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LLAMADA DEL DEBER

  Candado se despertó súbitamente. Abrió los ojos con un sobresalto y, por un instante, su respiración se entrecortó. Esa no era su casa. Tampoco era su habitación. Ni siquiera la ropa que tenía puesta le pertenecía. Se incorporó lentamente, con la ceja fruncida, analizando cada rincón del cuarto desconocido: las paredes color crema, las cortinas mal cerradas que dejaban filtrar un rayo de sol y el aroma a detergente suave que no reconocía.

  Entonces sintió unas manos sobre sus brazos.

  —Tranquilo, estás con nosotras —dijeron las gemelas al unísono.

  Llevaban ropa casual: shorts, remeras sueltas, el cabello algo despeinado. Candado las miró fijamente, todavía adormecido.

  —?Qué pasó? —preguntó. Pero enseguida negó con la cabeza—. No, mejor olviden. Ya sé qué pasó.

  Bajó de la cama sin decir más, buscando su ropa con la mirada. Erika reaccionó de inmediato; cruzó la habitación casi corriendo, abrió el clóset y sacó el conjunto de Candado, incluida su boina. Se la extendió con una sonrisa suave.

  Candado hizo un gesto con la mano para que se fueran, pero solo se dieron la vuelta. Ambas hermanas "obedecieron…" aunque apenas se voltearon, él rodó los ojos y chasqueó los dedos. En un parpadeo, ya estaba vestido. Ajustó la boina con precisión, como si fuera parte de un ritual.

  —Pueden darse vuelta.

  Erika y Lucía lo miraron enseguida, firmes, como si esperaran alguna orden.

  —?Qué hora es? —preguntó él.

  —Son las nueve de la ma?ana, y es sábado —respondió Lucía.

  —Gracias, Lucía.

  Candado se disponía a marcharse cuando sintió cómo ambas lo tomaban de las mangas, una a cada lado.

  —Quédate a desayunar —pidieron—. Está listo. Mamá lo hizo para vos.

  él suspiró con resignación, aunque sin molestia real. Aceptó con un leve asentimiento, y ambas lo tomaron de las manos para guiarlo fuera del cuarto. Era completamente innecesario, pero lo hacían siempre: una rutina infantil que mantenían desde peque?os.

  Al llegar al comedor, encontraron a la madre de las gemelas tomando mate mientras miraba la televisión.

  —Buenos días —saludó ella sin apartar la vista de la pantalla.

  —Buenos días, se?ora Quiroga.

  Las gemelas lo miraron de inmediato, expectantes, como si aguardaran algo más. Candado sintió sus miradas clavadas en él, soltó otro suspiro y murmuró:

  —Buenos días… cari?o.

  Las gemelas sonrieron al instante y lo abrazaron tiernamente.

  Sandra Quiroga, treinta a?os recién cumplidos, madre de Erika Azul Quiroga y Lucía Mercedes Quiroga, y Candado, Candado Ernést Catriel Barret, eran, supuestamente, esposo y esposa en el juego de “la casita”. Un juego que había empezado a?os atrás y que jamás terminó porque él nunca dijo “se acabó”. Cuando finalmente tomó conciencia, ya era demasiado tarde para desarmarlo. Optó por lo que mejor sabía hacer: ignorarlo. No le sumaba ni le restaba.

  Sandra se levantó y le dio un beso en la mejilla.

  —Buenos días, gordo.

  —Mejor llámeme cari?o… o por mi nombre. No me llame así. Cada vez que lo hace, algo dentro de mí se muere.

  Las gemelas lo observaron nuevamente con ojos de cachorro. Candado resopló.

  —Ya qué… llámeme como quiera.

  Sandra sonrió y, para no insistir, le dio un beso en la frente. Un gesto más amable que cualquier palabra.

  Candado se sentó. Frente a él había mate y galletas dulces; delante de las gemelas, leche y peque?os aperitivos. La madre permaneció mirando la televisión mientras comían.

  —?Cómo va todo en la escuela? —preguntó Sandra de repente.

  —Bien. Yo lo hago bien, ellas también.

  —Qué bueno. ?Y en el gremio?

  —Excelente.

  —?Mis padres dijeron algo?

  —No. Les dije que te quedarías con las ni?as. No dijeron nada. Aunque es cierto que hace más de un mes que no pasás por acá.

  Candado apretó el mate entre las manos.

  —Surgieron muchas cosas. Lo siento.

  —No te disculpes. También es tu casa —dijo ella con una ironía suave.

  —Sí… gracias —respondió él, aceptando la indirecta sin discutir.

  Cuando terminaron, Candado se levantó, vació el mate, y mientras las gemelas lavaban sus tazas, él comenzó a cerrar la bolsa de basura.

  —No, yo puedo hacerlo —intervino Sandra, tratando de detenerlo.

  —Insisto. Después de todo, soy el padre —dijo él con naturalidad mientras hacía un nudo firme.

  En ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe y las gemelas aparecieron corriendo hacia la cocina. Ya estaban listas, pero vestidas a las apuradas: cabello desalineado, la corbata torcida, medias mal puestas. Candado solo las observó un segundo.

  —Siéntense.

  No protestaron. Se acomodaron enseguida. Candado guardó la bolsa en el tacho, se quitó los guantes blancos y los guardó en el bolsillo. Caminó hasta la habitación de las gemelas, abrió un cajón y tomó un cepillo.

  Volvió a la cocina. Comenzó a peinar primero a una, luego a la otra, con movimientos meticulosos, casi ceremoniales. Cuando terminó, chasqueó los dedos y el cepillo desapareció, regresando al cajón de donde había venido. Después ajustó el mo?o de Erika y la corbata de Lucía con una destreza casi paternal.

  Sandra los observaba desde la mesa con una ternura silenciosa. Aquella escena era parte del día a día, un hábito que ya no la sorprendía.

  —Listo —dijo Candado, dándoles una palmada suave en los hombros.

  Se puso de pie, volvió a colocarse los guantes, tomó la basura y miró a Sandra.

  —Gracias por su hospitalidad. Nos vemos.

  Luego miró a las gemelas.

  —Vamos, si quieren.

  —?Por supuesto! —respondieron ambas y lo siguieron con entusiasmo.

  Sandra los despidió desde la puerta, con amor y una advertencia cari?osa para que tuvieran cuidado.

  Candado y las gemelas caminaron hasta el gremio en silencio. El aire de la ma?ana todavía era fresco, pero la tensión en el ambiente era palpable. Para sorpresa de las hermanas, en la entrada ya estaban Clementina, Declan y Hammya, conversando entre ellos.

  Apenas las vieron llegar, Erika y Lucía se adelantaron instintivamente, colocándose frente a Candado como un peque?o escudo humano. Ninguna sonrió: ambas clavaron una mirada afilada en Hammya. Ella, en cambio, respondió con una sonrisa tranquila y una mano en alto a modo de saludo.

  —Hola —saludó con dulzura.

  —Hola —respondieron las hermanas, de manera seca, casi cortante.

  Candado ni siquiera se detuvo a saludar; pasó de largo con el ce?o fruncido, dando la impresión de que cargaba demasiada emociones.

  —Clementina —ordenó sin mirarla—, llamá a los demás y que vengan. Ahora.

  —En seguida, joven Patrón.

  Candado siguió caminando y se encerró directamente en su oficina. Cuando Hammya intentó entrar tras él, Erika se interpuso con firmeza.

  —No. Dejalo solo —dijo con una seguridad que no solía mostrar.

  Hammya ladeó la cabeza y sonrió con cierta ironía.

  —?Creés que me intimidás?

  Pero antes de que pudiera siquiera levantar la mano para correrla, los ojos de Erika brillaron. Se movió rápido, demasiado rápido, y derribó a Hammya con un giro sorprendente. Todos quedaron petrificados: hasta Lucía abrió los ojos con incredulidad.

  La puerta de la oficina se abrió de golpe.

  —?Erika! —dijo Candado, con voz baja pero cargada de autoridad—. Atrás. Ahora.

  La chica retrocedió de inmediato, colorada de vergüenza. Candado miró a Hammya.

  —Y vos. Adentro.

  Hammya se levantó, sacudió el polvo de su ropa y sonrió de forma burlona hacia Erika, provocando que esta apretara los pu?os. Lucía tuvo que sujetarla antes de que intentara lanzarse de nuevo.

  —Calma, hermana… —susurró.

  Dentro de la oficina, Candado se dejó caer en su silla, como si hubiese perdido parte de la energía que normalmente lo mantenía erguido.

  —Sentate —le indicó a Hammya.

  Ella obedeció.

  —No quiero que causes discordia en el grupo —dijo él, mirándola fijamente—. Si lo hacés, te saco del gremio.

  —Vamos, Candado. Solo fue una bromita inofensiva —respondió ella con tono ligero.

  Candado golpeó la mesa con un pu?o seco. No levantó la voz, pero el impacto hizo vibrar los papeles.

  —?No! —espetó—. La estabas incitando. Erika no actúa así sin razón. Vos la provocaste.

  —Te dije que era una broma —insistió.

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  Candado respiró hondo, recuperando la calma por obligación más que por convicción. Luego la miró directo a los ojos.

  —Terminemos con esto. Decime qué tengo que hacer.

  —Primero, no alterarte. Segundo… cuando llegue la hora, vas a tener que escucharme.

  —Bien. Decímelo ahora.

  —No.

  —?Por qué?

  —Porque si te lo digo ahora, vas a buscar la forma de ignorarme. Te conozco. Así que solo voy a decírtelo cuando sea el momento, y cuando llegue… vas a obedecerme. Sí o sí.

  Candado cerró los ojos por un instante, resignado.

  —…Bien.

  —Perfecto. Si no tenés nada más, me voy.

  —Esperá —dijo él, justo cuando ella se levantaba—. Antes de irte… decime cuándo pasó.

  Hammya sonrió con cierta melancolía.

  —Fue cuando me rescataste. Cuando llegué aquí me di cuenta de que, si quería romper el ciclo, tenía que dejar que ciertas cosas pasaran. Así que trasladé mis recuerdos a un libro que me dio Chronos. Le pedí que apareciera cuando lo necesitara… y parece que lo necesitaba mucho. Mírame.

  Candado no levantó la cabeza. Tenía el pu?o relajado ahora, como si hubiese aceptado algo que no quería aceptar. Hammya le tomó la mano con suavidad.

  —Sé lo que estás pensando —susurró—. Y no. No es tu culpa. Más temprano que tarde ese libro iba a activarse, contigo o sin vos.

  Candado miró su mano sostenida por la de ella… y la apartó con un movimiento firme. Luego caminó hasta la puerta y la abrió.

  —Andate.

  Hammya suspiró con dolor genuino.

  —Como quieras.

  Caminó hacia la salida, pero se detuvo a medio paso. Alzó la mano para tocar la cicatriz del rostro de Candado… pero él se inclinó hacia atrás, rechazando el contacto sin necesidad de palabras.

  Ella bajó el brazo.

  —De verdad lo lamento —dijo en voz baja—. Y… me importa. Mucho más de lo que creés.

  Luego se fue. Candado cerró la puerta sin mirarla y volvió a su escritorio. Se sentó, apoyó la frente entre las manos y respiró hondo, intentando no derrumbarse.

  Afuera, Hammya se quedó mirando la puerta cerrada. Respiró profundo, dio media vuelta… y notó que todos la miraban. No con odio, pero sí con confusión, distancia y cautela. Declan, sobre todo, parecía medir cada uno de sus movimientos.

  Ella solo sonrió con suavidad y se dirigió a la sala de juegos, donde las gemelas pasaban el rato. Apenas entró, se notó la tensión en los ojos de ambas.

  —Yo… quiero disculparme —dijo Hammya bajando la cabeza.

  —No es con nosotras con quien tenés que disculparte —respondió Lucía—. Es con Candado.

  —él y yo… estamos peleados —dijo Hammya.

  Erika se levantó brusca.

  —Eso no fue una pelea —dijo con dureza—. Fue lastimarlo. Candado no llora por discusiones. Lo que sea que hiciste fue muy fuerte para que él estuviera así. ?Querés que te perdone? —La apuntó en el pecho con un dedo—. Primero arreglá las cosas con él. Si no… olvidate de una buena atmósfera conmigo y con mi hermana.

  Luego salió de la habitación sin esperar respuesta. Lucía la siguió tras dedicarle a Hammya una mirada decepcionada.

  Hammya quedó sola. Se hundió en el sillón y se tomó la cabeza entre las manos, soltando un suspiro largo y tembloroso.

  Unos golpes sonaron en la puerta del gremio. Clementina fue a abrir, y detrás de ella aparecieron Lucas y Natalia.

  —?Buenos días, mi robot favorita! —exclamó Lucas, abrazando a Clementina con la intensidad habitual.

  —Buenos días, Lucas.

  Natalia saludó con la calma de siempre, tocando los hombros de cada uno.

  —Mucho gusto. Espero que el día sea productivo.

  Clementina sonrió al verla saludar a Declan con evidente timidez, intentando un abrazo que finalmente no se animó a completar.

  Luego Natalia caminó hacia la salita donde estaba Hammya. Dudó un segundo al verla encorvada, pero finalmente la saludó igual que al resto.

  —Buenos días.

  Hammya dio un respingo por la sorpresa, pero se relajó al reconocerla.

  —Natalia… Sigues siendo igual.

  —?Por qué no debería de ser igual?

  —Olvídalo… seguís siendo vos.

  —Por supuesto.

  Natalia dejó la mochila, sacó su cuaderno y lápices, se sentó junto a Hammya. Cuando el reloj marcó las nueve y cuarenta, empezó a dibujar sin decir palabra.

  Hammya la observó, primero con ternura… luego con tristeza.

  —Natalia…

  —...

  Nada, solo silencio. Natalia seguía dibujando.

  —Siempre te gustó dibujar.

  —...

  —Me gustan tus dibujos… y tus pinturas. Son hermosos.

  —...

  —Me peleé con Candado… —la voz se le quebró apenas—. No. Lo hice llorar.

  El lápiz de Natalia frenó. No se detuvo del todo, pero el trazo se volvió lento. Casi triste.

  —Supongo que te sorprendí —dijo Hammya—. No era mi intención. Solo quería lo mejor para él… pero parece que lo hice mal.

  —…No —respondió Natalia finalmente—. No lo hiciste mal.

  Hammya la miró sorprendida mientras Natalia continuaba dibujando.

  —A veces hacemos o decimos cosas creyendo que es lo correcto para la gente que queremos —dijo Natalia con voz suave—. Pero igual las lastimamos. Yo también hago eso. Soy torpe con las palabras… y no sé cómo actuar cuando mis amigos sufren. Solo puedo llorar si ellos lloran. No es mi intención. Creo que lo que hiciste no fue para herirlo.

  —?Confiás tanto en mí? ?No creés que quise lastimarlo?

  —No lo sé. ?Es verdad?

  —Claro que no.

  —Entonces está bien.

  Hammya sonrió débilmente.

  —Gracias, Natalia.

  —De acuerdo.

  —?Puedo abrazarte?

  —…No. Por favor.

  Hammya soltó una risa suave. No insistió. Pero cuando estaba por levantarse, Natalia habló otra vez.

  —Pero… puedo dejar de dibujar y tomar tu mano un momento.

  Hammya parpadeó. Natalia dejó el lápiz y le tomó las manos. No la miró, mantuvo la vista perdida en el suelo, pero el gesto fue cálido...Autentico.

  Unos minutos después, Natalia se levantó, se lavó las manos y volvió a dibujar.

  —Natalia… gracias —susurró Hammya.

  Ella no respondió. Solo siguió dibujando. En ese momento entró Andersson acompa?ado de Anzor, quienes trajeron bocadillos para ambas.

  El tiempo pasó sin prisa dentro de la habitación. Candado no se había movido; permanecía sentado en el escritorio, con la frente apoyada contra las manos, respirando de forma lenta y controlada. La tensión le recorría la espalda como un hilo helado. No reaccionó hasta que tocaron la puerta.

  Era Clementina.

  —Joven Patrón, todos han llegado —anunció con suavidad.

  Candado levantó la cabeza con dificultad, como si el aire pesara más de lo normal. Suspiró, se incorporó y caminó hasta la puerta. Al abrirla, el murmullo del pasillo se apagó de inmediato: todos lo miraban. Incluso Pak, rígida como un soldado, hizo un saludo militar. Candado negó con la mano para que no insistiera.

  Sus ojos recorrieron al grupo uno por uno… hasta detenerse en Hammya, que charlaba entre Viki y Martina. Ella le devolvió la mirada con serenidad.

  —Tenemos trabajo que hacer —dijo Candado—. Es hora de movernos.

  —??Viva!! —gritó Pucheta, levantando el pu?o al cielo.

  Germán rodó los ojos, aunque mantenía esa sonrisa que nunca lo abandonaba. Matlotsky imitó el gesto de Pucheta sin pensarlo, y detrás de ella se contagiaron Kevin y Martina, los “no afiliados” que igual formaban parte del caos del grupo. Los demás los siguieron.

  —Tengo una pregunta —interrumpió Kevin—. ?Por qué nos llamaste?

  —Porque donde iremos… quizás sea su nuevo hogar —respondió Candado—. Si todo sale bien, quiero que lo conozcan.

  Martina brilló de emoción.

  —Suena divertido.

  Candado los guió hacia el jardín del gremio. Se acercó a un viejo árbol, uno que parecía ordinario, salvo por la luz tenue que palpitaba en su corteza como un corazón dormido. Colocó la mano sobre el tronco. Pasaron unos segundos, largos y expectantes, hasta que una figura emergió entre destellos: Mauricio.

  —Ya llegué. ?Qué necesi… tas? —preguntó, sorprendido al ver tanta gente.

  —Un traslado —respondió Candado.

  Mauricio sonrió con resignación.

  —Lo imaginé. ?A dónde?

  —A Jadek.

  —Oh. Bueno, como quieras —dijo extendiendo la mano.

  Candado la tomó y tras él Clementina, luego Hammya, y así, en cadena, todos se entrelazaron. Una hilera de manos unidas, una decisión compartida.

  —?Todos listos?

  —?Sí! —exclamaron unánimemente.

  Mauricio apoyó su palma en la corteza del árbol y, en un parpadeo, todos desaparecieron.

  Aparecieron de golpe en un bosque vibrante, casi luminoso. Hojas gigantes susurraban con brisas iridiscentes, y criaturas peque?as, con alas transparentes, flotaban como si fueran fragmentos de luz escapados del cielo.

  Frente a ellos se alzaba la orilla de la isla flotante de Jadek.

  Un coloso suspendido en el aire, tan grande como una ciudad, sostenido por raíces vivas que brillaban como venas de cristal. Cascadas descendían desde sus bordes y se desvanecían en bruma antes de tocar el suelo. La isla emitía un murmullo constante, similar al canto de un coro ancestral.

  Todos quedaron sin aliento, maravillados por lo que estaban viviendo y presenciando.

  Todos… menos Hammya.

  Mientras los demás se quedaban boquiabiertos, ella miraba a su alrededor con una inquietud extra?a, buscando algo o a alguien, como si una presencia oculta le susurrara entre los árboles. Candado notó esa falta de asombro. Algo no encajaba.

  Antes de que pudiera decir algo, dos figuras se acercaron: Victorino Aurelio, impecable en su traje oscuro, sus elegantes cuernos y cola de lagarto, y Camila Zaracho, más formal que de costumbre.

  —Saludos, gremio Roobóleo. Los estábamos esperando —dijo Camila con una leve inclinación.

  Candado dio un paso al frente y estrechó ambas manos.

  —Un gusto verlos. Llévenme con Sara.

  —Así se hará —respondió Aurelio.

  El grupo avanzó guiado por ellos.

  A medida que subían por un sendero de raíces cristalinas, el pueblo de Jadek se desplegó ante sus ojos: casas que parecían crecer de los árboles, puentes de luz sólida, seres de formas híbridas —entre humanos y criaturas antiguas— caminando en armonía. Ni?os de piel azulada jugaban con esferas flotantes; ancianos con ojos múltiples contaban historias bajo faroles que respiraban como luciérnagas gigantes.

  Víctimas de los Agentes, refugiados, mutantes, gente con historias rotas... y otras personas que simplemente nacieron distintas y habían encontrado su escondite perfecto.

  Pero en algún punto del trayecto, Clementina notó algo:

  un parpadeo en su visión interna, una alerta.

  Alguien había salido de su rango de protección.

  Hammya.

  Clementina tocó con disimulo la espalda de Candado y dibujó una “H” con la yema de los dedos.

  Candado giró apenas el rostro y la vio alejarse entre los árboles.

  —Vigílala —susurró.

  Clementina asintió y se separó silenciosamente del grupo.

  El bosque no era profundo, pero sí vibrante: los troncos parecían respirar y el aire olía a fruta dulce y energía. Al atravesarlo, Clementina llegó a un valle despejado, donde vio a Hammya acercarse a dos personas: Hachipusaq, reconocible incluso con máscara, y un hombre completamente cubierto.

  Una conversación tensa. Un abrazo inesperado.

  Demasiado afecto para un encuentro fortuito.

  Clementina decidió no acercarse. Permaneció oculta. Hasta que sintió unas manos sujetarla por la nuca.

  —Buenos días —murmuró una voz.

  Ella giró de inmediato.

  El rostro… era idéntico a Candado.

  Era Sheldon.

  Clementina transformó su brazo en un machete y lo lanzó en un tajo rápido, pero él retrocedió con agilidad.

  —Una burda copia del invidioso Dr. Mario —bufó.

  —No puedo estar más de acuerdo —respondió Sheldon, encogiéndose de hombros—. Pero mi trabajo es proteger a Hachipusaq. Te sugiero retirarte antes de que tengamos que…

  El resto no lo terminó.

  Clementina ya había convertido su brazo en una ametralladora.

  —Eliminando amenazas —dijo con una voz artificialmente robótica, y abrió fuego.

  Sheldon esquivó las balas, envolviendo su pu?o en un aura negra.

  —Bueno, toca sacar la basura.

  —Lo mismo digo.

  Iban a chocar cuando una voz los cortó como un rayo.

  —?ALTO!

  Hammya, con las manos extendidas, suplicando.

  Hachipusaq y el hombre enmascarado emergieron detrás de ella.

  —Se?orita Hammya, ?por qué está aquí? —preguntó Clementina, confundida, lista aún para atacar.

  —?Por qué mejor no te arranco la cabeza? —espetó Sheldon.

  —Suficiente, Sheldon —ordenó Hachipusaq con voz distorsionada.

  Sheldon suspiró teatralmente y se sentó a un lado, enfurru?ado.

  Hammya se acercó a Clementina.

  —Escúchame, por favor. Sé cuánto quieres a Candado. Lo entiendo porque yo… también lo quiero. Pero debes confiar en mí: él está en peligro. Y ustedes también. No haría nada para lastimarlo.

  Clementina la escaneó. Sin drogas. Sin manipulación mental. Y sin mentiras.

  —Dice la verdad —dijo Hachipusaq.

  Ambos se quitaron sus máscaras… y Clementina se quedó paralizada por la revelación.

  —No… no puede ser… —murmuró, retrocediendo, temblando.

  Hammya se acercó con calma.

  —Por favor, Clementina. No le digas a Candado. No está listo. No todavía.

  Sheldon chasqueó la lengua con tono burlesco.

  —Confía en sus palabras, mu?eca.

  El acompa?ante de Hachipusaq a?adió:

  —Todos buscamos lo mismo. La verdad saldrá… pero no hoy.

  Clementina estaba desorientada. En shock.

  —No puedo ocultárselo… él lo descubrirá.

  —Pero puedes hacer algo —dijo Hammya, con una súplica en los ojos.

  —?Qué?

  —Puedo olvidar. Tú… puedes borrarme.

  Hammya se quedó helada.

  Clementina abrió la parte frontal de su pecho y extrajo un peque?o dispositivo: un control con una rueda y un botón rojo.

  —Tómalo. Yo no puedo borrar mis propios archivos. Pero tú puedes hacerlo por mí.

  —Clementina… no puedo.

  —Solo perderé cuarenta minutos. No me pasará nada. Si esta información puede salvarlo, entonces no debo tenerla.

  Hammya dudó… pero aceptó.

  Clementina la abrazó.

  —Entonces prometa que me contará todo, se?orita Hammya —dijo con ternura.

  —Gracias —susurró Hammya, correspondiendo el abrazo.

  Cuando Hammya se acercaba a la casa con los otros dos, Clementina la detuvo.

  —Cuando todo termine… vayan a la casa de los Barret. él estará feliz de verlos.

  Hammya asintió y desapareció detrás de la puerta.

  Clementina sonrió con nostalgia.

  —Todo sea por el Joven Patrón.

  Cerró los ojos.

  Una vibración recorrió su cuerpo; no dolorosa, pero sí molesta, como un zumbido profundo. Al abrirlos, estaba desorientada. No recordaba cómo había llegado ahí.

  Hammya la observaba desde la distancia. Luego destruyó el control, como Clementina le indicó. Hachipusaq incineró los restos y se marchó fingiendo una despedida casual.

  Hammya se acercó a Clementina con una sonrisa tranquila.

  —Hola, Clem. ?Me seguiste?

  —Ehhh… Noooo…

  —?Fue Candado, verdad?

  —… No… Bueno… sí.

  Hammya rió con dulzura.

  —Estaba preocupado, ?no?

  —Tal vez. A lo mejor.

  —No hace falta que mientas, Clementina. Te envió él.

  —Soy pésima mintiendo —dijo ella, abatida.

  —Fui a ver unos amigos que me ayudaron cuando me salvaron —explicó Hammya.

  —Oh… ya entiendo. ?Y están bien? ?Tú estás bien?

  —Muy bien. Gracias por preocuparte.

  —Un placer.

  —?Volvemos?

  —Por supuesto. No queremos preocupar al Joven Patrón.

  Ambas regresaron. Candado terminaba de saludar a los presentes.

  —?Dónde estabas? —preguntó.

  —Visitando amigos —respondió Hammya.

  Candado miró a Clementina. Ella sonrió con total sinceridad.

  —Sí. Así fue.

  —?De verdad?

  —Por supuesto, Joven Patrón. Estuve presente.

  Candado entrecerró los ojos… luego cedió.

  —Te creeré esta vez. Pero si descubro que me mientes, te irá muy mal.

  —No te estoy mintiendo —respondió ella con serenidad.

  Candado suspiró.

  Luego se volvió hacia todos.

  —Bien. Ya estamos aquí. Esta será la casa del futuro gobierno de esta nueva nación. Aquí nacerán su nombre oficial, su bandera y su constitución. Hoy… se levanta la Tercera Sociedad.

  El grupo se sintió sorprendido al escuchar eso. Pero Hammya... Hammya no sonreía, tenía un rostro lleno de preocupación.

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