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Máscaras Solares y el Primer Sangre

  El sol volvió a elevarse en el cielo como desde el principio de los tiempos, ba?ando a todo lo que vivía en aquel mundo con su hermoso brillo. Ni una sola nube empa?aba el bello cielo para ocultar su majestad.

  Pero no todos los seres veían la luz con los mismos ojos. Algunos festejaban su regreso con una alegría desbordada, como si el solo hecho de amanecer borrara el recuerdo de la catástrofe que una vez los sumió en tinieblas. Para ellos, era un tributo obligado: **celebrar la vida era honrar a los caídos.** Agradecer el sacrificio de quienes no vieron este nuevo amanecer, recordando con cada risa, cada copa alzada, cada danza, que los placeres efímeros eran el mejor homenaje a los que ya no podían sentirlos.

  Los más ruidosos en su júbilo eran los humanos. Desde antes del alba, el pueblo bullía. No era solo fiesta; era ritual, memoria convertida en acción.En la plaza central, bajo banderas de colores desteídos por soles pasados, un grupo de ancianos compartía un vino especiado frente a una pira simbólica donde quemaban peque?as ofrendas de pan y flores secas – nombres tachados en pergaminos consumidos por las llamas. "Por los que nos abrieron camino", murmuró uno, su voz cargada de un pesar que la sonrisa no ocultaba del todo.

  La vida, en toda su crudeza y belleza, fluía como un río desbordado

  - Las tiendas no solo revisaban mercancías; eran altares al comercio y la supervivencia, donde regatear un precio era también un gui?o a la suerte que los mantenía vivos. El olor a cuero nuevo, especias y jabón fuerte flotaba en el aire.

  - Las mujeres que lavaban y remendaban ropa nueva y vieja cantaban viejas baladas de cosechas y amores perdidos, sus manos ágiles bordando resiliencia en cada costura. Agujas que zurcían telas y, simbólicamente, las heridas del pasado.

  - Los hombres que salían a cazar llevaban amuletos tallados con los rostros de ancestros, pidiendo fuerza para proveer como ellos lo hicieron. El crujir de sus arcos al tensarse era un saludo a los cazadores que no regresaron.

  - Los ni?os, coronas de flores silvestres en la cabeza, corrían hacia la capilla no solo por los artistas, sino porque allí se contaban las historias de héroes enmascarados caídos, sus haza?as mezclándose con la magia del espectáculo. Sus risas eran agudas, un contrapunto inocente a las miradas sombrías de los mayores.

  Y en los callejones menos transitados, donde la luz del sol jugaba al escondite, la celebración tomaba formas más terrenales. Junto a una taberna de techumbres bajas, una joven con lentejuelas color de cereza y una sonrisa cansada recibía monedas y susurros de hombres que buscaban olvidar, por un momento, el peso del recuerdo. Era otro placer, otro modo de sentir la vida latir fuerte contra el fantasma de la pérdida. **

  Todos honraban a su manera. Todos recordaban.

  Las risas eran más altas, las miradas más brillantes, los brindis más frecuentes. Como si, al festejar con furia, pudieran mantener a raya la sombra de lo perdido.Como si el brillo del sol actual pudiera borrar el recuerdo de cómo ese mismo sol se había escondido, cobarde, el día en que el mundo casi se acababa.

  Dentro de la capilla de piedra antigua, el aire olía a cera de abejas, serrín fresco y el leve sudor del esfuerzo concentrado. Sobre múltiples escenarios de madera ya decorados con telas brillantes y símbolos solares, varios artistas ambulantes practicaban sus actos o conversaban entre ellos con mucho entusiasmo, y en algunos casos, nerviosismo. El sonido de tambores de práctica, risas forzadas y el chasquido de látigos creaba una sinfonía de preparación.

  Fastis, joven y con ropa remendada en varios lugares, saltaba sobre un pie en un rincón menos iluminado. Su máscara, una simple media cara de zorro, le picaba en la piel sudorosa. Observaba con envidia el grupo cercano: Lira, la contorsionista, se reía de un chiste de Brom, el fuerte, mientras este levantaba pesas de madera pintada. "?Apuesto a que Fastis se cae en su primer salto hoy!", murmuró Brom con una sonrisa burlona que Fastis alcanzó a oír. Un pu?o se cerró bajo su manga. *Otra vez. Siempre igual.* Recordó su torpe debut el a?o pasado, la risa ahogada del público, la mirada decepcionada del anterior Se?or águila. Ese error lo había condenado a ser el hazmerreír de la troupe, el eterno aprendiz al que solo daban papeles de relleno.

  De repente, dejó de saltar. Su mirada se clavó en un hombre sentado en las escaleras laterales, apartado del bullicio, comiendo un trozo de pan con calma. Vestía una túnica azul profundo y una máscara de águila tallada con tanto detalle que las plumas parecían reales. Era el nuevo Se?or águila, el líder. Fastis tragó saliva. Un mensaje urgente había llegado para él al amanecer, sellado con cera negra. Un mal presentimiento le helaba la sangre desde entonces. Con pasos vacilantes, se acercó.

  —?Oh, joven Fastis! Justo la persona con la que quería hablar —dijo el hombre de la máscara de águila, terminando su pan y poniéndose de pie con estudiada elegancia. Su voz era grave, tranquila, pero sus ojos, visibles tras las aberturas del águila, escudri?aban a Fastis con intensidad.

  —Oh, se?or águila, espero no ser una molestia, pero... me ha llegado un mensaje —dijo Fastis, haciendo una reverencia tan rápida que casi tropieza, mordiéndose el labio con fuerza hasta notar el sabor a sangre.

  —Sí, joven Fastis. Le ha llegado uno de parte del joven Sonleo —respondió el hombre, deslizando un pergamino sellado con cera roja y negra en la mano temblorosa de Fastis. El tacto del papel era áspero y frío.

  Fastis arrancó el pergamino con dedos que temblaban levemente. El papel crujió, un sonido absurdamente fuerte en el murmullo de ensayos. Se retiró como un animal herido a una esquina alejada, ignorando los saludos curiosos de otros artistas ("?Eh, Zorrito! ?Mala nueva?" le gritó Brom). Sus ojos recorrieron las líneas, primero con rapidez, luego más lentamente, palideciendo bajo la máscara de zorro. *"...ataque inminente... duendes al este... pueblo de tu maestro... SOLO tú quedas...".* El aire se le atoró en los pulmones. Un segundo de silencio absoluto precedió al grito: un sonido agudo, de puro terror, que rebotó en los altos techos de madera de la capilla y heló la sangre de todos los presentes. Los tambores callaron a medio golpe. Todas las máscaras, de animales, héroes o demonios, se volvieron hacia la esquina donde Fastis se encogía, el pergamino arrugado como un pájaro muerto en sus manos. El olor a miedo, agrio y repentino, se mezcló con la cera y el serrín.

  En las afueras de la ciudad, la carreta chirriaba sobre el camino polvoriento. Sonleo, con su máscara de león de melena dorada desgastada, guiaba al viejo toro Bruno con suavidad. El animal avanzaba con paso lento pero constante, sus resoplidos rítmicos acompa?ando el traqueteo de las ruedas. Sonleo acarició distraídamente el amuleto de madera que colgaba de su cuello: una garra de león tallada por su difunta maestra. *"Protege al chico, Sonleo. Es nuestro legado"*, le había dicho con su último aliento. La responsabilidad pesaba como una losa sobre sus hombros. Hoy, Día de la Máscara Solar, debería ser alegría, pero él buscaba a Oranto. Solo Oranto entendería la amenaza que olía en el viento, más fuerte que el polvo y el estiércol.

  Al acercarse al peque?o pueblo rodeado de empalizadas, Sonleo detuvo a Bruno con un suave tirón de las riendas. Bajó de la carreta, estirando sus músculos adoloridos. Comenzó a saludar a los aldeanos con amplios gestos. "?Feliz Día de la Máscara Solar, Garen! ?Linda guirnalda, Mira!" Estos le devolvieron el saludo con sonrisas cansadas pero genuinas, aunque algunos evitaban su mirada. La máscara de león imponía respeto, pero también distancia.

  Su mirada escudri?ó la plaza hasta encontrarlo. Oranto, con su máscara de sapo de ojos saltones y piel rugosa, estaba encorvado junto al pozo. No estaba ocioso. Ayudaba a la anciana Elara a subir un cubo pesado de agua, sus brazos delgados pero fibrosos tensándose bajo la túnica gris. "Gracias, sapito", dijo Elara con voz temblorosa, acariciando el brazo de Oranto antes de alejarse renqueando. Oranto asintió, luego sacó una hoja verde arrugada de su bolsillo y se la metió a la boca, masticando con expresión pensativa. Sonleo sabía que no era hierba cualquiera; era *calmalia*, una planta amarga que su maestro usaba para calmar los nervios antes de las batallas. *?Qué te preocupa tanto, viejo amigo?*

  —?Oye, Oranto! Feliz día de la Máscara Solar —dijo Sonleo, acercándose y extendiendo su brazo con la mano abierta en un gesto de camaradería forzada que ocultaba su ansiedad.

  —Feliz día de la Máscara Solar, Sonleo —respondió Oranto, tomándole el codo con una sonrisa cansina que no llegaba a sus ojos. Sonleo hizo lo propio y se acercaron para darse un cabezazo ceremonial tan fuerte que hizo crujir las máscaras. "?Crack!". Los aldeanos se quedaron mirando un rato, algunos soltando risitas nerviosas antes de volver a sus tareas. El sonido resonó en los oídos de Sonleo como un presagio.

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  Tras el cabezazo, se separaron y caminaron en silencio hasta la cima de una colina cercana, dejando atrás los olores a pan y tierra húmeda del pueblo. El viento traía el olor a hierba seca y tomillo silvestre. Permanecieron así, mirando el valle ba?ado por el sol de la tarde, hasta que Oranto decidió romper el silencio.

  —No quedó nada —dijo Oranto, su voz plana, sin emociones. Saltó con agilidad felina para esquivar un pu?etazo que Sonleo lanzó sin aviso. El aire silbó donde había estado su cabeza.

  —?Máscara de Sapo! ?Cómo te atreves? —rugió Sonleo, los pu?os convertidos en piedras, su pecho subiendo y bajando con respiraciones profundas y forzadas—. ?Sabes lo que me espera cuando vuelva y le diga? ?El maestro confió en *ti* para protegerlos! ?El último pueblo!

  —No te preocupes, yo me encargaré de esto —dijo Oranto, esquivando otro golpe con un salto lateral, pero falló al evitar un tercero que lo impactó en el costado. "?Ugh!". El golpe lo envió rodando contra un roble joven. El impacto sacudió ramas secas que llovieron sobre él.

  —Sonleo, cálmate —jadeó Oranto desde el suelo, frotándose las costillas, su voz un susurro áspero—. Recuerda que es mi responsabilidad. El castigo es para mí. Siempre lo fue.

  —?Que ME CALME EL QUE CAERá SERé YO, IDIOTA! —gritó Sonleo con furia ciega, la imagen del maestro moribundo quemándose en su mente. Corrió hacia Oranto como un toro enfurecido para propinarle un certero golpe. Oranto lo esquivó con un salto que parecía desafiar la gravedad. El pu?etazo de Sonleo impactó el roble donde Oranto había estado, partiéndolo por la mitad con un crujido seco y violento que hizo volar astillas como proyectiles.

  La situación se repitió durante varios minutos agonizantes. La furia ciega de Sonleo chocaba contra la elusiva calma de Oranto. Cada pu?etazo que solo encontraba aire o madera astillada alimentaba la frustración de Sonleo hasta un punto de ebullición. *?Idiota! ?Inútil! ?Fallaste!* El pensamiento martilleaba su cráneo con cada golpe fallido. La saliva de Oranto, fría y despectiva al golpearle la mejilla, fue la gota que colmó el vaso. Una punzada de agotamiento total, más profunda que cualquier golpe, le dobló las rodillas. Cayó de bruces contra la hierba pisoteada, el sabor a tierra y sudor frío llenando su boca. El mundo giraba. Solo el sonido de su propio jadeo, áspero y desesperado, llenaba sus oídos. La máscara de león, pesada y sudada, le oprimía la cara.

  —?Ya te calmaste? Bien —dijo Oranto, observando el cuerpo derrumbado de Sonleo, una mezcla de lástima y fastidio apretándole el pecho. *Demasiado rápido para enfurecerse, demasiado lento para pensar. Como siempre.*— Espero que no duermas demasiado. Mira —su voz se volvió más grave, urgente—, no te llamé para pelear. Te llamé para que cuidaras de este pueblo. Es el último de nuestro maestro. El último legado. —Hizo una pausa, mirando hacia el este, donde las sombras de los árboles se alargaban—. Yo iré a ver a un tipo... interesante. Uno que, con suerte, te sacará de este aprieto. Sin una palabra más, sin permitir que la culpa o las preguntas lo detuvieran, Oranto giró sobre sus talones y se fundió entre los árboles del camino, dejando atrás el jadeo de Sonleo y el peso de una responsabilidad que ahora recaía sobre sus propios hombudos, junto al olor a savia fresca del árbol roto.

  Cuando Oranto se marchó, Sonleo se quedó dormido en la cima de la colina, vencido por el agotamiento físico y emocional. Al despertar, el sol comenzaba a ocultarse, pintando el cielo de naranjas y morados profundos. Las primeras luciérnagas titilaban en la hierba. Al verlo, Sonleo empezó a levantarse con un gemido, cada músculo protestando, pero notó un peso repentino y cálido en su espalda, acompa?ado de un olor a tierra y ni?o sudado.

  —Se?or Sonleo, ?qué hace aquí? ?Es una misión? ?Hay un monstruo? ?Puedo ir? ?Sí, porfa, porfa! —dijo Rasolf, un ni?o de no más de diez a?os, que se bajó rápidamente de su espalda con una gran sonrisa que mostraba un diente faltante. Sus ojos, color avellana, brillaban con emoción desbordada bajo una mata de pelo casta?o despeinado. Llevaba una túnica corta remendada y un cordel atado como cinturón, del que colgaba una piedra plana que pretendía ser un cuchillo. "?Mamá dice que vuelva antes del anochecer!", había gritado al salir corriendo de casa al ver a Sonleo en la colina. Esta era su oportunidad. ?Una *misión* real!

  El ni?o siguió bombardeándolo con preguntas, saltando alrededor de Sonleo como un cachorro excitado ("?Es grande el monstruo? ?Usará su garra? ?La de verdad?"), pero se detuvo bruscamente cuando Sonleo le dio un golpe seco pero controlado en la cabeza con los nudillos. El ni?o se frotó la frente con fuerza, soltando gemiditos de dolor mientras Sonleo se estiraba los brazos con crujidos articulares que sonaban como ramas secas.

  —Es *se?or León*, recuerda, ni?o —dijo Sonleo, su voz ronca por el sue?o y la pelea. Hizo ademán de lanzarle otro golpe, pero se detuvo milímetros antes de tocar la nariz del ni?o—. Estaré en este lugar un tiempo. Así que cada vez que lo digas mal... —Dejó la amenaza en el aire mientras se estiraba la espalda con otra serie de crujidos y comenzó a caminar con paso cansino hacia el pueblo, ignorando los sollozos contenidos que empezaban a brotar detrás de él. Tenía que prepararse. El mensaje de Fastis, la partida de Oranto... La noche se acercaba, y con ella, el peligro.

  El ni?o, Rasolf, se quedó en ese lugar un rato en silencio, intentando sin éxito contener las lágrimas calientes que le quemaban los ojos. Se limpió los mocos con el dorso de la mano, oliendo a tierra y lágrimas saladas, mientras miraba al cielo te?ido de púrpura. *"Vuelve antes del anochecer, Ras"*, había dicho su madre. Pero él no era un ni?o cualquiera. él sería un Enmascarado, como el se?or León. Como su papá, que no volvió de la última incursión al Bosque Silente. Cuando el sol también comenzó a descender, un crujido repentino en unos arbustos cercanos hizo que girara la cabeza bruscamente, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. *?Un monstruo? ?Su oportunidad?*

  Rasolf miró alternativamente entre los arbustos que se agitaban y el camino seguro a su pueblo. Tragó saliva, notando su garganta seca y áspera. Bajó la mirada hacia sus propias manos, peque?os pu?os apretados con tanta fuerza que los nudillos palidecieron. Con una decisión repentina, sacó su "cuchillo" de piedra del cordel y comenzó a bajar la colina sin mirar atrás, pisando fuerte las hierbas secas. Se detuvo a unos pasos, congelado por un grito agudo y lastimero que surgió de los arbustos. Un sonido animal, de miedo o dolor.

  **POV Rasolf**

  —?Lo... lo... lo logré! ?Yo lo hice! —El susurro triunfal se le escapó antes de poder contenerlo. ?Cómo le diría a todos? ?A Ralgor, el herrero que siempre lo rega?aba por jugar cerca de la fragua? ?A su madre? *?Yo, Rasolf el Peque?o, me enfrenté y derroté al miedo como un verdadero enmascarado!* Una risita nerviosa le burbujeó en el pecho. Cuando logró calmarse un poco, apartando las ramas espinosas que le ara?aban los brazos, vio que la fuente del grito era un peque?o jabalí, atrapado entre raíces expuestas. Lo miraba fijamente con ojos negros y brillantes llenos de pánico, su cuerpecito casta?o temblando.— ?Esto es genial! Cuando les cuente a todos mi haza?a y traiga un jabalí, mamá seguro me hará un pastel de carne... ?el grande, con mucha grasa crujiente! —La sola idea le hizo llenar la boca de saliva dulce. Podría probarle a todos que era valiente. Que valía tanto como su papá.

  Mientras se limpiaba la baba con la manga áspera, notó demasiado tarde el movimiento. El peque?o jabalí, liberado de repente de las raíces, se lanzó como un rayo contra sus piernas. El golpe, sorprendentemente fuerte, le sacó el aire y lo derribó de espaldas. El golpe le sacó el aire. Cuando se incorporó, jadeando y con la ropa llena de tierra, una nueva sonrisa se congeló en sus labios. Una risa estridente, aguda como cristales rotos, le cortó la respiración. Venía de *detrás* de él.

  —?JAJAJAJAJAJA! —El sonido era antinatural, burlón, y resonaba en el peque?o claro.

  Un escalofrío le recorrió la columna. Se giró lentamente, el corazón golpeándole las costillas como un pájaro enjaulado. Allí estaba. Tal como su mamá se lo había descrito en las historias de miedo junto al fuego: piel verde como musgo podrido, sin un pelo en su cabeza con forma de huevo hinchado. Una boca enorme llena de dientes marrones, desiguales y afilados como piedras rotas. Ojos negros, peque?os y brillantes como cuentas de carbón clavadas en él. Estaba de pie, balanceando una rama nudosa con mano segura. Una sonrisa tonta y cruel le estiraba los labios. Olía a tierra mojada y algo agrio... como la leche que se dejó fuera una semana.

  *Olor a duende.* Respiró hondo, tratando de recordar las charlas del se?or Oranto en la plaza. *?Qué decía? ?Qué decía?*

  *"Si ves a un duende, Ralforg, Rasolf... ?CORRE! No lo pienses. Tus piernas son más fuertes que tu curiosidad. CORRE. "* La imagen del se?or Oranto sosteniendo una cabeza de duende ensangrentada, su voz grave y sin rastro de broma, se impuso en su mente.

  Pero otra imagen surgió, más poderosa: la mirada del se?or Ralgor, el enmascarado del pueblo vecino, cuando contaba cómo había vencido a un trol. La admiración en los ojos de los otros ni?os. *?Y si yo...? ?Si yo, Rasolf el Peque?o, fuera el primero en matar a un duende? ?El primero!* La emoción, caliente y temeraria, le llenó el pecho, ahogando el miedo. Su padre habría estado orgulloso. Su madre ya no lo trataría como a un crío.

  No pudo contenerse. Buscó frenéticamente a su alrededor. Su mirada se clavó en una rama gruesa, astillada, partida por uno de los golpes del se?or Sonleo. La agarró con ambas manos, notando su peso y las astillas que se clavaban en sus palmas. El duende dejó de reír de repente, inclinando la cabeza como un pájaro curioso, su sonrisa aún fija, inmóvil. Los ojos negros parecían absorber la poca luz que quedaba.

  Tomó una última respiración profunda, oliendo a tierra, miedo y su propio sudor ácido. Se plantó lo más firme que pudo, sujetando la rama como si fuera la legendaria espada de León de Piedra. *?Por papá! ?Por ser un héroe!*

  —?AAAAAAHHHH! —Su grito de batalla sonó más agudo y débil de lo que quería.

  Se lanzó hacia adelante, las piernas temblorosas impulsándolo. Pero antes de que pudiera siquiera acercarse, un golpe brutal en la espalda, como una roca viva, lo derribó de nuevo. El mundo dio vueltas. Notó el calor del aliento del jabalí cerca de su cuello. Intentó gatear, escupiendo tierra. Una sombra cayó sobre él. Solo tuvo tiempo de ver la rama del duende silbar en el aire, una mancha oscura contra el cielo morado, antes de que la oscuridad lo golpeara.

  **Fin POV Rasolf**

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