Día 14
Un manto de nubes grises cubría al sol. Gazazo estaba sentado en el peque?o campamento, la espalda apoyada contra un tronco caído, mientras sus ojos seguían cada movimiento de Togaz. La ni?a cabalgaba a lomos del caballo, haciendo que el animal diera trotes cortos y saltos juguetones. Una sonrisa inconsciente se dibujó en los labios de Gazazo al verla reír; por un momento, el peso de sus preocupaciones pareció aliviarse.
Con renovada determinación, desplegó los mapas sobre sus rodillas. La mayoría estaban desgastados y llenos de anotaciones borrosas, pero Gazazo ya tenía un destino en mente: ese brujo cambiacaras.
Recordó la última vez que se habían visto: el brujo obsesionado con cazar tauren, y cómo él mismo había tenido que ayudarle a conseguir el cadáver de un chamán de bajo rango para sus máscaras. Gazazo apretó ligeramente el pergamino entre sus dedos al pensar en ello. Esperaba que no hubiera cambiado de base; después de todo, su nieta lo había visitado no hacía mucho, lo que al menos sugería que seguía ejerciendo como líder tauren.
Al examinar los mapas, frunció el ce?o con frustración. Los trazos que representaban senderos y asentamientos parecían burlarse de él bajo la luz tenue. La reciente tormenta los había vuelto casi irreconocibles. Respiró hondo, contando mentalmente los lugares que tendría que visitar: mercados turbios, guaridas de ratas... cualquier lugar donde pudiera actualizar su información y, con suerte, conseguir explosivos y armas. Incluso algo viejo le serviría.
Su alabarda era confiable, y su hermano había sido el artillero, pero necesitaba algo a distancia - y para su Cabo, algún método de defensa. La imagen de Togaz empu?ando un arma le hizo apretar la mandíbula.
?Pero qué arma? Debía ser ligera. Tal vez una pistola arpía. Con la tormenta, quizás alguno hubiera muerto y esos sátiros tuvieran algunas... aunque seguramente habrían cambiado su patrón de movimiento. Un suspiro profundo escapó de sus labios. Otra cosa más para la interminable lista.
?Obob sería de gran ayuda ahora?, pensó, y sintió un vacío en el pecho al recordar a su compa?ero. Claro, era un duende normal, pero siempre ponía esa expresión de falsa seriedad, como si todo estuviera yendo según su plan. Obob realmente creía que Gazazo era su subordinado...
?Por qué todos los duendes eran tan egocéntricos? Actuaban como si el mundo existiera para su conveniencia. Su hermana, seguramente, tendría una explicación; ella siempre se había metido de lleno en eso de la ?ciencia?. La mirada de Gazazo se perdió en el horizonte mientras recordaba los viejos tiempos con sus hermanos, su fuga del laboratorio y la supuesta muerte de su creador... o, al menos, eso era lo que su hermano afirmaba.
El ritmo de su corazón se aceleró. No se lo creía; aquel ser, si es que podía llamársele así, había muerto demasiado rápido. Su escape había sido sospechosamente fácil. Lo habían tachado de paranoico, pero... ?y si seguía con vida?
Justo cuando su respiración comenzaba a hacerse más rápida y superficial, un peso inesperado cayó sobre sus hombros. Gazazo reaccionó por instinto, sus manos agarrando y lanzando al aire la peque?a figura antes de que su mente comprendiera completamente lo que estaba haciendo. Cuando la realidad volvió a él, sus brazos ya habían atrapado a Togaz con firmeza protectora.
—?Otra vez, otra vez, otra vez! —vitoreó Togaz, completamente ajena a que había estado a punto de ser aplastada como una baya madura.
—Gazazo, ?adónde vamos? ?Togaz quiere aventura! —Corrió unos pasos y emitió un silbido claro. El caballo respondió al instante, trotando con calma hasta quedar a su lado. Gazazo negó lentamente con la cabeza. No importaba cuántas veces lo presenciara, siempre le sorprendía ver cómo su Cabo amansaba a ese corcel criado por lycanos.
Debería ser una bestia feroz, y sin embargo, allí estaba, frotando su cabeza contra la mano de la ni?a como un animal doméstico.
—Vamos a... ver a unos amigos. A buscar armas para Togaz —un peque?o tic en su ojo delató que había dejado de hablar en tercera persona. Una mueca amarga se dibujó en su rostro. Ya no queda nada en mí del duende normal. Lo siento, Obob.
—Togaz, ?sabes quién es Obob? —preguntó, observando cómo ella jugueteaba con los flecos de su túnica. Se preguntó cómo habría distorsionado su memoria la amistad que tuvieron. Su melancolía se truncó de golpe con la respuesta de Togaz.
—Muerto. Y Togaz se siente bien —declaró con una sonrisa de triunfo.
Gazazo sintió un escalofrío al ver que Togaz asociaba el nombre de Obob con la muerte y, al parecer, se sintiera bien por ello. La mente de una duende inferior es realmente un territorio incomprensible.
Sin esperar respuesta, Togaz volvió a sus juegos, dejando a Gazazo sumido en sus pensamientos. Se frotó la frente con fastidio, imaginándose todos los obstáculos posibles: humanos movilizándose, esos esclavos de los elfos merodeando por la zona, los varanos plantando sus artefactos explosivos. Esas lagartijas arrasarían el bosque entero si con eso contentan a sus amos.
Se dio una palmada en la frente con más fuerza de la intendeda, y el dolor punzante le recordó por qué no debía golpearse a sí mismo... aunque al menos logró que sus pensamientos obsesivos se dispersaran.
Este mundo tiene demasiadas amenazas. Mejor concentrarse en el presente y esperar no morir.
Miró a su alrededor con expresión cansada. Un escalofrío repentino le recorrió la espalda. Togaz estaba plantada frente a él, con los brazos cruzados.
—La Sombra dice que es hora de irse. ?Y Togaz quiere aventura! —Una mueca de fastidio se dibujó en su rostro. La ni?a buena se está malacostumbrando. Solo espero que no salga como su hermana. Porque si es así, que lo invoque ahora mismo.
Se llevó la mano a la barbilla, reflexionando. Si lo invocan, debería estar muerto. Que el tótem tenga el poder de convertirlo en un siervo divino. Que Togaz aprenda a invocarlo... pero, ?de dónde saldrá ese poder?
Sus pensamientos se interrumpieron cuando Togaz, montada de nuevo en el caballo, exclamó con voz que cortaba el aire:
—?Vamos, Gazazo!... ?Aventura! —a?adió con una pausa teatral.
Una vez más, su Cabo lo rescataba de su melancolía con su energía imparable.
Los siguientes dos días transcurrieron con una monotonía que Gazazo supo apreciar. El sendero serpenteaba entre colinas cada vez más áridas, lejos de la devastación de la tormenta pero adentrándose en una tierra igual de implacable. Las lluvias habían lavado el polvo del aire, pero ahora el sol se cernía sobre ellos, implacable.
Gazazo aprovechó la calma para ense?arle a Togaz a leer y hablar en castil —el lenguaje humano— y a usar el caballo para escapar. Para su sorpresa, la ni?a retenía estas lecciones simples, absorbiendo la lengua humana y mejorando su manejo del corcel. Tomó las riendas varias veces, y él no pudo evitar una leve sacudida de orgullo.
Unos pocos bandidos, bastante ricos para su clase, "donaron" un billete solaris y cinco billetes Yunque.
Por las noches, el frío los envolvía, y Gazazo la envolvía en su capa, sintiendo el latido constante del tótem en la mochila de la ni?a como un recordatorio sordo de la deuda que crecía con cada milla recorrida. Los únicos incidentes fueron el avistamiento de una manada de gacelas de cuernos azules que huyeron al primer olor a duende —"su Cado debe comer carne"—, y la decepción de encontrar varios centros de comercio y aldeas destruidos. Al menos, estos le indicaron la ubicación de una guarida dirigida por los R?ttfolk, un destino ya decidido.
Día 17
Ver los rieles destruidos de los tauren le recordó a Gazazo el poder de la tormenta que aún vivía; era como vivir al lado de un monstruo que los ignoraba.
Siguiendo los rieles, no le sorprendió ver una fortaleza de gran tama?o. Los muros caídos le daban una vista clara del mercado. Los R?ttfolk apostados en los muros aún firmes, escondidos detrás de escombros, seguían siendo tan temblorosos como Gazazo recordaba.
Se bajó del caballo y se alegró de que Togaz supiera manejarlo. Con la alabarda en mano y preparado para lanzar sus hechizos, se dirigió a la entrada.
Nadie lo detuvo al entrar. Al observar el mercado, solo vio chatarra, pero al menos la comida nunca faltaba. Con 4 Yunques bastó para comprar provisiones para tres semanas, más unos dulces. Una mueca se grabó en su cara: Malditos humanos y su chocolate blanco. 1 Yunque por una barra.
Exploró el mercado, pero aún estaba en crecimiento. Así que, con cara de asco, se adentró al interior de la fortaleza. Los R?ttfolk se apartaron. Como siempre, estas pestes no pueden mantener un puesto de avanzada tauren. Ver a estas ratas es preocupante. ?Dónde están los tauren? ?Por qué no han reparado sus rieles? Y los humanos solo han estado en el mercado vendiendo sus repuestos y armas humanas, demasiado grandes para Togaz y peque?as para él.
Estos pensamientos se silenciaron cuando entró en una habitación amueblada con grandes montones de basura.
En medio de toda la habitación, en un asiento destrozado —demasiado grande para un R?ttfolk—, se encontraba uno con las orejas cortadas y varios piercings que le recorrían los brazos en forma de cadenas.
—?Zzzzzz! Son cadenas, y esos idiotas toro creyeron que podrían con Velsvar, el gran se?or de las madrigueras. ?Ahora yo estoy en su base!
Escuchar a un R?ttfolk era una de las peores experiencias para Gazazo. Lo más seguro era que casi todo fuera mentira, viendo cómo sus cadenas estaban oxidadas. Incluso saltó y se puso sobre los reposabrazos.
—?Waaaaa! ?Velsvar es increíble! ?Togaz quiere sus historias! —?Ah,sí, sí, sí! Soy increíble, ni?a. Verás, los tauren, esclavos de esa vaca de tierra... ?Y cómo escapé? Bueno, he tenido un plan bien preparado...
Gazazo no sabía si estar feliz o más exasperado. De alguna manera, su Cado y ese loco R?ttfolk comenzaron a hablar, contando historia tras historia. Y si no supiese cómo era su Cado, pensaría que era una manipulación, pero para su mal gusto, ella era así. De un momento a otro, terminaron en un almuerzo con sándwiches y mucha leche.
La paz del momento se quebró con un chirrido de silla. Velsvar se escabulló hacia un rincón y regresó con una baraja de cartas grasientas y desiguales. —?Zzz-akk!Para los nuevos héroes, un juego de estrategia. La gran mente de Velsvar against la... eh... inocencia radiactiva de la peque?a.
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Gazazo frunció el ce?o, pero antes de que pudiera negarse, Togaz ya había agarrado un pu?ado de cartas con expresión de absoluta seriedad. ?En qué momento aprendió a jugar?, se preguntó Gazazo, maldiciendo internamente su propio descuido. Se reclinó contra un montón de chatarra, observando con desconfianza. El juego era una tontería, una mezcla de azar y reglas que Velsvar inventaba sobre la marcha para favorecerse. Sin embargo, Togaz estaba completamente absorta, riendo cada vez que ganaba una mano gracias a una de las "reglas especiales" del R?ttfolk.
—?Y con el comodín del Rey-Topo, robo tus piedras preciosas! —anunció Velsvar, arrebatándole dos cartas a Togaz. —?No es justo!—protestó Togaz, aunque su enfado se desvaneció de inmediato cuando Velsvar adoptó un tono conspirativo. —Shhh,peque?a poderosa. Para los perdedores... ?hay misiones especiales! Zzz-akk! Esos malvados R?ttfolk de la Madriguera del Sur... —bajó su voz a un susurro dramático— ...robaron el suministro de chocolate blanco destinado a mis más leales aliados. ?Y tú, con tu poder de fuego, podrías recuperarlo! Serías una heroína...
Los ojos de Togaz se iluminaron como dos lunas llenas. Gazazo se irguió, una protesta ya formándose en sus labios. Pero la ni?a saltó de la silla. —?Togaz acepta!?Eliminaré a los malos y recuperaré el... el... botín brillante!
La mirada de Gazazo se encontró con la de Velsvar. El R?ttfolk solo sonrió, mostrando una hilera de dientes afilados y amarillos, y se encogió de hombros como si dijera "?Qué puedes hacer?". Un peso frío se asentó en el estómago de Gazazo. Negarse ahora significaría una rabieta monumental, una decepción que podría eclipsar el ya frágil brillo en los ojos de su Cabo. Apretó los pu?os, sintiendo los nudillos blanquear bajo la piel. La mandíbula tan apretada que le dolió. Con un gru?ido que era más una rendición que una aceptación, asintió una vez, bruscamente.
Sin pensar mucho, Gazazo —con Togaz montada en el caballo— observaba con un catalejo un mercado construido en una vieja aldea. Los guardias tenían pistolas de bajo calibre de mano.
Togaz, después de varios intentos, logró contar los guardias. —?1,2, 3, 4 y 5 R?ttfolk inferiores! Los malos serán eliminados por Togaz y Gazazo. Su tono y pose eran demasiado grandiosos.Ya está aprendiendo malos hábitos. Debo educarla más.
Acercarse sería difícil; estaban demasiado atentos y nerviosos. Bueno, tendré que practicar mi lanzamiento. Con un movimiento de mano, Togaz le dio una piedra. Con una mirada, calculó: Unos 60 metros más o menos. Activó Disminución de peso: Técnica túnel de aire liviano. Lanzó 5 piedras en rápida sucesión. Tres dieron en el torso y los otros dos fueron esquivados. Los R?ttfolk tienen un instinto de peligro bastante bueno. Eso se lo daré. Traer a Togaz es peligroso, pero sería una gran experiencia.
Sin pensar, le ordenó a Togaz que se quedara quieta y se acercó a alta velocidad. Lanzó su alabarda contra un R?ttfolk que intentó apuntarle. Su armadura cubrió algunos disparos y le permitió ubicar a los tiradores. Con otra piedra, solo quedó uno, que se arrastraba como una rata a cuatro patas, escapando de la aldea. Togaz lo atropelló con el caballo.
Ignorando a los pocos compradores aterrorizados, se acercó a Togaz, quien repartía banderas de ese R?ttfolk, Velsvar. Todos asentían.
—?Misión cumplida! Nadie se escapa de Togaz y Gazazo —dijo Togaz. Gazazo le cortó la cabeza alR?ttfolk que intentó escapar y le respondió: —Sí,Togaz. —Montándose en el caballo y tomando las riendas, a?adió—: Togaz y Gazazo, el equipo de la victoria. Togaz solo se rio,y ellos se fueron.
El camino de regreso estuvo lleno de risas y calma. Togaz parecía una bomba de tiempo esperando, aguantando, preparándose para presumir ante su "amigo".
Y al volver a la fortaleza tauren abandonada, el R?ttfolk era muy exagerado. Apenas pasaron la entrada, los guardias abandonaron sus puestos para seguirlos. El camino hacia el R?ttfolk fue demasiado lento para su gusto; estaban imitando la ceremonia de los tauren, pero literalmente tenían un tic por todo el cuerpo, sus colas se movían y se enredaban entre sí. Puro espectáculo de comedia blasfema.
Estar frente a Velsvar fue peor. Al parecer, todos los R?ttfolk de la ciudad estaban en el salón, dando vueltas y hurgando en los montones de basura.
...Y Togaz comenzó a presumir. La habitación entera se calló para escuchar, o al menos para simularlo.
—?Y entonces Togaz lanzó... fiu, fiu, fiu... bolas de fuego! —hizo gestos exagerados con las manos, como si lanzara energía—. ?Más grandes que la cabeza de Gazazo! ?Y los muros se rompieron... craasssh... porque Togaz es muy fuerte!
Gazazo se quedó inmóvil. Las "bolas de fuego" habían sido piedras que él mismo le había pasado. Los "muros rotos" ya estaban derruidos desde antes. Pero ella narraba la historia con una convicción tan absoluta, tan llena de luz propia, que hasta los R?ttfolk más cínicos asentían con la cabeza, hipnotizados por su energía.
—?Y el jefe malo corrió! ?Pero Togaz es más rápida! —corrió en círculos alrededor de la habitación, imitando la carga del caballo—. ?Y el caballo... pum! ?Y el malo cayó! ?Y Togaz ganó!
Ella terminó su relato con los brazos en alto, jadeando y sonrojada, esperando aplausos. Y los obtuvo: una cacofonía de chillidos y golpes de cola contra el suelo.
Gazazo la observó. Recordó el momento con claridad: el R?ttfolk herido, arrastrándose y gimiendo después de que el caballo lo atropellara. Togaz lo había mirando con curiosidad, sin comprender del todo, antes de que él se acercara y, con un movimiento rápido y silencioso, pusiera fin a su sufrimiento. Ella ni siquiera se había dado cuenta.
Ahora, viendo su sonrisa de oreja a oreja, orgullosa de su "victoria", Gazazo sintió una oleada de... ?protección? ?Culpa? No la corrigió. No arruinaría ese momento de pura, inocente felicidad, aunque estuviera construida sobre una mentira y una muerte que ella no podía comprender. Era un regalo enfermizo, lo sabía, pero era el único que podía darle. Permaneció en silencio, un guardián mudo de su fantasía, mientras el hedor a basura y la risa chillona de los R?ttfolk llenaban la sala.
Lo único bueno en esa fiesta era que su Cado se la pasaba bien comiendo chocolate con leche y sandwich, aún cuando la compa?ía era un asco; la comida estaba bien cocida y las bellas armas frente a él. Según Velsvar, una recompensa para sus nuevos aliados —palabras demasiado grandes—, pero Gazazo no buscaría peleas.
Un humano estaba a su lado, bebiendo orina de cabra con leche, y explicaba cada arma.
—Esto es una Ametralladora Ligera de Estilo Arpía. Para tu hija, que, por cierto... ?sabes? No quiero morir, sigamos.
—Las Arpías valoran la ligereza y la cadencia de fuego sobre el poder bruto. Su dise?o es aerodinámico, a menudo con materiales compuestos y aleaciones ligeras. Modelo: 'Tempestad Silbante'.
—Esta belleza luce un acabado verde oscuro y gris, con partes del guardamano y la culata hechas de madera liviana tratada. Tiene formas angulosas y afiladas, como las alas de un ave de rapi?a. Es compacta, con un ca?ón relativamente corto para facilitar su manejo en espacios cerrados o mientras se vuela.
—Mira —le sacó un cargador—. Calibre: 5.56x45mm. Es un calibre estándar de rifle, potente pero con un retroceso manejable para una usuaria joven. La munición es común, por lo que encontrarla no será un problema.
—Tiene cargadores de caja desacoplables de 30 o 50 balas. Se insertan en la parte inferior del arma. Son livianos y fáciles de llevar. Cadencia de fuego: alta, unos 700-800 disparos por minuto. Esto significa que puede mantener un alto volumen de fuego para suprimir al enemigo.
—Peso: aproximadamente 6.5 kg descargada. Es un peso considerable, pero manejable para un arma de este tipo. Para una joven, será un esfuerzo sostenerla durante mucho tiempo, de ahí la necesidad de usarla a dos manos. Es semiautomática y automática. El selector le permite elegir entre disparar un solo tiro o ráfagas continuas.
—Las arpías tienen un estilo bastante bueno, déjame decirte, mi amigo. Mira bien: culata plegable —se pliega hacia un lado para reducir su tama?o—; bípode plegable —un soporte de dos patas para disparar con estabilidad—; y porta fusil —tiene argollas para un arnés, para que tu hija la lleve colgada y tenga las manos libres.
—?Por qué es ideal? Es manejable, versátil e intimidante. El poder de fuego le dará una ventaja significativa.
Tomó otro sorbo de su bebida y continuó.
—Ok, gigantón, esta es la tuya: una Escopeta de Estilo Tauren. Déjame decirte que son sinónimo de poder bruto y durabilidad. Hechas para durar y para derribar puertas de un solo disparo. Modelo: 'Rompeespaldas' o 'Martillo de Tierra'.
—Esta cosa está hecha de metal grueso y madera pesada. No tiene refinamiento; es un bloque sólido de poder. El acabado está un poco desgastado, pero funciona. Su antiguo due?o la mantenía bien —dijo con cinismo—. El ca?ón es largo y grueso —ja, ja, disculpa, es un chiste—.
—Es de bombeo. Es un mecanismo clásico y robusto. Para recargar, debes deslizar el guardamano forestal hacia atrás y luego hacia adelante —le mostró el movimiento, disparando al aire y recargando—. Mira bien: este movimiento expulsa el cartucho vacío e introduce uno nuevo. Requiere fuerza y práctica, perfecto para tus manos grandes.
—Calibre 8 —un número más peque?o significa un disparo más grande y potente. El Calibre 8 es una bestia rara y poderosa. Capacidad: 5+1 cartuchos. Peso: unos 5.5-6 kg descargada. Para ti debe ser una pluma. El retroceso sería brutal para un humano normal, pero tú puedes con él. Es de un solo disparo por bombeo.
—Los tauren son unos brutos, pero tienen lo suyo: culata de madera maciza, disparo con dos agarres, y potencial para personalizarla —podrías colgarle una bayoneta tipo hacha o un machete—, convirtiéndola en tu alabarda de 150 kg pero con un a?adido explosivo.
La explicación del humano sobre las armas se diluyó en el caos de la sala. Gazazo observaba con desdén cómo los R?ttfolk arrastraban sus nuevas adquisiciones a un rincón, cuando una figura se deslizó a su lado. Era una hembra, más delgada y con ojos astutos, sin orejas cortadas y con solo un simple aro de metal en la cola.
—El gigante verde —susurró, su voz un rasgu?o apenas audible—. Las paredes tienen oídos y los túneles, eco. Ten cuidado. Hasta las ratas traicionan a su camada por una migaja más grande.
Gazazo inclinó ligeramente la cabeza, sus ojos se estrecharon en una mirada gélida que era a la vez pregunta y advertencia. Pero antes de que la palabra pudiera formarse en sus labios, una explosión de risa los interrumpió.
En el centro de la sala, Togaz había recogido las cartas grasientas. —?Y ahora la regla de Togaz!—anunció, inflando el pecho con una autoridad ridícula y adorable—. ?La carta del Caballo Volador le gana a todo! ?Y si tienes un dulce, puedes robar dos cartas! ?Fufufu!
Para asombro de Gazazo, los R?ttfolk no protestaron. Emitieron chillidos de aprobación y comenzaron a arrojar migajas y peque?os objetos brillantes hacia ella como si fuera una reina de carnaval. Velsvar forcejeó por mantener su sonrisa, pero era una mueca tensa. Sus dedos jugueteaban nerviosos con sus cadenas oxidadas. Veía cómo su corte de borrachos se deslumbraba ante la energía caótica de la ni?a.
Gazazo observó la escena, la advertencia de la hembra aún zumbando en sus oídos como un mosquito en la noche. El mundo siempre se reducía a esto: peque?os reinos y lealtades cambiantes. Pero en los ojos de Togaz, brillando con un poder que ni ella misma comprendía, vio el destello de algo mucho más grande. Y supo, con una certeza fría, que su deuda no era lo único que crecía en la oscuridad.
Velsvar se levantó bruscamente. —?Zzz-akk!?Qué juego tan divertido! —su risa era aguda y forzada—. Pero hasta los reyes necesitan descansar.
Su mirada se encontró con la de Gazazo. No había fanfarronería, solo una calculadora y profunda preocupación. El mensaje era claro: era hora de irse.
Gazazo asintió una vez, de manera casi imperceptible. Extendió su mano. —Togaz.Ya nos vamos.
—?Pero Gazazo, Togaz está ganando! —Ahora—su voz no dejó lugar a dudas.
La ni?a resopló, pero obedeció, dejando caer las cartas con un último "?Fuuu!". Mientras Gazazo la guiaba hacia la salida, sintió la mirada del líder R?ttfolk y la de la hembra astuda clavadas en su espalda. Dos pares de ojos, dos advertencias silenciosas. Cargando sus nuevas armas y su vieja inquietud, el Vaelthor y su Cabo abandonaron el reino de mentiras de Velsvar, dejando atrás el hedor a basura y el eco de una traición que aún no había llegado.
Mientras Gazazo y Togaz trataban con ratas parlantes, a kilómetros de distancia, el Gadked se encontraba inmerso en su propia pesadilla personal. Sus 157.5 m/s de velocidad espectral eran inútiles en los confines angostos de los túneles laberínticos, donde las ara?as blindadas predecían sus esquivas y tejían redes de vibración que entorpecían su paso etéreo. Era una danza agotadora y furiosa: esquivar geiseres de ácido que derretía la roca, vaporizar gusanos incendiarios con ráfagas de su látigo de frío y calor, y desvanecerse a través del suelo solo para materializarse en otra cámara repleta de más bestias.
—?Aaaaaaa! ?Una mazmorra de alto nivel y apenas estoy en el piso 5! —chilló su voz multiple, que resonaba en las paredes—. ?El grind es real! ?Pero para esto soy el mejor!
Con un esfuerzo de voluntad que distorsionó su forma fantasmal, creó una mano ectoplasmática solo para chasquear los dedos y una boca aparte que emitió un silbido agudo. El sonido atrajo a un grupo de gusanos lanzallamas que emergieron de los túneles laterales, sus fauces escupiendo llamas. En un arranque de inspiración delirante, Gadked separó parte de su esencia en varios clones espectrales menores.
—?Experimento de combate! ?Modo: Aire Acondicionado Táctico! —gritó, mientras sus clones se dejaban absorber voluntariamente por las fauces de los gusanos.
El resultado fue instantáneo y caótico. Los gigantescos gusanos comenzaron a convulsionarse, incapaces de digerir el frío antinatural que ahora se expandía en sus entra?as. Uno estalló en una nube de vapor y vísceras congeladas, mientras que otro tosió un chorro de llamas mezcladas con escarcha antes de colapsar. Los monstruos restantes, confundidos por el frío que les brotaba del estómago, se volvieron contra sí mismos en un frenesí de dolor y confusión.
—?Soy un genio! —aulló Gadked, observando el caos que había creado—. ?El drop rate de esta mazmorra será mío! ?Ningún ara?a NPC con patas de cuchilla le gana al poder de un protagonista con imaginación! ?Sigamos farmeando!
Y así, la tediosa guerra de desgaste se transformó, para la felicidad de Gadked, en el mejor juego de todos.
Fin

