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AQUELLA CASA

  Mientras tanto, en una zona rural y muy alejada de la civilización, se encontraban los Testigos. Desde que Desza había caído en coma, todos los planes habían quedado truncados; nadie se había movido.

  Estaban ocultos en una finca de los Dockly, o mejor dicho, de los padres de Dockly. Aseguraban que nadie iba a esa casa desde 2007, así que parecía segura.

  Para la mayoría era un momento de calma. Para uno no: J?rgen Czacki pasaba el noventa por ciento del día al lado de Desza inconsciente, atendiéndolo en todo. él lo ba?aba, le daba de comer y le prestaba parte de su poder para mantenerlo con vida. Habían pasado varios meses desde que le habían roto el cuello a Desza; gracias a la ayuda de su benefactor, Pullbarey, no había muerto: un milagro en toda regla.

  Isabel era la que más se preocupaba por la salud de J?rgen. Seguía intentando, sin éxito, que pudiera dormir. Azricam y Chesulloth patrullaban la zona: debían avisar si alguien se acercaba o eliminar la amenaza si era necesario. R?sse?s pasaba el tiempo con Jane y Rose —se habían acercado bastante en los últimos viajes, sobre todo cuando Gus y Joel partieron a Tanacia en misión—. Dockly, más fino, pasaba las tardes en su habitación entregado al mantenimiento de su arma; era el más calmado y elegante del lugar. Ocho hacía lo que quería: desaparecía durante días y luego regresaba, permaneciendo en silencio con casi todo el mundo; solo hablaba con J?rgen, porque él estaba a cargo mientras Desza yacía inconsciente.

  —Sabes —dijo Ocho desde una esquina—. Anoche vi unos pájaros en mi silla. Lo tomé como una se?al de buena fe.

  J?rgen se inclinó sobre Desza y comenzó a limpiarlo.

  —Sé que dirías que todo eso es una tontería —replicó—, pero hay muchas cosas extra?as: desde ni?os que escupen fuego hasta personas que conversan con muertos. Aunque nunca conocí a uno, jaja.

  En ese momento irrumpió Isabel.

  —?Ci? —preguntó, un tanto dubitativa—. ?Voy en mal momento?

  —No —respondió él—. Ya terminé.

  —Déjame, que otro se ocupe de él.

  —No —dijo J?rgen mientras terminaba de vestirlo—. Yo decidí hacerlo. ?Me necesitas?

  —En realidad no. Pregunté dónde estabas y me dijeron que estabas aquí.

  —Bueno… aquí estoy. ?Algo?

  —No, bueno… no.

  —?Es por Joel o por Gus?

  —Mmm, no creo.

  —Aja. Bueno, no pasa nada; si fuera serio me lo dirías.

  J?rgen estaba por marcharse.

  —Si no te importa…

  Se detuvo y la miró. Isabel miraba al suelo.

  —?Si no te importa qué? —insistió ella.

  —Si no te importa… ?te molesta que te ayude con eso?

  —No, yo puedo sola —replicó Isabel—. Además, él no quiere que nadie que no sea yo lo toque.

  —?Cómo puedes saberlo?

  J?rgen sonrió.

  —Me lo dijo una vez.

  —Suena muy específico.

  —Ja, ja, ja. Sinceramente, esto es una mala costumbre. Una vez me dijo que, si quedaba varado en la luna, que lo degollara; o que si se convertía en zombi le arrancase los dientes; o que si se desmayaba en público yo lo cargase.

  —Te habría llamado loco hace un a?o —dijo Isabel—, pero por lo poco que conozco a Desza lo veo capaz.

  —Ja, ja, seguro que sí.

  Isabel comenzó a rascarse el brazo izquierdo.

  —?Cuándo es tu cumplea?os? —preguntó, de pronto.

  —Eso sí es extra?o.

  —Bueno —admitió ella—, soy mala en esto.

  —Lo veo. En fin, ?por qué?

  —Solo dime.

  —Es el ocho de enero.

  —Genial.

  —?Genial?

  —Eres demasiado denso, Ci.

  —Mi falta de sue?o es la culpable.

  —Seguro —rió Isabel—.

  Se puso en pie y abandonó la habitación.

  —Qué chica tan extra?a —sonrió J?rgen, observando a Desza—. Volveré enseguida, hermano.

  Puso la mano en la frente de Desza y salió. Bajó las escaleras y encontró a Dockly con una bata azul oscuro elegante y un pa?uelo amarillo alrededor del cuello; en la mano izquierda sostenía su Winchester, que parecía casi nuevo.

  —… —murmuró J?rgen, inseguro.

  —Tranquilo —dijo Dockly—. No disparará a menos que yo lo desee.

  —…Entendido.

  Dockly se disponía a pasar de largo, pero J?rgen lo llamó:

  —Fernando.

  Dockly se detuvo.

  —?Sí?

  —Necesito tu ayuda en algo.

  —…Es extra?o que me lo pidas, sabiendo que tenemos nuestras diferencias.

  —No puedo pedírselo a otro, y menos a alguien que no tenga buena puntería como la suya.

  —Ojo, eso me gusta —respondió Dockly, volviéndose.

  —Siempre me gusta poner a prueba mis habilidades —a?adió con una sonrisa forzada—. ?Me ayudarás?

  Dockly tomó el arma con ambas manos.

  —?Qué tengo que disparar?

  J?rgen llevó a Dockly a una zona rural, lejos de la mansión. En una furgoneta aparcada al borde del camino, cuatro hombres de traje pasaban el rato en charlas ociosas.

  A case of literary theft: this tale is not rightfully on Amazon; if you see it, report the violation.

  —Oh —dijo uno—, veo que nos estaban siguiendo. Azricam y Chesulloth no hacen bien su trabajo.

  —No es su culpa —replicó otro—. Yo les dije que patrullaran hasta los límites de la casa.

  —?Y qué quieres que haga? —preguntó el primero.

  —Son agentes.

  Al oír esas palabras, Dockly clavó la mirada en J?rgen. Su tono burlesco se extinguió; su rostro se puso serio. Tomó su arma, apuntó y murmuró:

  —Te tengo.

  Un disparo partió de su Winchester y atravesó la cabeza calva del hombre que conducía. El resto reaccionó, alarmado.

  —Solo uno —comentó J?rgen.

  —Está bien.

  Dockly recargó y disparó de nuevo: tres impactos más, dos en la cabeza y uno en la pierna.

  —Si hay algo que odio más en esta vida —dijo mientras guardaba calma feroz—, primero están los agentes; segundo, los gremialistas.

  J?rgen avanzó hacia la furgoneta con las manos detrás de la espalda. A cada paso, una rabia contenida se avivaba en su pecho; en lo más hondo deseaba masacrarlos a todos, pero por el bien de su familia necesitaba información.

  Se arrodilló junto a un agente herido, joven, de unos treinta a?os, que sujetaba la pierna y sólo dejaba escapar un gru?ido.

  —Un hombre duro, ?eh? —comentó J?rgen poniéndose frente a él.

  El agente intentó sacar el arma.

  —Fenómeno, estás muerto —farfulló.

  Antes de que pudiera apuntar, J?rgen le arrancó el arma de la mano y le disparó en un brazo.

  —Argh.

  —Sé que nos siguen desde hace tiempo —dijo J?rgen, con mirada fría—. Sé también cuáles son sus intenciones. Para ser agentes, no son muy buenos.

  —?Qué quieren? —masculló el herido.

  —Estás vivo porque, a diferencia de los otros tres, tú tienes menos experiencia. Tengo la certeza de que me dirás lo que necesito.

  —No diré nada —respondió el hombre.

  J?rgen le disparó a la otra pierna.

  —?ARGH!

  —?Ahora sí?

  —Está bien, está bien, hablaré.

  —Bien —dijo J?rgen—. Empecemos por lo básico: ?qué hacen aquí?

  —Buscamos a un tal Desza Harryngton. Se le acusa de traicionar a la agencia; el director quiere su cabeza.

  —?Traicionar? ?De qué hablas?

  —No sé más. Se supone que solo vigilaríamos y que los refuerzos se encargarían.

  —?Refuerzos?

  —Esta noche: doscientos treinta hombres vendrán para apresarlo.

  Un silencio tenso. El herido respiró aliviado, pensando quizá que su vida quedaba a salvo.

  Un disparo sonó entonces, detrás de la espalda de J?rgen. La bala perforó la entreceja del agente; murió al instante con una peque?a sonrisa congelada en el rostro.

  —Pero mi amigo parece que no —dijo quien había disparado desde la distancia.

  J?rgen arrojó el arma al suelo y volvió junto a Dockly.

  —?Qué dijo? —preguntó Dockly.

  —Que estamos en problemas.

  —?Qué tanto?

  —Doscientos treinta agentes.

  —Me parece… demasiado grande para diez personas.

  —Al contrario, Fernando —replicó J?rgen con gravedad—: somos demasiado pocos.

  —?Vamos a luchar?

  —Por supuesto. Desza está inmóvil; ya no podemos seguir huyendo. Una lástima. Pero si los agentes quieren ver sangre, verán la suya.

  —…Es una locura —dijo Dockly, aunque con una chispa de entusiasmo—. Me encantan las locuras. Vamos a casa y avisemos al grupo.

  Regresaron a la mansión y reunieron al resto. La palabra “agente” desató miedo en algunos; en otros —no pocos— despertó algo más primitivo: no preocupación, sino sed de revancha.

  —Podemos contar con Ocho, ?verdad? —preguntó Isabel.

  —No lo sé —respondió J?rgen—. Ella no está obligada a protegernos; ni nosotros a ella. Pero ustedes sí tienen una deuda.

  —?Por qué? —preguntó Azricam, desafiante.

  —Porque fue Desza quien los salvó —dijo J?rgen—. No solo a mí, sino a todos ustedes.

  —…Está bien.

  Isabel dio un paso adelante y tendió la mano.

  —No me agradaba —confesó—, pero si no fuera por él estaría muerta.

  —Igual —dijo R?sse?s, sonriendo y uniéndose a Isabel.

  —Nosotras también —a?adieron Jane y Rose.

  Las manos se fueron superponiendo, una tras otra. Incluso J?rgen dejó su pulgar sobre las palmas de los demás.

  —?Y usted? —preguntó alguien, volviéndose hacia Dockly.

  Dockly suspiró.

  —Qué infantil —murmuró—. Estoy dentro, pero no por Desza. No se equivoquen: no confío en ustedes. Tarde o temprano uno me traicionará, y cuando eso pase no pienso llorar al matarlo.

  —…?Vas a ayudar o no? —insistió Jane.

  —Sí, por supuesto.

  J?rgen tomó la mu?eca de Dockly y la unió con las demás.

  —Amargo —se burló Azricam.

  —Tal vez seas el primero en morir —replicó Dockly.

  Todos rieron.

  El plan quedó trazado: Jane, Rose y Dockly permanecerían junto a Desza; Chesulloth, Azricam y J?rgen vigilarían afuera; el resto, dentro de la casa. La distribución obedeció a la fuerza y la resistencia de cada uno.

  Cuando cayó la noche, se distinguieron faros y el rumor de furgonetas negras acercándose.

  —Ahí están —comentó Azricam—, los caballeros más sucios de la humanidad.

  Chesulloth rió, pero luego ordenó:

  —Concéntrense.

  Dentro de la casa, Dockly ajustó la mira de su Winchester.

  —Algo va mal —murmuró—. Son seis furgonetas; no deberían ser más de treinta personas.

  —Tal vez se equivocó —dijo Jane.

  —Lo dudo —respondió Dockly—. Dio una cifra exacta, no un aproximado.

  —?Deberíamos avisarles? —preguntó Rose.

  —No hace falta —contestó J?rgen—. Ya se habrán dado cuenta.

  J?rgen entrecerró los ojos, buscando algún indicio más.

  —?Qué pasa, Chesu? —preguntó.

  —No siento su miedo —respondió Chesulloth—. No siento nada.

  —Son agentes, Chesu —replicó J?rgen—. Vienen para no sentir miedo.

  Dockly se dio cuenta demasiado tarde.

  —?Es una trampa! —gritó—. ?J?rgen, destruye los autos!

  Los vehículos aceleraron.

  —?Son bombas! —exclamó J?rgen .

  Los tres se lanzaron hacia los coches. La explosión de los primeros vehículos los dejó fuera de combate; sin embargo, cuatro de ellos venían directo hacia la casa. Ni la velocidad de disparo ni la precisión de Dockly podían frenar a cuatro coches al mismo tiempo.

  —Mierda —maldijo Dockly.

  El primer automóvil impactó contra la fachada y estalló, provocando un temblor que sacudió la planta alta. La casa, construida casi en su totalidad de madera, amenazaba con derrumbarse.

  J?rgen logró incorporarse y dio la orden de evacuar.

  Dockly vio que Jane y Rose yacían inconscientes por el impacto. Miró por la ventana: debajo había un estanque artificial, una posible vía de escape. Luego giró hacia los tres “inútiles” de la habitación. No podía pedir ayuda; además, la puerta estaba bloqueada por una viga, el suelo vibraba y el fuego se propagaba lentamente.

  —Lo que sea —dijo, resignado.

  Arrojó su Winchester por la ventana y volvió por Rose. Por su complexión delgada, cargarla y lanzarla fue fácil. Sabía que abajo estaba el estanque; la segunda caída sería amortiguada por el agua. Luego volvió por Jane. Debido a las viejas ri?as entre ellos, no se molestó en tratarla con delicadeza: la tomó de modo rudo, como si fuera equipaje, y la lanzó fuera del hueco. Curiosamente, Jane despertó en plena caída; no tuvo tiempo de reaccionar y cayó al agua.

  —Voy a matarlo —murmuró Jane, temblando de frío—.

  Observó cómo su hermana se deslizaba por el tejado hacia el estanque. Jane reaccionó justo a tiempo, se colocó donde caería Rose y, por suerte, la atrapó en el aire; apenas se mojaron los pies.

  —Te tengo —dijo, mirando hacia arriba—. ?Doc, estás vivo! ?Verdad?

  —?Vete ya, estúpida! —replicó Dockly.

  él se acercó a Desza. Irónicamente, fue más cuidadoso al sacarlo que con Jane: lo tomó en brazos y ambos salieron por la ventana. La casa no tardó en desplomarse; el fuego y las llamas consumieron lo que quedaba de estructura.

  —Era lo único que me gustaba de mi familia —dijo Dockly mientras contemplaba cómo su hogar ardía.

  J?rgen se puso en pie con esfuerzo y cargó a Desza en brazos.

  —Gracias por salvarlo —dijo alguien.

  —No me lo agradezcas —respondió J?rgen—. Aún me sirve.

  Reunidos fuera, inspeccionaron los alrededores en busca de enemigos. J?rgen frunció el ce?o.

  —Bien —murmuró—. Creo que exageré.

  De la oscuridad emergió un hombre vestido de rojo. Dockly no dudó y le disparó en medio de la frente; la bala lo atravesó como si fuera papel. Eso hizo que todos se pusieran a la defensiva.

  —Wow, tranquilo che —dijo el hombre en voz baja—. Si los quisiera muertos no usaría bombitas.

  Dockly notó entonces un objeto volador inmóvil sobre la cabeza del individuo: no hacía ruido alguno.

  —?Dónde están los otros? —exigió J?rgen.

  —A bastantes kilómetros de aquí, por mis órdenes —contestó el hombre.

  —Sabandija ?Por qué nos sigues? —dijo Dockly apuntándole con su arma.

  —Hubo una confusión por parte de mi equipo —continuó—. Aunque el inconsciente se parece a alguien que conozco, no lo es. Vine a saludarlos, virtualmente… y a disculparme.

  Dockly disparó al objeto volador, pero la bala se desintegró antes de tocarlo.

  —?Podés dejar de pavonearte? —gru?ó el individuo.

  J?rgen bajó el ca?ón del arma ajena y dio un paso al frente.

  —Por fin, un civilizado —dijo el hombre con sorna

  — ?Eres un agente? —preguntó J?rgen

  —?Todavía nos llaman así? —replicó él—. Bueno, soy un “agente”.

  J?rgen no ocultó su desprecio. El hombre rió y continuó, más amable:

  —Entiendo la mirada. Desde su punto de vista puedo ser un monstruo. Pero al menos servimos para la investigación —a?adió, con una carcajada corta—. Chiste malo, perdón.

  —Miren, mi personal estaba buscando a un ni?o idéntico a ese. Se me escapó hace aproximadamente un a?o. Pero, como las circunstancias hacen que sea imposible hacerlo solo, pedí un poco de ayuda experimentada en la búsqueda —explicó el hombre de rojo.

  Luego miró la casa quemada, y sonrió ligeramente.

  —Explica eso —dijo Dockly se?alado la casa en llamas.

  —Perdí contacto con dos trabajadores. Supongo que saben a cuáles me refiero. Pedí localización y me llegaron resultados, dos muertos.

  —El moribundo dijo 230 agentes —replicó J?rgen.

  —Axel —continuó el hombre—. El moribundo se llamaba Axel, tenía apenas veinticuatro a?os; era su primera misión.

  —Se supone que debemos sentir lástima por los alienados —contestó Dockly con sarcasmo.

  —Por lo visto fue usted —dijo el hombre en rojo—. En fin: no he venido por ustedes… hoy. Esto es una advertencia: ustedes tienen problemas y yo los míos. Dejémoslo aquí.

  J?rgen aceptó a rega?adientes.

  El individuo sonrió y, sin más, desapareció. Quedaron en silencio, expuestos bajo el cielo nocturno.

  —?Qué hacemos ahora? —preguntó Dockly.

  —Déjame pensar —respondió J?rgen, mientras observaba las cenizas de la casa y trataba de ordenar sus ideas en la penumbra.

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