Día 60
La oficina estaba abarrotada de estantes que se alzaban repletos de libros: tratados de historia, volúmenes de economía, poemas y tragedias. En el centro, una alfombra de piel de oso, desgastada por los a?os y moteada de moho, cubría el suelo. Sobre un imponente escritorio de caoba, varias macetas con brotes de trigo competían por el espacio con montones de documentos: identificaciones, permisos de seguridad y cartas de toda índole, ordenadas en pilas perfectas que crecían con cada nueva firma de Namys.
La elfa de cabello negro azabache estudiaba con atención un informe de su subordinada. Una sombra de preocupación nubló su rostro al leer cómo la actividad de cultos disfrazados de bandidas iba en aumento. Se habían instalado en cuevas demasiado bien construidas para ser obra del azar, lo que indicaba, casi con seguridad, una conspiración. Sin embargo, por el momento, decidió dejar el asunto ahí.
Namys tomó unas respiraciones profundas, bebió un sorbo de agua y se colocó una pastilla de calma bajo la lengua. Necesitaba toda su compostura para lidiar con los inútiles a su cargo, esos fracasados incapaces de mantener un puesto de avanzada. Demasiados comerciantes habían empezado a marcharse, y aquellas ratas de los R?ttfolk volvían a rondar el perímetro, buscando puntos débiles. Por la información que Gazazo le había proporcionado, estaban reuniendo equipamiento de puestos tauren abandonados. Solo esperaba que no naciera un Rey Rata entre ellos. No contaban con los soldados suficientes para mantener segura la base, y los costos de contratar mercenarios y la consiguiente pérdida de confianza serían catastróficos.
Apretó los pu?os. Sobre el escritorio, las cartas de un viejo amigo le informaban de que tardaría cuatro meses en llegar; su hija estaba inmersa en una disputa para ganar el honor de casarse con una arpía. Namys no quería parecer amargada, pero el viejo debería saber la importancia de su petición. ?Acaso esperaba que le suplicara?
Su mirada se perdió en el vacío. Suplicar era una opción fácil, pero él lo sabía: no querría eso de ella. Aunque Namys lo haría sin dudar. Tal vez el sexo... era lo más probable. El viejo siempre había tenido ese fetiche por el chantaje. La idea le resultaba un asco. Mientras sopesaba cómo arreglar la situación económica, la puerta se abrió y entró su hijo mayor, Narel Genrona.
Con sus ciento cuarenta a?os, Narel poseía la apariencia de un elfo muy tradicional: pelo suelto, un cuidado mínimo en su aspecto que se limitaba a la higiene básica, y un tenue rímel de color verde.
—Madre, ?cómo estás? Espero que la gracia de la Gran Madre esté contigo.
Aquella sonrisa cordial, aquella calma, la llenaban de orgullo. Pero no podía olvidar que era el hijo más distante, el que a menudo había hecho de padre para sus hermanos.
—Hijo mío, la gracia siempre está conmigo por tenerte a ti y a tus hermanos.
Los cumplidos no arreglarían nada, pero podía ver cómo sus elogios le arrancaban una sonrisa. "Muy fácil de manipular", pensó. Pero, de nuevo, ella era su madre. Era lo justo.
—Madre, el orco está... —Que a Narel le faltaran palabras era preocupante—. Estable, por ahora. Es de una brutalidad formidable y su uso de la máscara del águila poderosa es muy básico, pero la emplea más como un apoyo. Está todo en los informes.
Recibir los informes de manos de su hijo mayor era una de las peque?as cosas que la alegraban, pero ese profesionalismo excesivo... Suspiró.
—Madre, no digo que sea bueno...
Namys se limitó a alzar una ceja. Su hijo se calló de inmediato, evitando decir algo inapropiado sobre su interés en Gazazo. Namys era lo suficientemente mayor, y Narel no quería un rega?o. Se marchó cabizbajo, lo que le arrancó una sonrisa a Namys. Al menos, su hijo estaba más calmado.
Una vez que su hijo se hubo marchado, Namys se permitió un momento para pensar en Gazazo. "Ese mestizo orco está empeorando", reflexionó, pero a diferencia de Narel, ella sabía que aquel hombre estaba intoxicado por el peor de los venenos: una esperanza que lo consumía. No se permitía vivir el presente; solo anhelaba un futuro redentor. Sus heridas se multiplicaban cada día, y esa lucha desesperada le confería un atractivo brutal. Namys se sonrojó ligeramente al recordar a los viejos orcos de los que había oído hablar, aquel "sue?o" que los acosaba con mayor ferocidad cuanto más cerca estaban de la muerte. Esa clase de voluntad era digna de elogio. Pero, por desgracia, ella ya era demasiado mayor para embarcarse en una relación con alguien tan inestable. No deseaba pasar sus sesenta a?os de vida restantes ejerciendo de cuidadora.
Al retomar los informes, se mordió el labio inferior al leer la descripción de cómo Gazazo había irrumpido en un campamento y, con su alabarda, había desatado una cuchilla de viento que partió por la mitad a todos los atacantes. Cómo se lanzaba al combate sin importarle las heridas. Según las observaciones de su hijo mayor, en numerosas ocasiones había logrado predecir los movimientos de sus objetivos incluso cuando usaban magia de ocultamiento; otras veces, esos sentidos agudizados fallaban sin motivo aparente. Aún no estaba claro cómo funcionaban.
Pasando las páginas, notó que su hijo seguía incluyendo peque?os detalles sobre el comportamiento de Gazazo. Namys pensó que mandarlo contra los R?ttfolk sería una opción excelente, "si ese imbécil de Norna y esa tonta de Loreleia no hubieran malgastado los fondos en construir un Zeppeport". Golpeó la mesa con el pu?o, con tanta fuerza que retumbó en la habitación.
—?Por qué alguien querría venir al medio de la nada! —exclamó.
Fue un arrebato infantil e incompetente. Tomó una respiración profunda y se apoyó en el respaldo de su silla. Observó su oficina mientras la duda la carcomía. "Debería haberme quedado en Saitami", pensó. Le había costado mucho comprar una casa allí, pero no... tenía que cumplir aquel estúpido sue?o de la infancia.
Antes de que pudiera sumergirse en un mar de lamentos y de que hubiera terminado el papeleo del día, Loreleia irrumpió en su oficina sin ningún miramiento. Y, como resultado, terminó instantáneamente pegada contra la pared por un entramado de zarzas vivas que surgieron de la madera.
—Aún no aprendes, ?verdad, ni?a? No entres así en mi oficina —dijo Namys con una frialdad moldeada por siglos. Observó a la ni?a mimada y recordó que solo estaba en ese lugar por un favor a un viejo amigo. "Lo mataré cuando lo vuelva a encontrar por criar tan mal a sus hijos." En serio, él la tenía a ella como ejemplo de cómo educar a los jóvenes. "Y además son la Nueva Generación por la guerra. No tienen excusa."
—?Me escuchó, se?ora?
Namys no le concedió más que un frío asentimiento. La soltó, y Loreleia se marchó, intentando aparentar una caminata firme que le faltaba dignidad. "Esos críos creen que es buena idea hacer una fiesta para celebrar el establecimiento de la ciudad, cuando esto ni siquiera es un pueblo. No hay aldeas, las tierras no se cultivan." No le habían llegado informes de sus agentes en el castillo, y sus subordinados habían realizado inspecciones en un radio de cinco kilómetros: no había aldeas, solo grupos de vagabundos.
Releyendo varios informes, sus sospechas aumentaron. "Estos grupos se han estado reuniendo en el norte, los R?ttfolk en el este, y los cultistas no tienen un patrón claro." Alguien —o algo— estaba congregando esas fuerzas dispersas. O se estaban preparando para un ataque masivo, planeando usar una victoria sobre un noble —el lord Norna del Imperio Esmeralda— para acumular poder y proclamar un nuevo líder. "Pero, ?quién? ?Los Tauren del reino de Seiza? ?Los humanos del reino Yulen?"
Pasó sus dedos por su piel, aún suave para una humana. Cualquiera que la viera pensaría que no había envejecido, pero sus orejas ya no eran tan flexibles, y su piel había ganado surcos finos, como la madera vieja. Su cuerpo se mantenía fuerte, pero ya no respondía con la agilidad de anta?o. Sin embargo, eso no le preocupaba. Su verdadero poder siempre había residido en su mente.
Con un suspiro resignado, se dirigió a la fiesta. Llevaba un vestido simple y caminaba junto a su hijo mayor, Narel, que portaba varias botellas de vino sin alcohol. Su recorrido por la base resultó desolador: lo que anta?o fue un mercado rebosante de especias y grano, ahora era un negocio de poca monta dedicado a armas, prostitutas y mercenarios. "Lo único bueno —si es que podía llamarse así—, pero con la situación actual, no son más que escoria", pensó con amargura.
—Narel, esas prostitutas... ?pertenecen al sindicato de la Madam Seteq? —preguntó. Lo último que deseaba era una visita de esa mujer. Ya se había librado de ella una vez, hacía a?os. Darle ahora algún motivo sería su perdición.
—Sí, madre. Cada una de las mujeres de compa?ía está registrada. Pero dadas las circunstancias, no me sorprendería que hubiera alguna ilegal o de otro sindicato —respondió él con seguridad, aunque se cubría las espaldas al no ofrecer garantías absolutas.
Al oírlo, la mente de Namys se disparó. "Lo último que necesito es que Seteq aparezca aquí." Su mirada viajo, a través de las paredes a su oficina, en dirección a su caja fuerte. Dentro, conservaba el único activo que podía frenar a esa mujer: la cabeza cortada de la propia hija de Seteq. Era su carta definitiva, un seguro macabro. Se preguntó, no por primera vez, si el espectáculo de los restos de su vástago bastaría para distraer a la madam el tiempo suficiente para escapar, o si, por el contrario, la empujaría a una venganza aún más sangrienta. Mientras, el proyecto secreto que guardaba con la cabeza—su modificación lenta y meticulosa en un artefacto—continuaba su curso.
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La caminata fue rápida y sin incidentes. El salón de baile estaba inusualmente silencioso. En el centro del mismo, Lord Norna, Loreleia y Feno se encontraban arrodillados frente al bastardo Reptar Yindan. Este lucía unas coletas dobles y una piel surcada de arrugas, de un tono oscuro digno de un anciano de casi doscientos noventa a?os —a apenas una década de encontrar la muerte.
—?Namys! Qué bien que llegaste. Estaba hablando con estos jóvenes y son muy amables. ?Incluso organizaron una fiesta de bienvenida! —exclamó Reptar.
"Ese anciano ingenuo en verdad se lo cree", pensó Namys, aunque se reconfortó al saber que, al menos, el problema con Reptar parecía solucionado.
Tomó una copa que le sirvió su segundo hijo, vestido como un sirviente. "Tendré que hacer una revisión para ver si ha cumplido con su tarea de vigilar a sus hermanos y al fracasado de Feno", evaluó mentalmente. Su segundo hijo era el más nervioso y ansioso, pero los rigores de su crianza mantenían esos impulsos bajo control. "Después de todo, ya tiene ciento veinte a?os", se recordó a sí misma.
Mientras el vino sin alcohol mojaba los labios de Namys en medio de la farsa cortesana, a kilómetros de distancia, el aire olía a sangre y tierra revuelta.
El campamento era un matadero. Entre ruinas y cadáveres, Gazazo observó cómo el tótem de Togaz absorbía la esencia de los caídos. Su atención, sin embargo, estaba clavada en su presa. Podía saborear la sangre que emanaba de su propia pierna izquierda; un tropiezo lo había dejado al descubierto.
CRACK.
Un golpe sordo, como el de un le?o al quebrarse, resonó en el silencio. La vibración recorrió la alabarda y sacudió las manos llenas de cortes de Gazazo. Su enemigo —el hombre de la máscara de jabalí— emitió un grito que se ahogó en su garganta cuando un chorro de sangre espesa y oscura comenzó a brotar del mu?ón donde moments antes tenía un brazo. Demostrando que es un enmascarado, el hombre no cayó. Tambaleándose, miró con incredulidad su propio brazo cercenado en el fango, los dedos aún contrayéndose en un espasmo postrero. El aire se saturó con el olor metálico del cobre. Gazazo sabía que al hombre le quedaban menos de un minuto de vida. El suelo bebía su sangre con avidez.
Una respiración agitada le quemaba los pulmones a Gazazo. Para su disgusto, un temblor incontrolable recorría su brazo. ?Fallará? ?Ahora?
Vamos. Fui hecho para la resistencia. Soy el escudo. Soy la hierba que no muere. No moriré.
Alzó la mirada justo a tiempo. Su presa, ahora transformada, era una pesadilla hecha carne. La máscara de jabalí se había fundido con su cráneo, cubierta por un pelaje rojo y sanguinolento. Con su única mano restante, blandiendo un mazo pesado, soltó un rugido que hizo sangrar las orejas de los bandidos cercanos.
Gazazo respiró con dificultad, el gusto a cobre llenándole la boca. No supo si era de la nariz rota o de un diente partido. Tampoco le importaba.
El rugido ni siquiera había terminado de formarse en la garganta del jabalí cuando Gazazo ya estaba moviéndose. No era velocidad, era presagio. Un latido de dolor, agudo y familiar, le taladró el cráneo, pero no era por el sonido; era el precio de forzar su don, de empujar su mente más allá del agotamiento. Su mundo se redujo a un zumbido blanco y a un solo pensamiento, un mantra que era más un clavo ardiendo al que aferrarse:
Soy el escudo. La hierba que no muere. No moriré.
Detrás de esas palabras, sin necesidad de ser nombrada, estaba la imagen de Togaz. No un dios, sino una sonrisa, una mirada, la razón por la que cada jadeo valía la pena. Por ella, el aire mismo se doblegó. Con un esfuerzo de voluntad que le arrancó lágrimas de los ojos, erigió un muro de aire denso, de múltiples capas, que se materializó un instante antes de que el rugido sónico impactara contra él.
La alabarda en sus manos pesaba como un yunque. Cada músculo le ardía, y el simple hecho de sostenerla le restaba el último aire de sus pulmones. Era un lastre. Un lastre que lo mataría. Con un gru?ido ronco, la soltó. La agilidad que necesitaba no estaba en el metal, sino en su cuerpo exhausto, en su voluntad, en el recuerdo de Togaz.
El hombre-jabalí cargó. Gazazo no huyó. En su lugar, usó el viento como un resorte bajo sus pies, impulsándose hacia un lado en el último segundo. El mazo pasó rozando su costado, pero Gazazo ya estaba dentro de su guardia. Agarró al monstruo con un forcejeo que le hizo gritar a su espalda herida, y con una fuerza que no sabía que le quedaba, lo levantó.
?Para Togaz. Todo es para Togaz.?
Azotó al hombre-jabalí contra el suelo con un impacto seco. La sangre enmascaró su visión, sus oídos sangraron por un grito a quemarropa, pero no se detuvo. Agarró al cuerpo aturdido y, canalizando el último jirón de su poder, giró. Fue un torbellino de pura rabia, un tornado de un solo hombre que acumuló fuerza centrífuga antes de soltar a su presa.
El enemigo salió despedido como un proyectil, estrellándose contra una hilera de árboles con una sucesión de crujidos. Esta vez, ni su bestialidad pudo salvarlo. Intentó ponerse en pie, pero sus piernas fallaron, y se arrodilló, vencido.
Uno menos. Un obstáculo menos entre ella y yo.
El campamento bandido era un matadero silencioso. A la luz mortecina de las antorchas que se apagaban, Gazazo observó el resultado de su ira: cuerpos partidos por la cuchilla de viento que había desatado, un gasto de energía que el tótem en su espalda ahora le cobraba con una hambre feroz. Su mirada recorrió el perímetro: las empalizadas de madera tenían brechas abiertas por su embestida inicial; dos torres de vigilancia se erguían, una intacta y otra inclinada peligrosamente; un pu?ado de chozas mal construidas, algunas con las paredes reventadas, completaban el cuadro de ruina. Serían suficientes. Escombros para usar, puntos altos para ganar ventaja.
Había dejado atrás a los mercenarios. Había visto al hijo de la elfa, la vacilación en sus ojos jóvenes. Un riesgo. Un punto débil. La misión no podía tenerlos.
Para Togaz. Todo para Togaz.
Se apoyó contra una de las chozas, la madera áspera crujiendo bajo su peso. Jadeaba. Una lanza le había ara?ado el costado, pero el dolor era un zumbido lejano, ahogado por la sensación de ardor y vapor que emanaba de sus heridas al cerrarse con lentitud exasperante.
Con un gru?ido, arrastró el cadáver del líder, ese jabalí de hombre, hacia la sombra de la torre inclinada. No era un ritual, era una transacción. Un animal alimentando a otro. Mientras el tómetem se hincaba en la esencia del difunto, Gazazo cerró los ojos, no por respeto, sino para concentrarse en la imagen que lo sostenía: el rostro de Togaz, antes de que los elfos la encerraran en su capullo de flores.
Sintió cómo su reserva de mana, cuyo límite máximo había crecido como un volcán tras la batalla, se estancaba ahora a un tercio de su nueva capacidad. El tanque era más grande, pero el agua escaseaba. La regeneración de sus heridas, en cambio, era un goteo infame.
Te sacaré de ahí. Aunque tenga que arrancar cada una de esas flores con mis propias manos.
"?OH, GRAN REINA, VERDAD ABSOLUTA! TE OFREZCO A MIS HERMANOS COMO SIERVOS... ?QUE MI AMBICIóN SEA ETERNA!"
El grito desesperado cortó el aire, y de inmediato, una ráfaga de viento antinatural azotó el campamento, no por voluntad de Gazazo, sino como un presagio de la invocación. Ante su horror, los pedazos de los cadáveres comenzaron a levitar, arrastrados hacia la fuente del sonido. Pero lo peor fue ver a los cultistas heridos retorciéndose, sus cuerpos derritiéndose como cera viva para fundirse con la masa de carne y hueso que crecía en el centro.
"?Maldito! ?Nos traicionaste!", logró gritar uno antes de que su forma se disolviera en la carne colectiva. Sus gritos solo le dieron a Gazazo un par de segundos de ventaja, que usó para evaluar la pesadilla.
La masa tomó forma: un cuerpo central grotesco con patas del grosor de tres hombres, decenas de brazos y, lo más inquietante, varias piernas retorcidas en su torso que usaba como patas adicionales para mantenerse estable y avanzar. Coronando el espanto, una cabeza triangular con un único ojo y el brazo peludo del hombre-jabalí brotando de su frente. No hubo rugido. Solo un silencio sobrenatural que se apoderó de todo, ahogando incluso el sonido de sus pasos y sus choques contra los escombros.
"Lo siento, pero no quiero morir. ?Sigamos otro día! Gazazo, aquí te presento al Ensamblador."
La voz aguda de un ni?o. De entre las sombras surgió un joven de no más de trece a?os, con una túnica que le cubría todo excepto el mentón. En sus manos, un libro de pocas páginas brillaba con una luz morada. Antes de que Gazazo pudiera reaccionar, una espesa niebla púrpura brotó del libro, envolviendo al ni?o y, en un instante, haciéndolo desaparecer.
Gazazo no sabía qué demonios acababa de presenciar, ni quién era esa "Reina". No eran pensamientos para ahora. Solo importaba una cosa: sobrevivir.
Ignorando el silencio espectral, corrió en línea recta hacia su alabarda. Mientras corría, su mente calculaba. Concentrándose, disminuyó su densidad corporal en un 30%. Mismo volumen, menos masa. Menos peso.
Con un salto que le reabrió la herida en la pierna, se impulsó con su fuerza superior. La combinación fue suficiente para alcanzar la cima de la torre intacta de un solo y agonizante salto.
Desde la altura,vio al monstruo silencioso avanzar hacia la base. Cómo una bestia sin mente pero Gazazo ya estaba en movimiento. Creó una plataforma de aire a un costado y dio un segundo salto, alejándose de la torre y descendiendo directamente hacia donde yacía su alabarda.
Al aterrizar, su mano cerró el pu?o sobre el asta familiar. Al mismo tiempo, el Ensamblador, confundido, embistió la base de la torre. La estructura, ya da?ada, cedió con un estruendo sordo, aplastando a la abominación bajo su peso.
Gazazo, ahora con su arma en mano, se giró. De entre los escombros, la masa de carne comenzaba a moverse otra vez, magullada pero viva. No importaba. Ya tenía su alabarda.
Pero entonces, el monstruo, con su único ojo, lo miró fijamente.
Una pesadez insoportable se apoderó de su cuerpo. El esfuerzo hizo que sus manos, llenas de cortes, sangraran de nuevo. Sintió cómo su máscara —esa segunda piel— comenzaba a crecer sin control, aprisionándolo. Visiones de monta?as altísimas, de águilas que volaban en círculos, lo arrastraron. Con cada segundo que pasaba, sus piernas se doblaban más. "Yo soy el escudo", pensó, pero la duda lo envenenó: ?qué es un escudo cuando ya no puede sostenerse a sí mismo?
La confusión lo recorrió. Entre destellos de aquel paisaje onírico y la realidad, vio al monstruo acercarse lentamente, saboreando su caída, como un depredador seguro de su presa.
De pronto, una peque?a luz naranja lo cubrió, cálida y familiar.
—?Vamos, Gazazo! ?Gazazo! ?Gazazo! —una voz chillona, pero llena de urgencia, sonó en su oído.
El monstruo se detuvo, confundido por la interferencia.
—?Vamos, Gazazo! ?Gazazo! ?Gazazo! —con cada llamado, él respondía, aún cuando el sue?o intentaba arrastrarlo al abismo. Recordó el día en que ella desapareció. Algo en su ser se rompió. Y juró que no descansaría hasta encontrar su calor. Esta batalla era contra monstruos o enemigos; y todo era por ella.
Abrió los ojos, y esta vez no vio visiones de monta?as. Vio al monstruo, que había perdido su ventaja, que ya no embestía con seguridad. Por un instante, breve como un latido, vio a Togaz a su lado, y supo que todo estaría bien.
—?Monstruo! ?Cómo te atreves? ?Muere!
Con un gesto limpio y definitivo, dos hojas de viento, afiladas como el filo de su determinación, cortaron la bestia por la mitad. Para su decepción, la imagen de Togaz solo sonrió y desapareció en llamas naranjas, como la luz que lo había salvado.
Se estiró, y una sonrisa genuina, la primera en mucho tiempo, le cruzó el rostro.
—Al menos ese tótem sí le pasa la comida...
Más liviano, sin pensar en las heridas, se dirigió hacia donde estaría Namys. Tendría que disculparse. Había sido malagradecido con ella, y un escudo, ante todo, debía ser un buen ejemplo.
Fin

