantar tanto tiempo bajo el agua.
Ese pensamiento lo deprimió. Era patético.
–Qué triste te ves. Mejor te llamaré Sombra.
–?Qué dices...?
–Ven, Sombra, te mostraré –muy decidida, ella tomó su mano y lo hizo levantarse del suelo como si Alaric no pesara más que una hoja, lo cual lo hizo sentirse ridículo.
Se adentraron a la orilla hasta que el agua alcanzó sus rodillas.
–?Y tus padres te permiten ir a la tumba? –preguntó Alaric, tratando de buscar una excusa para no parecer tan cobarde.
–Si tú no se los dices, no habrá problema.
Así que no tenía permiso pero ?ella los iba a desobedecer igual!
–Muy bien –dijo la chica, preparándose para sumergirse –. Lo primero es esto...
Yaritza envolvió la cara de Alaric con sus manos y posó sus labios sobre los suyos.
El ni?o, conmocionado, se echó para atrás enseguida, sintiendo que su cabeza le ardía.
–??Pero qué haces?! –preguntó furioso.
–Es parte de la inmersión... ?a dónde vas?
Alaric no esperó a que ella terminara de explicar. Por primera vez en su vida sus pies se sintieron lo bastante fuertes como para salir corriendo colina arriba y no paró hasta llegar al campamento. Nunca entendió del todo por qué lo hizo. Cuando llegó a la carpa se tiró sobre su cama exhausto. Cormac ya se había levantado y se llevó un susto cuando lo vio entrar.
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Después de eso le costó mucho levantarse y su impulsiva carrera le costó unos cuantos latigazos de su padre.
Se pasó todo un a?o arrepintiéndose de lo que había hecho, pero no a causa de la violencia de su padre, sino porque había perdido de la oportunidad de visitar la tumba del Dragón por cobarde. Aunque en realidad la tumba no le importaba para nada. No podía dejar de pensar en Yaritza y sus labios posándose sobre los suyos.
Pero seguro que para ella no había sido nada. Quizás ya lo había hecho con muchos chicos, pensó descorazonado.
Luego de aquella primera gira por el reino y una vez vueltos al castillo, comenzó su entrenamiento que fue tan arduo como su padre le había prometido, llegando hasta el punto de casi caer muerto de agotamiento y tener que pasarse días en la cama con dolores en cada músculo de su cuerpo.
Barthra era la única que no tenía miedo de recriminar al conde sus métodos de crianza pero esta vez Alaric no permitió que lo defendiera y desobedeció los consejos de la curandera, a quien él consideraba su madre. Necesitaba volverse más fuerte o morir en el intento. Sólo así podría volver a encontrarse con Yaritza y mirarla de frente.
Los meses siguientes se le hicieron eternos, sobre todo el invierno, cuyo final anunciaría la partida hacia el lago para volver a recibir a los sirenios. Volvieron a repetir el mismo recorrido, visitando primero a la dama elfa que volvió a invitarlo a su gran morada e incluso le permitió estudiar a Alaric varios libros de su selecta biblioteca. Aunque Alaric ya no se sentía tan interesado como la vez anterior porque no veía la hora de partir hacia el lago.
–El joven Guardián parece muy distraído –opinó la elfa con una sonrisa cerrada –. Me pregunto qué o quién ocupará sus pensamientos.
Alaric no estaba seguro pero le pareció que hasta sonaba celosa de no saber lo que le estaba ocultando.
Unos días después llegaron al lago. Durante la ceremonia de las luces, Alaric no dejó de buscar a Yaritza entre las oscuras aguas. Era imposible reconocerla de esa forma pero no desistió. Cuando siguió a su padre para saludar a los jefes sirenios, el corazón de Alaric latía con tanta fuerza que hasta el dolía el pecho y se preguntaba si no estaría por morirse ahí mismo. Buscó a Yaritza con la mirada pero no lograba encontrarla. Su padre divisó a Thalassa y ambos fueron a saludarla pero Yaritza esa vez no la acompa?aba.
El ánimo de Alaric se hundió tan hondo como la misma tumba del Dragón.
A la ma?ana siguiente, otra vez con todo el mundo durmiendo, volvió a bajar a la orilla con la esperanza de volver a encontrarla. Encontró el mismo lugar donde él se había sentado el a?o anterior y estuvo un rato esperando pero sin resultados.
Estúpido, estúpido, se decía a sí mismo, eres patético, ridículo, perdiste la oportunidad y ahora nunca más...
Llevado por la ira, Alaric se levantó y corrió hacia el agua. Necesitaba enfriar la cabeza. Se zambulló en el agua y al volver a emerger su cabeza miró hacia el promontorio de rocas y se puso a nadar hasta ahí.
En realidad, no sabía nadar. Cerca de Rocasombra no había ningún curso de agua donde se pudiera practicar así que nunca lo había intentado. No era tan fácil como parecía, se hundió enseguida en el agua como si fuera una roca. Así era como iba a terminar su vida, llevado a la ruina por una ni?a estúpida.
De repente, algo lo jaló hacia arriba y así, tan rápido como se había hundido, volvió a subir hacia la superficie.
Su salvadora no era otra que Yaritza, que lo había divisado de lejos en el agua justo antes de hundirse. Al entrar en contacto con el agua, su cuerpo había tomado su forma original de sirenia. Sus escapas brillaban de un color rojo, como el de las rosas, y unas peque?as branquias se habían abierto en la base de su cuello.
–?Qué estabas haciendo? –preguntó ella ofuscada.
Alaric le dirigió la misma mirada enojada.
–Te llevaré de nuevo a la orilla –dijo la sirenia arrastrándolo sin dificultad.
–?No! –Alaric intentó resistirse.
–?Te vas a ahogar!
–?Llévame hasta allí! –Alaric le se?aló el promontorio con un gesto de cabeza –. ?Te lo ordeno!
–?Me lo ordenas? –la peque?a sirenia estaba indignada.
Alaric no había querido sonar así de autoritario pero siendo hijo de un noble era la única expresión que se le había ocurrido frente a una persona que no quería acatar su voluntad.
–?Por favor?
La sirenia se rió.
–Eres tan tonto, Sombra, la verdad, pero también eres lindo.
Dicho eso volvió a posar sus labios en los suyos como la vez anterior y ambos se sumergieron. Alaric había pensado que sentiría algún tipo de presión inicial pero encontrarse bajo el agua se sentía tan natural como estar fuera de ella. Pero sentía algo raro en la base de su cuello y cuando se llevó una mano hacia el lugar descubrió que le habían nacido dos branquias similares a las de Yaritza.
Alaric nunca se olvidaría de lo que vio aquel día. El fondo del lago eran inmenso, un mundo azul totalmente distinto a la superficie. Parecía ser como si él y Yaritza se encontraran flotando en medio de la nada. El promontorio, que tan peque?o le había parecido, seguía hacia abajo como una torre submarina infinita.
Yaritza lo tomó de la mano y ambos siguieron se precipitaron hacia abajo. Iban tan rápido que parecía como si el mundo se hubiera dado vuelta y Alaric ya no podía distinguir si realmente estaban bajando o subiendo por un camino de piedras al final del cual se encontraron con lo que parecía ser un templo hecho con piedras del fondo del lago. Su tama?o era tan impresionante que en comparación los dos exploradores no parecían más que dos diminutos pececitos frente a la boca de una ballena.
Yaritza le dijo que no podían ir más allá porque la entrada de la tumba estaba bloqueada. Ni siquiera los sirenios podían entrar, so pena de ser maldecidos por el mismo dragón.
Cuando la visita terminó, Alaric abandonó el lago con su comitiva sintiéndose realizado, aunque no sin sentir una extra?a nostalgia por la joven sirenia que con sus pies humanos subió hasta las colinas a despedirlo mientras se alejaba.
Aquella visita a la tumba se repitió durante los siguientes a?os y se convirtió en una tradición. Su tiempo juntos era ínfimo comparado con el resto de los días que pasaban lejos uno del otro pero Alaric no podía evitar esperar por ese encuentro todo el a?o. Con el tiempo, también comenzaron a escribirse cartas que se enviaban por medio de palomas. Alaric consiguió que Leander se convirtiera en su intermediario para que su padre no se diera cuenta.
Aparte de eso, no tenían ningún otro contacto durante el a?o. Yaritza no podía permanecer muy lejos del agua y, aun en el caso improbable de que pudiera aparecerse en Rocasombra, su padre le hubiera prohibido la entrada. Esa era una de las razones por las que Alaric nunca se atrevió a compartirle sus verdaderos sentimientos aunque siempre tenía la sensación de que no era necesario que se le dijera en voz alta, que Yaritza sabía perfectamente que su corazón le pertenecía desde aquel primer encuentro cuando él había salido corriendo como un cobarde.
Pero él era el futuro Guardián del Círculo. Su deber estaba primero con su gente. Su lugar estaba en Rocasombra mientras que Yaritza podía vagar a su antojo por el Mar Libre. Su amor estaba destinado a fracasar desde el principio y Alaric no quería lastimarla.
Así que cuando a sus veinticuatro a?os su padre le informó que ese a?o no lo acompa?aría al lago sino que participaría en una misión que Su Majestad le había encomendado a un grupo de nobles, Alaric no lo lamentó. Aquello era lo mejor. No podían continuar enga?ándose. Además, era la primera misión de verdad en la que participaría. Tras largos y sufridos a?os de entrenamiento, su padre comenzaba a reconocerlo como digno heredero y él no podía perder la oportunidad de demostrar que ya no era el ni?o enfermizo de anta?o.
Fue así que partió hacia la capital, en donde embarcó junto con los otros nobles en una misión que los conduciría a unas de las islas más remotas del norte donde se pensaba que habría un enfrentamiento con los piratas tras largos a?os de paz. Se suponía que iban a entablar un diálogo con el fin de evitar el conflicto pero de todas maneras iban fuertemente armados.
Esa fue la primera vez que Alaric vio el mar y entendió por qué Yaritza y los sirenios preferían irse todos los a?os en vez de permanecer cautivos en tierra firme. Para ese entonces, Yaritza ya debía haber llegado al lago y se estaría sintiendo muy enojada con él por no estar allí. Quizás su enojo sería tan grande que decidiría olvidarlo para siempre, y aunque pensar en eso le dolía, también lo tranquilizaba porque era lo mejor para ella.
Tan convencido estaba de esto que su sorpresa no tuvo límites el día que se encontraba en cubierta observando en ese vasto mar que tanto le recordaba a su sirenia, cuando de repente escuchó una voz que le hizo saltar el corazón.
–?Oye, Sombra, despierta!
No podía ser...
–?Yaritza! –el muchacho la descubrió agarrada de unas cuerdas que colgaban del barco. Su largo cabello negro flotaba en la brisa y sus escamas rojas brillaban como fuego.
–?Pensaste que podías dejarme plantada así como así sin sufrir las consecuencias? –hizo una mueca de disgustos aunque sus ojos transmitían picardía.
–?Pero yo... nosotros...! –Alaric no sabía cómo explicarse –. ?Qué consecuencias?
Entonces ella lo agarró por el cuello de su ropa, al tiempo que se soltaba de las cuerdas, lo que provocó que ella lo arrastrara hacia abajo y ambos se precipitaran hacia las olas. Alaric sintió los labios de la sirenia sobre los suyos, aunque esta vez permanecieron unidos por más tiempo, a diferencia de todas las veces anteriores.
La fuerza del mar no tenía nada que ver con las tranquilas aguas del lago por lo que mientras Yaritza lo arrastraba entre la espuma y el oleaje Alaric perdió el barco de vista. Se preguntó qué pensarían sus compa?eros de viaje cuando vieran que no aparecía por ningún lado pero, en realidad, se dio cuenta de que no le importaba.
La sirenia lo terminó conduciendo hacia la playa de una isla peque?a que según ella se encontraba deshabitada y era solamente visitada por piratas y sirenios que nunca se quedaban por mucho tiempo. Allí estuvieron varios días, completamente solos, disfrutando de su mutua compa?ía y rescatando todos aquellos incontables días que debieron estar separados.
Alaric no conoció días más felices que aquellos.
–Quedémonos aquí por siempre –le propuso Yaritza un día mientras tomaban una siesta bajo la sombra de una palmera –. Todo el mundo te debe de creer muerto. Quédate aquí y olvídemonos del resto del mundo.
Sus palabras dejaban entrever una seducción peligrosa. Desaparecer para el resto del mundo, convertirse en otra persona, olvidar todas las expectativas y obligaciones que le habían impuesto desde que había nacido.
Pero Alaric no pudo en ese momento evitar pensar en Barthra, así como en sus compa?eros Leander y Cormac. ?Les habría llegado ya la noticia de que había desaparecido? ?Realmente lo habrían dado ya por muerto? ?Estarían llorando su muerte, enterrando un ataúd vacío, mientras él se encontraba allí sumido en la dicha con Yaritza? ?Cuánto tiempo había pasado ya? ?Días, semanas, meses?
–Tengo que volver, Yaritza –él se incorporó y se arrodilló frente a ella –. ?Te convertirías en mi condesa?
Yaritza se rió como si aquella fuera la idea más ridícula del mundo.
–?Yo, Condesa? Mírame. ?De verdad me crees capaz de llevar vestidos y mandonear sirvientes, en medio de esas heladas monta?as y bosques poblados de elfos? Además, tampoco puedo sobrevivir mucho tiempo lejos del agua. Tu idea es estúpida, la mía es mucho mejor –le acarició su pelo como a un ni?o que le está por venir un berrinche.
–Te construiré un hogar cerca del lago. No tendrás que vivir lejos –insistió Alaric.
Los ojos de Yaritza, tan felices durante esos días, se ensombrecieron por primera vez.
–A los elfos no les gustaría. El Guardián debe ser neutral. Una alianza con una sirenia sería muy mal visto. Viviríamos sufriendo conflicto tras conflicto. Te terminarían quitando el título y el resultado sería mucho peor que si te creyeran muerto.
–Por ti, cualquier sacrificio.
–Cualquier sacrificio que no sea quedarse aquí conmigo –se burló ella –. Además, todos los inviernos tendría que marcharme. No podría quedarme contigo. Tendrías que esperarme todos los a?os, eso no cambiaría –ella lo tomó de la mano, suplicando –. Pero aquí podemos estar por siempre juntos.
–?Y tu familia?
–En la cultura sirenia, los hijos no somos propiedad de los padres. Somos libres de decidir por nosotros mismos. Además, ellos podrían visitarnos.
–Pero yo no podría ver a los míos –le recriminó Alaric.
–Dijiste cualquier sacrificio, pero sigues poniendo obstáculos.
–Tú tampoco estás dispuesta a sacrificarte por mí.
–Y tú me hablas de un juramento que es de por vida –el tono de Yaritza lo hacía sonar como una broma y Alaric se sintió lastimado.
–Pues, sí, el matrimonio es sagrado, es para siempre.
–Los sirenios no nos casamos, nos prometemos, cada a?o. Como mis padres. Todos los a?os mi madre vuelve y se vuelve a prometer a él porque es su elección.
Permanecieron en silencio hasta que Alaric volvió a hablar.
–Al parecer ninguno de los dos está dispuesto a renunciar.
–Parece que no.
–Entonces, quizás, esto no es amor.
Alaric se arrepintió en cuanto dijo eso pero ya era tarde. Los ojos de Yaritza ardieron como el fuego y con un movimiento de su mano una ola gigantesca arrasó la playa llevándose a Alaric lejos de ella. Por un momento pensó que iba a matarlo pero la corriente lo arrastró mar adentro, sin llegar a ahogarlo, y permaneció un rato flotando, perdido en medio del océano, hasta que un barco de la Armada Real lo interceptó.

