Silas no podía decidirse entre si sentirse contento por la noticia de que los sirenios los ayudarían a transformarse o decepcionado por el hecho de tener que continuar su viaje solo. Cuando abandonó las monta?as estaba decidido a aventurarse por su cuenta en el reino de los humanos pero ahora la perspectiva no le generaba tanto entusiasmo como antes. Era verdad que ya lo habían hablado con Olivia pero ahora que esa decisión estaba a punto de materializarse tenía la sensación de que un agujero se le estuviera abriendo en el pecho. Ya lo había sentido una vez, hace mucho tiempo, y le había costado mucho tiempo cerrarlo.
O quizás siempre estuvo abierto y él sólo había decidido ignorarlo. Ahora, contra todo pronóstico, aquella muchacha mitad humana y mitad elfa había aparecido para recordárselo.
Las palabras de Thalassa lo sacaron de su ensimismamiento.
–Es hora de empezar a prepararlo todo –la sirenia y su pareja se levantaron y se dirigieron a la puerta –. Esperen aquí y no se les ocurra salir, a menos, claro, que quieras hablar con tu padre.
Olivia soltó un bufido en respuesta.
Antes de salir por la puerta, Mantok giró la cabeza hacia una ventana por donde se veía la superficie del lago iluminada por la luna.
–Numi, ya que estás ahí escondida espiando, ?por qué no los vigilas mientras nosotros vamos a hablar con el resto de los jefes?
Dicho eso, ante el asombro tanto de Olivia como de Silas, la joven sirenia atravesó la ventana de un salto como si hubiera estado encaramada a ella desde hacía rato.
–?Hola! –exclamó ella sacudiendo una mano como si no fuera nada más que una vecina que pasaba de visita.
El viejo jefe se fue riendo, no sin antes gui?arles un ojo.
Numi se sentó frente a ellos dos con las piernas cruzadas aunque se notaba que le costaba estarse quieta mientras se removía incómoda.
–?Ya me parecía que tenías algo raro desde que te vi! ?Eso quiere decir que mi sentido mágico está mejorando! ?Pronto podré percibir cosas como mi abuela! –se palmeó el pecho muy orgullosa de sí misma. Había hablado como si la situación fuera lo más normal del mundo.
Los sirenios y los humanos eran raros.
–?No quiero hablar contigo! –exclamó Olivia furiosa.
–?Pero si estábamos tan bien hace un rato! –protestó Numi haciendo un puchero.
–?En ese momento yo no sabía quién eras de verdad!
–?Y yo tampoco sabía quién eras tú pero no me importa!
–?A mí sí me imp...! –Olivia entrecerró los ojos como si acabara de darse cuenta de algo. –?Qué...? ?Cuándo...?
Silas lo había notado desde el primer momento que Numi posó sus pies dentro la choza. El largo y esponjoso cabello de la sirenia se había acortado hasta quedarle justo por encima de las orejas, formando una densa corona de rizos apretados alrededor de su cabeza, casi tan corto como el pelo de Olivia.
–?Ah! ?Te gusta? –Numi se pasó los dedos entre los cortos mechones.
–?Pero qué te has hecho? –Olivia sonaba horrorizada.
Por alguna razón, el pelo era muy importante para las chicas.
–?Me lo he cortado, tonta!
–?Por qué?
–Para parecernos. ?Somos hermanas!
–?No somos...eso! –parecía que Olivia tenía problemas para pronunciar la palabra –. ?No tenías por qué hacerlo!
–Papá me decía que tenías el pelo largo y por eso me lo había dejado crecer. ?Ahora me vengo a enterar que lo tenías corto! –aquella última afirmación sonaba como una protesta –. Tú te pareces a papá, yo me parezco a mamá. Ahora con esto nos parecemos un poco más.
En realidad, no se parecían en nada. Olivia tenía la piel blanca y sonrosada, mientras que Numi tenía una piel oscura con tintes dorados. Los ojos de la mitad humana eran azules como el cielo, los de la Sirenia verdes como algas. El pelo de Olivia era sedoso y el de Numi encrespado. La primera era delgada y menuda, la segunda esbelta y forzuda.
Aunque sí debía admitir que las dos compartían la misma energía entusiasta que a Silas tanto lo agotaba. La única razón de por qué no lo había notado antes era porque Olivia se había estado conteniendo desde que habían entrado en contacto con la familia de sirenios, además de que en ese momento estaba furiosa.
El día que ambas estuvieran de buen humor, Silas no querría estar con ellas dos juntas. Lo acabarían consumiendo con su interminable verborragia.
Aparte de eso, no tenía razón para que la sirenia le cayera mal. El único culpable de toda aquella confusión era el conde, aunque podía entender el enfado de Olivia y su lealtad estaba con ella.
?Como que lealtad? Otra vez empezaba a tener pensamientos raros.
–?Puedes dejar de decirle “papá” un momento? –se quejó Olivia –. ?Todo esto es demasiado! –se restregó las manos por el cabello.
Numi imitó el gesto de Olivia.
–Para mí también.
–Pues no se nota.
–?Por qué crees que estuve esperando colgada de la ventana? ?No podía esperar para hablar contigo!
–?No tenemos nada de qué hablar!
Numi arrugó los labios.
–Hasta ahora eras hija única, ?nunca quisiste tener hermanos, como yo? Aunque tengo un montón de primos, pero no es lo mismo.
–?Pues no! ?Estaba perfectamente siendo hija única!
Los ojos de Numi se apagaron.
Por todo lo que Olivia le había contado, Silas sabía que ella también hubiera querido tener hermanos, pero, claro, no se lo iba a admitir a la sirenia ni aunque le pusieran una espada en el cuello.
–Es una lástima, ya que nos gustan las mismas cosas.
–No lo creo.
En un segundo, la actitud de Numi volvió a cambiar y se mostró decidida.
–?Me gustan los libros!
Silas miró a Olivia con un dejo de diversión en sus ojos, esperando que la muchacha dijera que a ella en realidad no le gustaban pero parecía ser que tal mentira sería demasiado para ella, por lo que se quedó callada.
–?Incluso tengo los mismos que tú! –prosiguió Numi.
–?Cómo que los mismos? –preguntó Olivia contrariada.
–Papá... –respondió Numi avergonzada y luego tosió –. Me traía siempre copias de tus preferidos. ?Así supe que a las dos nos encantan las historias de amor entre damas de la corte y caballeros misteriosos! ?Mi favorita es la de la sirvienta que terminó siendo una princesa perdida de otro reino y se termina enamorando un noble injustamente desterrado! ?Cuál es la tuya?
La cara de Olivia se incendió y Silas soltó un jadeo lo más similar a una risa canina.
Numi no esperó la respuesta. Metió una mano entre sus ropas y sacó un fajo de pergaminos arrugados y comenzó a mostrárselos a Olivia.
–?Mira lo que tengo!
Silas levantó los ojos y vio que se trataba de unos dibujos de tinta hechos por un ni?o. Parecían ser un montón de sirenios deformes nadando en un mar lleno algas y peces redondos.
–?Eso lo dibujé yo! –protestó Olivia.
–Sí, papá me los trajo... –parecía un poco avergonzada –. Dijo que tú ya te habías olvidado de ellos y que no había problema si yo me los quedaba... En cambio yo, hice estos para dártelos en persona algún día.
Le mostró otros tantos dibujos en los que aparecía una ni?a de larga cabellera negra recorriendo a caballo el bosque con su padre y otro en el castillo entre libros.
–Y en este nos dibujé a los cuatro. ?Y se hizo realidad! Bueno, en parte...
En el último dibujo aparecían cuatro personas delante del lago. Por sus características, no había duda que se trataba del conde de la mano de Yaritza y junto a ellos dos ni?as sonrientes, también tomadas de la mano.
–?Qué otra cosa puedo contarte? –Numi se quedó un momento pensativa –. ?Ah! Yo tengo una foca y tú una quimera.
–No soy ninguna mascota, sirenia –gru?ó Silas.
–Nunca dije mascota, es también mi amigo –replicó Numi ofendida –. Algún día te la presentaré y serán amigos.
–No, gracias.
–Mi nombre es Numi.
–Ya lo sé...
–?Y el tuyo?
–Silas...
–?Como la quimera del rey gigante! –miró en dirección a Olivia –. ?Eso estaba en uno de tus libros!
Olivia se restregó los ojos. A Silas le hacía gracia que se sintiera tan aturdida como él.
–O sea... –la muchacha soltó un largo suspiro –. Todo eso lo sabes desde muy ni?a.
–Siempre lo supe. Mi madre nunca me ha ocultado nada. Entre padres e hijos no debe haber secretos.
Silas se removió intranquilo y supuso que a Olivia el comentario también la afectó.
–Bien por ti –respondió ella –. Pero yo nunca he sabido nada de ti.
–Yo...
–Todos aquí sabían...
–Lo siento...
–Tú puedes recorrer el mar entero y pudiste disfrutar de ver a tus padres juntos.
–Ah, pues, eso no –corrigió la sirenia en una manera que sonaba hasta conforme porque era otra cosa que tenía en común con su hermana –. Papá sólo podía a visitarme un par de veces al a?o. Además, ellos no son pareja, al menos todavía...
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–Pero tú...
–Que yo exista no significa nada. Hasta que mamá no lo acepte no podrán ser pareja.
La voz de Olivia se tornó curiosa.
–?Y por qué no lo acepta después de tanto tiempo?
–Es complicado, cosas de mayores, me ha contado cosas pero otras se las ha guardado... Una parte que tiene que ver contigo.
–?Conmigo?
Claro, pensó Silas, a la amante de su padre no le caería bien la hija de otra mujer.
–Ella no quería prometerse a él hasta que tú no supieras la verdad de todo.
–Ah... –hasta la quimera se dio cuenta de que Olivia se había mordido la lengua, quizás callando un comentario mordaz que había estado a punto de pronunciar.
–Así que... ahora que tú sabes todo... quizás se prometan este a?o... por fin. ?Seremos una familia como siempre quise!
–Espera... –Olivia ya comenzaba a impacientarse de nuevo pero Numi le tomó una mano entre las suyas.
–Sé que ahora estás enojada pero quiero que sepas que ahora me tienes a mí. No estás sola –Numi volvió a palmearse el pecho –. ?Tienes a tu hermana mayor para apoyarte!
–?Mayor?
Eso debió de doler, pensó Silas. No sólo se había enterado de que tenía una hermana sino que esta era la primogénita. Había pasado a ser la hermana menor en un instante.
–Ah, pero no te preocupes –intentó tranquilizarla Numi, aunque quizás no servía de nada –. Las leyes de los humanos son claras. Una hija como yo no podría ser la heredera. Serás la Guardiana del Círculo, aunque por papá esperemos que para eso pasen muchísimos, muchísimos y muchísimos a?os.
Olivia volvió a protestar y la conversación continuó en ese insoportable vaivén durante un rato más. Ambas muchachas se mostraban tercas y ninguna parecía querer ceder. Silas se sintió profundamente agradecido con Mantok cuando este los interrumpió apareciéndose en la entrada.
–Ah, parece que han tenido una linda conversación –comentó al ver la cara sonriente de Numi que contrastaba con el cansancio de Olivia y la postura de Silas que se había recostado en el suelo con las patas sobre las orejas –. Es hora. Los jefes han sido reunidos.
Al bajar por la escalera de la choza, Silas avistó al sombrío conde junto a Yaritza y a dos miembros más de la familia. El cielo se mantenía oscuro. Debían faltar al menos dos horas para el amanecer.
Con Mantok a la cabeza, el grupo siguió por la orilla del lago, alejándose de las inmediaciones del pueblo hasta llegar a una zona rocosa por donde continuaron por un sendero sinuoso hasta llegar a un espacio abierto iluminado por la luna en cuyo centro los esperaban un grupo de cerca de veinte sirenios de edad avanzada, entre ellos Thalassa. Todos vestían túnicas holgadas y se encontraban en silencio, sentados sobre las rocas y mirándolos con atención, algunos con las espaldas tiesas en actitud solemne, otros más relajados como si aquello no fuera más que una reunión social.
Al ver llegar al grupo, Thalassa se levantó.
–Hermano quimera, frente a ti se encuentran todos los jefes sirenios de la tribu.
Todos los sirenios inclinaron la cabeza y Silas respondió con el mismo gesto.
–Te complacerá saber que cuando se enteraron de tu predicamente, todos aceptaron venir a escuchar tu solicitud –continuó Thalassa –. Pero para poder ayudarte necesitamos que antes respondas con honestidad.
–?Qué es todo esto? ?No se suponía...? –aquella voz era la del conde que no bien comenzó a protestar fue acallado por Mantok.
Los sirenios tenían clavados los ojos en él y toda la confianza que Silas había tenido acerca del desenlace de aquella audiencia perdió su fuerza. Sospechaba que era lo que estaban a punto de preguntarle y no podía estar seguro de si podría contestar sin faltar a la verdad.
–Para empezar –dijo uno de ellos –quisiéramos saber cuál fue el motivo de que abandonaras la seguridad de las monta?as.
Aquella, en realidad, no es una pregunta que no pudiera responder, pero eso no quería decir que le fuera fácil compartir con desconocidos el verdadero motivo que lo había conducido a tomar una decisión tan drástica.
Pero no podía mostrarse orgulloso si existía alguna posibilidad de cruzar el mar.
–Fui abandonado por mi manada –respondió finalmente.
Los sirenios intercambiaron miradas.
–?Por qué?
–No era digno –pensó que eso sería suficiente pero algunos sirenios enarcaron las cejas como esperando que continuara –. Pese a miles de intentos, no lograba dominar mi poder. Recién ahora, a una edad que ya se considera tardía entre las quimeras, estoy comenzando a hacerlo. Un día, debido al esfuerzo, se me hizo imposible seguir los pasos de mis hermanos entre la nieve y ellos me dejaron atrás. Desde entonces vagué solo sin rumbo. Pensé que moriría congelado pero logré abandonar las monta?as y encontré refugio en el castillo de Rocasombra. Allí conocí a Lady Olivia, quien tras un largo viaje me ha traído hasta ustedes.
–No has recibido tu nombre entonces –se?aló una sirenia.
–Yo había pensado que sí –agregó Thalassa.
Silas iba a responder que no, que de verdad no había recibido su nombre. El que tenía no era más que una farsa, un tonto consuelo que se había permitido pese a saber que no lo merecía.
–?Claro que tiene un nombre! –exclamó Olivia –. ?Se llama Silas!
–?Y quién se lo ha dado? –preguntó un sirenio confundido por la interrupción de aquella joven tan atrevida.
–?Olivia, cállate, no digas tonterías! –protestó Silas humillado, sintiendo unas ganas angustiosas de ahogarse en el lago.
–?Yo misma! ?Todo este asunto del nombre me tiene cansada! ?No sé cuál es el problema, ni me interesa saberlo, pero yo creo que por el solo hecho de existir cualquier ser viviente merece su nombre!
–Esa es mi hermana –susurró Numi agitada.
Mantok soltó una carcajada y Silas volteó la cabeza para ver cómo le daba una palmada en la espalda al conde que observaba a su hija confuso.
–En ese caso, hermano quimera –decía Thalassa a medida que sus labios se abrían en una sonrisa –permíteme discrepar contigo. Puede que hayas perdido a tu primera manada, pero me parece que has logrado encontrar otra.
A Silas aquello le parecía una tontería pero pensó que no le convenía contradecir a la sirenia. Se abstuvo, por tanto, de responder.
–?Y cuál es tu propósito aquí? –preguntó otro sirenio –. ?Qué esperas conseguir tan lejos de tu hogar?
–Las quimeras no formaron parte de la Alianza. ?Vienes de verdad en son de paz? –dijo otro.
?Paz? Silas se hubiera reído pero se contuvo. Esa paz que de la que tanto hablaban nunca había existido. Podían contar historias y jugar a los amiguitos pero las viejas discordias continuaban allí. Las había reconocido detrás de la arrogancia de los magos, en el tormentoso color violeta de los ojos de la elfa Daephennya, en el miedo de los propios sirenios que tanto hablaban de fraternidad y en las confabulaciones de los propios nobles que no tenían reparos en utilizar a una muchacha inocente como peón.
Los sirenios tenían razón en desconfiar de él pero no podía echarse atrás. Necesita responder algo que los convenciera.
–Quiero dominar mi poder. Me han dicho que el Archimago de la isla podrá ayudarme.
Los sirenios volvieron a mirarse entre sí.
–?Y una vez que lo domines?
–?Te quedarás en la isla?
–?Te arriesgarás a ser descubierto por los humanos?
–?Serás capaz de perdonar a la misma raza que casi destruye la tuya?
La sola idea lo ahogó. ?Perdonar? ?Pensaban de verdad que el perdón podía ser una opción? Los habían cazado sin cuartel, habían usado sus partes para experimentos y pócimas, las pieles de sus antepasados habían sido colgadas para adornar los grandes salones de los castillos, mientras que los sobrevivientes se habían convertido en esclavos, como su abuelo, quien, tras ser liberado luego de pactada la Alianza, vivió lo suficiente para que Silas escuchara de su propia boca todas aquellas atrocidades que le habían provocado sus peores pesadillas cuando apenas era un cachorro.
?Y Olivia? ?Acaso no sólo una humana, sino también una elfa? ?Si él llevaba a cabo su venganza, lo entendería ella o se terminarían enfrentando?
Pero no eran amigos. Eran aliados temporales y una vez que abandonara el lago daría por terminado su pacto.
–No lo tengo decidido –Silas observó como los sirenios entrecerraban los ojos –. Tampoco sé si seré recibido por el Archimago. En realidad, bien podría terminar muerto antes de llegar a la isla y dejaría de ser un problema para todos los aquí presentes.
–Silas... –susurró Olivia.
–Quiero conocer su mundo y decidir por mí mismo. No me queda otra opción más que seguir avanzando.
Al menos, todo eso era verdad. No sabía nada acerca del Archimago. Era una apuesta desesperada.
–?Y tu compa?era de viaje? ?Qué opina ella? –preguntó una sirenia.
–Desde que nos conocemos, no he visto ningún asomo de maldad en él –afirmó Olivia con una convicción tal que hizo que Silas se sintiera incómodo –. Durante nuestro viaje podría haberme abandonado miles de veces y no lo hizo.
Los sirenios la observaron con indulgencia.
–Eres muy joven todavía pero tendremos en cuenta la confianza que has depositado en él –convino un sirenio.
–Tendremos que analizar esto con cuidado –dijo otro.
Mantok se adelantó.
–Si mis hermanos sirenios y mi querida compa?era me lo permiten, no creo que sea necesario estar toda la noche decidiendo.
–Se trata de algo muy delicado, hermano, que podría alterar el equilibrio que tanto nos costó conseguir –respondió un sirenio.
–Es un ni?o, ?qué da?o esperan que haga? ?Acaso no ven que apenas tiene poder para mantenerse en esa forma?
A Silas le dolió que el viejo lo llamara así pero como lo estaba defendiendo no se quejó.
–Hace cien a?os que nuestro pueblo espera una se?al del Clan de la Monta?a y aquí lo tenemos –continuó Mantok –. ?Acaso no deseamos fervientemente terminar con la dolorosa brecha que todavía existe en nuestro reino? ?O seguiremos haciendo de cuenta de que no la vemos? Puede que este sea un acto muy peque?o pero es el primer paso.
–Este muchacho crecerá algún día –se?aló un sirenio.
–?Y qué quieren que recuerde cuando sea adulto? ?Quieren que recuerde cómo le negaron su ayuda en un momento de necesidad o quieren que recuerde como le abrimos los brazos como los hermanos que en esencia somos? Y esta muchacha –se?aló a Olivia –a la que han llamado inocente, es un ejemplo para todos nosotros, abandonando todo lo que le era conocido para rescatar a un desconocido solamente porque era lo correcto.
Las palabras de Mantok quedaron resonando en el aire. Thalassa le dirigió una sonrisa cálida a su pareja.
–Suenas muy serio para ser tú mismo, Mantok –comentó un sirenio con voz socarrona –. Lo único que quieres es volver a la fiesta. Admítelo.
–Hermanos, me has pescado –replicó Mantok levantando ambos brazos –. ?Terminemos con esto de una vez que me está viniendo hambre de nuevo!
Aquello, para sorpresa de Silas, despertó la risa en los solemnes jefes.
Aun así, se retiraron un momento para deliberar entre ellos. Cuando volvieron, Silas supo por la mirada de Thalassa que habían accedido. El corazón comenzó a latirle con fuerza. Por un momento pensó que perdería su forma de perro.
–Te ayudaremos a transformarte –le comunicó ella –. Pero eso será todo. No podemos involucrarnos más de lo que ya hemos hecho. Creemos, además, que tu viaje en solitario será prueba de tu determinación.
En cuanto Silas se mostró de acuerdo, el resto de los jefes sirenios avanzaron entre las rocas y se tiraron al agua. Sus escamas no tardaron en comenzar a brillar.
–Debes despedirte ahora –había un dejo de tristeza en la voz de Thalassa.
Silas se quedó de piedra sin poder moverse. Los suyos lo habían dejado atrás, nunca había tenido que despedirse de nadie.
Se encontraba de espaldas cuando Olivia lo abrazó por atrás. Descontando aquella vez en el árbol, que no había sido más que un accidente, era la primera vez que ella lo hacía a consciencia.
Ella apoyó su cabeza detrás de la suya mientras le susurraba al oído:
–Buen viaje, Silas, quizás no te guste pero estaré rezándole a la Ninfa, al Dragón, incluso a los Eternos, para que llegues sano y salvo. Estoy segura que te convertirás en la quimera más poderosa de todas y traerás la paz para tu pueblo y el resto de las razas. Ah, y si no es mucha molestia, te agradecería que me enviaras una paloma para avisarme que has llegado bien y contarme todo acerca de la isla y así morirme de envidia. Claro, primero tendrás que aprender a escribir aunque no te guste porque sé que no querrás pedirle ningún favor a nadie.
Ni?a tonta, pensó Silas, no tienes idea, y como no podía devolverle el abrazo en aquella forma de perro, restregó su hocico contra sus manos. Podría haberle dicho varias cosas también, por ejemplo, esperaba que resolviera todo con su familia, que no tuviera que cruzarse más con aquella elfa malvada, que no se casara con el príncipe y que encontrara alguna forma de escaparse a la isla. Numi podía ayudarla a llegar quizás, cuando todo estuviera más tranquilo, pero sin sintió tonto nada más pensar en eso.
Tras unas breves segundos, ella lo soltó por fin y su calidez lo abandonó. La quimera hubiera querido voltearse para ver su cara por última vez y grabarla en su mente pero temía que eso le causara un dolor que no estaba preparado para sentir.
Avanzó detrás de Thalassa y saltó detrás de ella. El frío del agua lo aturdió al principio pero al menos era una distracción. Dos sirenios se acercaron para ayudarlo a nadar y se fueron alejando de las rocas hasta llegar a lo que parecía ser el punto intermedio entre ambos extremos del lago. A lo lejos divisó las luces del pueblo y los apagados gritos de sus habitantes todavía inmersos en sus celebraciones.
Volteó la cabeza en dirección hacia la orilla donde había quedado Olivia pero no logró verla.
Los sirenios formaron un círculo en torno a él y cada uno posó una mano sobre su cuerpo de donde comenzaron a emerger líneas doradas que ascendieron hasta entrelazarse una con otra y formar la espiral de patrones.
Desde su posición Silas no podía ver bien lo que estaban haciendo con su Código pero Thalassa le explicó cómo los sirenios utilizaban la memoria contenida en su propio Código, producto de sus incontables viajes por el mar, para traspasarle a él una porción que le permitiría generar por sí mismo nuevos patrones que le facilitarían su transformación. Sin embargo, al tratarse de recuerdos ajenos, estos terminarían por dispersarse con el tiempo.
–Hemos elegido una forma que te brindará gran velocidad y evitará que seas atacado por depredadores –le explicó Thalassa –. Aun así, no te confíes ni te exijas demasiado. Hemos encontrado en tu Código un nudo que creo que explicaría la causa de por qué te ha costado tanto controlar tu poder.
–?Un nudo? ?El Sello del Dragón?
–Esto es distinto y, por fortuna, reversible. En el caso de las quimeras, el Dragón creó un sello que limita el grado de transformación que pueden alcanzar. No tiene otra función. Sin embargo, este nudo tuyo impide que tu energía fluya libremente. Hasta que no lo desates, me temo que seguirás teniendo dificultades.
–?No pueden arreglarlo ustedes como lo están haciendo ahora?
–El nudo está ligado a uno de tus recuerdos. No puedo saber qué es pero percibo un dolor muy grande. Sólo tú puedes desatarlo.
–Yo creo que podrías hacerlo pero quieres que lo haga por mí mismo... es otra prueba –se quejó Silas.
Thalassa se sonrió.
–Todavía tienes mucho camino para recorrer, hermano quimera, y, al igual que tu amiga, auguro grandeza.
La luz que emanaba la espiral se intensificó y Silas notó los primeros cambios en su cuerpo. La textura de su piel comenzó a cambiar, la temperatura del agua parecía no molestarle, sus patas se estiraron y experimentó una extra?a sensación como si se estuviera inflando por dentro.
Sin embargo, algo lo distrajo de aquella tan inusitada transformación.
Desde el pueblo comenzaron a escucharse golpes muy fuertes como de tambores, aunque estos sonaban distintos a los que había escuchado durante la celebración. Concentrándose en sus orejas que comenzaban a empeque?ecerse hasta desaparecer, escuchó gritos desesperados que se mezclaban con aquellos tambores faltos de ritmo.
Mientras el proceso de transformación llegaba a término, observó las caras de los sirenios que miraban confusos hacia la orilla.
Entonces, se dio cuenta.
No eran tambores.
Eran explosiones.

