Candado y Héctor habían regresado a casa después de un largo día en Kanghar, tras el juicio.
—Por fin en casa.
—Nos vemos, Héctor.
—Igualmente.
Candado abrió la puerta de su hogar. De pronto, unos tentáculos surgieron del interior intentando golpearlo, pero él los esquivó con elegancia.
—Extra?aba esto... ?Qué haces en mi casa, Grenia?
—Ja, veo que aún no logro enga?arte.
—?Cómo sabías que era yo?
—Te sentí.
—…De acuerdo.
Candado entró, cerrando la puerta tras de sí.
—Bien. ?Qué haces aquí?
—Visita. Quise ver a Hammya, pero no la encontré.
—?Ah, sí?
—Sí, la do?a…
—?Mm!
—La se?ora Barret.
—Mm.
—Me dijo que estaba con los Semáforos y que volvería en cualquier momento.
—?Y?
—Quería irme, pero me encari?é con esta criaturita.
Candado extendió las manos.
—Dame a mi hermana.
—Ja, ja. No.
—O’ P?hner.
Grenia atrajo a Karen con sus tentáculos y la estrechó entre sus brazos.
—Es mía ahora.
Candado contuvo el impulso de gritarle. No quería asustar a la peque?a.
—Sólo por esta vez.
En ese momento, alguien tocó la puerta.
—?Qué? Oh, debe ser Hammya.
Candado volvió a abrir.
—Buenas.
Allí estaba ella, con su melena verde y un vestido del mismo tono.
—Siempre combinando, ?eh?
Hammya se quedó perpleja.
—Candado…
Luego se lanzó a abrazarlo.
—No exageres, estuve fuera un día.
—A mí no me pareció eso.
—…Bien.
Candado se despegó de ella.
—Si me disculpan, iré a cambiarme. Y no pienso despertarme.
Le dio dos besos en las mejillas a Hammya y se dispuso a marcharse.
—?Y yo qué? —dijo Grenia.
Candado se detuvo.
—?En serio? ?Por qué?
—La pregunta es: ?por qué no?
Candado se volvió, le dio un beso en la mejilla a Grenia y uno en la frente a Karen (porque sí).
—?Feliz? Ahora déjame en paz.
Subió las escaleras hasta su habitación. Cuando puso la mano sobre la perilla, una voz lo detuvo.
—Me alegra que haya vuelto.
Candado miró a su izquierda.
—Estaba haciendo una limpieza en el establo de Uzoori —dijo Clementina.
—Clementina. ?Cómo estás?
—?Yo? Bien.
Candado se acercó y puso su mano en la mejilla de la androide.
—Nada fuera de lo normal, ?no?
—Nada fuera de lo normal.
él le tocó la frente.
—Mm... parece que tu cuerpo se adaptó bien a los cambios.
—Me alegra que haya agregado mejoras a mi sistema.
—Y yo me alegro de que hayan funcionado.
—Cibernéticamente correcto, joven patrón.
Candado suspiró.
—Sigues siendo insoportable.
—?Ah, sí?
él la miró fijamente y soltó una leve sonrisa.
—?Candado?
Sin decir más, la abrazó.
—Me alegra tenerte aquí.
Clementina devolvió el abrazo.
—Gracias, se?or.
Candado entró a su habitación. Todo estaba en orden. Se quitó la boina y chasqueó los dedos. La misma rutina de siempre.
—Hora de dormir.
Se dejó caer sobre la cama y apoyó la cabeza en la almohada. Volvió a chasquear los dedos, y la manta lo cubrió. Una buena manera de dejar atrás las preocupaciones.
Horas más tarde, Candado despertó. Eran las cinco de la ma?ana; apenas había amanecido. Miró el escritorio y luego el techo, intentando recordar si tenía algo pendiente o si podía seguir durmiendo. Se levantó, revisó el almanaque y lo vio: sábado. Tenía que ir a ver a Natalia.
This tale has been unlawfully obtained from Royal Road. If you discover it on Amazon, kindly report it.
Suspiró. Faltaban dos horas, pero nunca la dejaría plantada.
Se recompuso, chasqueó los dedos y se vistió de nuevo. Tomó su boina y salió, cerrando la puerta tras de sí. Caminó por el pasillo silencioso de la casa y pasó frente a la habitación de Hammya. Ella dormía. Candado sonrió al verla y cerró la puerta con cuidado.
Bajó las escaleras, se preparó un desayuno simple —mate y pan— y fue entonces cuando vio a Clementina activarse nuevamente. Apenas habían pasado veinte minutos.
—Buenos días, joven patrón.
—Buenos días. Es muy temprano para andar molestando, ?no?
Clementina sonrió y pasó de largo.
—Diviértase con la se?orita Natalia.
—Sí, sí —respondió Candado, tomando un sorbo de mate.
La androide sonrió de nuevo y comenzó a preparar el desayuno para la familia Barret.
—Bien, me tengo que ir —dijo él, dejando la taza.
Clementina se acercó y le quitó el mate suavemente de las manos.
—Procure cuidarse.
—Es el mismo trayecto de siempre, deja de decirme eso.
—Me gusta desearle buena fortuna.
—Como quieras —respondió Candado. Antes de salir, a?adió—: Ten un buen día.
Clementina cerró los ojos y aceptó el cumplido con una ligera sonrisa.
Candado salió de la casa y tomó camino directo hacia la vivienda de Natalia.
Cuando llegó a la puerta de la casa de Natalia con un bostezo contenido.
Miró su celular: las cinco y cincuenta de la ma?ana. Aunque la familia de Natalia estaba acostumbrada a sus visitas a esa hora, le pareció grosero golpear la puerta tan temprano. Así que bordeó la casa y se dirigió al jardín, donde daba la ventana de la habitación de ella.
El muro no era alto, y lo escaló sin esfuerzo. Bajó con cuidado al jardín y llamó suavemente a la ventana.
Para su sorpresa, había luz. Se?al inequívoca de que ella ya estaba despierta.
Tocó de nuevo, y la cortina se deslizó hacia un lado con la precisión de un gesto ensayado. Detrás, apareció Natalia: sonrisa leve, camisa blanca impecable, chaleco negro ajustado. Lo miró con calma y saludó, antes de quitar el seguro y abrir la ventana.
—Buenos días, Candado.
—Ya lo noté.
Ella cerró la ventana con un movimiento medido, sin apuro.
Candado esperó en la puerta del jardín, y cuando esta se abrió, Natalia lo recibió con un beso en la mejilla, su saludo habitual. él, en cambio, solo asintió.
Sin molestarse, ella lo invitó a pasar.
Dentro, Candado se quitó la boina y murmuró:
—Gracias por recibirme.
—No hay de qué —respondió Natalia con una sonrisa precisa, casi coreografiada.
Volvió a ponerse la boina y la siguió hasta su habitación. Todo estaba preparado para él: el sillón, el tapete de plástico, el caballete, y un gran lienzo blanco esperándolo, perfectamente centrado.
—?Alguna pose? ?Con o sin boina? —preguntó él.
—Estándar. Boina puesta… y sí —respondió ella. Luego tomó una copa de plástico transparente, decorada con esmero, y se la tendió—. Sosteniendo esto.
Candado la observó con una ceja alzada.
—Supongo que la manzana irá aquí.
—Eso lo verás cuando el trabajo esté terminado.
Suspiró y se sentó en el sillón.
—Bien, hazlo.
Natalia miró el reloj: 5:59.
Esperó.
Cuando el segundero llegó al doce, las seis en punto, empezó.
Dejó de sonreír. Su cuerpo cambió de ritmo: respiración lenta, mirada fija. Tomó el lápiz y, con movimientos medidos, comenzó a trazar.
Candado, observando a su derecha, vio un libro cuidadosamente colocado a su alcance.
Natalia asintió, sin palabras.
él lo tomó, entendiendo el gesto.
El silencio llenó la habitación. Solo se oía el roce del lápiz sobre el lienzo y el suave pasar de páginas. Cada tanto, ella alzaba la vista, observaba, medía, volvía a dibujar.
Pasaron varios minutos. Finalmente, dejó el lápiz a un lado y respiró hondo.
—Ya puedes moverte.
Candado bajó la copa, cerró el libro.
Ella, mientras preparaba los colores, tarareó algo… y luego empezó a cantar.
—Nunca entendí las risas… los chistes no me hacen gracia.
Candado levantó la vista. Una sonrisa se insinuó en su rostro.
—Un tema nuevo. Interesante.
—Pero a veces te miro —continuó Natalia, sin apartar la vista del lienzo— y tu cara también es honesta.
Candado pasó de página, sin dejar de escucharla.
—No reís, ni llorás, aunque se te note el alma cansada… eso dice más de vos que mil palabras al aire lanzadas.
La voz de Natalia se volvió un hilo suave, y sus pinceles parecían moverse solos.
—Tus ojos guardan algo que no se va —siguió—. Una herida peque?a, pero muy honda y callada. Entonces pinto… pinto lo que no me animo a preguntar. Pongo una manzana en tu mano. Nadie entiende por qué, pero tú sí.
Candado cerró los ojos unos segundos.
Ella siguió.
—Mis manos dicen lo que mi voz no puede. Y en el lienzo eres diferente: hay sombras como las de Berni, trazos secos como Schiele. Me duele cuando estás herido, aunque no sepa cómo estar contigo. Así que pinto tu silencio… como si eso pudiera ayudarte un poquito.
él la observaba en silencio. Cada palabra era un retrato en sí misma.
—Metáforas —murmuró Candado.
—Me siento rara cuando alguien llora —dijo Natalia, sin mirarlo—. Porque yo también quiero llorar, no es lógico, lo sé, pero siento todo como si fuera mío. No se consolar con palabras. Las palabras me enredan. Me confunden. Pero los colores… ellos sí me obedecen.
La voz le tembló un poco, pero sus pinceles no.
—Y cuando estás triste y no lo dices, mis pinceles me lo cuentan a mí.
Candado respiró hondo. Ella pintaba sus ojos en el lienzo.
—Yo no sé hablar —continuó—, pero pinto. Y en el lienzo eres distinto. Tu tristeza se parece a Modigliani, tan bella que me deja sin aire. Torres García me ayuda a ordenarte, Quinquela me da un poco de coraje. Y aunque no sepa cómo actuar, te intento cuidar… sin tocar.
Luego empezó a tararear, en un idioma de colores y pausas.
—A veces me siento de otro mundo —susurró—, pero cuando te pinto parece que somos lo mismo. No sé hablar, pero pinto. Y ahí te puedo abrazar. No con palabras, no con gestos, sino con trazos que no vas a borrar. Y aunque nunca lo diga en voz alta... Te quiero cuidar.
Se detuvo un momento. Miró a Candado.
él no supo qué decir.
Era la primera vez que la oía hablar así.
—Yo... —empezó, pero ella lo interrumpió suavemente, como si no hubiera notado el intento.
—A veces me siento de otro mundo, pero cuando te pinto me parece que somos lo mismo. Porque aunque no digas nada, yo te escucho sin que hables. Yo no sé hablar como todos, pero el arte me presta su voz. Tu dolor se vuelve cielo nublado, y yo lo pinto, trazo por trazo.
Cerró los ojos, dejó el pincel, y finalizó la canción.
— Mis manos dicen lo que mi voz no puede. Y en el lienzo eres diferente: hay sombras como las de Berni, trazos secos como Schiele. Me duele cuando estás herido, aunque no sepa cómo estar contigo. Así que pinto tu silencio… como si eso pudiera ayudarte un poquito No sé hablar, pero pinto. Y ahí, ahí te puedo abrazar. No con palabras, no con gestos, sino con trazos que no vas a borrar. Y aunque nunca lo diga en voz alta... Te quiero cuidar.
El lienzo giró lentamente.
Candado lo miró y se quedó sin palabras.
Era él. Sentado, con la copa sobre la pierna, leyendo. Pero la manzana… esta vez estaba en su corazón.
—Me gusta —dijo finalmente.
—Predecible —respondió ella con una sonrisa peque?a.
Candado sonrió también.
Natalia ladeó la cabeza, analizándolo.
—últimamente veo mucho tu sonrisa. Es algo… inesperado. Todavía me estoy adaptando.
—Entiendo. La música… siempre cantás temas de tus bandas favoritas, pero esta vez fue diferente. Más personal.
—La compuse yo —admitió ella—. Es algo que siempre quise decirte. Cuando estabas eclipsado, traté de levantarte el ánimo. Fui torpe, lo sé.
—No es tu culpa —dijo Candado, con voz baja.
—Durante mucho tiempo sentí que debía hacer algo. Luego vi a Hammya. Era… demasiado caótica para mí.
—Entiendo eso —murmuró Candado.
—Me molestó un poco cuando hiciste esa tontería es día, cuando estábamos en ese mundo buscando a Amabaray.
—Lo siento.
—Eso está mejor —dijo, y por primera vez pareció nerviosa—. Pero si alguna vez la oscuridad se vuelve pesada, por favor, por favor… hablame. Te puedo escuchar. Yo quiero escuchar.
Candado la miró, con ternura.
—?Puedo romper el protocolo?
Natalia dudó.
—…Podés.
él se acercó y la abrazó.
El cuerpo de Natalia se tensó, casi rígido. Luego, con torpeza, respondió al gesto, sus manos apoyándose apenas en su espalda.
—Gracias, Nati.
—No quiero ser mala, pero… si no me soltás, voy a llorar.
Candado se apartó enseguida.
—Disculpá.
Ella se abrazó a sí misma, respirando hondo, antes de volver a su sonrisa habitual.
—Gracias por venir. ?Lo hacemos el mes que viene?
—Sin duda.
—?Querés el cuadro?
—Mejor quédatelo.
—Todavía sos difícil.
—Ya me conocés.
Natalia miró el reloj. Las siete.
—Bien, terminamos —dijo, con exactitud.
Se acercó y le dio dos besos en las mejillas.
—Nos vemos el mes que viene. Mismo horario, mismo sillón.
—Es bueno venir aquí una vez al mes.
—Son las reglas.
Candado suspiró con ironía.
—Seguís siendo difícil.
—Claro. Ya me conocés.
él sonrió.
—Nos vemos.
Ella asintió y le abrió la puerta. Su gesto era cortés, aunque distante. Pero Candado la entendía.
Al salir, vio a Clara y Petro, los padres de Natalia, recién levantándose. Clara era joven, cabello negro y ojos marrones; Petro, un hombre de bigote largo.
—Lindo día —saludó Candado.
—?Querés desayunar con nosotros? —preguntó Clara.
—Sí, por favor —agregó Petro.
Candado sonrió y negó con amabilidad.
—Agradezco el gesto, pero necesito dormir un poco.
—Entiendo. Mandales saludos a tus padres —dijo Clara.
—Así lo haré, se?orita.
—Gracias por pasar tiempo con Nati —a?adió Petro.
—Innecesario el comentario, pero lo agradezco —respondió Candado con elegancia.
Se despidió alzando la boina.
El sol de las siete comenzaba a filtrarse. Aspiró el aire fresco y murmuró:
—Hoy fue un lindo día.
Luego a?adió, con su habitual ironía:
—Ahora quiten el sol.
Candado echó a andar, tarareando la canción que Natalia le había cantado. Aunque su rostro mantenía la misma expresión seria de siempre, había un brillo distinto en sus ojos. Los mismos tonos que ella había usado en su pintura.
Mientras tanto, Natalia colocó el cuadro frente a la ventana para que le diera el sol. Luego abrió una peque?a puerta en su habitación y bajó las escaleras hacia un sótano iluminado.
Allí había decenas de cuadros: retratos de sus amigos, ordenados, clasificados, etiquetados con nombres.
Candado y Viki eran los que más tenía. Germán, apenas dos. Las gemelas, cuatro.
Se detuvo frente a la galería de Candado. En todos, la manzana estaba presente. En todos, los ojos apagados… salvo en el último, el de esa ma?ana.
Sonrió, suavemente.
—Hoy fue un lindo día —susurró.

