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Capítulo 16 - El viaje accidentado

  –?Lo siento tanto, Maestro Myrius!

  –Tranquila, tranquila, no se preocupe...

  –?Le he fallado miserablemente!

  –A cualquiera le puede pasar...

  –?Soy una vergüenza! ?El peor de los gusanos!

  –No-no sea tan dura con usted.

  –?Puede castigarme si quiere!

  –No es para tanto...

  –?Pero por mi culpa usted va retrasado en su misión!

  La Unidad Especial de Protección de Quimeras se encontraba ahora varada en el último tramo de su viaje. Desde el primer día, el carrumágico había estado sufriendo problemas y a poco de llegar a destino había demostrado ser un rotundo fracaso.

  A causa del deshielo, los caminos se habían convertido en un lodazal traicionero, por lo que la ruedas se hundían en un barro espeso que requería una fuerza de empuje superior a la que Korinna había calculado. Por tanto, la presión ejercida en la placa de metal, donde se había grabado el sello que manifestaba la fuerza impulsora del carruaje, alcanzó tal nivel que la placa terminó desintegrándose en mil pedazos.

  Korinna, en realidad, había previsto ese percance y por eso, antes de salir de la ciudad, se había aprovisionado de un bolso entero de placas de repuesto. Sin embargo, eso no resolvió el problema del todo, ya que, no bien pasaban dos o tres horas desde que ella se había bajado del carruaje para clavar la placa en la parte trasera del vehículo, lo cual le llevaba ya de por sí varios minutos, el sello volvía a pulverizarse y debía volver a realizar la operación desde cero.

  Y así y otras veces más, hasta acabarse todas las placas y quedar irremediablemente detenidos.

  Ahora Korinna se encontraba en el suelo de rodillas, enterrada en el barro, frente a Myrius con lágrimas en los ojos.

  –?Usted es el Líder de la misión! ?Puede hacer lo que quiera conmigo! –exclamaba ella.

  –?Maestra, por favor, deje de llorar! –le rogaba él.

  –Maestra Korinna, termina con eso y levántate –le decía Fidelia apoyada sobre el carruaje con los brazos cruzados observando aquella patética escena –. Si le miras la cara, el Maestro Líder está más asustado que tú.

  Y no era una exageración. La cara del pobre Myrius se parecía a la de un padre afligido que no sabía qué hacer ante el berrinche de la ni?a de sus ojos. ?De dónde diáblos lo había sacado Rovenna?

  Korinna se secó los ojos con las mangas de su túnica y luego se limpió la nariz.

  Ante el seco comentario de Fidelia, Myrius carraspeó.

  –Me-mejor iré a explorar por ahí a ver si encuentro a alguien que pueda ayudarnos –dijo él y comenzó a alejarse por el camino hasta perderse por un recodo.

  Ninguna de las dos hizo intento por seguirlo. No porque no quisieran, sino porque se sentían extenuadas. Desde hacía una semana que no lograban dormir bien, pues habían tenido que acampar al aire libre. Nunca lograban alcanzar ninguna de las ciudades o pueblos antes de que cayera el sol, así que varias veces debieron detenerse y encender una fogata, ya que las noches continuaban siendo bastante frías. Solamente se habían detenido en alguna población para comer algo y luego emprender la marcha lo antes posible, con la esperanza de que el carromágico lograra funcionar mejor esta vez para que al menos pudieran dormir en una cama decente.

  Todos los viajeros con los que se cruzaban, terminaban dejándolos atrás, incluso alguno que se transportaba encima de un mero burro y los miraba con curiosidad preguntándose que hacía allí aquella pobre gente sin caballos.

  En realidad, en algún momento habían intentado conseguir caballos pero la gente se les reía en la cara. ?Conseguir caballos en esta época del a?o cuando todo el mundo se encontraba viajando hacia el Lago del Dragón para presenciar el Retorno de los Sirenios?

  Al final, iban a tardar lo mismo o más que si hubieran empleado caballos desde el principio.

  Aun así el Maestro Myrius nunca les reprochó nada. Seguramente se encontraba ansioso por llegar y encontrar a sus inexistentes quimeras. Cada vez que el carruaje se había quedado atascado de nuevo, él simplemente sonreía con calma y se iba a buscar setas o frutos con los que luego las convidaría o cocinaría al fuego de la fogata como cena. Cuando tenía ganas de hablar sólo hablaba de quimeras, volviendo a repetir todo lo que les había dicho antes de salir o rememorando los fragmentos en los que se hablaba de ellas en las Crónicas.

  Lo poco que se conocía de ellas había sido recabado por los mismos magos cazadores que intentaron sacarles conocimiento sin mucho éxito. Se sabía que había distintos tipos de manadas y cada una tenía su propio nombre. Los pocos que se habían registrado eran: Canto de la Aurora, Viento Nocturno, Estrella Errante, Colmillo Lunar. No todas las quimeras podían convertirse en lo mismo sino que dependía de práctica, sus propias experiencias y el entorno donde vivieran. Dependiendo de la localización de la manada, había algunas que podían optar por animales de tierra, de agua, de aire, otros más agresivos, otros más rápidos, diurnos o nocturnos. Incluso había algunas que podrían haberse escapado por el mar si se lo hubieran propuesto... El Maestro Myrius se entusiasmaba cada vez que hablaba del tema. ?Sabían Fidelia y Korinna que una quimera no podía recibir su nombre hasta no haber dominado su poder, sin importar la edad que hubiera alcanzado? No tener un nombre significaba no ser reconocido por la manada. Eran criaturas maravillosas pero también implacables.

  Korinna siempre lo escuchaba con atención pero Fidelia estaba cansada de las quimeras y con el pasar de los días se sentía cada vez más culpable por aquel hombre que no era nada más que un peón de Rovenna. Aunque también debía reconocer que ella misma lo estaba utilizando para recuperar su poder.

  Quería que todo aquello terminara cuando antes.

  –No puedo creer que sea un Líder... es tan bueno –comentó Korinna.

  Porque no era un Maestro Líder de verdad, quería decirle Fidelia pero no podía.

  –Quizás las cosas en el Consejo están cambiando para mejor –continuó su socia.

  No, no habían cambiado, probablemente debían estar peor.

  –Si llego a fracasar con mis inventos, aún puedo volver... –concluyó ella.

  –Yo que tú lo pensaría mejor –replicó Fidelia –. Nos ha tocado un hombre raro, nada más.

  –Creo que me voy a casar con él...

  –Basta con que uno te sonría para que quieras casarte con él...

  –Esto es distinto... Todavía me acuerdo el vozarrón de mi Líder de División y sus castigos corporales...

  –No te puede gustar un hombre sólo porque no te golpea con un látigo...

  –?Cómo era que tolerábamos trabajar en un ambiente tan tóxico? Gracias a la Ninfa estamos fuera...

  –Habla por ti misma. Tú lo elegiste, yo no.

  –Perdón... Hablé de más.

  –No pasa nada.

  Pasó otro largo rato mientras esperaban por Myrius. Ya casi era media tarde. Preocupadas, decidieron tomar el poco equipaje que cargaban y seguir caminando. El carrumágico quedó abandonado al lado del camino. Korinna acarició la madera a modo de despedida.

  –Esto me recuerda a mi época de Acólita –dijo ella con nostalgia tras caminar un trecho en silencio.

  –Yo no extra?o para nada esa época. Un a?o entero durmiendo en malas condiciones y siendo asediada por aldeanos que no paraban de pedirte favores. Y los magos de las órdenes también eran bastante pesados...

  Korinna estaba a punto de replicarle, cuando...

  –?Mira! ?Una carreta! –exclamó Korinna –. ?Y quién viene allí también! ?El maestro Myrius! ?Nos ha venido a salvar!

  A Fidelia la palabra “salvar” le parecía demasiado pero a Korinna le brillaban los ojos encantada. Quizás porque pensaba que si hubiera sido uno de sus antiguos Líderes las hubiera abandonado sin mirar atrás.

  El Maestro Myrius venía sentado en una sencilla carreta tirada por un viejo caballo de color gris. El due?o de la misma parecía ser un aldeano de barba blanca que vestía ropas sencillas de color marrón.

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  –?No me creerán cuando sepan con quién me he encontrado! –exclamó el mago sonriente y agitando la mano.

  Cuando la carreta se detuvo al lado de ellas, el aldeano se quitó el sombrero para saludarlas:

  –?Por las verrugas de un duende en el caldero de la abuela!

  Aquel era el santo y se?a que Rovenna les había confiado.

  –?Abre, que si no, la paciencia del mago se agota! –le respondió Fidelia.

  –Así es –sonrió el viejo –. Me tenían preocupado. Según la paloma que recibí hace unos días, deberían haber llegado a Rocasombra hace rato.

  –Sufrimos un percance con nuestro transporte...

  –Ya me explicó el Maestro Myrius. Suban, muchachas. Guthran es uno de mis nombres y por el cual me conocerán ustedes. Estoy bajo las órdenes de cierta persona.

  –Pensé que sería un mago –le dijo Korinna una vez sentadas en la carreta que se pudo en marcha enseguida.

  –Un mago sería fácil de reconocer para el resto de los de su oficio. Pero una persona común y corriente, no tiene nada que mostrar.

  –Ya veo...

  –?Quién se puede imaginar cosas de un viejo decrépito como yo?

  Hacia la noche llegaron al pueblo que debido a su cercanía compartía nombre con el castillo de Rocasombra. La casa de Guthran era una humilde morada hecha de piedra, madera y paja pero no pasaron frío y él mismo los calentó con un sabroso guiso de conejo que les devolvió el alma al cuerpo. Sentía afición por las plantas y la cacería así que el interior estaba abarrotado de macetas de las cuales emanaba un suave perfume de plantas medicinales y también montones de pieles sobre las cuales él les dijo que podía recostarse.

  Les contó que vivía allí desde hacía varios a?os desde que Rovenna lo había enviado a aquella zona a vigilar los movimientos del castillo. Por obvios motivos, no les habló de su vida anterior. Se dedicaba a transportar objetos o alimentos. No era lo ideal pero tanto el conde como Eldrin mantenían un estricto control sobre quienes trabajaban en el castillo, incluyendo a los sirvientes, por lo que su papel de espía se reducía a lo que podía recolectar en sus visitas diarias al castillo. También salía a cazar de vez cuando, por el bosque, y a veces se encontraba con cosas interesantes.

  Al decir esto último, miró a Fidelia directo a los ojos pero sin agregar nada más.

  –?Y-y fue usted quien vio a las quimeras? –preguntó Myrius ansioso.

  –Yo no, lamentablemente. Fueron unos aldeanos, quedaron de lo más trastornados, pobres. No tuve tiempo de interrogarlos más porque abandonaron enseguida el pueblo, diciendo que había demonios habitando cerca de las monta?as.

  –Ya veo... qué lástima –Myrius se quedó meditando –. Pero es una buena se?al... sin duda.

  Pobre hombre, pensaba Fidelia, pero ella ya había perdido mucho tiempo. No podía dejarse llevar por la lástima.

  –Maestro Myrius –comenzó a decirle –. En vista de que por ahora no necesita de mis servicios. ?Me permitiría dar una vuelta por los alrededores? En el castillo no seré de utilidad. Estará más que a salvo con el Líder de la Orden. Korinna, en cambio, podrá asistirlo en lo que necesite.

  –Ah... pues, claro, no tengo inconveniente, si le parece bien...

  –?Yo estaré encantada de ayudar al Maestro! –exclamó Korinna –. Será la mejor manera de compensar por todo el desastre del carromágico.

  –No-no se siga culpando, Maestra Korinna, de verdad, por favor –dijo Myrius apenado.

  –?Con usted, Maestro, hasta el final!

  –No-no es para tanto –al mago parecían arderle las orejas.

  Había otra razón por la que Fidelia no quería entrar al castillo y era porque quería evitar lo más que pudiera tanto a Eldrin como a Leander. Si tenía suerte, hallaría todo lo que necesitaba saber en el bosque, aunque no sería fácil comunicarse con los elementales.

  No podía imaginárselo en realidad. Ni siquiera sabía si los elementales podían hablar la lengua humana.

  Fue así que al día siguiente el grupo se separó. Myrius y Korinna se dirigieron a pie hasta el castillo. Desde lejos, Fidelia y Guthran observaron cómo eran recibidos por los soldados y un mago de túnica roja que salió por la gran puerta a recibirlos. A Fidelia le pareció que el mago se parecía bastante a Leander, a quien no había visto en a?os, y eso le encogió el corazón.

  Una vez que vio a sus dos compa?eros ser engullidos por la puerta, se dio la vuelta y siguió a Guthran hasta el bosque.

  –Ahora cuénteme todo con detalles –le pidió ella mientras caminaban.

  Varias semanas atrás, le contó Guthran, él se estaba preparando para hacer uno de sus acostumbrados viajes al castillo cuando un vecino se acercó para avisarle que no se molestara en ir ya que habían prohibido la entrada y la salida. Sólo podrían acercarse hasta la entrada quienes transportaran alimentos. Una enfermedad extra?a se había esparcido dentro de las murallas y se solicitaba a los habitantes del pueblo que se mantuvieran lo más lejos posible. Guthran había estado en el castillo la tarde anterior para cumplir un encargo y no había notado nada raro ni escuchado que nadie se encontrara enfermo. Le parecía insólito que aquello pasara de la noche a la ma?ana, así que se escondió en la zona del bosque más cercana al castillo para espiar sus movimientos.

  No tardó mucho en ver aparecer al conde y su séquito que justamente se dirigían hacia donde él estaba. Iban tan rápido que apenas tuvo tiempo de esconderse.

  Guthran se había cruzado muchas veces con el conde. Era un hombre de honor y por eso le llamaba la atención que abandonara su hogar en un momento de crisis. Aunque no sería raro que quisiera ponerse a salvo de la enfermedad. Pero, en ese caso, ?por qué no se había llevado a su hija con él?

  Luego sucedió algo mucho más insólito. Cuando Guthran siguió los rastros de los caballos, se encontró con una escena digna de un fragmento de las Crónicas: elementales peleando contra caballeros humanos. Aunque no estaba seguro de si “peleando” era la mejor palabra para describirlo, sino que parecía ser que los elementales se estaban divirtiendo a costa de los soldados.

  Guthran continuó su relato narrando los hechos de los días siguientes. Otro contingente de soldados intentó salvar al conde pero también fueron apresados, hasta que, así como si nada, fueron todos liberados de golpe.

  Durante todo ese tiempo, él se había mantenido al margen. Pensó que podía ser apresado en cualquier momento pero los elementales no repararon en él o no le dieron importancia. Luego los soldados volvieron al castillo pero, poco después, vio salir al conde de nuevo, esta vez solo, para volver al rato siguiente. Un día después volvía a salir con sus soldados, pero, a diferencia del primer intento, esta vez no fueron atacados y continuaron su camino hacia el interior del bosque. El castillo, sin embargo, continuaba bloqueado y él sólo había podido acercarse a la entrada para llevar alimentos que los mismos soldados descargaban de su carreta.

  –?Ocurrió algo fuera de lo normal esos días anteriores cuando usted visitó el castillo? –preguntó Fidelia.

  –Nada que pudiera explicar la enfermedad... Lo único que recuerdo es el incidente con un gato.

  –?Un gato?

  –A la hija del conde la atacó un gato y todo el mundo armó un escándalo por eso, incluido uno de los magos. Nada raro en realidad. El conde cuida mucho a su hija. No sé por qué lo mencioné.

  –Pero no la sacó del castillo.

  –Pues no. Nunca la vi salir.

  –?Será ella quien está enferma?

  –Lo dudo mucho. El conde no la hubiera dejado sufriendo sola.

  –A menos que necesitara ir a buscar un antídoto. Los elfos podrían ser de gran ayuda, en ese caso... También explicaría por qué el conde no quería comunicar de esto ni al rey ni al Cónclave, ya que podría peligrar la boda de su hija con el príncipe...

  Fidelia sopesaba todas las opciones sin dejarse convencer por ninguna. Habían pasado muchas cosas al mismo tiempo para que no estuvieran relacionadas, pero no lograba dar con el eslabón que uniría todas las piezas.

  Para cuando Guthran terminó con su relato ya se encontraban internados en el bosque. Si los elementales estaban tan susceptibles a la presencia de humanos, no tardarían en aparecer.

  Sin embargo, nada estaba ocurriendo.

  –?Eh, elementales! –gritó de repente Fidelia.

  –?Pero qué hace? –chistó Guthran.

  –Estoy probando. ?Elementales, aquí estoy! ?He venido a invadir su bosque! ?Soy Fidelia Dabrus, enviada de la capital humana por el Consejo de Magos! ?Somos sus enemigos!

  Nada. Ni siquiera una rama se movió. El silencio parecía hacerse cada más pesado, como si el mismo bosque estuviera aguantando la respiración.

  Fidelia se sentía cada vez más ridícula. ?Qué podría haberles hecho el conde o cualquier de sus hombres para que aquellas criaturas mágicas decidieran atacarlos?

  Mientras avanzaba vio algo asomarse entre la espesura.

  –Ah –dijo Guthran –. No es nada. Es la caba?a de la vieja Barthra.

  Fidelia conocía aquella caba?a desde que era ni?a pero nunca había tenido el valor de acercarse. En el pueblo, la vieja Barthra era tanto respetada como temida. A veces había jugado con sus amigos de la infancia a ver quién podía acercarse más allí sin ser descubierto por la anciana pero ella no se había animado ni siquiera a tocar la puerta.

  Cuando se hizo mayor dejó de tenerle miedo pero, para entonces, ya había entrado a trabajar en el castillo como discípula de Eldrin y no tenía tiempo para travesuras. Esta era la primera vez que lograba acercarse tanto.

  –Quizás deberíamos hablar con ella –propuso Fidelia, un poco llevada por la curiosidad, pero Guthran negó con la cabeza.

  –No la encontrará ahí adentro, ni tampoco en el pueblo o mismo en el bosque. Se ha ido.

  –?Ido? ?Por qué?

  –No se sabe. Una mujer vino a visitarla para pedirle un ungüento y se encontró con que no había nadie. De todas maneras, la curandera había dejado varios frascos sobre la mesa listos para que fueran entregados a los que lo necesitaran.

  –?Tiene esto que ver con el conde?

  –Probablemente, pero... el conde la estimaba como una madre. Conocida es la historia por aquí...

  –Sí, sí, la conozco. La famosa curandera venida de una tierra lejana que logró salvar al heredero del Círculo.

  –Rovenna escribió que usted vivió aquí de ni?a.

  –Hace demasiado tiempo de eso. Concentrémonos en el presente.

  Ingresaron en la caba?a que se encontraba ordenada aunque con algo de polvo acumulado a falta de alguien que limpiara. Los aldeanos se habían llevado ya todas las hierbas y medicinas. Todo lo que quedaban eran muebles, enseres y humildes adornos. Nada significativo.

  Excepto por dos hadas de las flores que con sendas ramitas de hierbas se encontraban quitando el polvo de una mesa.

  –?Eh! –exclamó Fidelia pero las dos hadas levantaron hueco y se escurrieron por un hueco en la pared.

  Salió corriendo de la caba?a pero no vio se?ales de ninguna de ellas.

  –Se rumoreaba también que Barthra tenía una buena relación con los elementales –comentó Guthran detrás de ella.

  Nada de eso podía ser sólo casualidad, pensaba Fidelia devanándose los sesos, pero tenía que aceptar que los elementales no hablarían con ella.

  Tenía que ir al castillo...

  Fidelia suspiró. Era lo que menos quería pero tendría que hacer el sacrificio si quería tener alguna chance de recuperar su poder.

  Abandonaron el bosque y Fidelia enfiló hacia las grises murallas. Guthran se despidió diciendo que su presencia no tendría sentido para los soldados y le deseó suerte.

  Ella portaba un peque?o pergamino con el sello de Rovenna pero supuso que no la dejarían entrar fácilmente. Una supuesta maga con un sello de anulación en su pecho no era algo que sería visto con buenos ojos. Tendría que solicitar la presencia de Myrius para que él les confirmara que era una de sus acompa?antes.

  Fue por eso que se sorprendió cuando, una vez delante de la enorme puerta, los soldados que la custodiaban le permitieron pasar enseguida, luego de haber mirado apenas el pergamino. Se había equivocado, pues.

  Pero no bien cruzó la puerta, percibió que una fuerza mágica la tiraba al suelo y todo se volvió oscuro. Alguien le había tapado los ojos.

  Inmediatamente, sintió como unas manos la sujetaban y la arrastraban hacia algún sitio por suelo de piedra.

  No sabía por qué, pero había caído prisionera.

  Aunque ahora al menos podía confirmar que Eldrin estaba tramando algo.

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