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Capítulo 46 - La lucha por existir

  La helada sorpresa que en un principio había paralizado a Silas se fue encendiendo como una llama en medio de su pecho y comenzó a expandirse por el resto de su cuerpo a medida que el mago continuaba hablando.

  –Resistir no sirve de nada –le decía Eldrin al ver que el muchacho no se apartaba de la entrada de la peque?a cueva –. Si todavía no te hice volar por los aires es porque tengo lástima de criaturas tan débiles como tú. Sería un desperdicio de poder. Además, me considero una persona justa. Has protegido a mi se?ora cuando ella no podía defenderse. Como premio, te dejaré vivir.

  Pero Silas no se movió y cerró los pu?os hasta clavarse sus propias u?as en las palmas, lo cual también era una manera de controlar el naciente temblor que intentaba ocultar. Sabía que contra el mago no podría hacer nada pero necesitaba ganar algo de tiempo para pensar un plan de huida.

  Aunque desde el fondo de su cabeza emergió una voz que le decía que su viaje con Olivia había terminado, que más valía salvar su propia vida. Silas la ignoró y se concentró en los oscuros ojos del mago que lo observaba impasible como si delante no tuviera más que un molesto insecto que está a punto de ser pisoteado.

  –No sé por qué te muestras indignado, cuando ambos formamos partes del mismo bando –agregó Eldrin.

  Silas no podía dejar pasar esa ofensa.

  –?Del mismo lado que un mago? ?Nunca!

  Las cejas del mago se alzaron.

  –?Por qué abandonaste las monta?as? No creo que haya sido solamente para conocer nuestro reino. No hay lugar aquí para ti. Si no sientes odio por los humanos, entonces no eres una verdadera quimera.

  –?Cállate, pedazo de escoria!

  –Vuelve con tu raza y llévale las noticias. En poco tiempo, los humanos, a excepción de los elegidos, serán diezmados y aniquilados como lo fueron ustedes. La Se?ora Daephennya se encargará...

  –?No quiero saber nada con los malditos elfos! ?Usaron a los humanos para matarnos porque ellos mismos no podían! ?Eres tú quien es patético! ?Cuando Daephennya termine de usarte, te aniquilará igual que al resto!

  –Tu mente es demasiado simple. Te he dado la oportunidad. Ahora muévete.

  Al decir esto, Eldrin agitó su mano y Silas se vio envuelto por un torbellino que lo levantó de golpe y lo arrojó con fuerza contra el suelo. Su pecho fue lo primero es estamparse contra la tierra provocando que el aire abandonara sus pulmones.

  Le costó un momento lograr incorporarse debido al temblor de sus brazos que apenas podían con el peso de su propio peso. La caída le había nublado la visión y tardó en reconocer el cuerpo flotante de Olivia que emergió lentamente de la cueva mientras era guiado por los movimientos de Eldrin quien emprendía su retirada.

  –Nunca entendí el interés de mis semejantes en criaturas tan patéticas como ustedes –decía el mago sin mirarlo –. Criaturas mágicas, sí, pero su poder no se compara con el resto. Incluso los híbridos deben ser más fuertes que ustedes. Lo único que critico de mis antepasados es haber perdido el tiempo cazando criaturas tan insignificantes cuando había otro poder superior al que aspirar.

  Silas apretó los dientes mientras hacía fuerza para obligar a sus piernas a levantarse.

  –Seré un ser insignificante pero tú lo eres al igual que yo y cuando ya sea muy tarde te darás cuenta.

  Eldrin realizó un gesto brusco y Silas se vio arrastrado hacia atrás como si varias manos lo tuvieran sujetado de sus miembros. Al estrellarse contra una de las rocas, una punzada lacerante lo atravesó desde el centro de su espalda como si le hubieran clavado una espada.

  Aturdido por el dolor, no se dio cuenta hasta muy tarde que Eldrin se había acercado para envolver su cuello con una mano impidiéndole respirar.

  –Aunque sí debo confesar –dijo el mago –que siempre sentí curiosidad por saber qué fue lo que encontraron mis antepasados cuando decidieron mutilar los cuerpos de las quimeras para estudiar su interior.

  La mano de Eldrin se cerró aun más alrededor del cuello de Silas y mientras este se sacudía tratando de liberarse observó impotente cómo la otra mano del mago se replegaba hacia atrás y en su palma se formaba una peque?a esfera de una especia de luz maléfica que parecía estar tomando fuerza para estamparse en el centro de su pecho.

  Pese al terror que sentía por lo que sabía que era su muerte inminente, Silas apartó su mirada de los ojos enrojecidos del mago y hacia el cuerpo inconsciente de Olivia que yacía sobre el pasto.

  Por un momento pareció que el tiempo se había detenido mientras la observaba consolándose en la idea de que sería su rostro lo último que vería antes de partir a la otra vida.

  Si tan sólo ella se despertara para que él pudiera hundirse en aquellos ojos tan azules como el mar que él aún no había tenido la oportunidad de conocer.

  Pero eso era un deseo egoísta y él no quería que Olivia lo viera morir.

  En vez de eso, recordó las palabras de su abuelo en aquellas horas previas a su muerte, mientras el sol se ocultaba entre las monta?as. El anciano le había dicho que él no sentía miedo a la muerte sino una profunda paz, como si, al final de todo, uno encontrara la calma que siempre estuvo buscando.

  –Mi peque?o, ahora es tiempo de descansar, de volver al origen mismo de donde venimos todos –le susurraba acariciándole la cabeza. A diferencia del resto de los mayores, él era el único que adoptaba su primera forma para evitar que Silas se sintiera solo –. Se me concedió una vida larga. Es verdad que la guerra nos arrebató a muchos de los nuestros pero por ellos sobreviví a la guerra, retorné a mi manada, pude ver cómo mis hijos crecían y encontraban su propio camino. Es hora de cerrar mi ciclo. El tuyo apenas está comenzando.

  –No quiero que te vayas –le había dicho Silas con la voz quebrada, aferrándose a su cuerpo que poco a poco iba perdiendo su calor.

  –No me iré muy lejos, ya verás –incluso en aquel momento los ojos bondadosos de su abuelo reflejaban el mismo brillo de sol –. Cuando escuches al viento silbar entre los abismos, cuando el brillo de la luna se pose sobre los picos de las monta?as, cuando escuches el susurro de un río secreto, allí estaré, siendo parte de todo lo que te rodea.

  –Aun así...

  –Es tu turno de honrar el tiempo que se te ha dado en este mundo. No desprecies este regalo, no te lamentes por mí, peque?o, pero, sobre todo no te rindas. Abraza la vida, aférrate a cada momento, ?lucha con todas tus fuerzas, ama sin reservas y siempre busca la verdad en tu corazón! ?Hazle saber al resto del mundo que no renunciarás así como así a tu derecho de existir! Quiero que vivas todo lo que puedas y que cuando llegue tu momento puedas repetirle estas mismas palabras a los vengan después de ti. ?Prométeme que vivirás!

  –Lo prometo, abuelo –le había contestado Silas en un susurro poco antes de ver el cuerpo de su abuelo disolverse en el aire de la monta?a.

  –Lo prometo, abuelo –susurraba ahora viendo cómo la peque?a esfera de luz que Eldrin sostenía en su mano se venía contra él.

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  En ese momento, algo dentro su pecho estalló. De su boca salió disparado un alarido que pareció cortar el cielo como el estampido de un trueno. Su brazo izquierdo, que hasta ese momento, al igual que el derecho, intentaba sin éxito contener la fuerza de su adversario, pareció cobrar vida por sí mismo y tras, tomar impulso, un silbido mortal cortó el aire mientras sus dedos, ahora convertidos en garras largas y curvas que destellaban a la luz del sol se clavaban en el rostro del mago y al entrar en contacto con la piel abrieron una gran herida de tal magnitud que hizo que la sangre se salpicara con tanta fuerza que por un momento los ojos de Silas se vieron cegados por la sustancia roja.

  Mientras se limpiaba rápido los ojos con su otra mano, escuchaba sin poder creerlo los alaridos del mago revolcándose sobre el pasto.

  él le había hecho. él, una quimera, había herido a un mago.

  Al recuperar su visión, lo primero que vio fueron las filosas garras de las que seguía goteando sangre aunque no la suya. Su mano ahora era una estructura peluda y musculosa. La palma de la pata era ancha y gruesa, de una piel áspera y oscura.

  Durante su estadía en el castillo de Rocasombra, la quimera transformada en zorro se había aventurado entre la zona del bosque cercano a las monta?as para observar a una familia de osos con la esperanza de lograr transformarse en uno. Nunca lo había logrado y ahora de la nada aparecía esa arma letal cuando pensaba que estaba todo perdido.

  Pero, en realidad, sólo su mano izquierda se había transformado. El resto de su cuerpo permanecía inalterable.

  Tras el inesperado ataque, el mago intentaba sin muchos resultados curarse él mismo con un sello que poco podía hacer por el enorme agujero provocado por el zarpazo que le había desfigurado la mitad de la cara. Sin perder tiempo, Silas saltó sobre él lanzando otro potente zarpazo pero esta vez Eldrin reaccionó a tiempo para invocar un escudo que provocó que de las poderosas garras de la quimera reverberara un intenso dolor que atizó su cuerpo obligándolo a retroceder.

  Silas intentó aliviar su frustración con otro alarido antes de volver a atacar pero por más que estuvo cerca de lograr su objetivo con una precisión letal, aquello no era suficiente. El mago, aunque con un ojo menos, no tardó en reponerse de su propio dolor. Se adelantó hacia la quimera y volvió disparar una furiosa onda de impacto que hizo que Silas volviera a reventarse contra una roca. Vio más gotas de sangre salpicarse a su alrededor pero esta para su pesar era suya y no podía saber de dónde había brotado ya que su cuerpo entero se vio invadido de espasmos de dolor.

  Sin hacerse esperar, el mago lo hizo elevarse en el suelo y lo dejó otra vez caer entre las rocas. Silas agitaba sus miembros en todas direcciones tratando de atenuar la caída pero la tortura era tan grande que llegó un punto en el que no pudo más que rendirse. Incluso si el resto de su cuerpo se hubiera transformado en ese momento, y por más que la furia superara el dolor físico, era imposible que una quimera lograra superar el poder de un mago.

  Silas no había vivido lo suficiente.

  No podía irse en paz como su abuelo.

  No había cumplido su promesa.

  Pero al menos había luchado hasta el último aliento.

  Volvió a sentir como su cuerpo entumecido se despegaba de la piedra para volver a elevarse.

  Aquel era el embate final.

  Debía de ser cerca del mediodía. El cielo estaba despejado, sin una sola nube que mitigara los indiferentes rayos de un sol abrasador, testigo mudo de su abrupto final. Sin embargo, una oscuridad parecía invadir el firmamento y entre las sombras Silas logró atisbar las primeras estrellas que cual peque?as explosiones titilaron en la lejanía como si lo saludaran, como si le estuvieran dando la bienvenida.

  Aquí terminaba la vida de la quimera Silas, llamado así por la única persona que de verdad lo había reconocido como un igual, la única que sabía que se pondría triste por él, aunque él no quería que estuviera triste y mucho menos sola.

  –Cuando escuches al viento silbar entre los abismos, cuando el brillo de la luna se pose sobre los picos de las monta?as, cuando escuches el susurro de un río secreto, allí estaré... –susurró Silas para Olivia aunque ya no pudiera verla desde donde se encontraba.

  Un nuevo viaje comenzaba hacia al origen de donde venían todos los seres sobre la tierra. Humanos, elfos, gigantes, elementales, híbridos, sirenios y quimeras. Puede que incluso brujas. Quizás allí, alguna vez, en el final de los tiempos, lograría encontrarse otra vez con ella.

  Al menos, ese último pensamiento lo reconfortó.

  –Hasta luego, Olivia.

  Con esas palabras, Silas cerró los ojos y aceptó su destino con la misma humildad que su abuelo.

  La oscuridad lo terminó por fin de envolver, aunque ya esto no le parecía ni temible ni solitario.

  Volvía a la fuente de la vida.

  Aunque no entendió por qué, justo en ese instante que se encontraba listo para cruzar, el oscuro firmamento sobre él se resquebrajó.

  Un rayo atravesó la negrura. Las lejanas estrellas se apagaron y retornaron a la profundidad de la que habían emergido.

  Silas, sorprendido, abrió los ojos al escuchar un grito que resonó con la misma fuerza del trueno que lo había precedido.

  Era la voz de una mujer, potente y decidida:

  –?Eldrin Caedos!

  La quimera no entendía por qué en ese momento su cuerpo iba retornando al suelo lentamente a medida que aquella anciana de rostro ojeroso pero mirada furibunda se acercaba hacia ellos galopando a caballo.

  –Rovenna Astra –dijo el mago con calma –. Me suponía que debías de estar cerca pero no creí que aguantaras el viaje...

  –?En nombre del Consejo...! –comenzó a decir la recién llegada pero se cortó ella misma al ver el estado lamentable del mago.

  –?El Consejo! –se burló el mago –. ?Yo no respondo más ni a ti ni al Cónclave!

  –?Estás demente! –la mujer parecía confundida frente a su rostro irreconocible cubierto de sangre –. Entrégate ahora y quizás podrás conservar la vida.

  El mago escupió al suelo.

  –Nos conocemos de toda una vida, Rovenna. Sabes muy bien que esa no esa una opción para mí.

  La tal maga Rovenna detuvo su caballo a poca distancia de Eldrin de manera que su figura proyectaba una sombra alargada sobre él.

  Desorientado de tantos zarandeos, Silas se arrastró entre las piedras y se puso a buscar a Olivia. Al encontrarla, reptó como una serpiente por el suelo hasta llegar a ella mientras los dos magos continuaban hablando.

  –A pesar de todo lo que hiciste en el pasado –decía Rovenna con una voz cargada de pesar –, nunca me imaginé que llegaríamos a esto... Tu nombre ha quedado mancillado para siempre ?y todo para qué?

  Pese a la gran herida de su rostro, Eldrin esbozó una mueca que intentaba parecerse lo más parecido a una sonrisa.

  –Un nuevo orden está a punto de llegar, Rovenna, y el poder del Consejo no es nada frente a lo que se está por venir.

  –?Y qué tiene que ver Olivia de Rocasombra en todo esto?

  El mago soltó una risa que se vio cortada por una mueca de dolor.

  –Si yo fuera el Maestro Arcanista, ya sabría la verdad, pero veo que nos ha podido ni siquiera sonsacar la información al patético conde que no ha logrado ser ni la sombra de lo que fue su progenitor. Por más que lo intentaste ocultar, tu compasión ha sido siempre tu peor debilidad.

  La voz de Rovenna se endureció aun más.

  –Mi compasión tiene un límite y, si tanto te preocupa, te alegrará saber que para ti no reservo ninguna.

  Al decir esto, Rovenna extendió los brazos, y una esfera oscura emanó de sus manos.

  –Voy a recordarte ahora por qué logré ocupar el puesto que tanto querías para que no lo vuelvas a olvidar.

  Eldrin levantó sus manos creando una esfera de características similares.

  –Si sólo supieras a quien sirvo, te darías cuenta de para mí eso no tiene valor alguno.

  Rovenna esbozó una mueca burlona.

  –Lamento que mi victoria no vaya a ser justa esta vez...

  –No te lamentes, mi Se?ora me recompensará con un ojo nuevo, seguramente.

  –?Tu Se?ora?

  Eldrin aprovechó ese momento para lanzar la esfera directo contra ella pero la Maestra Arcanista reaccionó a tiempo para detener el ataque con la suya. Al colisionar, ambas esferas provocaron una onda expansiva que hizo que Silas se aferrara con fuerza al cuerpo inconsciente de Olivia tratando de evitar que ambos salieran despedidos.

  Sin embargo, ese no fue el caso, porque, para su sorpresa, Eldrin había tenido el resguardo de protegerlos con un escudo.

  El aire se llenó de una serie de línea brillantes y temblorosas, como peque?os rayos que zigzagueaban como serpientes. Alrededor de ambos combatientes se había formado un círculo humeante que había arrasado con la vegetación.

  –Quimera cobarde –gru?ó –. Agradece que estoy ocupado y no puedo matarte ahora mismo.

  –Quimera... –Rovenna por fin fijó la vista en él –. ?Silas?

  Sin dejar de abrazar a Olivia, Silas asintió. No sabía cómo esa mujer había llegado a conocer su nombre pero consideró que quizás eso era una buena se?al. Al menos, le había sacado a Eldrin de encima.

  –?Huye! ?Ponte a salvo! –le gritó Rovenna.

  –?No sin Olivia! –le respondió Silas.

  Rovenna dejó escapar un suspiro de exasperación.

  –?Eldrin no le hará da?o! ?Salva tu vida! ?Estás en el reino humano, por la Ninfa!

  –?No! –si querían que soltara a Olivia lo tendrían que matar primero.

  Eldrin aprovechó la distracción de Rovenna para lanzar otro ataque que la maga evitó con un denso escudo aunque desde su posición en el suelo Silas era capaz de notar que los ataques estaban haciendo mella en el cuerpo exhausto de la mujer.

  Apenas con tiempo para recuperarse del ataque, Rovenna respiró hondo y, con una voz fría y desafiante, se dirigió al mago:

  –Hoy, Eldrin, decides tu destino –concluyó, firme, mientras el aire a su alrededor crepitaba de rayos dorados–. Y como tantas otras tantas veces a lo largo de nuestra vida, tu obstinada costumbre de subestimarme será tu perdición.

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