Horas después de lo ocurrido, Candado estaba sentado en la mesa principal del gremio de la Hermandad Roobóleo. Todos los miembros habían acudido, y también Kevin y Martina, que justo habían llegado para saludar pero, como siempre, la bienvenida tuvo que aplazarse.
Candado permanecía en el centro, rodeado por todos, observándolos uno por uno como si los estuviera estudiando. No encontraba la forma adecuada de comunicar una noticia que hasta para él sonaba absurda. Tras varios minutos —largos, densos, silenciosos— suspiró y miró primero a Anzor.
—Lamento interrumpir tu momento con tu madre —dijo.
Anzor, despreocupado, respondió:
—No pasa nada. Ella se quedará varios días.
—Aun así, lo lamento —repitió Candado.
Luego se volvió hacia el grupo.
—Lo que voy a decir no debe salir de esta habitación. ?Puedo confiar en ustedes?
—Sí —respondieron todos al unísono.
—Muy bien —inhaló profundo y soltó el aire lentamente—. El gremio tiene un trabajo. Ma?ana, a la una de la tarde, viajaremos a Jadek.
—?Jadek? ?Qué es eso? —preguntó Matlotsky.
—La nueva nación de nuestra aliada, Sara de Holly Truth.
Hubo un murmullo colectivo.
—Supongo que eso significa volar —dijo Natalia.
—Así es —asintió Candado—. Pero no te preocupes, Mauricio nos ayudará con eso.
—?Qué tan lejos queda? —preguntó Viki.
—Es un secreto —respondió él sin titubear.
—Vamos, tira una pista —pidió Lucas—. ?En qué continente?
—Secreto. No insistan. Es por su propio bien. Solo puedo decirles que viajaremos a un lugar inaccesible por medios convencionales. Una isla flotante de varios kilómetros.
—Fascinante —murmuró Germán.
Candado notó entonces algo extra?o: Héctor llevaba toda la reunión mirando fijamente a Hammya. No la apartaba de su campo visual, como si tratara de resolver un acertijo imposible.
—?Sucede algo, Héctor? —preguntó.
Héctor no reaccionó. Seguía observando a Hammya.
—Héctor —repitió Candado, más firme.
Esta vez sí reaccionó y giró hacia él.
—Sí... misión del gremio… Jadeko.
—Jadek —corrigió Candado.
—Eso mismo.
—?Estás bien?
—?Yo? Sí, sí. Estoy bien. No es nada.
Candado arqueó una ceja, incrédulo. Pero continuó explicando la misión: serían garantes de una conversación y negociación entre Sara y un líder aún desconocido.
Sin embargo, mientras hablaba, Héctor volvía una y otra vez la vista hacia Hammya. Germán y Pucheta también lo notaron.
Cuando la reunión terminó y todos se dispusieron a recibir como correspondía a Kevin y Martina, Héctor se acercó a Candado.
—?Podemos hablar un momento? —preguntó, se?alando con la cabeza hacia el pasillo.
Candado entendió de inmediato que se refería a la habitación del sótano.
—Claro —respondió, poniéndose de pie para seguirlo.
Hammya los vio alejarse, pero continuó conversando con los demás. Germán sonreía con su clásica mueca tétrica mientras armaba su cubo de Rubik; Lucas y Pucheta seguían discutiendo sobre algún invento absurdo.
Cuando Candado cerró la puerta del sótano, Héctor caminó hasta la única mesa y se sentó.
—?Qué pasó? —preguntó Candado.
Héctor guardó silencio. Buscaba cómo ordenar el caos en su cabeza. Se rascó la mejilla, tomó aire y finalmente habló:
—Germán y Pucheta tenían nanobots en sus cuerpos.
Candado miró la puerta, tentado de marcharse, pero Héctor continuó antes de que pudiera moverse.
—Están bien. Nelson y Lucas ayudaron. Todo está bajo control.
El rostro rígido de Candado mostró un instante de alivio. Pero Héctor aún no terminaba.
—El problema no es solo eso —a?adió—. Es… cómo pasó todo.
—?Qué querés decir?
—Hammya.
Candado frunció el ce?o.
—?Qué tiene que ver ella?
—Ella me mandó un mensaje, a mí y a Darío, para esperar a Germán y Ana María en el aeropuerto. Pero según Germán, él no se lo dijo a nadie. Ni siquiera a vos.
—Corrección: yo sí lo sabía —admitió Candado.
—También lo pensé. Cada vez que un agente es arrestado y enviado a las cuevas, Germán pasa por ese lugar. Sé que no está bien. No soy médico, pero sus rasgos… están emergiendo con más fuerza cada vez. Tal vez haya algo humano ahí.
Candado tomó asiento frente a él.
—Conocés la situación de Germán —dijo con calma—. No se puede reparar lo que tiene. A veces quiero que entiendas que, muchas veces, más de las que podés contar, la gente nace con condiciones que los empujan hacia tres caminos: moral, neutro o amoral. Y muchas veces el tercero se vuelve… muy malo. Alguien que cree en la humanidad debería saberlo.
Héctor respiró hondo.
—Escuchame. Que yo crea en la humanidad no significa que crea que todos pueden ser salvados. Algunos no quieren. Otros no pueden, como vos decís. Pero si en él queda aunque sea una chispa de algo humano… no quiero ser yo el que la extinga. No es esperanza ciega. Es una elección: no agregar más oscuridad a un mundo que ya está lleno de ella en su gran mayoría. Pero no vine a hablar de Germán. Vine a hablar de Hammya.
—?Qué hizo?
—La forma en la que pasaron las cosas… parecía que estuviéramos en una película y ella fuera la directora. Sabía dónde estaba Germán. Sabía cuándo iba a volver. Sabía que Walsh podía detectar anomalías. Sabía que iríamos al gremio. Sabía que Nelson y Lucas estarían allí. Sabía qué problema tenía cada uno antes de que Darío o cualquiera de nosotros se enterara. Y de otro modo… ?por qué Nelson tendría justo la medicación adecuada?
Candado se llevó la mano al mentón.
—Quizás su poder evolucionó —dijo—. Algo parecido a lo de Erika.
—Erika necesita un disparador físico o mental para eso. Peligro. Amenaza. Si yo no tuviera una relación con ella, jamás podría ver si me pasara algo. Además —lo miró a los ojos— vos sabés que la única forma de ver más allá de unos segundos de futuro, algo parecido a Chronos, es mediante un conjuro. Y por lo que conozco a Hammya… no es capaz de hacer uno.
—?Sospechás de ella?
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—No exactamente. Pero sé que oculta algo. Y si sabía todo esto con tanta precisión… ?Qué más sabe?
—?Por qué me contás todo esto?
—Porque solo no puedo. Necesito tu ayuda. ?Cómo sabía? ?Por qué sabía? ?Y qué más sabe?
El silencio cayó unos instantes. Candado cerró los ojos, los abrió y respondió:
—Entiendo. Hablaremos cuando termine la reunión.
—Gracias.
Salieron del sótano, pero apenas abrieron la puerta se encontraron a Hammya sonriendo en el umbral.
—Supongo que quieren algo de mí, ?no? —preguntó.
Héctor y Candado se miraron. Héctor suspiró.
—Sí… es cierto.
—Genial. ?Me van a llevar ahí? —preguntó se?alando la puerta del sótano.
—No —respondió Candado con frialdad.
—Bueno, quizás otro día.
—Quizás.
Héctor ya no sabía cómo empezar la conversación. Candado, frustrado, les puso una mano a cada uno en el hombro y los tres desaparecieron. Al instante, volvieron a estar en la habitación blanca.
—Oh, recuerdo este lugar —dijo Hammya con nostalgia.
—??Candado!? —exclamó Héctor.
—Descuida. Amabaray me curó por completo —respondió él.
—Supongo que estoy aquí por algo —comentó Hammya.
—De cierto modo, sí —dijo Héctor.
Ella aplaudió, entusiasmada.
—Genial. ?Tienen preguntas?
—Correcto —respondió Candado—. Y queremos respuestas.
—Entonces pregunten.
—?Sabías lo que iba a pasar con Ana y Germán? —preguntó Héctor.
Hammya miró a Candado. No retrocedió, no se incomodó. Solo sonrió con calidez.
—Sí. Lo sabía.
Candado sintió un malestar visible: ella no mentía.
—?Cómo lo sabías? —insistió.
—Elemental, mi querido Ramírez —respondió con burla ligera—. Ya lo había vivido.
Héctor miró a Candado, y este frunció el ce?o sin apartar la vista de ella.
—?Cuántas veces? —preguntó Candado.
—?Perdón? —dijo ella.
—?Cuántas veces “viviste” esto? Porque dudo que seas muy devota de controlar los tiempos.
Hammya soltó una risa corta, que se apagó rápido. Su expresión cambió a una sonrisa triste, melancólica.
—Contando esta… cinco veces.
Ambos quedaron petrificados.
—No puede ser —balbuceó Héctor—. Tantas veces… lo habríamos notado…
—Chronos —interrumpió Candado.
Hammya asintió.
—Supongo que nada se te escapa.
Y Candado recordó la reacción de Chronos aquella vez que se encontraron, allá en el pasado.
—?Qué es eso?
—Oh, esta caja... —Chronos la abrió y sacó un libro verde—. Es un obsequio.
—?Para mí?
—No, no, no. Para tu acompa?ante.
—?Quién? ?Helga?
—No, es para una hermosa dama de cabello verde.
Candado sintió una incomodidad inexplicable al escuchar la descripción, pero lo disimuló.
—?Puedo verla?
—No.
Respondió rápidamente Candado, con una molestia visible en su rostro.
—Qué mal.
Chronos sonrió, y eso provocó que Candado lo mirara fijamente, pensando en más de mil maneras de por qué Chronos quería ver a Hammya. Hasta que una de sus teorías caló en su mente y se manifestó en su rostro con sorpresa.
—No...
Candado volteó rápidamente y vio que Hammya ya estaba allí.
—?Imposible! —dijo con ira.
—Tranquilo, no estás lejos de la verdad, pero tampoco cerca de la mentira.
—?Candado? —se preocupó Hammya.
—?Chronos, vos?
—Tú no quieres saber eso, Candado —luego miró a Hammya—. Hola, cari?o. ?Cómo entraste?
Presente
Candado miró a Hammya con una mezcla de certeza y cansancio en los ojos.
—Tocaste el libro, ?no es así?
—Así es —respondió ella sin rodeos.
—?Qué pasa, Candado? —preguntó Héctor, sin entender del todo.
Candado apretó la mandíbula.
—Sospeché que Chronos quería algo de Hammya. Creó las condiciones perfectas para sacarle una ventaja. No sería la primera vez que cobra una deuda: así fue como logró que los padres de Helga se conocieran. Necesitaba que ella naciera para formar ese vínculo extra?o que tiene con ella… pero esta vez no. —Miró directamente a Hammya—. Fuiste vos la que le pidió ayuda. Y te la dio, trasladaste tu conciencia futura a la pasada, solo él puede hacer eso.
Hammya cerró los ojos. Fue respuesta suficiente.
—?Qué tan cercanos éramos —continuó Candado— para que hicieras una locura así?
Hammya dio un paso hacia él y lo abrazó. Luego posó un dedo sobre sus labios, como conteniendo algo que no debía ocurrir, y dejó un beso suave sobre ese dedo, casi tocándolo, casi no.
Héctor abrió los ojos, sorprendido.
—?Qué…?
—Imposible —dijo Candado, aunque su tono no tenía rabia, sino una amarga confirmación.
—Claro que no ahora —respondió Hammya con tranquilidad—. Pero eventualmente pasará.
—?Qué pasó con ella? —preguntó Candado, sin apartar la vista—. Contestá.
Hammya suspiró, bajando la mirada.
—Soy Hammya… pero cinco a?os mayor.
El silencio cayó como un golpe.
—La quiero de vuelta —dijo Candado, sin emoción aparente, pero con algo filoso debajo.
—Qué pesado sos. ?Soy yo! ?Acaso te gusta más esta versión? ?Te gustan las chicas osadas y torpes?
Candado no reaccionó. Su expresión era una pared.
—La...Quiero...De vuelta —repitió, esta vez con un tono que helaba.
Hammya respiró hondo.
—Es temporal. Cuando termine lo que vine a hacer… volveré.
—?Y si no?
—Hablo en serio, Candado. Cuando cumpla lo que me une acá, me regresará.
—?Qué necesitas?
—Que me escuches, y que hagas lo que te pida —dijo ella, retrocediendo un paso—. Confiá en mí. Quiero lo mejor para vos y para todos. Para que quede más claro, mientras me escuches más rápido terminaré y vos la verás...a la antigua y tonta yo.
Candado la observó largo rato, sin pesta?ear.
—Bien —dijo al fin—. Se hará a tu manera.
Chasqueó los dedos, y todos volvieron a la habitación del gremio. Lucas, con un sándwich en la mano, pegó un salto y se lo arrojó sin querer a Germán, que lo miró con una sonrisa inquietante mientras Lucas se disculpaba torpemente.
—Ni una palabra —ordenó Candado.
Y se marchó sin mirar atrás.
Héctor fijó la vista en Hammya y puso una mano sobre su hombro.
—Esperemos que esto termine pronto.
—Yo también —respondió ella, aunque su sonrisa parecía forzada.
Candado salió del gremio. Ya había anochecido. Su rostro estaba tenso, casi inamovible, pero bajo la superficie hervía una furia contenida. Las hermanas —Erika y Lucía— fueron las únicas que lo notaron. Intercambiaron una mirada y lo siguieron.
Apenas cruzó la puerta, Candado se llevó las manos a los lagrimales y, con un gesto brusco, arrojó su boina contra la vereda. Estaba temblando. Eso era lo más alarmante: Candado Barret no temblaba. Nunca.
Una figura se inclinó, levantó la boina y dio unos pasos hacia él. Era Erika, acompa?ada de su hermana.
Ambas lo tocaron apenas en el hombro, como si temieran romperlo. Candado giró despacio, con visible esfuerzo por controlar su expresión. Al verlas, apretó aún más ese control: no quería asustarlas.
Se cubrió los ojos un instante, respiró hondo y volvió a ponerse la boina.
—Estoy bien… estaré bien —dijo en voz baja—. Gracias.
Las gemelas no respondieron. Solo lo observaron con la misma intensidad con la que él solía observar al resto.
—Vayan adentro. Hoy los protagonistas son Kevin y Martina —dijo, desviando la conversación.
—?Dónde vas? —preguntaron, al unísono.
—A casa. Estoy cansado… muy cansado.
El leve temblor en sus manos les confirmó lo que ya intuían: algo muy malo había pasado.
—Bueno… Por Isidro. Nos vemos ma?ana.
Tras haber dicho eso. Candado asintió y dio un paso para marcharse, pero ambas lo sujetaron de inmediato por las manos, con una fuerza sorprendente.
—?Qué hacen? Suéltenme —pidió él, desconcertado.
—La casita… —murmuró Erika.
—…no terminó —completó Lucía.
Candado frunció el ce?o.
—?Otra vez con eso?
—No vas a tu casa, papá —dijo Lucía con una seriedad inusual.
—Vas a la nuestra —terminó Erika.
Candado se resistió.
—Suéltenme. Quiero estar solo.
—Le avisaremos a Clementina —advirtieron a la vez.
él las miró con hastío y resignación mezclada.
—Como su padre, les ordeno que me suelten.
El agarre se volvió más fuerte.
—No —dijeron, temblando.
Candado sintió cómo la irritación subía como fuego. Sus ojos se encendieron, adquiriendo ese brillo llameante que significaba advertencia.
—Suéltenme —gru?ó.
Las hermanas cerraron los ojos, aterradas. Pero no lo soltaron.
Candado quería gritarles. Empujarlas. Alejarlas. Pero algo dentro de él se quebró antes de siquiera intentarlo. El fuego en sus ojos se apagó y, sin decir una palabra, cayó de rodillas.
Ellas lo sostuvieron, sorprendidas por el súbito derrumbe.
Candado miró el suelo. Unas gotas cayeron. Estaba llorando. Y estaba luchando para que nadie lo viera llorar.
—?Por qué no me hacen caso? —dijo con la voz rota—. ?No soy acaso su padre?
Las hermanas se arrodillaron con él y lo abrazaron al mismo tiempo.
—Estamos acá —susurró Erika—. No nos vamos a ir.
—Si no querés contarnos, no te vamos a preguntar —a?adió Lucía—. Solo vamos a estar con vos. Siempre estuviste para nosotras… ahora nos toca cuidarte un poco.
Candado cedió, torpemente, y las abrazó también. Lloró un rato más, hasta que el temblor fue disminuyendo. Cuando las hermanas levantaron la vista, notaron una figura a lo lejos, observándolos desde la ventana del gremio: Hammya, ella estaba visiblemente preocupada. Pero a sus ojos estaban, ella era responsable del por qué Candado estaba en este estado, con ojos ligeramente afilados, como si la escena le provocara algo incómodo, le devolvieron la mirada.
Las gemelas estrecharon aún más su agarre sobre Candado y, sin soltarlo, lo llevaron lejos de la vista de Hammya.
La casa de las hermanas estaba a unas cuadras del gremio. Cuando entraron, su madre se asomó desde la cocina.
—?Erika? ?Lucía? ?Son ustedes?
—Sí, mamá —respondieron.
La mujer apareció con el cucharón aún en la mano. Tenía el mismo cabello rojo corto de sus hijas y unos ojos igual de claros. Al ver a Candado triste, se preocupó.
—?Qué pasó?
—?Puede dormir Candado con nosotras hoy? —preguntó Erika.
—Claro. Llamaré a su casa.
Las hermanas lo llevaron a su habitación y lo sentaron en la cama de Lucía. Abrieron el armario y sacaron una caja con ropa limpia especial para él; hacía tiempo habían preparado un peque?o “kit” para las noches que Candado se quedaba a dormir.
Lo dejaron para que se cambiara, pero prepararon una trampa suave: Lucas había instalado un sistema, a pedido de las hermanas claro, que impedía que Candado apagara la luz de la habitación cuando estaba triste y quisiera aislarse. Si presionaba el interruptor, se apagaría la luz del pasillo. Así podían entrar y asegurarse de que no se encerrara en su propia oscuridad.
Y como esperaban, a los dos minutos la luz del pasillo se apagó.
Entraron en silencio.
Candado estaba frente al interruptor, presionándolo una y otra vez, como alguien que quisiera borrar su propia existencia que por apagar la luz.
Erika le quitó la boina con suavidad y la dejó en su cama. Lucía se agachó para quitarle los zapatos. Luego lo recostaron y lo arroparon. Candado seguía inmóvil, como un mu?eco sin alma. No lloraba ya, pero tenía los ojos rojos y la mirada perdida, completamente apagada.
La rabia que ellas sentían hacia Hammya creció aún más. No podía evitar echar la culpa a su amiga, por llevar a Candado a este estado, si bien Hammya había salvado a Candado. No justificaba nada su rabia hacia ella, y más si ella lo arrastró a esta situación.
Erika apagó la luz desde un botón oculto bajo la mesa de noche. Luego ambas fueron al ba?o a cambiarse, avisaron a su madre que comerían más tarde, y regresaron al cuarto.
Candado seguía mirando el techo, sin expresión.
Ellas se metieron en la cama, una a cada lado, y pusieron sus manos sobre su pecho. Le dieron peque?as palmadas rítmicas, mientras tarareaban una melodía de cuna que él conocía desde la infancia. La misma que él solía cantarles a ellas.
Poco a poco, los ojos de Candado se cerraron, algunas lagrimas salieron de forma involuntaria.
Y cuando él finalmente se durmió, ellas también lo hicieron.

