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Capítulo 47 - La baronesa

  –?Qué haces? –preguntó el Acólito luego de descubrir a la joven Rovenna detrás de unas rocas practicando magia a escondidas del resto de la comitiva que se dirigía hacia el Bosque de los Espejos.

  Rovenna dio un salto de la sorpresa y como consecuencia tropezó con los pliegues de su propio vestido cayendo al suelo de espaldas. El joven de cabellos claros y túnica azul, se acercó a ella y le extendió la mano para ayudarla a levantarse.

  Ella tardó un momento en reaccionar hasta que finalmente tomó la mano del mago y se levantó. Le agradeció y comenzó a alejarse de él haciendo de cuenta de que nada había sucedido. Si tenía suerte, él pensaría que sólo estaba jugando y no se le ocurriría comentarle a nadie lo que había visto.

  Y si no tenía tanta suerte, el episodio llegaría a oídos de su esposo y ella tendría que enfrentar el castigo y la pérdida de la poca alegría de la que había disfrutado en los últimos días mientras el hombre se encontraba ocupado dirigiendo a la comitiva que había partido de Nermetya hacía tan sólo dos días.

  –Espera –dijo el mago y el corazón de Rovenna se detuvo –. Esa no es la manera correcta de hacerlo.

  Lo había insultado, pensó Rovenna, y ahora se iba a vengar de ella.

  Pero eso no ocurrió.

  –Primero... piernas y espalda derechas –ante la mirada confusa de la muchacha, él comenzó a mostrarle con su propio cuerpo los mismos pasos que iba enumerando –. Manos a la altura del pecho. Cuando traces el sello, tus movimientos deben ser fluidos y elegantes, como los músicos cuando tocan un instrumento –a continuación realizó el dibujo del sello en el aire hasta que sus manos se detuvieron visiblemente tensionadas por la energía que se había condensado entre sus palmas –. Retiene, apunta y libera –con un movimiento brusco hacia adelante el mago liberó una fuerte corriente de aire que salió expulsada desde el punto en donde había invocado el sello en dirección a Rovenna.

  En ningún momento la asombrada muchacha perdió detalle de los movimientos del Acólito y sólo lo cerró sus ojos al sentir cómo la energía liberada del sello vibraba a su alrededor agitando los pliegues de su vestido y desordenando sus cabellos casta?os hasta disiparse del todo.

  Cuando los abrió, el mago todavía se encontraba frente a ella y le hizo un gesto como invitándola a repetir lo que él había hecho.

  Tratando de contener la emoción de su corazón desbocado, ella asintió. Enderezó su cuerpo, tarea no muy fácil porque se dio cuenta de que también temblaba. Levantó las manos siguiendo las instrucciones tal como él le había indicado. Un leve cosquilleo invadió sus dedos cuando la energía comenzó a acumularse entre entre ellos pero cuando llena de entusiasmo extendió sus brazos hacia adelante para liberarla apena fue lo suficiente fuerte como para provocar un soplido.

  Pese a su fracaso, el mago asintió.

  –Mejor, otra vez.

  Rovenna volvió a repetir todo los pasos, el resultado fue casi el mismo.

  –Otra vez –dijo el mago.

  Siguieron así durante un rato hasta que tras varios intentos Rovenna cayó al piso exhausta. Había logrado un poco más de potencia pero su sello no se comparaba en nada a lo que el Acólito le había mostrado al principio.

  –No se preocupe, mi se?ora, con el tiempo estoy seguro de que no tendrá problema en dominarlo –le dijo él mientras la ayudaba a levantarse –. Está por ponerse el sol, debería...

  –?Ay, no! –de repente Rovenna tomó consciencia del tiempo que había estado lejos del campamento –. ?Tengo que volver!

  –Si es el barón lo que le preocupa, he visto que todavía está ocupado con... –él se aclaró la garganta pero no continuó. Aun así Rovenna entendió que él se refería a la voluptuosa amante que su marido se había hecho traer desde Nemertya en el mismo viaje que iba su esposa.

  Aunque Rovenna no lo lamentaba. La mujer podía irse incluso a vivir bajo el mismo techo que la pareja, por lo que a ella le importaba.

  –Ah... –ella inspiró hondo para tranquilizarse.

  –Mi nombre es Eldrin Caedos –le dijo el muchacho.

  –Rovenna... –ella se detuvo antes de continuar. No quería decirle que era una Astra, aunque él debía de saberlo, pero tampoco sentía placer en decir el nombre de familia de su marido.

  –Un placer –Eldrin inclinó la cabeza –. No sabía que usted entrenaba.

  –No debería en realidad –admitió ella con timidez.

  –Es una pena –suspiró Eldrin y ambos volvieron juntos al campamento sin decirse nada más.

  Al día siguiente la gran comitiva de soldados y magos retomó la marcha y no se volvieron a detener hasta al atardecer. Como era su costumbre, Rovenna esperó a que su marido se distrajera en sus propios placeres para colarse por un rato detrás de un grupo de árboles que ocultarían lo que estaba haciendo.

  Eldrin Caedos no tardó mucho en seguirla y volver a darle indicaciones.

  Rovenna se sentía incómoda mientras él la estudiaba fijamente sin perderse detalle pero hizo todo lo que pudo por cumplir con intentaba ense?arle.

  –Sus movimientos son cada vez más fluidos pero todavía no logra controlar el nivel de energía. Otra vez.

  Al igual que el día anterior, la historia volvió a repetirse y terminó con Rovenna corriendo hacia su carpa antes de que su marido descubriera su ausencia.

  Aquel fue el inicio de su amistad con Eldrin Caedos o al menos Rovenna lo veía de esa manera. Al principio no hablaban mucho, debido al poco tiempo con que ella contaba para escaparse de la vista de su marido, pero poco a poco Eldrin se fue animando a hablar con ella mientras la comitiva se encontraba en marcha rumbo a su destino. Para ello, él acercaba su caballo hacia el carruaje en donde iba la baronesa y trataban de conversar lo más bajo posible para que sus voces se perdieran entre los sonidos de cascos de los caballos.

  Para entonces se encontraban a mitad de camino cruzando la franja este en dirección al Bosque de los Espejos en donde serían recibidos por el Se?or Narthoss que como todos los a?os agasajaba a los representantes del rey así como al conde Rocasombra que se encontraba realizando su gira anual visitando a los tres se?ores elfos luego de asistir al Retorno de los Sirenios.

  Tanto para Rovenna como para Eldrin, era su primera vez visitando el bosque y ambos no paraban de hablar sobre lo que podrían encontrarse. Eldrin estaba más al tanto que ella, puesto que se había dedicado lo que llevaba de vida al estudio de la cultura élfica, y podía describirle con todo detalle las incontables maravillas descritas en los libros, aunque seguramente esas descripciones palidecerían ante la experiencia real.

  Desde hacía un tiempo Rovenna oía hablar de los Caedos. Se trataba de una familia de gran importancia aunque no tanta como las cinco familias descendientes de los primeros magos. Aun así, mediante alianzas y matrimonios se habían asegurado cargos importantes dentro del Consejo. El propio padre de Eldrin dirigía la División Control, mientras que su madre era una reconocida instructora de Educación que había entrenado a los mejores magos del reino. Cuando Eldrin terminara de recorrer Terrarkana era muy probable que comenzara a trabajar allí, aunque a Rovenna le sorprendió cuando dijo que en realidad él aspiraba a mucho más que una mera ocupación.

  –Un puesto en el Consejo es una noble tarea pero... el estudio de los Códigos... romper los límites a los que estamos sometidos los humanos... ese es mi sue?o. Por eso decidí acompa?ar al barón en este viaje.

  –?Qué quieres encontrar en el bosque? –preguntó Rovenna.

  –Quiero solicitarle al Se?or Narthoss que me permita convertirme en su discípulo.

  Aquello la tomó por sorpresa. Una cosa era solicitar estudiar antiguos pergaminos de las bibliotecas de los elfos y otra muy distinta ser aceptado como aprendiz.

  –?Qué? Pero los elfos...

  –El Se?or Narthoss es el único de los tres hermanos que ha tomado aprendices humanos.

  –?En serio? –hasta entonces Rovenna había creído que desde la época de los primeros cinco magos nadie había tenido suerte de ser aceptado.

  –No sucede tan seguido como a uno le gustaría –continuó Eldrin encogiéndose de hombros –. Ya sabes cómo son los elfos. El tiempo no los afecta como a nosotros... Creo que el último en ser aceptado fue nuestro actual Maestro Arcanista.

  –Pero eso debe hacer sido...

  –Hace cuarenta a?os... –suspiró Eldrin –. No tengo esperanzas de tener éxito pero no pierdo nada con intentarlo, excepto la dignidad –un débil risa escapó de sus labios.

  –Eres un excelente mago, Eldrin –afirmó Rovenna convencida –. Estoy segura de que te aceptará.

  –Te falta mucha práctica para poder determinar el verdadero poder de un mago pero acepto el cumplido –le sonrió él y, después de cerciorarse que nadie lo veía, estiró la mano para acariciar la mejilla de Rovenna quien se alejó de la ventana para que él no pudiera ver cuán sonrojada se había puesto.

  Ella se sentiría muy feliz por Eldrin si el elfo lo tomara como su discípulo pero al mismo tiempo la entristecía porque ya se había ilusionado con volver a Nemertya sabiendo que ahora tenía un amigo con quien compartir su magia.

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  Aunque eso era de esperarse. él era un Acólito en su viaje anual. Tardarían en volver a encontrarse y, cuando lo hicieran, ella volvería a ser feliz.

  Sólo tenía que ser paciente como lo había sido hasta ahora.

  Esperar y ser paciente, le había dicho su madre la noche antes de su casamiento.

  Durante su época dorada, los Astra habían sido cazadores de quimeras, estando al servicio de la cinco familias, y eran respetados en todo el reino por sus tácticas tanto metódicas como implacables. Sin embargo, tras el tratado de paz, todo sus privilegios fueron anulados y se los castigo severamente por el mismo Consejo que antes los había empleado. Todos los miembros importantes de la familia fueron aniquilados, entre ellos el bisabuelo de Rovenna, y al resto, incluidos los ni?os, se les grabó un sello de su anulación en su cuerpo. Sólo se salvaron del castigo las siguientes generaciones y para cuando ella nació sus padres se ganaban la vida de manera honesta como comerciantes.

  Sin embargo, la nostalgia de las glorias pasadas se despertó cuando con el correr del tiempo se reveló que, de entre todos sus hijos, Rovenna poseía un talento natural para la magia. Esto fue descubierto por accidente cuando, encontrándose en el comercio de un familia, a un mago se le cayó un pergamino de su alforja.

  En cuanto Rovenna fue a levantarlo del suelo se quedó tan hipnotizada por los símbolos que había ahí escritos que no fue capaz de escuchar la voz potente de su padre que ordenaba devolverlo a su due?o. Sin, embargo, el mago pareció divertido con la inocente curiosidad de la ni?a. Sabía que ella no podría entender nada de lo que allí decía así que le dio permiso para estudiarlo por un rato mientras continuaba con sus compras.

  Mayúscula fue la sorpresa cuando ella, siguiendo la figura del sello con sus dedos, provocó una onda expansiva de tal magnitud que salió disparada en todas direcciones, asustando a los clientes que salieron corriendo despavoridos y destruyendo en el acto toda la mercancía. Sin embargo, a diferencia de otras veces que había sido castigada con varios golpes, esta vez el propio mago detuvo la mano de su padre para preguntarle acerca del poder mágico de su hija.

  Lo que había comenzado como un simple accidente se convirtió en la primera manifestación del talento excepcional que cambiaría el destino de la ni?a y el futuro de su familia.

  De un día para el otro, la vida de Rovenna cambió, como si una luz cálida se hubiera encendido dentro de ella dentro del abismo de su alma desde cuyas profundidades comenzaba a emerger la vida. Durante varios a?os recorrió las calles de Nemertya para asistir a las clases junto con el resto de los Iniciados. Su entusiasmo llegó a tal extremo que no tardó en destacarse por ser la primera en completar los ejercicios con una precisión notable, así como de memorizarse las líneas de los sellos en la mitad de tiempo que sus compa?eros. Sin embargo, ella era muy inocente todavía para darse cuenta de que su progreso era analizado con sospecha por varios miembros del Consejo que terminaron de presentar una queja oficial ante la División Control acerca de la presencia de un miembro de la familia Astra que se había colado entre sus filas.

  Ya habían pasado varias décadas de la caída de su familia. Fue por eso que no la expulsaron de inmediato pero tampoco le permitieron continuar para comenzar su formación como Acólita. El mago que la había ayudado a ingresar, le sugirió probar suerte y solicitar el ingreso en alguna Orden de las tantas que se encontraban esparcidas a lo largo y ancho de Terrarkana pero el rechazo del Consejo tiró por abajo las expectativas de sus padres y una vez vez más la vida de Rovenna dio un giro imprevisto.

  Todos los sue?os le fueron arrebatados y las sombras volvieron a rodearla cuando sus padres decidieron que lo más práctico sería casarla o, mejor dicho, venderla como reba?o a un condecorado militar cuya lucha con los piratas le había hecho ganar el título de Barón. El hombre le triplicaba la edad, ya se había casado y enviudado dos veces, tenía varios hijos que heredarían sus títulos y posesiones, por lo que casarse con ella no le haría la menor diferencia. Como requisitos, el viejo sólo había solicitado que su futura esposa fuera joven, sin defectos físicos visibles y de un carácter obediente que le permitiera a él pasar el resto de sus vidas en paz.

  Pero esa paz no incluía a Rovenna, quien tenía que sufrir constantes maltratos de parte de él y de sus familiares políticos. Había tenido suerte de que en todo ese tiempo no había tenido quedado embarazada y quizás debía agradecer a los mismos golpes que la podían dejar postrada hasta por varios días.

  Pero ahora había conocido a Eldrin que le estaba demostrando que con esfuerzo y dedicación podría mejorar hasta conseguir lo que se proponía y la esperanza había vuelto a renacer en ella.

  él se había tomado la tarea de ser su instructor muy en serio y Rovenna podía estar segura de cada día se superaba a sí misma debido a cuanto mayores eran los progresos más exigentes se volvía Eldrin. Sin embargo, siempre estaba atento a que ella no saliera lastimada, no por ella misma sino por su posición.

  –Esto no es ni la mitad de lo que me gustaría que hicieras pero no quiero que te exijas. Eres la esposa del barón y él me hará responsable de cualquier cosa que te ocurra.

  Sólo cuando decía eso Rovenna se permitía sentirse molesta con él. Odiaba cuando le recordaba su situación porque para ella esos eran los únicos momentos del día cuando podía simular que era otra persona. Entrenando con Eldrin, ya no era la baronesa callada sino una maga cualquiera en su viaje de Acólita. Incluso le había avisado a la sirvienta que la asistía que de ahora en más sólo se vestiría de azul. Para suerte suya, su marido, quien apenas le prestaba atención, no notó el cambio de vestimenta. Eldrin sí había notado el cambio pero no dijo nada. Sólo le dirigía una mirada burlona hacia sus vestidos y Rovenna no podía estar segura si sólo le hacía gracia o le parecía demasiado atrevimiento.

  El solo hecho de ayudarla en su entrenamiento ya consistía un riesgo para él pero con el correr de los días Rovenna tuvo que darse cuenta de que Eldrin no era tan osado como le pareció al principio le pareció. Era doloroso admitirlo pero ella ya sabía que en caso de ser descubiertos él no lucharía por ella.

  Cuando Eldrin hablaba de sus aspiraciones nunca la mencionaba a ella en ese futuro, excepto para prometerle que le escribiría a sus padres para que la ayudaran a entrar en el Consejo, aunque el hecho de requerir permiso del barón era un asunto complicado. Fue ahí cuando ella se dio cuenta de que si bien Eldrin se apasionaba por el conocimiento, eso no quería decir que cuestionara el orden del mundo en que vivían. él sentía orgullo se considerarse su instructor pero nunca la ayudaría a escapar de su matrimonio.

  Ella no era más que un objeto que debía ser moldeado.

  Para cuando alcanzaron los límites del Bosque de los Espejos, Rovenna ya se había hecho la idea que no haría más ilusiones y atesoraría aquel viaje con Eldrin como un dulce recuerdo para cuando retornara a su vida gris en Nemertya.

  La única manera de ingresar al Bosque de los Espejos era a través de un río que serpenteaba entre árboles envueltos en una densa niebla. No muy lejos, un peque?o muelle de madera blanca emergía de la bruma, con varios botes esperándolos, aunque desprovistos de remos. Sobre la madera había tallados símbolos que Rovenna no pudo identificar aunque luego comprobó que estos se habían puesto ahí para hacer que los botes se movieran por sí solos. Las primeras embarcaciones comenzaron a deslizarse suavemente sobre el agua, llevándose consigo primero a los Maestros y al barón, además de Eldrin que de ahora en más, para lástima de Rovenna, debería permanecer cerca de sus superiores.

  Tras aguardar pacientemente su turno, ella abordó los botes restantes junto a los soldados y sirvientes y no tardaron en cruzar el umbral del bosque.

  Rovenna quedó sin aliento ante la visión del río cristalino que reflejaba el cielo y los árboles como un espejo. Sentía que podía volverse loca decidiendo en dónde fijar la vista. Bajo la superficie un mundo submarino de raíces entrelazadas y piedras cubiertas de musgo, mientras en la superficie, líquenes y enredaderas colgaban como cortinas verdes desde las ramas.

  A medida que avanzaban, los árboles parecían inclinarse hacia adelante, formando un túnel natural sobre sus cabezas. La niebla se fue disipando gradualmente, revelando los intensos colores de las hojas y el follaje. Un aroma dulce, como si de una pócima se tratase, flotaba en el aire, relajando sus sentidos y haciéndole olvidar sus preocupaciones.

  El silencio era casi absoluto, interrumpido únicamente por el suave roce de los botes sobre el agua. De vez en cuando, un destello plateado revelaba la presencia de peces que nadaban con rapidez bajo la superficie. Las raíces de los árboles formaban arcos naturales por los que los botes debían pasar, y peque?os puentes de madera empezaron a aparecer entre las ramas conectando las primeras casas de los elfos que surgían entre la vegetación.

  De repente, el bosque se abrió y apareció ante ellos un extenso lago sobre el cual se erigía un majestuoso palacio blanco. Desde la distancia, parecía flotar sobre el agua, pero al acercarse, Rovenna distinguió que estaba construido sobre una base de piedras apenas visibles bajo la superficie.

  Los botes se acercaron con suavidad al muelle de piedra, y la comitiva comenzó a desembarcar en silencio. Rovenna observó cómo su marido y los magos ascendían por una ancha escalera de mármol, que resplandecía bajo la luz tenue del atardecer.

  Comenzó a subir las escaleras, manteniendo una distancia prudencial del grupo que ya se encontraba en la entrada, intercambiando respetuosos saludos con los elfos. Su intención era pasar lo más desapercibida posible, pues temía cometer errores que su marido utilizara después como excusa para maltratarla. Sin embargo no pudo evitar la creciente curiosidad que la apresuraba a mirar más de cerca la alta e imponente figura de Lord Narthoss.

  Nunca había visto a nadie tan hermoso. La cabeza del elfo destacaba por encima de todos los presentes. Su larga cabellera rubia caía como una cascada hasta su cintura. Vestía una túnica blanca con delicados adornos plateados que reflejaban la luz, y sus intensos e inquisitivos ojos púrpura se detenían en cada uno de los visitantes como si pudiera leer sus pensamientos más profundos.

  Su marido no hizo ningún intento por presentarla al elfo, lo cual no la sorprendió.

  Sin embargo, para sorpresa de todos, Lord Narthoss se fijó en ella.

  –La baronesa, supongo.

  El tono del elfo pareció intraquilizar a los magos que se dieron vuelta para mirar a Rovenna y se abrieron para dejarla pasar.

  El barón se aclaró la garganta antes de hablar.

  –En efecto, mi se?or.

  Para sorpresa de todos, el elfo extendió su mano hacia ella.

  Con una mezcla de asombro y nerviosismo ante aquel inesperado gesto de cortesía, Rovenna se adelantó y aceptó la mano del elfo, quien inclinó ligeramente la cabeza antes de llevar con delicadeza la mano de ella a sus labios. La suavidad de su piel y la calidez de su contacto la desconcertaron, y por un instante, todo lo que la rodeaba se desvaneció, como si el tiempo se hubiera detenido. Al levantar su vista, los ojos del elfo brillaron como dos piedras preciosas.

  Consciente de que todo el mundo la estaba mirando, Rovenna retrocedió nerviosa sintiendo un calor intenso en su cara.

  –Bienvenida a la Torre de la Revelación –el elfo no sonreía con sus labios pero sí con sus ojos –. Quizás no sea tan impresionante como el Sauce Azul de mi hermana en Claro Sereno pero nos ocuparemos de que su estadía sea placentera.

  Rovenna no tenía idea de cómo debía ser la capital elfa pero no podía imaginarse nada más hermoso que aquel inmenso y brillante castillo.

  El elfo se dio la vuelta y a partir de ahí ya nadie prestó atención a Rovenna. Antes de alejarse, le pareció atisbar una sombra en los ojos de Eldrin pero este se retiró antes de que pudiera darse cuenta. Ella, en tanto, quedó al cuidado de un grupo del elfas que la condujeron a sus aposentos a los cuales se llegaba a través de largos corredores que daban vueltas y vueltas como un laberinto. Ella se había imaginado que el lugar estaría repleto de espejos pero no era el caso. En realidad, lo que proliferaba más eran peque?as fuentes de agua cristalinas, algunas incluso incrustadas en las paredes talladas con formas de animales y plantas del bosque, cuyos sonidos reverberaban como el suave discurrir de un río.

  A diferencia del gris agujero que ocupaba en Nemertya, la luz que entraba en aquella habitación ahuyentaba toda clase de sombra. En comparación con el esplendor del resto del palacio, era modesta pero de una elegancia sencilla. Una cama de madera con suaves cortinas blancas ocupaba el centro de la estancia, amueblada con muebles sencillo y prácticos, y en un extremo se abría un amplio balcón ofreciéndole una vista panorámica del lago dorado por los rayos de sol y el complejo entramado del bosque acuático.

  Para recuperarse del viaje, las elfas le prepararon un ba?o y, como pocas veces en su vida, le dieron la opción de quedarse a cenar en su cuarto, lo cual ella aceptó gustosa.

  Al llegar la noche, la luz de luna se colaba por el balcón abierto ba?ando de un brillo plateado su habitación y, pese a que intentó mantenerse despierta para disfrutar del paisaje nocturno, el cansancio la hizo sucumbir.

  A la ma?ana siguiente, se sentía tan relajada como si hubiera dormido durante días, aunque en algún momento de la noche su sue?o se había visto agitado por la visión de los ojos violetas del elfo.

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