Hammya despertó en un mundo desconocido… parecía otro planeta, uno que jamás conoció y, al mismo tiempo, profundamente familiar. Sonrió al estar ahí.
La presencia azul emergió sin anunciarse, como si siempre hubiese estado allí. Su forma era humana, pero incompleta: los bordes de su silueta se desdibujaban, y su rostro mostraba una tensión constante, como si dos expresiones lucharan por imponerse.
—No es la primera vez que nos vemos, ?verdad?
Hammya ladeó la cabeza, divertida.
—?Vos qué decís?
La presencia la observó con atención, como si esa respuesta hubiese activado algo.
—Interesante.
—Vamos —dijo Hammya, cruzándose de brazos—. ?Qué prueba me toca ahora?
Hubo una pausa. La presencia azul pareció inclinarse hacia ella, no físicamente, sino en intención.
—Es curioso… hay algo dentro de ti. No estaba antes. O no de esta forma.
Antes de que Hammya pudiera responder, el mundo se quebró.
El espacio se plegó sobre sí mismo y, de pronto, ambas estaban en un bosque oscuro. El silencio era espeso, opresivo, roto solo por un murmullo lejano que no parecía provenir de ningún ser vivo. Frente a ellas se alzaba un árbol gigantesco, antiguo, con un tronco deformado por una protuberancia irregular.
Desde la distancia, esa deformidad parecía menor. Pero al acercarse, el árbol reveló su verdadera escala: no era una herida, sino un vientre.
En su interior, visible a través de la corteza abierta, yacía una mujer en posición fetal. Desnuda. Suspendida en una sustancia verdosa, viscosa, casi orgánica. Raíces gruesas y finas la envolvían, penetrando su piel con delicadeza cruel, como si no la lastimaran, pero tampoco la dejaran ir. Dormía profundamente, respirando con lentitud, ajena al mundo.
—?Qué es esto? —preguntó la presencia azul, por primera vez sin seguridad.
Hammya sonrió, esta vez sin humor.
—?En serio lo preguntás? Lo sabés muy bien.
—Eres… tú —susurró—. Pero… ?Cómo?
La presencia se acercó al árbol, analizándolo con una atención casi obsesiva. No notó que, a su espalda, Hammya comenzaba a cambiar.
Un brillo suave, casi imperceptible al inicio, recorrió su cuerpo. Su figura se volvió más alta, más firme. La ingenuidad se desvaneció de sus gestos. Su ropa cambió, su postura se enderezó, y cuando habló, su voz ya no pertenecía a la misma Hammya que había despertado allí.
—Por favor —dijo—. Decime que no te resulta interesante.
La presencia se giró lentamente.
—Después de todo —continuó Hammya—, solo sos una personificación de una parte de mi mente. Existís con lo que yo te doy. No podés crear conocimiento nuevo. No podés comprender lo que nunca aprendí. Decime… ?Qué es la teoría de la relatividad?
La presencia abrió la boca. No salió nada.
—…No puedo.
—?Ves? —Hammya bajó la mirada hacia sus manos, examinando sus u?as con desdén—. Y aun así, sé que mis amigos están en tus manos ahora mismo.
—Si ya conocías estas pruebas —preguntó la presencia—, ?Por qué repetirlas?
—Porque necesito que Candado confíe en mí —respondió ella sin mirarla—. Solo eso.
El rostro azul se volvió inexpresivo.
—Ya veo.
El bosque se desmoronó como ceniza arrastrada por el viento. El árbol permaneció. La mujer también. Pero el mundo alrededor mutó hasta convertirse en un páramo cubierto de ruinas: edificios derruidos, calles partidas, restos de una ciudad que alguna vez respiró.
Hammya cerró los ojos. Como notando que había metido la pata, "Hablé de más" dijo casi como un susurro.
Entonces lo escuchó.
Un llanto quebrado, animal, desesperado.
Al darse vuelta, se vio a sí misma. Arrodillada entre los escombros. Abrazando un cuerpo inerte. No necesitó mirar el rostro: la boina caída, los guantes blancos manchados, eran suficientes.
—él —dijo la presencia azul—. Supongo que fue el detonante de tu presente.
—Me olvidé de que hacés esto —murmuró Hammya—. Estoy en mi mente.
Se acercó a su otro yo. La oyó repetir, una y otra vez, como si el mundo pudiera obedecerle:
—Despertá… no me hagas esto… por favor…
Hammya respiró hondo.
—Ya sé cómo funciona —dijo—. Querés que huya, que me quiebre, que lo niegue o que lo acepte. Esa es tu prueba.
Levantó la mirada.
—Sí, me dolió. Y todavía duele. Lo perdí. No porque el mundo fuera injusto, sino porque yo no fui suficiente. Fui débil. Fui confiada. Y por eso estoy acá. ?Eso querías oír?
—?Seguro que es solo eso?
La realidad se fracturó.
No desapareció: se multiplicó.
Cuatro escenarios se superpusieron al mismo tiempo.
En uno, Hammya estaba de pie, con un brazo menos, mirando al cuerpo de Candado atravesado por una lanza. La sangre seca marcaba sus labios. Sus ojos no devolvían nada.
—Candado Barret —recitó la presencia—. Asesinado en un altercado. Demasiado débil para reaccionar. Hammya Saillim pierde un brazo a manos de Tánatos. Candado no fue a la reunión con Sara. Segundo viaje.
Hammya giró el rostro, pero el mundo no se lo permitió.
—Candado Barret, secuestrado por traidores del gremio. Usado como moneda de paz. Torturado. Hammya llega tarde. Lo encuentra colgado del techo, sin ojos. Sara fracasó la prueba, Candado y Hammya no estuvieron presentes cuando ella se quitó la vida. Inicia el tercer viaje.
—Tenés fijación con esto —se burló Hammya, aunque su voz tembló apenas.
—Candado Barret va a la reunión, pero se mantiene al margen. Sara fracasa la prueba. Solo recibe un mineral. Candado insiste. Tres a?os alimentando la piedra con su propia energía. Muere sin haberse recuperado del conjuro. Inicia el cuarto viaje.
Hammya soltó una risa breve, amarga.
—Sí, fue duro. Pero no tanto como olvidarme de alimentar a mi tortuga.
La presencia azul la observó con detenimiento, como si recién ahora empezara a verla.
—?Por qué fingís que no te importa?
Sin mediar palabra, Hammya se detuvo.
En un movimiento rápido y preciso, tomó a la presencia azul del cuello. Sus dedos se cerraron con firmeza, sin titubeos. No hubo sorpresa del otro lado: la figura azul no se resistió, no se estremeció, no mostró miedo alguno.
—Hay cosas con las que no se juega, cristalito —dijo Hammya en voz baja, cargada de amenaza.
La presencia azul la observó con calma antinatural.
—?La violencia es una respuesta… o una evasión?
Hammya apretó apenas más, lo justo para marcar intención.
—No sé —respondió—. ?Vos qué pensás? ?Te parece que quiero huir?
—?Por qué decís huir?
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Antes de que pudiera responder, la presencia azul se deshizo de su agarre como si nunca hubiese estado allí. Su cuerpo se fragmentó en destellos y el mundo volvió a quebrarse.
—Hammya. Primer viaje.
La voz resonó sin necesidad de un cuerpo.
—Haces un pacto con Chronos. Decidís viajar. Evitás conflictos… pero también evitás oportunidades irrepetibles para él.
El escenario se armó ante sus ojos.
Candado no se reunía con Nelson. Jamás se producía la curación. La línea de tiempo avanzaba mutilada desde el origen.
—Caés presa de P.U.R.A. él te salva. Pero los agentes no se rinden.
Hammya vio la persecución. El encierro. La huida incompleta.
—Vuelven por vos. Candado llega… débil.
Lo vio usar lo poco que tenía. Lo vio forzar un cuerpo que ya no respondía.
—Muere en tus brazos —continuó la voz—. Contento. Aliviado. Porque te salvó.
El mundo se detuvo en esa imagen.
Un páramo gris. Ruinas levantadas para los agentes. Un poblado entero reducido a escombros.
Candado estaba ciego.
Extendió una mano temblorosa hasta encontrar el rostro de Hammya. Sus dedos recorrieron su mejilla como si quisieran memorizarla.
Sonrió.
—Pude… salvarte —susurró.
Fueron sus últimas palabras.
Murió allí mismo.
Hammya gritó su nombre. Lo sacudió. Intentó despertarlo, como si la negación pudiera revertir la muerte.
El escenario volvió a cambiar.
—Supongo que haremos esto —dijo Hammya, conteniendo la rabia que le subía como un incendio contenido.
—Segundo viaje —continuó la presencia—. Reiniciás desde atrás. Evitás que Candado pierda a su hermana.
La escena se reescribió.
—Pero no notaste algo fundamental —a?adió—. Cambiaste su realidad… no el mundo.
Los conflictos siguieron existiendo.
—Candado dejó de ser protagonista. No fue líder, ni testigo clave. Solo uno más.
La guerra llegó igual.
—Vos estabas preparada. él no.
Hammya vio el caos. Vio a Candado intentar protegerla sin saber cómo hacerlo.
—Intentar salvarte lo mató.
La escena se oscureció.
—Gabriela desató su ira sobre vos —dijo la voz—. Y te preguntaste qué salió mal.
Hubo una pausa.
—Todo.
El mundo se sostuvo apenas un segundo más.
—La muerte de Gabriela era necesaria. Para su fortaleza mental. Psíquica. Física.
Hammya apretó los dientes.
—Seguí —dijo—. Hablá. Dale. Quiero más.
—Tercer viaje.
El tiempo se reajustó otra vez.
—No salvás a Gabriela. Dejás que todo fluya.
Algo era distinto.
—Sentiste que alguien te observaba —continuó la presencia—. Como si el escenario ya no fuera solo tuyo.
Hammya lo recordó.
—No cambiaste nada… y aun así, algo cambió.
Apareció una mujer nueva.
—Cabello celeste. Nunca antes vista. Ocho.
La escena mostró el primer encuentro.
—Candado fue hostil contigo. Más duro que la primera vez.
Ocho permaneció.
—No se fue. Se quedó.
Hammya no supo por qué.
—Fallaste en tu acercamiento. Decidiste cuidarlo desde lejos.
La distancia se volvió costumbre.
—Candado no conoció a personas clave. Lucas. Germán. Declan. Héctor. Nunca formaron parte de su vida.
Las gemelas aparecieron después.
—Erika y Lucía se volvieron herramientas. No hubo vínculo. No hubo afecto. Solo manipulación.
Hammya cerró los ojos, le dolió mucho ese destino de esas dos.
—Traicionan a Candado contra Tánatos.
El secuestro fue inevitable.
—No lo previste.
Ella quedó destrozada.
—Vos también.
Hammya no respondió.
Miró los restos de los escenarios superpuestos. Las versiones rotas de una misma historia.
Y sonrió.
—Cuarto viaje.
La voz sonó más grave.
—Con una fuerza de voluntad extrema, seguís el guión. Todo ocurre tal cual debía ocurrir.
Nada se desvía.
—Pero Candado jamás se recupera. La razón se reveló lentamente.
El escenario muestra a un Candado distante y severo.
—Nunca confió en vos.
Hammya sintió el golpe en el pecho.
—Se volvió más dependiente de su círculo. Descubriste tarde la verdad.
El mundo mostró a?os enteros resumidos en miradas.
—Solo te siguió el juego. Quería saber qué querías.
Silencio.
—Nunca supo que querías protegerlo.
La escena final fue devastadora.
—Pasó su vida vigilándote —continuó la presencia—. En lugar de cuidarse a sí mismo.
Hammya entendió entonces.
—Por eso murió.
Todo se detuvo.
El ruido desapareció.
La luz se apagó.
Y el bosque volvió a existir, intacto, como si nada hubiera pasado.
Hammya sonrió.
No fue una sonrisa amable. Fue una de esas que nacen cuando alguien sabe que ya ganó.
—?Te divertiste?
La presencia azul la observó con cautela.
—?Eso piensas? ?Que me divierto?
Entonces ocurrió.
La Hammya atrapada en el árbol abrió los ojos.
Despertó de golpe, como si hubiera estado conteniendo el aliento durante siglos. Miró a su alrededor con lentitud, procesando el espacio, el bosque, la presencia azul. Esta reaccionó de inmediato: su atención se volcó sobre ella, intentando analizar su mente, desarmarla, comprenderla.
Pero algo falló.
La información no fluía como antes.
Había una sensación nueva.
No era confusión, no era alerta.
Era… terror.
Hammya soltó una risa baja, disimulada, a espaldas de la presencia azul. Esta se giró de inmediato, sobresaltada.
—Te tengo —dijo Hammya.
Con un movimiento seco, rompió una de las ramas del árbol que aprisionaban a su otro yo.
—Vas a ver lo que pasa cuando se es demasiado curioso, cristalito.
La rama se quebró con un crujido húmedo.
Del cuerpo de la Hammya del árbol emergió una figura traslúcida, de un verde intenso, como una sombra viva hecha de savia y voluntad. Se deslizó fuera del tronco y, sin esfuerzo, atrapó a la presencia azul.
—Eso fue muy grosero —dijo la figura verde con una voz suave, casi divertida—. ?No te ense?aron tus creadores a no meterse con la vida de la gente?
La presencia azul intentó hacer lo único que sabía hacer: analizar.
Se internó en la mente de aquel nuevo ser.
Y ahí fue cuando lo vio.
Demasiado.
Demasiadas imágenes. Demasiadas acciones. Demasiadas decisiones superpuestas. Mundos enteros colapsando y renaciendo. Vidas tomadas, perdidas, preservadas, sacrificadas. Intenciones que no seguían ninguna moral conocida. Amor, crueldad, paciencia infinita, hambre, rencor y odio.
Conocimiento que no debía existir en una sola conciencia.
La presencia azul gritó.
No fue un grito físico: fue mental, absoluto, desgarrador. Había visto cosas que no debía ver. Cosas que no debía saber. Cosas que, incluso comprendiéndolas, no podía sostener.
Era demasiado.
—Oh-oh —canturreó la figura verde—. ?Te rompí? Qué pena.
La presencia azul intentó escapar.
—?Ya vi suficiente!
Nada ocurrió.
—?Dije que ya vi suficiente!
El mundo no respondió.
La figura verde rio, inclinando la cabeza.
—?De verdad pensaste que ibas a irte con todo eso en la cabeza? No, no creo.
Se acercó y apoyó el dedo índice en la frente de la presencia azul, sonriendo con picardía.
—Eso me pertenece, chismosa.
Al momento de tocarla, la presencia azul entro en trance. Hammya observaba la escena, visiblemente sorprendida.
—Wow… recuérdame no hacerte enojar.
La presencia azul perdió la conciencia y se desplomó.
La figura verde la miró unos segundos más, luego giró hacia Hammya.
—Mirá, me da igual lo que estés haciendo —dijo con desinterés—, pero hacelo rápido. Es divertido saber que, mientras te fortalecés, yo también me beneficio.
Se?aló el árbol.
La Hammya atrapada volvía a dormir, inmóvil, protegida.
—Pero solo puede haber una. Y ella… —sonrió— es mía. Haz lo que quieras, sin problema, pero rápido.
Hammya inclinó la cabeza en una reverencia impecable.
—No se preocupe. Jamás me opondría a usted.
Alzó la vista.
—Después de todo, no quiero tener problemas con una diosa.
—Bien dicho —respondió la figura verde—. Ahora puedes irte. Yo me encargo de esta fuga de información.
—Como ordene —dijo Hammya, sonriendo.
La figura verde se le acercó, rodeándola lentamente, inspeccionándola con descaro.
—?Qué pasa? —preguntó Hammya, incómoda.
—Nada —respondió—. Qué bien me veo.
Luego miró al árbol, donde estaba la otra Hammya.
—Cielos… esa semilla. En cinco a?os va a ser una fruta deliciosa. Ya quiero verla… y probarla.
Hammya frunció el ce?o.
—Seguís dando mucha grima, igual que la primera vez que te conocí.
—Sí, me lo dicen mucho. Bueno… adiosito.
Aplaudió.
Todo se desvaneció.
Hammya despertó en la habitación.
Estaba sola.
Se incorporó de golpe, llevándose una mano a la cabeza.
—Dios… eso fue duro.
—Oh, eso fue rápido —dijo Nyrvana con naturalidad.
Estaba sentada, tomando té y comiendo algunos aperitivos.
Hammya se levantó y caminó hacia ella. Nyrvana la miró, extra?ada, pero no dijo nada. Hammya tomó un par de galletas del plato ajeno y empezó a comerlas.
—Dioses, eres una sinvergüenza.
—Créeme, es temporal —respondió con la boca llena.
Nyrvana sonrió y le alcanzó un plato solo para ella.
—Me gusta tu actitud.
—Como dije… es temporal.
Hammya recorrió la habitación. Sus amigos seguían en sus pruebas, con los ojos cerrados, tomados de la mano. Se detuvo junto a Candado y acarició su rostro con suavidad.
Nyrvana lo notó. Pero no dijo nada.
Hammya se alejó y se acercó a la ventana.
—Ahora toca esperar.
—Claro —respondió Nyrvana—. ?Quieres sentarte?
—Es gratis. Claro que sí.
El tiempo pasó.
Casi una hora después, mientras Hammya descansaba contra la pared mirando el exterior, Declan despertó.
Lo hizo de forma abrupta.
Como si hubiera regresado de muy lejos.
El aire entró de golpe en sus pulmones. Su cuerpo reaccionó primero: respiración agitada, músculos tensos, dedos buscando empu?adura. Tardó un segundo en reconocer el techo, las sombras, la temperatura del lugar.
La habitación de Nyrvana.
El pulso le martillaba en los oídos.
Giró la cabeza. Las formas se ordenaron. Paredes. Luz tenue. Presencias conocidas.
Notó a Hammya ya estaba despierta, recostada contra una pared, observándolo con una mezcla de atención y cuidado contenido.
Declan no habló de inmediato. No hizo discurso. No explicó lo que vio. No dijo lo que recordó.
Se acercó un paso. Luego otro.
Y apoyó su mano en el hombro de Candado, con respeto, con certeza, con permanencia.
—Estoy aquí, se?or.
Luego de unos largos minutos, Clementina se había despertado, estaba visiblemente exaltada, sorprendiendo a Declan.
Clementina miró a su alrededor: Hammya y Declan estaban despiertos. Sara, Héctor y Candado aún dormían.
Declan se acercó con cautela.
—?Estás bien?
Clementina analizó al grupo, verificando signos vitales, estados de conciencia, respiración. Todo estaba en orden.
—?Cómo está él? —preguntó.
—Todavía sigue en su prueba.
Declan hizo una pausa.
—?La superaste?
—No lo sé —respondió Clementina—. Dijo que ya había visto suficiente… y se marchó.
—?Y vos?
Clementina sonrió. No fue una sonrisa amplia ni mecánica. Fue peque?a, tranquila, auténtica.
—Supongo que sí.
Se acercó entonces a Candado. Con cuidado tomó su mano. Hammya, que se encontraba a cierta distancia, observó la escena y sonrió suavemente, como si comprendiera algo que aún no había sido dicho.
Clementina retiró con delicadeza la boina de Candado y la colocó sobre su regazo. Luego volvió a entrelazar sus dedos con los de él.
Se inclinó apenas hacia adelante.
—Terminé mi prueba, joven patrón —susurró—. Te estoy esperando.
Declan sonrío, se sentó al lado de Candado.
—Los dos.
Hammya miró la escena con ternura, luego volvió a mirar por la ventana.
—Te prometo, que está vez. Todo saldrá bien—susurró Hammmya—. Lo juro, por favor, termina la prueba y regresa, aún te hecho de menos.
Mientras Hammya miraba por la ventana, una voz rompió el silencio.
—Demonios… esta es la experiencia más loca que viví en toda mi corta vida.
Era Héctor.
Todos giraron la cabeza hacia él al mismo tiempo, incluida Hammya. Héctor estaba de pie, todavía desorientado, con el cuerpo tenso y la expresión de quien acaba de volver de un lugar que no sabe explicar del todo.
Parpadeó un par de veces, como si comprobara que el mundo seguía en su sitio.
Luego miró a los demás.
—Oh… hola —dijo, levantando una mano—. ?Cómo les fue?
La naturalidad absurda de la pregunta tardó apenas un segundo en hacer efecto.
Después, todos en la sala rieron.
No fue una carcajada fuerte ni exagerada, sino una risa compartida, de esas que aparecen cuando el cuerpo necesita aflojar la tensión que ya no sabe sostener.
Hammya también sonrió.

