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Capítulo 17 - Los prisioneros

  Aquellos magos no debían de conocerla porque de lo contrario no te hubieran tomando tantas molestias para impedir que los atacara con magia. Agarrada de ambos de brazos la obligaron a caminar por donde ella suponía que era el patio de armas. A partir de allí entre tantas curvas, corredores y chirridos de puerta le fue difícil distinguir por dónde la llevaban pero cuando de repente se dio cuenta de que estaban bajando unas escaleras ahí ya estaba segura que la estaban conduciendo a las mazmorras.

  Lo confirmó al escuchar el sonido metálico de la puerta de su celda y cuando la obligaron a sentarse para sujetarla a la pared con cadenas y grilletes. Sus captores se separaron de ella y luego escuchó la llave girando dentro de la cerradura.

  En menudo lío la había puesto Rovenna. Pensar que ahora mismo podría encontrarse disfrutando del calor del sol y el murmullo del mar en una de las islas del norte pero se había dejado convencer muy fácilmente.

  Si a pesar de salir airosa, la Maestra Arcanista no cumplía su palabra, no solamente la denunciaría, sino que encontraría la forma de hacer explotar el Consejo entero.

  –?E-e-e-xijo una expli-pli-pli-cación! –Fidelia escuchó muy cerca la voz ahogada de Myrius que intentaba sonar autoritario –. ?Con-con-con qué autoridad...?

  –?Maestro Myrius! –exclamó Fidelia.

  –?Se?orita Fidelia!

  –?Fidelia! –era la voz de Korinna.

  –?Fidelia? –inquirió una voz masculina que ella conocía tan bien.

  –?Leander? –preguntó Fidelia extra?ada –. ?Qué haces aquí abajo?

  –?Iba a preguntar lo mismo! –la voz de Leander sonaba como más alejada.

  –?Estoy en una misión!

  –?Del Consejo? ?Entonces tú...!

  –?No! –Fidelia no quiso agregar más nada porque debían de estar escuchándolos.

  –Ah... ?cómo entonces?

  –?Es muy largo de explicar!

  –?Silencio! –la voz de un hombre desconocido reverberó por toda la mazmorra.

  Por más preguntas que tuviera, sería imposible hablar con Leander en ese momento. Ahora debía ocuparse de evaluar la situación y ver cuán posible podía ser un plan de escape.

  Mientras a lo lejos Fidelia escuchaba conversar a sus captores, trató de susurrar lo más bajo que pudo.

  –?Korinna? ?Myrius? ?Están aquí conmigo?

  –Sí –susurró Korinna en respuesta.

  –?Qué ha ocurrido? –preguntó Fidelia.

  Korinna pasó a contarle que en principio todo había ido normal. Habían sido recibidos por un Maestro de la Orden y conducidos al estudio del Líder pero este se encontraba vacío. Les pidieron que esperaran allí hasta que fueran a buscarlo pues debía encontrarse estudiando en la biblioteca. Pasó un rato pero nadie llegaba. Luego unos sirvientes les sirvieron el almuerzo. Apareció otro mago que les dijo que el Líder había tenido que ir hasta el bosque por un asunto con los elfos. Myrius preguntó entonces por el conde pero le dijeron que él también estaba ausente porque, como todos los a?os, asistía al Retorno de los Sirenios.

  –?Qué les dijeron de la enfermedad? –preguntó Fidelia.

  –?Qué enfermedad?

  Como Rovenna había supuesto, no existía tal enfermedad. Se trataba de una mentira para mantener lejos a los aldeanos y que estos no salieran a contar lo que de verdad estaba aconteciendo y tenía que ser algo muy grande para que incluso Leander, el ayudante del Líder, terminara encerrado en la mazmorra. Pero ?qué tenían que ver los elementales en todo eso?

  –No es nada. ?Cómo terminaron aquí entonces? –preguntó Fidelia.

  –No sabemos. Nos quedamos dormidos.

  –?Qué?

  –Debió ser algo en la comida. Cuando despertamos, ya estábamos aquí. Las cadenas deben tener sellos de anulación porque hemos podido hacer nada.

  Myrius no pudo controlar su indignación.

  –?Esto es una clara sublevación contra el Consejo! Cuando el Cóncavle se enteré de esto...

  Un grito de dolor salió de la boca de Myrius y Fidelia escuchó como su cuerpo caía en el suelo. Alguno de los magos le había lanzado un sello de impacto que lo hizo golpearse contra la pared.

  Fidelia aprovechó el ruido para manipular las cadenas que la sujetaban.

  Cuando un mago perdía su magia lo primero que se sentía era desprotegido. Fidelia odiaba esa sensación, por lo que tras ser expulsada, se había dedicado a aprender nuevos trucos durante sus viajes que la habían sacado de varias situaciones como aquella. En el interior de su manga tenía cosido un gancho que logró arrancar con sus dedos y comenzó a manipular la cerradura de sus cadenas. En unos segundos tenía las manos libres.

  Lo primero que hizo fue levantarse la capucha despacio. Se encontró con la celda oscura, apenas iluminada con la luz de una de las antorchas que se encontraba a unos metros donde los magos que los retenían mataban el tiempo jugando a las cartas. Con cuidado comenzó a manipular las cadenas que le sujetaban las piernas.

  Ya libre, extendió sus manos hacia Korinna y mientras comenzaba a manipular sus cadenas le chistó para que no dijera nada. Luego hizo lo mismo con Myrius que tuvo que ahogar un gritito de sorpresa. Eran dos contra dos, más una maga sin magia y otro mago todavía prisionero, aunque todavía no estaba segura cuál era el papel que jugaba Leander. A eso había que agregarle al resto de los magos de la Orden.

  –Ustedes encárguense de esos dos y yo iré a liberar a Leander –les susurró a sus compa?eros.

  –?Qué? –Korinna se mostraba sorprendida –. ?Esperas que me ponga a pelear?

  –Tuviste tu entrenamiento cuando eras Acólita y luego cuando entraste al Consejo.

  –Sí... pero eso fue hace tiempo... Desde entonces...

  –?Y usted, Maestro Myrius?

  –Yo... pues... tengo que admitir que... me iba fatal...

  Eran la peor Unidad Especial de toda la historia del Consejo o incluso del reino.

  –?Pero yo no puedo pelear con magia! –Fidelia trataba de mantener el tono de voz bajo pero estaba perdiendo la paciencia –. ?Quieren intentarlo o quedarse aquí por no se sabe cuánto tiempo?

  –La puerta tiene un sello –advirtió Korinna.

  –?Puedes descifrarlo desde aquí?

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  El pecho de Korinna se infló de orgullo.

  –Pues eso... sí sé cómo hacerlo.

  Si no podían pelear cuerpo a cuerpo, la ventaja estaba en el elemento sorpresa. Fue así que Korinna, no sólo desactivó el sello de la cerradura, sino que derribó con una onda de impacto la puerta de la celda que salió disparada y se estrelló contra los dos magos antes de que pudieran reaccionar.

  Mientras intentaban quitarse la pesada puerta de encima, Myrius aprovechó para lanzar más ondas de impacto contra ambos, dificultándoles aun más la tarea. Korinna corrió hacia la celda de Leander para desactivar el sello. Una vez logrado eso, Fidelia le gritó para que fuera a ayudar a Myrius mientras ella se encargaba de quitar las cadenas.

  Debido a la cantidad de ataques que había lanzado, Myrius ya se encontraba al borde de su resistencia. Sus captores lograron quitarse la puerta de encima y la arrojaron contra él, pero justo en ese momento Korinna les lanzó una onda de impacto que provocó que fallaran el tiro, y Myrius se salvó por poco de ser golpeado.

  Eso le dio tiempo a Fidelia para terminar de liberar a Leander, quien salió corriendo de la celda para auxiliar a aquellos dos desconocidos que, por milagro, habían venido a rescatarlo. Para su pesar, Fidelia no pudo hacer otra cosa que observar desde la oscuridad el enfrentamiento, en el cual sería más un obstáculo que una ayuda.

  Leander demostró ser un hábil combatiente, algo que Fidelia sabía muy bien ya que tanto él como Eldrin habían sido sus primeros maestros. Con una combinación de escudos, ondas de impacto y parálisis logró detener a los dos guardianes ocupados en detener los ataques de Myrius y Korinna. Una vez derrotados, selló su poder con las mismas cadenas con que los habían maniatado. En lo que involucraba el combate mágico, la Orden de Rocasombra no tenía nada que envidiarle al resto, ni siquiera a los magos entrenados en la capital.

  Myrius y Korinna festejaron aquel triunfal resultado pero Leander y Fidelia, ambos cautelosos, giraron sus ojos hacia la escalera. Todavía debían ocuparse del resto de los magos del castillo que podrían haber sido alertados por la conmoción.

  Y parecía que ese había sido el caso ya que no tardaron en escuchar pasos que bajaban corriendo. Myrius y Korinna levantaron los brazos e invocaron escudos para protegerse de los primeros ataques. Leander se encargaría de la ofensiva. Fidelia rompió una silla de madera para usar sus pedazos como proyectiles. No tenía muchas esperanzas. Sería la primera en ser capturada nuevamente pero al menos podría dejarle un moretón en la cara a alguno de sus atacantes. Por lo que escuchaba, parecía que estaban bajando alrededor diez personas.

  El resplandor de una antorcha se asomó por el recodo de la escalera. Los cuatro se tensaron. La respiración de Fidelia se aceleró. Apareció primero la sombra de un hombre que luego se detuvo frente a ellos.

  –?Maestro Leander?

  Fidelia reconoció aquella voz. Era Harald, el mayordomo del castillo. Un hombre ya entrado en a?os, de pelo blanco y gestos comedidos, a quien ella conocía desde ni?a.

  –?Harald? –Leander sonaba pasmado.

  El mayordomo inclinó la cabeza.

  –Maestro, me alegro que haya podido salir por sus propios medios. Me temo que ninguno de nosotros tenía oportunidad contra dos magos de la Orden... –sus ojos se cruzaron con los de Fidelia –. Maestra Fidelia, me complace verla en buena salud luego de tanto tiempo.

  –?Nosotros –Leander parecía no entender nada –. ?Quiénes?

  –Pues el servicio, Maestro –Harald se hizo a un costado y se?aló a un grupo de sirvientes altos y musculosos que portaban palos y herramientas, tan listos para atacar como ellos apenas lo estaban hacía un par de minutos –. En casos como estos, Su Excelencia ya tenía un plan preparado.

  –?Qué quieres decir en casos como estos? –inquirió Leander.

  –Casos extremos. Mi se?or no confiaba del todo en los magos y no le pareció mal recurrir a los mismos sirvientes que no serían tomados en cuenta como una amenaza. Varios de ellos fueron entrenados por Sir Cormac para este tipo de eventualidades.

  –Ya veo... a mí nadie me dice nunca nada... –masculló Leander antes de continuar el interrogatorio –. Pero... ?qué ha pasado con el resto de la Orden?

  Harald les indicó que subieran. Cuando llegaron al corredor, él los condujo hacia el comedor donde un rato antes se había servido la cena como siempre. Allí vieron a una decena de magos, Maestros, Acólitos y algún Iniciado, roncando sobre las mesas. Algunos de los demás sirvientes ya se encontraban poniendo cadenas de anulación mágica en sus mu?ecas y arrastrándolos hacia la mazmorra.

  –Si me permite el atrevimiento, Maestro –dijo Harald –. Los magos suelen actuar con arrogancia frente a nosotros. Piensan que por no poseer magia haremos todo lo que nos dicen.

  –Ya, ya veo, Harald. Lo tendré en cuenta para la próxima...

  –Usted siempre nos ha tratado bien, no tiene nada de qué preocuparse.

  Leander se aclaró un poco la garganta.

  –Lo malo de todo esto... es que la Orden se ha quedado sin magos...

  Fidelia decidió que ya era hora de interrumpirlos.

  –Leander, ?qué es todo esto?

  Leander les pidió que lo siguieran hasta el escritorio del Maestro Líder que, para incredulidad de Fidelia, él había estado ocupando en las últimas semanas.

  –Me temo que lo tengo para decirte es muy delicado –miró a Miryus y a Korinna –. Queríamos resolver esto antes de que llegara a oídos del Consejo.

  –Ellos son de confianza –le aseguró Fidelia.

  él tardó unos segundos en continuar.

  –De todas maneras, no entiendo qué haces trabajando para el Consejo, dado que...

  –Asuntos de Rovenna, hemos venido en su nombre. Sólo ella y su asistente saben que estamos aquí en una misión secreta. A nosotros tampoco nos conviene que el Cónclave se entere.

  Leander alzó las cejas. Myrius iba a decir algo pero Fidelia se lo impidió. No quería que justo ahora se pusiera a hablar de quimeras.

  Al parecer, Leander creía en su palabra y les dijo que la razón de por qué él se hallaba a cargo era porque Eldrin había traicionado al conde. Su hija Olivia había desaparecido y Eldrin era el responsable. Desde entonces, el conde se encontraba recorriendo el área entera del Círculo, así como las zonas más próximas en busca de la muchacha. Mientras tanto, Eldrin había quedado bajo su custodia pero, apenas un día antes de que la Unidad Especial arribara al castillo, la mayoría de los magos de la Orden, bajo instrucciones del propio Eldrin, se sublevaron contra Leander. Fue así que el anciano mago quedó libre y él encerrado en la mazmorra. Eldrin ahora debía encontrarse huyendo o en busca de la hija del conde. Leander apostaba más por la segunda opción.

  –Yo-yo he oído algo del asunto –dijo Myrius.

  últimamente se había comentado mucho en el Consejo. El rey quería casar a su heredero con la hija del conde. Algo que no tenía sentido para nadie, ya que sería ella quien eventualmente debería ocupar el cargo de su padre como Guardiana del Círculo. Había muchos nobles en contra del matrimonio, así como magos. Pero de algo estaba Myrius seguro y era que todo el mundo estaba al tanto de que la persona detrás de aquella alianza era el mismísimo Eldrin Caedos, quien a?os atrás había perdido el puesto de Maestro Arcano que luego le fue concedido a Rovenna Astra.

  –Pero eso no tiene sentido –dijo Fidelia –. Si Eldrin quería que la hija del conde se casara con el príncipe, ?por qué la dejó irse en primer lugar?

  Leander no decía nada más. Fidelia sabía que estaba escondiendo algo.

  –Así que la enfermedad fue toda una simulación para evitar que la noticia se colara al exterior –continuó ella.

  Leander asintió con la cabeza. Fidelia no quería dejar de insistir hasta sacarle algo más.

  –?Y los Elementales? ?Eso también fue parte del plan?

  Los ojos de Leander se ensancharon.

  –?También sabes lo de los Elementales? –preguntó.

  –Es por eso que estamos aquí en realidad.

  El Maestro Myrius dejó escapar un jadeo.

  –Pero...

  Fidelia se sintió enferma en ese momento. Maldita Rovenna.

  –Lamento tener que decirle esto, Maestro Myrius, pero Rovenna le ha estado tomando el pelo desde el principio. Nunca vinimos a buscar quimeras, sino a investigar un ataque que el conde y sus soldados sufrieron a manos de los Elementales.

  Leander saltó sobre su asiento.

  –?Qué quimeras? –exclamó casi quedándose sin aire.

  –Tranquilo, Leander, no hay ninguna quimera, era todo mentira. Rovenna inventó que había quimeras rondando la zona para tener una excusa con la que enviar a unidad para investigar lo que de verdad estaba ocurriendo en el castillo.

  –Ah... –Leander parecía aliviado de que no hubiera quimeras. A Fidelia le llamaba la atención su reacción, como si de verdad creyera posible que pudiera haber quimeras rodando por Rocasombra.

  –Entonces... ?la Unidad Especial de Protección de Quimeras era una farsa? –preguntó Korinna con una cara triste.

  –Me temo que sí –suspiró Fidelia rascándose la cabeza –. Rovenna no quería que nadie se enterara del ataque de los Elementales.

  El Maestro Myrius se tiró sobre una silla totalmente abatido. Su imagen era la de un hombre que veía romperse delante de sus ojos las grandiosas ilusiones que había alimentado durante tantos a?os de esperanza incansable. Había llegado al final del camino y no había nada allí esperándolo.

  Con una sombra en su mirada preguntó nuevamente:

  –?No hay quimeras?

  –No hay quimeras –respondió Fidelia con pena.

  –Nunca hubo quimeras –los ojos del Maestro se humedecieron.

  Korinna posó una mano en su espalda en un intento de reconfortarlo.

  Fidelia inclinó la cabeza en se?al de disculpa.

  –Perdóneme, Maestro, usted es una gran persona y yo un ser detestable. No quería que las cosas terminaran así entre nosotros. Pero, aun así, con quimeras o sin quimeras, usted es parte de la misión y podrá ayudarnos a resolver el enigma de los Elementales. Estoy segura que Rovenna sabrá apreciar sus servicios aun cuando no estaba enterado de la verdad.

  Pasaron unos segundos de intenso silencio. Ninguno de los tres miembros de la ficticia Unidad Especial tenía ganas de decir nada más pero Fidelia se veía en el entuerto de retomar la conversación sobre los hechos acaecidos en el castillos y cómo debían proseguir a partir de ese momento.

  De repente, Leander comenzó a carraspear de nuevo.

  –Bueno... –comenzó a decir –. Quizás, al final, hay algo de verdad en todo esto.

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