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DUDAS VACÍAS

  Mientras Guz y Joel dormían junto a la fogata, una figura se deslizó dentro de la tienda; bastó con que un pie quedara dentro para despertarlos a ambos y lanzarse al ataque.

  —Wow —alcanzó a decir Guz cuando, milagrosamente, seis cuchillas pasaron cerca de él.

  —Doble wow —murmuró Joel.

  —??Es en serio?! —se enfureció Guz—.

  —Suele pasar —repuso la figura.

  Guz se lanzó contra el intruso.

  —Ja, ja —rió éste, y con un movimiento rápido agarró la máscara del asaltante—. ?Quieres calmarte? No he venido a pelear.

  Tironeó de la máscara y la soltó: la máscara volvió a impactar con violencia contra el rostro del hombre.

  —?Quién eres? —preguntó Guz.

  —Hachipusaq —dijo la figura con voz fría—.

  Tras eso, tomó a Guz por los hombros y lo sentó junto a Joel.

  —Es hora de hablar, caballeros.

  —?Qué quieres? —respondió Guz, resignado.

  —Directo al punto; qué bien. Denme eso y asunto terminado.

  Guz apretó el rollo contra el pecho.

  —?Piensas que te lo daremos? Fue difícil conseguirlo; me costó muchísimo obtener esta mierda.

  —Tal vez no te habría costado tanto si no hubieras ido a robarlo. ?Me equivoco, Joel?

  —No —contestó Joel con calma—, no te equivocas, pero...

  Guz guardó silencio.

  —Ya lo sé —continuó Hachipusaq—: tienes miedo de Candado, odias a Esteban y por eso quieres traer a Tánatos. Discúlpame, Pharmagea, pero eres un idiota de primer nivel; ya es de por sí gracioso que te hayas unido a los Testigos.

  —No somos esos testigos —se defendió Joel—. Somos una nueva orden.

  —?De qué? ?De locos?

  —?No fue locura levantar una sociedad en la Antártida? ?No fue locura fundar una ciudad en el mar? —replicó Joel—. Entiendo lo que dices, pero aun así: traer a Tánatos...

  —Nunca quise traerlo —intervino Hachipusaq—. Jamás me habría unido a la orden si eso fuera lo que buscaban.

  Guz, sin más, le entregó el rollo.

  —Si esto trae de vuelta a ese asesino, mejor que vuelva a donde estaba.

  —?Así de fácil? —preguntó Hachipusaq con sorpresa.

  —Guz, lo obtuviste a un gran precio —dijo Joel—. ?Vas a renunciar a él?

  —Así es —respondió Guz con voz cortada—.

  Hachipusaq alzó el rollo entre las manos y sonrió, algo decepcionado por la falta de dramatismo.

  —Vaya… anticlimático —murmuró—. Pensé que pelearíamos, que gritaríamos, que nos escupiríamos o algo así.

  —No tengo intención de pelear por esto —replicó Guz.

  —Ni yo —a?adió Joel.

  —Estoy decepcionada —dijo Hachipusaq, cambiando el tono—, pero no se preocupen: quiero ofrecerles un trato.

  —?Trato? —preguntaron al unísono.

  Hachipusaq sacó del interior de su abrigo otro rollo, idéntico al primero.

  —Esto es una réplica exacta de los escritos de Tiat; fue hecha por la misma Tiat. Quiero que se lo entreguen a Desza, o a quien esté al mando de esta operación.

  Guz tomó el segundo rollo, todavía desconfiado.

  —?Por qué nos ayudas? —preguntó.

  —Ustedes me ayudaron antes —respondió Hachipusaq—. Vine a saldar la deuda.

  —?Nos conocemos? —inquirió Joel.

  —Jajaja —rió la figura—. Aún no, se?ores. Sí que están sincronizados.

  —Usted es extra?a —dijo Guz, midiendo cada palabra.

  —Ustedes también —replicó ella—. Me entregaron los escritos sin ofrecer resistencia; eso sí es raro. En fin: nos veremos en el futuro. Quién sabe —a?adió con un gesto leve—, igual tomamos un té.

  Hachipusaq chasqueó los dedos y desapareció.

  Guz y Joel se quedaron mirando el lugar por un largo rato, confusos ante la aparición y la rapidez con que todo había ocurrido.

  —?Esto está bien para ti? —preguntó Guz, rompiendo el silencio.

  —Sí —contestó Joel—. Podríamos decirles que seguimos las órdenes y que no sabíamos que era falso. ?Me apoyarías en eso?

  —Guz —dijo Joel con firmeza—, ya te lo dije: eres mi amigo.

  —…Lo que sea. Gracias.

  —?No vas a decir lo mismo? —preguntó Guz.

  —No.

  Ha quedado claro en más de una ocasión que el odio y la rivalidad son líneas muy delgadas que fácilmente se traspasan. Pero ?se puede permanecer en medio? ?Se puede mantener firme el equilibrio? ?En qué momento se pierde el camino? El odio es tan fácil como difícil… pero ?hasta dónde puede sostenerse?

  Estas preguntas retumbaban en la cabeza de Esteban, cuestiones de gran peso para él.

  —Se te escaparon, ?verdad?

  —Así es.

  Esteban rió con amargura, apoyó la frente contra la ventana y observó cómo una farola parpadeaba.

  —?Y todavía no arreglan esa mierda! —gritó con furia.

  —Ma?ana la repararán, tranquilo —dijo Dilan con calma.

  Luego suspiró.

  —?Cómo puedes ser tan incompetente, Patrick? No solo se te escapó un idiota, también lo hizo el Pharmagea cautivo.

  —No irán lejos. Se los atrapará.

  Esteban caminó hacia él, mirándolo con severidad.

  —Los escritos de Tiat deben ser recuperados.

  —Están en la Antártida, se?or. El desierto helado acabará con ellos —comentó Dilan.

  —No subestimes a esos idiotas. No dejes que la naturaleza los mate sin comprobarlo antes. Hay que atraparlos.

  —Entendido.

  —Ahora largo.

  —Como ordene —se despidieron Patrick y Dilan.

  Esteban quedó solo en la habitación.

  —Mierda…

  La puerta se abrió.

  —?Estás bien?

  —News, ja. ?Quieres la verdad o la mentira?

  —Prefiero la verdad —respondió el recién llegado mientras cerraba la puerta tras de sí.

  —No estoy bien. Estoy cansado, enojado y triste.

  —Lo veo. Tienes que descansar, no eres...

  —Fernán News, ?piensas que puedes darme órdenes?

  —No son órdenes, Esteban, son peticiones. Peticiones de un amigo a otro.

  —Sí, qué mejor manera de descansar cuando afuera andan sueltos unos de los escritos más peligrosos del mundo.

  —Ya hablas como Candado.

  —No me compares con ese idiota.

  —Será muchas cosas, pero no un idiota. Y lo sabes.

  —Ahora lo defiendes.

  —Debes aceptar que iniciaste una invasión para mantener contentos a los votantes. Hiciste lo que cualquier político adulto haría.

  —Su traición manchó mi imagen. Fue tan grande que me quitaron el título de “íntegro” y crearon el de “presidente”.

  —Entiendo eso, pero también debes comprender que fue su pueblo y sus seguidores quienes lo traicionaron, lo usaron y quisieron deshacerse de él.

  —?Lo estás justificando?

  —No. Solo quiero que entiendas el porqué de sus acciones. ?Qué esperabas de alguien traicionado por una nación que consideraba su hogar? Nosotros le quitamos eso.

  —Seguro… No debió postularse si iba a ser tan blandengue.

  —Esteban, tenía nueve a?os. Es la primera vez en la historia de Tanacia que alguien asume un cargo tan joven. Y debo recordarte que fue usted quien lo empujó a ello.

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  —No, se lo sugerí, y él aceptó.

  —Soy tonto, pero no ciego, Esteban. Querías desesperadamente que él formara parte de la fórmula del liderazgo. Querías entrar en la historia de Tanacia.

  —…

  —No soy quién para decirte lo que debes o no hacer, pero tu actitud hacia él ha sido inmadura. Candado solo fue un muchacho que tomó la decisión que creyó correcta en su momento.

  —?Piensas que voy a hacer las paces con él?

  —Eso lo dirá el tiempo.

  —Eres muy… suelto.

  —Jajaja. ?Qué fue eso?

  Esteban se dejó caer en la silla, agotado.

  —De todos modos… ?necesitas algo?

  —Sí, es sobre lo que pasó.

  —?Ah, sí? ?Qué pudo pasar? —preguntó con sarcasmo.

  —Tenemos un soplón.

  —Veo que pensamos lo mismo.

  —?Así que llegaste a la misma conclusión?

  —Sí. No había forma de que los Testigos supieran que los escritos de Tiat estaban aquí. El Gran Consejo General es el único con autoridad para decidir quién accede a esa información.

  —?Sospechas de alguien?

  —Aparte de Richard, creo que el Senado y el G.C.G. son los principales sospechosos.

  —?Richard?

  —Los pases que usaron esos dos llevaban su firma. Es el único autorizado para darlos, y me sorprende que lo haya hecho: siempre ha sido muy apegado a las reglas.

  —?Dónde está él?

  —Descuida. Está siendo interrogado por el Triunvirato.

  —?Y por qué no estás allí?

  —Lo intenté, pero Patrick me negó la entrada. Dice que soy “muy salvaje” en términos de interrogatorio.

  —Torturaste al Pharmagea.

  —Veo que te enteraste.

  —Sí. Y es una pena. Pensar que fuiste tú quien atacaba a Khangar por mantener las torturas vigentes.

  —Lo sé… lo sé. Estaba algo molesto.

  —Eres un presidente, Esteban. No lo olvides.

  —…?Algo más?

  —Entiendo —Fernán se acercó y le entregó unos expedientes—. Pedí a Addel que investigara a estos individuos.

  Esteban hojeó la carpeta.

  —?Treinta y ocho? ?En serio?

  —Son los más sospechosos bajo mi criterio. Y también… también…

  —?También qué?

  Fernán cerró los ojos un instante y luego los abrió.

  —Es muy probable que Guillermo haya llegado a la misma conclusión y supiera, mucho antes, la magnitud de lo que estamos viviendo ahora… —dijo—. Y también es probable que las personas en esa lista hayan sido las causantes de la muerte de tu hermano.

  Esteban miró detenidamente las hojas dentro de la carpeta.

  —?Dices que estas treinta y ocho personas están en estas hojas?

  —Sí.

  —Investígalos a todos. A todos.

  —Entendido.

  —Quien sea —a?adió Esteban con voz cortante— va a pagar.

  —Sí —replicó Fernán—, pagará… pero vivo.

  —…Vete ahora.

  —Sí, se?or.

  Fernán se marchó de la habitación. Esteban suspiró y alzó la vista hacia el cielo.

  —El día es artificial, pero no deja de ser hermoso —murmuró.

  A las afueras de la ciudad, Patrick investigaba el cruel desierto helado del continente. El viento azotaba la nieve y el horizonte parecía un muro blanco interminable.

  —Aún faltan meses para la salida del sol —dijo para sí, mirando la lejanía.

  —Alto ahí.

  Patrick se giró y vio a una persona parada en la nieve. Era una mujer envuelta en una capa; sus ojos brillaban bajo la capucha.

  —Usted está en un lugar peligroso —dijo Patrick—. Vuelva a la ciudad con rapidez.

  —Oh, por supuesto que lo haré —respondió ella—, después de que me permita decirle unas palabras.

  —No tengo tiempo… se?orita.

  —Por favor, llámame Hachipusaq.

  —Muy bien, Hachipusaq. Por favor, vuelva a la ciudad; ya hablaré con usted allí.

  —Oh, pero por favor, deme su tiempo. Después de todo, le importa.

  —No lo creo; estoy perdiendo el tiempo hablando con usted. Estoy apurado.

  —Ni siquiera por esto.

  Hachipusaq sacó de su capa un rollo: el que Patrick llevaba buscando. Lo mostró con calma.

  —?Los escritos de Tiat? ?Cómo...?

  —Ahora tengo su atención, ?no?

  Patrick descendió del vacío en el que flotaba y se acercó. Sus movimientos eran rápidos, vigilantes.

  —?Qué quiere?

  —Quiero hacer un trato.

  Patrick intentó arrebatarle el rollo, pero ella lo escondió con un gesto veloz.

  —Ah, ah, primero hablemos.

  —Ese rollo no es un juguete; devuélvelo.

  —Lo tendrás si hablamos con claridad.

  —?Aquí? ?En medio de toda esta nieve?

  Hachipusaq sonrió y extendió la mano.

  —?Qué hace?

  —Vamos, un apretón.

  Patrick dudó, pero al final estrechó su mano. En el instante en que sus dedos se encontraron, una luz los envolvió. Un vértigo breve y, en un parpadeo, estaban dentro de una caba?a.

  —?Qué…? —balbuceó Patrick.

  —?Té o café? —preguntó la mujer con naturalidad.

  —Nada, gracias.

  —Es una pena. Derfla, dame jugo.

  Un hombre vestido de negro, con una máscara que recordaba a la peste negra, apareció con un vaso de jugo en la mano.

  —No pienso preguntar por sus gustos con este frío —dijo sin afecto—. Ustedes querían hablar, ?no? Entonces hablemos.

  —Claro —respondió Hachipusaq—. Perdón, tenía sed —dijo, dio un sorbo y volvió a mirar a Patrick—. Vamos a sentarnos.

  —?Cómo me encontraste? —preguntó Patrick, aún alerta.

  —No te encontré —mintió ella con una sonrisa ladina—. Me estaba marchando cuando te paraste en medio del camino; las coincidencias suelen asustar demasiado.

  —?Qué es lo que quieres?

  —Dentro de poco verás una guerra; lamentablemente, nadie podrá detenerla.

  —Desde que tengo memoria, los circuitos y los gremios han estado enfrentados —replicó Patrick—. Siempre hubo tensiones, fricciones, una guerra fría constante entre esos estados. ?Qué puede cambiar ahora?

  —Testigos —dijo Hachipusaq con voz fría.

  —Un pu?ado de inútiles —respondió él.

  —Así es. Inútiles que incendiaron Buenos Aires.

  Patrick apretó los labios.

  —Estoy enterado —dijo—. Fue culpa de la provincia por no tener control sobre la situación.

  —Confío en que usted lo hubiera hecho mucho mejor —replicó Hachipusaq con un tono que rozaba el sarcasmo.

  —Ese tono burlesco lo dice todo —respondió Patrick.

  Hachipusaq rió, pero luego se recompuso.

  —Lo que en verdad necesito es un seguro.

  —?Seguro?

  —Verás, Esteban estuvo de acuerdo en proteger a Candado.

  —?Así? —Patrick negó con incredulidad—. Lo dudo mucho.

  —Ja, ja. Yo pensaba lo mismo, pero es verdad. Ahora quiero una cosa de ti.

  —?Qué?

  —Tu lealtad.

  Patrick frunció el ce?o.

  —No —dijo de inmediato—. Jamás daría mi lealtad a alguien que se oculta tras una máscara.

  Hachipusaq se echó a reír otra vez, esa risa corta, llena de significado.

  —No a mí —aclaró—. A Esteban.

  Patrick se tensó. Hachipusaq lo miró con calma, como quien sabe que ha tocado una cuerda sensible.

  —Sé que estás empezando a perder la fe en él, por algunas de sus acciones —a?adió—. Pero aún hay cosas que no conoces.

  Patrick recordó el papelón que había hecho en el Congreso y cómo había torturado a un prisionero.

  —Las elecciones serán en dos a?os. Veremos cómo se dan las cosas, pero una cosa es segura: Esteban no va a ganar y nunca volverá a ser presidente.

  —En eso te equivocas. En dos meses verás cómo cambian las cosas.

  —No lo creo.

  Hachipusaq dejó escapar una sonrisa.

  —Ya veo… —sacó una libreta y empezó a escribir—. Sabía que no sería sencillo.

  Arrancó la hoja, la dobló y se la entregó a Patrick.

  —?Qué es esto?

  —No lo leas todavía. Ma?ana… —Hachipusaq miró su reloj y se corrigió—. Hoy…

  Patrick arqueó una ceja, notando la confusión.

  —…Pasarán ciertas cosas en la plaza de Víctor. Quiero que te sientes y observes a tu alrededor. A las nueve cuarenta y tres de la ma?ana abrirás la nota y empezarás a leer.

  —?Y luego?

  —También está escrito lo que quiero que hagas. Claro, solo si decides hacerlo.

  Entonces extendió el rollo.

  —?Cómo sé si es real?

  Hachipusaq lo pasó a Derfla. Este sacó un encendedor y trató de prenderle fuego, pero nada ocurrió. Luego le arrojó agua, y el papel permaneció intacto.

  —?Y cómo sé que no aplicaste magia para protegerlo?

  Hachipusaq tomó el rollo con la otra mano, lanzó una peque?a chispa de magia inocua… y esta rebotó.

  —?Y si solo tomaste un papel común y lo volviste inmune a esas cosas?

  La paciencia de Hachipusaq se agotaba. Con brusquedad, le quitó el precinto al rollo.

  —?Cómo sé…?

  Antes de que Patrick terminara, ella le lanzó el rollo y el precinto directamente al rostro.

  Patrick lo atrapó, lo desplegó y lo leyó.

  —Es auténtico.

  —Vete a la mierda.

  Hachipusaq chasqueó los dedos y, en un abrir y cerrar de ojos, Patrick se encontró nuevamente en el frío desierto del continente.

  —Creo que lo hice enojar —murmuró ella.

  Mientras tanto…

  —?Crees que seguirá el plan?

  —Lo hará. Es un idiota horrible y denso… pero lo hará bien.

  Patrick regresó a Tanacia con el rollo en la mano. Estaba confundido por las palabras que había intercambiado con aquella mujer que se hacía llamar Hachipusaq. Tenía dudas: ?por qué querría ayudarlo en primer lugar?

  Miró su mano. Aún sostenía la nota que le había dado, preguntándose qué debía hacer con ella.

  Al llegar al palacio residencial, Esteban lo esperaba.

  —Disculpe.

  —Adelante.

  Patrick se acercó y le mostró el rollo. Esteban, al principio, se mostró escéptico, pero apenas lo tocó, lo supo: era real.

  —No puede ser…

  —El trabajo está hecho. Ahora me retiro.

  —Espera.

  Patrick se detuvo.

  —?Cómo lo hiciste?

  —No fui yo. Solo tuve suerte.

  Luego se marchó de la habitación.

  —…Bien —murmuró Esteban.

  Se sentó en su silla, contempló el rollo y los expedientes de Fernán.

  —Al menos puedo decir que tengo una cosa asegurada.

  Sonrió, pero de pronto sus ojos se desorbitaron y se desplomó hacia adelante. Unas manos invisibles atraparon su frente. Una fuerza intangible, que decidió manifestarse, lo sostuvo.

  Era Freud.

  —That was close (Eso estuvo cerca.) —susurró.

  Freud apoyó la frente en el cojín, luego le quitó el rollo de las manos a Esteban y caminó lentamente hacia la salida. Al abrir la puerta, alcanzó a ver la espalda de Patrick hacerse cada vez más peque?a mientras bajaba las escaleras. Cerró la puerta a medias y sacó su celular.

  —Vamos, contesta…

  —Hola, hola.

  —Addel, necesito que vengas al palacio.

  —?El mismo lugar?

  —Sí.

  Addel colgó.

  Tiempo después, apareció como una nube de humo y hollín.

  —?Qué sucede?

  Freud extendió la mano con el rollo.

  —Pon esto en un lugar más seguro.

  —No me lo creo…

  —De paso, haz una réplica, para que no vuelva a ocurrir lo mismo.

  —?Y Esteban?

  —Está descansando. Después de tener esa porquería en las manos, se relajó bastante.

  —Avisa solo a muy pocas personas de confianza dónde estará oculto el rollo. De preferencia, cinco.

  —?Cinco?

  —Tú, yo, Esteban cuando despierte… y dos más.

  —Ok.

  Addel se desvaneció.

  Freud regresó a la habitación y observó a Esteban, que dormía profundamente.

  —Te dije que no te sobreexigieras —murmuró.

  Se acercó, lo tomó en brazos y lo llevó al sillón. Le acomodó un cojín bajo la cabeza, le quitó los zapatos y luego escribió una carta que dejó sobre la mesa.

  —Descansa, amigo.

  Finalmente, se hizo invisible y apagó la luz. Solo el halo lunar iluminaba tenuemente la habitación.

  Al día siguiente, Patrick obedeció las indicaciones de Hachipusaq. Se levantó a las 7:30 a.m. y a las 9:35 ya estaba en el parque, ansioso por saciar su curiosidad. Se sentó en una banca que crujía bajo su peso.

  —Aquí vamos…

  Esperó hasta que el reloj marcara las 9:42. Faltando cuarenta segundos para que cambiara el minuto, abrió la nota.

  “Holis, esto es lo que pasará a partir de las 9:43 hasta las 10:02.”

  Patrick sonrió incrédulo.

  “9:43: Fernán News pasará corriendo con una agenda. Se quedó dormido y, por la prisa, tropezará con una se?ora.”

  Levantó la vista hacia el reloj. Eran las 9:43 cuando una puerta cercana se abrió de golpe.

  —?Perdón! —se disculpó Fernán, saliendo a toda prisa.

  Patrick alcanzó a ver una agenda en sus manos.

  —Buenos días, Patrick.

  —Buenos —respondió, cortés pero sorprendido.

  Volvió a leer la nota: “Tropezará con una se?ora.”

  —Veamos…

  Fernán corrió hacia la calle. Por su imprudencia, casi lo atropella un auto y terminó chocando con una mujer.

  —?Oh, Dios, le ruego que me disculpe! —exclamó, ayudándola a levantarse. La se?ora, lejos de molestarse, agradeció su gesto.

  Patrick quedó levemente sorprendido. Regresó a la nota.

  “9:45 a.m.: en el cielo habrá una estrella fugaz. Como dato extra, si quieres verla otra vez, pasará la semana que viene, el domingo a las 14:33.”

  Patrick alzó la vista y vio pasar una peque?a estrella fugaz. No se impresionó demasiado; hasta le pareció ridículo. Pero había sucedido.

  Siguió leyendo.

  “9:46: la banca en la que estás sentado se romperá si te recuestas en ella.”

  Patrick se levantó y empujó el respaldo. Este se quebró con un crujido.

  —Hostia…

  Leyó otra línea.

  “9:47: quizá no te pasó nada porque te levantaste, pero donde estás parado, una farola podría dejarte ciego.”

  —?Qué?

  —Escucha, Camilo, tienes que presionar este botón una vez, no dos, porque se traba la cosa —dijo un electricista cercano.

  Patrick observó a dos hombres trabajando en una farola frente a él.

  —Bien, ahora enciéndelo —ordenó un anciano.

  —Está bien.

  El joven apretó el botón y la farola se encendió con una luz tan intensa que iluminó todo el parque. Patrick tuvo que cubrirse los ojos.

  —?Apágalo! —ordenó el viejo.

  —Listo. Todavía necesita ajustes.

  Patrick respiró hondo y volvió a la carta.

  “P.D.: la farola no se arreglará en las próximas seis horas.”

  Siguió leyendo.

  “9:50 a.m.: habrá un accidente de tránsito. Un ni?o de gorra verde y chaleco gris cruzará la calle cuando su madre se distraiga con un anuncio en la radio. El chico sobrevivirá, pero nunca volverá a caminar.”

  Patrick se alarmó y buscó con la mirada hasta dar con el ni?o. Estaba junto a su madre, que sostenía un bebé y, distraída, apenas retenía al peque?o que intentaba soltarse.

  Eran las 9:49. No lo dudó: corrió hacia el ni?o. Este jugaba con una piedra, pateándola hasta que la llevó hacia la calle. Justo cuando iba a cruzar, Patrick lo tomó del chaleco y lo jaló hacia atrás, justo cuando un auto pasó rugiendo.

  —Ve con tu madre antes de que me enoje.

  El ni?o asintió asustado y corrió hacia ella. Patrick volvió a la carta.

  “Eso fue todo. Ya no te torturaré. Disfruta de la vida, Patrick.”

  —Pero qué pedazo de…

  —Patrick.

  —?Sí? Ah… úrsula.

  —?Va todo bien?

  —Sí, solo… nada, olvídalo. ?Qué necesitas?

  —Que ya es hora de la patrulla.

  —Aún faltan dos horas.

  —Mmm, pensé que querrías hacerlo conmigo.

  Patrick miró la nota por última vez, comprobando que ya no quedaba nada escrito.

  —Está bien, guía el camino.

  úrsula sonrió.

  —En seguida.

  Patrick la siguió, pensando en lo que acababa de presenciar y preguntándose si realmente debía seguirle el juego a Hachipusaq.

  Una cosa, sin embargo, la tenía clara: nunca había dudado de su lealtad hacia Esteban Everett. Aunque fuera miembro del triunvirato elegido por Candado, su fidelidad estaba con el presidente, siempre. Pero aún así… recordaba las palabras de Hachipusaq: que Esteban ganaría las elecciones, y que su lealtad debía ser hacia él, no hacia la figura del presidente, sino hacia Esteban como persona.

  —Eso solo lo dirá el tiempo —susurró.

  —?Dijiste algo?

  —No, cosas mías. No te preocupes.

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