Cuando Silas abrió los ojos, la oscuridad se disolvió en una blancura deslumbrante. Ante él se extendía un océano de nieve, un horizonte sin fin de crestas heladas bajo un firmamento pálido. El aire era tan puro que le dolía al respirar y la inmovilidad de las monta?as le daba la sensación de que el tiempo se hubiera detenido.
A lo lejos, el eco de un aullido resonó, largo y claro, seguido por el batir de alas. Entonces los vio. Bajando por la ladera corrían por la nieve sombras de todas las formas y tama?os. Algunas se desdibujaban al saltar, convirtiéndose en lobos, linces, ciervos, cabras, osos, zorros, halcones. Se movían por un paisaje quebrado, donde las dunas heladas formaban valles estrechos y filos de hielo se alzaban como cuchillas. Planeaban entre grietas profundas cubiertas de escarcha; trepaban riscos empinados con la agilidad, haciendo resonar las pezu?as o garras sobre la piedra helada; se deslizaban por laderas blancas como en estampida, dejando tras de sí suaves estelas.
Era su manada. Estrella Errante.
Aguzó la vista, intentando reconocer a su madre entre las formas cambiantes. Quiso llamarla pero ya estaba demasiado lejos para escucharlo.
Lo estaban dejando atrás.
No, no otra vez. No podía permitirlo.
Dio el primer paso, decidido, y eso fue lo único que necesitó para que su cuerpo comenzara a cambiar. Sus pies se alargaron en garras, su piel se cubrió de plumas, y un par de alas brotaron de su espalda y se abrieron como un estallido en medio del viento. Se lanzó al cielo con un grito de júbilo.
Volaba. Libre.
En unos instantes estaría con su manada. Ya podía imaginarse la felicidad en los rostros de su madre y abuela, los aullidos festivos, las danzas en espiral por el aire reconociendo su poder, las voces cálidas llamándolo por su nombre verdadero. Todo en él vibraba con esa certeza: había regresado.
Ya casi los tenía debajo suyo. Se preparó para lanzarse en picada, con las alas tensas y el corazón vivo y liviano como una mariposa.
Pero de repente notó algo raro. El aire se hacía más denso. Batió sus alas con fuerza pero sintió que ya no avanzaba. El cielo se oscureció y la nieve se volvió ceniza. Un susurro siniestro se elevó desde las profundidades de los valles.
El viento lo golpeó con una furia repentina y lo hizo dar vueltas. Giró la cabeza hacia un costado y observó con impotencia cómo sus plumas se despegaban de su cuerpo y se dispersaban en el aire como una lluvia oscura.
Estaba retornando su a primera forma. El cielo lo rechazaba.
Y entonces cayó, como una piedra arrojada al abismo.
El aire frío le arrancaba el aliento del pecho, sus extremidades se agitaban en medio de la nada. Debajo de él las monta?as se alzaban ahora como colmillos de un monstruo que abre su boca para devorarlo.
Cerró los ojos, dejando que la oscuridad lo sepultara en el olvido.
Un golpe seco, seguido de una punzada en el costado, lo devolvió bruscamente a la realidad. Se despertó en medio de gritos y completa oscuridad. Antes de que pudiera reaccionar, una nueva sacudida lo empujó al otro extremo del camarote arrastrando consigo otros cuerpos más peque?os que no paraban de chillar. Sintió la humedad del agua bajo sus manos y palpó las mantas que se habían amontonado a su alrededor. Estaban empapadas. Cuando los gritos se calmaron un poco, sintió el sonido del agua salpicando contra la madera.
–?Qué está pasando? – gritó Olivia del otro lado del camarote.
Silas se levantó y trató de llegar hasta ella. Parpadeó, intentando acostumbrarse a la oscuridad. De repente, a través de la peque?a ventana circular, un relámpago iluminó brevemente el interior del camarote. Por un breve momento logró observar los perfiles de los ni?os, yaciendo en el suelo en todo tipo de posiciones, con sus miembros entreverados, y el rostro empalidecido de Olivia que se volvió hacia él con una expresión terror y desconcierto.
Otra sacudida lo sorprendió. Se escuchó un crujido como si cada madera del barco estuviera a punto de convertirse en astillas. Los más peque?os comenzaron a sollozar. Rufus y Milo intentaron tranquilizarlos pero sin ningún resultado ya que enseguida un nuevo embate de las olas contra el casco del barco volvió a sacudirlos.
Desde el otro lado de la puerta del camarote escucharon el sonido de pasos corriendo entre el agua. Una campana resonaba con fuerza aunque algo apagada debido al sonido estruendoso del viento y los truenos.
–?Todos a cubierta! – tronaba una voz en medio de aquel caos oscuro.
Silas logró liberarse de los cuerpos que lo aprisionaban e intentó llegar hasta la puerta pero esta se abrió de golpe dando paso a Tavia.
–?Nos hemos topado con una tormenta! ?El capitán se encuentra en el timón!
–?Cómo podemos ayudar? – preguntó Olivia.
–?No pueden! – exclamó Tavia con firmeza, su fiero rostro fue iluminado brevemente por un rayo –. Lo mejor que pueden hacer es quedarse aquí. ?Por nada del mundo salgan del camarote hasta que alguien que venga por ustedes!
–?Eso es muy fácil de decir! –protestó Rufus en medio del trueno–. ?Si nos quedamos aquí nos ahogaremos!
–?No podemos hacernos cargos de ustedes si una ola los arrastra por la borda! – le respondió Tavia –. ?Si quieren que el Mar Libre los trague de un bocado, allá ustedes!
Tavia salió corriendo hacia la cubierta. Tratando de mantener el equilibrio, Silas alcanzó la puerta del camarote. Por la puerta abierta se había colado más agua que caía a chorros por la escotilla. El aire frío le provocó un escalofrío y su cuerpo mojado comenzó a temblar. Iba a cerrar la puerta para evitar que entrara más agua pero entonces la voz débil de un hombre lo detuvo:
–Eh, tú, quimera.
Silas entrecerró los ojos tratando ver en las oscuridad. De repente se encontró con el brillo de dos ojos de color verde que se iluminaron como piedras mágicas en medio de la oscuridad.
Un sirenio. Y no podía ser otro que el mismo Bronto de quien todos en el barco hablaban.
Cuando Silas llegó hasta él lo encontró agarrándose de los marcos de la puerta. El sirenio le explicó entre jadeos que había intentado salir por sus propios medios pero no aún no había recuperado toda su fuerza.
–Ayúdame a subir a cubierta –ordenó Bronto.
–?Qué...?
–No hagas preguntas estúpidas.
–Apenas puedes levantarte.
–?Quieres hundirte?
–?Silas! ?Qué haces?– Olivia gritó desde la puerta del camarote tratando de avanzar entre las sacudidas de la nave.
Para entonces, Bronto ya había pasado un brazo por arriba de los hombros de Silas, pero el sirenio era demasiado pesado para que la quimera pudiera cargarlo solo. No tuvo opción que explicarle a Olivia lo que estaba ocurriendo.
–?Pero Tavia dijo...!
–?Olvida a Tavia! –exclamó el sirenio –. Yo soy el único capaz de cruzar una tormenta del Mar Libre.
–?Cómo lo harás? ?Todavía estás débil!– protestó Olivia aunque mientras lo hacía se ponía a ayudar a Silas.
–Sólo tengo necesito llegar hasta el timón. El barco me está llamando. ?No lo escuchas?
Todo lo que Silas podía escuchar eran unos intensos crujidos como si el suelo estuviera a punto de abrirse debajo de ellos.
–?Qué están haciendo? – gritaron Milos y Rufus desde el camarote.
–?Quédense allí! – gritó Olivia
–?Pero Tavia dijo...!
–?Hagan lo que les digo! – ordenó ahora ella con una furia comparable al de una loba que intenta proteger a sus crías –. ?Ustedes quedan a cargo de los más peque?os!
Ella tomó el otro brazo del sirenio y entre los tres se arrastraron hasta la escalera intentando no resbalarse. Cuando pisaron el primer escalón, una nueva sacudida los lanzó contra la pared. Bronto gru?ó de dolor, pero no se soltó. Silas, con los dientes apretados, empujó con el hombro y lo fue arrastrando mientras Olivia ayudaba a mantenerlo en equilibrio.
Ya en cubierta, el caos se desató ante sus ojos. Las olas se elevaban una tras otra, coronadas por espuma blanca en forma de crines furiosas. Cada una rugía antes de caer con un estruendo que hacía temblar los huesos y entre ellas se abrían valles abismales donde el viento aullaba con voz espectral.
Entre los relámpagos, las sombras de los piratas corrían por la cubierta resbaladiza. Algunos trepaban los aparejos para recoger las velas rasgadas, mientras otros forcejeaban con sogas que se tensaban peligrosamente con cada embestida del viento. Un par de ellos intentaban asegurar barriles que rodaban de un lado al otro. Un joven marinero, atado al mástil con una cuerda, ondeaba una linterna en se?al para coordinar maniobras.
Entre latigazos de agua y viento, empapados hasta los huesos y tiritando, los tres avanzaron aferrándose de cuerdas o cualquier objeto que encontraban en su camino. No tardaron en cruzarse con Warwick quien bramaba órdenes y hacía sonar su silbato.
–?Ustedes tres! ?Qué diablos...? – el contramaestre corrió hasta ellos pero se paró de súbito –.?Sirenio desquiciado! – aun tras decir estas palabras se dispuso a ayudarlos a escalar hacia la popa del barco donde se encontraba el capitán haciendo fuerza en el timón.
–?Bronto! – gritó Jasper.
–?Me extra?ó, capitán?
–?Podría besarte ahora mismo!
–?Con ese pico suyo me arrancaría la lengua! ?Le ruego que me devuelva mi puesto!
Bronto se plantó al lado de él y tomó el timón con sus gruesas manos.
–?Pero te sientes bien? – le preguntó Jasper.
–?Lo suficiente como para no querer morir en medio de una tormenta! ?Sería una desgracia ser el primer sirenio en la historia! – cerró los ojos por un momento y cuando los abrió sus ojos brillaron como esmeraldas y la parte visible de su piel se cubrió de escamas pero sin perder sus dos pies humanos.
Silas percibió una vibración, una onda suave que pareció comenzar en el timón extendiéndose hacia el resto de la embarcación pero antes de que tuviera tiempo de estudiar aquel poder, desde la proa vio levantarse por primera vez en su vida una monta?a.
Estaban a punto de estrellarse contra una colosal muralla negra que se erguía con una lentitud siniestra que le recordaba a la mirada calculadora de un lobo a punto de zamparse a su presa.
Miró hacia todos lados pero las olas formaban una cordillera interminable. No podían esquivarla, era imposible.
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Warwick hizo sonar el silbato y a la luz de los relámpagos que partían el cielo, Silas vio como el resto de la tripulación se preparaba para el impacto agarrándose de lo primero que tuvieran a mano.
–?Sujétense, chicos! – les gritó a Olivia y a Silas quienes, empapados y temblando, se aferraron a una baranda de la cubierta superior.
–?Vamos, vieja bestia! – el sirenio echó la cabeza hacia atrás y rugió, como si desafiara a la tormenta misma. El estruendo de su voz se confundió con el trueno y sus escamas brillaron con intensidad. Ayudado por Jasper y Warwick, sus manos giraron el timón, y el Heraldo Vagabundo obedeció como un corcel bien entrenado. Silas sintió el crujido de la madera bajo sus pies cuando la nave comenzó a inclinarse.
Bronto no intentaba esquivar la ola, iba directo hacia ella.
La proa pareció a punto de hundirse hacia los abismos pero en el momento justo se irguió como una ave que remonta el vuelo.
Ascendían.
Silas sintió el vértigo, la presión en el pecho, una fuerza que lo tiraba hacia atrás mientras la proa subía y subía por la pendiente líquida. Desde la cubierta inferior, los piratas gritaban aterrados, se aferraban como podían, algunos gritaban rezos a la Ninfa y otros maldiciones contra el sirenio.
Cuando el barco alcanzó la cima de ola, parecía que todo el mundo contuviera el aliento. Incluso el viento y los truenos se acallaron por un instante breve mientras el Heraldo Vagabundo flotaba en el vacío para luego volver a inclinarse hacia abajo y caer en picado. Silas se golpeó contra la baranda tratando de alcanzar con una mano a Olivia que no paraba de gritar a su lado.
La nave ahora descendía con la velocidad de una avalancha. Las sogas se tensaban al límite, el mástil principal oscilaba peligrosamente hacia atrás, y el casco gemía como una bestia herida.
Y cuando por fin llegaron al final de aquel acantilado, el barco, de milagro, no se abrió en dos, sino que se deslizó como una lanza cortando la espuma. Los tres hombres al timón aullaron celebrando la haza?a pero la tormenta estaba lejos de terminar. Adelante se extendía un ejército de olas oscuras y rayos que azotaban el horizonte.
–?Vuelvan al camarote ahora mismo!–les ordenó Jasper y la quimera no tuvo ningún problema en hacer lo que decía. Con las piernas temblando, se separó de la baranda y junto con Olivia comenzaron el descenso hacia la cubierta inferior.
Pero apenas habían descendido unos pasos por la escalera cuando una nueva ráfaga de viento, más violenta que las anteriores, sacudió el barco de costado.
Silas sintió cómo sus pies resbalaban. Trató de aferrarse a algo pero sus dedos patinaron por la madera mojada. Una gigantesca garra de agua lo embistió con furia y lo arrancó de cubierta. En medio del estruendo, escuchó un grito de Olivia que se fue extinguiendo a medida que caía.
El impacto contra el agua fue brutal. Un frío cortante le robó el aire de los pulmones mientras el mundo se convertía en un torbellino de espuma, oscuridad y sal. No podía distinguir el arriba del abajo. Pataleó a ciegas, sintiendo cómo la corriente lo arrastraba cada vez más lejos de la superficie.
A medida que se le escapaba el aire, el tiempo se aceleraba y sus movimientos de hacían cada vez más lentos. No quería rendirse pero su cuerpo no podía más. No era más que un insecto en medio de un vacío abismal. Una vez más el universo le recordaba lo insignificante que era.
Alcanzó a vislumbrar el tenue resplandor de los rayos silenciosos. Todo lo que podía escuchar eran los latidos de su corazón que parecían ir apagándose al igual que el mundo a su alrededor.
Una sombra cruzó delante de sus ojos semicerrados mientras su mente se iba perdiendo entre recuerdos de otra vida muy distinta, cuando todo era más tibio y seguro. Al resguardo del frío, en una cueva secreta, los peque?os que todavía no habían aprendido a transformarse se cobijaban alrededor del fuego, mientras los mayores de la manada se encargaban de repartir la comida y contar historias de reyes antiguos y épocas de libertad. Su madre y su abuela reían con sus preguntas, cada una más que curiosa que la anterior.
Sintió una presión en la espalda. Había chocado con algo pero ya no tenía fuerzas para reaccionar. Le daba igual. Todo era lejano, confuso.
El mar ya había quedado lejos, muy lejos.
–?Peque?o, ya basta de juegos! – lo llamó su abuela–. ?Es hora de volver!
De repente algo lo levantó. Se estaba elevando. ?Así sentía volver al Origen? El calor de la cueva fue reemplazado por una cachetada de viento y su cuerpo, ya libre del agua que lo aprisionaba, rodó hacia un costado y comenzó a toser expulsando el líquido que hacía un momento amenazaba con hacer explotar sus pulmones.
Sus manos tocaban ahora una superficie blanda y húmeda, resbaladiza como una roca cubierta de musco pero mucho más suave. Desconcertado, palpó con ambas manos las extra?a superficie y de repente una enorme aleta se alzó por un costado.
Una ballena. Yacía acostado sobre el lomo de una gigantesca ballena.
–Silas... – lo llamó entre la tormenta una voz profunda pero a la vez familiar. El sonido parecía venir justo debajo de él.
En ese momento una ola le pasó por encima, amenazando con volver a tirarlo al agua. Esta vez se aferró con todas sus fuerzas al cuerpo del animal pero no era fácil. Su cuerpo se sentía resbaladizo y sus brazos comenzaban a cansarse. La ballena elevó su cabeza por entre las olas, como si estuviera evitando que estas la cubrieran.
–Silas, escúchame, el oleaje es demasiado fuerte.
La ballena le estaba hablando.
Pero no podía ser a menos que...
–?Jasper?
La ballena soltó una especie de gru?ido agudo.
–Sí. Me he transformado. ?Contento? Ahora...
–Pero dijiste que no podías transformarte.
–Por más irritante y terco que seas, no puedo dejarte morir. Me encargaré luego de las consecuencias. Ahora, cállate y escucha. El barco se ha alejado y la tormenta todavía aún no termina.
Mientras decía esto, Jasper debió zambullirse para evitar que una ola gigantesca la revolcara. Silas se abrazó a la ballena para evitar que la corriente lo empujara. Finalmente, volvieron a salir a la superficie. Silas inhaló con fuerza el aire, preparándose para otra zambullida.
–Debemos refugiarnos –le dijo Jasper–. Hace mucho que no tomo esta forma, no tienes ni idea la cantidad de energía que se necesita.
–?Refugiarnos dónde?
–En las profundidades. Aquí arriba la corriente es muy fuerte.
Lo que decía no tenía ningún sentido para Silas.
–Pero yo...
–Tus pulmones no aguantarán tanto tiempo. Silas, ?debes transformarte!
–?No puedo!– Silas se avergonzó de lo rápido que había respondido pero era la verdad. Simplemente no podía y mucho menos en plena tormenta perdido en medio del mar.
–?No digas tonterías! – le espetó la ballena –. ?Eres una quimera! ?Claro que puedes!
–?Soy un sin nombre!
–?Eso no es verdad! Tu nombre es Silas.
–?No lo entiendes! Las quimeras...
–?Sé a qué te refieres! –la ballena sonaba ofendida.
–?Pues ahora lo sabes! ?Mi nombre es falso! ?Fue Olivia quien me lo dio!
– Pues, a mi parecer, esa costumbre de las quimeras es una tremenda estupidez, aunque con eso esté ofendiendo a mis ancestros. Dices que Olivia te lo dio... pero... ?no es así como todos obtenemos el nuestro? ?Por qué alguien nos quiso nombrar, por amor, por cari?o, por reconocer nuestra existencia? Olivia te dio ese nombre porque, con poder o sin poder, para ella ya eras suficiente.
La ballena debió evitar otra ola y Silas estuvo a punto de caerse de nuevo.
–?Y qué importa cómo lo obtuviste? – continuó Jasper –. ?Es tuyo porque lo aceptaste, porque lo llevas contigo!
Silas apretó los dientes. El agua salada le quemaba los ojos y la garganta.
–?Y si eso no es suficiente! ?Entonces yo, Jasper “El águila” Gloom, capitán del Heraldo Vagabundo y miembro de la manada de la Bahía del Kraken, te reconozco, Silas!
–?Como si eso me importara!
La ballena emitió otro gru?ido.
–?Has dominado el fuego dentro de ti! ?Has dado forma a tu verdad! El cielo canta tu nombre, la tierra lo guarda en sus raíces y el viento lo siembra entre las estrellas.
Pese a estar helado hasta los huesos, la rabia que se encendió en Silas podría haberlo quemado vivo.
–?No repitas esas palabras! ?No tienes derecho!
–Mi bisabuela me las ense?ó. Pensé que...
–?Esas palabras no significan nada si no puedo dominar mi poder!
–?Pues ahora esta es tu oportunidad, idiota!
La ballena giró en medio de las olas y Silas se vio sacudido hasta que ya no tuvo más fuerza para agarrarse. Estaba a punto de volver a hundirse.
–Sé que te estoy exigiendo mucho en este momento pero lo hago para que sobrevivas. Y también debes saber que, pase lo que pase, no te dejaré morir aquí.
A pesar de la furia del mar, algo en las palabras de Jasper resonó dentro de él.
–El mar es lo que es. No es ningún enemigo, no tiene voluntad para destruirte– la voz de la ballena se apaciguó–. Es fuerza, ritmo, caos, vida... Luchar contra él no sirve de nada. Lo que tienes que hacer es aprender su lenguaje. Ahora, sígueme y escucha.
Antes de que una ola los engullera, Jasper se zambulló con rapidez, arrastrándolo a las profundidades. A medida que descendían, el rugir de la tormenta quedó atrás, como si se cerrara una puerta que los separara del mundo de arriba. El estrépito de los truenos se volvió un eco lejano y vibrante, ahogado por la inmensidad acuática que los envolvía. Silas, aún aferrado al cuerpo de la ballena, sintió cómo la presión aumentaba, cómo la luz desaparecía poco a poco y cómo, en su lugar, nacía un silencio abrumador. Al principio, cerró los ojos y aguantó la respiración, aferrándose aún más.
De repente, la ballena comenzó a cantar. Era un canto profundo y ondulante, una combinación de notas largas que se propagaban como ecos en un extensa caverna y otras breves y burbujeantes.
La ballena giraba con elegancia en la penumbra líquida, bajando hacia una corriente que fluía con menos violencia. Giraba en espiral, con lentitud, dejando que la corriente lo rodeara, como si bailara con ella.
Todavía aferrado a su lomo. Silas se dejó llevar por el canto de la ballena y los suaves movimientos. En cualquier momento dejaría de respirar pero por alguna razón eso ya no le preocupaba. Dejándose llevar por la presión del agua se soltó de Jasper y su cuerpo quedó suspendido en el vacío.
Entonces lo sintió. Primero fue la espalda: una sensación de estiramiento, como si su columna se alargara y su piel se volviera flexible y espesa. Luego sus brazos, que se disolvieron en aletas largas y fuertes, mientras sus piernas se fundían en una poderosa cola. El pecho se abrió para albergar nuevos pulmones, más grandes, más lentos, capaces de contener el viento de una sola inhalación.
Se posicionó al lado de Jasper cuyo cuerpo era mucho más largo.
–Bien hecho– le dijo con una nota de genuino orgullo que provocó que Silas se sintiera ahora incómodo. Nadaba ahora a más velocidad, en línea con las corrientes profundas que vibraban como arterias del océano.
–?Cómo encontraremos el barco? – Silas no podía imaginar encontrar cualquier cosa en medio de aquella inmensidad.
–Todo a su tiempo. Antes debemos alimentarnos, de lo contrario no aguantaremos mucho en esta forma. Podríamos adoptar una forma más peque?a pero creo que es muy pronto para ti.
Nadaban por un corredor de aguas oscuras y densas, salpicadas de diminutos destellos: cardúmenes de peces translúcidos que parpadeaban al rozar su paso, esponjas que latían muy despacio, medusas flotando como faroles de otro mundo.
–?Qué comemos? –preguntó Silas.
–Krill –respondió Jasper–. Millones de peque?as vidas, un banquete suspendido en la oscuridad. Durante la noche se encuentran cerca de la superficie pero la tormenta puede hacer que se refugien en la profundidad. Observa.
Un instante después, Jasper ascendió con un impulso elegante y giró en espiral, abriendo sus fauces. Una nube plateada lo rodeó: el banco de krill se agitó como un polvo brillante. Silas lo observó maravillado mientras el cuerpo gigantesco se desplazaba en círculos lentos.
–Ahora tú. Abre la boca y deja que el generoso mar te alimente.
Así pasaron la noche, flotando y alimentándose, sin prisa y sin rumbo, mientras arriba el temporal seguía rugiendo. Cada tanto debían ascender para respirar y no fue hasta después del amanecer, cuando el sol parecía flotar sobre el agua, que las nubes oscuras comenzaron a dispersarse.
Silas miró en todas direcciones. No había se?ales del barco.
–?Cómo los encontraremos?
–Ser una ballena tiene sus ventajas – Jasper retomó su canto y los sonidos se dispersaron a través del agua.
–?Qué estás haciendo?
–?Alguna vez has viajado en carreta y pediste direcciones? –Jasper no esperó a que le respondiera –. Esto es lo mismo. Me estoy comunicando con otras ballenas que pueden haber visto al barco. Tú puedes ayudarme.
Silas se mantuvo atento escuchando cada sonido que emitía Jasper. Una vez que lo hubo dilucidado, se unió a él. Sintió las vibraciones que viajaban por las corrientes, rebotaban en las paredes invisibles del abismo, acariciaban bancos de peces y encendían la bioluminiscencia de criaturas dormidas.
–Ahí están–dijo de repente Jasper. Silas pensó que se refería al barco pero en realidad lo primero que percibió fueron una serie de cantos armónicos y profundos, que respondían al de Jasper. De la penumbra del océano emergieron cuatro siluetas colosales. Ballenas majestuosas y tranquilas, nadaban en formación, con una presencia lenta y poderosa. Al igual que ellos, cada una tenía cicatrices, manchas blancas en las aletas y ojos oscuros e inmensos.
Al verlos acercarse, las ballenas comenzaron a emitir una serie de sonidos juguetones: chirridos agudos y gemidos suaves, como si rieran bajo el agua. Una de ellas nadó en círculos alrededor de Silas, expulsando una espiral de burbujas que lo envolvió. Otra le dio un golpecito suave en el lomo con su aleta. Pese a su tama?o y su apariencia ancestral, aquellos gestos juguetones le recordaron a un grupo de ni?os traviesos.
Jasper y Silas las siguieron de nuevo hasta la superficie y el mundo a su alrededor estalló en una lluvia de espuma y luz. Una de las ballenas se elevó en un salto colosal, girando sobre sí misma antes de caer con un estruendo que pareció sacudir el océano. Otra la imitó, y luego otra. Siguió Jasper y luego Silas, dejando que su cuerpo se impulsara hacia arriba con toda su fuerza. No sabía exactamente lo que estaba haciendo pero un júbilo inexplicable florecía dentro de él mientras dejaba caer todo su peso sobre el agua.
Las ballenas cantaron de nuevo y con suaves empujones de sus cabezas y movimientos circulares de sus colas, los invitaron a unirse a su grupo.
Avanzaban en una formación casi ceremonial, con las ballenas a cada lado, escoltándolo y marcando el ritmo con ondulaciones suaves y constantes. Cada tanto, alguna se deslizaba por debajo de Silas y lo impulsaba suavemente hacia adelante, otras giraban cerca, se rozaban y saltaban, sin ninguna intención de abandonar sus juegos.
El sol continuaba su ascenso hacia el centro del cielo y su brillo tembloroso se extendía sobre la superficie ahora más serena. Para entonces, Silas comenzaba a temer que el barco no hubiera resistido la tormenta. Le vino a la mente la imagen aterrada del rostro de Olivia agarrándose de la baranda para no ser tragada por las olas y su corazón se contrajo. Sacudió su cola con furia salpicando a la demás ballenas mientras intentaba borrar ese pensamiento de su mente. Una de ellas pareció entender que algo no andaba bien y lo rozó con suavidad en un intento de calmarlo.
– ?Allá, sobre el horizonte! – exclamó de repente Jasper entre gemidos alegre que fueron replicados por las ballenas–. Nunca antes había visto algo más hermoso.
Silas alzó su cabeza. Entre los destellos del oleaje, vio aparecer la silueta oscura del Heraldo Vagabundo, balanceándose con calma en la vasta inmensidad del mar.

