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Capítulo 45 - El rescate

  Silas debería haberse sorprendido cuando, estando ocupado ayudando a Meldo, varias manos lo agarraron por la espalda y lo arrastraron fuera de la plaza hasta una celda que se encontraba en el cuartel de la Casa de Gobierno.

  Pero no estaba sorprendido ni en lo más mínimo. Al fin y al cabo, se encontraba en el reino humano y su idilio con el grupo de teatro había durado demasiado. Para los humanos, todo lo que fuera distinto debía ser usado o destruido.

  –?Qué están haciendo? ?A dónde lo llevan? –había gritado Alder como si no supiera nada de lo que estaba pasando.

  –?Alder, no te metas! –le respondió Gorwan con voz dura mientras él y Meldo junto con otros hombres se lo llevaban a la fuerza.

  Los habían traicionado, aunque Silas no llamaría eso traición porque nunca había confiado en ellos. Siempre supo que existía ese riesgo si ellos llegaban a tener el menor indicio que él y Olivia no eran como el resto. Lo había adivinado en los ojos de Deema aquella noche en el campamento luego de que sus hijos aparecieran inconscientes. No podía culparla. Estaba en la naturaleza de una madre proteger a sus hijos y eso Silas lo había aprendido de manera trágica.

  Después de tirarlo dentro de la celda, Gorwan le había pedido a los soldados para hablar con él una última vez.

  –Lo lamento, realmente. Quizás estoy cometiendo un grave error y si te hallan inocente que la Ninfa me castigue –dicho eso se marchó.

  En ningún momento nadie mencionó la palabra “quimera” por lo que Silas dedujo que la causa de encontrarse allí encerrado debía de ser por lo que Olivia había hecho.

  Olivia...

  –?Dónde está, Olivia? –le preguntó a los soldados que le devolvieron una mirada indiferente. Silas intentó todo lo posible asomar la cabeza fuera de los barrotes.

  –?Olivia! –su gritó resonó a lo largo de un extenso corredor que terminaba en una gran puerta de madera que debía ser la entrada.

  Nadie respondió y Silas no sabía si eso era bueno o malo. Si también la habían capturado, deberían llevarla al mismo lugar que él o eso pensaba... La sola idea de que se la hubieran llevado a otro lugar con aquel mago tan asqueroso le hacía hervir la sangre.

  Necesitaba transformarse. En su primera forma era totalmente inútil. Tenía que escapar y encontrar a Olivia. Cerró los ojos y apretó los pu?os tratando de concentrarse hasta que los latidos de su propio corazón se volvieron ensordecedores como si su interior fuera a explotar de un momento a otro.

  Nada sucedió. Incluso se arrancó el talismán del cuello y lo arrojó con tanta rabia que cuando se estrelló contra la pared se hizo trizas y sus peque?os pedazos se dispersaron por todo el piso de piedra. Quizás más tarde se arrepentiría de haberlo hecho pero ya no aguantaba más fingir que era humano. No le importaba si los magos llegaban y lo descubrían. Moriría siendo quimera aunque sólo fuera de palabra, porque por más que lo siguió intentando ni un solo pelo de su cuerpo logró cambiar de forma.

  Ni siquiera cuando era un ratón se había sentido tan desprotegido. Comenzó a aporrear los fierros de la celda hasta que se golpeó la cabeza y un hilo de sangre resbaló por su mejilla. Uno de los guardias lo apartó de una patada y Silas cayó al suelo adolorido.

  –?Los mataré! ?Los mataré a todos! ?Ya verás! ?Te arrancaré la cabeza de un mordisco! ?Arrasaré con este pueblo y a todos los que conoces!

  Como respuesta, escuchó las risas de los guardias.

  –Patético. No sé ni por qué lo estamos vigilando. Da lástima –dijo uno de ellos.

  –Dicen que es el compa?ero de la sospechosa. Es una precaución.

  –Por fin algo pasa en este penoso pueblo pero a nosotros nos toca vigilar a un ni?o. No tiene gracia ni patearlo.

  –Nunca podemos divertirnos. Los magos siempre se reservan la mejor parte.

  Mientras hablaban, se escuchó una conmoción afuera.

  –Deben de traer a la maga. Escuché que varios magos se estaban preparando en caso de que se resistiera.

  –Pues parece que les está haciendo bastante problema –dijo el otro y se quedaron callados escuchando los alaridos de hombres que parecían encontrarse en medio de una pelea.

  Silas, todavía tirado en el suelo, totalmente rendido, paró los oídos para escuchar si entre el jaleo de afuera se adivinaba la voz de Olivia.

  –Menudo lío ?no te parece? –opinó uno de los soldados.

  –Quizás deberíamos... –comenzó a decir el otro pero se vio interrumpido por una atronadora explosión que hizo que temblar las paredes.

  –?Qué carajo!

  La puerta del cuartel salió despedida hacia los soldados que se vieron arrojados contra una pared que se derrumbó sobre ellos junto con una parte del techo que los dejó sepultados con sus manos y pies asomando como restos inertes.

  Silas se había ido a refugiar al fondo de la celda para evitar ser golpeado por las piedras y al asomarse de nuevo a través de los barrotes se encontró con un agujero enorme donde antes estaba la puerta de entrada que dejaba ver un enorme de pedazo de cielo y el patio que se encontraba dentro de la Casa de Gobierno.

  En el medio del agujero había una figura femenina que a causa del contraluz se veía oscura. Silas la reconoció enseguida.

  –?Olivia! –exclamó pero se calló de golpe al darse cuenta de que no podía ser ella.

  Estaba en lo cierto porque, a medida que la muchacha se acercaba a las zancadas esquivando las piedras desperdigadas por el corredor, podía ver con más claridad sus ojos blancos y brillantes.

  –Oh, no... carajo... –había aprendido esa palabra trabajando con Meldo y aunque le parecía ridícula le pareció que aplicaba a la situación.

  La brisa del exterior se colaba por el agujero empujando el olor del humo y el sonido de gritos aterrados que pedían ayuda para apagar el fuego.

  Ya frente a su celda, la bruja tomó los barrotes con ambas manos. Un brillo rojo emanó de ellas y el calor que despedían era tan fuerte que el fierro se derritió de inmediato. Por instinto, Silas se echó hacia atrás, en parte para evitar ser quemado, pero también porque no conocía las verdaderas intenciones de la bruja. ?Lo había venido a rescatar o se iba a deshacer de él para que Olivia continuara su viaje sola?

  La bruja pareció adivinar aquella pregunta que evitó pronunciar en voz alta.

  –Tranquilo, yo no soy como Trébol –dijo con una voz profunda –. No pierdo tiempo con juegos inútiles.

  –?Quién eres entonces? –preguntó Silas.

  –Chispa, y era será la única pregunta que te responderé –la bruja se dio la vuelta –. Debemos irnos ahora mismo.

  Silas la siguió corriendo mientras ambos se precipitaban hacia la salida. Afuera un gran grupo de pueblerinos, además de los soldados y magos, ayudaban a cargar baldes de agua para apagar el fuego se estaba expandiendo por gran parte de la Casa de Gobierno. Al verlos tratando de huir, un grupo de soldados con espadas en la mano les bloquearon la salida.

  Olivia o, mejor dicho, Chispa levantó ambos brazos mientras entre sus manos iba cobrando forma una bola de fuego que no tardó en arrojar contra los hombres. Algunos salieron volando hacia atrás y otros corrieron dando alaridos tratando de apagar el fuego que se había prendido a sus ropas.

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  El humo se intensificaba y comenzaba a rodearlos como una niebla. Los siguientes en intentar detenerlos fueron otros magos de distintos niveles que comenzaron a mover sus brazos con movimientos precisos lanzando ondas expansivas que salieron despedidas contra ellos pero la bruja logró detenerlas con un simple movimiento, como si nada más estuviera espantando una mosca. Los magos la observaron lívidos de terror.

  –?Quiénes son ustedes? –dijo un Maestro anciano de barba larga avanzando hacia adelante –. ?Por qué atacan nuestro pueblo?

  –No atacamos, nos defendemos –dijo Chispa –. Yo no estaría aquí si no fuera por ustedes. Déjanos pasar y no sufrirán da?o.

  El anciano iba a decir algo más pero antes se detuvo empujado por algo que pareció llamarle la atención. Volvió sus ojos directo hacia Silas.

  –No sé lo que eres, muchacha, pero en tu caso... muchacho... percibo una extra?a energía en ti... y no es humana –el mago abrió aún más los ojos –. No puede ser... Una...

  Chispa no tardó en arrojar otro ataque ígneo igual al que habían recibido los soldados. Los magos comenzaron a revolcarse entre el suelo gritando de dolor y intentando apagar el implacable fuego de sus largas túnicas.

  El resto de la gente que se encontraba en el patio abandonó lo que estaba haciendo y salió huyendo para salvar su vida sin importarles lo que ocurriera con lo que iba quedando de la Casa de Gobierno.

  Silas hubiera querido sentirse satisfecho por aquella devastación que no tardaría en expandirse por el resto del poblado humano pero, al observar los movimientos mecánicos de la bruja, totalmente diferentes a la manera torpe pero decidida de ser de Olivia, recordó lo devastada que ella se sentiría cuando se enterara de todo el da?o que había provocado.

  –?Aquí! –gritó la bruja que corrió en dirección a un establo donde todavía se encontraba un caballo con la montura puesta.

  Ella fue la primera en subirse y le extendió a él la mano para que se sentara detrás de ella. él nunca se había subido a ningún otro animal y eso le produjo una sensación extra?a.

  Chispa espoleó al caballo que salió al galope entre el humo que ahora cubría los alrededores. No podían escapar sin atravesar la plaza así que cuando el caballo se precipitó sobre un gran muchedumbre que se había congregado allí, la bruja levantó un brazo para hacer aparecer un torbellino que hizo que la gente se dispersara aterrada y pudieron avanzar sin problemas.

  Aun entre el caos, Silas fue capaz de escuchar un grito entre la gente.

  –?Silas! ?Olivia! –no supo si eran las dos vociferando al mismo tiempo o sólo una de ellas. él no logró ver a ninguna pero podía imaginarse la cara de confusión de Celestia y Elyssa, así como quizás la de Alder, al verlos a ellos dos por última vez alejándose a todo galope por las calles del pueblo.

  Unos instantes después, luego de evadir más soldados que intentaban detener su huida, el caballo cruzaba la entrada del pueblo y se perdía por el camino que cruzaba el campo abierto. Silas se tomó un momento para girar la cabeza y observar la columna de humo que se levantaba como una gran torre sobre las casas del pueblo.

  él se había imaginado eso alguna vez. El destrucción del mundo humano.

  Pero no supo por qué, no pudo sentirse contento.

  El caballo continuó galopando a un ritmo estable por un rato. En un momento, la bruja lo obligó a abandonar el camino para evitar encontrarse con otros viajeros. Continuaron así por no sé cuánto tiempo. A Silas le dolían las piernas por aquella posición incómoda en la que se veía obligado a viajar, además de que para no caerse del caballo no había tenido más remedio que agarrarse fuerte de la cintura de Olivia, como un ni?o asustado aferrado a su madre, y no podía dejar de sentirse incómodo pese a que la situación era extrema. Menos mal que ella nunca no se acordaría de nada de eso.

  De repente, cuando ya el sol se encontraba a medio camino de su descenso, Chispa hizo detener al caballo en medio de una extensa llanura.

  –?Qué ocurre? –preguntó Silas mirando en derredor por si había alguien cerca a quien él no había notado.

  –Es tu turno ahora –la voz de Chispa se había suavizado, como si hubiera perdido fuerza. Sus manos soltaron las riendas y quedaron colgando de su cuerpo.

  A Silas no le gustó cómo sonaba eso.

  –?De qué? –preguntó.

  Ella bajó la cabeza y comenzó a respirar hondo.

  –De salvarnos... Aquí no hay sirenios que puedan ayudarla. Tardará bastante en volver a despertar.

  –?Cuánto...? –Silas se detuvo al notar que ella comenzaba a resbalarse de la montura y la rodeó con sus brazos para evitar que se cayera.

  –La energía... este cuerpo... se acaba... rápido. Si continúo... la mataré.

  –?No, no!

  –Debes...

  –?No puedo! –exclamó él mientras se esforzaba en bajar del caballo sin estamparse contra el suelo mientras cargaba con ella en sus brazos –. ?Mi poder no funciona! ?No soy un mago tampoco! ?No sé montar a caballo!

  –Shhh... –ella pareció querer consolarlo posando una mano sobre su larga melena y luego apuntó hacia un punto del horizonte –. Allá... el este... busca... un lugar... a salvo... espera... –esas fueron las palabras de la bruja antes de dejar caer su mano y cerrar los ojos.

  –?No, no, Olivia, no me dejes solo! ?No seas tonta! ?Soy un inútil en esta forma! ?No puedo salvarte!

  Silas no podía respirar. Observó frenético la soledad del campo a su alrededor hasta que volvió su vista hacia donde ella le había indicado. El pánico lo mantuvo tieso durante unos instantes mientras abrazaba el cuerpo inconsciente de Olivia y pasó un rato hasta darse cuenta que tenía su cara enterrada en su pelo. Aspiró hondo el aroma dulce que pareció sacarlo de su aturdimiento y con ella en brazos se levantó de golpe.

  –Te lo dije, te lo dije –le dijo aunque ella no pudiera escucharlo –. Si te atrapan, escaparé y tendrás que arreglarte por tu cuenta.

  Bien, pero si te atrapan a ti, te volveré a rescatar.

  Eso le había dicho ella.

  Silas logró posicionar el cuerpo inerte de Olivia sobre el caballo de manera que no se cayera. No se animaba a cabalgar sin perder el control del animal así que decidió que al menos llevaría las riendas y continuaría el camino a pie con ella acostada sobre la montura.

  –Somos enemigos –dijo él mientras comenzaban a avanzar despacio.

  éramos enemigos… hace cien a?os…

  –Las quimeras nunca fuimos parte de la Alianza, por lo tanto seguimos en guerra.

  Qué tontería. No me arrepiento de haberte salvado. Lo volvería a hacer cien veces más.

  él apretó los dientes como si quisiera hacerlos polvos.

  –Carajo, Olivia. Te odio tanto, tanto. No puedes imaginar cuánto.

  No me debes nada. Eres libre de irte cuando quieras.

  –Claro que no soy libre, estúpida mitad humana, estúpida mitad elfa, estúpida bruja. Sabes muy bien que no puedo irme. Lo sabes ?verdad? –por un momento volvió los ojos hacia el apacible rostro de la muchacha cuyos labios se habían curvado como si detrás de ellos estuviera a punto de nacer una sonrisa –. Claro que lo sabes.

  La brisa de la tarde se iba enfriando anunciando el inminente ocaso. A Silas le inquietaba que la noche cayera sobre ellos sin haber encontrado ningún refugio y trató de apurar todo lo que pudo el paso del caballo. Alguna vez había pensado en convertirse en uno mientras vivía escondido en el castillo de Rocasombra pero lo había descartado al ver cómo estos eran utilizados por los humanos. En ese momento quizás le hubiera sido útil, en vez de depender de aquel impredecible y reticente animal que cada tanto sacudía la cabeza y su corazón se le paraba pensando que estaba a punto de escaparse.

  Pero ese tipo de pensamientos no servían ahora porque de todos modos no podía transformarse y y quizás no podría hacerlo nunca más en su vida.

  Sacudió la cabeza. Ahora tenía que concentrarse en encontrar un refugio.

  Lo encontró justo cuando los últimos rayos se habían extinguido y el cielo se había pintado de un color violeta que se iba tornando cada vez más oscuro. Se trataba de unas rocas enormes entre las cuales se había formado un agujero lo bastante grande para que pudieran entrar dos cuerpos aunque bastante apretados. Ató al caballo un árbol cercano y tomó a Olivia en brazos. Luego se ubicó de espaldas a la cueva y se fue arrastrando hacia atrás con el cuerpo de Olivia apoyado sobre su pecho.

  Así permaneció acostado dentro del agujero sintiendo el calor del cuerpo de Olivia pegado al suyo y su suave respiración haciéndole cosquillas en sus brazos mientras la abrazaba para no dejarse helar por el frío de la noche.

  No quería dormirse. Debía permanecer alerta toda la noche. Sin embargo, el cansancio de aquel largo día que había comenzado de la peor manera le estaba haciendo mella y pronto sus párpados comenzaron a sentirse pesados hasta que perdió la noción de tiempo y su mente se vio tragada por la oscuridad.

  Cuando se despertó, todavía abrazado al cuerpo de la muchacha, no sabía cuánto tiempo había pasado pero supuso que debía de ser tarde en la ma?ana ya que la luz que se colaba por la entrada del agujero era bastante fuerte.

  –?Olivia? ?Me oyes? –la sacudió suavemente tratando de despertarla pero tras varios intentos desistió. Su respiración al menos parecía estar normal. Simplemente estaba durmiendo. Chispa le había dicho que podían pasar unos días.

  Posó el cuerpo de ella sobre el suelo y comenzó a arrastrarse fuera de la cueva. Miró hacia el cielo. El sol ya se encontraba bastante alto. Debían retomar la marcha cuanto antes. Quizás tendría que arriesgarse y cabalgar. Podían estar siguiéndolos.

  Pensando esto, escuchó entre los pastos el crujido de algo que se arrastraba. Miró en dirección al caballo que todavía permanecía allí pero el ruido venía en sentido contrario.

  Al girar la vista, el ánimo se le vino abajo cuando se encontró con un hombre semioculto detrás de un tronco mirándolo con sus ojos brillantes y voraces como un depredador a punto de saltar sobre su presa.

  El hombre avanzó despacio hacia él mientras comenzaba a hablar.

  –Desde hace días que vengo escuchando los rumores acerca de una extra?a energía pero no podía seguir el rastro. Como si hubiera desaparecido de golpe. Luego, ayer, resurgió para luego volver a extinguirse en el correr de unas horas. Pensé que otra vez la había perdido pero entonces... sentí tu presencia... No podía creer mi suerte.

  él le hablaba a Silas como si se conocieran pero no se parecía a nadie. Era un hombre de mediana edad con rasgos muy comunes, pelo marrón, desordenado, de estatura media. Vestía ropas de viaje de colores apagados.

  –Quizás así me recuerdes –dijo él de repente y llevó una mano a su cuello para quitarse un talismán que colgaba de él.

  El rostro del hombre adoptó una forma muy distinta. Su barba de volvió más larga y sus pelos se blanquearon.

  Ahora sí. El mago no vestía su túnica roja pero Silas recordaba muy bien su rostro desde aquel encuentro ocurrido en la torre del castillo de Rocasombra.

  –Escucha, quimera, no tengo nada contra ti –le dijo el Maestro Eldrin –. Entrégame a mi se?ora y te dejaré ir en paz.

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