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LAS SOMBRAS DEL BLANCO

  Héctor se encontró en una sala completamente blanca, sin nada más que su propia presencia.

  —Oh… esto no puede ser bueno.

  —Fascinante —dijo una voz a su espalda.

  Héctor se giró rápidamente. El vacío vibró, y una presencia azul comenzó a manifestarse frente a él, como una silueta hecha de luz líquida.

  —De todas las mentes que han pasado por aquí —continuó la entidad—, muy pocas poseen una armonía interna tan definida.

  —?Gracias…? —respondió Héctor, inseguro.

  —Pero que tengas armonía no significa que no exista desgaste.

  Héctor suspiró.

  —Ah, ya entendí. Las pruebas… son la psique de las personas. Demonios, soy muy malo en esto.

  La presencia inclinó ligeramente su forma, como si analizara algo invisible.

  —Es curioso que digas eso. ?Por qué?

  —No lo sé. No leo mentes. Tengo que tener cuidado con lo que digo y con lo que hago.

  La luz azul pareció estremecerse.

  —Es… extra?o. ?Por qué tienes miedo?

  Héctor frunció el ce?o.

  —Es gracioso que me preguntes eso. ?Será porque estás dentro de mi mente y yo soy consciente de ello?

  —Eso es solo una parte. Pero hay algo más profundo. ?Por qué sientes tanto miedo?

  Héctor bajó la mirada.

  —Soy humano.

  —?Y por qué lo manifiestas así?

  El escenario cambió.

  El blanco desapareció. Ahora había muebles: una mesa, una silla, una estantería torcida. Y junto a ellos, una tercera figura.

  Era él.

  Pero no exactamente.

  Su otro yo tenía los ojos vacíos. No oscuros: vacíos y huecos. Como si alguien hubiera arrancado algo más que globos oculares. De aquellas cavidades brotaban finas líneas negras que descendían por su rostro como tinta derramada.

  Eran idénticos… salvo por eso.

  Y por la sensación.

  Había algo en esa versión que pesaba. Algo que contaminaba el aire.

  Cuando el doble dio un paso al frente, el suelo blanco comenzó a ennegrecerse bajo su pie, como barro ensuciando una casa recién limpiada.

  —?Qué es esto? —preguntó él, retrocediendo.

  —Héctor —respondió la presencia azul con una gravedad distinta.

  El escenario volvió a cambiar.

  Era un recuerdo.

  Pero nadie lo activó. Ni la presencia azul. Ni Héctor.

  Fue el tercero.

  —Debí saber que esto pasaría… —murmuró el Héctor de ojos huecos—. No quise saberlo. No quise verlo.

  El escenario cambió.

  El blanco se disolvió como niebla, y en su lugar apareció una tarde tibia de sábado. El sol descendía lentamente, ba?ando el césped del patio del gremio con una luz dorada y tranquila.

  Héctor estaba sentado en el borde de la galería, balanceando ligeramente las piernas. A su lado, Viki observaba el cielo con esa expresión que solo ella tenía cuando intentaba parecer despreocupada.

  Pero no lo estaba.

  él la miró de reojo. Respiró hondo.

  —Descubrí algo bueno.

  Viki giró la cabeza con un brillo inmediato en los ojos.

  —?Qué descubriste? —preguntó con entusiasmo genuino.

  Héctor dudó apenas un segundo. No porque no supiera lo que iba a decir, sino porque sabía que lo que estaba a punto de proponer era delicado.

  —Creo que puedo ayudarte a controlar tu sed de sangre.

  El entusiasmo de Viki no desapareció… pero se transformó. Sus hombros se tensaron levemente.

  —No digas eso así —murmuró—. No es algo que se “controle” como si fuera un interruptor.

  Héctor no se ofendió. Asintió con seriedad.

  —Lo sé. No estoy diciendo que la elimine. Estoy diciendo que podemos reducir los episodios.

  Viki bajó la mirada hacia sus manos.

  —Yo no quiero volver a hacerle da?o a nadie…

  No lo dijo en voz alta, pero ambos sabían a qué recuerdo aludía.

  Héctor se inclinó un poco hacia ella.

  —He estado leyendo.

  —?Sobre vampiros? —preguntó, sorprendida.

  —Sobre metabolismo, nutrición y trastornos de impulsos —corrigió él con una peque?a sonrisa.

  Viki lo miró con escepticismo infantil.

  —Eso no tiene nada que ver conmigo.

  —Sí lo tiene —replicó con calma—. Tu sed no es solo “hambre”. Es una necesidad biológica específica. Si entendemos qué componente de la sangre necesita tu cuerpo, podemos intentar sustituirlo.

  Ella frunció el ce?o.

  —?Sustituir… sangre?

  —La sangre tiene hierro, proteínas, glucosa, electrolitos y ciertas hormonas —enumeró, contando con los dedos—. Si tu cuerpo reacciona principalmente a la falta de hierro y glucosa, podríamos probar una dieta rica en hierro hemo y suplementos controlados.

  Viki parpadeó.

  —Eso suena a hospital.

  —Es mejor que suene a hospital y no a… accidente —dijo con suavidad.

  Ella tragó saliva.

  El viento movió ligeramente su cabello. Por un momento, parecía más peque?a de lo que era.

  —Héctor… cuando me da hambre no es solo el estómago. Es como si algo me apretara la cabeza. Como si el olor… se volviera más fuerte. Como si todo el mundo tuviera una luz roja encima.

  él la escuchó con atención absoluta.

  —Entonces también es neurológico —murmuró pensativo—. Eso significa que podemos trabajar en dos frentes.

  —?Dos?

  —Nutricional y conductual.

  Viki lo miró, ahora completamente concentrada.

  —Explícate.

  —Primero: alimentación constante. Nada de esperar a que tengas hambre fuerte. Comer cada tres horas. Alimentos ricos en hierro: carne roja bien cocida, lentejas, espinaca, hígado si puedes tolerarlo… acompa?ado de vitamina C para mejorar absorción.

  Ella hizo una mueca ante la palabra “hígado”.

  Héctor sonrió apenas.

  —Podemos buscar alternativas.

  —?Y lo segundo?

  —Entrenamiento de autocontrol. Si identificamos las se?ales tempranas —cambio en el olfato, presión en la cabeza—, puedes retirarte antes de perder el control. También podemos practicar exposición gradual: estar cerca de estímulos sin reaccionar, como ejercicio mental.

  Viki lo miró fijamente.

  —?Y si no funciona?

  Esa era la verdadera pregunta.

  Héctor no apartó la mirada.

  —Entonces ajustamos. No vamos a improvisar más. Vamos a observar patrones. Anotar cuándo ocurre, qué comiste antes, cuánto dormiste… Si entendemos el patrón, lo reducimos.

  —Hablas como si fuera un experimento.

  —No eres un experimento —respondió con firmeza—. Eres mi amiga. Y yo no voy a dejar que te sientas un monstruo por algo que es parte de ti.

  Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.

  Viki apretó los labios.

  —A veces siento que lo soy.

  —No lo eres.

  Ella desvió la mirada.

  —?Y si un día no estás? ?Y si un día pierdo el control otra vez?

  Héctor tardó en responder.

  —Entonces dise?amos un protocolo de seguridad —dijo finalmente—. Nunca estar sola cuando estés en fase crítica. Avisar antes. Y si es necesario… podemos hablar con Clementina para que supervise médicamente los suplementos.

  Viki lo miró con sorpresa.

  —?Se lo dirías a más gente?

  —Solo a quienes puedan ayudarte sin juzgarte.

  Silencio.

  El sol ya estaba más bajo. La luz anaranjada pintaba el borde de sus rostros.

  Viki respiró hondo.

  —Tengo miedo de intentar… y fallar.

  Héctor extendió lentamente sus manos hacia ella.

  —Yo también tengo miedo.

  Ella lo miró.

  —?De qué?

  —De no intentarlo.

  El viento volvió a soplar.

  Durante unos segundos, Viki dudó. Se notaba en la tensión de sus dedos, en la forma en que su mandíbula se movía como si estuviera conteniendo algo.

  Luego, lentamente, sonrió.

  No era una sonrisa amplia.

  Era peque?a. Vulnerable. Real.

  Tomó las manos de Héctor entre las suyas.

  Sus manos estaban frías.

  —Confío en ti.

  Héctor sintió que el peso del mundo se volvía un poco más ligero.

  Y por primera vez, la sed no parecía una condena.

  Parecía un problema.

  Y los problemas… podían resolverse... O eso se creía.

  El escenario cambió abruptamente.

  La tormenta rugió.

  La misma caba?a del gremio apareció ante ellos, envuelta en lluvia y truenos. Héctor supo de inmediato qué recuerdo era. Su pecho se tensó.

  Cerró los ojos. Pero su otro yo no.

  Abrió la puerta.

  La habitación estaba violentamente desordenada. Muebles volcados. Sangre en el suelo.

  En el centro: él mismo, inmovilizado, con Viki encima.

  Los ojos de Viki eran rojos. No humanos. No racionales.

  Sus dientes estaban clavados en el cuello de Héctor.

  La prueba... había fracasado.

  El dolor regresó como un latigazo.

  Candado apareció en el umbral, empapado por la lluvia. Las bolsas de compras cayeron de sus manos. No dudó. Tomó el perchero más cercano y lo descargó contra la cabeza de Viki, obligándola a soltar.

  —?Héctor! —gritó, arrodillándose junto a él.

  Pero Viki se lanzó sobre Candado como un animal herido. Cuando intentó morderlo, él metió el pu?o en la boca de ella y se dejó caer hacia atrás con violencia, obligándola a soltar. Se incorporó de inmediato y presionó su pie contra el cuello de ella.

  —Al… alto… para… —murmuró Héctor, apenas consciente.

  —?Qué mierda haces? —gru?ó Candado.

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  No era una pregunta para Héctor.

  Era para la amiga que luchaba bajo su zapato.

  —Ca… Candado…

  —Atrás, Héctor.

  En ese momento entraron Clementina, Natalia, Declan y las gemelas, Erika y Lucia.

  No hubo dudas. Se lanzaron a auxiliarlo.

  Clementina se arrodilló junto a él. Sus ojos analizaron con precisión quirúrgica.

  —Sus niveles de sangre son críticos. Presenta riesgo de anemia severa.

  Candado mostró los dientes, no en miedo, sino en rabia, ante la bestia que consideraba amiga.

  —?PIO!

  —Sí… —respondió Natalia, afectada por la escena.

  —Sométela.

  —Pero yo…

  —?SOMéTELA!

  Natalia extendió las manos. Un leve brillo gravitacional emergió de sus dedos. Viki dejó de moverse. Era como si el peso del mundo la aplastara contra el suelo.

  Candado soltó su cuello y fue hacia Héctor. Apartó a las gemelas con firmeza y lo cargó en brazos.

  Miró a Natalia.

  —Mantenla así hasta que vuelva.

  Luego a Declan.

  —Si ella se cansa, suminístrale energía.

  —Entendido —respondieron ambos.

  —Ustedes llamen al resto. Es urgente —ordenó a las gemelas—. Vendré lo antes posible.

  Asintieron.

  —Clementina. Ven conmigo.

  —Como ordene.

  Y salieron bajo la lluvia.

  Candado corría con Héctor en brazos. El agua mezclada con sangre descendía por su ropa. Héctor escuchaba las voces como si estuvieran bajo el agua.

  Fragmentos.

  Tiempo estimado. Pérdida sanguínea. Probabilidades.

  —No debí decir eso… —susurró el Héctor de ojos negros en el presente—. No debí proponer algo así sin saber lo que ella era. Fui arrogante. Yo provoqué esto.

  —Basta —dijo Héctor, en la sala mental.

  Miró a la presencia azul.

  —Haz que se detenga.

  La entidad lo observó en silencio.

  —Yo no estoy haciendo nada. Eso eres tú.

  —No, no es verdad.

  La presencia azul comenzó a deformarse.

  Sus bordes se tensaron, se oscurecieron… y adquirieron forma humana.

  Cabello casta?o oscuro. Mirada dura. Postura rígida y una boina.

  Candado.

  —Te dije que esto saldría mal.

  Héctor retrocedió un paso, sorprendido.

  —Tú no eres él.

  Pero el escenario ya estaba cambiando.

  El blanco desapareció.

  Ahora estaban en la habitación de Candado. El escritorio desordenado. Libros abiertos. Una lámpara iluminando con luz fría el centro de la escena. Afuera, la noche.

  La presencia se desvaneció.

  El recuerdo tomó el control.

  Candado estaba de pie, apoyado contra la pared, brazos cruzados. Héctor hablaba con esa energía contenida muy entusiasta y optimista.

  —No lo sé, Héctor. Esto no es tan sencillo, claro que tiene fundamentos, pero no es tan lineal —decía Candado con tono firme.

  —?Por qué no? Ella es como nosotros.

  Candado alzó una ceja.

  —Sí, es cierto. Piensa, habla y dice estupideces como las personas. Pero es un vampiro. Necesita sangre. No es un problema inmediato porque yo puedo suministrarle si es necesario.

  Héctor negó con la cabeza.

  —Pero te digo que, con estos alimentos ricos en hierro, proteínas y micronutrientes similares a los de la sangre, ella no lo necesitará. La sangre no es mágica. Es tejido líquido. Si replicamos sus componentes…

  Candado lo interrumpió.

  —Héctor.

  El tono no fue agresivo. Fue grave.

  —Hay miles de alimentos que contienen agua.

  Héctor frunció el ce?o.

  —?Y?

  Candado se separó de la pared y caminó hasta el escritorio. Tomó una botella de agua medio vacía y la sostuvo en el aire.

  —Esto es agua. H?O. Simple. Esencial.

  La dejó sobre la mesa. Luego se?aló una manzana, de un cuadro que tenía de Natalia.

  —Esta tiene agua.

  Luego sacó un manual de cocina y se?aló todo lo que aparecía ahí.

  El pan.

  —Esto también.

  Luego un plato con comida.

  —Todo esto contiene agua.

  Se giró hacia Héctor.

  —Pero cuando tienes sed, no dices “voy a comer pan porque tiene agua”. No masticas una manzana esperando que sustituya beber.

  Héctor guardó silencio.

  Candado continuó.

  —Porque el agua no es solo un componente. Es una estructura específica. Una proporción exacta. Una forma de asimilación directa. Puedes obtener agua indirectamente, sí… pero no reemplaza beberla.

  Se acercó más.

  —Ahora piensa en la sangre. No es solo hierro. No es solo proteína. Es un sistema completo. Células, plasma, hormonas, se?ales químicas. Tal vez su cuerpo no busca hierro. Tal vez busca la estructura completa. Tal vez su biología no funciona como la nuestra ?Piensas que yo no busqué otras opciones? Necesita sangre, lo bueno es que no necesariamente tiene que ser humana.

  Héctor apretó los labios.

  —Pero si reducimos el déficit, reducimos el impulso.

  —Reducimos —repitió Candado—. No eliminamos.

  Silencio.

  Candado bajó un poco la voz.

  —Tu idea no es estúpida. Es lógica. Tiene fundamento. Pero estás asumiendo que su condición es lineal. Déficit, suplemento, solución.

  Lo miró fijamente.

  —Y no sabemos si funciona así.

  Héctor sostuvo la mirada.

  —?Entonces qué? ?La dejamos depender siempre de ti?

  Esa frase golpeó algo invisible.

  Candado no respondió de inmediato.

  —No —dijo finalmente—. Pero tampoco la vamos a convertir en un experimento por tu optimismo.

  —No es optimismo. Es intento.

  —Es esperanza.

  Héctor se tensó.

  —?Y eso es malo?

  Candado negó con la cabeza.

  —No. Pero cuando la esperanza ignora los límites biológicos, se convierte en presión.

  Se acercó más, ahora a la misma altura.

  —Si falla, no fallas tú. Falla ella. Y ella ya carga suficiente culpa.

  La habitación quedó en silencio.

  Héctor miró el suelo.

  En el presente mental, la escena comenzó a oscurecerse por los bordes.

  La voz del Candado-recuerdo continuó:

  —No todo lo que se puede descomponer en partes puede reconstruirse igual. El agua en una fruta no reemplaza un vaso. El hierro en una lenteja puede no reemplazar sangre viva. Hay diferencias que no vemos porque no somos vampiros.

  Héctor respiró hondo.

  —Pero si nunca intentamos, nunca sabremos. Por favor, tienes que confiar en mí.

  Candado lo observó.

  Y por primera vez, su expresión no era dura.

  Era cansada.

  —Está bien. Entonces intenta —dijo—. Pero entiende que no estás tratando con ecuaciones. Estás tratando con alguien que tiene miedo de sí misma.

  La escena se congeló.

  El Héctor de ojos huecos apareció y murmuró.

  —Fui arrogante, creía que podía ayudarla, creí que podía sanarla.

  El recuerdo se deshizo.

  La habitación de Candado se evaporó como polvo.

  Ahora estaban en un hospital.

  El olor a desinfectante era casi tangible. La luz blanca del techo caía sobre una figura inmóvil en una cama. Un monitor emitía un pitido rítmico y constante.

  Héctor, estaba pálido. Débil. Con una venda gruesa en el cuello.

  Sus párpados temblaron antes de abrirse lentamente. La luz le dolió al principio. Todo estaba borroso.

  Lo primero que distinguió fue la silueta de su madre.

  Y detrás de ella, de pie, inmóvil como una sombra, Candado.

  Cuando Héctor enfocó la mirada, su madre lo abrazó de inmediato.

  —?Héctor! —sollozó, cubriéndole el rostro de besos y lágrimas—. Pensé que…

  No terminó la frase.

  él intentó levantar un brazo, pero apenas pudo mover los dedos.

  Candado salió de la habitación sin decir nada.

  Minutos después, comenzaron a entrar sus amigos. Clementina. Anzor. Lucas. Natalia. Declan. Walsh. Las gemelas. Y todos los demás. Todos con expresiones contenidas que se transformaban en alivio al verlo consciente.

  Había sonrisas. Había lágrimas.

  Había vida.

  Pero cuando Héctor buscó con la mirada entre los rostros…

  No estaba.

  Pasaron horas.

  Las visitas disminuyeron. La noche avanzó. Finalmente, la habitación quedó en silencio.

  Solo él y Candado.

  Candado estaba sentado junto a la ventana, mirando hacia afuera. No parecía cansado. No parecía aliviado.

  Parecía… endurecido.

  Héctor habló con voz rasposa.

  —?Cuánto tiempo?

  Candado no se giró.

  —Una semana.

  Héctor parpadeó.

  Una semana.

  Una semana perdida en la oscuridad.

  Tragó saliva.

  —No vi a Viki.

  Silencio.

  —Porque no fue invitada —respondió Candado con frialdad—. Ya no está en la provincia.

  Héctor sintió que algo se rompía dentro de su pecho.

  —?Dónde…?

  —En el sur. En uno de los terrenos de mi familia.

  Candado por fin se levantó y se acercó a la cama.

  —Pio irá con ella dentro de unos días. Fue pedido de ella.

  —?Cuánto tiempo? —preguntó Héctor, casi sin aire.

  —Quince meses.

  El mundo se volvió peque?o.

  —Yo… no… ?Por qué?

  Candado lo miró directamente. Sus ojos no tenían rabia visible.

  Tenían decisión.

  Se acercó y apoyó ambas manos en los hombros de Héctor con firmeza.

  —Esto es por su bien. Y por el tuyo.

  Héctor negó débilmente.

  —Esto es mi culpa…

  Candado lo sostuvo con la mirada.

  —Así es.

  El silencio se volvió pesado.

  —Es tu culpa —continuó sin elevar la voz—. Tú provocaste esto. Te advertí. No me escuchaste. Y mira lo que pasó.

  Se inclinó un poco más.

  —Tuve que alejarla de todos nosotros. Estuve a punto de molerla a golpes. Estuve a punto de expulsarla del gremio.

  Héctor sintió una oleada de ira. Intentó incorporarse y tomar a Candado del cuello de la camisa, pero sus brazos apenas respondieron.

  —?Sientes rabia? ?Impotencia? ?Molestia? —preguntó Candado, casi en un susurro áspero—. Bienvenido a mi mundo.

  —Malnacido… Ella... —murmuró Héctor.

  Candado no reaccionó a la ofensa.

  —?Qué? ?Ella no tenía la culpa? No seas ingenuo. Ambos son responsables. Estos son los resultados de tus acciones.

  Su voz bajó aún más.

  —Casi mueres.

  El monitor marcó un peque?o aumento en el ritmo cardíaco.

  —Tuve que intervenir para frenar algo peor —a?adió—. No sabes lo cerca que estuvo de cruzar una línea de la que no se vuelve.

  —Yo no te pedí tu ayuda —susurró Héctor con resentimiento.

  Candado cerró los ojos un segundo.

  —Voy a ignorar la estupidez que acabas de decir. Estás dolido. Y confundido.

  Abrió los ojos nuevamente.

  —Pero repito: esto pasó porque decidiste jugar con algo que no entendías del todo.

  Se enderezó.

  —Nada va a cambiar mi decisión. Ella se quedará allá. Necesita distancia. Necesita entrenamiento. Necesita seguridad. Si ella no controla su sed, entonces es un peligro para todos.

  Hizo una pausa.

  —Y tú estarás fuera del gremio por un mes. Hasta que estés completamente recuperado.

  Se dio la vuelta.

  Caminó hacia la puerta.

  La voz de Héctor lo detuvo.

  —?Crees que Gabriela hubiera permitido esto? ?Crees que ella estaría contenta contigo por tomar estas decisiones?

  Candado se congeló.

  El nombre cayó como una piedra en el agua.

  No se giró.

  Sus hombros se tensaron apenas. El silencio se extendió varios segundos.

  —No lo sé —respondió finalmente.

  Su voz ya no era firme.

  Era honesta.

  Y salió de la habitación.

  El monitor siguió sonando.

  Constante y Frío.

  La habitación del hospital se deshizo.

  Volvieron al espacio blanco. Solo quedaban tres figuras: Héctor, la presencia azul… y su otro yo de ojos huecos.

  El doble murmuró, con una voz quebrada:

  —él tenía razón… Solo nombré a Gabriela para herirlo… Sabía dónde golpear… No quería hacerle da?o… No quería que ella se fuera…

  La culpa no sonaba dramática.

  Sonaba avergonzada.

  El Héctor de ojos vacíos comenzó a desvanecerse lentamente, como tinta diluyéndose en agua.

  Pero las manchas negras en el suelo permanecieron.

  Ya no eran peque?as.

  Eran extensas.

  —?Por qué hiciste eso? —preguntó la presencia azul.

  Héctor no respondió de inmediato.

  —Quería salvarla.

  —?Por qué querías hacerlo?

  —Yo… no lo sé.

  La luz azul titiló.

  —?Por qué mientes?

  Héctor inhaló profundo. El aire no existía allí, pero el gesto sí.

  Exhaló.

  —Estaba enojado. Le dije algo hiriente. Sabía que lo era. No se lo merecía.

  —?Por qué fuiste a algo tan personal?

  Héctor alzó la vista.

  No evitó la mirada.

  —Porque sabía que funcionaría.

  Silencio.

  —Quería que dudara. Que retrocediera. Que sintiera lo que yo estaba sintiendo.

  La presencia no respondió. La escena cambió.

  El hospital.

  Héctor en la cama.

  Candado saliendo por la puerta.

  —Eso fue mi culpa —dijo Héctor.

  La escena cambió nuevamente.

  El ataque, la mordida... La sangre.

  —Y eso también fue mi culpa.

  Todo volvió a ser blanco.

  Pero las manchas seguían allí.

  Más densas ahora.

  —Sé muy bien lo que hice —continuó Héctor—. ?Flaqueé en mis pensamientos después de lo ocurrido? Sí. ?Dudé de mis ideas? Sí. ?Dejé de seguir lo que creía correcto? No.

  Caminó hacia una de las manchas.

  Ya no parecía una mancha.

  Era un charco oscuro.

  —Conozco mis proezas… pero también mis límites. Mis miedos. Mis carencias.

  Se detuvo frente al borde.

  —No soy inocente. Tampoco soy monstruo.

  Y se dejó caer dentro.

  La oscuridad lo envolvió.

  No era vacía.

  Estaba llena de recuerdos. Voces. Errores. Argumentos. Momentos donde habló demasiado. Donde pensó demasiado. Donde no pensó lo suficiente.

  Caminó en esa negrura.

  Temblaba.

  Pero no retrocedía.

  —No fue mi moral la culpable —dijo con firmeza—. Yo quería ayudar. Mis métodos no eran los correctos. Fui arrogante al subestimar variables. Pero no actué por egoísmo.

  Se detuvo.

  —Actué por esperanza.

  La presencia azul apareció en la oscuridad.

  —?Piensas que puedes curar el mundo con esperanza?

  —No.

  La respuesta fue inmediata.

  —Pienso que puedo contribuir.

  —?Piensas que puedes salvar a las personas?

  —No.

  —Entonces, ?Qué piensas?

  Héctor levantó la mirada.

  —Pienso que puedo sacar a flote lo mejor que tienen. No crear algo nuevo. No imponer algo. Sacar lo que ya está.

  La oscuridad comenzó a cambiar.

  La presencia azul se multiplicó y adoptó nuevas formas.

  Primero, Adolf Hitler.

  Luego, Iósif Stalin.

  Después, Harry S. Truman.

  Gustavo Díaz Ordaz.

  Pol Pot.

  Y otros más.

  No eran caricaturas.

  Eran figuras humanas.

  —?Incluso ellos? —preguntó la entidad.

  Héctor los observó. No con admiración ni con indulgencia.

  Con gravedad.

  —Sí. Incluso ellos.

  Pero entonces apareció una figura, una que no pensó que vería.

  —Incluso yo ?No? —preguntó una figura con la forma y vos de Candado.

  —No... él no... no tiene nada que ver.

  —?No es eso ingenuidad? —preguntó la presencia azul.

  —No.

  Se acercó a las figuras.

  —Reconocer que fueron humanos no es absolverlos. Es lo contrario. Que haya algo rescatable no significa que sea rescatable a tiempo. Hay gente que cruzó puntos donde lo único moral es detenerlos.

  —?Por qué estoy con ellos entonces, Héctor? —preguntó Candado.

  —Sí, Héctor. Y él… ?qué será? —preguntó la presencia azul.

  —?BASTA! —gritó Héctor.

  La presencia guardó silencio.

  —Si los convertimos en monstruos abstractos, dejamos de analizarlos como personas. Y si no los analizamos como personas, dejamos de entender cómo llegaron ahí.

  Las figuras no desaparecieron.

  Solo lo escuchaban.

  —Deshumanizar al responsable es cómodo —continuó—. Porque entonces el mal parece algo externo. Algo que “aparece”. Algo que no podría pasar aquí.

  Miró a la entidad.

  —Pero sí puede.

  Se?aló a las figuras.

  —Todos ellos alguna vez fueron ni?os. Fueron personas sin poder. No nacieron como tiranos.

  —Eso no responde si tenían bondad.

  Héctor sostuvo la mirada.

  —La capacidad de elegir siempre existe. Que no la usen no significa que no esté.

  —?Entonces todo se reduce a circunstancias?

  —No. Las circunstancias influyen. No determinan.

  La oscuridad vibró.

  —No pedimos nacer. No elegimos padres. País. Lengua. Somos lanzados al mundo. Pero dentro de ese margen reducido… elegimos.

  Las figuras comenzaron a desvanecerse lentamente. Candado empezó a desvanecerse.

  —Al decir “son monstruos”, nos liberamos de responsabilidad colectiva —a?adió—. Las sociedades crean condiciones. Pero las decisiones siguen siendo individuales.

  Miró sus propias manos.

  —Yo tomé decisiones. Me equivoqué. No soy víctima del destino. Soy responsable de mis actos. Pudo morir alguien, pude morir, pude causar una atrocidad.

  La presencia azul lo observó en silencio.

  —?Y aun así crees que todos tienen algo rescatable?

  Héctor respondió sin titubear.

  —Sí. Pero rescatar algo no significa borrar consecuencias.

  La oscuridad comenzó a aclararse.

  —Una persona puede tener potencial de bondad y aun así cometer atrocidades. Ambas cosas pueden coexistir. Lo que no podemos hacer es fingir que una elimina la otra. Podemos perdonar, podemos odiar, podemos crear y destruir, podemos olvidar, podemos recordar. Todos podemos hacer algo.

  La luz regresó gradualmente.

  Volvieron a la sala blanca.

  Las manchas seguían ahí. Pero ya no se expandían.

  —Esto soy yo —dijo Héctor.

  No sonaba heroico. Sonaba consciente.

  —No soy perfecto. No soy redentor. No soy juez absoluto. Soy alguien que intenta… y que asume cuando falla.

  La presencia azul se acercó.

  —?Entonces no buscas salvar al mundo?

  —No.

  —?Buscas comprenderlo?

  —Y actuar dentro de lo que puedo.

  Silencio.

  Las manchas empezaron a perder densidad.

  No desaparecieron.

  Pero dejaron de parecer amenaza. Eran parte del suelo.

  Parte de él.

  Y esta vez, Héctor no retrocedió. Caminó hacia donde estaba suyo sin ojos.

  Se detuvo frente a él.

  —Esto no es un enemigo —dijo en voz baja—. Vos sos yo. Y yo soy vos. No sos un error externo. Sos parte de mí.

  El otro no respondió. Pero él tampoco retrocedió.

  Héctor dio un paso más y lo abrazó.

  No con dramatismo.

  Con aceptación.

  —Esta es mi oscuridad. Mi dolor. Mi culpa. Mi miedo. No debo borrarte. No debo negarte. Si intento arrancarte, me miento. Si te niego, me divido. Lo que tengo que hacer… es convivir.

  El Héctor de ojos huecos lo abrazó también. Y al hacerlo, no desapareció de golpe.

  Se integró.

  Como sombra que vuelve a su due?o cuando la luz cambia.

  La sala volvió a ser blanca.

  Sin gritos. Sin manchas expandiéndose. Héctor quedó solo.

  La presencia azul lo observaba en silencio. Durante unos segundos, no hubo palabras, pero algo comenzó a escucharse.

  No era música. Era ritmo.

  Era el pulso de su propia respiración.

  Y Héctor habló.

  No como quien recita. Sino como quien declara.

  —Camino entre la razón y la compasión.

  No lo dijo mirando al suelo. Lo dijo mirando de frente.

  —No soy solo lógica. No soy solo emoción. Vivo en la tensión entre ambas. En un mundo donde casi nada tiene una única solución.

  Caminó lentamente por la sala.

  —Analizo. Comparo. Estudio. Pienso en política, en sociedad, en estructuras. Veo los engranajes que mueven a las personas. Las causas. Las consecuencias.

  Se detuvo.

  —Pero también veo las manos. Las manos que pueden cambiar esos engranajes.

  La presencia azul inclinó ligeramente la cabeza.

  —Siempre hay una línea —continuó Héctor—. Una que no debo cruzar. Puedo querer salvar. Puedo querer construir. Pero si para hacerlo destruyo lo que digo defender… entonces no estoy salvando nada.

  Su voz no temblaba.

  —La moral no es solo un cálculo frío. No es una fórmula. No es eficiencia pura. Si olvido que las personas sienten, me convierto en lo que critico.

  Respiró hondo.

  —Soy consciente de este mundo. Sé que es desigual. Sé que es cruel a veces. Sé que hay decisiones donde no existe una opción limpia.

  Bajó la mirada un instante.

  —Y aun así, encuentro fuerza en cada segundo que puedo elegir mejor.

  Volvió a alzarla.

  —Mi mente es mi herramienta. Es mi faro. Pero también puede ser mi prisión si la uso para justificarlo todo.

  Se llevó una mano al pecho.

  —Yo no quiero justificar. Quiero entender.

  La sala blanca parecía más amplia ahora.

  —Veo cómo la sociedad se desgasta. Cómo las personas se vuelven duras. Cómo el poder transforma. Y cada vez que tomo una decisión, mi alma vacila. Porque ser firme pesa.

  Sus ojos se suavizaron.

  —Pero vacilar no es debilidad. Es conciencia.

  Dio un paso hacia la presencia azul.

  —No quiero curar el mundo. No tengo ese poder. No quiero salvar a todos. No es mi lugar. Lo que sí puedo hacer… es no dejar de intentar sacar lo mejor de quienes están a mi alrededor.

  Su voz se volvió más clara.

  —Salvar sin herir. Construir sin arrasar. Esa es la línea que debo cuidar.

  Silencio.

  —Cometí errores. Fui arrogante. Fui impulsivo. Lastimé a alguien que no lo merecía. Pero reconocerlo no me convierte en despreciable. Me convierte en responsable.

  La presencia azul comenzó a atenuarse.

  —No soy un héroe. No soy un redentor. No soy un juez absoluto. Soy un ser humano que piensa… y que siente. Cometeré errores y los seguiré cometiendo mientras viva.

  Una última inhalación.

  —Y mientras tenga ambas cosas, razón y compasión, seguiré intentando.

  El eco de sus palabras no fue grandilocuente.

  Fue firme.

  La presencia azul cerró los ojos y desapareció.

  —Tu armonía era real… pero era incompleta. Por lo visto... Te faltaba aceptar que también podés ser cruel.

  —Supongo —contestó Héctor.

  —Ya vi suficiente.

  Antes de que Héctor pudieran decir algo, despertó.

  —Demonios… esta es la experiencia más loca que viví en toda mi corta vida— dijo Héctor con una sonrisa nerviosa.

  Todos giraron la cabeza hacia él al mismo tiempo, incluida Hammya. Héctor estaba de pie, todavía desorientado, con el cuerpo tenso y la expresión de quien acaba de volver de un lugar que no sabe explicar del todo.

  Parpadeó un par de veces, como si comprobara que el mundo seguía en su sitio.

  Luego miró a los demás.

  —Oh… hola —dijo, levantando una mano—. ?Cómo les fue?

  La naturalidad absurda de la pregunta tardó apenas un segundo en hacer efecto.

  Después, todos en la sala rieron.

  Héctor caminó hasta su grupo.

  —?Qué cuentan?

  —Sara y Candado aún no despiertan —dijo Declan.

  Héctor sonrió.

  —No pasa nada, lo lograran.

  —Siempre tan optimista, se?or Héctor—dijo Clementina.

  —Debo serlo—contesto él con una sonrisa firme.

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