–Silas... despierta...
La quimera no recordaba cuándo había sido la última vez que había dormido tantas horas, y de manera tan profunda, libre de la inquietud de lo que podría pasar el día siguiente cuando finalmente abriera los ojos.
Tampoco tuvo pesadillas, ni nada que se le pareciera, como tantas otras veces que había so?ado que se precipitaba irremediablemente hacia el vacío sin nada de donde agarrarse, ni nadie que le tendiera su mano, para terminar despertándose con el pulso desenfrenado justo antes tocar el suelo rocoso de la monta?a.
Pero esta vez, todo lo contrario. Ahora se encontraba flotando con los brazos extendidos como las alas de un pájaro, pasando por encima de un mar de hojas esmeraldas agitadas suavemente por una brisa cálida bajo un sol generoso.
–Silas... –escuchó de nuevo la voz de Olivia que venía de algún lado.
–Olivia... no te veo... ?dónde estás?
–Aquí a tu lado.
Sintió los ojos pesados y todo volvió a ponerse oscuro.
Cuando despertó, todavía se encontraban dentro del árbol, aunque no perdió la calma porque sentía la presencia de Olivia cerca y eso, por alguna razón, lo reconfortaba.
–Silas...
–Sí, estoy despierto –susurró él todavía somnoliento, sintiendo las manos de Olivia a su alrededor.
–Ah... creo que nos hemos quedado dormidos.
Silas bostezó en respuesta.
–Deberíamos salir ahora –continuó ella –. Desde que me desperté he tratado de escuchar si hay hombres o caballos cerca, pero parece que se han ido.
–De acuerdo. ?Hace cuánto que estamos aquí adentro?
–Unas horas probablemente... –Olivia comenzó a moverse –. No te sueltes de mí mientras doy el salto.
–Entendido.
Percibió cómo el cuerpo de Olivia se balanceaba hacia atrás y adelante como si estuviera tomando impulso. De repente, ella saltó, y la oscuridad fue extinguida por una luz blanca que lo obligó a cerrar los ojos con fuerza. El calor del interior del árbol lo abandonó y dio paso a la brisa fresca de la ma?ana.
Sintió que sus dedos de ratón se soltaban de la ropa de Olivia y salía disparado. Mientras abría los ojos a medida que iba cayendo observó cómo los árboles daban vueltas a su alrededor.
Ella no había logrado caer sobre sus piernas, lo cual provocó que ambos salieran rodando. Silas giró un par de veces en el aire antes de aterrizar sobre sus cuatro patas. Olivia, en tanto, quedó tirada boca arriba respirando agitadamente, pero aun así parecía que no se había lastimado.
Silas inspiró hondo el aire del bosque, aliviado, aunque enseguida notó que había algo raro en el ambiente. Algo había cambiado. Miró a su alrededor preguntándose qué era aquella inexplicable extra?eza.
De repente, lo entendió.
La nieve se había ido. No quedaban ni siquiera charcos, ni ningún indicio del invierno. El suelo del bosque ahora se encontraba cubierto por un manto verde de pasto recién crecido, mientras que las hojas de los árboles brillaban con más intensidad. Ahora podía escuchar el alegre canto de los pájaros, oler el rastro de animales que habían despertado de su hibernación, mientras a los lejos vio pasar un grupito disperso de hadas de las flores que se perdían entre la espesura.
Debió haber sido la magia de los elfos, supuso él, pero enseguida se vio alertado por un lamento de Olivia que también había notado el cambio.
–Ay, no... –dijo ella.
–Es un poco temprano para la primavera... –opinó él.
Vio que ella se mordía los labios antes de responderle.
–No. Lo que sucede es que somos nosotros los que nos hemos despertado tarde.
Silas necesitó un momento para entender lo que le estaba diciendo.
–?Qué quieres decir? –preguntó, sin poder creerlo.
–Que no han sido horas... sino días... o quizás semanas.
–?!Qué!? –el ratón, sorprendido, dio un salto quedando parado sobre sus patas traseras.
Olivia, como si estuviera un dolor de cabeza, se masajeaba con ambas manos las sienes.
–Alguien me dijo que si no tenía cuidado podía pasar y... de verdad, pasó.
A Silas nunca se le hubiera ocurrido que tal cosa pudiera ser posible.
–??Hemos estado durmiendo por días!? –exclamó.
–Sí... eso parece...
–??Pero cómo!?
Ella bajó los brazos y largó un suspiro.
–Lo lamento tanto... Nunca me había pasado. Fue lo único que se me ocurrió para que no nos encontraran.
–?Y-y ahora?
–Ahora, pues, seguimos. Llegaremos un poco más tarde de lo pensado.
–??Sólo un poco!?
–Cálmate, Silas, no sirve de nada. Lo hecho, hecho está. Ahora debemos encontrar algo que comer para recuperar las fuerzas y...
Se detuvo de golpe y se giró sobre sí misma. Silas también paró sus peque?as orejas al percibir una presencia extra?a. La brisa comenzó a soplar con más intensidad y provocó que las hojas se sacudieran produciendo un rumor ensordecedor.
–Olivia... –dijo una voz suave de mujer que parecía provenir de la brisa misma, lo cual le puso los pelos de punta.
–?No, déjanos en paz! ?No quiero verte! –gritó Olivia.
–Olivia... –repitió la voz.
–?Silas, corre!
Pero Silas no pudo correr porque unas manos desconocidas lo agarraron por atrás y lo levantaron del suelo. Sus miembros quedaron colgando en el aire sin poder responder. Intentó transformarse en zorro pero era como si aquellas mismas manos estuvieran bloqueando sus poder. Su peque?o corazón comenzó a latir desbocado. ?Podría ser un mago?
–Olivia... –ahora Silas sintió que la voz se había vuelto más fuerte y clara, y se dio cuenta de que quien hablaba era la misma persona que lo había apresado.
–?Suéltalo! –exclamó rabiosa Olivia delante de él con los pu?os apretados.
–Olivia, querida. ?Por qué te asustas? ?No ves que soy yo?
Silas observó como el pecho de Olivia se inflaba de aire lentamente, como si le costara respirar.
–Te dije que lo soltaras.
La mujer inspiró hondo antes de soltar una leve recriminación.
–?Es esa la forma correcta de saludarme?
La mirada de Olivia osciló entre Silas y las mujer. Finalmente, bajó los ojos, como avergonzada, aunque por alguna razón Silas pensó que ella estaba rehuyendo su mirada y no la de la mujer.
La chica se tomó unos segundos antes de responder.
–Disculpa, madre. Me has sorprendido. Es un gusto verte de nuevo.
Silas se quedó sin aliento.
?Madre? ?Esa mujer era la condesa? ?No había muerto? ?Y qué hacía además en el bosque? En ningún momento Olivia le había mencionado nada acerca de ella. Solamente se había dedicado a hablar de su padre y Silas ya había sacado sus propias conclusiones.
La voz de la mujer retomó el tono suave del principio.
–No, querida. Perdóname a mí por haber tardado tanto tiempo en despertarte. Dormías tan dulcemente que no pude evitar observarte por un rato. Al fin y cabo, a lo largo de tu vida fueron pocas las oportunidades que tuve para hacerte dormir y arroparte como sólo una madre podría hacerlo.
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Olivia no dijo nada más. Tampoco la mujer hizo intentos de acercarse hacia ella.
Se supone que las madres abrazan a sus hijos, pensó Silas extra?ado. Como la suya que salía a recibirlo cada vez que volvía de su entrenamiento con los mayores o como cuando lo envolvía en sus brazos mientras jugaban a las atrapadas en los valles. De noche también, sobre todo en invierno, para mantenerlo abrigado.
Quizás las mujeres humanas son distintas.
–Después de tantos días de sue?o, debes estar hambrienta –continuó la madre de Olivia –. He traído conmigo algo para que recuperes las fuerzas. Acércate y hablemos de esta nueva aventura tuya.
Dicho eso, Silas escuchó pisadas entre los pastos, como de otras personas que se acercaban.
–Lo haré si lo sueltas –le respondió Olivia.
–Tengo miedo de que se pierda, es tan peque?o y el bosque tan grande.
–Silas... –Olivia lo miró directo a los ojos –. ?Prometes no escaparte?
Por su intensa mirada, Silas entendió que, aunque quisiera, no podría hacerlo.
–Lo prometo –respondió él.
Su captora soltó una suave risita que a él le pareció completamente forzada.
–Bueno... si es una promesa...
Sus dedos se aflojaron alrededor de él. Sin perder tiempo, saltó y corrió hasta Olivia que volvió a tomarlo entre sus manos, apretándolo contra su pecho. Como si fuera algo muy preciado, no pudo dejar de observar él.
–Interesante mascota que te has conseguido –comentó la mujer.
Silas giró su cabeza para observarla, ya que hasta ahora no había podido ver su cara.
A causa de la sorpresa, no pudo evitar sacudirse entre los dedos de Olivia.
Frente a ellos se encontraba una mujer más joven de lo que se había imaginado. No parecía ser mucho mayor que Olivia, lo cual lo confundió. Observó sus cabellos del color del brillo del sol reflejado sobre la nieve, su piel sin arrugas, su nariz y orejas puntiagudas, y, finalmente, sus ojos de un extra?o color violeta.
?No había duda! ?Una elfa!
Pero entonces... ?cómo podía ser que Olivia...?
–No es mi mascota –le respondió Olivia a la elfa secamente.
–Mis disculpas –la elfa arqueó sus cejas levemente –. Su comportamiento me ha confundido. Pensé que las quimeras eran más aguerridas. Debe ser porque no es nada más que una cría.
El miedo de Silas fue sustituido por una indignación que iba creciendo con cada palabra que emanaba de aquella delicada pero incisiva boca.
Ella avanzó hacia ellos, arrastrando su largo vestido verde sobre el pasto, produciendo un suave susurro a su paso. Detrás de ella venía un procesión de otros diez elfos, vestidos con ropajes de colores claros y plateados, quienes se pusieron a la tarea de tender sobre el suelo un delicado mantel blanco con detalles de hojas bordadas. Sobre el mismo comenzaron a servir platos con frutos de todos los colores y formas, tubérculos, nueves, pasteles y botellas de bebida.
Cuando terminaron con su tarea, se alejaron tan calladamente como habían llegado.
A Silas le comenzó a rugir el estómago, nada más ver aquel abundante festín, pero nunca comería nada que hubiera pasado por las manos de ninguna de esas extra?as criaturas.
La elfa se sentó sobre un extremo del mantel y palmeó la tela para indicar a Olivia que se sentara. La muchacha lo hizo, dejando libre a Silas que se acurrucó a un costado, en parte por protección, en parte para que el cuerpo de ella le tapara la vista de la comida. Intentó taparse el hocico con sus patas para evitar sucumbir al delicioso aroma.
La elfa parecía muy complacida.
–Debemos aprovechar la ocasión. Esta es la primera vez que nos encontramos solas sin la presencia de tu padre –dijo –. ?Sabes? él vino a verme, hace ya muchos días, para indagar sobre tu paradero.
–?Y qué le dijiste? –la voz de Olivia sonaba ansiosa.
–Pues, que no sabía, y era verdad. En ese momento yo no sabía dónde estabas porque, en realidad, todavía no me había tomado ni siquiera la molestia de salir a buscarte –soltó otra risita y luego volvió a posar sus ojos sobre la quimera –. Tu amigo parece nervioso.
El cuerpo de Silas se tensó aun más y la miró directo a los ojos para demostrarle que no le tenía miedo.
–No te preocupes, peque?o –dijo la elfa –. Lo de antes ha sido una broma. La maldición del dragón me impide hacerte a?o, así como tú tampoco puedes lastimarme a mí, a menos, claro, que quieras sufrir las consecuencias. Te puedo asegurar que ni yo, ni nadie de mi raza, tenemos nada en contra de las quimeras. Nuestros verdaderos enemigos eran los gigantes, mientras que ustedes... no eran más que meros esclavos. Además... eres amigo de mi hija y, por lo tanto, mi invitado. Mi nombre es Daephennya y soy la Se?ora que gobierna este bosque.
Para colmo, ni siquiera se trataba de cualquier otra elfa, sino justamente la que habían estado tratando de evadir desde que se habían adentrado en el bosque.
Decepcionado, ante aquella nueva revelación, Silas miró a la muchacha como formulando una pregunta silenciosa.
–Soy mitad elfa –admitió ella con una mirada triste.
Hasta ese momento, Silas no sabía por qué, pero había mantenido encendida una peque?a, e ilógica, esperanza de que pudiera existir otra explicación para la relación entre ambas mujeres. Con esas palabras, su temor se había confirmado.
Mitad elfa, mitad humana. La sangre de las dos razas más traicioneras que habían caminado por esas tierras coexistían dentro del cuerpo de Olivia. Todo ese tiempo hablando de conspiraciones como si nada y de manera deliberada ella había decidido omitir aquel detalle tan importante.
Era su oportunidad. Si la elfa no podía hacerle da?o entonces no tenía razón para permanecer allí. Olivia lo había traicionado, él no le debía nada.
De todas maneras, no se movió y terminó convenciéndose de que, ya que se le presentaba aquella inusitada oportunidad, lo mejor era escuchar toda la conversación para adquirir más información que pudiera servirle en un futuro.
No, afirmó para sí mismo, aquello no tenía nada que ver con Olivia.
–Así es –continuó Daephennya –. Hace más de diecisiete a?os me enamoré de su padre y, pese a mi resistencia inicial, no pude evitar conquistarlo...
–Mi padre dice que tú lo enga?aste –replicó Olivia.
–él sólo habla desde el dolor, ya que no podemos vivir juntos. Algo muy humano, por eso le perdono ese injusto rencor que siente hacia mí –volvió a mirar a Silas –. Verás, peque?o, yo no puedo abandonar este bosque. Si lo hiciera, perdería mi inmortalidad. Debido a eso su padre se volvió muy protector y me impidió ser parte de su vida. Pero ahora que mi hija ha crecido, es hora de compensar mi ausencia.
Al no escuchar comentario de Olivia, la elfa continuó hablando.
–Me hubiera quedado contigo, pero temía que el bosque no fuera el lugar adecuado para ti. Siempre fuiste algo muy preciado para mí. Eres especial, la primera de tu tipo.
–No quiero ser especial... –Olivia hablaba en susurros, como haciendo esfuerzo para no levantar la voz –. Nunca pedí serlo. Yo quiero ser cómo los demás.
–No soy una Alquimista, no puedo cambiar tu naturaleza... Pero sí puedo hacer esto.
En cuanto dijo eso, Daephennya levantó la mano en dirección a Olivia.
Desde su lugar en el suelo, Silas advirtió cómo los mechones desali?ados de la chica crecían o se acortaban unos centímetros, hasta alinearse perfectamente a la misma altura, lo cual le dio un aspecto más presentable.
Ella se llevó ambas manos para tantear su cabello y cerciorarse de qué era lo que su madre le había hecho.
–Si quieres, puedo hacerlo crecer de nuevo –se ofreció la elfa.
Olivia sacudió la cabeza.
–No, me gusta así como está.
La elfa levantó las manos en se?al de rendición, aunque exhibiendo una mirada divertida.
–Como quieras... –suspiró –. Me cuesta entenderlo, pero acepto tu decisión. Tu cabello es tan hermoso, del mismo color que el de tu padre... Me da mucha pena. No me costaría nada...
–Esto quiere decir que eres... ?una Arquitecta? –la interrumpió Olivia, quizás con deseo de cambiar el tema de conversación, aunque sonaba algo curiosa.
Los labios de la elfa esbozaron una sonrisa complacida.
–Ah... te has dado cuenta. Sí, soy una Arquitecta, pero nada en comparación con el poder de mi abuelo, Willondal, el Rey Elfo. él sí era un verdadero Arquitecto, quien con sus propias manos podía crear nuevas criaturas nunca antes vistas... hasta que el Dragón Azul le quitó la vida...
–Lo sé y lo lamento.
Daephennya levantó una mano para quitarle importancia al asunto.
–Ha pasado mucho tiempo, incluso para mí. El pasado ya no puede volver. Me basta con ser la protectora de este bosque, para eso sirven mis poderes. Vivo en el presente y mi presente eres tú. Aunque me emociona pensar en lo que se está por venir. Todavía está por verse qué es lo que has heredado de mí. Tu exterior, por ahora, es el vivo reflejo de Alaric.
Silas no pudo dejar de notar cierta amargura en aquella última afirmación y se preguntó si Olivia percibía lo mismo que él.
–No sé si quiero vivir para siempre –dijo la muchacha.
–No lo sabremos hasta dentro de mucho... –la mirada de Daephennya se ensombreció –. Me entristece que la sola idea te repela... Para mí, eres un milagro. Desde que los primeros humanos llegaron a estas tierras, he dedicado gran parte de mi existencia a ir en contra de mis dos hermanos, quienes siempre se opusieron a la unión de nuestras razas. Pero no fue hasta que conocí a tu padre que entendí lo que debía hacer. él nunca me perdonará pero mis intenciones fueron nobles. Estás destinada a unir dos razas que de lo contrario nunca se hubieran podido unir. He tomado mis decisiones como mujer, como madre pero también como gobernante. Tengo mis obligaciones, y tú, cuando seas reina lograrás por fin entenderlo.
Ah, pensó Silas, ahí estaba la cuestión. La maldita elfa estaba usando a Olivia como peón. Ella no puede salir del bosque pero sí puede extender su influencia a través de su hija.
Olivia, date cuenta.
Quería decirlo eso pero Silas no se fiaba de las palabras de la mujer. Sería mejor compartir sus pensamientos más tarde.
–Mi padre no quiere que sea reina –le dijo Olivia.
–Tu padre te ama demasiado y no puede ver más allá de su propio egoísmo. Pero, para mí, lo peor no es su desinterés por el futuro de nuestra tierra, sino que está impidiendo que alcances tu verdadero potencial.
–Creo que esperas demasiado de mí. Hasta ahora no he demostrado ningún gran talento para la magia.
Daephennya se levantó y acercó hacia ella. Silas retrocedió instintivamente.
La elfa entonces giró sobre sí misma con fuerza, haciendo levantar los bordes de su vestido, como una campana, mientras sus cabellos adornados de flores flotaban en el aire y despedían un suave perfume. De su pecho emanaron varias líneas doradas, similares a las que los dos magos de la torre habían hecho salir de su propio cuerpo. Como aquella vez, las líneas girando alrededor de ellas hasta formar una espiral de ramas doradas, cubiertas de hojas, flores y símbolos extra?os.
–Este es mi Código –dijo la elfa, y luego se?aló un punto de la espiral –. ?Ves eso de ahí?
Silas recordaba bien ese símbolo. Esa era la segunda vez que lo veía, aunque toda su vida lo había escuchado nombrar. El Sello del Dragón. Una mancha oscura de nudos y espinas entrelazadas que estropeaba la perfecta belleza de la espiral dorada.
–Los elfos, los gigantes, las quimeras, los híbridos, incluso los gentiles sirenios, hemos cargado con esta maldición desde hace siglos.
Daephennya sacudió su brazo y la espiral se disolvió.
–Pero tú, Olivia...
Con otro movimiento brusco de su brazo, la elfa hizo que nuevas líneas doradas comenzaran a emerger del pecho Olivia. Como la espiral anterior, las mismas comenzaron a entrelazarse pero, esta vez, creando un patrón distinto al que Silas se esperaba.
Lo que se materializó frente a ellos se parecía a los dibujos que él y sus hermanos habían trazado alguna vez en las cuevas de las monta?as, cuando tuvieron la inédita ocurrencia de pintar el cielo salpicado de estrellas.
Sólo que esta vez se trataba de una única estrella de cinco puntas dibujada en un único trazo dentro de un círculo perfecto.
Silas estudió aquella forma con atención pero en ningún lugar logró encontrar indicios del Sello del Dragón. Miró en dirección a Olivia en cuyos ojos se mezclaba el brillo dorado de la estrella con su propia incertidumbre.
–Eres única, Olivia –dijo la elfa –. Nunca digas lo contrario. Algunos ignorantes te considerarán un monstruo, pero cuando eso pase recuerda mis palabras. Aun siendo mitad humana, eres descendiente directa del Rey Elfo. Te he creado como antes mi abuelo fue capaz de crear a los híbridos. Pero tú eres distinta. Algo mucho más bello. Eres una bruja. La primera bruja en la historia de Terrarkana.

