German Santiago Benítez estaba sentado, jugando con su cubo de Rubik. En su rostro había una sonrisa que mezclaba gentileza y alegría. La habitación donde se encontraba era completamente blanca, con dos asientos negros; él ocupaba uno. Frente a él, una recepción vacía y silenciosa.
El reloj sobre el mostrador marcaba las once en punto de la ma?ana. Había avisado a su familia, y a Candado, que ese día no asistiría a las reuniones habituales del gremio. Mientras tarareaba una melodía suave, la puerta se abrió.
Un hombre calvo, de traje impecable, entró al lugar. Su expresión pasó rápidamente del asombro a la incomodidad.
—?Benítez? Ya estás aquí —dijo con cierta tensión.
German lo miró con serenidad.
—?Por qué esa cara, se?or? —preguntó con naturalidad.
El hombre suspiró.
—Tengo un hijo de tu edad. Cuando te veo aquí, me recuerda a él... No deberías estar en este lugar.
German mantuvo su sonrisa, aunque su tono se volvió más firme.
—Mire, se?or Nazar, no me interesa lo que piense al verme. Usted tiene un trabajo; concéntrese en él —respondió, con una calma pasivo-agresiva.
Nazar abrió la boca para replicar, pero se detuvo al ver entrar a otro hombre. Era Red.
No llevaba su traje habitual. Vestía una camisa de mangas cortas azul con flores blancas, pantalones oscuros y botas marrones. Su cuerpo estaba lleno de cicatrices; los ojos, color café, reflejaban un cansancio antiguo. Tenía la cabeza rapada y una barba negra en el mentón.
No dijo nada. Miró a German, y este le respondió con una sonrisa amistosa.
—Se?or Murray, lo esperábamos —dijo Nazar.
Red asintió y se volvió hacia German.
—Saludos, se?or. Gracias por ayudar a una amiga mía a escapar de las manos corruptas de P.U.R.A... los llamados “Agentes”.
Sacó del bolsillo una lapicera verde y la se?aló.
—Así es. Su nombre es Hammya. Está bien, gracias a usted.
Red cerró los ojos un momento, respiró hondo y luego se acercó al mostrador para firmar unos papeles. Escribió su nombre completo: Redwin Murray.
Después alzó la vista hacia German, esperando una explicación.
—Oh, estoy aquí para ver al Agente cautivo, Sid —dijo German con tranquilidad.
Red bajó la mirada hacia Nazar.
—Le aconsejé que no viniera. Este lugar no es para ni?os —explicó el hombre calvo.
German suspiró otra vez, sin perder su sonrisa. Dio un paso al frente, observó a Red con atención y preguntó:
—?Le parezco un ni?o, se?or Red?
Red lo sostuvo la mirada. No vio brillo ni inocencia, solo una calma inquietante. Había algo en esos ojos que producía una incomodidad profunda, casi miedo.
Sin decir palabra, Red dejó una hoja a un lado del mostrador. No se la entregó directamente; el gesto fue claro: no estaba de acuerdo con su presencia, pero tampoco lo detendría.
—Muy sabio —comentó German con una sonrisa breve.
Tomó una lapicera y firmó con sus iniciales: B.G. "Benítez German". Nazar suspiró, resignado, y les permitió pasar.
El pasillo que siguió era estrecho y gris, con un ascensor de rejas metálicas al final. Red ya estaba dentro, esperándolo. Cuando German entró, lo saludó con elegancia y una sonrisa que parecía más una máscara que un gesto sincero.
—Buena jornada —dijo.
Red presionó un botón, y el ascensor comenzó a descender. A través de las rejas, las paredes de concreto fueron cambiando lentamente: primero en bloques rugosos, luego en piedra pura.
El aire se volvió pesado.
Kanghar. Una sociedad que rozaba la perfección: sin dinero, sin hambre, con educación universal y una igualdad casi utópica. Las potencias del mundo la observaban con sospecha, como si temieran su ejemplo. Sin embargo, bajo aquella superficie luminosa, había una oscuridad imposible de ignorar.
Porque mientras el ascensor se alejaba del perfume de la sala blanca y de la brisa solar, el sonido y el color comenzó a cambiar.
—?AHHHHHHHHHHHHH! —un grito humano resonó desde las profundidades.
German arqueó una ceja.
—Oh, vaya... están trabajando duro —dijo con sarcasmo.
—?POR FAVOR, NO! ?PAREN! ?NOOO! —clamó otra voz.
German sonrió.
—Eso debió doler. ?Dónde le habrán dado? —bromeó, dándole un codazo a Red.
El hombre no respondió.
A medida que descendían, el paisaje se abría: miles de celdas talladas en piedra, alineadas en niveles interminables bajo la luz blanca de un único foco colosal.
Era como mirar el interior de una monta?a hueca, donde el “sol” artificial ba?aba escenas de horror.
Hombres y mujeres con uniformes blancos, cabezas rapadas y un número marcado en el pecho sufrían castigos sin fin. Los guardias, de rostro oculto tras máscaras, los golpeaban, mutilaban, rompían sus cuerpos, solo para que un curandero los sanara al instante y todo comenzara de nuevo.
El ascensor se detuvo. Los gritos eran parte del aire, un sonido habitual, casi estructural en ese lugar. Las paredes olían a hierro y humedad.
Aquello era Las Cuevas: el infierno bajo la ciudad de los ni?os.
Pocos sabían de su existencia... Me corrijo, pocos sabían lo que realmente ocurría allí dentro.
Actualmente había veinte prisioneros: nueve mujeres y once hombres. Solo dos habían sobrevivido más de diez a?os en aquel abismo, aún sometidos a torturas diarias.
El personal era reducido: treinta personas, de las cuales diez eran autómatas.
?Cómo terminaba alguien aquí? Bastaban seis crímenes.
Primero: ser un asesino serial.
Segundo: usar conjuros prohibidos, especialmente los diez primeros, considerados crueles y peligrosos.
Tercero: agresión sexual violenta contra menores o adultos, siendo la primera de carácter serial.
Cuarto: privar de libertad y torturar a otros (la más irónica de todas).
Quinto: crímenes de guerra.
Y sexto: Ser miembro activo de P.U.R.A. o ser un Agente.
Así, Kanghar, la ciudad perfecta, conservaba bajo sus cimientos un monstruo.
Uno que respiraba, gritaba y sangraba en nombre de la justicia, una justicia macabra y sanguinaria.
German se separó de Red con un gesto de impaciencia elegante y caminó rápidamente hacia el origen de unos gritos distantes, unos sonidos que él. Red, por su parte, se colocó su impecable uniforme de servicio, saludando con un asentimiento a algunos miembros del personal que salían o entraban de turno. Observó cómo la figura juvenil de German se alejaba y, movido por una punzada de curiosidad profesional, decidió seguirlo a una distancia prudente.
German llegó a lo que apenas podía considerarse una habitación. Era más bien parecía una cámara de tortura improvisada, donde un individuo estaba siendo sometido a un brutal proceso de curación acelerada: los moretones se desvanecían y las heridas profundas se cerraban por completo, solo para ser infligidas de nuevo. El sujeto era Sid, el agente que habían capturado. Al entrar, German llamó la atención del individuo que ejercía el rol de verdugo.
—Buenas, Tex —saludó German con una familiaridad que rozaba lo insolente.
Tex, un hombre corpulento y de mirada vacía, se giró lentamente.
—?Otra vez por aquí, chamaco?
—?Qué puedo decir? Soy terriblemente curioso —respondió German con una sonrisa tan amplia como vacía.
—Ya... ?Te importaría largarte? Estoy a punto de empezar a trabajar —dijo Tex, levantando un martillo de hierro con una naturalidad escalofriante, como si se tratara de una pala de jardinería.
Un quejido sordo provino de Sid.
—Son animales. Por eso son solo ganado para nosotros...
El sonido metálico de un cuchillo al clavarse en la pierna de Sid interrumpió su frase, arrancándole un grito gutural. German, sin embargo, se mantuvo imperturbable.
—Cállate. Estoy hablando —ordenó Tex con una calma brutal que amplificaba la tortura.
Sid tosió sangre, pero alzó la mirada.
—Cerdos inmundos... todos ustedes. No saben con quién se meten.
—Vaya, la ratita se volvió valiente —comentó German con un sarcasmo helado, ladeando la cabeza.
Sid lo miró fijamente.
—Veo que les gusta traer a ni?os bien vestidos a contemplar estos actos macabros.
—?Moral selectiva? Me encanta —replicó German, tomando una silla metálica y sentándose como si estuviera en un palco de teatro—. Supongo que secuestrar ni?os y experimentar con ellos sí debe ser muy moral.
—Ah, eres una sucia bestia... ?Ellos no son humanos! Son el peligro para la humanidad. Nosotros controlamos las plagas para que las sucias langostas no se coman los cultivos del hombre.
German sonrió, un gesto que parecía rasgar su cara.
—Langostas... Debe ser divertido aplastarlas y diseccionarlas —comentó con un brillo perturbador en los ojos, inclinando aún más la cabeza.
—Eres una...
Tex hizo una se?a a Red. Este se apresuró a cubrir los ojos de German con una mano, de forma rápida, pero sorprendentemente gentil.
—Oh, se fue la luz —dijo German en un tono burlón y despreocupado.
Mientras tanto, Tex tomó un mazo más peque?o, concentrándose, y golpeó la boca de Sid con una precisión dolorosa. El golpe resonó, seguido de un grito ahogado.
—?Ahhhhhhh! —gritó Sid, más por el shock que por el dolor que sabía que sería efímero.
Inmediatamente, Tex activó la máquina de curación acelerada, y el rostro destrozado de Sid se regeneró hasta quedar intacto. German se quitó la mano de Red con un suave, pero firme, empujón y continuó observando a Sid.
—No quiero interrumpir su laboriosa jornada laboral, Tex, pero me gustaría hablar a solas con él.
Tex se encogió de hombros con alivio.
—Oh, bien. Necesito un respiro. Hazte cargo, Red.
Tex dejó el martillo a un lado con un golpe seco y abandonó la estancia para tomarse un cigarrillo.
German se acercó despacio a Sid, su rostro ahora serio.
—Bien, bien, bien. Ahora podemos hablar como seres civilizados. ?Cómo se siente, Sid? ?Cómodo?
Sid rompió en una carcajada.
—?Dije algo chistoso? —preguntó German con una pizca de genuina curiosidad.
—Eres más que un monstruo, chico. Lo veo en tus ojos...
—?Ah, sí? Puede que sea así, pero no estamos aquí para hablar de mí, se?or. Me gustaría saber si conoce a Ricardo Benítez.
—?Ricardo Benítez? Admito que oí su nombre, pero no lo conozco.
—Qué pena. Es un agente de P.U.R.A., pero la sede no tenía información de él. Creí que usted lo sabría; se ve que es de un rango alto.
Sid entrecerró los ojos, mirándolo con más atención.
—Oh, eres tú. ?Cómo se me olvidaba! La cicatriz en tu cara... es llamativa, pero ahora lo recuerdo. Eres uno de los sobrevivientes de las pruebas.
—Veo que conoce el incidente.
—Sí, German Benítez. El único sobreviviente. Marcado para el ganado fallido. Veo que sobreviviste a eso.
—Bingo —chasqueó los dedos German sonriente.
Luego se acercó, y con una lentitud premeditada, tocó la mano de Sid.
—Solo quiero agradecerle.
—?Agradecerme? —preguntó Sid, confundido.
—Por mucho tiempo, me pregunté qué pasaba conmigo. No sabía qué hacer, ni cómo sentirme. Pero ahora...
German aplicó una presión mínima, pero perfectamente calibrada, y la mano de Sid se fracturó con un chasquido espantoso. Sid soltó un quejido agudo y retenido.
—Gracias al Proyecto Universal de Regulación de Anomalías, por fin puedo desatar la violencia que guardaba... hacia ustedes.
Mientras decía esto, el cuerpo de German comenzó a cambiar. Sus ropas se estiraron mientras crecía y se deformaba, alcanzando unos imponentes dos metros treinta. Se había convertido en su "animal interno", el lobizón, mostrando ojos amarillos brillantes, pelaje negro y ralo, y un cuerpo delgado, pero increíblemente musculoso, rematado con una mandíbula llena de colmillos afilados.
—Relájate. No te mataré —dijo German con una voz ahora grave, temible, que rugía en la garganta.
Red se apresuró a llegar a él, pero fue demasiado tarde. German mordió el hombro de Sid con una fuerza tan brutal que hizo gritar al agente, un grito de agonía pura, que ahora sí superaba el umbral de dolor tolerable.
Tiempo después, German se encontraba en un ba?o, lavándose las manos mientras silbaba una melodía ligera.
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—Vaya, que buena tela, tendré que agradecer a Candado por el sastre que me recomendó, y al sastre, claro —dijo riéndose para si mismo
Red estaba en la puerta, inmóvil. El uniforme de este estaba manchado de sangre.
—Lamento el desorden —dijo German, mirándolo por el espejo con una sonrisa.
Red Golpeó su reloj de pulsera.
—Ya voy, ya voy —dijo con una tranquilidad absoluta.
German fue acompa?ado por Red hasta la salida. En todo momento, el agente no le quitó la mirada de encima, y era obvio que había notado algo más allá de lo anómalo en German. Al llegar a la Sala Blanca, Nazar aún estaba allí, gestionando papeleo.
—Eso fue algo rápido —comentó Nazar sin levantar la vista.
—Gracias, y buen día, se?or Nazar.
—Tenga un buen día —suspiró Nazar a modo de despedida.
Ambos llegaron a las puertas de la instalación. German se detuvo, inhaló profundamente el aire fresco y se giró hacia Red.
—Gracias por acompa?arme, se?or Red. Espero que tenga una magnífica jornada y día—dijo German, con su gran sonrisa de ni?o que no acaba de romper un juguete, sino una persona.
Mientras se alejaba, se escuchó una respuesta inusual:
—...Igualmente.
La voz era grave y raspada, como si no se hubiese usado en a?os. German se detuvo en seco y volteó. Su sonrisa se borró a medias, incluso él no esperaba eso. Red simplemente asintió con la cabeza, sin emoción visible, y cerró la puerta de detrás de él.
—Jaja, qué raro fue eso —murmuró German para sí mismo, reanudando su camino con una energía renovada.
German se subió al carruaje sin decir palabra y pidió al cochero que lo llevara directo al hotel donde se hospedaba. El viaje fue breve, envuelto en el traqueteo de las ruedas y el murmullo distante de Kanghar despertando. Cuando llegó, cruzó el vestíbulo con su paso tranquilo y su expresión imperturbable.
Al acercarse al salón principal, la vio: Ana María Pucheta dormía sobre una mesa, con la cabeza apoyada sobre el brazo y un peque?o hilo de baba deslizándose por la madera pulida. German la observó unos segundos con una mezcla de desconcierto y repulsión contenida.
—Asqueroso —murmuró para sí.
Miró hacia el mostrador y pidió dos botellas de refresco. El recepcionista, acostumbrado a sus excentricidades, se las entregó sin hacer preguntas. German tomó una de las botellas y la colocó con un golpe seco frente a la dormilona.
El ruido bastó para despertarla. Ana María se incorporó sobresaltada, con el cabello desordenado cubriéndole media cara.
—Buenos días —balbuceó, fingiendo estar perfectamente despierta.
—Sí, buenos días —respondió German con tono neutro, mientras mantenía su habitual sonrisa.
Ella, al darse cuenta de su aspecto, se apresuró a arreglarse el cabello y el cuello de la camisa. German destapó su bebida y dio un sorbo, sin apartar la vista.
—Te dije claramente que no quería que estuvieras aquí.
—Y yo te dije que iba a esperarte, nene —dijo ella mientras que también bebía su refresco .
German arqueó una ceja.
—?Nene? Dios… qué horrible suena.
—?Y? —preguntó ella con un encogimiento de hombros.
—?Y qué?
—Exploramos.
—Explora vos si querés. Yo me voy a casa.
Ana María se deslizó por la mesa con una sonrisa traviesa y se acercó a él, invadiendo su espacio personal como si fuera lo más natural del mundo.
—?Y vamos de nuevo? —preguntó German, dejando escapar una sonrisa cansada.
—Mira, Fido, estamos en Kanghar. Vamos a explorar… o mejor, a pelear.
—No quiero —respondió él, dando otro trago—. Y no tiene nada de interesante.
—Vamos, es como andar en bicicleta.
—?Qué tiene que ver eso?
—Sin ruedas.
German suspiró.
—Pucheta, decí algo que se pueda entender con ese pobre vocabulario que manejás.
—Good morning.
—Please, speak in Spanish.
—?Qué dijiste?
—Nada.
—Hagamos algo —insistió ella.
—?Qué tal nada?
—?Qué tal una carrera?
—Y vas a ignorarme. Genial—murmuró German.
—Entonces, carrera —dijo ella, dándolo por hecho.
—Pucheta, no quiero…
No alcanzó a terminar. Ana María lo tomó del brazo y lo arrastró fuera del hotel.
—Y ahí va mi tranquilidad —murmuró él resignado.
Llegaron a una plaza hermosa y casi vacía, con árboles en flor y un aire templado que olía a tierra y hojas nuevas. Ana María se estiraba y hacía peque?os saltos para calentar, mientras German permanecía de pie, con las manos en los bolsillos y su típica sonrisa escéptica.
—?Vamos a correr con estas prendas? —dijo, se?alando su ropa—. Un traje elegante contra una falda con camisa blanca... muy útiles para una carrera.
—Deja de ser sarcástico. No tuve tiempo de empacar mis cosas. Ya te marchabas.
—Por eso te dije que te quedaras.
—Y yo dije no —dijo ella cruzándose de brazos con una sonrisa de orgullo.
—?Sabés que si corrés te vas a ensuciar con la tierra y vas a terminar sudando? Y, como plus, vas a tener que ba?arte... si es que querés.
—?Oye! Claro que me ba?o.
—Bien, me alegra saberlo. ?Qué vas a usar?
—No lo había pensado.
—Grandioso. Volvamos al hotel.
—Muy tarde.
—?Por qué?
Ana María le dio un golpe en el brazo.
—Las traés vos.
—?Qué?
Sin darle tiempo a procesar la frase, Pucheta se lanzó a correr riéndose.
—?No íbamos a competir? —murmuró German con un suspiro—. Ya... va… ?Por qué me molesto?
Guardó las manos en los bolsillos y comenzó a caminar, siguiéndola desde muy atrás, sin apresurarse y sin correr.
Germán había perdido de vista a Ana María entre los árboles, pero siguió sus huellas con la determinación de un cazador. Era curioso cómo siempre lograba encontrarla, como si algo dentro de él no soportara no saber dónde estaba. La halló finalmente, tendida sobre el césped, mirando el cielo con las manos cruzadas detrás de la cabeza, tan tranquila que parecía parte del paisaje.
—Oh, llegaste —dijo ella, sin apartar la vista del firmamento—. Túmbate.
—?No se suponía que estábamos compitiendo? —preguntó Germán, arqueando una ceja.
Ana María soltó una risita suave, y sin dejarlo responder, lo tomó del brazo y tiró de él hasta hacerlo caer a su lado.
—Genial —murmuró él, sacudiéndose un poco—. Mi ropa está sucia.
Ella rió más fuerte, esa risa limpia y despreocupada que él encontraba absurdo y, a la vez, extra?amente necesaria. Por un momento, ambos guardaron silencio. Miraron el cielo. Ella con paz. él con una sonrisa habitual… pero unos ojos vacíos, carentes de reflejo.
—?No es bello, Germán? —preguntó ella.
—?El cielo? Oh, sí. Muy bonito. —respondió, como si hablara de algo distante, ajeno.
—?Qué estuviste haciendo? —preguntó ella, girando el rostro para mirarlo.
—Cosas.
—?Qué cosas?
—Maravillosas.
Pucheta se rió.
—?De qué color?
—Rojo—dijo sonriendo de forma maliciosa.
—Ya en serio ?Dónde estabas?
Germán sonrió, esa sonrisa suya que nunca sabías si era sincera o un mecanismo para esconder algo.
—Créeme, no quieres saberlo.
—Te conozco —dijo ella en tono de juego, aunque sus palabras cargaban una verdad más profunda—. Sé que nada de lo que hagas puede ser bueno.
—No sé si sentirme halagado o acosado.
—?Cuál prefieres?
—Ambas.
—Entonces, que sean ambas.
Rieron juntos. Pero el silencio regresó pronto, como un eco inevitable. Germán suspiró, sin borrar su sonrisa.
—Fui a las cuevas —dijo al fin—. Es todo lo que diré.
Ana María se tensó ligeramente.
—Oh… ese lugar.
—Hay personas que merecen estar allí —continuó Germán, con una calma perturbadora—. Y es mi placer culpable verlos retorcerse de dolor. Verlos asustados, suplicando piedad, preguntándose por qué están ahí.
Rió. Al principio, apenas un suspiro burlón; luego, una carcajada que sonó fuera de lugar, desbordante, como si de verdad le hubiesen contado un chiste brillante.
—Ver el arrepentimiento en sus ojos… el terror… saber que sus cuerpos son tan frágiles, tan insignificantes —decía entre risas—. Ja, ja, ja, ja…
Se cubrió los ojos con una mano y siguió riendo, como si algo dentro de él se estuviera quebrando. Ana María, inquieta, apoyó su mano sobre su pecho. Su respiración era irregular. Por un instante, él dejó de reír. Bajó la mano. Suspiró. Y volvió a sonreír.
—No es bueno tener esos pensamientos —dijo ella, con voz tranquila.
—Ya hablas como Héctor —respondió Germán, rodando los ojos.
—No soy él. Soy yo. Podemos pensar parecido, pero no somos iguales.
—Ahora hablas como Candado.
Ella hizo un puchero y lo golpeó suavemente en el pecho. él soltó un quejido fingido.
—No es un juego, Germán —replicó ella, con una seriedad que contrastaba con su tono habitual—. Si actúas así, terminarás tomando todo como un juego. Incluso lo que no debería serlo. No deberías disfrutar del sufrimiento ajeno.
Germán soltó una risita corta, casi un respiro cargado de ironía.
—?Crees que me gusta verlos sufrir? Para nada. Me gusta hacerlos sufrir. Es diferente.
—Germán...
—Además —a?adió, su tono cambiando, volviéndose más oscuro—, hay una persona a la que quisiera tener para mí.
—?Quién? —preguntó Ana María, aunque temía la respuesta.
—Una sabandija a la que alguna vez llamé “tío”.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire. Ana María lo miró, incapaz de descifrar si hablaba con rencor o con deseo. Pero en su rostro había algo más que odio: había calma. Esa calma inquietante que antecede a la tormenta.
Germán cerró los ojos. Su mente lo llevó de vuelta, a unos meses atrás, cuando Hammya lo había enfrentado frente a Sara de Holly Truth. Ese día había comprendido algo que ya no podría olvidar.
Hace unos meses atrás.
—?Ya habías estado aquí? —preguntó Hammya.
—Sí, no me gusta, pero sí.
—Me sorprende que lo digas así.
—Tener una mala actitud complica mucho las cosas para todos, nos lleva a tomar decisiones equivocadas, por ende, decisiones molestas.
—Pero…
—?Sí?
—Nunca dejas de sonreír. ?Por qué?
—?Quién sabe? Sonreír es lo que me ha dado fuerzas.
—?Fuerzas?
—O quizá pereza, no sé. No tengo una historia trágica —dijo German, tomando un diario que estaba sobre la mesa.
Hammya observó una cicatriz en su rostro y estuvo a punto de preguntar, pero se contuvo, siempre tuvo la duda del porque tenía una cicatriz tan llamativa ?Por qué parecía un cuatro?.
Presente.
Lo cierto es que para Germán no era una mentira. Para los demás, sí.
En su cabeza, todavía la de un ni?o, con la voz quebrada por la inocencia, la realidad no estaba hecha de las mismas piezas que para los otros. En su juego, las piezas se podían girar, reacomodar o romper. Y si algo se rompía, él simplemente lo volvía a armar de otro modo.
Tenía seis a?os cuando ocurrió. Era el séptimo hijo varón de la familia Benítez, y aquella noche, viernes de luna llena, su cuerpo se desgarró por dentro. Se transformó en una bestia.
El lobizón.
Esa madrugada devoró el ganado, despedazó caballos, y al amanecer lo hallaron dormido entre la hierba, desnudo y cubierto de barro, con las ropas hechas jirones. Su tío, por parte de padre, prometió que se encargaría de él, que lo “curarían”. La familia, entre el miedo y la vergüenza, lo entregó. Fue una decisión que disfrazaron de amor.
Pero no fue una cura. Fue una entrega.
Germán terminó en una sede de los Agentes P.U.R.A., un complejo de cemento sin ventanas. Allí, Ricardo Benítez, su tío, lo dejó a cargo de los doctores. El ni?o nunca olvidó las palabras del superior cuando aquel hombre rogó por ayuda.
—Lo que haces es de humanos —dijo el agente—. No negamos a los que desean purificarse. Que quieren volver hacer puros. Haces bien.
Tenía seis a?os cuando comenzaron los experimentos.
Dolor, hambre, frío. No entendía nada. Creía que era un castigo, que lo merecía por haber sido “malo”. Se prometió portarse bien, obedecer, y que entonces lo dejarían ir. Pero los días se hicieron semanas, y las semanas, una niebla interminable.
Eran diez ni?os. Diez números.
él era el número uno, marcado en la mejilla con tinta quemante. El único “privilegiado”.
Su tío nunca regresó.
El alimento era una pasta agria, el agua sabía a metal. Uno a uno, los demás desaparecían.
Seis y Dos murieron sin decir palabra. Solo lloraban antes de dormir, hasta que un día dejaron de moverse. Germán los miró sin pesta?ear. Algo en él se había apagado hacía tiempo. No sintió nada. Ni tristeza, ni miedo. Solo el vacío.
Solo un ni?o le habló alguna vez: Franco, el número cuatro.
él era todo lo contrario: amable, insistente, luminoso. Le regalaba su ración de comida, le contaba historias, le hacía preguntas.
—?Querés jugar?
—?Con qué?
—Adivinanzas.
—No.
—Empiezo yo.
Así fueron los días. Entre la podredumbre y las voces metálicas de los médicos, Franco era el único sonido humano.
Hasta que se lo llevaron.
Volvió sin dientes y con la boca cubierta de sangre seca. Germán salió de su celda para verlo. Lo ayudó a beber agua. Franco le sonrió con esfuerzo.
A la ma?ana siguiente, estaba muerto.
Germán lo observó en silencio. Cerró sus ojos con una delicadeza que no recordaba tener.
Y entonces algo dentro de él se rompió otra vez.
Su piel se cubrió de pelo, los músculos se estiraron.
Se transformó.
Pero esta vez no perdió la conciencia. El lobizón respiraba con calma. Miró sus garras, miró a Franco… y volvió a ser un ni?o.
Esa noche comprendió algo: podía controlarlo.
Y comenzó a practicar.
El día siguiente lo sentaron en una camilla metálica. Iban a “curarlo”. Hablaban de multiplicar energía en el “trono encefálico”. Palabras que no comprendía.
Mientras el médico preparaba la anestesia, Germán lo miró a los ojos. Y sonrió.
Una sonrisa limpia. Demasiado limpia para un ni?o. El hombre se detuvo un segundo, confundido.
Fue el último segundo que tuvo.
Una garra atravesó su cuello de lado a lado. Los demás gritaron, intentaron contenerlo. No hubo tiempo.
En pocos segundos, solo quedaron cuerpos, sangre y silencio.
El ni?o caminó entre los cadáveres. Uno de los médicos aún se arrastraba hacia la puerta. Germán lo alcanzó, tomó unas tijeras del suelo y se las clavó en la espalda. Una, dos, tres, diez veces. No se detuvo ni cuando el cuerpo quedó inmóvil.
Luego se miró al espejo roto del suelo. El número 1 seguía marcado en su mejilla.
—Volveremos a casa —murmuró.
Y con las mismas tijeras, se abrió la piel del rostro. El dolor lo hizo temblar, pero siguió.
El uno se convirtió en un cuatro. Franco estaría orgulloso, pensó.
Entonces sonó la alarma. Y los disparos.
La puerta se abrió de una patada.
Soldados irrumpieron en la sala. Entre ellos, un joven de rostro tenso: Keller.
—Dios mío... ?Qué mierda pasó acá?
Los hombres observaron el desastre: sangre en los muros, cuerpos despedazados, un ni?o cubierto de rojo sentado en medio del suelo.
Uno de ellos, Red, el del lanzallamas, apartó a Keler y se acercó. Dejó caer el arma, se agachó y lo cargó en brazos.
Germán lo miró con la mirada vacía.
—Quiero volver a casa —dijo.
Red sacó un pa?o blanco del bolsillo y presionó la herida de su mejilla. Lo llevó afuera.
En el pasillo, Germán vio su celda. Unos guardias cubrían el cuerpo de Franco con una manta.
Bajó la cabeza. No lloró.
German estuvo cautivo sesenta y tres días.
Lo pusieron a salvo, lo trataron los médicos y gracias a la información que él brindo, quien era y cómo llegó, y en cuestión de horas contactaron con su familia.
Y su familia fue a buscarlo.
Cuando lo vieron, lo abrazaron entre lágrimas.
Germán sonrió. Una sonrisa vacía, perfectamente ejecutada.
—Los extra?é mucho —dijo.
A su madre le recorrió un escalofrío. Pero eso no impidió a ella, ni su familia, en abrazarle y prometerle que todo saldría bien.
Un a?o después, se mudaron al Chaco. Germán repitió primer grado. Fue entonces cuando conoció a Candado y Héctor.
El primer día llegó vestido de traje negro, una sonrisa amable, modales ensayados.
Planeó hacerse amigo de los dos. Y lo consiguió.
Con Candado jugaba al ajedrez, German nunca lo ganó, y a los acertijos. Con Héctor hablaba del cielo y del futuro, y también en el ajedrez, y sí, tampoco le ganó. Con Lucas compartía inventos absurdos, una pelota que lo seguía, una moto de ruedas cuadradas. Con las gemelas, Erika y Lucía, apenas cruzaba palabras, pero las trataba con educación.
Todo parecía normal. Hasta que empezaron los peque?os gestos.
Un día Lucas dijo que necesitaba tizas para un experimento; Germán habló con la se?orita del aula en frases medidas, con esa amabilidad que no pide permiso; cuando la maestra salió, volvió a entrar y “encontró” un paquete de tizas que luego entregó a Lucas. No fue un error; fue una puesta en escena: la mirada calculada, la espera exacta, la devolución pública del favor. Las gemelas, que sufrían burlas por no tener padre, lloraron una tarde; Germán, que sabía dónde había un perro cercano, tomó algunos objetos de aquellos ni?os que las molestaron y se los arrojó al animal.
Peque?os robos se sucedieron con la misma lógica. Cuando Héctor dijo que quería una figura de Batman y sus padres no se la compraron, Germán la trajo a la escuela al día siguiente, con una sonrisa triunfante. Era un gesto que generaba deuda y sorpresa, y que, para él, servía a un propósito. Otra vez, Candado confesó que quería dulces pero no tenía dinero.
Y esa tarde, German entró al kiosco cerrado, para robar algunos dulces. Pero fue ahí donde lo encontró a él, a Candado, sentado comiendo algunos dulces.
—Sabía que vendrías —dijo Candado, masticando.
—Qué sorpresa, Candado —contestó Germán, como si la sorpresa le viniera de fuera, no de dentro.
Candado lo miró, y en ese intercambio algo se afiló. Observó peque?as cosas: la sincronía extra?a entre sonrisa y palabras, la ausencia de rubor cuando hablaba de cosas que avergonzarían a cualquiera, la voz que no se quiebra en momentos en los que debería
—?Qué hacés acá? Todos ya se fueron.
—Puedo preguntar lo mismo.
—Yo vuelvo a casa con mi hermana, pero le dije que se demorara.
Candado terminó de comer, tiró el envoltorio a la basura y dejó el dinero sobre el mostrador, con una precisión y un respeto por la norma que contrastaban con la presencia de German.
—Empecé a observarte cuando ese trío de tarados fue perseguido por el perro —dijo, con calma—. No por el acto de crueldad, que es común en los demás ni?os, sino por el castigo tan desproporcionado e indirecto. ?Qué haces en el kiosco? ?Planeabas robar para mí?
—?Yo? ?Cómo se te ocurre? No, solo me pidieron que viera algunas cosas.
—?Sin llave?
—Las perdí, por eso tuve que forzar la puerta.
—Oh, ?hablas de estas llaves? —preguntó Candado, con un tono ligeramente sarcástico, pero sin emoción alguna. Mostró las llaves—. Ser amigo de la due?a trae sus beneficios. Curiosamente, no te mencionó.
—Soy nuevo, no le dije mi nombre, es normal.
—Aja —dijo Candado mientras balanceaba las llaves.
Germán, acorralado en la lógica y con su plan desmantelado, recurrió a su última herramienta de manipulación: el afecto superficial.
Dejó caer abruptamente la sonrisa y empezó a llorar, un llanto repentino y escénico.
—Yo... yo solo quería caerles bien. No seas malo conmigo, no le digas a nadie.
Candado lo observó con una mirada seria y analítica. Su falta de respuesta emocional era el espejo de la falta de afecto de German.
—?Terminaste de hacer el payaso?
Germán siguió con el llanto forzado.
—?Por qué eres malo? Solo quería ser amigo.
Candado quedó en silencio, observándolo. German esperó la reacción empática, hiciera su trabajo.
—Tus lágrimas falsas no me molestan, solo me impresionan por la técnica —dijo al fin Candado—. Una persona que llora de verdad se le quiebra la voz, tartamudea, las frases se le cortan por la respiración. Vos, en cambio, completás frases enteras de súplica. El llanto es teatral, limpio. Lograr que tus lágrimas salgan a voluntad es algo increíble. Un aplauso.
Luego caminó hasta él y puso su mano sobre el pecho de Germán.
—Un corazoncito normal —murmuró—. Sin la menor alteración por la amenaza o la mentira. Como si no te hubiera afectado nada. Fascinante.
Germán, sabiendo que su “espejo” emocional no funcionaba, reajustó su máscara y volvió a su sonrisa calculada.
—Qué mal. Pensé que te tenía.
—Ya. Seguro Héctor se hubiera tragado el cuento. Pero no funciona conmigo. No veo el miedo o la culpa. Solo la evaluación del fracaso.
—Sí, lo veo. ?Y? ?Qué vas a hacer?
—?Yo? Nada. Solo una pregunta: ?Qué quieres de nosotros?
—?De ustedes? Solo una cosa: su amistad me parece interesante. Quisiera participar.
Candado meditó un momento, sopesando la utilidad y el riesgo.
—Puedes quedarte. No diré nada y esto queda entre nosotros. Pero si vuelves a usar tu amistad como un instrumento sin mi conocimiento, te acusaré.
—Eso sí que da miedo —dijo Germán, riéndose con un sonido que carecía de alegría verdadera, aceptando la nueva dinámica de poder.
Desde ese día, los gestos se detuvieron. Candado resolvió los problemas que había provocado Germán, y Germán, intrigado, empezó a interesarse en él. Era el único que había visto detrás de su máscara, y por eso comenzó a seguirlo. No por necesidad, ni por afecto, sino por mero pasatiempo: para él, Candado era un ser humano interesante.
De pronto, Germán sintió una mano sobre el pecho y volvió a la realidad.
Se había quedado dormido. Todavía estaba acostado, mirando al cielo. Ana María estaba cerca.
—?Estás bien? —preguntó ella.
Germán suspiró y, sin abandonar su sonrisa, respondió:
—Estoy de maravilla, Ana. ?Qué tal si vamos a casa?
—Por supuesto, andando —dijo ella, con una sonrisa auténtica.
Germán observó aquella expresión tan genuina. En ese instante recordó el día en que Candado perdió a su hermana, y cómo él, en lugar de apartarse, vio allí una oportunidad. Quiso contemplar la faceta más íntima e intrigante del duelo humano: la forma en que alguien podía desmoronarse y reconstruirse. Aquello que él nunca había sentido. Vio cada una de sus etapas, hasta la lenta e incompleta “reparación”.
Susurró, casi para sí, mientras Ana María se ponía de pie:
—Con Candado aprendí que hasta el hielo tiene fallos. Quizás… solo quizás, si lo observo, si lo estudio, si lo copio… tal vez algún día experimente ese sentimiento. Tal vez sienta, por ósmosis o por ocio. Si lo finjo bastante, quizá algo me falle.
—?Dijiste algo? —preguntó ella, mirándolo.
—No, no dije nada.
Germán se incorporó y observó a Ana María caminar de nuevo, despreocupada. Sonrió al verla, con una calidez extra?a y fugaz. Se detuvo un momento y dijo:
—Pucheta.
Ella se detuvo y volteó.
—?Sí?
—Si algún día me pierdo, quiero que me encuentres. Si alguna vez da?o a personas inocentes, quiero que me detengas. Y si alguna vez lloro… quisiera que me sostengas.
—?Piensas que soy tu ni?era? —se rió Ana María, pero al notar la seriedad en su mirada, a?adió con suavidad—:Sí, claro. Lo haré, no te preocupes.
Germán volvió a su risa habitual.
—Bien, vámonos. Mi ropa está sucia.
—Te sigo, hermano —respondió ella, mientras echaban a andar juntos bajo la luz del atardecer.

