El valle no hizo ruido al romperse.
Solo… se abrió.
El suelo bajo mis pies vibró como si una respiración antigua despertara bajo la tierra, y el aire delante de mí se plegó en un punto, como una tela que alguien jala hacia adentro.
Ashryel se tensó al instante.
No habló.
Pero su luz se contrajo, como si hubiera sentido algo que yo aún no.
Yo di un paso atrás.
El punto en el aire se abrió como una herida.
Y de allí… salió una silueta sin rostro
No era humo.
No era un espíritu.
No era Aelian.
Era algo más íntimo.
Más invasivo.
Más… mío.
La figura caminaba sin tocar el suelo, moviéndose como si imitara mis movimientos un segundo después de que yo los hacía. No había ojos, pero sentí que me miraba. Sentí que esperaba algo que yo no sabía darle.
El valle entero contuvo la respiración.
Ashryel se puso frente a mí, las orejas bajas, el pelaje erizado, como si estuviera sosteniendo su forma a la fuerza.
—Syra… —murmuró, y esa voz no tenía la seguridad de otras veces—. No te acerques.
La figura dio un paso más.
Y entonces lo escuché.
No con los oídos.
Con el pecho.
Un latido que no era el mío.
Golpeó dentro de mis costillas como un pu?o.
Una vez.
Dos.
Tres.
Mis piernas temblaron.
Las marcas en mis brazos, que habían dejado de arder, volvieron a encenderse
Me llevé la mano al pecho, y por un instante…
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por un instante sentí que algo allí dentro no era mío
—Ashryel… —susurré, con la voz atrapada en la garganta—. Algo… está intentando entrar.
La silueta levantó su mano.
No tenía dedos.
Solo una forma humana que recordaba lo que debía ser un brazo.
Y aun así…
se apoyó contra mi pecho
No lo tocó.
Pero lo sentí.
Como un frío que se hundía entre la piel y la carne.
Ashryel gritó mi nombre, pero su voz sonó distante, como si viniera desde otro extremo del valle.
Mi vista se nubló.
Y entonces escuché una voz.
Una voz que conocía demasiado bien.
Una voz que…
por un instante…
sentí que era mía.
No era un eco del valle.
No era memoria ajena.
Era mi propia voz
Más cansada.
Más rota.
La figura se inclinó hacia mí.
Yo traté de retroceder, pero mis pies no respondieron.
La mano sin forma presionó más sobre mi pecho, y el latido ajeno se aceleró.
Golpeó.
Golpeó.
Golpeó.
Hasta que mi propio corazón empezó a copiar ese ritmo, como si obedeciera.
—No… —murmuré—. No eres él… no eres Aelian…
La figura se estremeció.
Como si hubiera sonreído sin tener labios.
Mis rodillas cedieron.
Caí al suelo, jadeando, con las marcas trepando por mis hombros como enredaderas vivas.
Ashryel rugió, una luz blanca estalló alrededor de ella, pero la figura no retrocedió
Ni siquiera la miró.
Era como si ella no existiera.
Como si toda su atención…
todo su propósito…
todo su odio…
fuera yo
La voz en mi pecho volvió.
Sentí un peso frío subir por mi cuello.
Sentí que mi respiración ya no era mía.
Sentí que mis manos no respondían.
Ashryel corrió hacia mí, pero cuando intentó tocar a la silueta, su garra atravesó el vacío sin hacerle da?o.
—Syra —dijo ella, con un temblor que nunca le había escuchado—. No lo dejes entrar. No lo escuches. No es lo que crees…
Pero la figura siguió hablando con mi voz.
Mis dedos se cerraron con dolor.
Mi vista se llenó de luces negras.
El latido ajeno se convirtió en un golpe seco que atravesó mi pecho.
Sentí que esa presencia quería ocuparme desde dentro.
Como si estuviera reclamando el espacio que abandoné el día del pacto.
Como si yo fuera el intruso.
Como si él fuera…
el verdadero Syra.
Mi garganta se cerró.
Y aun así…
algo dentro de mí…
algo aún más profundo…
susurró:
No sabía si lo dije yo.
O si lo dijo la parte de mí que aún quería vivir.
Pero la figura se detuvo.
Por primera vez vaciló.
Ashryel aprovechó ese instante.
Saltó entre nosotros, su cuerpo estallando en luz blanca que quemaba el aire.
Sus ojos brillaron como si estuvieran hechos de pura furia.
—?Aléjate de él! —rugió.
El valle tembló.
La figura se deshizo en sombras por un instante…
…pero no desapareció.
Solo se replegó, retrocediendo hacia la grieta del aire de donde había salido.
Antes de hundirse completamente, su voz sonó una última vez:
Y luego se fue.
El silencio cayó.
El valle dejó de respirar.
Yo también.
Me desplomé en el suelo, con el pecho ardiendo, el corazón latiendo en dos ritmos que chocaban entre sí.
Ashryel corrió hacia mí.
Su forma temblaba.
Su luz era débil.
Pero sus ojos…
sus ojos estaban clavados en mí como si el mundo dependiera de ello.
—Syra… respira conmigo —susurró, poniendo su frente contra la mía—. No lo dejes ocuparte. No lo dejes arrancarte. No lo dejes ser tú.
Yo traté.
Pero cuando inhalé, el aire dolió.
Cuando exhalé, escuché…
como si otra respiración saliera junto a la mía.
Mi voz quebrada apenas alcanzó a salir:
—Ashryel…
…?qué… soy yo?
Ashryel cerró los ojos.
Una lágrima de luz cayó sobre mi mano.
—Eres tú —dijo—.
Y ese…
ese fue el pedazo que quiso morir contigo.

