El cristal situado en el centro del círculo comenzó a brillar.
No era una luz fría ni mecánica: era cálida, casi viva, como si el color y el calor atravesaran directamente la conciencia de Clementina. La sensación le recorrió la mente como una corriente suave… y entonces, despertó.
No estaba en ningún lugar físico.
A su alrededor se extendía un océano infinito de ceros y unos, fluyendo como si fueran partículas de polvo luminoso. Entre ellos flotaban fragmentos de objetos: una taza, un engranaje, una hoja, un juguete roto. Todo parecía suspendido en una lógica que ella no podía procesar del todo.
Intentó analizar el entorno. Sus rutinas se activaron… y fallaron.
Algo estaba mal.
Se sentía ligera. Demasiado.
Bajó la vista hacia sus manos. No había datos, no había lectura de materiales, no había confirmación de densidad. Eran… manos. Simples, humanas. Caminó hasta que encontró un espejo flotando en el vacío, lo tomó y lo acercó a su rostro.
Lo que vio la dejó sin palabras.
Tenía piel. No polímero. Su piel tenía calor natural. Ojos con blanco y verde reales, no lentes sintéticos. Sus dientes no eran de metal pulido, sino de esmalte natural. Buscó instintivamente el tatuaje con su número de serie, el sello que siempre había definido su existencia.
No estaba.
—Esto sí es extra?o —murmuró.
—?Lo es? —respondió una voz.
Clementina giró de inmediato. Intentó transformar su brazo en un machete, como lo había hecho cientos de veces… pero nada ocurrió. Solo cerró el pu?o con fuerza.
—Tranquila —dijo la voz—. No te haré da?o.
El espacio se deformó.
Los ceros y unos se disolvieron como una cortina de niebla y, en su lugar, apareció un lugar dolorosamente familiar.
La casa de los Barret.
—?Qué quieres? —preguntó Clementina, a la defensiva.
—?Yo? Nada. Solo quiero saber algo —respondió la voz—. ?Qué es lo que tú quieres… en realidad?
La figura se manifestó frente a ella: una mujer traslúcida, de un azul profundo, como metal líquido hecho de luz.
Antes de que Clementina pudiera responder, una puerta se abrió.
La se?ora Barret entró en escena. Detrás de la puerta abierta, había un anciano, Alfred Barret. Junto a él estaba Clementina… en su forma original: rostro de plástico blanco, expresión programada, cuerpo mecánico.
—Papá, ?Qué haces acá? —dijo la mujer—. Falta todavía para la fiesta.
—Quise llegar antes, tu madre quiso hacer compras y fue a envolverlos, yo tenía que hacer algo acá.
Clementina comprendió.
Estaba viendo su comienzo.
—Esto fue cuando el joven patrón cumplía cuatro a?os —susurró—. Recuerdo haber analizado cada centímetro de la casa.
—?Qué es? —preguntó la se?ora Barret.
—Ella es mi regalo.
—?En serio, papá?
—Recuerda a Hipólito. Jugabas con él. Decidí crear uno más peque?o. Será su amigo… y, si todo sale bien, su leal compa?ero.
—No lo sé… recién tiene cuatro a?os. ?Es seguro?
—Te doy mi palabra —dijo el anciano, sonriendo.
La presencia azul detuvo la escena.
—?Qué pensaste cuando llegaste? —preguntó.
—No lo sé —respondió Clementina—. Cuando lo conocí… quise acercarme a él. Sus palabras… me hicieron sentir algo que no estaba en mis parámetros.
El escenario cambió.
La familia estaba reunida alrededor de un pastel. Candado y Gabriela, soplaban las velas entre risas. Alfred entró con una gran caja negra y verde.
—Feliz cumplea?os.
La abrió.
Clementina emergió.
—Vaya —dijo Gabriela—. Ya sabemos quién es el nieto favorito.
—No empieces. Es para los dos… aunque sí, el ni?o es mi favorito.
—Abuelo… eso dolió —bromeó Gabriela.
Pero Clementina solo miraba al ni?o.
Y él a ella.
—Mi nombre es Clementina V02. Un saludo.
Candado extendió su mano.
—Yo soy Candado.
—Un placer.
—?Te he visto antes?
Ella sonrió.
—No, claro que no.
A un lado, la Clementina del presente observaba en silencio.
—Entonces… así comenzó.
—Así empezó todo —respondió—. Mi vida. con ellos.
El entorno volvió a cambiar.
Estaban bajo un árbol, en el jardín.
—Aquí fue —dijo Clementina—. Aquí expresé mi primer deseo.
Candado estaba cansado. Ella imitó su respiración agitada.
—Pareces un lavarropas roto —se rió él.
—Puedo dejar de hacerlo.
—No. Así estás bien.
—Como ordene.
—No te doy órdenes.
—Mi propósito es servirle.
—Pero… ?quieres hacerlo?
—Sí.
Ambas Clementinas dijeron la palabra al mismo tiempo.
Ella miró las manos de Candados, las peque?as manitas de él, sintió algo dentro suyo, lo suficiente para que ella tocara su propia mano.
—Desearía… ser más como usted.
Candado le tocó la mejilla.
Gesto que tanto su yo del pasado como la del presente, sintieron. En especial la Clementina del presente, quien tocó su mejilla. Lugar donde Candado la había tocado, como si hubiera sido ayer.
—Ya cuál será tu regalo—dijo Candado con una sonrisa.
El mundo se volvió a disolver.
Ahora estaban en el sótano. Clementina, sentada frente a un espejo, con piel y cabello reales.
Era una noche, en su despertar, notó algo distinto en su cuerpo: piel. Piel sintética, suave, modelada con una atención y cuidado que la sorprendieron, sus ojos no eran negros con puntos rojos, tenía los ojos verdes. Candado, a pesar de su edad, había hecho maravillas con ella.
—?Esta… soy yo? —susurró al mirarse en el espejo.
—Sí —sonrió Candado—. Lo eres.
No lo entendía del todo. Pero lo apreciaba. La forma, los detalles, la expresión que le había dado… se parecía a las personas que ella amaba. Y por primera vez en su existencia, sonrió con sinceridad.
—Gracias… por todo —dijo en voz baja, con una sonrisa genuina.
—Espero que te guste —dijo Alfred palmeando la cabeza de su nieto—. Fue un trabajo en equipo.
La presencia azul habló:
—Así que esto es lo que más atesoras.
—Sí. Porque si él hubiera sido otro… yo nunca habría cambiado.
La habitación volvió a cambiar.
Las paredes se deshicieron como humo y, en su lugar, apareció un ataúd. Negro. Cerrado. Rodeado de gente vestida de luto. Rostros apagados, ojos rojos, silencios pesados. Entre todos ellos, Clementina lo vio.
Candado.
Peque?o. Más peque?o de lo que recordaba. Encogido sobre sí mismo, como si el mundo lo hubiera aplastado de golpe.
—Sin embargo… él también lo hizo —dijo la presencia azul, con una calma que dolía.
Clementina sintió un nudo en el pecho. Apartó la mirada.
—?Por qué? —preguntó la presencia.
—No es nada.
—No puedes mentir —respondió—. Y ambas sabemos la respuesta.
Una fuerza invisible la obligó a mirar de nuevo.
Vio a su yo del pasado, de pie detrás del ni?o. Extendía la mano con torpeza, como si no supiera exactamente qué hacer con ella. Dudó. Se detuvo a mitad del camino. Y finalmente… la bajó.
No lo tocó.
—Ya veo —dijo la presencia azul—. Eso es lo que te mortifica.
La escena se desmoronó.
Candado salió del lugar de forma brusca. Sus amigos lo siguieron. La imagen se desplazó hasta el gremio, la caba?a. Allí, lejos de miradas ajenas, el ni?o desató su furia. Gritó, golpeó, lloró. Su dolor no tenía forma, solo peso.
—?Te sientes culpable? —preguntó la presencia—. ?Por qué?
Clementina cerró los ojos.
—Sabes por qué.
—Porque cuando estaba devastado, lo analizaste —continuó—. Convertiste su dolor emocional en un concepto teórico. En un objeto de estudio.
La habitación volvió a transformarse.
Ahora se sucedían recuerdos: Candado montando a caballo, riendo; Clementina cortándole el cabello con cuidado; ella aceptando los dibujos torcidos que él le regalaba con orgullo; los obsequios improvisados, los juegos, las charlas nocturnas. Momentos tiernos. Humanos. íntimos.
—En el fondo sabías que jamás experimentarías eso —dijo la presencia azul—. Así que decidiste observarlo. Estudiarlo. ?Y qué mejor objeto de estudio que alguien tan cercano?
Clementina no respondió. Bajó la mirada.
La escena cambió otra vez.
Un pasillo oscuro. Noche cerrada. La puerta de la habitación de Candado se abrió lentamente. Clementina salió cabizbaja. Detrás de ella, el ni?o estaba sentado en su cama, con la mirada perdida, los hombros caídos. Triste. Enojado. Roto.
Ella lo sabía. Lo había analizado.
—?Querés que haga algo por vos? —preguntó.
Candado no levantó la vista, no la miró.
—Quiero estar solo.
—?Algo más?
—Es una orden.
Clementina dudó. Su mano tembló apenas.
—Como ordene —dijo al final.
Cerró la puerta.
La Clementina del presente observó cómo su yo del pasado se marchaba sin mirar atrás.
—?Eso es lo que te mortifica? —preguntó la presencia—. ?Qué cambia eso?
El espacio se llenó de nuevos recuerdos.
—Clementina, lava mi plato.
—El lavavajillas está detrás suyo, se?orita Gabriela. Hágalo usted.
—Clementina, deja de ordenar mi habitación.
—Claro. Solo si puedes desconectarme.
—Clementina, déjame sola. Es una orden —dijo Gabriela, llorando.
—Está afligida. No voy a dejarla sola.
—Clementina, dame dinero. Es una orden.
—?Por qué debería hacerlo?
Todo se detuvo.
Volvieron a la puerta cerrada.
—?Qué fue diferente esta vez? —preguntó la presencia—. ?Por qué desobedecías órdenes antes?
—No son mis due?os.
—Correcto, Son tu familia. ?Por qué obedecer aquí, entonces?
—Era diferente… podía ayudar.
—?Y acá no?
—No... quiero decir, sí… sí podía.
—Entonces, ?Por qué te fuiste?
Clementina dudó.
—Yo…
—?Por qué te duele tanto haber obedecido? —insistió—. ?Qué habría cambiado?
—No lo sé… tal vez…
—?Por qué crees que fallaste? ?Por qué crees que estás rota?
La habitación cambió de golpe.
Agentes irrumpieron en el gremio. Gritos. Caos. Hammya fue arrastrada. Clementina intentó moverse, intentó defenderla. La destrozaron. Golpes. Metal rompiéndose. Un pie aplastándole la cabeza como acto final.
—?Por qué relacionas esto con lo anterior? —preguntó la presencia—. ?Por qué te consideras un error?
—Ya basta…
—?Por qué sentiste alegría y tristeza cuando el joven patrón te reconstruyó?
—?No! —gritó Clementina—. Eso no es verdad. ?Cállate!
—Podría hacerlo —respondió la voz—. Pero no soy yo quien habla. Soy la voz de tus pensamientos. ?Por qué te ocultas? ?A qué le temes tanto?
—?SUFICIENTE!
Todo se apagó.
Oscuridad total.
Clementina cayó de rodillas sobre un suelo húmedo. Agua. Una luz blanca y tenue descendía desde lo alto, reflejándose en sus manos y pies. Ya no era humana.
Era ella.
Sus ojos oscuros brillaban, totalmente negros como la obsidiana con un patrón de espiral en sus ojos verdes. El tatuaje “V02” estaba de nuevo en su cuerpo. Observó sus manos. Podía transformarlas: destornillador, cuchillo, arma de fuego, machete.
La presencia azul apareció una vez más.
—?Por qué te incomoda verte así?
Clementina se cubrió el rostro durante un instante.
Su sistema respondió de inmediato. Un zumbido bajo recorrió su cuerpo, seguido por una aceleración abrupta de procesos internos. Los módulos de refrigeración entraron en sobrecarga, expulsando aire caliente con un ruido áspero. Hubo un chirrido metálico, una alerta sonora breve y aguda… y luego, silencio.
Tranquilidad forzada... Pero al fin de cuentas, tranquilidad.
Bajó las manos lentamente y volvió a mirar el suelo, vio su reflejo. Nada había cambiado.
Seguía siendo ella.
—Tenía miedo —confesó al fin, con la voz inestable—. No sabía qué hacer.
Levantó la vista apenas, como si ordenar sus pensamientos requiriera esfuerzo físico.
—?Por qué dices eso? —preguntó la presencia azul.
—Si algo aprendí desde el momento en que existo, es que la vida no es lineal. Tampoco lo son nuestras decisiones. Cada acción, cada causa y consecuencia, habita un parámetro gris. No hay certezas absolutas… solo cuidado. Especialmente con el luto.
Hizo una pausa.
—Y más si se trataba de él.
Una lágrima negra descendió desde su ojo y cayó al suelo, diluyéndose como tinta en el agua.
—Tenías miedo —repitió la presencia—. ?Por qué?
Clementina cerró los ojos.
—Porque no quería fallar —dijo—. No a él.
Otra lágrima brotó, y luego otra. No eran humanas, pero dolían como si lo fueran.
—La vida humana es frágil —continuó, su voz empezaba a quebrarse—. Solo tienes un instante. Una oportunidad. O haces lo correcto… o empeoras todo. Yo no quería…
Su voz se quebró.
—No quería empeorar la situación.
Las lágrimas negras comenzaron a caer con más frecuencia, marcando el suelo bajo sus pies como una constelación oscura.
Pero no se detuvo.
—Fui una cobarde —dijo, con la voz temblorosa—. Me asusté. Por eso me alejé. Por eso obedecí la orden.
Alzó el rostro, y por primera vez no intentó contenerse.
—Tenía miedo de fallar. Miedo de lastimarlo. Miedo de romperlo. Pero si tan solo… si tan solo hubiera… —sus palabras se quebraron—. Si hubiera abierto esa maldita puerta. Si lo hubiera abrazado como lo sentía aquella noche. Si lo hubiera sacado de esa habitación…
Apretó los pu?os.
—Tal vez no habría visto al mundo con tanta tristeza durante dos a?os. Un minuto, un segundo… cualquier cosa habría sido diferente.
—Pero ahora él está mejor —intervino la presencia azul—. ?Por qué atormentarte?
La respuesta no llegó.
El escenario cambió.
Una sala de hospital apareció a su alrededor. El olor a desinfectante era tenue, constante. Gabriela estaba recostada en la cama. Clementina había ido a visitarla con una bolsa de frutas. Hablaron de cosas peque?as, triviales. Rieron un poco. Fingieron normalidad.
Mientras acomodaba la almohada, Gabriela habló:
—Por favor… cuida a Candado.
Clementina dudó solo un instante. Luego sonrió, una sonrisa sincera, dedicada.
—Te lo prometo. Cuidaré de él.
La escena se congeló.
La presencia azul suspiró.
—?Te sientes culpable?
—Era mi deber —respondió Clementina, con firmeza te?ida de rabia—. Mi responsabilidad. Lo prometí. Y cuando todo se volvió difícil… huí.
Su voz se endureció.
—él no me cerró la puerta. Yo fui quien la cerró.
—Entonces —dijo la presencia—, sientes que le fallaste a los dos.
El entorno volvió a cambiar.
Nada se movía.
Porque aquello… Clementina no lo había visto. No lo había vivido. Solo lo conocía por confesiones.
Candado, con cinco a?os, temblando. Odadnac extendiendo la mano, exigiendo ayuda. Gabriela y Tínbari luchando contra una figura desconocida.
—Los expuse al peligro —dijo Clementina—. A los dos.
Bajó la mirada hacia sus manos.
—Obedecí a Gabriela. Me quedé. Y si los hubiera seguido… Candado no habría sido herido de muerte. Gabriela no habría absorbido el veneno.
Su voz se quebró.
—El veneno que la mató a ella… también lo estaba matando a él. Y a mí.
Observó sus manos como si fueran ajenas.
—?De qué sirven todas estas funciones si él se apagaba frente a mis propios ojos? Estos malditos ojos no vieron su mal, su enfermedad… la misma que mató a Gabriela iba a matarlo a él.
El escenario cambió otra vez.
Una habitación distinta. Aquella en la que conoció a Hammya Saillim.
Clementina respiró hondo.
—Y ella… ella lo entendió mejor que yo en todos estos a?os.
—?Celos? —preguntó la presencia.
—Muchos —admitió, con una sonrisa amarga—. Ella lo salvó. Le devolvió su sonrisa. Le devolvió el amor por la vida.
Su mirada se apagó un poco.
—Ahora pasa algo entre ellos. Lo noto. Hay tensión. Candado volvió a ser él mismo… y yo sigo sin poder hacer nada.
Las palabras comenzaron a caer una tras otra, sin freno.
—No hice nada cuando murió la se?orita Gabi. No hice nada cuando Candado me necesitaba. No hice nada para frenar su odio. No hice nada cuando secuestraron a Hammya. Y ahora… otra vez.
Su voz se quebró por completo.
—No hice nada. No logré nada.
Levantó la vista, desesperada.
—?Por qué… por qué existo?
Clementina guardó silencio por un momento. No dijo nada. Pero algo cambió. Los cambios abruptos cesaron y, lentamente, el escenario se materializó: el pasillo frente a la puerta de la habitación de Candado.
—No hiciste nada, ?Dices? ?Por qué existo, dices? —preguntó la presencia azul, implacable.
Clementina levantó la mirada. Frente a ella, su yo del pasado estaba de pie en el mismo pasillo, detrás de la misma puerta. Su rostro reflejaba preocupación y aflicción. Cerró los ojos un instante y luego, con una sonrisa leve, abrió la puerta.
—Buenos días —dijo—. Llevas una semana encerrado. No es bueno para los humanos estar tanto tiempo en la cama.
—Vete. Déjame dormir —respondió Candado, sin levantar la vista.
—Eso no lo creo, maestro —replicó Clementina con firmeza.
—Haz lo que quieras, solo déjame dormir —murmuró él.
—No creo que eso sea posible, don —insistió ella.
—...
—Puedes levantarte, se?or.
Candado no se movió. Clementina sonrió, tomó las cobijas con decisión y se las quitó de un tirón. él permaneció impasible, abrazado a sí mismo y con los ojos cerrados.
—Por favor, lord —susurró.
Candado giró apenas. Clementina no se dio por vencida. Tiró las cobijas a un lado y lo levantó en brazos como si no pesara nada.
—?Qué hacés? —preguntó él, medio molesto, medio divertido.
—Trabajo de rutina, Kaiser —respondió ella con naturalidad.
—Bájame.
—No lo haré, mi rey.
Candado se acomodó entre sus brazos, resignado.
—Como quieras —dijo antes de volver a cerrar los ojos.
—No —replicó ella al instante, dejándolo caer suavemente al suelo—. Es hora de despertar, jefe.
él no respondió. Se acomodó para dormir otra vez. Clementina fingió frustración.
—?Sí así querés jugar?
Una vez más, lo levantó y lo llevó al ba?o. Allí lo desvistió y lo ba?ó con cuidado.
—Una semana sin ba?arse es mala para usted. Me sorprende que no huela mal… pero sí a encerrado —comentó mientras lavaba su cabello.
Candado no dijo nada. Simplemente existió, permitiéndole realizar todo con calma. Clementina, en cambio, canturreaba:
—Estaba la pájara pinta, a la sombra del verde limón, con el pico picaba la rama, con las alas recogía la flor…
Candado permanecía quieto, inmóvil, mientras ella lo lavaba, lo secaba, lo vestía y luego lo arrastraba hasta la cocina. Allí lo sentó en su silla. Durante la semana, Candado comía muy poco. Lo peor no era eso, sino que ella lo notaba: sus padres seguían ausentes desde la muerte de Gabriela. Era ella quien cuidaba de él… y de Karen.
Cuando le sirvió la comida, Candado miró su plato sin intención de comer.
—Por supuesto que no, mi príncipe —dijo Clementina—. Te vas a comer esto.
Tomó la cuchara y, con delicadeza, se la llevó a la boca. él la apartó rápidamente.
—?Bien! Puedo comer solo.
Clementina dejó escapar una mueca efímera de satisfacción.
La presencia azul detuvo la escena.
—Si tú no hubieras existido, ?Esto habría pasado? —preguntó.
Clementina no supo qué responder. Antes de que pudiera abrir la boca, la escena cambió.
Se sucedieron los días posteriores. Clementina levantaba a Candado todas las ma?anas, lo ba?aba, le servía el desayuno y lo empujaba hacia el jardín. Durante el día, cuando él dormía, ella se encerraba en la sala solitaria. Leía todo tipo de libros: sociales, psicológicos, de comunicación. Al día siguiente aplicaba lo aprendido, buscando provocarlo, motivarlo, hacerlo reaccionar.
Se volvió molesta a propósito: tiraba agua fría mientras lo ba?aba, servía comida demasiado caliente o insípida, se hacía la tonta, le daba motes, lo despertaba a las cuatro de la ma?ana solo para contarle algo que él ya sabía… todo con paciencia y constancia. Mes tras mes, Clementina nunca se rindió.
Y entonces, un día, vio el cambio.
Candado estaba despierto, recién aseado. La sorpresa lo iluminaba.
—Vete —dijo—. No te necesito.
Ella sonrió, complacida.
—Como quieras, joven patrón.
—Basta —replicó con firmeza.
Clementina se detuvo antes de salir.
—?Perdón?
—Dije basta. Deja de llamarme así. Toleré muchas cosas, pero eso no. No soy rey, ni príncipe, ni senador, ni dictador, ni jefe… y mucho menos un patrón. Soy Candado Barret. Eres mi igual, no mi inferior ni mi sirviente.
Clementina sonrió de oreja a oreja.
—Como ordene, joven patrón.
—?Estás sorda? ?Te falla algo, o qué?
—No, no me falla nada, joven patrón.
Candado tomó su almohada y se la lanzó al aire.
—?Fuera!
—Enseguida, joven patrón.
—?CLEMENTINA!
Entonces, todo se detuvo.
El mundo se deshizo sin violencia, como un recuerdo que deja de doler. La habitación desapareció y, lentamente, surgió un bosque. árboles altos crecían entre estructuras rotas: lo que alguna vez fue una casa, una tienda, un refugio. Las ruinas no parecían tristes; estaban cubiertas de vida. Sobre todo ello brillaba un sol inmenso, demasiado luminoso para ser real.
—El joven patrón, el príncipe, el maestro, el lord… —dijo la presencia azul—. Todos los nombres con los que lo identificaste. ?Habría llegado tan lejos si no hubieras intervenido? ?Habría llegado a sentir aquello que se negó a sentir?
La figura cambió.
Ahora tenía el rostro de Hammya.
—?Candado me habría dado la bienvenida si tú no hubieras existido? —preguntó, imitando su voz.
La forma volvió a transformarse.
Esta vez era la madre de Candado. Europa Barret.
—La hija que perdí… el hijo que abandoné —dijo—. ?Habría hecho las paces conmigo si no hubieses existido?
Luego fue Gabriela.
—?No es la vida una variable? Nada es estático, ni siquiera las promesas. ?Sentiste alguna vez el deseo de romper la palabra de los muertos por motivos que consideras venenosos?
Finalmente, la presencia tomó la forma de Candado.
—?Habría sobrevivido? ?Me habría perdonado? ?Habría aprendido a sentir, a enojarme, a vivir… si tú no hubieras estado? ?Habría salido solo de esa cama?
La figura cambió una última vez.
Era Clementina.
—?Debe mi existencia tener un propósito tangible? ?No es esa una pregunta que atraviesa a todo ser humano, a toda mente consciente? ?Estos sentimientos son un error solo porque hubo fracaso? ?No es acaso la belleza del tropiezo lo que da sentido a la vida? ?No es la perfección una idea… y no un hecho?
La presencia se desvaneció.
En medio de la nada apareció una puerta.
La puerta de la habitación de Candado.
—Te preguntó una vez más. ?Qué es lo que quieres?
Clementina, que permanecía arrodillada, se puso de pie. Caminó hacia ella. Apoyó las manos en la perilla y la giró.
Dentro estaba él.
Sentado en la cama. Hundido. Apagado.
Vio la escena como había ocurrido: se vio a sí misma marchándose, desapareciendo en el pasillo. Pero esta vez fue diferente.
—Quiero lo mejor para él.
No dudó.
Dio un paso adelante.
La puerta se cerró.
Solo estaban ellos dos, en una habitación oscura y silenciosa. Clementina se arrodilló frente a él y lo abrazó. Candado no reaccionó de inmediato. Su cuerpo permaneció rígido, distante… hasta que, lentamente, respondió al abrazo.
En ese instante, el mundo se quebró.
La habitación comenzó a desgarrarse. La luz se filtró por las grietas, expandiéndose, creciendo, hasta que todo se desmoronó. El sol los envolvió y regresaron al valle.
Clementina habló, con una voz distinta.
—No vine a buscarte… ni a decir que todo valió la pena. Quedé encendida a medias cuando el ruido dejó de ser guerra.
Se detuvo.
Las lágrimas comenzaron a caer. Esta vez no eran negras. Eran claras. Humanas.
—Las luces se fueron y nadie aplaudió. Salvar no siempre suena como en los cuentos que alguien contó. Porque incluso el miedo aprende a soltar cuando alguien se queda sin prometer más.
Respiró hondo.
—Si el mundo se cae, yo me quedo aquí. Respirando contigo hasta verte dormir. No me preguntes si volvería a hacerlo. Hay respuestas que pesan más que el miedo.
Lo miró.
—No soy la misma. Vos tampoco. El silencio que quedó… aprendió a respirar.
El cuerpo de Candado comenzó a encogerse lentamente, hasta convertirse en el de un ni?o de cinco a?os. Clementina sonrió. Las lágrimas desaparecieron. Solo quedó una sonrisa pura, firme, decidida.
—No todo final sabe a despedida —susurró—. Algunos senderos se alargan en vida. Y aunque no vuelva lo que fue verdad, seguir de pie… también es amar.
El ni?o no dijo nada. Volvió abrazarlo una última vez. Sonrió… y desapareció de sus brazos.
Clementina quedó sola.
Esta vez, no dolió.
Miró sus manos. Sonrió una vez más.
—Lo quiero mucho, joven patrón.
La presencia azul sonrió.
—He tenido suficiente.
Clementina intentó girarse para comprender qué ocurría, pero no llegó a hacerlo.
Despertó.
Estaba recostada dentro de la habitación de Nyrvana. La luz era tenue y tranquila. Nyrvana se encontraba sentada en un sillón, comiendo un peque?o aperitivo con total naturalidad, como si nada extraordinario hubiera sucedido. Clementina miró a su alrededor: Hammya y Declan estaban despiertos. Sara, Héctor y Candado aún dormían.
Declan se acercó con cautela.
—?Estás bien?
Clementina analizó al grupo, verificando signos vitales, estados de conciencia, respiración. Todo estaba en orden.
—?Cómo está él? —preguntó.
—Todavía sigue en su prueba.
Declan hizo una pausa.
—?La superaste?
—No lo sé —respondió Clementina—. Dijo que ya había visto suficiente… y se marchó.
—?Y vos?
Clementina sonrió. No fue una sonrisa amplia ni mecánica. Fue peque?a, tranquila, auténtica.
—Supongo que sí.
Se acercó entonces a Candado. Con cuidado tomó su mano. Hammya, que se encontraba a cierta distancia, observó la escena y sonrió suavemente, como si comprendiera algo que aún no había sido dicho.
Clementina retiró con delicadeza la boina de Candado y la colocó sobre su regazo. Luego volvió a entrelazar sus dedos con los de él.
Se inclinó apenas hacia adelante.
—Terminé mi prueba, joven patrón —susurró—. Te estoy esperando.

