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Capítulo 20 - La leyenda de Terrarkana

  Nada proviene de la nada, mis amigos, y nosotros no somos la excepción.

  Desde el inicio de los tiempos nos llega la historia de una raza celestial, viajeros del cielo que de estrella en estrella surcaban los cielos, manteniendo el equilibrio y la armonía del cosmos. A estos seres misteriosos, inocentes sin malicia, los hemos llamado Eternos, y, como fieles compa?eros, los Eternos tenían además a otra de las criaturas más poderosas que han existido: los Dragones.

  Aún hoy, cada tanto, si observamos atentamente el firmamento, podemos ver la estela de alguno de ellos cruzando los cielos, quizás observado curioso este mundo singular nuestro.

  Entre los Eternos cuatro de ellos destacaban. Los Cuatro Hermanos y sus dragones: Caldra y el Dragón Rojo, Sonis y el Dragón Amarillo, Graund y el Dragón Verde, y, el más joven de ellos, Tzuna y el Dragón Azul.

  Caldra era el mayor, el líder, el arrojado, aunque también sobreprotector con sus jóvenes hermanos. Sonis era el sabio, el consejero, muy serio para sus hermanos, quienes no dudaban en hacerle bromas. Graund era el pacifista en las peleas, le gustaba tomarse las cosas con calma, mientras que Tsuna era el travieso de los cuatro, con una personalidad vibrante y juguetona, era el más querido y el más protegido por los demás.

  Compartían un vínculo inquebrantable, una confianza ciega forjada a lo largo de milenios de servicio, aventuras y desafíos. Sin importar la distancia, cada uno acudiría al llamado de sus hermanos.

  Tal es así que un día, cuando desde lo más recóndito del Universo, estando los cuatro jinetes y sus dragones cumpliendo sus propias misiones en distintos puntos de la galaxia, les llegó la noticia de que una estrella había comenzado a expandirse, amenazando con destruir todo a su paso. Los primeros en llegar fueron Sonis y Caldra, y los dragones Amarillo y Rojo, quienes trataron de rodear la estrella para contener la expansión y canalizar la energía con sus propios cuerpos gigantescos. Luego llegaron Ground y el Dragón Verde para auxiliarlos y, al principio, parecía que habían tenido éxito pero el esfuerzo fue devastador para ellos. La estrella liberó una última y poderosa explosión que absorbió a los tres hermanos y sus dragones.

  El joven Tsuna fue el último en llegar y aunque su cuerpo a punto de quebrarse por la congoja, sabía que debía cumplir su deber primero. Logró congelar a tiempo la estrella pero para eso debió estrellar su cuerpo en ella. Le pidió a su compa?ero, el Dragón Azul, que lo dejara ir solo. El Dragón Azul no quería abandonar a su jinete pero este le pidió ese último sacrificio ya que él tendría como misión rescatar lo que quedara de sus cuerpos.

  Y así lo hizo el Dragón Azul, el único sobreviviente de aquella catástrofe de la que se salvó el universo entero.

  Cegado por el dolor pero determinado a cumplir el último deseo de Tsuna, el Dragón Azul recolectó las cenizas de los cuatro guardianes y sus otros tres compa?eros dragones.

  Con esas cenizas que el Dragón moldeó con las curvas de su vuelo, creó un nuevo mundo que no fue otro que el nuestro.

  Al principio, el mundo era un lugar gris y desolado, pero el Dragón Azul comenzó a sobrevolar la tierra dejando caer lágrimas de sus ojos y escamas, y aquellas primeras gotas fecundaron el suelo y dieron vida a las plantas que poblarían las praderas y los bosques de este nuevo mundo que nacía de los restos de aquellos valientes amigos suyos.

  Sin embargo, el Dragón Azul se sentía cansado de tanta tristeza y fue así que para proteger esta nueva creación, modeló de la tierra a los elfos y los gigantes, lo cual dio comienzo a los dos primeros clanes: el Bosque, gobernado por el rey Willondal, y la Pradera gobernada por el rey Yorgad.

  Para su descanso, el Dragón Azul eligió el fondo de un lago, cuya guardiana sería nada menos que la ninfa Némertyss, Se?ora del Lago, la única con el poder capaz de despertarlo.

  Aunque razas muy distintas, durante milenios, la Pradera, el Bosque y el Lago vivieron en paz y no había nada que pudiera cambiar eso. Sus habitantes eran libres de ir y venir por donde quisieran y, una vez al a?o, los tres gobernantes tenían por costumbre reunirse en el lago para rendir sus respetos al Dragón Azul.

  Este nuevo mundo se había convertido en el legado del amor, la dedicación y el sacrificio de aquellos seres venidos de la estrellas.

  Sin embargo, toda vida es una historia y toda historia tiene su final.

  Tras siglos y siglos de amistad y fraternidad, quizás sintiendo el peso de su propia inmortalidad, el Rey Yorgad y la Se?ora del Lago, Némertyss, se enamoraron. Pero ambos sabían que su amor no podía ser posible, ya que Némertyss no podía abandonar su lugar como guardiana del lago. Entonces, como prueba de su amor, Yorgad cedió su trono a su heredero y decidió irse a vivir con la ninfa al lago.

  Esto no fue visto con buenos ojos por el Rey Willondal, en cuya mente comenzaron a nacer pensamientos oscuros, susurros que durante la noche le decían que lo único que Yorgad quería era robarse el poder del Dragón Azul con la ayuda de Némertyss.

  Willondal, atormentado, confesó sus temores ante Némertyss y Yorgad, quien tampoco deseaba perder la amistad del elfo, por lo que realizó un segundo sacrificio y renunció a su poder de creación, cediéndoselo a otro de los gigantes que se convertiría en su heredero, y jurando que nunca abandonaría el lago y compartiría, también como guardián, las obligaciones de Nemerttyss.

  Esto pareció apaciguar a Willondal.

  La dichosa pareja decidió festejar su boda a orillas de este mismo lago donde hoy nos encontramos sentados admirando su belleza. A la fiesta concurrieron todos los elfos y gigantes de esta tierra y durante varios días y noches sin dormir continuaron celebrando con música, baile y risas.

  Sin embargo, la última noche antes de despedir a los invitados y comenzar su vida juntos, Némertyss se despertó junto a Yorgad, pálido como la nieve y sin vida.

  Nunca se supo quién fue el responsable. Los elfos lo negaron, diciendo que habría sido un gigante celoso de Yorgad, mientras que los gigantes se defendieron, alegando que habían sido los elfos, temerosos de los gigantes. Incluso llegaron a acusar a Némertyss de haberse enamorado de alguien más. Pero Némertyss, sumida en un dolor indescriptible, convirtió su cuerpo en espuma y se dejó disolver entre las aguas del lago.

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  La muerte de Yorgad desató la guerra entre la Pradera y el Bosque. Willondal, sabiendo que no tendría oportunidad contra la insuperable fuerza de los gigantes, decidió utilizar su poder de creación, un regalo que, al igual que a Yorgad, le había sido concedido por el Dragón Azul con la condición de usarlo sabiamente.

  La desesperación de Willondal lo condujo a crear un ejército nunca antes visto: los híbridos, criaturas nacidas de la fusión de elfos súbditos del bosque y animales.

  Los híbridos emergieron del bosque como un enjambre feroz y despiadado y atacaron por sorpresa al Clan de la Pradera. Nunca se había nada parecido: taurinos que blandían mazas y hachas y se abrían brechas entre sus enemigos, veloces leoninos y licántropos que alcanzaban a su víctimas con facilidad y le daban muerte con sus garras y colmillos, centauros que manejaban espadas y lanzas con agilidad mientras se precipitaban al galope, faunos disparando flechas sin cesar y preparando trampas entre la espesura y harpías atacando en picado desde el aire y arrojando piedras sobre las cabezas de aquellos que trataban de huir.

  Ante aquel inmenso número de adversarios, los gigantes no tuvieron más opción que retirarse a las zonas más recónditas de las monta?as, donde se decía que de las cenizas del Dragón Rojo había brotado un inmenso volcán.

  El nuevo rey gigante, decidido a contraatacar con la misma estrategia pero con una fuerza aún más devastadora, aspiró a crear un arma tan letal que pudiera rivalizar con el poder de un dragón. Con el poder del volcán y los cuerpos de sus hermanos caídos, el rey gigante moldeó una criatura colosal, con la cabeza y el cuerpo de un león, cuernos de cabra, alas de dragón y una cola de serpiente: la quimera.

  El rey gigante y sus súbditos montaron a las quimeras y lanzaron un ataque devastador contra el bosque. Esta vez, los híbridos no fueron suficientes para enfrentar el poder de las quimeras que luchaban con una ferocidad y fuerza inigualables, haciendo que los híbridos no parecieran más que simples hormigas. Sus cabezas de león rugían con un estruendo que hacía temblar la tierra, y sus poderosas mandíbulas podían destrozar a cualquier enemigo en su camino. Los cuernos de cabra eran armas afiladas que atravesaban armaduras y escudos, mientras que sus alas de dragón les permitían volar y atacar desde el aire con una agilidad sorprendente. La cola de serpiente era una herramienta mortal, capaz de envenenar y sofocar a los adversarios con su veneno letal.

  Así, en medio de bosques en llamas y praderas devastadas, el Dragón Azul despertó de su letargo ancestral emergiendo del lago y encontrándose con un escenario desolador y la desaparición de su guardiana.

  Después de tantos milenios, ahogado en un dolor que volvía a repetirse, el Dragón Azul lanzó un rugido que resonó a lo largo y ancho del mundo. El cielo se partió con el poder de rayos y centellas, y nubes oscuras se formaron rápidamente. Sobre los cadáveres y los combatientes aún luchando, se desató una tormenta que duró días y días, cubriendo la tierra por completo y dejando pocos lugares donde refugiarse, excepto los picos de las monta?as y algunas islas desperdigadas.

  Sin embargo, no era deseo del Dragón tomar venganza. Usando por última vez el poder de la creación, dio vida a los sirenios, criaturas marinas de vivacidad y compasión infinita, que tendrían como misión liderar a los sobrevivientes de la guerra hacia lugares seguros de refugio y esperanza, en donde podrían sanar sus heridas y comenzar de nuevo.

  Una vez que las aguas purificadoras barrieron los campos de batalla, limpiando la tierra de la discordia y el sufrimiento, y después de dar muerte a ambos reyes con sus propias garras, la esperanza volvió a renacer en el corazón del dragón.

  Lo siguiente fue liberar de la esclavitud tanto a híbridos como a quimeras, ya que no habían sido más que peones de los reyes ahora muertos.

  Sin embargo, la libertad venía con un precio para todas las razas, lo que hoy se conoce como el Sello o, para algunos, la Maldición del Dragón. A partir de ese momento, ningún ser mágico sería capaz de atacar a otro sin sufrir terribles consecuencias y de esa manera se aseguró que las razas aprendieran a vivir en armonía y respeto mutuo, recordando siempre el precio de la discordia y la guerra.

  Los híbridos decidieron refugiarse en una nueva gran isla que hoy conocemos como la Isla de los Demonios, lejos de las demás razas. En el caso de las quimeras el Dragón las obligó a perder su forma original pero les permitió mantener su poder de transformación.

  A los elfos y a los gigantes se les permitió mantener sus territorios, ahora diezmados por el nuevo mar, que aun permanecía tras la Gran Inundación, y que sería el hogar de los recién creados sirenios que nadarían libres por cualquier flujo de agua.

  Sin embargo, si los dos primeros clanes querían mantener su inmortalidad debían renunciar al poder de creación y no cruzar los límites de cada uno.

  Así nacieron los Cinco Clanes: el Clan del Bosque, el Clan de la Pradera, el Clan del Lago, el Clan de la Monta?a y el Clan de la Isla.

  Usando todo lo que quedaba de su fuerza vital, el Dragón hizo un último esfuerzo y creó a los Elementales, los nuevos protectores de la naturaleza, seres inocentes y sin malicia. Con esta última acción, regresó al fondo del lago de donde nunca más despertó.

  Esto dio paso a una nueva era de paz, aunque no carente de resentimientos. Los clanes del Bosque y de la Pradera ya no podían abandonar su territorio sin perder su inmortalidad. No podían atacarse, pero tampoco podían convivir como en tiempos anta?os.

  Con el paso de los siglos, los gigantes empezaron a olvidar la severidad de las órdenes del Dragón Azul y se preguntaron por qué debían obedecer si este ya no tenía intención de despertar.

  Sin embargo, sus intentos de ataque fueron inmediatamente repelidos, no por los elfos, sino por los Elementales. Con su poder, los Elementales dejaron morir la tierra donde vivían los gigantes, y provocaron una sequía que convirtió la pradera en un desierto nunca antes visto.

  Y así, los poderosos gigantes sucumbieron al poder de los Elementales, dejando libre el camino para los Elfos. En su afán por expandir sus bosques, los elfos comenzaron a plantar más árboles, ayudados incluso por los Elementales, quienes no veían nada malo en ello.

  Ah, pero nadie se imaginaba lo que pasaría después.

  Antes de que el Dragón volviera al lago, buscó a su sirvienta Némertyss. La encontró todavía en medio del océano, convertida en espuma. Conmovido por su dolor, quizás recordando el suyo propio después de ver morir a sus compa?eros, el Dragón devolvió a Némertyss a su forma original y la condujo hacia una tierra lejana donde pudiera sanar sus heridas y llorar a su amor perdido.

  Allí Nermetyss quien siempre había mantenido consigo un mechón de pelo de su amado, le solicitó a su se?or un último deseo: que le permitiera utilizar el poder de la creación una última vez para crear con su propia sangre y los cabellos de su amado, una nueva raza que para ella serían como los hijos que ambos esposos habían so?ado con criar juntos.

  El Dragón no tuvo corazón para negárselo y accedió a esta petición.

  Fue así como Némertyss creó a los primeros humanos.

  Humanos que luego se irían multiplicando y expandiendo por todos los territorios que alcanzaran.

  Humanos adoradores de la Ninfa Némertyss quien les ense?ó a trabajar la tierra y conquistar el fuego para luego volverse hacia el mar y convertirse en espuma.

  Humanos que con el paso de los siglos seguirían tras las huellas de sus antepasados gigantes y descubrirían las islas del norte hasta llegar al nuevo continente ahora bautizado como Terrarkana.

  Como ya todos sabemos, el encuentro entre humanos y elfos no fue fácil pero con la ayuda de los sirenios, quienes abrieron sus brazos y corazón a los recién llegados, comenzó una nueva época en la que la historia de esta tierra abriría un nuevo capítulo de hermandad.

  Los humanos fundaron su nuevo reino sobre el antiguo territorio de los gigantes y su capital Nemertya, en honor a Némertyss, por donde cruza el río Yorgad, permitiendo que los amantes vuelvan a abrazarse una vez más.

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