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Mi Esclavo Fantasma es un A.A. Portátil (Y Otros Beneficios de Culto Oscuro)

  **Día 11**

  La oscuridad de la noche cedió ante el resplandeciente y majestuoso sol, que iluminó el mundo y detuvo su ritmo. La gente despertó: los granjeros salieron de sus chozas, los tauren de sus carpas temprano, y los nobles de sus camas tarde.

  En una de esas carpas, una joven tauren terminó de vestirse, tomó su bastón y salió sin fanfarrias. Afuera, sus compa?eros de campamento, con taparrabos y pieles de animales sobre sus espaldas, hachas en mano y en diferentes estados de somnolencia, caminaban hacia un espacio vacío. Allí, un viejo tauren vigilaba una gran olla, mientras un pálido tauren la revolvía. Al llegar, el pálido sirvió a todos en recipientes de barro. Los tauren arrojaron sus pieles al suelo, se sentaron y comenzaron a comer.

  La tauren del bastón se acercó al anciano. Cuando llegó, este le dio una palmada en la espalda al albino, haciéndolo caer en la olla y provocando las risas de los demás. Sin prestar atención, el viejo guió a la joven fuera del campamento. Caminaron un rato hasta que el anciano golpeó su bastón contra el suelo, formando tres montículos redondos de tierra: dos como sillas y uno como mesa.

  —Y bien, Elegida. ?Cómo estuvo tu misión con el guerrero al que te uní? —preguntó el viejo tauren, sentado con las piernas abiertas, colocando su bastón en la mesa de tierra y estirando los brazos.

  —Estuvo... bien. Más o menos... Podría ser mejor, pero estamos mejorando, se lo aseguro, maestro —respondió la joven, también sentada pero con las piernas cruzadas. Jugueteaba con su bastón, pasándolo de mano en mano antes de ver el bastón viejo. Rápidamente intentó colocarlo en la mesa, pero se le resbaló.

  —Oh, Elegida, es bueno ver tu energía, pero mis viejos ojos ven que aún necesitas aprender a controlarla —dijo el anciano. Con un lento movimiento de su mano derecha, el bastón que casi tocaba el suelo comenzó a elevarse hacia su mano izquierda abierta.

  —Lo siento, maestro. Pero Gulltha es muy... —la joven intentó, pero no encontró palabras que describieran a Gulltha sin ofender a su maestro.

  —Sí, Gulltha es un ternero muy interesante. Seguro pasaron toda una aventura —dijo el viejo, colocando el bastón de su elegida junto al suyo en la mesa.

  —Sí, sí, es muy interesante, perseverante y... muy paciente —dijo la joven, por fin encontrando palabras, pero sin ocultar su gran sonrisa. Sintió que olvidaba algo bajo su falda, pero no pudo recordar qué.

  —Perseverante, sin duda. Paciente... podría mejorar, si te soy sincero, querida Elegida. Hay una razón por la que los uní...

  —Sí, maestro.

  —Gulltha necesita mejorar su paciencia, y tú tu perseverancia.

  —Ma-estro, disculpe mi falta...

  —Oh, no es nada, bendita. Simplemente he notado que no has practicado lo que te ense?é —el viejo alzó una mano para indicarle que no se preocupara.

  La joven abrió la boca para responder, pero las palabras no llegaron. La duda la silenció. Rogó a los espíritus que la salvaran.

  Su petición se cumplió, pero no como deseaba. Gulltha se acercó a la mesa con dos platos. Mientras lo hacía, no pudo evitar pensar que no era el mejor guerrero, que podía mejorar.

  —?Oh, Gulltha! Traes la comida. Gracias. ?No te alegra, Elegida? Este viejo sufre de hambre —dijo el anciano, sacando a los jóvenes de sus pensamientos. Tomó un plato y comenzó a degustarlo.

  —Ah, sí, Gulltha. Gracias por la comida —dijo la joven, tomando el plato restante y comiendo con gran concentración.

  —Se-?o-rita Logeta, ?cuándo iremos a pelear contra los monstruos? —preguntó Gulltha con voz temblorosa que fue ganando fuerza al final. Se felicitó mentalmente por el logro.

  Gulltha esperó una respuesta, pero no llegó.

  —Oh, joven ternero, me duele decírtelo, pero hoy mi Elegida me seguirá para continuar su entrenamiento —dijo el viejo con una leve sonrisa.

  —Oye, Gulltha, usa el hacha que te di —ordenó Logeta sin apartar la mirada de su plato.

  —Sí, se?or. Sí, se?ora —dijo el tauren cabizbajo.

  Al ver que no le pedirían nada más, Gulltha comenzó a caminar de vuelta al campamento, acompa?ado solo por sus pensamientos.

  **POV Gulltha**

  *Suspiré. Aprendiz y maestro. Sé que es más probable que mate a un humano con máscara que gane un maestro, pero eso no evita que duela que el maestro de la se?orita Logeta me ignore.*

  Sacudió la cabeza mientras bajaba. *Es como el se?or dijo: esos pensamientos son tontos y malos.* Caminó hacia abajo, esforzándose en mantener un paso firme para evitar caerse y partirse un cuerno, como le pasó a Niti. Solo pensar en ella lo hizo revisarse los cuernos por seguridad.

  *?Plast!*

  De repente, lo que intentó evitar sucedió: volvió a saborear la tierra.

  —Y patucho, la tierra está buena —llegó la burla.

  No reconoció la voz, pero después de tragar tierra y ver sus pies —o más bien, la falta de un cuerno— reconoció a Niti. Una bola de lodo lo golpeó en la espalda.

  —Está mojada, pero menos que la del lago —respondió después de volver a comer un poco de tierra y saborearla bien esta vez.

  Levantarse para enfrentarla fue tan fácil como planeó. Su experiencia en el barro y las ense?anzas de la se?orita Logeta le dieron mejor control sobre la tierra. Pero un dolor repentino, y su espalda golpeó el suelo. Tuvo que levantarse de nuevo con suma facilidad e intentar golpear a Niti. Ella se deslizó, lanzándole un golpe que no esquivó. No lo tiró, pero casi.

  —Aprendiste a pararte sobre tus pies y a mantenerte —Niti lo felicitó. Era bueno que viera su mejora.

  Pero sus elogios no evitarían que sus ataques la alcanzaran... aunque sus ágiles esquivadas sí. Además, lo estaban cansando. Pero ella también se fatigaba; lo vio en sus pies. Su último ataque casi la derribó. Se preparó para el golpe final, pero mientras lo hacía, ella le lanzó barro. Lo esquivó, pero cuando se dio cuenta, ella ya estaba encima, asestándole un golpe que lo hizo ver a las se?oritas Logetas lanzándole hechizos.

  **Fin POV Gulltha**

  Con Gulltha en el suelo, Niti se levantó y, tirando de su pie, lo arrastró hasta las afueras del campamento, donde los demás tauren ya se dirigían al lago a matar a los monstruos del día.

  —?Oye, Niti! ?Para qué arrastras al blanquidito? —llamó Tarwa. Niti se dio la vuelta y Tarwa se acercó con tres hachas: una en la espalda junto a una bolsa de cuero con grano molido, y las otras dos en las manos. Le ofreció una a Niti con una sonrisa. Niti la recibió y soltó el pie de Gulltha, que cayó al suelo.

  —Ya sabes, órdenes del viejo. Pero no seas duro; aprendió algo cuando lo juntó con la Elegida —respondió Niti mientras estiraba los brazos con su hacha. Tarwa perdió un poco su sonrisa e hizo una se?al a otros para que se acercaran, observando a Niti concentrado en sus estiramientos.

  —Ya veo. órdenes del viejo. Por cierto, ?quieres ir a matar con nosotros? —cuando Tarwa invitó a Niti a unirse, los demás tauren se acercaron y se entusiasmaron al escuchar que volvería con ellos.

  —Claro. Pero tenemos que traer a Gulltha. El viejo no quiere que muera tan pronto —respondió Niti, terminando de estirarse. Se agachó y abofeteó a Gulltha para que se levantara.

  —?No te hagas el muerto, Gulltha, o te haré uno de verdad! —Al decirlo, Niti levantó su hacha. Gulltha se puso de pie antes de que bajara. A Tarwa le dio gracia, pero a los demás no.

  —Oye, Tarwa, los chicos hablamos y pensamos mejor unirnos con Tarunk —dijo uno de los tauren.

  Sin más, los otros tauren se fueron sin darle tiempo a Tarwa de hablar. Su sonrisa se tensó. A Niti no le pareció gracioso; con el ce?o fruncido, los a?adió a su lista mental. Gulltha solo soltó un suspiro de alivio por estar en un grupo. Ya con ellos dos preparados, el peque?o grupo decidió comenzar su camino. Pero ni diez pasos después, Gulltha recibió un golpe en la cabeza de parte de Niti, que lo envió a buscar su hacha y la comida que estaba en su carpa.

  Con Gulltha dando media vuelta, quedaron solos Tarwa y Niti. Tarwa no perdió la oportunidad e inició una conversación. Niti, con poco gusto, respondió con frases cortas.

  —Treinta, treinta y uno, treinta y dos... —Niti contaba con los dedos.

  —Oye, Niti, no quiero molestar, pero ?qué cuentas? ?Y sabes por qué el blanquidito tarda tanto? —preguntó Tarwa.

  Niti no respondió. Con una simple se?al de mano, Tarwa comenzó a seguirla hasta la carpa de Gulltha, solo para encontrarla vacía. Sin una palabra, Niti salió corriendo del campamento con Tarwa tras ella.

  Al dúo de tauren no le tomó mucho ver a Gulltha detrás del grupo de Tarunk, cargando, además de su hacha, cinco bolsas de cuero vacías.

  Esto hizo que Tarwa sacara sus hachas y las golpeara para llamar la atención del grupo. Lo logró. Simultáneamente, Niti tomó a Gulltha del cuello y, sin importarle sus quejidos, lo empujó detrás de Tarwa. Sacó su hacha y se paró junto a él.

  El grupo de Tarunk no supo reaccionar durante un sólido momento, solo miraron sin entender qué pasaba. Tarunk no dijo nada; simplemente observó a Gulltha detrás de Niti y Tarwa durante unos segundos. Sin pronunciar palabra, reanudó su marcha. Sus compa?eros lo imitaron.

  Sin decir nada, Niti mantuvo su hacha en mano. Se giró y miró a Gulltha con unos ojos que, de poder golpear, lo habrían reducido a una mancha morada irreconocible. Esa mirada le cerró la boca a Gulltha.

  Tarwa, por su parte, guardó sus hachas en la espalda y se pasó la mano derecha por el cabello.

  —Oye, Niti, sé que tu viejo te dijo que cuidaras de Gulltha, pero a menos que tengas un buen lugar de caza, seguro Tarunk nos hará de las suyas como siempre —dijo Tarwa, tomando una de las bolsas de la cintura de Gulltha.

  Sus palabras hicieron que Niti saliera de sus pensamientos y frunciera el ce?o al recordar lo molesto que se ponía Tarunk.

  —Tarwa, conozco un buen lugar. Mi padre me lo contó. Pero antes tenemos que conocer a un amigo del viejo.

  Escuchar eso animó a Tarwa, ayudando a mantener su sonrisa. Sin más que decir, el trío de tauren se adentró en el bosque por un camino con poco lodo. Los árboles cercanos a su campamento yacían en el suelo, arrancados de raíz o en proceso de caída, sosteniéndose entre sí con un equilibrio precario que la más mínima brisa amenazaba con romper.

  Pero al trío de tauren eso le importaba poco. Su caminata los llevaba cada vez más lejos del campamento. Les preocupaba la falta de animales y la abundancia de insectos.

  Su caminar les tomó mucho tiempo, pero por suerte, cuando el sol estaba en su punto más alto, llegaron a lo que parecía una mina abandonada.

  —Niti, ?esta es tu zona? Debí traer mi pico y no mi hacha —Tarwa lanzó un chiste con un poco de falta de aliento.

  Hacía horas que Tarwa había perdido su sonrisa. Se recostó contra un árbol, tomando aire, estiró las piernas para descansar. Alcanzó su bolsa de cuero y comenzó a comer el grano molido que traía. Sin querer mover la cabeza, le pasó la bolsa a Gulltha.

  Mientras Tarwa y Gulltha comían, Tarwa observaba la espalda de Niti, que estaba en cuclillas.

  —Tarwa, si el sol te golpeó demasiado... Te dije que hay que esperar al amigo de mi viejo —Niti dibujaba en la tierra húmeda.

  —?Y el amigo de tu viejo es un...?

  —Es un duende —dijo Niti, restregándose un poco de barro húmedo por la cara.

  —?Un duende? ?Sí, un duende! Será mejor que adonde sea que nos lleve sea bueno para cazar, porque si no, olvídate de mí, Niti —dijo Tarwa con un bufido al final.

  Al escuchar eso, Gulltha notó que Niti apretaba los pu?os. Gulltha tomó un pu?ado de grano, se levantó y se lo dio. Niti lo aceptó y se lo comió, intentando mantener el ce?o fruncido.

  El trío esperó un par de horas. De vez en cuando, Gulltha se paraba y le daba grano a Niti. Cuando Tarwa se levantó para irse, revisó su bolsa y notó que estaba totalmente vacía.

  Al notarlo, Tarwa se tapó la cara con ambas manos y golpeó un árbol con la cabeza varias veces, atrayendo la atención de Gulltha pero no de Niti, que había mantenido la misma postura desde que llegaron. Cuando Tarwa dejó de golpear el árbol —ahora derrumbado en el suelo—, Niti se levantó, estiró las piernas y les gritó a los tauren que la habían seguido. Sin ver si le prestaban atención, entró en la mina.

  Gulltha dudó sobre qué camino tomar, pero una mano en su hombro derecho lo detuvo. El due?o de dicha mano lo empujó y le se?aló la entrada de la mina con la otra.

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  —Gulltha, te diré esto una sola vez: si te escapas, le diré al líder del campamento que huiste —susurró Tarwa al oído de Gulltha.

  Gulltha se estremeció. Sin más, entró en la mina con Tarwa pisándole los talones. Ambos tauren no tardaron en alcanzar a Niti, que los esperaba con una sonrisa. Sin una palabra, los tres comenzaron a caminar por la mina. Gulltha y Tarwa estaban confundidos por cómo Niti se movía con tanta confianza, como si conociera el camino.

  —Oye, Niti, ?has estado aquí antes con tu viejo?

  —No, nunca.

  —Ya...

  Tarwa quedó más confundido que antes. Pensó en preguntarle a Gulltha, pero la idea se desvaneció tan rápido como llegó, pues Gulltha hizo las mismas preguntas que Tarwa, con la única diferencia de que Gulltha dijo "sí, se?orita" en lugar de responder, haciendo que Tarwa pusiera los ojos en blanco.

  En su caminata no tardaron en encontrar a los habitantes de la mina. En el mismo pasillo, frente al grupo, había dos duendes.

  Uno era más alto, aunque solo le llegaba al estómago de Tarwa. Tenía ojos amarillos, hombros anchos, y más carne y músculo que cualquier duende que el trío hubiera visto. Llevaba puesta una armadura de cuero desgastado a la que le faltaba el brazo izquierdo y el casco; los había reemplazado con tela. Los tres tauren no sabían si el ajuste era perfecto, pero veían que no tenía problemas para moverse. Además de la armadura, llevaba una mochila grande y estaba armado con una espada de hierro con un poco de óxido atada a la cintura con una soga, junto a un cuchillo de carnicero, ambos sucios de tierra.

  El otro apenas le llegaba a las rodillas de Tarwa. Lo único que llevaba puesto eran trozos de tela que le cubrían todo el cuerpo, todos cosidos entre sí con habilidad decente. Tenía una mochila igual que su congénere, pero más peque?a, y como arma llevaba un pedazo de rama. Este duende parecía una ramita en comparación con su compa?ero.

  Al verlos, el más peque?o se escondió detrás del más grande, quien los miró fijamente con la mano en la empu?adura de su espada. La soltó cuando su mirada cayó sobre Niti. Ella y sus compa?eros también los observaban.

  —?Oh, Gazazo está feliz de ver a la se?ora Niti y amigos! Pero Gazazo duda... ?por qué vienen a la vieja mina? —El duende llamado Gazazo abrió los brazos como para abrazarlos, con una gran sonrisa, aunque un poco tensa.

  Los tres tauren tardaron en responder, pero después de mirarse, fue Niti la primera en hablar.

  —Sí, Gazazo. Mi viejo me mandó hasta acá para que nos llevaras a un buen lugar de caza —respondió con los brazos cruzados sobre el pecho.

  Niti vio con un poco de duda cómo el duende en armadura mantenía los brazos en la misma posición y la misma sonrisa. Asintió. A Gulltha le preocupaba la sonrisa del duende, y Tarwa solo esperaba que la caza fuera buena.

  —Gazazo no duda del se?or Narlon. Gazazo prestará su ayuda con sumo gusto. Pero a Gazazo le gustaría saber el nombre de los compa?eros de la se?orita Niti, si no les molesta —Gazazo bajó los brazos e hizo una se?al para que lo siguieran. Susurró algo a la duende más peque?a; esta asintió y él le indicó que se pusiera frente a él.

  —Soy Tarwa, y este es Blanquidito. Además, la salida es por donde vinimos —dijo Tarwa, incapaz de evitar pensar en qué estarían haciendo sus amigos mientras él seguía a dos duendes por una mina.

  —Esta mina tiene tres salidas. La más cercana está al doblar esta esquina, se?or Tarwa —respondió el duende.

  Todo quedó en silencio. Al salir de la cueva, Gulltha no pudo evitar mirar al duende más peque?o, que sacaba de su peque?a mochila un mapa de aspecto desgastado.

  —Gulltha, te juro por el Se?or de los Espíritus que si sigues mirando a la peque?a duende, ese árbol y tú se darán un beso —la amenaza apenas velada de Tarwa hizo que Gulltha apartara la mirada rápidamente, poniendo nerviosa a la duende. Se calmó cuando Gazazo puso su mano en su hombro para acercarla a él.

  Aparte de mostrar el mapa a Niti y Tarwa, no hubo más retrasos. Siguiendo el mapa, no tardaron en llegar a un claro lleno de conejos cornudos. Todos estaban encima de los muchos árboles caídos sobre el estanque, comiendo distintos animales que iban desde lobos hasta jabalíes. No solo había conejos adultos de pelaje marrón, sino también crías en crecimiento devorando jabalíes, dejando solo los huesos.

  Toda la escena les produjo un temblor desde los pies hasta la cabeza. Todas las miradas del grupo se posaron en uno que estaba en la cima de los demás conejos, comiendo solo a un humano. Su pelaje era negro, con la cola amarilla.

  Todos se quedaron quietos, observando el festín. La peque?a duende parecía intentar levantarse, pero Gazazo la detuvo con una mirada, y esta volvió a agacharse. Niti hizo lo mismo con sus compa?eros.

  Los conejos terminaron de comer después de un rato. Luego, el conejo de pelaje negro soltó varios chillidos que hicieron que los demás respondieran con sonidos idénticos para los oídos del grupo. Los conejos agarraron a las crías y las llevaron a una cueva cerca del estanque. Con las crías a salvo, los demás conejos se dispersaron por el claro como patrullando. Los más viejos se apostaron en la entrada de la cueva; otros, en las orillas del estanque, esperando a los carro?eros que llegaran por los restos.

  Mientras tanto, el grupo retrocedió paso a paso, rodeando el claro de los conejos antes de continuar su camino.

  Ver el claro lleno de conejos le dio a Tarwa una sonrisa a medias; al menos el viaje valió el lodo en sus pies y las molestias. A Niti, por su parte, solo lo intrigó y anotó mentalmente traer a su viejo para mostrárselo. Gulltha le agradecía a la Madre Tierra por perdonar su vida.

  Gazazo, por su parte, agradeció al espíritu. En cuanto a la duende más peque?a, ella preguntó a Gazazo si podía tener un conejo, y él le dijo que tal vez cuando evolucionara.

  Con la calma restablecida, al grupo no le tomó mucho llegar a lo que, a la distancia, parecía un agujero en el suelo. De cerca, se veía bien excavado, con escaleras de piedra cubiertas de plantas. Al bajarlas, encontraron una puerta de piedra; las paredes, que debieron ser de tierra, estaban recubiertas de piedra. Con un simple golpe, Tarwa la sacó de las pocas bisagras que le quedaban, y la puerta cayó con estruendo.

  El ruido producido hizo que unos gru?idos resonaran no muy lejos.

  —Hasta aquí les dejo, se?ora Niti, se?or Tarwa y se?or Blanquidito —con esas simples palabras, el duende Gazazo y su peque?a compa?era comenzaron a irse. Niti y Tarwa solo dieron un agradecimiento y se adentraron sin más, dejando solo a Gulltha, que dudó unos segundos antes de ganar confianza y entrar.

  —Gazazo, ?la peque?a es ni?a o ni?o? ?Y su nombre, por favor? —preguntó mientras se rascaba la nuca.

  En un instante, todos los que se movían se detuvieron. Especialmente Niti y Tarwa, que lamentaron haber escuchado la pregunta y, sin querer saber la respuesta, entraron rápidamente.

  Gazazo no entendió el porqué de la pregunta, pero no le importó responder.

  —Mi compa?era es ni?a y su nombre es Togaz —respondió sin prisa, pero sin que nadie lo notara, puso su mano en la empu?adura de la espada y la desenvainó un poco.

  —Pero no tiene lo de las ni?as —Gulltha lanzó otra pregunta.

  Gazazo se giró para mirar a Gulltha en silencio. Gulltha se retorció bajo su mirada amarilla.

  —Aún no evoluciona, se?or Blanquidito.

  —Mi nombre es Gull...

  —?Tha! —Gulltha terminó de decir y se quedó quieto hasta que Niti lo llamó a gritos, sacándolo de su estupor. Tomó su hacha con más firmeza y entró, preguntándose qué era eso de la evolución.

  Mientras el grupo de tauren comenzaba su aventura, a lo lejos, en la cima de un árbol, un ser sin forma observaba un campamento. Este ser soltó un suspiro después de un rato más de observación. Flotando, descendió hasta el nivel del suelo y, de la misma forma, tras un arbusto, llegó donde un duende y varios hombres vestidos completamente de negro cocinaban lagartijas ensartadas en palos sobre un fuego. Todos ignoraron al ser flotante hasta que terminaron de comer. Los hombres se mantuvieron en silencio.

  —Esclavo, dime todo lo que viste. Da todos los detalles.

  —Sí, amo Stox.

  La voz provenía del duende Stox, que solo llevaba una armadura de cuerno para su tama?o y su arco con un carcaj lleno de flechas de punta de piedra. Se puso de pie.

  El conocido como esclavo le dijo a Stox y a sus hombres que, en ese momento, el campamento estaba vacío, excepto por unos pocos guardias. Esto emocionó a los hombres y a Stox, quien, con pocas palabras, ordenó a los hombres sacar sus espadas y seguir a su esclavo. Ellos acataron después de tomar un poco de alcohol y, en algunos casos, lanzarle miradas sucias a Stox. Partieron siguiendo al esclavo.

  Junto a la fogata solo quedó Stox, que se volvió a sentar, viendo a los demás adentrarse en el bosque. Cuando todos desaparecieron, Stox se levantó y los siguió de cerca. Solo el esclavo flotante notó su seguimiento.

  Estar detrás de los hombres de la Rata demostró que esta apenas era digna de servir al gran Ufuro. Si sus esclavos no eran devotos, su amo lo sería menos. El esclavo al menos aprendió obediencia; tal vez aún no era devoto, pero era un trabajo en proceso.

  *Me subo a un árbol para tener mejor vista. Lo que veo solo confirma que guardar la misión de Ufuro para mí fue la decisión correcta.*

  Los hombres de negro se movieron como sombras coordinadas bajo la débil luz del amanecer. Entraron por los puntos débiles que el esclavo fantasma había se?alado con sus dedos etéreos: una sección de empalizada podrida, fácil de derribar con empujes silenciosos, y un puesto de guardia con un solo vigía que cabeceaba sobre su lanza. Usaron se?ales manuales casi imperceptibles. Dos de ellos se deslizaron hacia el guardia adormilado; un pa?o húmedo sobre la boca, un rápido y limpio movimiento de daga en la base del cráneo, y el cuerpo se desplomó sin un ruido más allá de un leve crujido. Otros tres se dispersaron como cuervos hacia las chozas centrales, usando la cobertura del humo grisáceo que aún ascendía de las hogueras matutinas. Su primer objetivo era claro: eliminar silenciosamente a los pocos guardias visibles antes de que la alarma sonara. Movimientos económicos, letales, profesionales. Por un momento, desde su rama, Stox casi creyó que estos instrumentos lograrían una toma limpia, quirúrgica. Casi.

  Un perro guardián, un animal flaco y de pelo hirsuto oculto entre unas carretas cargadas de le?a, lanzó un ladrido feroz y repentino al detectar el movimiento furtivo de uno de los intrusos cerca de su escondrijo. El mercenario al que había descubierto – un tipo ágil llamado Rennick – reaccionó con la frialdad del oficio. Giró sobre su talón y lanzó un cuchillo de combate corto que silbó en el aire. La hoja se clavó con precisión en el cuello del animal, cortando su ladrido en un gorgoteo ahogado. Pero el da?o estaba hecho. Una voz ronca y llena de sue?o gritó desde una choza cercana: "?Alerta! ?Intrusos en el perímetro sur!"

  Los hombres de negro no dudaron ni maldijeron. Abandonaron la sutileza al unísono. Espadas cortas y pesadas, de hoja ancha y buen filo, salieron de sus vainas con un sonido metálico siniestro. En segundos, se agruparon en una formación defensiva apretada, espalda con espalda, frente a las chozas de donde empezaban a salir hombres aturdidos, frotándose los ojos pero armados con hachas de le?ador, palos pesados y alguna que otra espada oxidada. Los aldeanos cargaron con rabia descoordinada. Los mercenarios los recibieron como un muro. Bloqueaban un hachazo torpe con el antebrazo acorazado, desviaban un palo con la espada y devolvían una estocada precisa y mortal al cuello expuesto o la ingle. Derribaban a un oponente con un rodillazo en el estómago y avanzaban un paso firme, manteniendo la presión, la línea compacta. Eran eficiencia hecha acero y muerte. Sangre oscura empezó a manchar la tierra pisoteada alrededor de su formación cerrada.

  Stox, observando desde las sombras del bosque, frunció el ce?o con un desprecio hirviente. *?Torpes! ?Ruidosos! ?Incompetentes!* Para él, el ladrido y el grito eran pruebas irrefutables de su ineptitud, no de mala suerte o vigilancia enemiga. Su paciencia, ya fina como el filo de sus flechas, se quebró. El Gran Ufuro merecía una ofrenda limpia, no esta carnicería ruidosa y lenta. Su misión estaba en juego.

  Un silbido agudo y repentino cortó el aire cargado de gritos y metralla. *?Thunk!* Una flecha de punta de piedra afilada como una navaja se clavó con un sonido húmedo en el ojo izquierdo de un aldeano fornido que cargaba, hacha en alto, contra el flanco derecho de los mercenarios. El hombre cayó como un saco, sin un gemido. Stox emergió de los árboles como un espectro enfurecido, su arco de cuerno ya tensando otra flecha. "?Por el Abrazo de Ufuro, gusanos! ?Acabad con esta chusma!" gritó, su voz estridente dominando momentáneamente el caos.

  Pero su intervención fue un torbellino de caos. Disparaba sobre las cabezas de los mercenarios o entre ellos, obligándolos a agacharse instintivamente o interrumpiendo sus ataques coordinados para no entorpecer su línea de fuego. Una de sus flechas, destinada a un aldeano que forcejeaba con Goran, el líder mercenario, rozó el brazo izquierdo de Rennick, desgarrándole la manga y la piel debajo. El mercenario soltó un juramento gutural, apartándose bruscamente. Los aldeanos, aterrorizados por este nuevo y ruidoso enemigo que surgía de la nada – un duende con cuernos y flechas – se dispersaron parcialmente. Algunos huyeron hacia las chozas, pero otros, enfurecidos por la muerte del fornido o simplemente cegados por el pánico, se lanzaron directamente hacia Stox, rompiendo la formación compacta que los mercenarios habían impuesto con tanto esfuerzo.

  Stox retrocedió con sorprendente agilidad para su tama?o, sus pies descalzos encontrando terreno firme entre la maleza. Disparaba flechas a quemarropa contra los que se le acercaban, su puntería decente a corta distancia: una flecha se hundió en el pecho de un adolescente con un garrote, otra atravesó el muslo de una mujer que blandía una hoz. Pero su presencia había convertido una operación controlada (aunque ruidosa después del perro) en una refriega desorganizada y sangrienta. Los mercenarios, maldiciendo entre dientes, tuvieron que adaptarse rápidamente. Goran gritó órdenes cortas. La formación se rompió. Un grupo se mantuvo a la defensiva frente a las chozas principales, conteniendo a los aldeanos que aún resistían. Otro, incluido Rennick frotándose el brazo sangrante, se lanzó a perseguir a los que huían hacia el bosque o intentaban reagruparse. Su eficiencia inicial, su ventaja táctica, se había diluido en el barro y la sangre por el fanatismo disruptivo de su "aliado".

  La lucha duró unos minutos más, brutales y confusos. Cuando el último aldeano capaz de sostener un arma cayó (un viejo con una lanza rota al que Goran derribó con un golpe de pomo en la sien), el campamento era un cuadro de horror: chozas humeantes, cuerpos esparcidos, el olor acre a sangre, humo y excrementos. Tres mercenarios yacían muertos entre los aldeanos. Los cinco sobrevivientes – incluidos Goran y Rennick – jadeaban, magullados, salpicados de sangre ajena y propia. Rennick se apoyaba en una carreta, presionando un trapo sucio contra el corte en el brazo. Otro tenía un ojo hinchado y cerrado. Goran cojeaba, una profunda herida de hacha en el muslo vendada apresuradamente con tiras de su propia capa.

  Stox bajó del peque?o montículo de tierra donde había terminado su última descarga. Caminó entre los cadáveres con desdén, ignorando por completo a los mercenarios heridos. Examinó la punta de piedra de una flecha rota clavada en un poste. "Recoged los sacrificios. Veinte. Ni uno menos. El Gran Ufuro no acepta ofrendas mediocres de manos mediocres", ordenó sin mirarlos, su voz fría como la tumba. Se giró hacia el esclavo fantasma, que flotaba silenciosamente a su espalda. "Enfríalos. Huelen a miedo, sudor y fracaso." Hizo un gesto brusco.

  Una onda de frío seco, antinatural, que no provenía del viento matutino, envolvió el claro devastado. Era el aura del fantasma, extendiéndose como una niebla gélida. Los jadeos ásperos de los mercenarios se transformaron en suspiros de alivio casi instantáneo. El sudor pegajoso en sus frentes y cuerpos se secó, reemplazado por un rocío gélido que les erizó la piel. Los músculos agarrotados por el combate y la adrenalina se relajaron bajo el influjo helado, un contraste perverso y profundamente agradable con el calor punzante que emanaba de sus heridas y el denso olor a quemado, sangre y muerte que impregnaba el aire. Se recostaron contra carretas o simplemente se desplomaron en la tierra fría, cerrando los ojos, entregándose a ese alivio artificial, físico, inmediato. Ni una palabra de agradecimiento al espectro; era un recurso, como sus espadas melladas o las vendas improvisadas. Un aire acondicionado sobrenatural para limpiar el hedor de su esfuerzo.

  Stox, desde una posición ligeramente elevada cerca de la empalizada derribada, observó con desdén cómo estos *instrumentos* disfrutaban del *regalo* de su esclavo espiritual, un regalo que él, el Verdadero Cordero, consideraba apenas un aperitivo del poder que Ufuro otorgaba a sus fieles. *Mediocridad calentándose con migajas de poder verdadero.* Escupió mentalmente su desprecio. Goran, el líder mercenario, abrió un ojo, disfrutando del frío que calmaba el dolor en su muslo, pero su pu?o se cerró con fuerza alrededor del mango de su espada manchada de sangre, clavada en la tierra a su lado. Competentes o no, sabían que trabajar para un fanático era tan peligroso y desagradecido como luchar contra aldeanos enfurecidos.

  *En la fogata, más tarde:*

  Los tres mercenarios sobrevivientes arrojaron los cuerpos que cargaban – dos cada uno, cumpliendo con el número exigido – sobre la pila que ya comenzaba a atraer moscas bajo el sol del mediodía. Se quitaron las capas y camisas rasgadas y ensangrentadas, mostrando torsos sudorosos, magullados y con vendajes improvisados. El alivio del aura fría en el campamento había sido fugaz. Ahora, el calor y el agotamiento los aplastaban. Se desplomaron en el suelo polvoriento cerca de la fogata apagada, tomando grandes bocanadas de aire caliente que les quemaba los pulmones.

  Stox se sentó en su roca preferida, puliendo el arco con un trapo grasiento. Con un gesto casi de fastidio, hizo una se?a minúscula al esclavo fantasma que flotaba a su izquierda. La onda de frío seco volvió a descender, envolviendo primero a Stox (que dejó escapar un suspiro casi imperceptible de alivio) y luego extendiéndose hacia los mercenarios. Fue como sumergirse en un río de monta?a en pleno verano. Los jadeos se ralentizaron, los cuerpos tensos se relajaron contra la tierra fresca. El veterano Goran estiró su pierna herida con un gru?ido de alivio, el frío adormeciendo el dolor punzante. Rennick se pasó una mano por la cara, quitándose simbólicamente el sudor y la suciedad que el aura secaba y repelía. El tercer hombre, más joven y con menos heridas, casi ronroneó de placer, recostándose completamente.

  Stox bajó de su roca, el aura fría era demasiado tentadora incluso para su orgullo. Se recostó contra un árbol cercano, dentro del radio de influencia del fantasma, cerrando los ojos. Una sonrisa de satisfacción arrogante, no por la misión cumplida por los mercenarios, sino por el poder que ufuro controlaba y que estos *mediocres* necesitaban, jugueteó en sus labios. El esclavo flotaba, un foco de frío inerte, su presencia sólo valorada por el alivio que su tortura eterna proporcionaba a los vivos. El aire olía a ceniza, sangre seca y ese frío antinatural.

  Fin

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