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El dia del Vizconde y la fiesta de la Rata

  Día 60

  El primer pensamiento de Alistair no fue para la comunidad, ni para las defensas, ni para el dios que lo había condenado a aquel papel. Fue para el frío. Un frío húmedo que se le había colado en los huesos durante la noche y que ahora le recordaba, con terquedad, cada una de las horas de sue?o robado. Ya no yacía en la cama de plumas de la casa del intendente —esa ahora albergaba a tres familias con ni?os que tosían—, sino en un jergón delgado, escuchando el crujido del hielo derritiéndose en el lienzo de su tienda. Aquí, al menos, el remordimiento era más silencioso.

  Despertar, como siempre, fue toda una experiencia. ?Un placer del que los nativos hablan con palabras tan elogiosas?, pensó con una mueca al incorporarse. ?Dicen que los vientos de estas tierras bendicen. Solo puedo agradecerles por su... particular bendición?.

  Con movimientos pausados, se levantó para realizar sus ejercicios matutinos, un ritual destinado a desalojar la rigidez que reclamaba su cuerpo para volver al jergón.

  —Bien, otro día espléndido iluminado por el Gran Rey —masculló mientras un estiramiento provocaba un crujido sordo en su espalda—. Ese dios tan solícito que me reclama para el deber.

  Procedió a vestirse siguiendo una coreografía grabada en su musculatura desde la cuna. Primero, el gambesón acolchado, promesa de protección. Luego, la cota de malla, con su frío susurro de batallas pasadas. Sobre el uniforme azul oscuro, se ci?ó el faldón de combate, y con él, el peso del rango. Después, llegó el acero: guanteletes, grebas, gorjal, cada pieza encajando en un mecanismo letal. Al cerrar la coraza sobre su pecho, contuvo el aliento. Por último, las hombreras doradas coronaron la silueta del comandante, sepultando al hombre exhausto que habitaba en su interior.

  Se estudió en el espejo, una de sus pocas reliquias de civilización. El reflejo le devolvía la imagen de un joven de rostro afilado y una cuidada melena rubia recogida en una cola. Por un instante, una vanidad heredada lo llevó a congratularse por aquel detalle en medio del barrizal. Pero fue un segundo. Unos ojos azules, fríos como el hielo de la ma?ana, lo devolvieron a la realidad. No precisaba más arreglos.

  Una sonrisa pícara asomó a sus labios. Ser guapo era, al menos, una constante en un universo empe?ado en volverse deplorable. Con un suspiro, se alisó el cabello con el peine y su mirada se posó en la tela que resguardaba a su compa?era de batalla.

  —?Qué tal, querida? ?Lista para otra jornada? —murmuró, tomando el asta de madera con familiaridad.

  La alabarda era un fiel reflejo de su vida: una pieza de otra época, letal y anacrónica. La levantó sin esfuerzo, haciéndola girar. La luz se deslizó sobre la ancha hoja de hacha y la larga punta de lanza de un extremo. Luego, con un giro enérgico de la mu?eca, orientó el extremo opuesto.

  Click.

  El sonido fue sutil y preciso. Justo debajo de la punta, una hoja de guada?a, curva y mortal, se desplegó desde el asta como el aguijón de un escorpión.

  —Perfecta. Como siempre —concluyó en voz baja—. Es hora del deber.

  Salió de la tienda para recibir el nuevo día.

  Ante él se desplegaba el asentamiento, una serie de hileras de viviendas toscas que se aferraban al barro. Mientras recorría la senda principal, observó cómo la mayoría de sus ciudadanos aún dormían. ?Sus alojamientos siguen siendo deficientes?, anotó mentalmente. ?Tendré que requerir al capataz para un informe sobre la construcción del molino?.

  Sus pasos eran firmes, sin vacilación, proyectando una autoridad que sentía tan frágil como el hielo matinal. Los administradores, los se?ores Clark y Peele, acudieron a su encuentro con sonrisas tensas y patéticos intentos de disimular su pobre condición física, que no podía compararse a la suya. Dio gracias mentalmente al Rey Solar por el dise?o de su armadura, que le permitía sacar el pecho y mover los hombros con marcialidad, ocultando cualquier rastro de fatiga.

  —Buenos días, se?or Clark, se?or Peele. Una ma?ana más que aceptable, ?no creen? —Sus palabras, dichas con una cordialidad gélida, surtieron el efecto de un café intenso, erizando sus posturas al instante. Sin romper el ritmo de su marcha, los dos hombres se cuadraron y comenzaron a seguirlo, desgranando sugerencias.

  —Oh, gran se?or, esa elfa no ha enviado más misivas —oyó. Las quejas sobre la elfa se habían vuelto la banda sonora de sus ma?anas, un recordatorio constante de un problema que se negaba a desaparecer.

  —El se?or Stone por fin ha mejorado su herrería, aunque el metal escasea para las armas. Pero podemos reciclar —comentó el otro. Al menos estaban agarrando el valor necesario para mencionarle esos temas, lo que solo confirmaba sus sospechas: la situación era peor de lo que sus informes oficiales reflejaban.

  —Sus puntos de vista son válidos, caballeros —cortó él, sin volver la mirada—, pero no constituyen el camino más prudente. Les espero en la reunión de esta tarde para zanjar el asunto. Hasta entonces.

  Los dejó atrás, continuando su paseo de inspección automática, demostrando que conocía cada centímetro de aquella tierra como si fuera el jardín de su propia finca.

  Entonces, una familiar presión surgió detrás de sus ojos. Su visión derecha se ti?ó de un cian fantasmagórico. El mundo ante él se transformó: ya no eran simples viviendas y empaladas, sino un diagrama vivo, un tablero de juego desplegado ante su conciencia. Barras de progreso espectrales flotaban sobre el nuevo campo de trigo, mostrando un 70% de finalización. Iconos verdes y estáticos marcaban a los centinelas en sus puestos. Toda la información, cada hilo del tejido de la colonia, estaba a su alcance. La ironía de aquel poder, un don que le permitía verlo todo excepto una forma de volver a casa, le dejó un regusto amargo en la boca. en la boca.

  Alistair posó su mirada en el asentamiento, evaluándolo con la frialdad de un inspector general. Los campos de hortalizas estaban anegados. Un pu?ado de voluntarios —cinco, para ser exactos— protegía el ganado de los lobos. Las defensas del este se alzaban a un deplorable treinta por ciento de su capacidad; un asunto para el capataz. El molino, casi terminado, era un amargo recordatorio de que la harina integral seguiría siendo un lujo inalcanzable.

  Dedicó las siguientes horas a observar el lento despertar de la colonia. Sus ciudadanos emergían de sus viviendas con parsimonia. Los saludos eran débiles, y el juego de los ni?os carecía del vigor propio de su edad. La falta de energía era palpable; una confirmación más de que la situación se deterioraba.

  —Se?or vizconde —lo abordó un soldado. Era Andrew, uno de los pocos veteranos que quedaban. Lucía una armadura de cuero endurecido y portaba lanza y escudo con la soltura de la experiencia.

  —Soldado Andrews —respondió Alistair, sin apartar los ojos de una serie de iconos rojos que pululaban más allá de las defensas—. Un día encantador, ?no le parece?

  —Los seguidores... —el soldado se corrigió de inmediato—. Los cultistas han regresado. Afirman tener información.

  —Esas alima?as deben ser tratadas como lo que son —repuso Alistair con un asentimiento casi imperceptible, y se dirigió hacia el grupo.

  Allí estaban, con sus túnicas blancas, intoxicando a los menos ilustrados con sus promesas. Su llegada cortó el parloteo de inmediato. El líder, un hombre con una sonrisa de dientes amarillos, se adelantó.

  —Oh, el joven vizconde Alistair. Lamento anunciarle que poseo una información que arruinará su día —su tono goteaba una falsa condescendencia. Alistair no era un ignaro; aquel individuo era responsable de demasiadas desapariciones. Aunque su rostro era una máscara de impasibilidad, el deseo de separar aquella cabeza del torso se avivaba en su interior.

  —Cultista —la voz de Alistair fue fría y cortante como el acero—, su presencia no es de nuestro agrado. Sea breve con su informe. —Una leve y glacial sonrisa se dibujó en sus labios, mientras su mano acariciaba distraídamente el asta de su alabarda. El mensaje era claro—. Lamentablemente, no podré atenderle en persona. Esperamos la visita de un caballero de temperamento... poco razonable. Sería una lástima que su estancia coincidiera con la de ustedes.

  —?Créeme, Alistair, tu existencia es tan miserable como la mía! —escupió el cultista, descartando toda pretensión de civismo—. Tu preciada elfa ha convocado a un anciano de su raza y ha adquirido una bestia mágica. No busca comida, sino armas. Ya comprende lo que eso significa, ?verdad?

  —Bien —replicó Alistair, imperturbable—. Esto impone un reajuste en nuestras negociaciones con la sacerdotisa Namys. Agradezco su... generosidad al informarnos. Ha sido un intercambio productivo. Espero poder... recibirles de nuevo en el futuro. —Inclinó ligeramente su alabarda. El cultista, con los dientes apretados y la máscara de civilización hecha trizas, ya no podía ocultar su vulgaridad.

  —?Maldito seas, noble! ?Esta tierra no es tuya! Cuando el Culto de Asfin lo reduzca todo a cenizas, serás mi juguete personal! —Aulló, y una saliva amarillenta cayó al suelo antes de girarse y marcharse.

  Alistair sintió el peso de las miradas: soldados, voluntarios, colonos. Todos aguardaban su reacción. Bendijo interiormente las interminables partidas de póquer de su juventud.

  Una joven se acercó y le ofreció un pa?uelo. él lo aceptó con una elegancia innata.

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  —Qué agresividad tan innecesaria —comentó, limpiándose con una delicadeza exagerada—. Se nota la ausencia de un buen té y hierbas aromáticas. La civilización es lo único que se interpone entre el orden y el caos más absoluto. —Sus palabras, dichas con seriedad, arrancaron risas comprensivas de los presentes.

  Acto seguido, se volvió hacia un soldado.

  —Andrews, informa al capataz Wallace. Las defensas del este no se repararán solas.

  Sin más, se dirigió al edificio central, el último bastión donde, en teoría, el hombre se separaba de la bestia. Pero al entrar y ver a sus subordinados discutiendo, una duda cáustica lo asaltó: ?acaso las bestias habían invadido este recinto, o era él simplemente un domador de animales especialmente testarudos?

  Caminó con parsimonia hacia el asiento principal. Las discusiones cesaron de inmediato, como si hubiera cortado el aire con un cuchillo. Observó cómo cada uno de aquellos peque?os líderes, junto al único mago de la colonia, adoptaba una compostura rígida y artificial. Los miró a cada uno, uno por uno, permitiendo que el silencio cargara la estancia de autoridad.

  —En esta reunión zanjaremos varios inconvenientes —comenzó, con una voz tan baja que obligó a todos a aguzar el oído—. Nosotros protegemos y damos un rumbo. Parker, ?cómo se encuentran los víveres?

  A partir de allí, solo escuchó una letanía de informes decepcionantes. Varios hombres habían sufrido electrocuciones leves, toda una hilera de hortalizas estaba perdida y, para coronar el desastre, el se?or Cooper, el líder de los voluntarios, había resultado herido en un enfrentamiento con bandidos. El se?or Taylor, con su magia, lo había estabilizado, pero las bajas y heridas se acumulaban como una losa.

  —?No hay tiempo! Nos estamos muriendo. ?Esto es una mierda! —estalló el capataz, soltando la queja grosera y predecible.

  Alistair lo miró con la paciencia de quien observa a un ni?o berrinchudo.

  —Capataz,entendemos su frustración —dijo, y el plural mayestático sonó a sentencia—, pero en esta mesa se viene a buscar soluciones a los inconvenientes, no a gritar como un campesino ebrio. —Rega?ar a un hombre que podría ser su padre no le producía placer alguno, pero era su deber. Un suspiro leve, casi inaudible, se le escapó.

  —Le dimos una oportunidad a Namys. La tormenta no fue su culpa, lo sé. Pero su silencio... su silencio sí lo es. Nuestros hijos tienen hambre ahora— un viejo sátiro habla con una voz cansada y suena apagada sus cuernos partidos a la mitad,le falta un ojo.

  Antes de que pudiera calmar a su gente, las pesadas puertas de roble se abrieron con lentitud ceremonial, accionadas por dos soldados. Y allí, plantado con una confianza desafiante, estaba Baker Fisher, el cartero. Detrás de él, dos varanos de complexión formidable cargaban sendas cajas de madera, más grandes que el torso de un hombre.

  —Para Alistair Frederick Cavendish, Vizconde de Strathearn —anunció Fisher con una voz clara que cortó la tensión de la sala—. Un humilde servidor que trae noticias desde la patria. —Extendió la carta, no hacia Alistair, sino hacia el se?or Cooper, quien, desconcertado, la recibió y la pasó a su comandante. Acto seguido, el cartero ejecutó una reverencia perfecta y se retiró con sus guardianes, dejando las misteriosas cajas en el suelo de tierra batida.

  Con una calma estudiada, Alistair partió el sello de la carta. Era del capitán Thomas, y sus órdenes eran tan claras como un disparo: debía tomar el puesto de avanzada élfico. Una misión de suicidio con guantes de seda.

  Alzó la mirada y la paseó por cada rostro en la estancia. Aunque intentaban ocultarlo bajo capas de resignación, pudo ver el destello de una esperanza ruin en sus ojos: la esperanza de un milagro, de una escapatoria a aquella miseria deplorable. "Y como recompensa", pensó con amargura, "podrá tomarlo para sí mismo y tendrá un permiso de expansión y desarrollo". La traducción no podía ser más obscena: "Lo que pueda arrebatar con sus u?as y mantener con su sangre, es suyo".

  —Caballeros. Mi gente —comenzó, y vio cómo esa esperanza se encendía—. Nos han concedido el inmenso honor de representar a la Corona en una misión de vital importancia. —Con cada palabra, observó cómo ese fulgor se apagaba, sustituido por el realismo de la carnicería que se avecinaba. En los ojos del se?or Cooper, en particular, pudo ver nacer un rencor silencioso y profundo.

  —Sé que muchos de ustedes están preocupados —prosiguió, alzando ligeramente la voz—, pero les aseguro que no estamos solos. Tenemos al Gran Rey, al dios de los cielos, de nuestro lado. —Hizo una pausa calculada, dejando que la vacuidad de aquel consuelo divino calara en la sala, y vio, con cierto desprecio, cómo algunos adoptaban una mirada de determinación fanática.

  Se puso en pie de un fluido movimiento y, sin aparente esfuerzo, abrió las dos cajas de un golpe seco. El contenido quedó a la vista: la mayor parte del cargamento consistía de una docena de los confiables y anticuados Lee-Enfield, fusiles de cerrojo perfectos para barrer la meseta. Pero fue el lote más peque?o, menos de una docena de fusiles de asalto AK-47 con sus cargadores curvos, lo que hizo que una ceja de Alistair se arqueara levemente.

  —Bien —masculló para sí, el significado de aquella mezcolanza quedando claro—. Alguien, en su infinita sabiduría, no espera una escaramuza, sino una carnicería en los bosques.

  —No es mucho —concluyó, dejando que el brillo pragmático del acero hablara por sí solo—. Pero confío en que será suficiente para que nuestras muertes tengan, al menos, un toque de dignidad imperial. Un peque?o consuelo, pero un consuelo al fin.

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  En su trono de chatarra y despojos, Velsvar observaba con ojos entrecerrados cómo sus R?ttfolk se apelotonaban, estirando el cuello y forcejeando por un mísero pedazo de pescado podrido. Una sonrisa amplia y forzada se dibujó en su rostro mientras contemplaba el espectáculo de brutos revolcándose en el suelo lodoso, rodeados por docenas de sus congéneres que olfateaban y empujaban en un frenesí de hambre y estupidez. Aquella era su corte, su reino, y él, el director de aquel circo de miseria.

  —?Y así la gran peque?a, la enviada divina, vino y me reveló al gran chamán! ?La quieren escuchar? —gritó, alzando los brazos con dramática exageración. Sus súbditos respondieron con un coro de chillidos agudos, ansiosos por cualquier distracción que los alejara de su realidad. Aprovechando el momento, Velsvar lanzó hacia la multitud unas cajas metálicas de fabricación humana que había robado en una incursión anterior. Los artefactos explosionaron con estruendo, liberando una nube de humo y chispas que iluminó la estancia.

  —?Ooooooooh! ?Ziziziziziz! —aulló la multitud, mientras varias ratas cercanas se retorcían en el suelo, más por el susto y la confusión que por el dolor real de la explosión, que había sido calculada para impresionar más que para da?ar.

  —?Los débiles no son dignos! ?Solo yo, el ya gran, gran Velsvar, puede saber! —proclamó entre carcajadas forzadas, que sonaron como un graznido metálico—. ?Jajajaja! ?Ziziziz! ?Débiles tontos! ?El gran Velsvar! —Mientras su risa eco en el salón, su mirada se desvió hacia un grupo de idiotas que, en su entusiasmo descontrolado, habían hecho estallar una sección de la pared con los pocos explosivos que tenían. Los escombros volaron por los aires, y el polvo se mezcló con el humo ya existente.

  Pop, pop, pum!

  Pero Velsvar no inmutó. Con una agilidad sorprendente, ejecutó tres volteretas laterales que lo impulsaron hacia el centro de la atención, aprovechando el impulso para patear con desdén a una de las R?ttfolk más astutas, que momentos antes había gritado mal su nombre—"Valscer"—provocando las risas de unos cuantos. él lo había notado al instante, como siempre notaba todo.

  —?Mi nombre es el gran VELSVAR! —rugió, y con un floreo final, sacó de los pliegues de su túnica un pu?ado de fuegos artificiales. Los encendió con un gesto teatral, y una lluvia de chispas coloridas estalló sobre las cabezas de su pueblo. Por un momento, el hedor a basura y la miseria se disiparon bajo el resplandor efímero. Observó con satisfacción cómo todos gritaban su nombre al unísono, cómo sus risas—artificiales, pero sinceras en su entrega al caos—llenaban el aire y, por un instante, ahogaban el peso de sus propias preocupaciones. Aquel era su truco más valioso: convertir la desesperanza en un espectáculo, y el miedo, en una farsa que solo él podía dirigir.

  Con la astuta aún bajo sus pies, a la que no dejaba de dar golpes con su cola para que recordara quién era el jefe, Velsvar dirigió su mirada hacia los dos brutos que ahora lo observaban, expectantes. Con un truco practicado mil y una veces, corrió con un gran impulso, dio un salto, giró en el aire y, sin cometer el más mínimo error, se colocó sobre los hombros de ambos, formando una pirámide humana tambaleante.

  —?Hermanos de cola! ?Escuchen a Velsvar! —vociferó, alzando los brazos para dominar la sala—. Los elfos flacos piensan que somos alima?as... ?Zzz-akk! ?Pero les mostraremos! Somos la tormenta de hierro que sale de la tierra. Nuestra logística es impecable, nuestras armas, instrumentos de sinfonía explosiva! ?No es una batalla, es una cosecha! Y nosotros venimos a recoger el botín más jugoso de todos: ?su arrogante fortaleza!

  Los cientos de R?ttfolk respondieron a su grito, a su llamada, como siempre, como debía ser. Pero, mientras las alabanzas llenaban el aire, su mente fría los diseccionaba. Pulgas. Como pulgas en mi magnífico pelaje. Tontos, ignorantes, sucios, traidores. Me miran, me adoran, pero no saben nada. Ninguno.

  —?Veo duda en algunos ojos! ?Skreee! —chilló, se?alando al azar hacia la multitud—. La duda es para los enemigos. Nosotros tenemos la estrategia superior. ?Su magia? ?Se apagará con nuestra voluntad de acero! ?Sus muros? ?Los convertiremos en escombros gloriosos con nuestro poder de fuego concentrado! ?En tres horas tendremos sus almohadas de pluma para dormir la siesta de los victoriosos!

  Y para terminar, no podía faltar el broche de oro. De debajo de su túnica sacó el mayor fuego artificial que poseía, del tama?o de un brazo humano. Apoyándolo en su axila derecha, buscó a tientas una caja de cerillas.

  —?Vamos a ganar! ?Velsvar lo liderará! ?Confíen en la estrategia de Velsvar! —gritó, mientras sus torpes dedos intentaban rasgar una cerilla. La primera se quebró. La segunda apenas brilló un instante antes de apagarse, quemándole la yema del dedo.

  —?Aaa! ?Velsvar lo liderará! ?Confíen en la estrategia de Velsvar! —volvió a gritar, enmascarando el dolor con más bravuconería. Las risas de su público, lejos de amainar, crecían con cada intento fallido, alimentando el espectáculo involuntario. Para empeorar las cosas, los dos brutos que lo sostenían, nerviosos por la demora, comenzaron a alejarse el uno del otro, obligando a Velsvar a hacer un split forzado sobre sus hombros. El público estalló en carcajadas, algunos rodando por el suelo. Los gritos de su nombre se mezclaron con chillidos de diversión, y Velsvar no tuvo más remedio que mantener la sonrisa y soltar carcajadas falsas, como si todo fuera parte del plan.

  Por suerte, justo cuando el split alcanzaba su límite doloroso, por fin una cerilla encendió la mecha. Una explosión sorda espantó a los brutos, que se apartaron de golpe y lo dejaron caer al suelo, pero ya nadie los miraba a ellos. Todos los ojos estaban clavados en el cielo, donde el fuego artificial estalló en una cegadora floración de chispas azules, tan brillantes que hacían doler la vista. El destello no tenía una forma clara, era un caos de azul eléctrico y zarcillos de un azul profundo que se expandió bajo el techo de la caverna, iluminando cada rostro atónito con un resplandor fantasmal.

  Sin perder más tiempo, Velsvar se incorporó y, con varios saltos ágiles usando las cabezas y hombros de su corte como escalones, llegó hasta el candelabro más alto que colgaba de una viga.

  —?Nuestra metodología táctica es simple, como la mejor basura: directa y efectiva! —anunció, balanceándose peligrosamente—. ?Fase uno: fuego de distracción frontal! ?Zzz-akk! Usaremos el protocolo de emboscada clásica. ?Fase dos: flanqueo rápido por los túneles laterales, una maniobra de disrupción logística enemiga! ?Les cortaremos la cola! ?Fase tres...! —hizo una pausa dramática, sabiendo que esa fase solo existía en su plan de escape—. ?La fase tres es una sorpresa estratégica que revelaré cuando sea el momento! ?La sorpresa es la mejor arma!

  Su grito final fue recibido con una ovación ensordecedora. Logró ignorar cómo la manga de su túnica still humeaba por la cercanía del fuego artificial, y cómo una quemadura punzante le recorría el brazo. Por un instante, ba?ado en el resplandor azul que se desvanecía y vitoreado por cientos de voces, una chispa de esperanza, absurda y fugaz, creció en su pecho. Tal vez... solo tal vez... puedan ganar.

  Fin

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