El grupo estaba sorprendido. Incluso Candado, que rara vez dejaba traslucir algo así, sentía una leve conmoción. Hammya, por su parte, no se molestó en ocultarlo: la sorpresa volvió a dibujarse en su rostro al contemplar aquel lugar imposible.
Candado alzó la vista y se quedó inmóvil por un segundo. En el cielo brillaban dos lunas inmensas, suspendidas como ojos antiguos observando el mundo. Fue entonces cuando lo comprendió con total claridad: no estaban en su mundo.
Sacudió la cabeza y regresó a sí mismo.
—Concéntrense —ordenó.
La firmeza de su voz bastó para que todos enderezaran la postura.
Candado comenzó a empujar la silla de ruedas siguiendo a Mikos, quien avanzaba con las manos cruzadas a la espalda y con elegancia. Declan no dejaba de mirar a ambos lados, atento a una emboscada que solo existía en su mente. Clementina escaneaba todo cuanto podía: arquitectura, energía, seres vivos… incluso grababa y tomaba fotografías sin descanso. Héctor, en cambio, estaba fascinado; caminaba con los ojos brillantes, consciente de que estaba pisando otro mundo, otro universo, habitado por criaturas que jamás había imaginado.
A medida que se acercaban a la casa, Candado notó algo distinto.
Sara estaba inquieta.
—No temas —dijo él en voz baja—. Estoy aquí.
Sara sonrió, pero la inquietud no desapareció de su expresión.
—No es eso…
—Entonces, ?Qué ocurre?
Iba a responder cuando Mikos se detuvo de golpe.
—Hemos llegado.
Las grandes puertas del cercado se abrieron con un crujido profundo. Afuera los esperaban dos criaturas extra?as. Una de ellas parecía un pulpo de tonos rojizos y violáceos, con cuerpo humanoide y tentáculos que se movían con suavidad. La otra era aún más inquietante: semejante a un humano, pero con ojos de botón cosidos donde deberían estar los reales.
—?Mikos! Qué agradable sorpresa —exclamó el pulpo—. Veo que conseguiste lo que fuiste a buscar.
—Ja, ja, ja —respondió Mikos con un sarcasmo tan seco como evidente.
Ambos saludaron al grupo. El pulpo fue cordial y expresivo; el otro apenas los miró antes de ignorarlos por completo y volver a su trabajo.
Las puertas de la casa se abrieron.
Entraron a lo que parecía ser un comedor. El interior era elegante y pintoresco; los muebles tenían estructuras únicas, talladas con formas que ninguno de ellos había visto jamás. El suelo, cubierto de azulejos pulidos, reflejaba la luz de lámparas desconocidas. Clementina no perdió un segundo y comenzó a analizarlo todo.
Mikos los condujo hasta el gran salón de entrada. Desde allí se elevaban unas inmensas escaleras, majestuosas, flanqueadas por dos balcones: uno al frente y otro a sus espaldas.
Candado sintió miradas sobre ellos.
Dos figuras observaban desde lo alto. Una mujer de piel verdosa, cabello formado por hojas y ojos rosados los estudiaba en silencio. A su lado, otra mujer, más alta, con ocho serpientes de tonos azulados y amarillentos en la cabeza, semejante a una gorgona. Sus ojos ámbar brillaban con intensidad… y estaban fijos en Sara.
—Esperen aquí —dijo Mikos.
Subió las escaleras y desapareció de la vista. Tras unos segundos, regresó y habló desde el balcón.
—Pueden subir.
—Ella no puede —replicó Candado—. Está en silla de ruedas.
—La se?orita ha dicho que suban —respondió Mikos sin titubear—. Háganlo. Ya que ella tiene tiempo para ustedes.
Candado estaba a punto de protestar, pero Sara lo detuvo con un gesto firme.
—Está bien. Subiremos.
Le sonrió, tranquila, como si quisiera calmarlo a él.
Candado suspiró y miró a Clementina.
—Por favor.
—De inmediato —respondió ella.
Candado se inclinó y Sara se aferró a él mientras la levantaba con cuidado. Clementina dobló la silla para facilitar el ascenso.
—Declan —dijo Candado en voz baja—. Si hacen algo… usa tu espada.
Las palabras alertaron a las dos mujeres que observaban desde lo alto… y también a Mikos. Declan apoyó la mano sobre la empu?adura de su espada mientras subían.
—Espero no ser pesada —bromeó Sara.
—No lo eres —respondió Candado—. Pesas como un banco de trabajo.
—Tomaré eso como un cumplido.
Candado no respondió. Su atención estaba fija en cada detalle, en cada posible amenaza.
Al llegar arriba, Clementina armó la silla y Candado sentó a Sara con cuidado.
—Por aquí, por favor —dijo Mikos, retomando la marcha.
Abrió una puerta ovalada con elegancia. Dentro había otro salón, amplio, con un gran ventanal que daba al jardín. Candado supo de inmediato que ella los había visto llegar desde allí.
En el centro del salón estaba sentada una dama imponente. Vestía un vestido rojo y celeste; era alta, incluso sentada, y sostenía una taza de té más grande que cualquier otra que Candado hubiera visto. Rostro fino, orejas puntiagudas. De su cabeza surgían dos astas, similares a las de un venado. Su cabello rojo, como rubí, caía en cascada, y sus ojos azules brillaban con una luz constante, casi mágica. Sonreía con dulzura… y con autoridad.
—Me alegra verlos —dijo, dejando la taza—. En especial a usted, Vanaccia.
Sara cerró los ojos un instante antes de volver a abrirlos. Clementina detectó un aumento brusco en sus latidos. Miedo. Mucho miedo. Pero antes de poder analizar más, el ritmo cardíaco de Sara volvió a estabilizarse.
—Hola, se?orita Nyrvana Escarlata.
—Veo que recuerdas mi nombre. Eso es una novedad.
Luego miró a Mikos.
—Guía al resto de los invitados al cuarto de huéspedes. Que permanezcan allí hasta nuevo aviso.
—Oiga, no nos iremos sin Sara —protestó Héctor.
—Así es —a?adió Declan, dando un paso al frente—. Nos quedamos.
Entonces, del techo descendió una figura vestida de blanco. Alas níveas, cabello largo y del mismo color, una lanza en las manos. Su rostro era inexpresivo, pero sus ojos, grandes y abiertos, recordaban a los de un búho. Un ángel.
—Creo que hubo un malentendido —dijo Nyrvana con calma—. No les estoy preguntando.
—Declan, retrocede —ordenó Candado.
—Sí, haz caso a tu amigo, caballerito —a?adió ella.
Declan dudó, pero obedeció. Apenas retrocedió unos centímetros, el ángel hizo desaparecer su lanza y volvió a elevarse hasta el techo.
—Buen trabajo, Umi —dijo Nyrvana sin apartar la mirada.
Mikos suspiró y escoltó al resto del grupo fuera del salón. Todos… salvo Candado, que permaneció junto a Sara.
—Creí haber dicho “todos” —comentó Nyrvana, dando otro sorbo a su té.
—No me iré a ningún lado —respondió Candado—. No mientras mantenga ese tono pasivo-agresivo con nosotros.
Desde el techo, la lanza de Umi volvió a materializarse. Pero Nyrvana alzó la mano con una sonrisa suave, deteniéndola.
—Me impresionas, Vanaccia —dijo—. Lo lejos que está dispuesto a llegar este peque?o por ti. Me pregunto si siquiera sabe con quién está tratando.
—Se lo conté.
Por un instante, la respuesta de Sara logró sorprenderla. Apenas un instante. Luego, Nyrvana recuperó su sonrisa confiada, esa que parecía saber siempre algo más que los demás.
—Eso sí que es novedoso —dijo con una leve inclinación de cabeza—. ?De verdad le contaste que eras una sanguinaria asesina? ?Que lideraste una masacre tan grande que terminó registrada en los libros de historia de múltiples naciones?
Candado giró lentamente la cabeza hacia Sara, incapaz de ocultar su desconcierto. Nyrvana notó el gesto… y su sonrisa se ensanchó.
—Ya veo —continuó—. No le dijiste toda la verdad.
Sus ojos se clavaron entonces en Candado.
—Tal como lo oyes, amiguito. Tu amiga fue partícipe de uno de los momentos más oscuros de la historia de este mundo. Miembro de una organización criminal llamada los Autivas, responsables de conquistar gran parte de las islas Matác, hogar natal de su especie, los kevintaz. Un territorio completamente asediado, tomado sin piedad. Y, por supuesto, su acto más atroz y vil, aquel que hizo que toda Eurania aprendiera su nombre…
Hizo una pausa calculada.
—La masacre de Kelez.
El aire pareció volverse más pesado.
—La noche en que los Autivas, liderados por Vanaccia la Asesina y su "padre" Hemito, invadieron una ciudad élfica y exterminaron a todos los civiles. Aprovecharon que no había tropas. Un detalle no menor. —Sus ojos brillaron—. Ese lugar… fue donde yo nací.
Candado permanecía inmóvil, visiblemente impactado. Sara no levantó la mirada; sus manos se aferraban con fuerza a los apoyos de la silla de ruedas, los nudillos blancos por la tensión, su piel azulada se notaba su palidez. Nyrvana, en cambio, parecía disfrutar cada segundo del escenario que había creado.
—Te lo dije —susurró Sara al fin—. Hice cosas atroces. Nunca te mentí.
Candado cerró los ojos y se llevó una mano a la corbata, intentando ordenar su corazón y sus pensamientos.
—Qué aburrido —comentó Nyrvana con desdén—. Yo la habría golpeado y tirado de la silla de ruedas.
—Cállate —dijo Candado.
—Vaya, vaya… qué modales, ni?o.
Candado abrió los ojos y la miró con firmeza.
—Ya dijiste lo que querías. ?Ahora me escucharás a mí? —dijo Sara.
Nyrvana se puso de pie y caminó hasta colocarse detrás de Sara. De pie, su figura resultaba aún más intimidante, proyectando una sombra larga sobre ella.
—?Me lo puedes recordar? —preguntó con falsa inocencia.
—Necesito piedras kéltalo —respondió Candado—. La península de Guo, es decir, tu nación, las posee. Las necesito para ayudar a los míos. El trato era claro: tú me ayudarías si yo te entregaba la piedra.
—Ah, sí… —dijo Nyrvana, mostrando el objeto—. La Mente de Cristal.
—Entonces… ?Lo harás?
—Déjame pensarlo —respondió, fingiendo meditar.
Alzó su taza de té, llevándola lentamente hasta quedar justo sobre la cabeza de Sara.
—Creo que no.
Volcó la taza.
Pero antes de que el líquido pudiera tocarla, Candado actuó. Tomó otra taza de la mesa y la colocó con precisión exacta bajo el chorro, atrapando todo el té. El silencio que siguió fue absoluto.
Sara lo miró, sorprendida. No había imaginado que Nyrvana sería capaz de algo así… ni que Candado reaccionaría de ese modo.
—Vaya —dijo Nyrvana—. Mi mano resbaló.
Con calma absoluta, Candado tomó el té y dejó la taza sobre la mesa.
—De todos los tés que he probado —dijo—, este es, sin duda, el peor.
Avanzó hasta quedar frente a ella y la miró directamente a los ojos.
—Puedo entender su odio, su rencor y su enemistad. Pero parece que se le olvida algo: ella es mi amiga. Y yo no permito que mis amigos sean lastimados, y mucho menos humillados, frente a mí.
Nyrvana soltó una risa burlona y se inclinó hasta quedar a su altura.
—Qué enternecedor. Un ni?o amigo de genocidas atroces. Debe ser el paraíso tu mundo, humano.
—Te equivocas —respondió Candado sin titubear—. Mi mundo, en su mayoría, es una mierda. O naces con poder o naces sin él. Bendito sea el capitalismo.
—Me encantaría responderte algo, cari?o —dijo ella—, pero no entiendo lo que dices.
—No importa. En mi mundo tampoco suelen entenderme —replicó Candado—. No los culpo. Los envidio.
Dio un paso al frente, interponiéndose entre Sara y Nyrvana.
—Puede que ella sea todo lo que dices. Una criminal con las manos manchadas de sangre. Algo que, seguramente, la acompa?ará siempre. Puede que haya cometido los actos más atroces que mencionas. Pero yo no conozco a ninguna Vanaccia.
Su voz se volvió más firme.
—Yo solo conozco a Sara De Holly Truth. La Sara que conozco no da?ó ni mató a nadie en mi mundo. Puede sonar frío y desalmado, pero no me interesa lo que hizo aquí. Yo no nací, ni crecí, ni comí, ni conviví con esta cultura.
La miró sin pesta?ear.
—No defiendo ni avalo sus acciones pasadas. Pero tampoco manchan ni borran mi relación con ella. Así que seré claro con usted…
Hizo una pausa.
—No vuelva a hacer algo así en mi presencia.
El silencio que siguió no fue inmediato. Fue denso. Pesado. Como si incluso el aire necesitara unos segundos para decidir de qué lado caer.
Nyrvana lo observó sin parpadear. Sus ojos azules, antes brillantes y casi juguetones, se afilaron apenas. No había ira abierta en ellos, sino algo más peligroso: curiosidad.
—Qué interesante… —murmuró al fin—. No ruegas. No suplicas. No justificas. Solo exiges.
Dio un paso alrededor de Candado, despacio, evaluándolo como se evalúa a una pieza extra?a sobre un tablero.
—?Sabes lo que acabas de hacer, ni?o? —preguntó—. Has venido a mi casa, a la tierra que se levantó sobre cadáveres que yo lloré, soldados valerosos que vi crecer, que nunca más volvieron a los brazos de su familia. Y me has pedido que sea… considerada.
—No —corrigió Candado, sin girarse—. Le pedo respeto. Hay una diferencia.
Nyrvana soltó una risa breve, seca.
—Respeto… —repitió—. Una palabra curiosa viniendo de alguien que protege a una asesina... peor, una genocida.
Sara alzó por fin la mirada. Y volteó su silla de ruedas para mirarla a los ojos.
—No lo protege de mí —dijo con voz baja, pero firme—. Me protege de usted.
Nyrvana se detuvo.
Lentamente, giró el rostro hacia ella.
—?Ah, sí?
—Sí —continuó Sara—. Porque si usted sigue, si cruza ese límite… no va a estar castigándome. Va a estar usando mi culpa como excusa para su crueldad. Y eso no es justicia... Es venganza
—?Quién dijo que yo quiero justicia? —dijo Nyrvana, apoyándose en ambos apoyabrazos de la silla de ruedas mientras acercaba su rostro de forma intimidante.
Candado se veía que estaba listo para actuar, pero no lo hizo al ver que Sara no se acobardó.
—Porque conociéndola, sé que usted no solo habla de justicia, vive con lo que predica—dijo Sara sin dejarse amedrentar.
Por primera vez, la sonrisa de Nyrvana desapareció del todo. Y se alejó de la silla de ruedas de Sara.
—Cuidado —advirtió—. No te atrevas a hablarme de justicia.
—No lo hago —respondió Sara—. Hablo de usted.
El ángel del techo descendió unos centímetros, casi imperceptible. Candado lo notó. Nyrvana también.
—Umi —dijo sin mirarla—. Basta.
La figura volvió a quedarse inmóvil.
Nyrvana regresó a su asiento con elegancia medida y tomó nuevamente la taza vacía. La observó unos segundos, como si recordara algo amargo en su fondo invisible.
—Vanaccia… —dijo al fin—. No existe castigo suficiente para lo que hiciste. Ninguna condena. Ningún exilio. Ningún arrepentimiento.
Apoyó la taza.
—Pero tampoco existe nada que yo haga aquí que devuelva a los muertos.
El silencio volvió a caer, distinto esta vez. Más frío. Más honesto.
Nyrvana levantó la mirada hacia Candado.
—No te ayudaré por compasión —dijo—. Ni por simpatía. Y desde luego, no por perdón. Eso jamás.
Nyrvana se inclinó hacia adelante, apoyando los codos con parsimonia, como si ya conociera la respuesta.
—Te ayudaré —dijo al fin—, con una sola condición.
Alzó la mano y mostró el cristal. La Mente de Cristal. La superficie transparente parecía latir con una luz interna, viva, inquietante.
—Solo si superas esta prueba.
Luego giró la cabeza y clavó la mirada en Candado.
—Y ya que hablas tanto, ni?ito, tú también la harás. Vamos a ver si eres hábil únicamente con las palabras… porque, siendo sincera, en estos momentos estoy más tentada a arrancarte la cabeza que a ayudarte, Vanaccia. En cuanto a usted, se?or Barret… —sonrió sin humor— estoy tentada a echarlo de mi casa.
Sara se sorprendió a tal pedido.
Sin embargo, Nyrvana se irguió un poco más.
—Pero reconozco dos cosas: valentía y osadía. Ambas me las han mostrado los dos. Si voy a enviar piedras de alto valor a otro mundo, sin saber qué peligros me aguardan, necesito estar segura de que cumplen con mis criterios. En especial tú…
Entrecerró los ojos, evaluándolo.
—Disculpa… ?Cómo dijiste que te llamabas?
—Candado Barret —respondió él sin dudar.
—Bien, se?or Barret. ?Estarías dispuesto a…?
—Acepto.
Sara se sobresaltó.
—?Candado! —lo interrumpió—. La Mente de Cristal es un objeto muy poderoso… y muy cruel. Te obliga a enfrentar tus temores. Muestra lo más oscuro que guardamos en nuestra mente. ?Estás seguro? Que seas duro no significa que no sientas nada.
Candado la miró con seriedad, sin rastro de burla.
—Créeme —dijo en voz baja—. Si supieras lo que he hecho para llegar hasta aquí, no te preocuparías.
—Tal vez… —respondió Sara—. Pero tus amigos…
Candado guardó silencio. Pensó en Clementina, en Héctor, en Declan. En todo lo que ya habían visto… y en lo que aún no.
Entonces algo encajó.
—Por eso esa ni?a los eligió… —susurró.
—?Dijiste algo? —preguntó Nyrvana.
—No. Nada.
Aclaró la garganta y alzó la vista.
—Haremos la prueba.
Nyrvana sonrió, satisfecha.
—Bien —dijo—. Veamos qué sucede con ustedes. Recuerden, si fracasan. Se irán de aquí y no volverán jamás.

