**POV Togaz**
—?JAJAJAJAJA! —La risa de Togaz salió en bocanadas agudas, sacudiendo todo su peque?o cuerpo verde. *?Humano tonto! ?Muy tonto!* El último golpe con la vara pesada hizo un ruido satisfactorio, como una calabaza madura al caer. *CRUNCH.*— ?Togaz no puede parar! ?Humano tonto! —dijo entre risitas, mirando el cuerpo inerte a sus pies. El olor a cobre y algo más dulzón, como hierba pisada, le llenó las fosas nasales.
Tiró la vara ensangrentada al suelo con desdén. Se agachó, agarró al humano peque?o por el tobillo y lo levantó con facilidad. Nunca había sostenido uno tan cerca. Nunca había matado a uno ella sola. La piel del humano era suave y pálida bajo la suciedad, muy diferente a su propia piel verde y correosa. Pesaba menos de lo esperado, como un saco medio vacío. Y olía... raro. No como la carne de caza. Olía a miedo seco y a algo que Togaz no reconocía.
—Togaz no... Gazazo dijo —murmuró para sí misma, recordando las palabras severas de su hermana mayor—. Si Togaz come sacrificio, Kerpo castigará a Togaz. —Un suspiro grueso escapó de sus labios mientras miraba al humano con ojos brillantes de hambre. Se lamió los labios, imaginando el sabor salado.
Sintió un golpecito suave en su pierna. Bajó la vista. ?Ralo! Su peque?o jabalí favorito restregaba su hocico húmedo contra ella, haciendo ruiditos de queja. Togaz sintió cómo la tristeza del sacrificio prohibido se esfumaba. ?Ralo! Tiró el cuerpo del humano sin ceremonia y se agachó para darle unas palmaditas cari?osas en el lomo erizado. Ralo respondió con más ruiditos, más fuertes, moviendo el rabito corto.
—Togaz sabe. Togaz también tiene hambre —dijo con ternura, rascándole detrás de las orejas—. Pero primero a la nueva cueva. Después comer. Vamos, Ralo. —Agarró de nuevo el tobillo del humano y comenzó a arrastrarlo hacia los arbustos, sin esfuerzo. Ralo trotaba a su lado, emitiendo sus sonidos característicos.
*?Odio, odio, odio el camino!* Las espinas que Obob llamaba "espinas" se enganchaban en su túnica y ara?aban su piel verde. El suelo era un enemigo traicionero: alto aquí, bajo allá, blando y resbaladizo como lodo podrido. Y el olor... un hedor a humedad, hojas podridas y algo peor, como excremento de pájaro viejo. Lo único bueno eran los humanos cerca. Togaz sabía que eran ricos. Muy ricos.
Los ruiditos constantes de Ralo empezaron a taladrarle los oídos. *?Molesto!* Pero Togaz no se detuvo. Había aprendido: si Ralo hacía ruido, Togaz le daba comida. Así que siguió arrastrando su premio, ignorando los gru?idos. Se sentía cansada, pero una oleada de alegría la recorrió al ver la figura familiar emerger junto a la entrada de la nueva cueva.
—?Gazazo! —llamó, aliviada. Pero la alegría se convirtió en confusión. Gazazo estaba allí, sí, pero tenía un cuchillo largo y feo en la mano, manchado de algo oscuro. Y no saludaba. Solo sujetaba a dos humanos atados con lianas. Uno de ellos se retorcía débilmente. Gazazo parecía... diferente. Sus ojos negros, siempre tan parecidos a los de Togaz, ahora la miraban sin reconocerla. *?Gazazo?*
—Gazazo... Togaz no entiende —balbuceó, se?alando el cuchillo—. Gazazo tiene cuchillo feo. Y el humano... —se?aló al que arrastraba— ?El humano de Togaz huele raro!
—Togaz —una voz áspera, como piedras frotándose, la hizo girar. Era Ciki. Estaba apoyada contra la roca de la entrada, pálida bajo su piel verde, con una profunda herida en el brazo que goteaba un líquido verde oscuro. Tenía a un humano mayor inmovilizado bajo su pie—. *Son* humanos, no *el* humano. —Ciki escupió las palabras, mirando con desprecio el cuerpo que Togaz arrastraba.
Antes de que Togaz pudiera preguntar por su brazo, más figuras salieron de entre los árboles. Byke, Ristro y Obob. Sus caras eran "feas", sí, pero era mucho peor. Obob, que siempre presumía de su nueva pierna tallada en madera oscura, ahora cojeaba horriblemente usando una vara sucia como muleta. Un feo corte cruzaba su cara desde la frente hasta la mandíbula, aún rezumando. Ristro... Ristro no tenía un brazo. Solo quedaba un mu?ón vendado con trapos sucios donde debería estar el hombro izquierdo, y del derecho solo le quedaba medio antebrazo. Sus piernas estaban llenas de cortes profundos. Pero lo más aterrador era Byke. Byke estaba... *blanco*. Como la ceniza fría. Y temblaba.
—Todos. A la cueva. Ahora. —La voz de Byke resonó como un latigazo, plana y mortal. Apretaba los pu?os, pero Togaz vio cómo le temblaban las manos blancas. El aire olía a miedo agrio y sangre verde.
Togaz entró la última, arrastrando aún a su humano. La nueva cueva era horrible: peque?a, tan oscura que apenas veía, y fría como el vientre de una roca. El silencio era pesado, roto solo por los jadeos de dolor de Obob y el temblor de Byke. Cuando Togaz tropezó con una piedra y soltó un peque?o "?Ay!", todos los ojos se volvieron hacia ella. Docenas de ojos brillantes en la penumbra, llenos de ira, dolor... y algo más. Algo que hizo que las rodillas de Togaz golpearan una contra otra.
*?Ruidos!* Unos ruiditos familiares vinieron de detrás de ella, cerca de la entrada. *?Ralo!* Se giró, un atisbo de esperanza en su corazón. Allí estaba su peque?o jabalí, raspando el suelo con el hocico, haciendo sus ruidos de hambre. Quiso tragar saliva, pero su boca estaba seca. Se acercó un paso, pero una mano fría y fuerte se cerró como un grillete alrededor de su brazo. Gazazo. Gazazo la detenía, sin mirarla, sus ojos fijos en Byke.
—Togaz —la voz de Byke cortó el silencio como el cuchillo de Gazazo—. Ni pienses en tirar ese cadáver al suelo o...
Byke levantó su mano blanca y temblorosa. De su palma brotó una peque?a bola de fuego amarillento, silbando como una serpiente enfadada. Voló recta, demasiado rápida, y golpeó a Ralo justo en el lomo.
*?FSSSSCH!*
El sonido fue breve. El olor a pelo quemado y carne chamuscada llenó la cueva al instante. Igual de rápido que se encendió, la llama se apagó. Donde estaba Ralo, solo quedó un montón peque?o y humeante.
Un sonido rasgó la garganta de Togaz antes de que ella misma lo reconociera.
—?RALO! —El nombre salió como un aullido desgarrado—. ?NO! ?RALO, NOOOOO! —El cuerpo del humano cayó de su mano como un saco olvidado. Se arrojó al suelo frío, sacudiendo el peque?o cuerpo aún tibio contra el suyo. *?Haz tus ruidos! Por favor, solo haz tus ruidos!* Pero Ralo solo olía... diferente. A ceniza y silencio.— ?MAL RALO! ?MAL RALO! ?LEVáNTATE! ?TOGAZ TIENE COMIDA! —gritó mientras levantaba el cuerpecito chamuscado, y el agua caliente y salada brotó de sus ojos, trazando caminos sucios en su piel verde.
Lo abrazó con todas sus fuerzas, enterrando la cara en lo que quedaba de su pelaje. El olor a muerte quemada le llenó la nariz y la boca. Se derrumbó sobre él.
—?NO! ?NO! ?RALO! ?TOGAZ LO SIENTE! ?TOGAZ LO SIEN...! —Un golpe brutal en el costado le cortó la disculpa a medias. El impacto la lanzó contra el suelo rocoso, el dolor le explotó en las costillas. Pero sus brazos, terca, desesperadamente, no soltaron a Ralo.
—?Maldita inferior! —La voz de Byke, cargada de un desprecio infinito, resonó en la cueva helada—. Suelta esa basura y muévete. O serás la última comida hoy. —No era una amenaza. Era una sentencia.
El temblor recorrió todo el cuerpo de Togaz como un escalofrío mortal. No hubo respuesta, solo el oscuro refugio de sus párpados cerrados con fuerza. Se encogió más, apretando el peque?o cuerpo chamuscado contra su pecho, como si pudiera devolverle el calor con el suyo. Las lágrimas, silenciosas e implacables, siguieron cayendo. En la fría oscuridad de la cueva, rodeada de miradas ajenas y hostiles, Togaz no se movió. Solo tembló. Solo abrazó. Solo lloró.
**Fin POV Togaz**
En la profunda oscuridad de la cueva, un grupo de duendes en diferentes estados observaba a Togaz acurrucada en el suelo. Guardaron un silencio sepulcral, solo roto por los gemidos ahogados de la peque?a duende que resonaban con eco, obligando a todos a escucharla con una incomodidad palpable. El aire olía a sangre verde, quemado y desesperación.
Obob no pudo más. Un gemido profundo, más un quejido animal que humanoide, escapó de sus labios partidos mientras se derrumbaba hacia un lado. Cada intento de respirar hondo se convertía en un estertor doloroso. Trató de empujarse contra el suelo con su único brazo, usando la vara como apoyo, pero sus fuerzas lo traicionaron y volvió a caer con un golpe sordo. Se pasó una mano temblorosa por el feo tajo de su cara, pero el contacto le arrancó un nuevo gemido, más agudo, que hizo rechinar los dientes a los demás.
Obob tomó una última respiración profunda, saboreando el sabor metálico de su propia sangre seca en los labios. Con un esfuerzo inmenso, apenas giró el cuello para mirar a su alrededor. Lo que vio lo llenó de un asco profundo. La inferior Togaz, a la que Gazazo había agarrado como un fardo bajo su apestosa axila, tirada como un trapo sucio, abrazando esa cosa quemada. El blanducho de Byke, palidecido como un hongo de cueva, apoyado contra la pared como si se fuera a derretir, tomando respiraciones cortas y ruidosas mientras acunaba su mano derecha, ahora negra y crujiente en los bordes. Un hedor a carne chamuscada venía de él.
*Desastre. Puro desastre.* Obob se lamió los labios cortados. Alguien tenía que tomar el control. Ahora.
—Gazazo —llamó, su voz un susurro ronco—. Ayuda a Togaz a pararse. Gazazo... ?Gazazo! —Gazazo ni siquiera parpadeó. Seguía mirando a Togaz con una intensidad que Obob no comprendía, oliendo el olor a quemado que emanaba de ella como un perro rastreador. Cuando Obob lo llamó de nuevo, Gazazo no se giró hacia él. Lentamente, muy lentamente, alzó la vista. Y miró a Byke. *?Byke? ?Por qué mira a ese inútil?*
—?Qué miras, cocinero? —escupió Byke, su voz un hilillo débil pero venenoso. Su mirada blanca y febril barrió la cueva—. Levanta a Obob. Nos vamos. Este lugar apesta a debilidad. Y tú, mosca —a?adió, dirigiéndose a Togaz con desprecio—, ven aquí y deja esa carro?a.
Obob cerró los ojos un instante, tratando de contener la ira. *Idiota. ?No ve que estamos rotos?* Pero quizás Byke tenía razón en moverse... Necesitaban una distracción de la inferior llorona.
—Byke, cállate —gru?ó Obob, abriendo los ojos y tratando de sonar autoritario, aunque el dolor le quebraba la voz—. Mosca, ayuda a Byke a levantarse. Gazazo, ?muévete de una vez! ?No tenemos todo el día! Y otro mosca... —buscó con la mirada a alguien, cualquiera—, haz que Togaz deje de llorar. Molesta.
Un crujido seco y repentino, como un hueso rompiéndose, lo alarmó. Obob abrió los ojos, confundido. Lo que vio lo dejó sin aliento.
Gazazo se había movido. Como un relámpago verde. Había cruzado la cueva en dos zancadas silenciosas. Su cuchillo, el mismo que Obob le había visto afilar mil veces, brilló en la penumbra. Un destello rápido, un corte horizontal limpio. Byke soltó un gorgoteo ahogado, sus manos volando hacia su gargarta abierta, de donde brotaba un chorro verde oscuro. Pero Gazazo no se detuvo. Agarró a Byke por el cuello con una mano y, con la fuerza de un poseído, comenzó a golpear su cabeza contra el suelo de roca. *?CRUNCH! ?CRUNCH! ?CRUNCH!* El sonido era húmedo, brutal, implacable. Byke pataleó débilmente al principio, luego solo fue un saco de huesos rotos que rebotaba contra la piedra. Gazazo siguió. Y siguió. Hasta que solo quedó silencio y una masa informe y pegajosa donde estuvo la cabeza de Byke.
Ciki, la duende ágil, no dijo una palabra. Sus ojos, muy abiertos, pasaron de la escena de horror a los humanos atados. En un movimiento fluido, agarró al que tenía más cerca, el mayor, y salió disparada hacia la entrada de la cueva sin mirar atrás. Ristro, cojeando horriblemente, la siguió como pudo. Antes de desaparecer, se detuvo un instante. Escupió. Un gargajo verde y espeso voló y aterrizó a los pies de Obob. Este sintió una rabia hirviente. Intentó escupirle de vuelta, pero solo logró morderse el labio inferior con fuerza. La sangre verde, caliente y amarga, llenó su boca.
Ristro, al ver la sangre brotar del labio de Obob, se detuvo un momento, una mueca extra?a en su rostro demacrado. Pero Ciki, ya fuera, lo golpeó en la espalda y le se?aló con urgencia hacia Gazazo. Gazazo se había puesto de pie junto al cadáver mutilado de Byke, el cuchillo goteando en su mano. Su respiración era profunda y regular, como después de un trabajo bien hecho. Levantó la vista y sus ojos negros, vacíos y fríos, encontraron los de Ristro. Ristro tragó saliva con un sonido audible, agarró la vara que Ciki le lanzó, la sostuvo con la boca como pudo y, ayudándose mutuamente como dos insectos heridos, arrastraron al humano hacia la libertad relativa del bosque.
Obob se quedó boquiabierto, saboreando su propia sangre. Solo pudo ver cómo las dos "moscas" huían. Sus pu?os se cerraron con tanta fuerza que las u?as se clavaron en las palmas. *?Dónde salió todo mal? ?En qué momento el mundo se puso de cabeza?* La tribu, su tribu, se desmoronaba como arena mojada.
Pero Obob no pudo reflexionar sobre los males de la vida. Un escalofrío primitivo, un instinto de presa, le recorrió la espalda. Sus ojos, moviéndose lentamente, se encontraron con los de Gazazo. Gazazo lo miraba. Fijamente. Sin ira aparente, sin prisa. Solo una atención total, absoluta, como un gato observando un ratón herido. Esa mirada le dio más miedo que cualquier grito. Se retorció contra la pared, intentando formar una sonrisa nerviosa, un gesto de complicidad, pero el dolor de sus heridas y el terror solo le permitieron hacer una mueca grotesca y espasmódica.
—Gazazo... —la voz le salió ronca, quebrada—. Ven... ven y ayúdame a levantarme, por... somos hermanos, ?no? Tu y yo, Gazazo, nosotros... —Obob no terminó de hablar. Un pu?etazo como un mazo de hierro impactó en su boca. El dolor fue cegador. Sintió dientes marrones saltar de sus encías como granos de maíz, mezclándose con la sangre en su boca. El sabor a metal y hueso roto lo inundó.
Obob cayó de espaldas, aturdido. Miró a su alrededor con ojos desesperados, buscando una salida, un arma, cualquier cosa. Solo vio rocas frías y las sombras burlonas de la cueva. Un segundo golpe, esta vez en el estómago, le arrancó todo el aire. Se dobló como un acordeón, jadeando en vano, el mundo reducido a puntos negros danzantes y un dolor insoportable.
Gazazo no habló. Solo golpeó. Y golpeó. Y golpeó. Pu?os, pies, el mango del cuchillo. Cada impacto resonaba en la cueva silenciosa, un macabro tamborileo. La sangre verde salpicaba las paredes, manchaba la piel de Gazazo. *Gazazo sabe,* pensó con una tristeza distante mientras su brazo subía y bajaba mecánicamente, *Gazazo sabe que esto iba a pasar. Obob nunca escuchar. Obob nunca aprender. Gazazo siempre aprender.* Después de lo que pareció una eternidad, Obob no respiró más. Solo fue un montón magullado y quieto.
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Gazazo se detuvo. Su respiración era lo único que rompía el silencio ahora. Miró el cuerpo.
—Gazazo sabe que Obob no es tonto —murmuró para sí mismo, su voz un susurro áspero—. Obob pensar que Gazazo no aprende. Que Gazazo no escucha. —Agachó, recogió su cuchillo afilado. La hoja reflejó un destecho de luz inexistente—. Pero Gazazo siempre está junto Obob. Gazazo siempre aprende. Es Obob quien no aprende... —El primer corte, en el cuello, fue limpio y rápido. La cabeza rodó con un sonido sordo. Luego vinieron los brazos, separados en las articulaciones con precisión práctica. Después las piernas. Finalmente, hundió la mano en el torso aún caliente y sacó el corazón verde, palpitando débilmente por un instante antes de quedarse inmóvil. *Lección terminada.*
Con la muerte y desmembramiento de Obob y Byke, Gazazo amarró sus cabezas con una liana resistente a su pierna, junto a su fiel cuchillo. Al terminar, miró hacia la entrada de la cueva, por donde habían huido Ciki y Ristro. Negó lentamente con la cabeza. *Moscas.* Se acercó a Togaz. Ella no respondía, ni siquiera parecía sentir su presencia. Gazazo se arrodilló con cuidado y, con una suavidad que contrastaba brutalmente con la violencia reciente, la levantó del suelo frío, envolviéndola en sus brazos. Ella seguía abrazando los restos carbonizados de Ralo.
—Gazazo está aquí, Togaz —susurró, su voz inusualmente suave, como arrullando a un cachorro—. No temas. Gazazo está aquí.
Al escuchar esto, Togaz no habló, pero un nuevo sollozo sacudió su peque?o cuerpo. Se acurrucó instintivamente contra el pecho de Gazazo, enterrando la cara en su túnica áspera, y lloró en silencio, sus lágrimas calientes empapando la tela. Gazazo se quedó allí, acunándola, hasta que los sollozos se convirtieron en un temblor y luego en un agotado silencio. Solo entonces comenzó a caminar hacia lo profundo de la cueva, alejándose de los cadáveres y el olor a muerte. El camino no era largo, pero cada paso lo daba con cuidado, asegurándose de no sacudir a Togaz.
Gazazo no dejó de mirar a su hermana peque?a durante todo el trayecto. Alzó la mirada hacia las sombras del techo y soltó un suspiro apenas audible al notar que se había dormido, las mejillas aún húmedas y pegajosas. Bajó la vista de nuevo. Allí, casi oculto entre piedras más peque?as, estaba tirado. Aquel tótem. El objeto que, a sus ojos, había iniciado esta espiral de pérdida y sangre. El que Togaz había traído a la tribu como un tesoro, de un bello color marrón oscuro como la buena tierra. Ahora, la base estaba manchada de un azul profundo y antinatural, como moho venenoso.
Con sumo cuidado, casi reverencia, Gazazo se inclinó y lo recogió. Era más pesado de lo que parecía, frío al tacto. Lo colocó sobre una roca plana y lisa que encontró cerca, como un altar improvisado. Con igual cuidado, se arrodilló lo mejor que pudo sin soltar a Togaz. Se quedó inmóvil, la frente casi tocando el suelo frío frente al tótem, Togaz como un peso cálido y frágil contra su pecho. La caverna se sumió en un silencio absoluto, tan denso que parecía vibrar. El silencio se quebró como un cristal.
—*SaCrIfIcIo*—
La voz no era un sonido. Era una presión en los tímpanos, un zumbido en los huesos, un mandato grabado a fuego en la mente de Gazazo. Para Togaz, dormida, fue apenas un suspiro en su sue?o intranquilo, un leve temblor que no la despertó.
Gazazo se enderezó lentamente, acomodando a Togaz para poder liberar un brazo. Con movimientos precisos, desató las cabezas de Obob y Byke de su pierna y las colocó a cada lado del tótem azul, como ofrendas macabras. Volvió a arrodillarse, inclinando la cabeza, esperando.
Poco después, las cabezas comenzaron a cambiar. La piel verde se arrugó y oscureció a velocidad visible, como fruta olvidada al sol. Los ojos se hundieron en las cuencas, la carne se licuó y goteó, dejando al descubierto huesos que también empezaron a agrietarse y desmoronarse. En minutos, solo quedaron dos montones irreconocibles de materia putrefacta. El tótem, por un instante, brilló con un fulgor azul eléctrico, intenso y frío. Luego, la luz se apagó tan rápido como había venido, y el azul en su base pareció oscurecerse, volverse más profundo. Gazazo mantuvo su posición, inmóvil como la roca misma, hasta que...
—*MaS*—
La voz volvió. Más fuerte esta vez. Un martillazo en el cráneo que hizo que Gazazo viera estrellas y casi soltara a Togaz. Un dolor punzante le recorrió las sienes. Tragó saliva, espesa y amarga. *?Más?* Miró a su alrededor frenéticamente, sus ojos adaptados a la oscuridad escudri?ando cada grieta, cada sombra. Nada. Solo la piedra fría y el peso de Togaz. Pero la *presencia*... esa sensación de ser diseccionado por mil ojos invisibles... se intensificó. Un escalofrío, completamente ajeno al frío de la cueva, le recorrió la espina dorsal. *Kerpo no venir. Ufuro no escuchar.* La certeza de su abandono fue un pu?etazo más. *Gazazo solo. Gazazo muy solo.* Intentó retroceder arrastrando los pies, pero una fuerza invisible, pesada como plomo fundido, se posó sobre sus hombros, deteniéndolo en seco.
—Gazazo buscará más... —la voz le salió ronca, forzada—. Mucho más. Gazazo promete. Gazazo traerá muchos más. —Frunció el ce?o, apretando los ojos contra el dolor de cabeza, clavando la mirada en el tótem azul como un desafío.
—*BaJo*—
La orden resonó como un trueno subterráneo. Gazazo obedeció al instante, agachándose lo más que pudo sin aplastar a Togaz, su frente rozando el suelo polvoriento.
—Sí. Bajo. Gazazo humilde. Gazazo traerá sacrificios gordos. Humanos fuertes. Magos brillantes. Muchos. Gazazo promete. Gazazo jura. —Las promesas brotaban en susurros rápidos, como una letanía de supervivencia.
—*VeTe*—
Gazazo no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se levantó con la misma lentitud con la que se había arrodillado, manteniendo la mirada baja, clavada en las motas de polvo que flotaban en el suelo. La presión en sus hombros disminuyó, pero la sensación de ser observado permaneció, una piel invisible sobre la suya. Al regresar al pasillo principal, volvió a ponerse de pie, acunando a Togaz. Ella se agitó en su sue?o, un gemido ahogado escapando de sus labios, como si luchara contra una pesadilla. Gazazo la meció ligeramente, con poco efecto.
Tomó una respiración profunda, oliendo el aire viciado: muerte, miedo y algo nuevo, eléctrico y antiguo. Caminó por la caverna hasta encontrar el cuerpo del humano que había traído, tirado donde lo dejó. Liberó una mano, la que no sostenía a Togaz. Agarró al humano por el cuello con dedos fuertes como raíces. Un giro rápido y seco. *Crack.* Lo dejó caer al suelo como un saco vacío. Salió de la caverna, hacia la relativa frescura del bosque nocturno.
No le costó nada a Gazazo notar el rastro desgarrado en la maleza, las manchas verdes de sangre seca, el camino obvio que habían tomado Ciki y Ristro. Pero a Gazazo no le importaban las moscas. él tenía que encontrar un lugar seguro para Togaz. Para descansar. Sabía que era una idea terrible, pero el cansancio y la presión constante lo empujaban. Se dio la vuelta y volvió a la cueva. Agarró al humano recién muerto por el tobillo y lo arrastró hasta el altar de piedra, postrándose de nuevo bajo el tótem azul, que permaneció inerte.
Gazazo empujó al humano más cerca de la roca. En el momento en que lo hizo, la sensación de ser observado se multiplicó por cien. Era como si la roca misma tuviera ojos. Tomó su cuchillo, la hoja ya pegajosa con sangre vieja y nueva.
—Oh, gran Akumu —la voz de Gazazo resonó en la cámara vacía, más alta de lo que pretendía—. Ayuda a Gazazo, humilde. Permite morar en tu casa. Gazazo te trae... un humano comerciante. —Al decir eso, Gazazo se abalanzó sobre el cuerpo inerte. No fue un asesinato limpio. Fue una furia contenida. Varias pu?aladas rápidas y profundas: corazón, garganta, vientre, ojos. La hoja entraba y salía con un sonido chupón. La sangre humana, roja y espesa, salpicó la base del tótem. *?Le gustará? ?Será suficiente?*
—*BiEn*—
El grito mental fue tan brutal que Gazazo cayó de rodillas, soltando el cuchillo, protegiendo instintivamente a Togaz con su cuerpo. El dolor en su cabeza fue cegador. Hubiera preferido desmayarse. Pero no lo hizo. Tuvo que ver. Tuvo que soportar. El cuerpo del humano comenzó a pudrirse. Pero no era la putrefacción natural que Gazazo conocía. Era... acelerada, antinatural. La carne se hinchó y se volvió gris en segundos, luego negra, descomponiéndose a velocidad imposible, licuándose en un charco fétido y burbujeante que rezumaba hacia el tótem. El hedor era indescriptible: a mil tumbas abiertas, a enfermedad, a locura antigua. Gazazo había sentido aburrimiento antes, incluso cuando ofrecía las cabezas. Un aburrimiento pesado. Ahora... ahora era diferente. Era como cuando Togaz comió aquellas bayas especiales que encontró río arriba: una sensación de vacío vertiginoso, de tiempo y materia estirados hasta romperse, de una mente antigua y fría notando su existencia con una curiosidad perversa. *No. Nunca más. Gazazo no quiere sentir esto nunca más.* Quiso huir en ese mismo instante, arrastrar a Togaz lejos de ese lugar maldito. Pero no pudo. Cada vez que se movía un músculo, la sensación de observación se volvía más aguda, más amenazante. Sabía lo que pasaba si interrumpías a algo así mientras se alimentaba. Te convertías en el siguiente bocado.
Gazazo no supo cuándo comenzaron. Gritos. Muy lejanos, como si vinieran de otra cueva, de otro mundo. Gritos humanos, agónicos, pidiendo ayuda, maldiciendo, suplicando. Pero a Gazazo no le importaba. Solo cerró los ojos y apretó a Togaz contra sí. Al poco tiempo, los gritos se apagaron, uno a uno, ahogados en el mismo silencio viscoso que había antes. La opresiva sensación en la cueva, la que hacía difícil respirar, comenzó a calmarse, retirándose como la marea. Gazazo tragó saliva, notando el dolor punzante en sus piernas, entumecidas por la postura.
Gazazo no sabía qué hacer. ?Quedarse? ?Intentar irse? ?Hablar? La voz rugió de nuevo, llenando el vacío:
—*DuErMe*—
El grito mental lo dejó tambaleándose mentalmente, desorientado. Además, Gazazo estaba tan seguro como de que se había comido a su madre de que ese pasillo estrecho a su izquierda *no* estaba allí un momento antes. Y la voz... era diferente. Más profunda, más... antigua. Pero volvió a sentir las miradas. Desde todas partes. Desde las sombras, desde la roca, desde el mismo aire. Gazazo decidió no tentar al humor de su nuevo amo. Ignorando el dolor agudo en sus piernas y el peso del agotamiento, se levantó con cuidado y se retiró arrastrando los pies, como antes, pero esta vez tomando el nuevo pasillo a su izquierda. Era corto, angosto, y olía a polvo seco y huesos viejos.
Al final, una puerta de madera vieja y podrida bloqueaba el camino. Gazazo la empujó con un hombro. La madera crujió y se partió como vidrio seco, cayendo en pedazos. Más allá, una peque?a cámara. Huesos humanos esparcidos por el suelo, pero eran extra?os: demasiado largos, demasiado delgados, con articulaciones que no parecían humanas. Gazazo no tenía energía para preguntarse. Su mirada se fijó en un rincón: una estructura tosca de madera y paja, como una cama primitiva. Sobre ella, dos esqueletos humanos entrelazados, como si se hubieran abrazado en la muerte.
Gazazo se acercó, apartó los huesos con un pie sin ceremonia. Con un cuidado infinito, como si colocara un huevo de pájaro, se acostó en la superficie dura, colocando a Togaz a su lado, protegiéndola con su cuerpo. Sin más ceremonia, cerró los ojos. El sue?o lo arrastró como un río oscuro, una necesidad fisiológica abrumadora. *Que al despertar... que al despertar esto haya mejorado.* Fue su último pensamiento consciente.
Muy lejos de donde Gazazo y Togaz dormían su sue?o de agotamiento, un duende de doble cuerno curvado como dagas naturales avanzaba con paso rápido y decidido. Stox, líder de la tribu Yuan. A su lado flotaba su "fiel" esclavo fantasma, una neblina grisácea que gemía sin cesar. Su destino era un claro rodeado de rocas dentadas, iluminado por la luna llena. En el centro del claro, inmóvil como una estatua, los esperaba una figura encapuchada, vestida completamente de gris, con una espada larga y recta colgando de su cintura.
Al llegar al claro, Stox buscó rápidamente el mejor lugar para impresionar. Sus ojos se posaron en una roca alta y plana que sobresalía entre las demás. Con un salto un tanto forzado que hizo crujir sus articulaciones, se encaramó a ella. Se enderezó, sacando pecho con fuerza, e inclinó la barbilla hacia arriba en lo que esperaba fuera un gesto de autoridad indomable. Su garrote nudoso descansaba firmemente en su mano derecha; un saco de hierbas medicinales (o al menos eso decía él) colgaba de su cinturón de cuero; y un arco sin flechas completaba su "imponente" figura.
—?Viniste! —anunció, su voz proyectada para llenar el claro—. Bien. Yo soy Stox, líder de la tribu Yuan y el más fiel servidor del gran Ufuro. —Hizo una pausa dramática, dejando que sus títulos resonaran—. ?Y quién eres tú, que te escondes bajo capucha y sombras? —El último toque de desconfianza calculada, pensó.
El encapuchado guardó silencio un rato inquietantemente largo. La máscara gris sin rasgos bajo la capucha y la ropa holgada ocultaban cualquier reacción. Solo el leve movimiento de los hombros al respirar delataba que estaba vivo.
—Yo soy Rata —respondió finalmente, su voz era áspera, como arena bajo una puerta—. Líder del clan Encane. Fiel sirviente de Ufuro. —Levantó lentamente sus manos, vacías, con las palmas hacia arriba en un gesto que podía ser de paz o de burla—. Espero su cooperación en la... pútrida encomienda que nuestro maestro nos ha dado.
Stox lo miró con desconfianza abierta, frunciendo el ce?o bajo su máscara de cuerno. *?Rata? Nombre adecuado.*
—No sé qué insignificante tarea se te ha encomendado —replicó Stox, tratando de sonar desde?oso pero su voz sonó un poco aguda—. Porque a mí, Stox, se me ha confiado una misión sagrada. Una que solo el más fiel, el más fuerte, el más *digno*, puede esperar cumplir. —Tomó una respiración profunda por la nariz, que terminó en un leve resoplido. *?Maldita alergia!*
El encapuchado de gris, Rata, se movió con una fluidez inquietante hacia otra roca más baja, siendo seguido por la mirada vigilante (y un poco nerviosa) de Stox. Se recostó contra ella con falsa despreocupación.
—Estoy dispuesto... a aportar las fuerzas de mi clan —dijo Rata, su voz un susurro calculado—. Si me prestas tu apoyo... y tu sabiduría, gran Stox.
Esto sorprendió a Stox. *?Su apoyo? ?Su sabiduría?* Midió los riesgos rápidamente. Un clan extra de duendes... carne de ca?ón útil. Se le ocurrió un plan. Enderezó aún más la espalda sobre la roca, tratando de parecer un juez implacable.
—Lo... lo acepto —declaró, tratando de imitar el tono grave que había oído usar a los antiguos jefes—. Pero. —Hizo otra pausa, dramática—. Debo probar tu lealtad. La lealtad no se regala, Rata. Se demuestra.
El efecto fue inmediato. Rata se enderezó de golpe como un resorte. Su mano fue un blur hacia la empu?adura de la espada. El metal silbó al desenvainarse, reflejando la luz de la luna y, por un instante, la cara sorprendida de Stox con perfecta claridad. La punta afilada se detuvo a un palmo de la garganta de Stox.
—?Eres valiente, Stox... o simplemente estúpido? —La voz de Rata era ahora un filo de hielo—. Por esa osadía... Mi lealtad a Ufuro es incuestionable. Tan incuestionable como el filo de esta hoja. —La espada no temblaba ni un milímetro.
La acción repentina, la fría amenaza tan cerca, hicieron que Stox perdiera el equilibrio. Dio un traspié hacia atrás, los brazos girando como aspas de molino, y cayó de la roca con un ruido sordo y un "?Oof!" audible, aterrizando de lleno en un arbusto de zarzas. Las espinas le atravesaron la túnica como agujas furiosas. *?Maldita rata! ?Maldito fantasma!* Escupió una hoja mientras intentaba incorporarse, forzando cada músculo para parecer sereno a pesar del barro en su máscara y las hojas en sus cuernos. La risa estridente y burlona del fantasma taladraba sus oídos, aumentando su furia y vergüenza. Un gesto brusco de su mano – que hizo que una zarza le arrancara un jirón de manga – silenció al espectro.
—?Un... resbalón insignificante en el camino de los fieles! —declaró con voz algo quebrada, alisando su túnica desgarrada con manos que no dejaban de temblar levemente—. Si tu lealtad es tan incuestionable... ?Pasa mi prueba! —Intentó sonar desafiante, pero el sabor a barro en su boca le recordaba lo lejos que estaba de impresionar.
Rata, sin bajar la espada del todo, giró ligeramente la cabeza para mirar al fantasma esclavo. La neblina grisácea se retorcía, emitiendo gemidos de dolor tan vívidos que incluso a través de su ropa, Rata sintió un escalofrío involuntario. Bajó la espada lentamente, enfundándola con un chasquido final.
—Solo mandaré a mi élite —dijo Rata, su voz recuperando su aspereza neutra—. Los mejores cuchillos y silencios del clan Encane.
—Eso... eso me parece bien —dijo Stox, tratando de recuperar terreno mientras se limpiaba el barro de la máscara. Volvió a subirse a la roca con más cuidado esta vez, disimulando un leve renquero—. Pero ya que es *mi* prueba, solo les daré el objetivo. —Hizo una pausa, mirando a Rata con desdén—. Veremos si tu "élite" sirve de algo más que para alimentar a los cuervos... o a algo peor. —*Sí, eso sonó amenazante.*
—Aquí —dijo Rata, sin inmutarse—. Ma?ana. Cuando el sol esté en lo más alto. —Se dio la vuelta para marcharse, su capa gris ondeando ligeramente.
—Me parece bien... Rata —respondió Stox, bajándose de la roca con exagerada precaución y tratando de sacudirse las últimas zarzas de su túnica. *Ma?ana. Ma?ana veremos quién es realmente útil.*
Stox cojeó ligeramente, pero con la cabeza alta, fingiendo una dignidad que el barro en sus cuernos desmentía. Rata desapareció en la oscuridad del bosque como una sombra gris. El claro quedó en silencio, solo roto por el susurro del viento y los débiles quejidos del fantasma esclavo, abandonado momentáneamente entre las zarzas.
**Final**

