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Capítulo 18 - El Lago del Dragón Azul

  Apremiados por el temor de ser descubiertos y tras un intenso día de caminata a través de praderas, peque?as arboledas, campos de cultivo, y el ascenso final por una pendiente, interrumpido apenas por un par de necesarios descansos, hacia el atardecer, Olivia y Silas alcanzaron la cumbre de una de las colinas que rodeaban el Lago del Dragón Azul.

  El sol, en su descenso hacia el horizonte, pintaba de rosado el cielo y esparcía destellos dorados sobre las peque?as chozas de paja y madera, que se extendían ladera abajo hasta tocar la orilla del lago. Algunas incluso estaban ubicadas sobre el agua, construidas sobre pilotes.

  Allí vivía la Tribu del Lago. Humanos comunes y corrientes que habían unido sus vidas a la de los sirenios, seres mágicos del agua, quienes llevaban una vida nómada regida por el ciclo de las estaciones. Cada a?o, antes de la llegada del invierno, con la consecuente congelación del lago, emprendían su migración hacia aguas más cálidas más allá del Mar Libre y no volvían a aparecerse en el lago hasta bien pasado el deshielo.

  En el centro mismo del lago se ubicaba un peque?o y sencillo promontorio de rocas, sin marca alguna, que indicaba el lugar, donde, un milenio atrás, el Dragón Azul había encontrado su descanso final. Se decía que su tumba se hallaba en lo más profundo del lago y estaba bajo custodia de los mismos sirenios y, en su ausencia, de los jefes humanos de cada familia que permanecía en tierra. Olivia no podía imaginarse una manera de vivir tan distinta a la que conocía, con familias enteras separadas durante meses, quizás viviendo con el miedo de no poder reencontrarse con un ser querido a la llegada de la primavera.

  Desde la solitaria colina donde se encontraban, Olivia y Silas podían observar los movimientos de los habitantes humanos, así como de varias carretas y carruajes que transitaban un camino de tierra que ellos, por seguridad, habían estado evitando. A todas luces, sus ocupantes eran extra?os provenientes de otros puntos del reino que compartían el mismo deseo de participar en la inminente festividad. Muchos habían incluso armado campamento en las zonas aleda?as, por lo que se encontraron con una extensa área plagada de toldos multicolores, mientras varias fogatas comenzaban a encenderse entre las colinas y la orilla del lago.

  A medida que el cielo se oscurecía y comenzaban a aparecer las primeras estrellas, las peque?as siluetas de toda aquella gente se fueron animando. Varios músicos se habían puesto a tocar y cantar a la luz de las fogatas, otros cargaban con barriles de vino y cerveza, y algunas parejas se ponían a bailar alrededor.

  Olivia hubiera querido participar en aquella alegría colectiva, pero le pareció que lo mejor era pasar la primera noche alejados de la multitud, sin que nadie los viera, ocultos por un montoncito de arbustos. Allí se tiraron a dormir. Silas, abrigado por su propia cola de zorro y una manta regalo de los elfos que Olivia, pese a sus protestas, decidió compartir con él, mientras, acostada boca arriba, ella observaba las estrellas que poco a poco se fueron oscureciendo a medida que sus ojos cansados se iban cerrando.

  Se despertaron con los primeros rayos del sol. Olivia desayunó unos panecillos, también regalo de los elfos. Silas, como la vez anterior, decidió que se iría por su cuenta y que más tarde la buscaría. Olivia no estaba segura de esto último. Temía que él decidiera abandonarla sin despedirse y no volver a verlo nunca más.

  Pero él era libre, se repetía, podía hacer lo que quisiera sin consultarla.

  Aun así, no pudo evitar recordarle lo que ya habían estado hablando el día anterior durante un buen rato mientras caminaban hacia el lago:

  –No te vayas a ir muy lejos. La ceremonia puede ocurrir en cualquier momento.

  –Estaré atento.

  –Estoy segura que los sirenios podrán ayudarte.

  –Yo no estoy tan seguro...

  –No me digas… –suspiró ella –. Los sirenios también son enemigos de las quimeras.

  él evitó su mirada.

  –En realidad... no. –admitió –. Pero siempre han sido neutrales. No sé qué tanto podrán hacer.

  –Si decides irte, no lo sabrás nunca.

  –No me iré... –dijo, aunque su voz sonaba evasiva –. Aunque tengo que ocuparme de algo primero, tardaré un poco.

  –Silas...

  –No puedo aparecer en el pueblo convertido en zorro –gru?ó él –. Llamaría mucho la atención. Tampoco me conviene ir como gato o ratón, podría haber mascotas que quisieran perseguirme. Cuando consiga mi nueva forma, iré a buscarte...

  –?Pero qué forma...? –quiso preguntar Olivia, pero el zorro salió corriendo por la ladera de la colina perdiéndose de vista entre los pastos.

  Así, Olivia se encontró sola, y, para su sorpresa, con total libertad para dirigirse a donde quisiera, algo impensable para ella hasta ese entonces. No recordaba haberse encontrado antes en una situación similar, sin contar todos esos días huyendo junto con Silas. Aunque había pasado muchas horas sola en su cuarto, en la biblioteca, e incluso explorando los pasadizos secretos, eso no era lo mismo. Ahora, disfrazada de Acólita, debía comportarse como tal y aprovechar la oportunidad para pasear por las improvisadas callecitas de aquel pintoresco pueblo.

  En realidad no había calles. Las chozas de madera y techos pajas se hallaban desperdigadas por doquier, de una manera desordenada, separadas apenas por unos metros unas de otras, a veces por mucho menos. Al parecer uno podía caminar por donde quisiera sin que la gente se sintiera molesta por que le estaban invadiendo su propiedad. Algunas personas incluso inclinaban la cabeza al verla pasar, quizás al percatarse del tipo de atuendo que llevaba. Nadie la había detenido ni cuestionaba su presencia.

  Algunos hogares contaban con peque?as huertas, otros tenían en sus porches simples macetas con plantas o incluso peque?os gallineros cuyas gallinas se paseaban libres por el lugar buscando algo que comer. Al verlas, se preguntó divertida si Silas no optaría por aquella forma, aunque lo veía poco probable.

  Sobre la orilla se amontonaban ca?as de pescar, redes y barcos que Olivia había visto zarpar y volver a tierra en el correr de la ma?ana. Observando la superficie cristalina del agua, volvió a encontrarse con el reflejo de su nuevo rostro y por un momento levantó el cuello de su túnica para controlar el intensidad del brillo que emitía el talismán. Este continuaba tan potente como al principio, aunque se preguntó hasta cuándo duraría su efecto.

  A medida que la ma?ana avanzaba, la multitud reunida en la orilla iba en aumento: comerciantes que paseaban junto con sus familias, artesanos que habían aprovechado la ocasión para vender su mercadería, labradores que llegaban con sus carros anunciando la venta de frutas y verduras, así como varios nobles de vistosas y coloridas ropas, algunos de los cuales les resultaron conocidos, quizás porque habían visitado Rocasombra alguna vez. Por suerte, no le pareció ver muchos magos. De vez en cuando se cruzaba con otro Acólito, a los que trataba de evitar perdiéndose entre las chozas. No vio a ningún Maestro de túnica roja.

  En cuanto a los pobladores era muy fácil diferenciarlos del resto. La mayoría tenía la piel bronceada y curtida. Vestían ropas sencillas, principalmente túnicas y vestidos de colores claros, cuyo largo, en la mayoría de los casos, no pasaba más allá de la rodilla mostrando así las piernas desnudas. Algunos ancianos, que parecían ocupar algún puesto de autoridad, vestían ropas blancas con bordes azules. La mayoría llevaba sombreros de paja o pa?uelos en la cabeza para protegerse del sol, y todos calzaban sandalias. La temperatura había ido aumentando bastante y varios ni?os habían bajado corriendo de las chozas para zambullirse en al agua. Olivia, que se estaba sofocando con la túnica, sintió envidia de ellos.

  Pasando cerca de un grupo de lugare?os que se encontraba clasificando la pesca de ese día, escuchó la conversación que uno de ellos entablaba con uno de los nobles. Sintiendo curiosidad, se escondió detrás de una enorme roca incrustada cerca de la orilla.

  –Buenos días –saludó el noble, plantándose con decisión frente a los pescadores.

  –Buenos días, se?or –contestó cortésmente un muchacho con el torso desnudo y bronceado, quizás apenas unos a?os mayor que Olivia, que se encontraba ocupado desenredando una red.

  –Quisiera solicitar una visita a la Tumba del Dragón.

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  El mismo muchacho intercambió miradas con los otros cuatro que lo acompa?aban. Olivia pescó a una muchacha del grupo morderse los labios como sofocando la tentación de una risa.

  –Se?or, lamento decirle –comentó el muchacho –que no será posible.

  –?Cómo es eso? –insistió el noble.

  –La única forma de llegar hasta la tumba es con ayuda de un sirenio.

  –Ah, ya veo –el noble pareció entender pero luego a?adió –. Entonces debo esperar su llegada. Muchas gracias.

  –Pero... –agregó el muchacho antes de que el noble emprendiera la retirada –. No es tan sencillo.

  –Pues, claro, me imagino, supongo que tendrá su precio.

  –En realidad, nada, se?or.

  –?Me está diciendo que los sirenios lo hacen gratis? –el noble parecía tan escéptico como encantado.

  –Aquí no usamos dinero –intercedió la misma joven que casi se había reído, aunque esta vez su voz dejaba traslucir un dejo impaciencia –. Los sirenios sólo llevan a alguien a visitar la tumba cuando han ganado su confianza.

  El noble quiso saber más y la muchacha, apenas simulando su reticencia, continuó:

  –En palabras simples... Usted necesita hacerse amigo de un sirenio y que luego este se encuentre dispuesto a llevarle hasta allí.

  –Qué curioso... –dijo el noble pensativo –. Pero, bueno, si esas son las reglas... Así que primero debo esperar su llegada, luego entablar amistad y convencerlo... ?Cuánto tiempo me llevaría eso? No pienso quedarme más de dos o tres días.

  Otro hombre risue?o se metió en la conversación.

  –No estoy seguro, se?or, depende del sirenio que elija.

  –?Puede recomendarme algún sirenio en particular?

  –No se me ocurre ninguno en particular...

  El noble pareció entender que había tocado punto muerto.

  –Gracias por la ayuda –dijo, aunque no de muy buena gana –. Quizás sea mejor que me dirija a alguno de sus mayores –se dio la vuelta con la misma arrogancia con que había llegado.

  Una vez el noble se alejó lo suficiente, el grupo de muchachos dejó escapar una larga hilera de carcajadas, aunque alguno no desaprovechó la ocasión para quejarse:

  –?Por la furia del Dragón! ?Todos los a?os lo mismo! ?Estoy cansado de esta gente!

  –Que no te oiga el Jefe. Como anfitriones, debemos ser un ejemplo de cordialidad –dijo la muchacha, aunque con cierta sorna. A esto le siguió una serie de bromas a costa de los forasteros que visitaban el lago durante aquellas celebraciones.

  Un anciano de túnica blanca y celeste pasó cerca de ellos.

  –Hermanos… que nada les enturbie la alegría. Esta noche, tras un largo invierno, volvemos otra vez a abrazar a los nuestros.

  El grupo bajó la cabeza en se?al de respeto y continuaron con sus labores.

  Terminado aquel episodio, Olivia continuó su camino preguntándose dónde podría conseguir algo para comer. Ya era la hora del almuerzo y desde algunas fogatas le llegaba el olor de pescado asado, lo que provocó que el estómago le comenzara a rugir de manera estrepitosa. Sólo le quedaban dos panecillos y unos hongos pero le hubiera gustado tener al menos la oportunidad de comer algo más apetitoso.

  –?Oiga, oiga! –escuchó la voz de un ni?o gritando, pero no le hizo caso hasta que de repente dijo –. ?Se?orita Acólita! ?Se?orita Acólita!

  Olivia tardó un momento en darse cuenta de que le estaba hablando a ella. Pues, claro, si ella era una Acólita. Giró la cabeza en todas direcciones para cerciorarse pero, en efecto, era la única en ese momento que podía corresponder a aquella denominación. Se encontró de golpe de frente con un ni?o de alrededor de diez a?os que vestía una túnica verde, corta hasta las rodillas, y que la miraba con ojos preocupados.

  –?Sí? –dijo Olivia.

  –?Puede venir conmigo? ?Mi abuelo tiene algo en el estómago! ?Se siente muy mal! ?Está tirado en el suelo!

  Olivia entró en pánico en cuanto entendió que él estaba esperando que fuera a curar a su abuelo, pero ella nunca había estado ni cerca de aprender métodos curativos. Apenas tenía alguna noción sobre hierbas del bosque que Barthra le había mencionado alguna vez, pero no había prestado ninguna atención y se había olvidado de todo lo que le había dicho.

  –?Por favor, rápido! –la voz del ni?o sonaba desesperada y tenía los ojos húmedos. Olivia, con tal de tranquilizarlo, aceptó seguirlo. Quizás podría simular un poco y luego excusarse diciendo que era una pésima Acólita. En el peor de los casos, saldría corriendo y se quitaría brevemente el talismán para despistar.

  El ni?o salió disparado y Olivia se quedó sin aire enseguida mientras se internaban entre las chozas dando vueltas y vueltas como en un laberinto. Varias veces estuvo a punto de chocar con otras personas, a las cuales el ni?o delante de ella esquivaba con movimientos ágiles.

  No se imaginaba que el lugar estuviera tan lejos. La obligó a correr hasta llegar a un extremo del lago, en donde se hallaba una choza sobre pilotes hundidos en el agua. La sencilla construcción no se diferenciaba del resto, excepto que parecía ser un poco más grande. Subieron por una larga escalera hasta el interior que no consistía en nada más que es un espacio amplio con algunas vasijas y herramientas de trabajo y pesca amontonadas en algunos rincones.

  En el medio de la misma se encontraba un anciano de cabeza casi por completo calva y una barba gris que le llegaba hasta la base del cuello. No parecía muy alto, pero sus brazos y piernas marcadas evidenciaban una vida de trabajo duro. Vestía una camisa de manga corta, así como pantalones hasta la rodilla, ambas prendas de color blanco. Se encontraba acostado boca arriba con la mano sobre el estómago y los ojos cerrados como aguantando un dolor molesto.

  –?Abuelo! –gritó el ni?o para despertarlo, aunque a Olivia le pareció que tenía miedo de que se estuviera muriendo.

  El hombre se incorporó del susto.

  –?Zaagic! ?Qué ha pasado?

  –?He traído ayuda! –exclamó su nieto.

  –?Ayuda? –dijo el anciano confundido y luego se puso a estudiar a Olivia –. Ah... pero... ?Zaagic! ?Mocoso! ?Qué has hecho? ?Me has traído una Acólita! ?No era para tanto! ?Ya hasta me siento mejor!

  –?La abuela me dijo que te cuidara y que no te hiciera caso cuando dijeras que estabas bien! –protestó Zaagic.

  –?Tu abuela exagera como siempre! ?Y mientras ella no se encuentra aquí, el único que manda aquí soy yo!

  –?No por mucho tiempo!

  –?Pero si serás! –el anciano tomó una sandalia que había quedado tirada y se la arrojó por la cabeza –. ?Vuelve con tus padres! ?No te quiero ver hasta que empiece la fiesta! ?Y de paso dile a los otros graciosos que dejen de enviarme nobles molestos que quieren visitar la tumba!

  Zaagic salió corriendo por donde había llegado y dejó a Olivia en la incómoda situación de no saber si irse o quedarse, aunque se sentía aliviada de que el hombre no quisiera su ayuda, como parecía ser el caso.

  –Se?orita... –la respiración del hombre sonaba agitada, quizás producto tanto del dolor de estómago como del disgusto –. Disculpe a mi nieto, no estoy tan mal como le ha hecho creer. No necesito los servicios de ningún mago. Y, sin ánimos de ofenderla, sus métodos siempre me han parecido muy bruscos.

  Aun así, el hombre continuaba agarrándose del estómago y continuaba respirando lentamente. Olivia observó alrededor y descubrió unas hierbas colgadas de un gancho en la pared.

  –No tengo por qué usar magia –dijo ella –. ?Quiere que le prepare un té?

  El anciano asintió agradecido y Olivia se puso manos a la obra. Había pasado muchas horas en la biblioteca junto con Eldrin, quien era un fanático del té, sobre todo de aquellos digestivos que se tomaba luego de sus abundantes almuerzos.

  Salió en busca de agua caliente que consiguió con un vecino y le sirvió una taza al anciano que por suerte le indicó cuál era la hierba que quería que le preparara porque ella no tenía ninguna idea de cuál sería la correcta.

  El hombre tomó la taza que ella le ofreció y tras beber unos sorbos se mostró complacido.

  –Muchas gracias, ha sido muy amable, y disculpe de nuevo todas las molestias que mi nieto le ha ocasionado –dijo el anciano –. Mi nombre es Mantok Azuris.

  Se quedó mirando a Olivia.

  –Ah... mi nombre... Me llamo Dahlia.

  No se le había ocurrido inventarse un nombre con antelación, ya que tampoco esperaba entablar relaciones con nadie. El único que tenía a mano era el de su abuela paterna.

  –Se?orita Acólita ?Dahlia...?

  –Dahlia Silas.

  Maldita sea. En el apuro de elegir un apellido había pensado en su huidizo compa?ero de viaje.

  El hombre se quedó pensando en aquella rara combinación.

  –Silas... interesante... no sabía qué también era un nombre de familia.

  Pero el tema quedó ahí y por suerte no hizo mención a ninguna quimera legendaria.

  De repente, un hombre flaco con ropas holgadas y agitado, se apareció en el umbral de la puerta.

  –?Jefe! ?Se encuentra bien?

  La calma de hacía unos segundos, abandonó a Mantok.

  –?Que sí, por la furia del Dragón! ?Si me siguen molestando me voy a poner mal de nuevo!

  –Si le pasa algo justo antes del Retorno, la Jefa Thalassa no nos perdonará nunca –dijo el hombre no muy convencido.

  –?Estoy bien! ?No ve que aquí hay una Acólita aquí acompa?ándome? Ella me ha ayudado a sentirme mejor.

  El hombre ensanchó los ojos y realizó una profunda reverencia.

  –?Muchas gracias, se?orita Acólita, muchas gracias!

  –Pero yo... –Olivia quería decir que ella no había hecho casi nada pero no quería contrariar al anciano Mantok que ahora resultaba ser nada más y nada menos que uno de los Jefes de la tribu. De todas las chozas, justo había ingresado a la que menos le convenía.

  Aunque, pensándolo mejor, quizás era la persona más adecuada para mediar con los sirenios y ayudar de esa manera a Silas.

  –Pues ya ves, estoy mucho mejor y todo gracias a la se?orita Dahlia Silas. ?Ahora vete y déjala trabajar tranquila!

  –?Sí, Jefe, no lo molesto más! ?Gracias, se?orita Silas, muchas gracias!

  El hombre se dio la vuelta para salir corriendo, ahuyentado por las palabras del Jefe, y casi se cae de cabeza al tropezar con un perro grande, peludo y negro como el carbón que pasó cruzando la puerta como si nada y se sentó al lado de Olivia.

  Al principio pensó que se trataba de una mascota del Jefe, sin embargo, este enseguida le preguntó:

  –Precioso animal. ?Es suyo?

  Olivia giró la cabeza para observar bien al perro que se recostó sobre el suelo y movió la cola de manera perezosa. Abrió bien las fauces para soltar un hondo bostezo y al apoyar la cabeza sobre las patas le devolvió a Olivia una mirada mezcla de hastío y presunción.

  ?Silas! ?Había vuelto antes de lo que pensaba!

  –Ah, sí, es mío. Se llama... Sombra.

  El perro movió las orejas como si cavilara sobre su nuevo nombre y por último lanzó un suspiro como dando entender que le parecía aceptable.

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