Candado estaba sentado en su sillón, leyendo un libro, mientras tenía a Hammya a su lado jugando con Karen. Clementina alimentaba a la tortuga Lentejuela, y los padres de Candado descansaban en la habitación de arriba. Hipólito y Andrea no estaban en casa. Era un domingo tranquilo y sin trabajo. Reinaba un silencio apacible en la sala, pero no uno incómodo, sino de esos que solo existen en los lugares donde hay confianza; un silencio donde los únicos sonidos provenían de las peque?as acciones de quienes estaban presentes.
Una cálida tarde en un cálido hogar, dentro de una cálida familia.
—Hammya, pásame el mate, por favor.
La ni?a lo tomó y se lo entregó.
—Aquí.
—Eme.
Candado llevó la bombilla a los labios y bebió.
—Canda.
—Eme —repitió él, sin apartar la vista del libro.
—Pásame el control, por favor.
Candado chasqueó los dedos, y el control remoto comenzó a flotar hasta las manos de Hammya.
—Gracias.
Clementina pasó frente a ellos, llevando una silla de madera con una pata suelta, mientras tarareaba suavemente una melodía. Karen, en un arrebato, tomó el pulgar de Hammya y empezó a chupetearlo.
—?Chst, no! —dijo Hammya, tratando de zafarse.
Karen se quejó con un peque?o sonido. Candado sacó un pa?uelo de su bolsillo y se lo entregó.
—Gracias —sonrió Hammya.
Candado tomó el mate una última vez, lo dejó sobre la mesa y cargó a Karen en su regazo.
—Ven, mi cerecita.
Karen cerró los ojos y se recostó en su pecho.
—?Ahora tenés sue?o?
—Es lista —se burló Hammya mientras se limpiaba el dedo—. Tal vez supere hasta al joven patrón.
Candado suspiró.
—Karen, nunca seas como tu hermana Clem.
Clementina alzó la vista y sonrió.
—Candado.
—Eme —respondió él, bebiendo otro sorbo de mate.
—Tengo una duda… y quizá puedas ayudarme.
—?Política, historia, biología, sociología, lengua? ?Qué puedo hacer por ti?
—Es personal.
—Bien… ?qué es?
—Sabes los cumplea?os de todos, pero nunca tuve la oportunidad de preguntarte.
Candado miró a Hammya y arqueó una ceja.
—?Por qué lo querés saber?
—Es que… tienes muchos amigos.
—?Y?
—Cumplea?os de Lucas.
—Catorce de febrero.
—Cumplea?os de las gemelas.
—Ocho de noviembre.
—Cumplea?os de… —
Candado dejó el mate a un lado y la interrumpió:
—Cumplea?os de todos: Declan, 1 de febrero; Anzor, 11 de junio; Viki, 14 de octubre; Pucheta, 18 de agosto; German, 16 de marzo; Héctor, 21 de febrero; el condenado de Matlotsky, 5 de mayo; Walsh, 31 de octubre; Clementina...
—Soy yo…
—9 de julio… Liv, 3 de octubre; Park, 8 de abril; Andersson, 7 de enero; Mauricio, 27 de junio; Krauser, 1 de noviembre; Natalia, 10 de octubre, Antonela; 14 de enero; Diana y Logan, el mismo día, 4 de junio; Grenia, 19 de agosto, y por supuesto vos, 6 de diciembre. ?Estás contenta?
—Hammya está feliz.
—?Por qué hablás así?
—Por nada.
Candado abrió la boca para decir algo, pero rápidamente se calló y volvió a leer. Hammya lo observó unos segundos.
—No has cambiado nada.
—Eso es obvio.
—Por lo visto lo es —sonrió y continuó—. Espero que nunca cambies.
—Eso es imposible. Todos cambiamos. Mi mentalidad y mi forma de ver las cosas no serán iguales dentro de diez a?os.
De pronto, llamaron a la puerta.
—Voy —dijo Clementina, levantándose.
—Espero que no vengan a molestar con la palabra de Dios.
Hammya soltó una risa.
—Es Anzor —avisó Clementina desde la entrada.
Candado cerró su libro y se puso de pie.
—Anzor.
—Qué comés que adivinás.
—Qué agradable sorpresa.
—Que me sonrojo —bromeó Anzor con una sonrisa.
Candado suspiró.
—Olvídalo —murmuró, luego se acomodó la corbata y lo invitó a pasar.
Anzor entró como si fuera su casa y se sentó en el sillón junto al de Hammya.
—Hola, Ham. Hola, mini Barret.
Hammya saludó, pero Karen frunció el ce?o, molesta por su presencia.
—Igualita a su hermano —sonrió Anzor.
—?Té o refresco? —preguntó Clementina.
—Té, por favor.
Clementina fue a la cocina, justo cuando Candado salía de allí con una taza de té.
—Ese es mi trabajo —dijo ella, quitándole la taza de las manos—. Ahora sí, mis disculpas.
Candado puso los ojos en blanco y, resignado, llenó su termo con agua caliente.
—Payasa metálica —susurró entre dientes.
Clementina entregó el té a Anzor.
—Спасибо (gracias).
—Пожалуйста (de nada).
—?Qué? —preguntó Hammya, confundida.
—Nada, cosas rusas —respondió Candado.
—Sí, se?orita, cosas rusas —repitió Anzor, divertido.
Hammya ladeó la cabeza, sin entender.
Entonces llegó Candado con su termo en la mano.
—?Qué pasó?
Anzor dio un sorbo al té.
—Solo vine a visitarte.
Candado lo observó con detenimiento. Sabía que mentía, pero aun así le siguió el juego.
—Gracias por el detalle. Vení, sentate como en tu casa.
—Es mi casa, Anzor.
—Por eso, sentate —rió—. Estuve en Paso de Patria.
—Ah, Paraguay.
—?Cómo sabés? Pudo ser Corrientes.
—Eso es Paso de la Patria.
—Bueno, estuve en el pueblo de Paraguay y vi cómo una pareja de ancianos discutía sobre...
Durante casi una hora, Anzor relató una cadena interminable de anécdotas vividas con su primo en ese pueblo. Muchas de ellas, por no decir todas, eran bastante irrelevantes para Candado; pero Clementina y Hammya escuchaban con interés, riendo cuando contaba que un chico lo insultó en guaraní y él respondió en ruso. Candado, mientras tanto, tomaba su mate con calma, prestando la mínima atención. Sabía que todo eso no era más que una excusa.
Solo cuando Anzor terminó de hablar, Candado dejó el mate sobre la mesa y rompió el silencio.
—Anzor.
—?Sí?
—Ven a mi habitación.
Candado se puso de pie y subió las escaleras.
Hammya y Clementina se miraron entre ellas.
—?Sucede algo? —preguntó Hammya.
—Ni idea —respondió Clementina, tomando el mate y el termo de Candado—. Seguramente quieren privacidad.
—Claro… —Hammya dio ligeros golpecitos en sus piernas—. Yo también voy a mi habitación —dijo, bajando a Karen del regazo y corriendo con sigilo hacia las escaleras.
—Está bien —murmuró Clementina, comenzando a limpiar.
Candado cerró la puerta detrás de él, con Anzor dentro.
—Siéntate —le indicó, se?alando el sillón, mientras él se recostaba en la cama.
—Bien.
Anzor se acomodó en el asiento.
—Dime, ?qué pasó?
—Lo notaste, ?verdad?
—Solo haces esto cuando algo te preocupa.
—Declan… dijo que lo sabrías.
—él suele hacer algo parecido. Cuando está nervioso o preocupado, se pone a darle mantenimiento a su espada. Todos tenemos una costumbre cuando algo nos molesta.
—A veces sos molestamente avispado.
Candado se quitó la boina y la colgó del respaldo de la cama.
—Sí, no puedo evitarlo.
—Jajá… sabes…
—Decime qué sucede. Dejá de alargar el tema.
Anzor borró su sonrisa habitual. Era raro verlo así; él, al igual que Germán, siempre sonreía.
—Mi madre… vendrá esta tarde.
Candado se incorporó en la cama y se sentó.
—Oh… pensé que sería otra cosa.
Anzor sonrió.
—Ojalá fuera eso.
—?Cuándo fue la última vez?
—Candado, no he hablado ni la he visto en casi dos a?os.
—Lo siento.
—No te disculpes, no es tu culpa.
Anzor juntó las manos, mostrando un leve nerviosismo.
—?Puedo tomar prestada tu presencia esta tarde?
—Claro, claro, no tengo ningún problema.
Anzor suspiró, visiblemente aliviado.
Hubo silencio durante unos minutos.
—?Querés más té? —preguntó Candado.
—Por favor.
Candado se dirigió a la puerta y la abrió.
—?Qué…? —murmuró al ver a Hammya acuclillada, de perfil, como si estuviera escuchando tras la puerta.
—Canda… —dijo ella, poniéndose de pie de inmediato y aclarando la garganta—. Solo estaba revisando las… ?cerraduras?
Candado miró a Anzor.
—No me molesta —sonrió este.
Candado volvió la mirada a Hammya.
—A volar, Esmeralda —dijo con un suspiro, y luego miró otra vez a Anzor—. Escuchá, solo avísame cuando me quieras ahí.
—Dentro de dos horas, ?sí?
—Mmm… bastante tiempo.
Candado y Anzor pasaron un rato viendo televisión y algunas películas, pero cuando las dos horas se cumplieron, tuvieron que marcharse a la casa del segundo. No sin antes despedirse de las chicas.
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—Volveré dentro de unas horas. Cuando mis padres regresen, les avisan, ?sí?
—Por supuesto, joven patrón.
Candado suspiró.
—Gracias… y no me llames así.
Luego miró a Hammya y posó una mano sobre su cabeza.
—Por favor, ya no verifiques cerraduras.
Le sonrió, y le dio un abrazo tanto a ella como a Clementina.
Cuando Candado cerró la puerta detrás de él, los ojos de Hammya brillaron brevemente de un tono verde claro; fue tan imperceptible que Clementina ni siquiera lo notó.
—Así empezó… —susurró Hammya.
—?Dijo algo, se?orita? —preguntó Clementina.
—No, nada.
Candado y Anzor se dirigieron a la casa de los tíos de este último: Umberto y Milenka Viola. Vivían con sus dos hijas, Katya y Karina Viola. Dato no menor: Candado no se llevaba bien con ninguna de las dos, pues ambas lo vacilaban cada vez que tenían oportunidad.
Cuando llegaron, la familia estaba sentada en el jardín, ya vestidos para salir, esperándolos.
—?Anzorito, volviste! —exclamó Umberto con cari?o.
La familia Viola era muy particular. Umberto había nacido y crecido en Paraguay, pero a los diecinueve a?os se mudó a la Isla del Cerrito, donde conoció a su futura esposa, Milenka. Ella había llegado al lugar como estudiante de intercambio y, al terminar sus estudios, decidió quedarse. Decía haberse enamorado del paisaje.
Era, y seguía siendo, increíblemente hermosa: cabello rubio, piel blanca y ojos rosados. Solía llevar el cabello largo, pero se lo cortó cuando quedó embarazada por segunda vez.
Luego estaban sus hijas. Katya, la mayor por cinco a?os respecto a Candado, era idéntica a su madre, salvo por los ojos: en lugar del rosado, heredó el color de su padre. En cambio, Karina había sacado la piel y el cabello de Umberto, y los ojos de Milenka. Tenía la misma edad que Candado, cumplían el mismo día, y era, sin duda, con quien más choques tenía.
—Trajiste invitados, por lo que veo —comentó Katya, con media sonrisa.
Candado la ignoró y se centró en los padres.
—Don Viola, me alegra saber que goza de buena salud.
Umberto se acercó y lo abrazó con fuerza.
—No sea tan formal, chamigo.
—Sí… claro.
Luego se volvió hacia la se?ora Viola y le dio dos besos en la mejilla.
—También me alegra que...
Milenka lo tomó del brazo y lo atrajo hacia ella para darle un fuerte y cálido abrazo.
—No seas formal, sos más que bienvenido en esta casa.
Candado se separó rápidamente.
—Gracias… yo también me alegro de que esté gozando de buena salud.
La se?ora Viola sonrió con amabilidad.
Entonces Candado fijó la vista en las primas de Anzor, mientras este lo observaba con una mezcla de resignación y súplica silenciosa, como si esperara una cláusula de escape.
—Por favor… —murmuró.
Candado suspiró, se acercó a las dos y extendió las manos.
—Pacto de no agresión —dijo.
Las dos se miraron entre sí, luego miraron a Anzor, y después a Candado.
—Solo hasta que esto acabe —dijo Katya.
—Luego jugaré contigo —a?adió Karina.
Ambas le dieron un apretón de manos y fingieron ser amables, aunque todos sabían que no lo eran.
Candado, que no soporta mentir, no se molestó en ocultar su desagrado. Lo reflejaba en la mirada, pero toleró ese cinismo que para él era vomitivo.
La familia subió a una minivan naranja. Candado pidió el asiento más cercano a la puerta, así Anzor se sentaba a su lado y no tenía que compartir su espacio personal con las primas. El aeropuerto estaba lejos, casi una hora de viaje.
Los tíos de Anzor hablaban de política, mientras que Anzor y sus primas conversaban sobre cómo se sentía él al volver a ver a su madre.
—Incómodo, diría yo —dijo Anzor sin dudar.
—Ya, creo que será el segundo reencuentro con la tía Yulia —comentó Karina.
—?Te acordás? Porque yo no —dijo Katya.
—Y se supone que eres la mayor.
—Solo recuerdo a los abuelos… y lo mucho que odiaba la nieve.
—Recuerdos dolorosos, parece —se burló Anzor.
Candado comenzó a cerrar los ojos lentamente.
—Hey, jefe —dijo Anzor.
—Dime —respondió Candado, medio dormido.
—?Querés unirte a la conversación?
—No hablen ustedes.
—Es que siento que te estamos dejando afuera.
—Créeme, no me interesa.
—?Qué pasa? ?Se te acabaron los sarcasmos de Sarcasmolandia?
—Estaban a mitad de precio, como tu cerebro, Katy.
—No me llames así. Solo mi familia tiene derecho.
—Qué pena. Penita me das.
—Oye, no te burles de mi hermana.
—No me estoy burlando, solo le dije “Katy” y se ofendió la cristalitos.
—Oye…
—Suficiente —cortó Candado, suspirando—. Lo siento por lo de “Katy”, Katya. Vamos a tolerarnos, por el bien de su primo y mi amigo.
Las hermanas se miraron entre sí un momento.
—Nosotras…
—…también nos disculpamos.
Anzor sonrió y miró por la ventana.
Unas horas después llegaron al aeropuerto de Resistencia. Esperaban el vuelo de la madre de Anzor. A esas alturas, su nerviosismo era evidente a los ojos de Candado. El chico tenía la mirada clavada en el suelo, observando sus propios pies sin propósito.
Por protocolo, su espada había quedado en el auto. Así que arrastraba los zapatos por el suelo para matar el tiempo. Su familia, en cambio, era todo entusiasmo: su tía estaba emocionada por volver a ver a su hermana, y sus primas miraban fascinadas cómo despegaban y aterrizaban los aviones.
Candado, por su parte, solo observaba. Miraba el entorno, analizaba a la gente. Con un vistazo, intuía qué tipo de vida llevaban: cómo vestían, cómo caminaban, cómo hablaban sin decir nada.
—Ahí está —se?aló Katya.
Anzor se tensó al escuchar eso, mientras que Candado dejó de mirar a los demás para observar el avión.
—?Woooooo! ?Veremos a la tía Yulia! —dijo Katya entusiasmada.
—?Crees que se acuerde de nosotras? —preguntó Karina.
—No digan tonterías, claro que se acuerda de ustedes —se burló la se?ora Viola, esbozando una sonrisa divertida.
Pasaron unos minutos antes de que los pasajeros comenzaran a salir del aeropuerto. No eran muchos, pero tampoco pocos. Sin embargo, la madre de Anzor destacaba entre todos por lo llamativa que era: su piel blanca, su cabello rubio, las gafas oscuras y aquel traje gris que no pasaba desapercibido.
La familia de Anzor corrió a recibirla, mientras Candado y él se quedaron unos pasos atrás.
—Tranquilo —dijo Candado, acercándose a su amigo—. Estamos juntos en esto.
Anzor esbozó una leve sonrisa y se separó de la pared para caminar hacia su madre. Milenka fue la primera en llegar hasta Yulia y la abrazó con un afecto genuino, aunque su hermana apenas respondió con una palmada en la espalda.
—Ах, как я скучал по этому (Ah, no sabes cuánto extra?aba esto).
—Да, я тоже скучал по тебе (Sí, también te extra?é) —respondió Yulia con una expresión casi impasible.
Milenka se apartó y le dedicó una sonrisa condescendiente.
—Ты ничуть не изменился (No has cambiado en nada).
Candado y Anzor se acercaron al grupo. Cuando Yulia notó la presencia de su hijo, se quitó los lentes negros, revelando unos ojos rosados, tan hermosos como fríos.
—Анзор, сынок, как ты поживаешь? (?Anzor, hijo, cómo has estado?)
Anzor desvió un poco la mirada.
—Так же, как всегда, мама, так же, как всегда (Igual que siempre, mamá, igual que siempre).
—Я рад(а) знать, что ты находишься в хорошем здоровье (Me alegra saber que gozas de buena salud).
—Да, конечно (Sí, claro).
Entonces Yulia miró a Candado. Por respeto, él se mantenía al margen, dejando que su amigo hablara con su madre. Pero cuando ella lo observó directamente a los ojos, se sintió obligado a responder de la misma manera.
—Кто твой друг? (?Quién es tu amigo?)
—Это Кандидо Баррет, человек, которого я уважаю, и мой лучший друг (Es Candado Barret, alguien a quien respeto y mi mejor amigo).
—Хорошо знать, что ты умеешь создавать дружеские связи (Es bueno saber que puedes formar vínculos amistosos).
Katya y Karina se miraron entre sí tras escuchar ese comentario.
Yulia mantenía su mirada fija en Candado, como si intentara escudri?ar su interior.
—Мадам, я бы хотел, чтобы вы этого не делали (Se?ora, me gustaría que no hiciera eso) —dijo Candado con calma.
Yulia se sorprendió apenas, aunque su rostro siguió sin mostrar emoción.
—Oh, lo siento —respondió con frialdad.
Anzor la miró con cierta sorpresa.
—No hay problema —dijo Candado.
—Hermana, no quiero interrumpir, pero deberías buscar tu valija —intervino Milenka.
—?Mi qué?
—Tu valija… чемодан.
—Ah, eso.
Yulia, su hermana y el marido de esta se dirigieron a recoger el equipaje, dejando a los chicos solos por un momento.
—?Qué te hizo mi madre? —preguntó Anzor, entre serio y preocupado.
Candado sonrió.
—Me analizó la segalma. Quería saber si era débil o fuerte.
—Maldita sea... lo siento.
—No es tu culpa. Creo que solo quería saber si era verdad eso de que soy tu amigo.
—Aun así, no tenía derecho a hacerlo.
Candado volvió a sonreír.
—No me molesta. Lo hice más por ella que por mí. Si realmente me hubiera analizado la segalma, se habría desmayado.
—Gracias por eso —dijo Anzor con un deje sarcástico.
Tiempo después, todos subieron al auto para emprender el regreso a casa. Candado se sentó entre las hermanas, mientras que Anzor lo hizo al lado de su madre. Se notaba que estaba nervioso: aquella sonrisa cínica lo delataba, y no dejaba de juguetear con el mango de su espada. Su madre lo observaba fijamente; su rostro, inexpresivo, era un misterio.
Candado lo comprendió al instante.
—Je... esa es la causa —susurró para sí.
Katya se acercó a Candado.
—Esto no está funcionando —susurró ella.
—Dales tiempo —respondió él con calma.
Al instante, Karina se unió a la conversación.
—?Qué susurran?
—Nada —contestó Katya rápidamente.
—Oh, ?un bocadillo? —preguntó Karina, tendiéndoles una bolsita de papas fritas.
—Ah, gracias —dijo Katya, tomando una y llevándosela a la boca.
Luego movió la bolsita hacia Candado.
—No, gracias.
Karina agitó la bolsa de un lado a otro, insistente.
—Vamos.
Candado la miró sin decir palabra; su rostro, sin embargo, lo decía todo. Finalmente, se quitó uno de los guantes, tomó un peque?o pu?ado de papas y se las llevó a la boca de un solo bocado.
—Ahora apártate —dijo con tono seco.
Karina le sonrió con picardía.
—Какова ситуация в школе? (?Cómo va la situación en la escuela?)
—En espa?ol, mamá, si no te molesta.
—Está bien —cedió Yulia.
—Y para responder... me va bien en la escuela, soy el segundo mejor de la clase.
—Puedo dar fe de ello —intervino Candado.
Yulia entonces volvió su atención hacia él.
—?Entonces usted es el número uno?
—No, soy el sexto de la clase. Soy malo en matemáticas —admitió Candado con serenidad.
—?Y quién es el primero?
—Ramírez Bonamico Héctor —contestó con un leve orgullo.
—?Amigo tuyo?
—Amigo nuestro —aclaró Anzor.
—Vaya... ?tienes más amigos?
—Sí, madre, tengo más amigos —respondió él con tono monótono.
Katya y Karina se miraron entre sí, preocupadas.
—Ay, Anzor... —susurró Candado.
Durante el resto del viaje, Yulia siguió haciéndole preguntas a su hijo: sobre la escuela, sus amistades, su vida diaria... pero él respondía con frases breves, sin profundizar, sin mostrar interés alguno en mantener la conversación. Candado notó que, en todo el trayecto, solo ella intentaba hablar. Anzor, en cambio, no le preguntó nada; su desinterés era tan evidente como doloroso.
Finalmente, el auto llegó a destino. La familia comenzó a descender, pero Yulia permaneció unos minutos dentro, en silencio, como si meditara sus próximos pasos. Aunque su rostro seguía inexpresivo, Candado percibió en ella una tensión nerviosa, una especie de abatimiento. Parecía sentirse derrotada por el fracaso de aquel intento de acercarse a su hijo.
—…Hablaremos más tarde —dijo al fin Yulia.
—De acuerdo —respondió Anzor, sin siquiera mirarla.
Abrió la puerta, bajó del auto y la cerró de un golpe seco. Katya y Karina se acercaron a Candado.
—?Qué hacemos ahora? —preguntó Katya.
—Sí, esto no está funcionando —a?adió Karina, cruzándose de brazos.
—Ustedes dos váyanse. Yo me encargo —dijo Candado.
Las hermanas asintieron y se bajaron del coche, dejándolos solos.
—Esto no va a ningún lado. Será mejor que me vaya a mi habitación —murmuró Anzor, cansado.
Candado puso un pie en la puerta y, con un movimiento rápido, le quitó la espada.
—Oye... —protestó Anzor.
—Yo me quedo con esto. Tu madre ha venido a verte, y vas a estar con ella.
—No es asunto tuyo.
—Ahora lo es. Me llamaste para esto, y voy a hacer mi trabajo. Como amigo, te lo digo.
Anzor soltó una risilla sarcástica.
—Хе, сплетник (Je, chismoso).
—Я знаю (Lo sé) —respondió Candado con serenidad—. Ahora sal del coche.
Anzor y Candado entraron a la casa. Aunque Candado ya había estado allí en visitas anteriores, notó que habían hecho algunos arreglos: mejor iluminación, un par de muebles nuevos y, por supuesto, las manchas de humedad del techo cubiertas con pintura fresca.
—Ya sabemos quién es el preferido —susurró Candado.
—Lo sé —respondió Anzor con resignación.
Candado suspiró, se quitó el facón y lo dejó en el mismo lugar de siempre, sobre el taburete de la entrada, tal como lo pedía el tío Umberto.
—?Y la espada? —preguntó Anzor.
—Se va a quedar conmigo hasta que hagas lo que dije.
Anzor puso los ojos en blanco.
—Estaré en mi habitación si me necesitas.
Candado alzó una ceja.
—Isidro… este chico —murmuró para sí, con ironía.
Luego caminó hasta el sillón marrón oscuro de la sala y se dejó caer en él, relajándose.
—Esto va para rato —dijo entre dientes.
En ese momento, Karina y Katya se sentaron junto a él.
—Primero —anunció Candado con fastidio—, tienen dos sillones más. Vayan y siéntense allá.
—Mi casa, mis reglas sobre dónde sentarme para ver la tele —replicó Karina, golpeándole suavemente la mejilla con el control remoto.
—Katya… —murmuró Candado, conteniendo la paciencia.
—Solo pienso leer —respondió ella, abriendo un libro.
Candado suspiró y miró la portada.
—“El creador de corazones”, de José Vizcarra —leyó en voz alta.
Katya asintió.
—Sí, es mi autor favorito. Ha escrito tres libros: “Noche efímera”, “La última carta de Lana” y “El planeta de los seis minutos”.
—Interesante. ?De qué trata este?
—Oh, trata de un hombre que fabrica corazones en un mundo distópico dominado por la tecnología. La gente ha reemplazado casi todas sus partes humanas por máquinas, y él se dedica a construir corazones artificiales.
—Oh, interesante.
—Sí, pero lo mejor es la protagonista, Bella Loving.
—?Ah, sí?
—Sí. Es una chica que quiere entender por qué un hombre que odia a los sintéticos, es decir, las personas con partes robóticas, crea corazones para ellos.
Candado recordó inconscientemente algo parecido en su propia vida.
—Supongo que suena interesante.
—Por supuesto. Ella no sabe nada al principio, pero a medida que pasa tiempo con él, empieza a enamorarse.
—Sí… mejor sigue leyendo. Iré a ver qué hacen en la cocina.
—Хорошо (De acuerdo) —respondió Katya sin levantar la vista del libro.
Candado se dispuso a ir hacia la cocina, pero se detuvo al notar que los tíos conversaban entre ellos. Yulia no estaba. Sin mucho esfuerzo mental, dedujo que estaba arriba. Dudó un momento, pensando si debía ir a hablar con los tíos o “asegurarse” de que todo estuviera bien entre su amigo y su madre.
Se rascó la nuca y decidió subir las escaleras. Solo había dos habitaciones: la de Anzor y otra que parecía un depósito de objetos viejos —libros, ropa y juguetes—. La puerta de la primera estaba entreabierta.
Candado se apoyó contra la pared y escuchó. La voz de Yulia sonaba mecánica, distante. Parecía más una evaluación clínica que una conversación materna: preguntaba sobre la vida de su hijo en su lengua natal, sin emoción alguna, como un robot. Anzor, por su parte, apenas respondía con monosílabos —sí, no, no sé—, sin profundizar ni mostrar interés, incluso cuando ella reformulaba la misma pregunta una y otra vez.
—…?Qué quieres saber? —preguntó él al fin, irritado.
Candado sintió el cambio en su tono. Hasta le respondió en espa?ol:
—?Estas preguntas sirven para algo? ?O quieres preparar el camino para algo realmente pesado?
Yulia sintió que su hijo la obligaba a hablar en espa?ol.
—Quisiera saber si quieres irte… conmigo a casa.
Anzor alzó la vista; se podían notar lágrimas en sus ojos.
—?Qué mierda te pasa?
Candado se disponía a intervenir, pero se detuvo y decidió seguir escuchando.
—Volver a casa… ?Qué casa? La casa vacía y silenciosa, la casa lúgubre donde la única persona que pone le?a en el kamin soy yo.
—Sí, Dima. Esa casa.
La respiración de Anzor empezaba a crisparse, hasta que finalmente se puso de pie.
—Ya te olvidaste de por qué estoy aquí, ?Quién me… ?EXILIó!?
—No te exilié, te mandé con tus tíos.
Anzor se rió, sarcástico.
—Gracias, qué detalle… Dos a?os. Dos putos a?os esperé una carta tuya, dos cumplea?os esperé un regalo tuyo, dos a?os esperé una noticia de mi madre. ?Y qué creés? Espiando la correspondencia de la tía Enka, noto que estabas muy, pero muy feliz de charlar más con ella que conmigo.
Candado se sorprendió ante aquello.
—Yo…
—Yo sí te escribí. Por catorce meses te escribí, dos cartas por mes. ?Te llegaron siquiera?
—…
—Ya veo.
Anzor se limpió las lágrimas.
—No te necesito. Por mí, puedes pudrirte en el frío invierno de Rusia, igual que esa mierda de padre que…
Yulia lo abofeteó. Tomó un momento, y cuando se dio cuenta de lo que había hecho, intentó arreglar la situación.
—Lo siento… простите.
—Si me odias, si no me quieres cerca, entonces dilo.
La mejilla izquierda de Anzor estaba roja, resaltando demasiado sobre su piel blanca.
—No quiero nada de ti. El abuelo estuvo más a mi lado que vos.
Luego procedió a salir de la habitación, notando a Candado apoyado contra la pared.
—Lo lamento.
—No te disculpes, Candado —dijo él, y luego sonrió—. Iré al gremio a estar con los chicos. Puedes quedarte con la espada.
Anzor bajó las escaleras, dejando a Candado solo con su madre.
—Supongo… que me odia.
—Tal vez.
Candado se acercó a ella.
—Es mala comunicando lo que piensa, se?ora.
Yulia lo miró con una expresión fría y sin sentimientos.
—Sé lo que está pensando: que soy un ni?o y no entiendo de lo que los adultos o los padres hablan. —Candado suspiró y continuó—. Pero no se imagina cuánto entiendo eso.
—Se equivoca en algo, joven. No pienso tan bajo de usted. Entiendo y comprendo su forma de ver las cosas. Por lo visto, no lo demuestra, pero parece que usted ha visto y ha hecho cosas que lo han lastimado.
Candado se sorprendió un poco.
—En el automóvil…
—Se le dice auto o coche.
—En la carroza…
—…
—…Pude notar que no estaba contento de verme. Siento que lo estoy perdiendo.
—Anzor… nunca me contó de su vida en Rusia. Por lo visto no es un recuerdo agradable, así que respeté su silencio y su pasado. Pero si de verdad quiere ser parte de su vida, tiene que demostrar que lo siente y que lo quiere.
—Yo lo quiero…
—Me alegro. Pero no me lo diga a mí, dígaselo a él. De lo contrario, si no lo ama y solo lo lleva de un lugar donde se siente feliz a uno que lo hace sentir miserable, tendría que pasar sobre mí.
Yulia sonrió.
—Me alegra saber que te preocupas por él.
—Es mi amigo, y es la segunda persona que usa su humor para escapar de la realidad.
—Yo…
Candado le arrojó la espada de Anzor a las manos.
—No lo odia para nada. Está dolido al verte, pero también está feliz de verte.
Luego, Candado fue a buscar a Anzor. Al bajar las escaleras se encontró con Katya y Karina, quienes se?alaron inmediatamente su paradero.
Anzor se había encerrado en el auto, adoptando una posición fetal.
—Esto va ser un dolor de cabeza.
Candado se acercó al auto y llamó a la puerta.
—No esta cerrada la puerta-dijo Anzor sin mirarlo.
Candado abrió la puerta y se sentó al frente de él.
—Bien, mira no soy bueno en estas cosas.
—Lo sé-dijo Anzor con algo de alegría en su voz
—Sí... Héctor, Walsh, Clementina, Hammya, demonios hasta el maldito de Matlotsky es bueno en esto.
—Si, mi imagino.
—Ya… bueno, mira —dijo Candado, rascándose la nuca—. La familia… es como un sistema. Cada uno tiene su función, sus reglas, sus formas de interactuar… y a veces falla, o alguien rompe algo y… todo se descompone.
Anzor ladeó un poco la cabeza, interesado a pesar de sí mismo.
—Sí, lo sé —continuó Candado—. No siempre podés arreglarlo. No siempre hay instrucciones. Lo único que podés hacer es… entrar en él y encontrar tu lugar. Saber dónde encajás, incluso si todo está patas para arriba.
—Pero… ?y si no quiero encajar? —susurró Anzor, con un hilo de voz.
—Entonces te queda elegir: o te quedás afuera y sufrís porque todo sigue su curso sin vos, o entrás y jugás con las reglas, aunque a veces te duela, o incluso no llegues a entender. Nadie te garantiza que funcione… pero al menos estás ahí —Candado hizo una pausa y lo miró—. Y vos, Anzor… sos parte de ese sistema aunque quieras negarlo.
Anzor permaneció en silencio. Su respiración se calmaba poco a poco.
—?Y sabés qué? —dijo Candado, bajando la voz—. No hace falta que hablen bonito, ni que actúen como si todo estuviera bien. Eso no importa. Lo que importa es que vos estés ahí, y que no te borres de lo que es tuyo.
Anzor asintió lentamente, aunque seguía evitando mirarlo a los ojos.
—Bien… —dijo Candado finalmente—. Entonces, primero… respiramos. Segundo… damos un paso a la vez. Y tercero… no me mires así, no prometo que sea fácil, pero sí puedo acompa?arte mientras lo hacés.
Anzor soltó un leve suspiro y, por primera vez en el día, se permitió relajarse un poco.
—Sí… eso creo que puedo intentar —dijo con un hilo de sonrisa—. Gracias, Canda.
—Canda… —Candado frunció el ce?o y luego sonrió de lado—. Me vas a arruinar, Dima.
Anzor rió y se relajó por las palabra de su amigo, y el auto dejó de sentirse como una prisión.
—?Sabes? Ella es como tú, quien sabe, a lo mejor sea bueno hablar con ella.
—?En serio? ?Sistemas? —dijo una voz.
Candado suspiró, fastidiado, y salió del auto. Allí estaba Tínbari, sentado sobre el techo del coche, como si estuviera relajado.
—Eres malo siendo sensible.
—Sí, lo sé, pero no quiero que vos me lo digas.
—Sí, claro, sistemas —dijo Tínbari, riéndose.
—Vete antes de que te golpee.
—No puedo, tengo que decirte algo.
—?Qué?
Tínbari dejó de reírse y se puso serio.
—Sara De Holly Truth.

