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LA PRUEBA DE CRISTAL

  Del otro lado de la sala estaba Hammya. Su calma contrastaba de manera casi irritante con el ambiente cargado de tensión que se respiraba allí dentro. Mientras todos parecían presos de la inquietud, ella permanecía serena, como si nada pudiera perturbarla.

  Héctor no dejaba de caminar de un lado a otro, pasándose la mano por el cabello con evidente ansiedad. Declan, en cambio, jugaba con el mango de su espada, girándolo lentamente entre los dedos; su postura era rígida, alerta, preparado para desenvainar ante el menor movimiento sospechoso. La presencia del esqueleto Mikos en la habitación no le resultaba en absoluto tranquilizadora.

  Clementina, por su parte, no apartaba la vista de la puerta. Sus manos se entrelazaban una y otra vez, delatando una preocupación constante. Candado seguía del otro lado, y eso bastaba para inquietarla.

  —?Por qué tardan tanto? —preguntó Héctor, deteniéndose por fin.

  —Tranqui, van a estar bien —respondió Hammya con un tono despreocupado.

  —Estaría más tranquilo si pudiera verlos.

  —Ya los viste. Confórmate con eso.

  Héctor le lanzó una mirada cargada de fastidio. En otras circunstancias jamás se habría permitido algo así, pero allí su enojo hacia ella era demasiado evidente como para ocultarlo.

  Sin embargo, cualquier reproche que estuviera a punto de manifestar quedó en el aire cuando Mikos se movió. El esqueleto avanzó con pasos secos y abrió la puerta.

  Detrás de él estaban Candado y Sara.

  —Volvimos —anunció Candado.

  Héctor y Clementina se abalanzaron sobre él para abrazarlo. Incluso Declan dio un paso al frente, como si fuera a hacer lo mismo, pero se detuvo a último momento; aclaró la garganta y se limitó a saludarlo con un leve gesto de cabeza.

  Sara saludó al resto con timidez. Clementina fue la única que la abrazó; Héctor apenas apoyó una mano sobre su hombro, sin demasiada cercanía, y Declan simplemente asintió, manteniendo la distancia.

  —Hola, se?or —dijo él.

  Hammya sonrió. No parecía sorprendida en absoluto. Se puso de pie con calma y fijó su mirada en Candado.

  —Veo que conseguiste un acuerdo.

  Candado guardó silencio unos segundos, sosteniéndole la mirada. Ella seguía sonriendo, tranquila, como si ya supiera la respuesta. Finalmente, suspiró y desvió los ojos hacia el resto del grupo.

  —Sí. Llegamos a un acuerdo.

  —Conozco esa cara —comentó Héctor, esbozando una sonrisa ladeada.

  Candado lo miró.

  —Creo que los puse a todos en peligro.

  Hammya avanzó un paso y apoyó una mano en el hombro de Héctor y luego en el de Clementina, sin dejar de mirar a Candado a los ojos.

  —No lo hiciste —dijo—. Porque ellos están acá. Mientras sigan acá, no lo hiciste.

  Las palabras encajaron en la mente de Candado como piezas sueltas de un rompecabezas. Aun así, solo asintió.

  —Sí… eso veo.

  Hammya sonrió de manera pícara.

  —Por supuesto.

  —?Qué hiciste exactamente? —preguntó Declan.

  —Un todo o nada —respondió Candado—. Si superamos una prueba, Sara consigue lo que quiere. Si fallamos… nos vamos con las manos vacías.

  Esas palabras hicieron que Sara desviara la mirada. La vergüenza y la culpa le pesaban demasiado: otros iban a enfrentarse a una prueba incierta por ella, una prueba que podía ser difícil incluso para los más fuertes.

  —Entiendo —dijo Héctor tras un breve silencio.

  Candado respiró hondo.

  —Solo quiero saber una cosa… ?Me van a acompa?ar?

  —Jamás lo abandonaría, se?or. Con usted hasta el final —respondió Declan sin dudar.

  —Mi función es cuidar y proteger. Ahí estaré, joven patrón —dijo Clementina con firmeza.

  —Sos mi amigo —agregó Héctor—. Jamás te dejaría atrás. Voy con vos.

  Hammya sonrió.

  —Claro que estaré ahí.

  En la mente de Candado se formó una imagen clara: cómo sería su Hammya si estuviera en esa situación. La imaginó temblorosa, fingiendo valentía, cargada de miedos, aterrada por lo desconocido. Pero la mujer que tenía delante no era esa. Era alguien que parecía saber exactamente lo que hacía… y que incluso disfrutaba jugar con los demás.

  —Gracias —dijo al fin.

  —En verdad… muchas gracias —interrumpió Sara.

  Candado no respondió. No hizo falta.

  Mikos observó la escena en silencio, especialmente a Hammya. Ella le devolvió la mirada con una sonrisa leve, indescifrable.

  Tiempo después, el grupo fue conducido a una sala amplia, parecida a una oficina. Solo Nyrvana y Mikos estaban presentes.

  —Bien, bien, bien —dijo Nyrvana—. Ahora veremos si todo esto no son solo palabras vacías. Recuerden: si uno falla, fallan todos. Esperemos que puedan lograrlo. Buena suerte.

  —Todo saldrá bien —afirmó Hammya, casi desafiándola.

  Nyrvana la miró con atención. Había algo en ella que no terminaba de comprender, algo distinto. Pero decidió no indagar.

  —Muy bien. Mikos les dirá qué hacer. Yo me encargaré del resto.

  Mikos dio un paso al frente.

  —Primero, quítense los calzados.

  Todos obedecieron. Candado ayudó a Sara con cuidado.

  —Ahora, recuéstense uno al lado del otro, formando un círculo.

  Candado cargó a Sara en brazos para acomodarla. Al hacerlo, notó que temblaba. Aquello lo sorprendió. Desde que la conocía, siempre había sido risue?a, elegante, pícara y aparentemente imperturbable. Pero la joven que sostenía ahora parecía una ni?a asustada.

  —Tengo miedo —susurró Sara—. ?Y si fallo? Mucha gente depende de mí.

  Candado la dejó en el suelo con suavidad y tomó su mano, mirándola de frente.

  —Sara, estás a mi lado. Y conmigo, las posibilidades de fallar son bajas. Pero si fallás… si fracasás… te prometo que voy a encontrar otro camino para cumplir tu sue?o.

  Sara respiró hondo. Poco a poco, el temblor se disipó.

  —Tenés razón —dijo, esbozando una sonrisa—. No puedo seguir temiendo. Tengo que pensar como una ganadora.

  —Así es —respondió Candado con una leve sonrisa, rara en su rostro serio.

  Mikos aclaró la garganta.

  —Ahora, recuéstense todos.

  Formaron el círculo, dejando un espacio entre las cabezas. Nyrvana apareció con el cristal, sosteniéndolo con extremo cuidado, y lo colocó en el centro.

  —Tómense de las manos.

  Candado tomó la de Sara. A su otro lado estaba Hammya, esperando. Dudó. Sentía rechazo, incomodidad… pero finalmente cedió.

  —Esto no cambia nada —murmuró.

  —Lo sé —respondió ella con una sonrisa apagada.

  —Cierren los ojos —ordenó Nyrvana.

  Y entonces, todo cambió.

  Candado despertó en un lugar extra?o, envuelto en oscuridad salpicada de luces como estrellas. Estaba solo.

  Clementina apareció en una habitación vacía, rodeada de ceros y unos flotando en el aire, junto a palabras y objetos imposibles.

  Héctor se encontró en una sala completamente blanca, sin nada más que su propia presencia.

  Hammya despertó en un mundo desconocido… parecía otro planeta, uno que jamás conoció y, al mismo tiempo, profundamente familiar. Sonrió al estar ahí.

  Declan abrió los ojos en una casa con un jardín hermoso, campos que conocía bien. Vestía ropa irlandesa.

  Y Sara despertó en un lugar frío y hostil, entre tiendas de campa?a. Estaba de pie. Sin silla de ruedas.

  Afuera, todos dormían.

  Nyrvana se recostó en su sillón.

  —Mikos, tráeme algo de comer. Esto llevará tiempo.

  —A la orden.

  Mikos salió de la sala. Nyrvana los observó con una sonrisa expectante.

  —Veamos… cómo salen de sus pruebas.

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