No recuerdo cuándo dejé de respirar.
Tal vez fue cuando la grieta se cerró.
Tal vez fue cuando la silueta dijo “volveré”.
Tal vez fue cuando sentí que ese latido ajeno seguía dentro de mí, golpeando como si buscara una salida.
Como si buscara un due?o
Ashryel no se separó de mí ni un instante.
Sentí su cuerpo caliente contra mi brazo, pero la calidez no atravesaba el frío que seguía metido en mi pecho.
Era un frío interno, uno que ningún fuego podía quemar.
Me quedé sentado en el suelo del valle, mirando mi mano.
Mi mano…
pero no la reconocía.
Las marcas brillaban un poco, no lo suficiente para doler, pero sí para recordarme que algo más respiraba conmigo.
—Syra —dijo Ashryel despacio, como si temiera romperme—. Mírame.
Levanté el rostro.
Vi su luz temblar.
Vi el miedo contenido en sus ojos, el que ella nunca deja ver, el que es solo para mí.
—Dime qué escuchas —susurró.
Tragué saliva.
El latido seguía ahí.
Dos ritmos.
El mío… y el otro.
Uno joven.
Uno viejo.
Uno que avanzaba.
Uno que retrocedía.
Abrí la boca.
Pero no salió mi voz.
Salió… la otra.
Me quedé helado.
Sentí cómo mis labios lo habían dicho sin que yo lo ordenara.
Como si mi garganta fuera un corredor que alguien más aprendía a caminar.
Ashryel se acercó al instante.
—No es tuyo —dijo, con firmeza—. No le repitas nada. No le respondas. No le cedas espacio.
Yo bajé la mirada.
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Mi pecho dolía, pero no por las marcas.
Dolía por dentro.
Un dolor más… íntimo.
—Ashryel… —susurré con mi propia voz, apenas un murmullo—. Yo… no sé si sigo siendo Syra.
Ashryel cerró los ojos.
Respiró hondo.
Y cuando los abrió…
había tristeza, sí, pero también esa fuerza suya que no se quiebra ni aunque el mundo se derrumbe.
Se sentó a mi lado.
—Dime por qué crees eso.
Me costó responder.
No eran palabras difíciles.
Era que cada vez que intentaba decirlas, sentía el otro latido alzarse como si quisiera hablar por mí.
—Cuando él tocó mi pecho… sentí… —mi voz tembló— …sentí que ese espacio no era mío.
Ashryel ladeó la cabeza.
—Ese espacio nunca fue de él —respondió, sin dudar.
Yo negué.
—No entiendes… —mis dedos se cerraron sobre la tela de mi ropa—. Yo lo dejé. Cuando acepté el pacto… yo dejé algo atrás. Y él… él es eso. La parte que no quiso venir conmigo. La parte que se rindió.
Ashryel me observó en silencio.
Como si estuviera conectando todo lo que no dije.
Y luego habló, con una calma que dolía más que cualquier grito:
—Entonces… lo que intentó ocupar tu pecho… no era un intruso.
Me giré hacia ella.
—?Qué quieres decir?
Ella bajó la mirada, como si la tierra bajo sus patas también fuera culpable.
—Quería ocuparlo —dijo despacio— porque sintió que el lugar…
…lo habías abandonado
El aire se me escapó.
No sabía qué contestar.
Ashryel acercó su frente a la mía.
—Syra… —susurró—. ?Qué es un nombre… si no puedes sostenerlo sin romperte?
Sentí un vacío abrirse en mi estómago.
—No sé si puedo seguir usando ese nombre —admití, por primera vez.
—Cuando lo escucho… siento que algo dentro de mí lo rechaza.
Ashryel se tensó.
No de miedo.
De dolor.
—?Quieres… dejarlo? —preguntó, casi sin voz.
No pude responder.
Y entonces ocurrió.
El latido ajeno se hizo más fuerte.
Mi respiración se cortó.
Mis dedos temblaron.
Y antes de que pudiera detenerlo…
Mis labios formaron palabras que no eran mías:
Ashryel gru?ó, con un sonido que jamás le había escuchado.
Su luz explotó en un destello blanco, envolviendo mis manos, aislando el pulso ajeno por un instante.
—?Calla! —rugió hacia el vacío dentro de mí—. ?No hablas por él! ?No eres él!
Y por primera vez…
…la voz interna retrocedió.
Como si no pudiera mirar a Ashryel directamente.
Yo jadeé, llevándome la mano al pecho.
Sentí el eco de la presencia replegándose, dejando solo el dolor detrás.
Ashryel me sostuvo con ambas patas, casi abrazándome.
—Escúchame, Syra —su voz temblaba, pero no se quebraba—. Tú no perdiste tu nombre.
Lo que pasa es que hay una parte de ti que nunca lo aceptó
Tragué saliva.
—Entonces… ?qué hago?
Ella me miró con esa mezcla suya de ternura y ferocidad.
—No vamos a elegir tu nombre hoy —dijo—. No mientras una sombra intente arrebatártelo.
Me tomó la mano.
—En este arco… aprenderás a cargar un nombre sin romperteromperlo sin perderte
Me quedé quieto.
Respirando con dificultad.
Sintiendo el valle quieto.
Sintiéndola a ella aferrada a mi brazo.
Entonces Ashryel a?adió, en un murmullo que solo yo oí:
—Y hasta que recuperes lo que dejaste atrás…
yo te llamaré como respire tu alma.
No como lo dicte tu miedo.
La voz ajena no volvió a hablar.
Pero tampoco se fue.
Se quedó allí…
Esperando.
Hundida en las sombras dentro de mi pecho.
Como un eco que aún no había dicho su última palabra.

