Sara estaba recostada en su jardín, envuelta por el aroma tenue de las flores y el vapor cálido de su taza de té de manzanilla. La tarde caía lenta, ba?ando el césped en tonos dorados. Frente a ella, sentado con postura impecable, se encontraba un invitado con un rostro familiar: Kruger Barreto.
—Supongo que llegaron a algo —dijo Sara, observándolo con serenidad cansada.
—Fuimos allí, como me dijiste —respondió Kruger—. Y encontramos esto.
Sacó de su bolsa un peque?o trozo de pa?uelo, cuidadosamente anudado, que envolvía algo con evidente delicadeza. Lo colocó sobre la mesa.
Sara lo tomó con manos suaves, pero tensas. Al desenvolver el pa?uelo, un cristal verde claro, brillante como agua bajo el sol, apareció ante ella. Cerró los ojos. Su pecho descendió en un suspiro largo, casi tembloroso, y una sonrisa se dibujó en su rostro. Al abrirlos, tocó el cristal con la punta de sus dedos. Con ese simple roce, lo reconoció.
—Lo encontraron —murmuró con un alivio sincero—. No saben cuánto se los agradezco.
—?Qué es exactamente? —preguntó Kruger, sin poder apartar la vista del objeto.
—Algo que no es de este mundo. No lo comprenderías del todo, pero sí tiene un nombre —Sara tomó el cristal entre sus manos, como quien sostiene una llama—. Esto es la Mente de Cristal, un artefacto muy poderoso.
—Supongo que era lo que estaba buscando.
—Creo que fue tu hermano quien me pidió ayuda —agregó Sara.
—Así es. Me dijo que fue usted quien lo contactó, así que vine a entregárselo en persona.
—Tendré que avisarle que ya lo conseguí.
—No se moleste, Sara. Ya lo hice.
—Oh… gracias.
—No hay de qué. En fin, debo irme. Mi hermano está actuando raro y tengo que investigarlo.
—Entonces no lo entretengo más. Ojalá no sea nada grave.
—Esperemos que no —respondió Kruger con una sonrisa ladeada. Le gui?ó un ojo y se marchó, dejándola sola en el silencio cálido del jardín.
Sara bajó la mirada hacia el cristal. Esta vez, su suspiro no fue de alivio, sino de agotamiento.
—Supongo que con esto puedo negociar los términos —murmuró.
Sus ojos brillaron por un instante, como si una chispa interna se activara.
—Sé que estás ahí, Tínbari.
Una figura se materializó frente a ella, surgiendo de humo negro que se retorcía en el aire.
—Es aburrido cuando hacen eso —gru?ó Tínbari, cruzándose de brazos.
—?Deber periodístico? —comentó Sara con ironía.
—Exacto —dijo él, levantando ambos pulgares con exagerado entusiasmo.
Sara negó con la cabeza, sonriendo con cansancio.
—Ya que estás aquí, necesito que le envíes un mensaje a Candado. Me gustaría verlo.
Tínbari ladeó la cabeza.
—Supongo… ?qué mensaje?
Sara sostuvo el cristal con más fuerza.
—Dile que ya es momento de volver.
Tínbari parpadeó, sorprendido.
—Pensé que eso llevaría meses.
—Solo era un pretexto —respondió ella, mirando la piedra—. No imaginé que esto aparecería tan rápido. O que Kruger sería tan eficiente.
—Entiendo… —dijo Tínbari, su voz ahora seria—. Pero te recuerdo que Candado está bajo mi cuidado. Aunque no lo parezca, me importa. Y no me entusiasma la idea de que vaya a otro mundo contigo.
—Lo sé —admitió Sara—. Pero quiero ser egoísta, al menos esta vez. No puedo hacerlo sola… y miles de vidas dependen de mí, y de ese acuerdo.
Tínbari suspiró. Su silueta comenzó a desvanecerse.
—Le daré el mensaje —dijo finalmente, antes de desaparecer por completo.
Una vez más, el jardín quedó en silencio. Sara dejó caer los hombros, pero justo cuando estaba a punto de relajarse, alguien llamó a la puerta. Rodó los ojos hacia arriba.
—Dioses… ?quién es ahora?
Con desgano, giró las ruedas de su silla y avanzó hacia la puerta principal. Sus padres no estaban ese día; la casa era toda suya. Miró las cámaras de seguridad y reconoció, con sorpresa y un toque de resignación, a dos figuras conocidas: Hammya y Clementina, quien saludaba a la cámara con entusiasmo infantil.
Sara esbozó una peque?a sonrisa y abrió la puerta.
—Buenos días, se?orita Sara —saludó Clementina con dulzura.
—Saludos —a?adió Hammya, con su habitual presencia imponente.
—Pasen, pasen. Gracias por venir —dijo Sara con cortesía.
Clementina entró primero y, sin pedir permiso, se colocó detrás de la silla para empujarla suavemente.
—Oh, gracias, Clem —agradeció Sara.
—Vivo para servir —replicó Clementina con un toque de sarcasmo juguetón.
—?Qué hacen aquí? —preguntó Sara, genuinamente confundida.
—Estamos esperando a Candado —respondió Hammya.
—?Disculpa?
—La se?orita Hammya dijo que Candado vendría aquí —explicó Clementina—, y me convenció para acompa?arla. Esperamos no causar molestias.
—No, claro que no… pero no están del todo erradas. Llamé a Candado hace unos minutos, aunque no sé si vendrá. O si sabe que ustedes están aquí.
—Oh, claro que vendrá —aseguró Hammya, con una certeza tan intensa que casi inquietaba.
—Supongo… —Sara sonrió, conciliadora—. ?Qué tal si las invito a algo?
—?Hablamos de alfajores? —preguntó Clementina con brillo en los ojos.
—Los mejores alfajores de toda la provincia de Córdoba —anunció Sara con orgullo.
—Delicioso —respondió Clementina.
—?Te sirvo algo, Hammya? —preguntó Sara.
—Solo un refresco, gracias.
—Tenemos —dijo Sara, y luego miró a Clementina—. ?Podrías ayudarme en la cocina?
—Claro —respondió la androide—. Es una de mis labores preferidas.
Hammya sonrió y caminó junto a ellas. Sin embargo, se detuvo un instante y miró la hora en el reloj de la casa, como si aguardara algo. Cerró los ojos por un momento, suspiró y volvió a sonreír. Luego sacó su celular y revisó un mensaje, uno que ella misma había enviado a Héctor y a Walsh "Vayan al aeropuerto de...". Y también a Nelson, "Trae la maquina y la pastilla".
—Todo saldrá bien —susurró.
Guardó el celular y continuó detrás de las chicas.
Mientras tanto.
En el aeropuerto de los Semáforos de Chaco, un avión proveniente de Kanghar acababa de aterrizar. De él descendieron dos personas muy conocidas, acompa?adas por otros pasajeros: German y Pucheta. Ambos bajaron con tranquilidad; Pucheta bostezaba ampliamente, mientras German conservaba su característica sonrisa. Al poner un pie en la pista, vieron dos rostros familiares esperándolos: Héctor y Walsh.
En cuanto Pucheta los reconoció, olvidó por completo su bostezo y levantó las manos con un gesto lleno de energía.
—?Hola! —gritó, saludando con entusiasmo.
German siguió la dirección de la voz y simplemente alzó una mano, reconociendo la presencia de sus compa?eros.
Pucheta echó a correr hacia ellos.
—Ahí viene —murmuró Walsh.
Héctor sonrió.
—Claro, ahí viene.
Pucheta llegó hasta ellos y exclamó:
—?Abrazo desinflaosos!
Sin esperar respuesta, rodeó a ambos con un abrazo tan fuerte como cari?oso.
—Ana, por favor… no somos indestructibles. Somos frágiles —suplicó Walsh, con la voz algo comprimida.
—Yo también me alegro de verte, Ana —dijo Héctor, claramente adolorido.
Ella los soltó al fin, y les dio un beso en la mejilla a ambos.
—Ana María Pucheta, reportándose al trabajo —anunció con alegría.
Pero al romper el abrazo, Walsh sintió un pinchazo leve en la cabeza, como una molestia fugaz que apareció al perder el contacto.
—?Estás bien? —preguntó Pucheta, preocupada al verlo tocarse la frente.
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—Sí, sí. No es nada —respondió él, masajeándose las sienes.
Walsh había sentido algo extra?o desde el principio, un hormigueo en la base del cráneo que no supo identificar. Aun así, no le dio importancia. Hasta que ocurrió.
German se acercaba con las manos en los bolsillos, caminando con su ritmo confiado, ese que parecía marcado por un tambor imaginario que solo él escuchaba. Llevaba puesta su característica sonrisa: amplia, despreocupada… demasiado despreocupada.
—No les pienso dar un abrazo —anunció con tono burlón, extendiendo la mano.
Héctor rió entre dientes y la aceptó primero. Apretón firme, un gesto normal.
Pero cuando Walsh estrechó la mano de German, sintió como si un hierro candente le atravesara la cabeza. El dolor fue tan repentino y feroz que sus rodillas cedieron y cayó al suelo.
—??Walsh?! —exclamaron Héctor y Pucheta al mismo tiempo, avanzando hacia él.
German no perdió su sonrisa. Su serenidad contrastaba con el caos que se estaba formando.
—No te he hecho da?o —dijo—. Ni siquiera te apreté la mano.
Walsh retrocedió como si German fuera una hoguera viva. Terminó sentado, respirando con violencia. Levantó la vista hacia Pucheta, se obligó a ponerse de pie, y apenas la tocó con la punta de los dedos… el mismo dolor regresó, desgarrador, obligándolo a soltarla de inmediato.
Pucheta se quedó inmóvil. Luego se miró las manos con terror, como si hubiera descubierto sangre invisible sobre ellas. Su rostro empezó a torcerse por la culpa.
Hasta que German le dio un suave golpe con los nudillos en la cabeza.
—Tranquila, Ana. Deja que Walsh se recupere y hable.
Walsh apoyó una mano en el suelo y, jadeando, anunció:
—Están envenenados.
Pucheta dio un paso atrás, petrificada. German seguía sonriendo… pero había algo en esa sonrisa. Una rigidez, un brillo peligroso en la mirada. Era su manera de mostrar molestia sin romper el gesto.
—?Y quién fue el valiente? —preguntó con falsa alegría.
Héctor sostuvo a Walsh, colocándose a su lado para evitar que cayera.
—Tranquilo, Darío. Estoy aquí.
—Me halagas, Héctor —murmuró Walsh con sarcasmo, tratando de mantener la compostura.
German ladeó la cabeza.
—?Qué te pasa? Explica —pidió con su sonrisa habitual, un poco más suave.
Walsh tragó saliva.
—Sentí… algo nocivo en sus cuerpos. Algo que afecta a mi segalma. Con solo tocarlos me da?a.
Héctor acercó las manos a German y luego a Pucheta, tocándolos sin dudar.
—Yo no siento nada. No es que desconfíe de vos, Walsh.
—No te preocupes —respondió Walsh—. Mi segalma es muy sensible a los cambios abruptos. Cualquier anomalía la detecta.
—?Entonces vamos a morir? —preguntó Pucheta, con la voz quebrada.
—No —negó de inmediato—. Lo que sea que tengan no es peligroso… por ahora. Parece inofensivo. Pero el origen es alarmante.
German entrecerró los ojos. Pensó rápido. Repasó los últimos días, las cosas que consumió, los lugares donde estuvo. La respuesta cayó sobre él como una piedra.
—Bingo —dijo en voz baja—. Esa tienda de morondanga… en Kanghar.
—Lo investigaremos después —interrumpió Héctor—. Primero, ustedes.
Sin perder más tiempo, llamaron un taxi. La agencia cubriría los gastos, así que no discutieron con el chofer. Subieron apresurados. Durante el trayecto, el silencio se mantuvo apenas interrumpido por el ruido de la ciudad contra las ventanas.
German, sorprendentemente tranquilo, fue el primero en hablar.
—?Cómo sabían que estaríamos ahí?
—Hammya nos avisó por mensaje —respondió Héctor.
German soltó una risa baja.
—Curioso. No le dije a nadie que me marchaba. Ni siquiera a Candado.
—Aunque no avisaras —suspiró Walsh—, Candado siempre sabe dónde estás. Lo sabe todo.
Walsh lo miró de reojo.
—?Por qué Pucheta estaba contigo?
German bufó.
—Oh, oh, yo sé porque. Lo vi escabulléndose y lo seguí. Cuando quise darme cuenta, ya estaba en el avión.
Puchata sonrió, culpable. Luego de contar algo como si fuera muy intimo.
—Yo le dije que no —continuó German—, pero insistió. Y me cansé.
Ella bajó la mirada, aunque la sonrisa seguía ahí.
German apoyó la cabeza en la puerta del coche, mirando el exterior.
—?Cómo supo Hammya? —preguntó en un tono tan bajo que casi no parecía el suyo. Su sonrisa se volvió tétrica.
—Lo sabremos después —dijo Héctor—. Primero lo urgente.
Al llegar al gremio, se sorprendieron al ver a Nelson y Lucas montando una enorme máquina en medio de la sala. Cables, herramientas, piezas metálicas y el olor a aceite lo invadían todo.
—?Oh, amigos, bienvenidos! —exclamó Lucas, cubierto de hollín y aceite hasta las cejas.
—Saludos —dijo Nelson, mucho más presentable.
—Es una emergencia —anunció Walsh—. Están envenenados.
Ambos se sobresaltaron y corrieron a examinarlos.
Lucas se acercó a German.
—Por favor, no me toques —pidió German, extendiendo la mano como si Lucas fuese una amenaza biológica.
—La salud es lo primero.
Lucas lo agarró igual, dejándole más manchas en la ropa.
German gru?ó, todavía sonriendo.
—Grrrr… hacelo rápido.
Nelson, en cambio, examinó a Pucheta con mucho cuidado, usando cualquier herramienta improvisada a su alcance. Tras varios minutos, ambos inventores coincidieron:
—Visualmente no hay nada —dijo Lucas.
—Ni parece haber malestar físico —a?adió Nelson.
Walsh dio un paso al frente.
—Mi segalma detectó anomalías en sus cuerpos.
Nelson miró la máquina que aún estaban instalando. Sus ojos se iluminaron.
—Lucas, ?y si probamos el aparato en ellos?
Lucas dio un salto.
—?Oojojojojo! ?Gran idea, se?or Nelson!
Héctor frunció el ce?o.
—?Y eso qué es?
—Una máquina que analiza segalmas y cuerpos humanos —explicó Lucas con orgullo.
German, mientras trataba de limpiar las manchas de aceite de su traje con desesperación. Dijo:
—?Y por qué está esto aquí?
—No lo sé —dijo Nelson—. Yo lo estaba montando porque esta ma?ana Hammya me mandó mensajes… muy específicos sobre análisis de cuerpos y segalmas.
Héctor y Walsh intercambiaron una mirada.
—Eso es extra?o —susurró Héctor.
—Muy extra?o —respondió Walsh.
German intensificó su sonrisa, y un escalofrío recorrió la habitación.
—Fascinante.
Luego volvió a frotar su traje, esta vez con más furia.
Héctor observó la máquina con genuina curiosidad, acercándose como quien analiza un animal desconocido, en este caso, un "electrodoméstico" curioso.
—?Con esto podremos saber qué tienen? —preguntó.
—En teoría, sí —respondió Nelson.
—?Y cómo funciona? —preguntó German, resignado a que su traje jamás volvería al estado original.
Nelson sonrió.
—Es sencillo: se quitan la ropa, y ese rayo de ahí los escaneará. Produce una imagen completa de su cuerpo y su segalma.
Pucheta dudó. Tragó saliva. Con manos temblorosas empezó a desabotonar su camisa. Apenas llegó al segundo botón, German la tomó de la mu?eca sin siquiera verla directamente, como un gesto automático de protección.
—Entiendo su oficio, doctor —dijo con formalidad contenida—, pero sería muy de mi agrado si esta máquina estuviera en un lugar más privado.
—Exacto —asintió Nelson. Luego miró a Lucas—. Ven, Luquita, ayudame con esto.
—?A la orden, capitán! —exclamó el inventor con entusiasmo.
Tras unos minutos de ruidos metálicos y forcejeos, trasladaron la máquina a una sala vacía que antiguamente servía como dormitorio improvisado del gremio. Las paredes estaban limpias, la iluminación tenue y el ambiente lo suficientemente íntimo como para que Pucheta respirara un poco mejor.
Nelson la invitó a entrar. Lucas, por pura cortesía, y porque German lo estaba observando con una sonrisa tensa que significaba “te mato si mirás”, salió de inmediato.
Ella se detuvo antes de cruzar la puerta y miró a German buscando alguna seguridad.
—Ve —le dijo él, más suave esta vez—. No pasará nada.
Pucheta inhaló profundamente, levantó la frente y recuperó un poco del optimismo que solía caracterizarla. Se despidió de German con una sonrisa tímida y entró con paso decidido.
Treinta minutos después, la puerta se abrió. Pucheta salió abrochándose los botones con rapidez, algo sonrojada. Nelson salió detrás de ella y llamó a Lucas para que ingresara.
Ella dio un respingo, pero Nelson levantó las manos para tranquilizarla.
—No son imágenes… de ese tipo, hija. Solo es el interior.
Lucas entró a revisar los resultados del escaneo. Otros veinte minutos pasaron, cargados de tensión.
Hasta que ambos salieron.
Lucas sostenía una tableta donde se proyectaba un gráfico tridimensional del cuerpo de Pucheta, lleno de puntos brillantes como estrellas rojas.
él tragó saliva antes de anunciarlo.
—Nanobots.
La palabra cayó como un cuchillo en la habitación. El silencio fue total, casi físico.
German fue el único que habló.
—Bien… eso ayuda en algo.
—Tengo parásitos dentro del cuerpo… —murmuró Pucheta, sintiéndose peque?a.
—?Y cómo se los quitamos? —preguntó Héctor.
Lucas, sin perder un segundo, sacó un táser de entre sus herramientas y, antes de que alguien pudiera impedirlo, descargó una explosión eléctrica contra el pecho de German.
El cuerpo del hombre se arqueó y cayó al suelo con un gru?ido.
—Pedazo de ne—… —German intentaba insultarlo entre espasmos.
Nelson suspiró profundamente, luego de quitarle el táser.
—Así no.
Lucas lo miró, confundido.
—?Ah… no?
—No —repitió Nelson, llevándose una mano a la frente—. Vamos a usar una píldora.
Nelson recordó el mensaje de texto de la ni?a: "Trae la pastilla para anomalías, en especifico sobre mecanismo robóticos. Y avisamé cuando todo esté bien".
Nelson se acercó a la mesa, tomó un peque?o frasco de vidrio y lo depositó frente a todos. Dentro había una única píldora esférica, del tama?o de una lenteja, de color plateado con vetas azuladas que parecían moverse como diminutos impulsos eléctricos.
Todos la observaron en silencio.
—Esta píldora —explicó Nelson con la calma de un profesor veterano— contiene un microcampo inhibidor. Cuando se disuelve en el estómago, libera una sustancia bioquímica que actúa como un “código falso”.
—?Código falso? —repitió Héctor.
—Exacto. Los nanobots funcionan con un protocolo interno para identificar qué células deben afectar y cuáles no. Esta píldora les envía una se?al falsa que ellos interpretan como una orden directa de su creador: hibernar.
Walsh arqueó las cejas.
—?Hibernar?
—Sí —continuó Nelson, se?alando una gráfica holográfica—. Al entrar en ese estado, dejan de moverse, de replicarse y de interactuar con el cuerpo humano. Quedan completamente inmovilizados.
German, aún temblando por el taser, se incorporó apoyándose en Héctor.
—?Y luego qué? —gru?ó, todavía molesto, pero manteniendo su sonrisa.
Nelson sonrió con tranquilidad.
—Luego salen, los excretan, los orinan o sudan. Lentamente. Como si fueran minerales no absorbidos.
—Eso suena… desagradable —comentó Pucheta, palideciendo.
—Mucho menos desagradable que los parásitos mecánicos cumplan su misteriosa misión por nanobots activos —respondió Lucas con total sinceridad.
—Lucas —advirtió Nelson.
—Perdón.
Germán se acercó a la mesa metálica donde reposaban las píldoras. Tomó una entre los dedos, sintiendo su superficie lisa, casi aceitosa.
—Lo que sea para exterminar estos parásitos —gru?ó, acercándosela a la boca.
—Pero no te hicimos estudios a vos también —dijo Lucas, sin alzar demasiado la voz, aunque la preocupación le tensaba los hombros.
Germán giró la cabeza hacia él. Su sonrisa era tranquila… pero había algo oscuro en esa tranquilidad, un brillo extra?o en los ojos que hizo que Lucas se quedara quieto.
—Confío en mi mejor amigo negroide con ropas de ciencia —declaró con la solemnidad burlona que sólo él podía ejecutar.
Lucas llevó una mano a la cara.
—Qué vergüenza…
Nelson, apoyado contra la pared, soltó un largo suspiro que casi parecía un rezo.
Sin esperar más, Germán se llevó la píldora a la boca y la tragó de un sorbo seco. Pucheta, al verlo, apretó los labios; si Germán lo hacía sin dudar, ella también podía. Tomó una pastilla, la depositó sobre la lengua y la deslizó hacia abajo con ayuda de un vaso de agua. El sonido hueco del vaso al apoyarse sobre la mesa fue como un signo de decisión.
Héctor miró a Walsh. Walsh entendió sin palabras: se acercó a Pucheta y Germán y los tocó suavemente sobre los hombros, como si confirmara que seguían presentes, que seguían vivos.
Y… no pasó nada.
—El dolor sigue —informó Walsh, moviendo los dedos como si probara el peso de su propio cuerpo—, pero es débil. No molesta. —Miró a Héctor, luego a Nelson y a Lucas—. Lo que sea que sea esa píldora, está funcionando.
Un alivio colectivo recorrió la sala. Se notó en los hombros que bajaban, en los suspiros que por fin se permitían, en la tensión que se deshizo como vapor.
Todos, menos Germán.
él se quedó quieto por un segundo, con esa sombra de duda que se hacía cada vez más densa dentro de su cabeza. ?Cómo podía Hammya saberlo todo? Su viaje… la localización exacta… el problema y la solución. Era imposible, incluso para ella.
Sin decir una palabra, sacó su viejo cubo de Rubik. Lo hizo girar entre las manos, las fichas cambiando de color como si algo dentro de él necesitara moverse para no estallar. Sonrió apenas.
Pucheta, curiosa, juguetona y cálida como siempre, se acercó y lo abrazó por detrás, apretando su mejilla contra la mejilla de German.
—?Qué haces? —susurró.
—Nada. Por ahora —respondió él, sin dejar de manipular el cubo.
Nelson los observó por encima del celular, con una mezcla de cansancio y ternura. Luego tecleó rápido un mensaje. Corto. Directo. Para la única que necesitaba saberlo:
“Todo está bien.”
Y lo envió.
Mientras tanto…
Hammya, Clementina y Sara estaban tiradas cómodamente en el sillón, entre almohadones y una manta que no sabían quién había traído. La tele murmuraba un programa sin importancia, algo brillante y ruidoso. Las tres parecían estar disfrutando la calidez del momento, ese descanso silencioso que sólo llega después de un problema difícil.
El celular de Hammya vibró.
Ella lo tomó sin apuro, lo miró y sonrió. Apenas tres palabras.
“Todo está bien.”
—Se acabó un problema. Ahora toca otro —murmuró, más para sí que para ellas.
Miró la hora. 17:30.
Sus ojos se apagaron un instante, como si se preparara para algo inevitable, algo que ya sabía que vendría. Cerró los ojos… y esperó.
Cuando el reloj marcó 17:31 exactos, alguien llamó a la puerta.
—?Quién será? —preguntó Clementina, parpadeando.
—Seguramente es Candado —respondió Hammya, con una calma que no dejaba espacio a dudas.
Antes de que Sara pudiera a?adir algo, Clementina ya estaba de pie, caminando hacia la puerta con pasos suaves pero decididos. La abrió… y ahí estaba.
—Joven patrón, qué sorpresa —saludó con su habitual dulzura.
Candado no respondió al título. Su rostro estaba a su antiguo yo, serio, casi impasible.
—Permiso —dijo simplemente, avanzando sin detenerse.
Atravesó la sala y se plantó frente a Sara y Hammya. Sara giró para mirarlo. Hammya no lo hizo: siguió tomando su té, como si estuviera esperando exactamente ese segundo.
—Hablá ahora, Holy Truth —dijo él, sin rodeos—. ?Qué es eso de “volver”?
Hammya remedó a Candado en silencio, cada oración de lo que había dicho.
También ella misma repitió en silencio, con sus leves movimientos cuando Sara respondió.
—Lo que oíste —respondió ella, dejando la taza en la mesa—. Tengo que volver… a Eurania.
Hammya terminó el último sorbo y dejó la taza en su lugar.
—Comencemos —dijo ella susurrando.

