La primera bruja.
Olivia no quería ser la primera de nada. Quería ser libre, quería ir a donde quisiera, como el viento. Tampoco quería vivir para siempre, le parecía una existencia tan triste, ver cómo sus seres queridos se desvanecían dejándola atrás.
Sentía pena por aquella madre que apenas conocía y no tuvo oportunidad de estar con ella. Encerrada en su bosque, con su poder limitado y, aunque no quisiera aceptarlo, esclava de glorias pasadas.
No quería ser bruja porque eso significaba quedarse sola.
Quería ser una maga, como Eldrin, como el pesado de Leander, como el resto de los magos de la Orden, como aquellos jóvenes que todos los a?os visitaban su castillo y con quienes ella hubiera deseado trabar amistad, si no fuera porque su padre tenía miedo de que terminaran descubriendo su sangre élfica, la cual, por alguna afortunada razón, todavía no se había manifestado.
Olivia, en realidad, tenía la esperanza de que no se manifestara nunca, de que su impura sangre humana infectara la élfica hasta dejarla sin efecto. Entonces ya no sería de utilidad para nadie y la dejarían en paz.
Silas la miraba desde el suelo. ?Qué estaría pensando? ?Cómo se sentiría ahora que sabía la verdad?
Tendría que habérselo dicho desde el principio pero, mientras viajaba con él, se había sentido tan bien poder ser otra persona... Además, mientras sus poderes continuaran latentes, en el exterior seguía siendo una humana común y corriente.
Pero ahí estaba, flotando frente a sus propias narices, el pentáculo dorado que venía a destrozarle cualquier ilusión que hubiera guardado hasta ahora.
Daphennya finalmente bajó los brazos y el símbolo se disolvió en el aire.
–Pero... aunque no me guste la idea... –continuó la elfa apartándose –. Tendrás que volver con tu padre.
–Pensé que no querías eso –le recriminó Olivia.
–Se lo he prometido –le mostró la palma de su mano y Olivia entendió la indirecta –. Promesa de Elfo. Me dolerá mucho si no la cumplo.
–Yo no te obligué a prometer nada.
–Qué corazón más frío tienes. ?Dejarás entonces que tu madre sufra una promesa incumplida? ?Dejarás que mi cuerpo arda en el fuego?
Olivia había escuchado que los pactos realizados por los elfos eran sagrados y que su incumplimiento tenía como consecuencia una tortura corporal insoportable que ningún humano podría sobrevivir. Los elfos, en cambio, tenían bastante resistencia pero, al fin y al cabo, era una tortura y Olivia se sentía como si fuera ella misma quien la infringiría.
Su madre no podía obligarla, pensó, no así. ?Por qué hizo eso? ?Por qué se arriesgó tanto? Quizás su padre tenía razón, era muy astuta, pero, por otro lado, tampoco la había delatado. Daephenya hubiera podido encontrar a su hija muy fácilmente, podría haber conducido a su padre directamente hasta ella.
–Los nobles humanos, así como también los elfos, cargan con muchas responsabilidades –continuó Daephennya –. No elegimos. Nadie elige. ?Eligió el rey nacer en una cuna de oro para entregar su existencia a miles de personas que nunca conocerá? ?Eligieron acaso los sirvientes de tu castillo ocuparse de tus suciedades? ?Qué te hace distinta a ti que te crees capaz de elegir?
Olivia no sabía qué contestar. Nadie, no era nadie, no sabía quién era, nunca se había conocido, nunca le habían permitido conocerse.
–Piensa en tu responsabilidad, toda la gente que depende de ti, los habitantes del Círculo, tus futuros súbditos. ?Qué pasará una vez que la heredera los abandone? La gentil Tribu del Lago, el equilibrio entre las familias élficas, los habitantes del castillo, los magos de la Orden, los aldeanos. Incluso las quimeras que se esconden detrás las monta?as, como antes lo hacía tu amigo.
–Si me convierto en reina, no podré gobernar Rocasombra.
–Pero tendrás hijos, muchos hijos, y uno de ellos podrá gobernar por ti antes de que tu padre fallezca. Es un hombre joven todavía. ?No te gusta la idea? ?Una familia que sea nada más que tuya?
Olivia no sabía nada de ni?os, sólo había visto a los hijos de los sirvientes y estos le tenían miedo por ser la hija del conde.
–Si yo hubiera podido... –suspiró Daephennya –te habría dado una hermana... quién sabe... todavía tengo tiempo –lanzó otra risita que desentonaba con la natural serenidad de su rostro, lo cual hizo que a Olivia se le pusieran los pelos de punta.
–Pobre, Alaric –continuó la elfa –. Tuvo que hacer tantos sacrificios... sobre todo por ti y ahora lo vas a abandonar todo por querer ir a divertirte a esa deprimente isla de híbridos que desde la lejanía te parece tan maravillosa. Pero, querida, tienes a tu maestro Eldrin, que estuvo tan cerca de convertirse en Maestro Arcanista, y me tienes a mí, tu propia madre, una Arquitecta. Si quieres conseguir más poder, no tienes que buscar tanto. ?Te sientes sola? Pues, bien, cuando vayas a la capital conocerás montones de chicas de tu edad con intereses similares que estarán deseosas de acompa?ar a la nueva princesa. ?Vas a a darle la espalda a todo eso sólo para saciar tu curiosidad y visitar a un Archimago recluido que bien podría cerrarte la puerta en las narices?
Las palabras de su madre eran como una cascada, un torrente sin pausa, y Olivia se estaba ahogando en ellas.
–Pero Silas... –logró decir.
Olivia miró en dirección al extra?amente callado ratón esperando que este formulara un deseo que al final no hizo.
–No es tu responsabilidad, querida –afirmó la elfa –. Hay personas más preparadas que tú dispuestas a hacerse cargo de él. No todo el mundo tiene malas intenciones.
No, sería tonto pensar que Olivia era la única que podría salvarlo. Al final, él la estaba acompa?ando obligado, porque no tenía otra opción. Si pudiera llegar hasta la isla con otra persona, lo haría gustoso y la dejaría atrás.
–?No hables por mí, elfa repugnante! –exclamó el ratón –. ?Desde el pico de la monta?a más alta podría ver tus intenciones!
Ah, Silas, el Silas de siempre estaba de vuelta. Olivia no pudo evitar una mueca que casi se transformó en sonrisa.
–?Ahora que sabes que no puedo hacerte nada, te ha vuelto el valor, criaturita? –Daephennya se inclinó hacia él y el ratón retrocedió.
Ella se mostró satisfecha ante aquel gesto de temor
–No hablaré por ti, entonces, pero, tú, Olivia, piensa en toda la gente que sufre situaciones injustas y a la que podrías ayudar, como Barthra, pobrecita.
–?No hables de Barthra! –Olivia se enojó por primera vez pero no pudo evitar preguntar –. ?Qué pasa con ella?
–Pues, ha desobedecido y tu padre la ha expulsado del Círculo.
–?No, mientes! él nunca...
él nunca podría. Por más enojado que estuviera, no sería capaz de deshacerse de la mujer que lo crió, quien había sido como una abuela para ella.
–Toda elección debe ser pagada –Daephennya le se?aló un punto del bosque –. Ven, acércate, deja que el árbol te hable.
La elfa se hizo a un lado para que Olivia avanzara hacia uno de los árboles. Apoyó una mano y cerró los ojos. Otro truco que le había ense?ado su madre, además de esconderse en los troncos.
Surcando una corriente de ramas, tierra y raíces, su visión se expandió por la poblada vegetación a la velocidad del viento hasta alcanzar en sólo unos segundos la caba?a de Barthra, ahora vacía.
–?Barthra! ?Barthra! –gritó Olivia y su voz reverberó por el bosque entero asustando a todos los seres que en él vivían. Los ciervos salieron corriendo, los pájaros abandonaron las ramas, un oso perdió su presa y los ogros se despertaron de su sue?o tardío, pero, a pesar de su empe?o, la anciana no contestó el llamado.
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Al final, su padre había cometido lo impensable.
–Conviértete en reina –le dijo su madre –y evitarás injusticias como estas. Pudiste rescatar a una quimera con tan pocos conocimientos... Imagínate lo que podrías hacer como gobernante y entrenada por mí y por Eldrin.
–Pero no sería más que la esposa del futuro rey.
–Ese es el primer paso. Ya verás. ?Piensas que dejaría que una hija mía se convirtiera en mera consorte?
Olivia se quedó pensando en el significado de esas palabras pero no se animó a preguntar.
–No quiero volver con mi padre –dijo.
–Deberás hacerlo, sólo por un tiempo. Luego te casarás y tendrás poder sobre él. Cuando te le enfrentes, él no podrá hacer nada.
Olivia no quería escucharla más.
–Necesito pensar –fue todo lo que se le ocurrió decir.
–Te dejaré un tiempo a solas –concedió la elfa –. Creo que tu amigo se sentirá más cómodo en compartir su opinión si yo me retiro. Prometo no escuchar. Una vez que hayas tomado una decisión, ya sabes cómo llamarme.
?Qué decisión?, pensó Olivia, cuando ni siquiera tenía alternativa.
Dicho esto, la elfa desapareció entre la espesura hasta que su esbelta figura se hizo imposible de discernir.
Olivia volvía a sentir que respiraba.
Ahora sólo tenía que hablar las cosas con Silas y...
–?Eres una maldita elfa! –exclamó el ratón con una rabia que parecía que hacía rato se estaba guardando.
No iba a ser tan sencillo como había creído.
–Mitad elfa –aclaró ella –. Y no lo supe hasta hace sólo un a?o.
–?Explícate! –exigió el altanero ratón.
Olivia iba a dejar pasar el tono con que le hablaba solamente porque ella le había mentido antes, pero entonces recordó algo.
–No sé por qué tengo que explicar nada cuando tú tampoco me cuentas nada de tu vida anterior... Pero, para que veas que no soy la persona que piensas que soy, igual te diré que hace un a?o me enteré de que mi madre no estaba muerta como yo había creído durante toda mi vida. Y no sólo eso si no que, además, no es humana, sino probablemente la elfa más poderosa que existe.
–Dijiste que enga?ó a tu padre.
–Eso fue lo que me dijo él después de que mi madre se presentó frente a mí.
Ese día estaban visitando a Barthra. Sin previo aviso, a Olivia se le ocurrió cometer la travesura de salir corriendo e internarse en el bosque. Su padre, molesto, corrió tras ella, diciéndole que se detuviera, que no continuara. Pero ella no escuchaba.
De repente, sintió que una mano la tiraba hacia algún lado y terminó en un claro que no reconocía. Escuchaba la voz de su padre llámandola pero no lograba identificar la dirección.
Entonces apareció aquella elfa, que primero se presentó como la Se?ora del Bosque de los Susurros. Era la primera vez que Olivia la veía, se sentía maravillada por su belleza, por su eterna juventud. Estuvieron un rato solas sin que su padre pudiera encontrarlas. La elfa pasó a ense?arle alguno de sus trucos, como si fuera una nueva amiga que venía a ense?arle travesuras.
Parecía todo tan inocente, hasta que, llegado a un punto, la elfa pareció cansarse del juego y levantó el velo niebla que impedía que su padre las viera.
–Tu padre te ha mentido, Olivia. Soy tu madre y me encuentro muy viva –fue todo lo que dijo.
Nada más verlas, Alaric reaccionó con furia y arrastró a Olivia lejos de la elfa. él se negó a confirmar lo que le había dicho la elfa pero su hija no le creía. ?Por qué la Se?ora del Bosque le diría aquella mentira? Su padre entonces no tuvo más remedio que contarle que Daephennya lo había enga?ado haciéndose pasar por una humana. No quiso explicar cómo. No quería lastimar a Olivia. Sólo le dijo que volvió a verla casi un a?o después cuando ella volvió a emerger entre la espesura cargando con un bebé recién nacida.
Desde que Olivia se había enterado de eso, su padre le había prohibido acercarse al bosque. Ni siquiera había podido visitar a Barthra.
–Y por eso estabas enojada con él –concluyó Silas.
–Pues sí. Y desde entonces mi padre se ha vuelto más cuidadoso que nunca.
Pero la indignación de Silas todavía no amainaba.
–?Estuviste hablando dos días de corrido y en ningún momento se te ocurrió decírmelo! –gritó.
–Te lo iba a decir... y justo se apareció el ogro... y luego mi padre... y el tronco...
–?Pues qué conveniente!
–Nada ha cambiado, Silas, sigo siendo la misma persona.
–?Ese Código tuyo dice algo totalmente distinto!
–?Son sólo dibujos!
–?Es tu esencia! ?Cómo no te das cuenta? Ahora no somos simplemente enemigos... somos... ?doblemente enemigos!
–?No tiene sentido lo que estás diciendo!
–?Nuestra alianza termina aquí!
Olivia inspiró hondo.
–?Qué vas a hacer ahora entonces? ?A dónde irás? ?Volverás a las monta?as? –le preguntó.
–Iré yo solo a la isla.
–No seas terco. El camino hacia la isla está plagado de magos.
–Me guiaré por mi olfato.
–No tienes idea de lo que estás buscando. ?Y si te equivocas? ?Y si terminas en otro lugar que no sea Abrazo de Tormenta?
–?No soy un ni?o!
–No estoy diciendo que lo seas. Simplemente que... ?nadie puede sobrevivir solo! Las quimeras viven en manada. Pensé que tú, de todo el mundo, entendería eso mejor que nadie.
El ratón no respondió por varios minutos.
Otra vez lo había herido, pensó Olivia, pero ya no sabía qué más decirle.
–Tengo hambre... –dijo por fin la quimera –. No pienso comer comida de elfo. Iré a cazar.
–?Te irás? –preguntó Olivia con el corazón encogido.
–No prometo nada. Aunque confío menos en esa elfa detestable. No me creo el cuento de que me deje ir así como así. No me gusta la idea, pero creo que tendré que aguantarte por un rato más y correré el riesgo de que me traiciones.
–No te traicionaré...
–?Otra vez? –dijo él terminando la oración.
Dicho eso, el ratón se internó entre los pastos. Olivia le creía cuando decía que volvería y, de hecho, lo hizo un rato después, convertido en zorro. Por algunos rastros de sangre en su hocico, supuso que había logrado su cometido.
Durmieron otra vez a la intemperie. Olivia extra?aba el calor del árbol pero no quería arriesgarse a quedarse encerrada de nuevo.
Al día siguiente, apenas salió el sol, volvieron a reunirse con Daephennya y Olivia le hizo saber su decisión de volver con su padre, una vez que Silas se encontrara a salvo y camino a la isla, aunque todavía no sabía cómo ayudarlo.
–Sabia decisión –asintió la elfa satisfecha –y no se preocupen. Sé como ayudarlos. Mi ni?a, antes de que abandones tu antigua vida, te concederé un regalo, el primero de los muchos que te daré.
–?Qué cosa?
–Por lo que he escuchado, siempre has querido asistir al Retorno de los Sirenios.
Olivia se sorprendió de que pudiera saber hasta eso.
–Pero... es tarde... –objetó ella.
–No tan tarde como tú crees. En realidad, ?te has despertado justo a tiempo! Los sirenios aún no han llegado al lago. Te bastará con un día de viaje para llegar allí.
–Pero mi padre estará allí y me llevará con él nada más verme.
–Me temo que este a?o tu padre llegará tarde.
–?Por qué?
–No confía en mí y sigue buscándote por su cuenta.
–Ah, claro...
–Pero... para que estés tranquila, te compartiré ahora la otra mitad de mi regalo.
Los Arquitectos, le explicó su madre, tenían la capacidad de crear ilusiones. Le entregaría a Olivia un talismán que colgado de su cuello le ayudaría a pasarse por otra persona. Claro que, ella lo dise?aría para que su efecto no durara más de unos días, lo suficiente para que su hija pudiera participar de las festividades. Una vez terminado el asunto, ella podría cumplir su promesa con Daephennya, con su padre y con Silas.
Estando en el lago, Silas no podría ser tocado por ningún mago y recibiría la ayuda de los sirenios, una raza pacífica que no tendría problemas en guiarlo hasta la Isla de los Demonios.
–Has hecho un gran trabajo –le dijo Daephennya a su hija –. Lo has salvado de un destino cruel. Ahora deberás dejar que otros terminen lo que tú empezaste.
–?Cómo sabes que no me escaparé?
–Porque confío en la sabiduría de mi ni?a –por primera vez, Daephennya extendió una mano y la colocó debajó del mentón de Olivia –. Te he visto crecer, aunque desde lejos... –volvió a separarse y junto con las palmas –. ?Ahora, no perdamos tiempo! Debemos preparar tu disfraz.
La elfa mandó llamar a sus sirvientes quienes se aparecieron con unas prendas de color azul para que Olivia se probara. Al observarlas mejor, la muchacha se dio cuenta de que era la misma túnica que vestían los Acólitos.
El disfraz era adecuado porque era normal encontrarse con ese tipo de mago en el camino, mientras viajaban de pueblo en pueblo con el objetivo de aprender sobre la historia y geografía de Terrarkana, así como de las ense?anzas de los Líderes de las distintas órdenes de Magos que podían hallarse en poblaciones más grandes u otros castillos como Rocasombra.
Hubiera sido una idea perfecta si no fuera porque Olivia se sentía avergonzada de vestir un color que todavía no le correspondía. Su madre la tranquilizó diciéndole que el lugar estaría atestado de gente, entre ellos Acólitos que aprovecharían la ocasión para visionar el espectáculo al igual que ella.
Nadie notaría su presencia. Sería como una gota dentro de un estanque.
Todo ese tiempo, Silas se mantuvo apartado sin decir una palabra ni siquiera a Olivia.
Finalmente, su madre le hizo entrega del talismán: una piedra verde y pulida, con una leve luz en su interior. Cuando aquel brillo comenzara a desvanecerse, sería la se?al de que el talismán estaba perdiendo su poder.
Ya con sus ropas de Acólita, Olivia se colgó el talismán al cuello y lo escondió debajo de la túnica. No sintió nada en especial pero, cuando giró la mirada hacia Silas, el zorro movió las orejas y la observó curioso.
Uno de los elfos ayudantes le tendió un espejo y se encontró con el rostro satinado de una chica rubia de pelo largo y ojos verdes. Daephennya soltó una risita, a causa de su travesura, diciendo que había intentado que se apareciera más a ella, pero luego cambió de parecer porque, en ese caso, llamaría mucho más la atención.
Esa misma ma?ana se despidieron de los elfos, quienes los acompa?aron hasta los límites del bosque, como si sólo le estuvieran diciendo adiós a un par de viejos amigos, aunque Olivia no podía dejar de sentir un nudo en el estómago pensando en la impasibilidad de su madre elfa, quien la estaba dejando ir así como así, como si, en realidad, cual experimentada Arquitecta, fuera ella quien estuviera moviendo todos los hilos.

