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Capítulo 13 - La Unidad Especial de Protección de Quimeras

  Ya era cerca de la medianoche cuando Fidelia arribó a la taberna El Timón Perdido pero, pese el frío entumecedor de afuera, el ambiente se encontraba tan animado como siempre. A la luz de las velas, la gente bebía y comía la sabrosa comida que se anticipaba a través de los olores que flotaban en el aire.

  Conversaciones, risas y tintineos de vasos se mezclaban junto con las canciones de un trío de músicos, los cuales tocaban alegremente en un rincón, acompa?ados por las palmas de un grupo de viejos achispados que se resistían a dejarse vencer por el sue?o. En algunas mesas los clientes apostaban, en otras se hacían negocios, y un pu?ado de marineros y forasteros llegados de las islas intercambiaba anécdotas. Entre ellos pudo reconocer algunos colegas del gremio de comerciantes, así como algunos magos conocidos de su antigua vida.

  No sentía deseos de hablar con estos últimos así que cruzó la estancia directo hacia la barra. Se tomaría una última bebida, junto con un pedazo de tarta de carne, y se iría a la cama que se encontraba en un cuarto del segundo piso que solía alquilarle al tabernero. Ma?ana debía zarpar temprano para cumplir el encargo de un fabricante de piedras de luz.

  Estaba calculando cuánto tiempo iba a estar fuera de la ciudad, cuando el mismo due?o de la taberna le alcanzó una copa de vino caliente mezclado con especias, junto con su porción de tarta.

  –Fidelia... te están esperando desde hace un buen rato.

  él ladeó la cabeza hacia un lado y ella siguió el movimiento hacia un rincón oscuro donde se encontraba sentada una persona encapuchada que no auguraba nada bueno.

  Por la calidad de la tela de su sobria vestimenta oscura, con la que trataba de disimular algo que no era, Fidelia supuso que sería algún noble que había ido a pedirle algún favor especial. Se pensaban que porque una había sido expulsada del Consejo no tendría otra forma de ganarse la vida sino de forma fraudulenta.

  –Será mejor que vayas y termines con eso. No quiero líos aquí.

  En otras palabras, si no trataba el asunto con cuidado, se quedaría sin cuarto donde dormir. Y no sería fácil encontrar una habitación a esa hora. Su nombre era conocido en toda Nemertya y no por una buena razón. Había mucha gente que no quería tener nada que ver con ella, algunos por miedo, como si cargara con la infección de una enfermedad contagiosa, otros para mantener su reputación.

  Aun así, no quería darle el gusto a esa persona, así que se tomó su tiempo en terminar de consumir su comida y no se levantó de la silla hasta no haberse bebido la última gota de vino.

  En todo ese tiempo, el desconocido no se movió. Parecía una estatua que no le sacaba la vista de encima.

  Cansada e irritada, Fidelia se dirigió a la mesa, parándose frente a él.

  –?Qué quiere?

  –Tan directa como siempre –dijo una voz de mujer que no escuchaba desde hacía a?os.

  Por un breve momento, la respiración de Fidelia se cortó, impidiéndole responder.

  –Ha pasado bastante tiempo ya, Maestra Fidelia Dabrus –continuó la mujer, levantándose la capucha que dejó al descubierto una cara delgada, de rasgos suaves, aunque envejecida, enmarcada por una cabellera gris, sujeta con un pulcro rodete.

  –La vejez te está afectando la memoria, Rovenna. No soy ninguna maga, mucho menos una Maestra.

  –Todavía eres maga. Tu poder sólo está sellado.

  –Sellado para siempre.

  –Eso... se puede revertir.

  –Ah... los primeros signos de demencia también están apareciendo.

  –Siéntate y escúchame –ordenó Rovenna con una voz tranquila pero autoritaria.

  –?O qué? Todo lo peor que podrían haberme hecho ya me lo hicieron.

  –No dramaticemos –Rovenna palmeó la mesa suavemente –. Puedes echarme una vez que termines de escucharme.

  Fidelia no quería entrar en sus juegos pero el tabernero las estaba observando muy de cerca y ella no podía ser expulsada de uno de los pocos lugares que todavía la recibía, nada más que por provocar un enfrentamiento que sabía que no podía ganar.

  Se sentó frente a Rovenna, quien dejó escapar un suspiro de satisfacción.

  –No fue fácil encontrarte –continuó la Maestra Arcanista –. Mi ayudante se ha pasado unos cuantos días recorriendo la ciudad entera. Temíamos que hubieras zarpado hacia las islas.

  –Me voy ma?ana, así que termina rápido.

  –Dicen que ahora entraste en el rubro de los inventos.

  –Sólo ayudo a una amiga. Le consigo los materiales necesarios para sus experimentos.

  –Ah, sí, Korinna Franko. He escuchado de ella... sus escobas voladoras... y ese ridículo carruaje.

  –?Viniste a hablar de mi negocio?

  –No... Necesito tu ayuda... para una misión.

  Fidelia no pudo evitar soltar una risa.

  –Pues, sí, estás demente.

  –Eres la única a la que me atrevo a confiársela.

  La risa de Fidelia se apagó en cuanto escuchó esas palabras y no pudo evitar dar un pu?etazo a la mesa que llamó la atención de algunas personas, entre ellas el tabernero.

  –Fidelia... ?todo en orden? –preguntó él.

  –?Una maldita cucaracha! –exclamó Fidelia sin girarse para mirarlo.

  –?En mi local no hay cucarachas!

  –?Pues tengo una delante! Me ocuparé de ella, no te preocupes.

  –?Por qué mejor no tomamos un poco de aire? –propuso Rovenna levantándose de la silla.

  Ambas salieron por la puerta principal, encontrándose de frente con la ribera del río Yorgad sobre cuya oscura superficie se reflejaba el brillo plateado de la luna y las abundantes luces del otro lado donde se encontraba la zona más pudiente de la ciudad. Desde allí se podían ver las torres más altas del Palacio Real, así como la cúpula del Gran Templo perteneciente al Consejo de los Magos.

  Comenzaron a caminar por un sendero desierto que bordeaba el río, envueltas en el susurro de la corriente y las hojas de árboles cercanos que eran sacudidas por la brisa nocturna. El frío había obligado a todo el mundo a refugiarse y no se cruzaron con nadie.

  –Me alegra que tu temperamento... –estaba comenzando a decir Rovenna, tras un rato de silencio, cuando de repente vio venírsele encima un pu?o que casi le alcanza la cara a no ser porque reaccionó a tiempo y con un movimiento de su mano bloqueó el imprevisto ataque, lo cual hizo que Fidelia chillara de dolor cuando sus nudillos impactaron contra el escudo.

  Rovenna esperó a que la otra dejara de maldecir.

  –Hablé demasiado pronto.

  Todavía con la mano adolorida, Fidelia le respondió apretando los dientes.

  –La última vez que nos vimos yo estaba en el suelo, con mi pecho abierto, sangrando, y tú estabas allí, de pie, sin hacer nada, sin decir nada.

  –Traicionaste al Consejo y me traicionaste a mí... bajo mis narices... ?Cómo crees que eso me hizo me quedar? Tú no eras cualquier maga. Fuiste especialmente elegida por mí.

  Fidelia escupió el suelo.

  –Saliste bien parada de esto, Maestra Arcanista. Mi peque?o tropiezo no provocó que perdieras tu preciado puesto.

  –Por poco. Pero no he venido ha recriminarte nada, sino a ofrecerte la oportunidad de redimirte.

  –Es muy tarde, aunque lo hiciera...

  –?Quieres recuperar tu poder?

  Fidelia soltó otra carcajada que se pareció más a un alarido.

  –?Nadie puede quitar un sello de anulación! Ya lo intenté. ?Pensaste que todo este tiempo me quedé con los brazos cruzados? Visité a incontables creadores de pociones que casi me dejan en carne viva. Me causé yo misma heridas de todo tipo. No llegué más lejos porque tampoco deseaba morirme. Ni siquiera un Maestro puede deshacerlo. Ese es el punto. Un castigo ejemplar. Una marca que queda para siempre y deja en evidencia la deshonra.

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  –Hay alguien que puede hacerlo.

  –?Quién?

  –Un Arquitecto.

  Fidelia casi vuelve a burlarse pero recordó algo que había escuchado no hacía mucho.

  –Ah... ?entonces son ciertos los rumores? ?El Archimago de la Isla ha alcanzado el nivel de Arquitecto? O será simplemente nada más que otro embuste tuyo...

  –Nunca te he mentido. Es más, te he ense?ado todo lo que sé. Te preparé para ser mi sucesora hasta que lo echaste todo por la borda.

  Fidelia sintió un regusto amargo en su boca.

  –Sí, sí, nunca cumplo con las expectativas de nadie... Me recuerdas a...

  –?A Eldrin? Pues, casualmente, la misión involucra viajar a tu antiguo hogar.

  –?Para qué?

  –Escúchame al menos. No querrás quedarte con la curiosidad.

  Fidelia aceptó de mala gana y, mientras caminaban hacia el final de un muelle vacío, Rovenna le iba susurrando su plan para investigar los extra?os sucesos acaecidos en Rocasombra.

  A la maga sin poder le parecía todo un disparate. Durante su tiempo en el Consejo, había llevado a cabo todo tipo de planes, elucubrados por su antigua Líder de División, pero nunca había llegado a tal extremo.

  Ahora la Maestra Arcanista iba a arriesgar todo para enviar a un mago destituido, quien pensaba que no había sido destituido, sino, todo lo contrario, ascendido, aunque nadie más del Consejo podía saberlo. Ese mago tendría que fingir frente a Eldrin que iba en una visita oficial, aunque en realidad el Líder de la misión, que no era en realidad el Líder, pensaba que se iba a dedicar a proteger quimeras, cuando, en realidad, no existían ni siquiera sospechas de ninguna quimera, sino que la misma Fidelia, una maga sin poderes, aunque conocedora del Círculo, se encargaría de investigar por su cuenta lo que había sucedido con un grupo de elementales enloquecidos.

  –?Por qué no simplemente le dijiste la verdad y listo?

  –Porque de lo contrario no podría realizar su papel con naturalidad.

  –?No le parecerá raro a Eldrin que yo forme parte de una Unidad?

  –Myrius explicará que te ha contratado como guardiana. La verdadera Líder de la misión serás tú. Y nadie más que tú y mi informante sabrán el verdadero motivo de su expedición. él se encontrará con ustedes antes de llegar al castillo.

  Fidelia meditaba en silencio observando las ondas del agua.

  No quería volver a Rocasombra. El día de su marcha había jurado frente a todo el castillo que nunca más pondría un pie allí. Luego se unió al Consejo, pensando que había logrado lo que Eldrin le dijo que nunca lograría. Por un tiempo, pareció que su vida estaba comenzando a mejorar hasta que cometió un error y le quitaron lo más preciado que tenía y para lo único que se sentía apta: su magia.

  –Dependiendo de cómo salga la misión, –agregó Rovenna –solicitaré al Archimago de la Isla que te remueva el sello. Si falto a mi palabra, tendrás suficientes pruebas para denunciarme ante el Cónclave y mi destino será igual o quizás peor que el tuyo. ?Te parece bien?

  Quizás se estaba metiendo en la boca del lobo, aunque sí había una parte suya que quería recuperar sus poderes. Durante a?os se había convencido a sí misma de que podía seguir viviendo como si nada, pero esa noche se daba cuenta de que se estaba enga?ando a sí misma y en lo más dentro de ella despertaba la nostalgia por la persona que una vez había llegado a ser.

  Pero no iba a ponerle las cosas tan fáciles a Rovenna. Lo del Archimago siempre podía fallar y, aunque cobrara su venganza, ella al final podía quedarse sin nada.

  –Tengo otra condición –le dijo.

  –?Cuál?

  –Korinna Franko irá con nosotros como... chófer.

  –De ninguna manera.

  Fidelia ignoró la negativa.

  –Para eso, necesitaremos un permiso aprobado por Registro en calidad de urgente.

  –No puedo hacer eso.

  –Vamos, Rovenna, ya violaste muchas normas con todo esto que me acabas de decir. ?Qué te cuesta mover tus influencias para que nos entreguen un simple pergamino? Además, si quieres que cumplamos la misión lo más rápido posible, el carruaje es la mejor opción.

  Rovenna suspiró entregada.

  –Bien, pero traten de no matar a nadie. Ya bastante llamarán la atención. Las escobas no serán incluidas en el permiso.

  –De acuerdo.

  –No entiendo qué les ven. Parecen tan incómodas. De sólo verlas ya me empieza a doler el traste.

  Continuaron caminando hasta encontrar una barcaza tripulada por un hombre que las ayudó a cruzar el ancho del río. Otra vez en tierra, se dirigieron a la casa de Rovenna en donde continuaron conversando hasta el amanecer para terminar de afinar los detalles del plan.

  Un par de días después, según lo acordado, Myrius Sentos se presentó en el taller de Korinna Franko, maga inventora, donde también lo esperaba Fidelia.

  El taller había sido antes un depósito de materiales para construir barcos que Korinna había recibido una vez como pago de sus servicios como maga creadora de escudos. Ahora había dejado atrás los oficios mágicos para dedicarse a la invención de nuevos artefactos, por lo que el lugar se hallaba colmado de bocetos dibujados en pergaminos, cueros para zapatos, tablas y ruedas de madera, atados de pajas para las escobas que un día Korinna so?aba con empezar a hacer funcionar y placas de hierro en donde se grababan los sellos para hacer funcionar sus inventos.

  –Bienvenido, Maestro Myrius, mi nombre es Fidelia Dabrus y ella es mi socia Korinna Franko.

  –?Un placer! –exclamó la voz alegre de Korinna, una mujer joven de piel tersa y cabellos color miel, vestida con ropas coloridas. Contrastaba en casi todo con su austera amiga, quien prefería los colores oscuros. Lo único que tenían en común era que ambas llevaban pantalones y botas de trabajo.

  –Encantado... –Myrius inclinó levemente la cabeza y luego empezó a observar el lugar en rededor, antes de preguntar en un tono amedrentado –. ?Y los demás?

  Al escucharlo, Fidelia no podía creer que ese era el hombre que Rovenna había considerado apto para tama?a responsabilidad.

  –?Los demás? –preguntó ella con voz extra?ada, aunque sí sabía a qué se refería.

  –El resto del equipo –respondió Myrius.

  –?Ah! –respondió Korinna gui?ándole un ojo –. Problemas de presupuesto, Maestro. Sólo seremos nosotros tres.

  Fidelia no tenía permitido explicarle todos los detalles de la misión a su amiga y también pensaba que cuanto menos supiera mejor sería para ella. Korinna solamente sabía que debían transportar a un mago del Consejo hasta Rocasombra y que aquello no era nada más que una excursión. En realidad, Fidelia estaba convencida de lo último, pues, aunque no se lo había dicho a Rovenna, para ella el asunto de los elementales le parecía una patra?a, quizás un invento de Eldrin para quién sabe qué rebuscado plan nacido de la rivalidad que existía entre él y la Maestra Arcanista.

  –Ah, entiendo... –decía Myrius, tras la explicación de Korinna –. Sería demasiado aprovecharse de la ya de por sí abrumadora generosidad de la Maestra Arcanista.

  Pobre hombre. A Fidelia le daba lástima nada más mirarlo.

  –Hay otra cosa que debe saber, Maestro Líder –dijo ella en un tono más serio –. Seré sincera con usted. No puedo hacer magia.

  Habiendo dicho eso, se bajó el cuello de su túnica para dejar al descubierto el símbolo que tantos a?os atrás el Cónclave había cauterizado en medio de su pecho con un cuchillo pasado por fuego: una cicatriz roja en forma de círculo dentro del cual una infinidad de líneas se doblaban en varias direcciones como el interior de un laberinto, formando una cruz en su centro.

  Parecía que la cabeza del hombre estaba a punto de incendiarse, aunque en sus ojos se reflejaba el dolor que emanaba de aquella atrocidad.

  –Ya-ya-ya... veo... Maestra...

  –No soy Maestra... llámeme Fidelia simplemente.

  –Se?orita Fidelia, mejor.

  –Rovenna me dijo que no le dijera nada pero debe saberlo, ya que de mí depende su seguridad. Seré su guardiana pero en caso de necesitar magia soy una inútil. Es por eso que Korinna irá con nosotros como chofer y luego se unirá otra persona.

  –Sí, sí, ya me explicó todo la Maestra Arcanista.

  –Pero... ?no se preocupe! –a?adió Korinna para aliviar la tensión –. Será un viaje rápido, ya que contamos... con esto –con un gesto dramático, Korinna destapó un gran artefacto que había llamado la atención del mago al no poder identificar lo que era.

  Myrius observó confundido lo que ella había descubierto con tanto entusiasmo.

  –Un carruaje...

  –Ajá... ?y qué más? –lo animó Korinna.

  –Un carruaje... ?sin caballos?

  –?Exacto! ?Es usted brillante!

  –Me temo que no estoy entendiendo.

  Korinna entonces pasó a explicarle. Aquel era su último y más preciado proyecto: el carromágico. Aunque el nombre todavía estaba en discusión. Se trataba, en apariencia, de un carruaje común y corriente, pero en la parte trasera, tenía un sello grabado en metal y sujeto con tornillos. Por medio del código de trazos que conformaba el sello, este manifestaba la fuerza necesaria para que el carruaje pudiera moverse hacia adelante sin la necesidad de usar caballos.

  –?Se mueve solo? ?Cómo es posible?

  –Bueno... no es que se mueva... más bien es impulsado por la fuerza manifestada por el sello.

  Aunque todavía había un inconveniente que ella no había logrado resolver. Un sello de ese tipo era estático y una vez creado no podía ser modificado para aumentar o disminuir su intensidad. Es por eso que el sello debía de ser lo más exacto posible. Era muy fácil hacer un escudo porque cuanto mayor la fuerza, más resistente sería este.

  –El problema con este de aquí... – Korinna dio unos golpecitos a la placa de metal en la que estaba grabado un cuadrado dividido en secciones iguales que contenían símbolos sencillos, como flechas y puntos, que indicaban tanto las direcciones como las concentraciones de fuerza–, es encontrar la velocidad adecuada... lo cual no ha sido fácil. Si la fuerza es demasiado alta, la placa puede quebrarse. Si es demasiado baja, el sello no generará suficiente impulso para empujar el carro. He tenido que gastar en un montón de metal creando una innumerable cantidad de sellos. ?No se imagina cuántos carromágicos de estos se me estrellaron contra la pared y se hicieron a?icos!– La voz de Korinna, que se había puesto seria, volvió a su tono alegre habitual–. Pero no tenga miedo, estaremos a salvo, ya hemos probado este mismo varias veces y ?hemos sobrevivido!

  –Aunque esta es la primera vez que lo sacamos de la ciudad –aclaró Fidelia –. Por suerte, parece que la nieve se está comenzando a derretir.

  –Ah... –el Maestro Myrius se limitó a parpadear como si se hubiera mareado por todas las explicaciones que le había dado su entusiasta colega. Fidelia no podía saber si estaba impresionado o asustado.

  –Lástima que no pueda ir más rápido – suspiró Korinna –. Imagínate lo que sería poder llegar a un lugar en cuestión de horas en vez de días... Ay... si yo fuera una Arquitecta, las maravillas que podría hacer... Pero bueno... si el camino de Nemertya hasta Rocasombra dura diez días a caballo... deberíamos llegar en la mitad de ese tiempo usando esta preciosura.

  –De todas maneras, Maestro –agregó Fidelia –. Usted es el Líder de la misión y es quien debe elegir la mejor manera de transportarnos.

  –Si no le gusta el carromágico... –Korinna corrió hasta un rincón del atestado depósito –. ?También tenemos escobas voladoras!

  La escoba tenía un peque?o sello incrustado en el palo. Korinna se sentó sobre ella y activó el sello. Se elevó sobre el suelo ante los ojos estupefactos de Myrius pero la alegría de la inventora no duró mucho, pues la escoba se descontroló haciéndola dar una vuelta hasta quedar de cabeza y caer hacia el suelo. Fue Myrius quien la salvó del golpe invocando un escudo de contención que la mantuvo brevemente en el aire, a pocos centímetros del suelo, lo que evitó que se rompiera la cabeza.

  –Estamos en proceso... –se disculpó ella apenada –. Otra cosa que puede ser útil son estas botas hidrocaminantes –levantó un par de botas que parecían comunes y corrientes –. Las he probado en el río y han aguantado mi peso bastante bien por varios minutos. ?Hasta ahora no me he ahogado!

  –Korinna... no te entusiasmes tanto, solo nos darán permiso para usar el carruaje... –le recordó Fidelia restregándose la frente.

  La mirada de Myrius oscilaba entre ambas mujeres.

  –Bueno... no me parece mal... el carromágico, quiero decir. Las escobas... pues... me parece demasiado –dijo finalmente.

  Luego de ese primer encuentro, tuvieron que esperar dos días más para que el permiso terminara de ser aprobado. Mientras tanto, las dos subordinadas mantuvieron largas conversaciones con Myrius, a quien le llegó el turno de instruirlas en todo lo que sabía sobre las quimeras y cuáles sería la mejores estrategias para encontrar una cerca de las monta?as.

  Y así, tras todos esos preparativos, una ma?ana de sol radiante, el carromágico que transportaba a la Unidad Especial de Protección de Quimeras abandonó la ciudad para emprender su viaje hacia el castillo de Shadowrock.

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