Hammya había abrazado a Hachipusaq antes de que ambas entraran a la casa. El aire olía a yerbas secas y madera vieja; era un hogar peque?o, pero acogedor, y siempre tenía ese silencio tibio que a Hammya le gustaba, o por lo menos, se sentía nostalgica.
—Me alegra verte —dijo Hachipusaq con una sonrisa en su voz tras esa máscara.
—Yo también —respondió Hammya—, pero no tengo tiempo para quedarme. ?Conseguiste lo que te pedí?
Hachipusaq rebuscó en su bolso hasta sacar una carta sellada.
—Así es. Me reuní con Chronos, tal como querías.
Los dedos de Hammya temblaron apenas.
—?La abriste?
—No. —Hachipusaq negó con la cabeza, casi ofendida por la idea—. No me interesa. Por como hablaste, parece importante para vos, así que solo me limité a ser la mensajera.
—Gracias… —Hammya tomó la carta con una delicadeza casi reverencial—. No sabés lo mucho que significa esto para mí. Lo que tengo entre mis manos… es más grande de lo que pensaba.
Observó el sobre. El sello estaba intacto, perfecto. Se tentó a romperlo, pero no lo hizo. Aún no. Respiró hondo y lo guardó.
—Seguro que sí —continuó Hachipusaq, retomando el tema anterior—. Ahora, sobre el próximo movimiento…
Un estallido cortó la frase. No uno: varios. Disparos.
Ambas se quedaron heladas durante un segundo. Luego Hammya guardó la carta con rapidez y corrió hacia la ventana. Hachipusaq la siguió.
—??Clementina!? —exclamó Hammya.
Afuera, en la calle, Clementina luchaba contra Sheldon. Sus movimientos eran mecánicos pero precisos; cada golpe suyo resonaba con una fuerza impensada para su cuerpo menudo.
—?Qué hace ella aquí? —dijo Hachipusaq, consternada.
Pero Hammya ya no la escuchaba; abrió la puerta y salió disparada hacia el combate.
—?ALTO! —gritó con toda la fuerza de su voz.
Y entonces, todo se volvió blanco en su memoria.
Volvió en sí mirando la misma carta, ahora entre sus dedos, en el presente. La misma que no se había atrevido a abrir. Candado continuaba hablando con sus compa?eros; todos lo escuchaban atentos, absorbiendo cada palabra de su discurso. Hammya, por su parte, sentía el peso del sobre como si ardiera. Sin más remedio, suspiró y lo guardó nuevamente.
En ese momento, Sara salió hacia la multitud, empujada suavemente por Eva. Esta vez, Sara se mostraba en su forma real: algunos quedaron impactados, otros ya la conocían y no se sorprendieron, y varios nuevos simplemente no sabían qué pensar.
—Muchas gracias por estar presentes —dijo Sara, con voz serena pero cargada de tensión—. La situación puede ponerse un poco complicada, pero les agradezco de corazón que estén aquí conmigo.
Candado asintió, serio.
—Por favor, síganme —agregó ella.
Eva giró la silla de ruedas y comenzaron a dirigirse hacia una zona abierta, rodeada de muros altos. En el centro, dos árboles crecían en perfecta sincronía, entrelazando sus ramas hasta formar una abertura natural, casi una puerta viviente. Allí ya aguardaban los ocho luceros: Koric, Yisira, Anen, Amjasta, Florenfinziari, Wilzan, Yetorixuanamkari y Rucciménkagri… la gran Rucciménkagri Gabriel Teacher, cuyos nombres ella había adoptado como apellidos porque le gustaron.
El grupo observó maravillado, excepto Hammya y Candado, que ya habían visto demasiadas maravillas para dejarse impresionar tan fácilmente.
Sara habló en ikmo, su voz dulce transformándose en un canto solemne. Los luceros obedecieron, ubicándose alrededor de la puerta arbórea.
Entonces Sara levantó su brazo. En simultáneo, los luceros alzaron las manos hacia la puerta. Sus ojos brillaron con un dorado tan intenso que el aire tembló; la luz fue tan fuerte que todos quedaron temporalmente cegados. Todos salvo Candado, que envolvió sus ojos en llamas violetas. Hammya simplemente se tapó con las manos, aunque mantuvo un peque?o espacio entre los dedos para observar.
Minutos después, la luz cesó. La puerta empezó a relucir en oro y plata, como un espejo sin reflejo. Los luceros se desplomaron, exhaustos; los más jóvenes apenas podían mantenerse en pie. Anen y Koric necesitaron apoyo de Camila y Aurelio. Los demás jadeaban, sudorosos. Solo Rucciménkagri y Wilzan seguían firmes, casi indemnes.
Candado se acercó a Sara.
—?Y ahora qué? —preguntó, imperturbable.
—Ahora… hay que esperar.
—?Esperar qué?
—Que nos acepten.
La respuesta se quedó flotando en el aire.
Pasaron apenas unos segundos, pero parecieron horas. Entonces, algo emergió de la puerta.
Un escalofrío recorrió a todos.
Un ser esquelético, vestido con una elegancia antinatural, cruzó el umbral. Sus ojos rojos brillaban como brasas, y su presencia desprendía una mezcla de sofisticación y terror ancestral.
Apenas apareció, los amigos de Candado reaccionaron al instante.
Anzor y Declan posaron sus manos en las espadas; Liv imitó el gesto. Matltosky alzó su martillo. Pak preparó su arma. Las gemelas temblaron, y Lucas las cubrió con su cuerpo, decidido. Kevin y Martina se listaron para atacar. German sonrió, intrigado, cruzándose de brazos. Pucheta crujió los nudillos. Viki se adelantó protectora hacia Héctor, quien tocó sus cartas. Natalia llevó la mano a su corbata, un tic para mantener la calma. Andersson tensó los pu?os. Walsh, inquieto, frotaba sus pulgares entre sí.
Hammya no mostró sorpresa; permaneció serena. Clementina adoptó una postura firme, analizando a la criatura con sus ojos mecánicos.
Y Candado… avanzó lentamente hasta quedar delante de Sara, cubriéndola con una determinación silenciosa.
El esqueleto los observó uno por uno. Luego sacó un pa?uelo de su bolsillo y, de manera absurda e inquietante, se limpió la frente inexistente.
—Muy bien —dijo al fin con una voz elegante, casi caballerosa.
Sus ojos se posaron en la mujer sentada en la silla de ruedas.
—Supongo que nos volvemos a ver, Vanaccia.
Un murmullo recorrió al grupo. Todos se miraron entre sí, confundidos, salvo Hammya y Candado, que parecían esperar ese encuentro desde mucho antes.
Sara sonrió levemente.
—Me sorprende que recuerde mi nombre, Héroe Mikos.
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El esqueleto —Mikos— guardó su pa?uelo con una delicadeza impropia de alguien sin carne, y se alejó unos pasos, tomando una distancia prudente.
—Es difícil olvidarse de alguien que fue un dolor de cabeza bastante grande —murmuró, con cierta nostalgia seca.
Lucas no perdió el tiempo.
—?Cuántos a?os pasaron desde mi partida?
—Veinte a?os —respondió Mikos sin titubear.
Sara abrió los ojos de par en par.
—?Tanto tiempo?
—Así es —dijo Lucas, girándose hacia ella—. Aquí solo pasaron seis a?os.
—Oh —intervino Mikos, inclinando el cráneo hacia un lado—. Eso es interesante. Menos mal que insistí en que mantuvieran la puerta abierta.
Lucas parpadeó, atónito. Luego, como si un resorte se activara en su cerebro, comenzó a calcular mentalmente.
—Increíble… la diferencia es de tres coma treinta y tres veces más rápido… —susurró, casi para sí mismo, mientras se abría paso entre sus amigos.
Candado resopló.
—Lucas. Ven acá. Ahora.
Pero Lucas ya no escuchaba a nadie. Su mente estaba en otra. Avanzó hacia Mikos, sacando una libreta arrugada y un bolígrafo.
—Disculpe, se?or esqueleto tenebroso ?De dónde viene? —dijo de un tirón, con la emoción desbordándolo—. Necesito confirmar algo.
Mikos abrió las órbitas, sorprendido por la osadía del joven, pero su tono se mantuvo impecablemente educado.
—Tras esa puerta está mi hogar. Eurania.
Lucas anotó eso al instante. Luego levantó la vista.
—Perfecto. Necesito que me diga la hora exacta en Eurania. La hora de allá mismo, ahora mismo.
—Las campanas del salón mayor acaban de dar las trece con veinte minutos —respondió Mikos.
Lucas miró su propio reloj. 13:15 en la Tierra.
Se le iluminó el rostro.
—?Cinco minutos de diferencia! —exclamó, fascinado—. ?Eso significa que cuando la puerta está abierta, ambos universos sincronizan sus flujos temporales casi por completo! Casi… —alzó un dedo, eufórico— porque esta mínima desviación indica una oscilación natural en la frecuencia temporal base de Eurania. El portal funciona como un estabilizador isotemporal, forzando a ambos mundos a alinearse, pero no puede eliminar del todo la variación cuántica entre los dos. ?Por eso la diferencia queda reducida a un margen insignificante!
Mikos lo observó, impresionado.
—Eso es...increible —admitió.
Candado se llevó una mano al rostro.
—Lucas… ?Podés volver?
Lucas bajó la libreta apenas, sin perder la sonrisa.
—Es que es fascinante. Con la puerta cerrada, cada universo retoma su ritmo natural. Por eso seis a?os acá equivalen a veinte allá. ?Pero con la puerta abierta, solo hay un desfase de cinco minutos! Es como si… —se quedó pensativo, buscando una metáfora— como si dos relojes muy distintos se vieran obligados a caminar casi al mismo compás, aunque jamás puedan ser idénticos.
Sara sonrió, estaba más tranquila. Comparada con la situación anterior.
—Nunca había visto a tu amigo tan emocionado.
—Es que esto no es raro —dijo Lucas, casi ofendido—. ?Es hermoso!
Las gemelas corrieron hacia él y, pese a su miedo visible, lo tomaron de ambos brazos para arrastrarlo de vuelta al grupo. Lucas no opuso resistencia; estaba demasiado encantado con su hallazgo como para protestar.
—Disculpa a mi amigo —dijo Candado, con una ligera inclinación de cabeza.
—No hace falta. Me agrada ese chico —respondió Mikos, dejando escapar una leve sonrisa antes de recuperar su compostura—. Pero en fin, Vanaccia… sea cual sea la situación, mi se?ora me envió porque lograste comunicarte con ella. Y cree que tienes algo que le pertenece, o al menos algo que le interesa profundamente.
Sara asintió despacio. Levantó un pa?uelo blanco en cuyo centro descansaba un cristal verde claro, pulido y delicado. Mikos dejó escapar un sonido suave de aprobación.
—Vaya… supongo que no era falso después de todo.
—Eva, por favor —pidió Sara.
Eva asintió. Comenzó a empujar la silla de ruedas hacia él. A medida que se acercaban, Eva dejó que su cola de escorpión emergiera lentamente, como una advertencia silenciosa.
—Eva… —murmuró Sara.
—No haré nada si él no hace nada —respondió con una sonrisa ladeada.
Mikos soltó una risita educada.
—No se preocupen. No tengo intenciones de atacar. Doy mi palabra.
Cuando se encontraron frente a frente, Sara alzó la mano con extremo cuidado. Mikos tomó el pa?uelo con la misma delicadeza, recogió el cristal y lo guardó en una peque?a caja negra que extrajo de su uniforme. Una vez asegurado el objeto, devolvió el pa?uelo a Sara.
—Muchas gracias, se?orita Vanaccia. Ahora, si lo deseas, puedes pasar para reunirte con mi se?ora.
—Agradezco la oportunidad —respondió ella.
Mikos levantó un dedo.
—No obstante… solo puedes elegir a cinco acompa?antes.
La reacción de Hammya fue inmediata. Dio un paso adelante antes de pensar, pero Candado le sujetó la mu?eca con firmeza.
—?Qué hacés? —susurró.
—Confía en mí, por favor —pidió ella, casi suplicando.
Candado vaciló. Cerró los ojos, respiró hondo… y la soltó.
Hammya corrió hacia Sara y Mikos. Los dos la observaron con cierta confusión. Hammya sacó una carta y se la tendió al esqueleto. Mikos arqueó una ceja, extendió su mano huesuda y tomó el papel. Luego se inclinó hacia Sara y le susurró algo al oído, palabras que solo ella pudo escuchar.
Entonces Mikos revisó la carta. Deslizó su dedo esquelético y abrió el sobre. Sus ojos rojos recorrieron las líneas en silencio.
En el grupo, Candado observaba serio. Héctor frunció el ce?o con sospecha, mientras que German sonreía como si todo aquello fuera un espectáculo fascinante.
—Esto no podría ser más interesante —se burló German entre dientes.
—?De qué hablas? —preguntó Liv.
—Nada, cosas mías —respondió German, encogiéndose de hombros.
Mikos terminó de leer y levantó la vista directamente hacia Candado.
—Ni?o de boina azul… —susurró—. Así que este es el muchacho.
Hammya regresó lentamente a la formación, situándose al lado de Candado. Sara apoyó el codo en el reposabrazos, reflexionando. Mikos guardó la carta detrás de su espalda.
—Estoy esperando —dijo el esqueleto con cortesía paciente.
—Sí… solo deme un momento —pidió Sara.
Hammya se acercó a Candado otra vez, ahora con una urgencia evidente.
—Escúchame bien —dijo en voz baja—. Llama a Clementina, a Declan y a Héctor. Ellos… irán con Sara. Y también vos y yo.
Candado la miró como si estuviera oyendo un desvarío.
—?Qué? Esto no nos incumbe.
—Si no vas, esto falla. Sara fracasa. Y todo se derrumba. Natalia es la primera en morir.
Esas palabras lo paralizaron. Inmediatamente miró hacia atrás. Natalia observaba a Mikos con visible incomodidad, ajena al peligro. Candado volvió a mirar a Hammya.
—?Por qué ellos? ?Por qué yo?
—Porque son los únicos que pueden evitarlo. Y porque tú puedes arreglar lo que viene. Por favor… hazlo.
Candado cerró los ojos. Su voz tembló apenas.
—Si hago esto… ?Ella va a estar bien? —preguntó—. Quiero saberlo, Hammya… ?Estará bien?
—Sí. Te lo prometo. Me encargué de que así sea. Créeme.
él abrió los ojos.
—De acuerdo… confío en vos.
Se giró hacia el grupo.
—?Declan! ?Héctor! ?Clementina! ?Adelante! —luego se?aló a otro—. ?Anzor! ?Vos también!
Hammya parpadeó, sorprendida.
—?Qué estás haciendo?
—Refuerzo de seguridad. Tranquila, sigo tu plan.
El grupo se acercó. Candado se?aló a los elegidos.
—Ustedes cinco… vienen conmigo a Narnia —luego se?aló a Anzor—. Y vos: quiero que cuides a Natalia.
—?De?
—Ella está en peligro. Mantente alerta. Enfocá tus sentidos. Decile lo mismo a Liv y a Pak. Y contales al resto que viajamos.
Anzor vio la seriedad en los ojos de Candado y dejó toda su actitud despreocupada.
—A sus órdenes.
Una vez Anzor regresó con los demás, Héctor preguntó:
—?Vamos a entrar ahí?
—Así es —respondió Candado.
—Con usted, hasta el infierno —dijo Declan, solemne.
—No exageres —refunfu?ó Candado.
—?Puedo saber por qué vamos? —preguntó Clementina.
Candado miró a Hammya. Héctor lo notó.
—Porque yo lo digo —respondió él, marcando el punto final.
—Como ordene, joven patrón —respondió Clementina con dulzura.
Candado le dio un golpecito suave en la frente.
—Basta.
Héctor miró con sospecha nuevamente a Hammya.
Mientras tanto, Sara terminó de decidir. Levantó la cabeza.
—Ya elegí a mis acompa?antes —anunció.
—Te escucho —dijo Mikos.
Ella susurró los nombres y luego repitió en voz clara:
—Elijo a Candado, Hammya, Declan, Héctor y Clementina.
—Perfecto. Pongan sus asuntos en orden y crucen. Los esperaré del otro lado.
Dicho eso, Mikos atravesó la puerta luminosa.
Eva salió a buscar a los cinco acompa?antes.
Sara recordaba aún lo que Hammya le había susurrado:
“Esto va a fracasar si no llevas a Candado, Héctor, Declan y Clementina. Yo también debo ir. No quieres fracasar, no quieres poner en peligro a quienes confían en ti. Si te importa el éxito de esto, llévanos.”
Cuando el grupo regresó, Sara vio cómo Hammya la miraba con determinación. La joven orco asintió. Sara soltó un suspiro y miró la puerta dorada.
—?Qué planeas, Hammya?
—Salvar a mis amigos. Para eso… esto tiene que funcionar.
Héctor y Candado la observaron, confundidos.
Sara se preparó. Candado se colocó detrás de la silla de ruedas.
—Juntos —susurró él.
—Gracias —dijo ella, antes de mirar la puerta—. Regreso a mi antiguo hogar. Espero no estar equivocándome.
—No lo harás. No conmigo —dijo Candado.
Sara no lo miró, pero sonrió.
—Claro… tengo a mi boina azul.
Candado puso los ojos en blanco y empujó la silla hacia la puerta. Uno a uno atravesaron el umbral. Hammya fue la última; se detuvo un segundo y miró atrás. Alzó la mano con una sonrisa radiante.
—?Estaremos bien!
Sus amigos respondieron levantando los brazos.
Hammya inhaló, contuvo la respiración un instante… y cruzó.
Acto seguido, cruzó la puerta y llegó a un panorama único. Todos estaban visiblemente sorprendidos, incluido Candado. Se encontraban en un valle completamente fantástico, con árboles de colores diversos y formas únicas, además de algunas hadas revoloteando alrededor. Frente a ellos se alzaba una gran estructura similar a una casa. La puerta por la que habían salido, a diferencia de la anterior, sí tenía la forma de una puerta y mostraba una arquitectura mucho más elegante que el lugar del que provenían.
A cierta distancia, frente al grupo, se extendía una mansión con un amplio jardín. Por la ubicación en la que estaban, parecía que habían salido a la parte trasera de la propiedad, algo alejada de la residencia principal.
—Sean bienvenidos a Eurania —anunció Mikos con elegancia.

