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Un Trofeo para Gazazo, un Nivel para Togaz y una aventura para gadked

  Día 14

  Un día más, el gran soberano celestial iluminaba a los mortales. Gazazo entró en la trastienda, la monumental alabarda sobre su hombro. El arma era un espectáculo de fuerza bruta: un asta de acero tan ancha como el muslo de un hombre, coronada por una cabeza de hacha masiva y punzantes lanzas en cada extremo.

  La escena que encontró era de una solemnidad que le erizó la piel. Arrodillada ante la imponente estatua del Rey Solar, la bartender oraba. La efigie, de cabello de mármol y rostro de bronce antiguo, emanaba una autoridad que aplastaba la voluntad. Gazazo bajó la cabeza y esperó. Incluso para él, un Vaelthor, aquel lugar era sagrado.

  —Dejar a una ciudadana sola... antes te hubiera puesto a mi lado —dijo ella sin volverse, alzándose—. Dejar a tu Cabo conmigo, no sé. ?En tus vacaciones has perdido parte de la mente? No trabajo como ni?era.

  Ella estaba firme y recta como una flecha. Gazazo no se enga?aba: atacarla allí sería un pecado imperdonable. Pero su mirada se desvió hacia la ni?a, su Cabo, dormitando en un cojín. Ella era el eje de todo, la razón última que unía cada uno de sus actos en aquel nido de mentiras.

  —Gazazo pide perdón —murmuró, aún bajo la mirada del Rey.

  —No necesito tus palabras. Esperé mucho más de una abominación. Tu Cabo está condenada, y como aquel que te creó, tu deseo solo terminará mal.

  La bartender lo dijo con una calma aterradora, como si leyera una sentencia ya escrita. Mientras hablaba, su mirada se posó en el brazo de Togaz. Unas peque?as manchas grises, como ceniza bajo la piel, habían aparecido desde la noche anterior. La mujer sacudió la cabeza con un gesto casi imperceptible de lástima y frustración. Gazazo lo captó al instante: no era el odio de una fanática, era la desaprobación resignada de quien ve a otro cometer un error monumental y sabe que no puede detenerlo.

  Por fuera, Gazazo permaneció impasible, una estatua de músculo y voluntad. Por dentro, una urgencia helada le serraba los huesos. El tiempo se agota. Su mano, enguantada en la impasibilidad, se cerró con tanta fuerza alrededor del asta de la alabarda que el acero reforzado emitió un leve y amenazante crujido. No respondió.Una sonrisa tensa, falsa como el oro de los tontos, se le escapó. Un tic nervioso le palpitó en el párpado. Tomó a Cabo en sus brazos.

  —?Aaaaaaa! Gazazo —Togaz despertó sobresaltada. Se estiró,miró a su alrededor con desorientación e intentó escabullirse para despedirse de la bartender, quien solo observaba con aquella lástima que a Gazazo le quemaba más que cualquier insulto. él se limitó a asentir con la cabeza y se marchó.

  —Togaz tiene hambre... ?Gazazo, Togaz tiene hambre! —gritó la ni?a, cuyo estómago rugió con la ferocidad de un tigre. Antes de que la baba empezara a decorar su túnica,Gazazo la sentó frente a tres filetes humeantes. Para su sorpresa, Cabo los atacó con cubiertos.

  —Duende enferma me lo ense?ó. ?Togaz es una genio! —anunció con orgullo, manejando el cuchillo y el tenedor con una elegancia y destreza que no cuadraban con su naturaleza usual. ?Un elfo? ?Qué hacia un elfo ense?ando modales en territorio tauren?, pensó Gazazo, alarmado. Se dio una palmada mental. Esos problemas pueden venir luego. La urgencia de las manchas grises pesaba más.

  Una vez que Togaz terminó, Gazazo la llevó fuera de la guarida. Un grupo de mercenarios estaba api?ado en el claro, sumido en una discusión que Gazazo escuchó con total claridad.

  —?Esa peque?a? ?Crees que esa se?ora tiene gustos... muy especiales? Gazazo reconoció la voz del elfo charlatán.De todos mis viejos conocidos, tuvo que ser ese idiota, maldijo en silencio. Por lo menos no es su gemelo; eso sería demasiada mala suerte.

  —?Tal vez! Digo, es bastante adorable y el grande tal— ?AAAKKK!

  La voz del humano se cortó de cuajo. Gazazo ni siquiera se había vuelto. Solo había exhalado con intención, con la misma frialdad con la que había derribado a los novatos el día anterior. El aire alrededor del hombre se volvió de plomo, denso y ponzo?oso. En menos de diez segundos, el mercenario colapsó, ahogándose en su propio vacío, y cayó inconsciente al suelo.

  Un silencio súbito ahogó el claro. Gazazo alzó a Cabo y la montó en el caballo, sujetándola con firmeza para que no se cayera. Lanzó una mirada gélida al grupo de mercenarios, un saludo suficiente para esa chusma. Un asco de seres. Gazazo no sabe por qué a su hermano le gustaban tanto.

  El sendero se estrechaba, adentrándose en una zona del bosque donde los árboles no habían sido derribados por la tormenta, sino retorcidos por una fuerza interior, sus ramas secas crujiendo como huesos viejos. El aire olía a ozono, a tierra chamuscada y a un calor metálico, como el de una fragua a punto de estallar.

  —Gazazo, ?por qué estamos aquí? —preguntó Togaz, balanceando las piernas sobre el lomo del caballo.

  —Para cazar —respondió él, su voz un rumor grave. Sus ojos no cesaban de escudri?ar la espesura.

  —?Y qué cazaremos? ?Y comeremos? ?Será santuosa?

  —Cazaremos un tauren. Pero no uno normal. Este es un tonto que se creyó más fuerte que los espíritus.

  —?Un tauren? —Togaz frunció el ce?o, esforzándose por rescatar algo de su memoria neblinosa—. ?Como los de las canciones? Los que cuidan los árboles.

  Gazazo asintió, un gesto casi imperceptible. —Sí. Los tauren son hijos de la Se?ora de la Tierra. Creen en la piedra y la raíz, en la fuerza que crece lenta. Pero este... este imbécil no quiso esperar. Quiso el poder del fuego que todo lo quema y del viento que todo lo corta. Jugó con fuerzas que no podía controlar. Y lo transformaron en... esto.

  Un quejido metálico les llegó desde más adelante, seguido de un estruendo sordo. Gazazo alzó una mano y se ocultaron tras el tronco carbonizado de un roble. El claro estaba ante ellos.

  Era un paisaje de pesadilla. El suelo, un campo de cráteres humeantes. En el centro, la criatura se movía con una agonía violenta. Era un tauren, sí, pero su piel estaba carbonizada y agrietada, y por las grietas fluía un brillo azul eléctrico que le recorría los músculos como mil pies de luz caminando sobre su carne. Vendavales en miniatura, cargados de hojas y astillas afiladas, lo orbitaban silbando, cortando el aire a su paso. Cada uno de sus movimientos era torpe y devastador; una pisada suya abría un nuevo boquete en la tierra. Una estática punzante erizaba el vello.

  Gazazo contuvo el aliento. Era peor de lo que imaginó.

  Con movimientos precisos y silenciosos, Gazazo desmontó del caballo manteniendo a Togaz firmemente sentada en la montura. De sus alforjas sacó una cincha de seguridad adicional -correas de cuero reforzado con hebillas de acero- que comenzó a ajustar alrededor de la cintura de la ni?a y el arzón de la silla de montar. con firmeza pero sin da?arla a la montura del animal.

  —Quédate. Guarda silencio —ordenó, su voz era suave pero inflexible. —El caballo no se moverá. él te protegerá.

  Togaz asintió, sus ojos enormes reflejaban los relámpagos de la criatura. Enterró los dedos en la densa crin del animal, que no se inmutó. Era un islote de calma en medio del océano de furia que tenía frente a ellos, un testimonio silencioso del poder de Togaz para calmar incluso a las bestias más nerviosas. Gazazo agradeció en silencio ese don que se había fortalecido tanto, sabiendo que, si el peligro era inminente, el caballo huiría de tal forma que Togaz permanecería a salvo en su lomo.

  Le dio un último golpecito en el hombro, y por una fracción de segundo, sus dedos se posaron sobre una de las manchas grises que crecían en el brazo de la ni?a. La urgencia, un latigazo frío, le recorrió el brazo. Luego se giró.

  Una paz mortal se apoderó de él. Todas las dudas, toda la prisa, se fundieron en un único propósito frío y afilado. Su mano empu?ó con fuerza la alabarda monumental. Su mundo se redujo al claro, al monstruo y a la deuda que estaba a punto de cobrar.

  Gazazo con una última mirada vio a Togaz animando solo con mímica ,no perdió más tiempo y rodeo el claro destruido fuera de los sentidos del Tauren mutado . Su mente, fría y calculadora, ya había procesado la amenaza y dictado la sentencia. Observación: bestia de poder bruto, velocidad media-alta, vulnerabilidad: control ambiental. Protocolo de aniquilación: Hechizos de Gravedad. Aumentar la Masa Aérea: Nivel 4. Disminuir Peso Propio: Nivel 3. Imbuir Golpe Penetrante: Activo.

  Extendió su voluntad como una red de acero invisible. El aire alrededor del Tauren mutado se comprimió, densificándose hasta volverse miel de plomo. El gigante electrizado se encogió, sus músculos hipertrofiados luchando contra una prisión atmosférica que multiplicaba por diez el peso de su propio cuerpo. Un relámpago escapó de su cuerno, lento y pesado como lava, antes de apagarse con un chisporroteo ahogado. Era una estatua de furia atrapada en ámbar.

  Un latido. Solo uno. Gazazo ya no estaba donde el Tauren podía verlo. Disminuir Peso Propio: Nivel 3. Confirmado. Se había envuelto en un manto de aire cortante, una cu?a atmosférica que hendía la resistencia del mundo. Cincuenta metros por segundo no fue un número; fue un rayo hecho carne y acero. El mundo se desdibujó en verdes y marrones. Imbuir Golpe Penetrante: Activo. Canalizando al filo del hacha. Un estampido sónico rompió el aire comprimido justo un instante antes de que su alabarda de guerra, una sombra negra en sus manos ahora aligerada por su hechizo, cortara el aire denso como si fuera humo.

  No hubo estruendo de impacto, solo un susurro siniestro al encontrar carne, seguido de un chorro sofocante de vísceras y vapor sangriento. El hechizo penetrante había convertido el filo en una línea de energía pura que ignoró la resistencia de la piel carbonizada y el músculo mutante. Gazazo apareció diez pasos detrás del Titán de la Tormenta, la postura baja, el vapor saliendo de su piel sobrecalentada, los tendones de su cuello tensos como cables de acero. El arma goteaba un líquido oscuro que olía a ozono quemado. Una pulsación de energía fría y hambrienta proveniente de la mochila de Togaz le recorrió la espalda: el tótem había saboreado la muerte.

  El campo de aire pesado se disipó con un gemido. El Tauren mutado permaneció erguido un instante más, una línea perfecta y sangrante cruzando su torso desde el hombro hasta la cadera opuesta. Luego, las dos mitades de la bestia resbalaron y cayeron al suelo fangoso con un sonido húmedo y definitivo. Los últimos destellos azules murieron entre las hierbas pisoteadas.

  Silencio. Solo el jadeo apenas audible de Gazazo y el pulso sordo, acelerado, del tótem en la mochila de Togaz.

  Análisis post-mortem, escupió mentalmente Gazazo, mientras su respiración recuperaba la normalidad. Secuencia ejecutada en 3.8 segundos. Eficacia: 92%. Aumento de masa aérea: óptimo para inmovilización. Disminución de peso personal y del arma: aceptable, pero la fricción residual aún quema. El protocolo de enfriamiento falló. El hechizo penetrante fue decisivo. Debo refinar la gestión térmica; el aire alterado es un arma de doble filo.

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  Pero esto no fue una victoria de estrategia... fue una ejecución. Una bestia enloquecida por un poder que no podía controlar. Sus vientos eran un efecto colateral, no un arma dirigida. No tuvo técnica, solo furia ciega. Derrotarla no me hace un dios... me hace un sobreviviente. Un carnicero eficiente. La próxima vez que enfrente a un hechicero que lea mis intenciones un segundo antes de que yo mismo las sepa, que pueda lanzar un contrahechizo que desvíe mi propio aire hacia mis pulmones... entonces recordaré la amarga diferencia entre aplastar una tormenta desatada y domar un huracán consciente.

  La deuda crecía. Pero el trofeo estaba listo.

  Un sonido hizo que Gazazo girara sobre sus talones. Era el suave trote del caballo acercándose, con Togaz en el lomo, inclinada hacia adelante y con una amplia sonrisa de oreja a oreja.

  —?Gazazo! ?Togaz también puede cazar! —gritó ella, y en un arranque de pura alegría, dio una palmadita en el cuello del animal—. ?Corre, caballito, corre! ?él es muy rápido, fufu! ?Te voy a atrapar, Gazazo! ?Fufufufu!

  El caballo, en un ejemplo perfecto de la obediencia instintiva y calmada que le inspiraba la ni?a, arrancó de inmediato. No fue una carga salvaje, sino un trote decidido y directo hacia él.

  Por un instante, Gazazo solo alzó una ceja. ?En serio? Esquivó el avance con un movimiento lateral mínimo, el viento de su paso rozando su túnica.

  —?Nooo! ?Gazazo esquivó! —protestó Togaz con falsa indignación—. ?Eres más escurridizo que un pez, fufufu! ?Gazazo es un blanco difícil! ?Pero Togaz es persistente! —Tiró suavemente de las crines hacia un lado. El caballo giró con una agilidad inusual y reinició la "persecución".

  Gazazo esquivó de nuevo, y luego una vez más. "?Ni el caballo más rápido puede con Gazazo! ?Es el más veloz! ?Por eso Gazazo es el más fuerte! ?Nadie lo alcanza!" La ni?a lo celebraba como si cada fallo fuera una victoria.

  La paciencia del Vaelthor, ya gastada por la pelea y la reflexión, se agotó. Con un gru?ido de fastidio, golpeó el suelo con el extremo del asta de su alabarda. ?CRACK!

  El caballo no se detuvo. Se encabritó con un relincho de pánico genuino. —?Whoaaa! ?Caballito, no tan rápido! ?Fufu... espera, ?en serio!—gritó Togaz, agarrándose con fuerza—. ?Gazazo asustó al caballo! ?Ahora es una carrera de verdad! ?Uy, uy, uy! ?El mundo se mueve muy rápido!

  El animal se lanzó a galope tendido hacia la espesura, alejándose del claro. Gazazo maldijo entre dientes y dio un paso para perseguirlos, pero se detuvo en seco.

  Togaz, instintivamente, se inclinó sobre el cuello del animal asustado. No tiró de las riendas ni forcejeó. En vez de eso, su voz se transformó en un murmullo suave y constante.

  —Shhh, tranquilo, grandullón. Ya pasó. Fue solo Gazazo siendo un gru?ón —murmuraba, frotando con calma hypnotizante el cuello sudoroso del caballo—. No hay monstruos aquí, solo Togaz y tú. Shhh, somos amigos. Qué miedoso eres, ?eh? Pero Togaz te protege. Shhh...

  Milagrosamente, el galope furioso se convirtió en un trote nervioso, luego en un caminar trémulo, y finalmente, el caballo se detuvo por completo, resoplando pero ya no cegado por el terror. Togaz lo guió de vuelta hacia Gazazo con una suave presión de sus piernas.

  —Gazazo es demasiado fuerte hasta para el piso. ?El suelo gritó y asustó al caballito! —anunció Togaz, ya sonriente de nuevo, como si fuera la explicación más lógica del mundo—. Tu gru?ido le dio mucho miedo. Pero Togaz lo calmó. ?Togaz es fuerte también! —Luego, miró al caballo y a?adió en un susurro cómplice—: El caballo es un poco tonto, ?verdad? Se asusta de Gazazo, que es nuestro amigo. Fufu.

  Gazazo los observó regresar, una profunda sorpresa ahogando su irritación. Ella no sabía cabalgar. No conocía los comandos, ni la equitación. Todo había sido puro instinto. Una comunicación directa y primitiva.

  —Gazazo es increíble —dijo Togaz, con admiración sincera y absoluta—. Cortas tormentas y asustas a los caballos más grandes. ?Eres el mejor guardián! —Su sonrisa se suavizó un poco, con un destello de ambición infantil—. Togaz quiere ser fuerte como Gazazo cuando sea grande. Pero por ahora, solo puedo calmar caballos. Fufu.

  Gazazo no respondió. Solo tomó las riendas del caballo, ya completamente sereno, y miró a la ni?a que jugaba a ser jinete. El trofeo estaba listo.

  Justo cuando Gazazo pensaba que todo había terminado y comenzaba a planear el campamento, un escalofrío repentino recorrió sus hombros.

  —Gazazo, el tótem quiere comer. Quiere al monstruo.

  Esto no le sorprendió. Se giró y, con un movimiento rápido y experto, decapitó al tauren. De las alforjas del caballo extrajo un contenedor de vidrio lleno de un líquido verde transparente.

  Observar a Togaz dibujar un círculo alrededor del cadáver, deteniéndose a intervalos para escuchar al tótem, le resultaba necesario pero profundamente perturbador. El vínculo que su Cabo forjaba con ese espíritu no era algo que le agradara. La escuchaba susurrar en una conversación unilateral y escalofriante:

  —Sombre, Togaz quiere comer... —hizo una pausa, como escuchando una respuesta que solo ella podía oír—. Sí, Togaz te dará de comer. Confía en Togaz... —Sus dedos se movieron para dibujar un nuevo símbolo—. Sí, Togaz crecerá. Será grande... Togaz mejorará sus dibujos.

  Togaz terminó su trabajo: un círculo complejo rodeaba el cadáver, adornado con símbolos extra?os —unas manos, un rectángulo con un cuadrado y un círculo en su esquina superior derecha, algo que parecía un ojo—, todos dibujados con una mezcla de barro y sangre del tauren.

  Gazazo observó cómo Togaz caminaba alrededor del cadáver para el tótem, un ritual que la protegía del poder del rayo que aún permanecía en el cuerpo.

  Entonces Togaz comenzó la invocación: —Ware, Togazu, kōtei suru. Idainaru Totemu no Seirei yo, kono gisei o Sasagemasu. Kono essensu o ukeire, sono sonzai o kyōka shi, niku o koeta ketsugō o watashitachi ni motarasu koto o shinrei shimasu. Kono kenkyū de, waga shukusei to hōshi o saika ninshiki shimasu. Kono chikara o kūshū shi, waga tate to waga ya to nare! Mofumofu Kyūshū: Gēmu Kami Modo, Katsu! Paku Paku! Itadakimasu!

  Del tótem surgieron varios tentáculos que se aferraron a cada parte del tauren. Los restos brillaron con intensidad mientras Togaz, con los ojos cerrados, repetía constantemente la oración. El cadáver comenzó a descomponerse aceleradamente, pero no había mal olor ni aura maligna; solo una transformación silenciosa en polvo que era metódicamente absorbido.

  Gazazo recordó las leyendas: los cadáveres de los tauren se convertían en tierra y luego en polvo, portando su esencia para reencarnar. Al ver el polvo intentar escapar inútilmente de los tentáculos, confirmó su sospecha: solo porque ocultara su aura, seguía siendo el mismo tótem hambriento de siempre.

  Togaz hablaba en un idioma que Gazazo nunca había escuchado. Aunque no era erudito en lenguas, la fluidez con que las palabras brotaban de su boca, como si fuera su lengua materna, hizo que su respiración se acelerara. Había esperado entender la naturaleza del espíritu del tótem, pero había fallado.

  Cuando todo terminó, no quedaba nada del tauren. El tótem, que antes era una fea estatua de duende con múltiples agujeros anillados y un color verde azulado vomitivo, aparentaba ser la misma figura, pero los agujeros en su superficie se habían cerrado, y sus tonos se habían vuelto más profundos y vivos, otorgándole una belleza inquietante y antinatural.

  Togaz cayó inconsciente. Gazazo corrió hacia ella y suspiró aliviado al ver que solo estaba profundamente dormida. Pero Gazazo no era ciego: las heridas obtenidas en la batalla habían sanado completamente, y su cuerpo, que necesitaba la energía de cuatro jabalíes para sobrevivir una semana, se sentía ahora saciado y vibrante de vida. Los peque?os dolores y el cansancio crónico que cargaba se habían disipado como si nunca hubieran existido.

  Gazazo sabía que la deuda estaba creciendo exponencialmente, y solo le quedaba la frágil esperanza de que su Cabo pudiera negociar con el espíritu antes de que les cobrara un precio demasiado alto.

  Con determinación silenciosa, Gazazo tomó a Togaz en sus brazos, aseguró su preciada carga en el caballo y se adentró en el bosque crepuscular, alejándose del claro donde solo quedaba la cabeza cercenada del tauren como mudo testigo de lo ocurrido.

  Mientras Gazazo desaparecía entre los árboles, a miles de kilómetros de distancia, otra lucha por la supervivenia tenía lugar.

  Elías jadeaba, apoyado contra el tronco hueco de un árbol anciano. Su armadura de cuero estaba rasgada, y cada inhalación le quemaba los pulmones con el frío. No era el frío del invierno; era un frío antinatural, que robaba el calor del cuerpo y la voluntad del alma. Llevaba tres días así.

  Todo empezó en las colinas del norte. él y su grupo habían encontrado unas ruinas antiguas. él fue el único que entró. Y allí lo vio. Solo un destello: una forma hecha de sombras y colores de pesadilla, con docenas de ojos que se giraron hacia él al unísono. No hubo sonido. Solo una risa que surgió dentro de su propia mente.

  Desde entonces, no había tenido paz.

  Un susurro proveniente de detrás del árbol. Elías giró, espada en mano, solo para encontrar nada. Pero el susurro ahora venía de su izquierda. Y de su derecha. Eran la misma voz, susurrando el mismo mensaje incomprenible desde tres puntos a la vez. —?Déjame en paz!—gritó Elías, su voz quebrada por el pánico y el agotamiento.

  La respuesta fue un cambio de temperatura brutal. El aire a su alrededor, ya de por sí gélido, se volvió de repente polar. El vaho de su respiración se congeló en su barba. Era como si lo hubieran sumergido en un lago helado. El aura fría porqué estan fuerte. Esta cerca.

  De pronto, una figura se materializó a veinte metros de distancia. No era un animal, ni un hombre. Era una silueta humanaide retorcida, compuesta de pura oscuridad, de la que emergían brazos espasmódicos y se retiraban, y un único ojo verde neón que lo miraba fijamente. Elías gritó y cargó contra ella, cegado por el terror y la rabia.

  Su espada atravesó la figura sin resistencia. Era hueca. Un se?uelo.

  ?FWHOOM!

  Una explosión de calor lo golpeó por la espalda. Giró y vio cómo un símbolo ardiente (un ojo en espiral grotesca ) se quemaba en el tronco del árbol donde acababa de estar apoyado. Las llamas ardían con un calor intenso y antinatural. La Marca del Protagonista dice la voz.

  El contraste era demencial: su espalda se congelaba por el aura fría residual, mientras su rostro se chamuscaba por el calor de las llamas.

  —No... por favor... —suplicó, derrumbándose. Ya no podía sentir sus dedos.

  Entonces, el sonido comenzó.

  No provenía de una dirección. Venía de todas partes a la vez. Era una risa aguda y penetrante como un oboe, que se mezclaba con susurros sobre "farming de experiencia" y "drops de loot". El grito sónico vuelve a decir las voces. Elías se tapó los oídos, pero el sonido resonaba dentro de su cráneo.

  Y luego, la velocidad.

  El monstruo dejó de jugar. Una figura se materializó a su izquierda. Antes de que Elías pudiera siquiera parpadear, ya estaba a su derecha. Luego, detrás. Luego, frente a él otra vez. No se movía. Desaparecía y reaparecía en un nuevo punto, cada vez más cerca, dejando tras de sí estelas de color púrpura y verde que se desvanecían lentamente.

  Elías ya no vio una forma coherente. Vio un caleidoscopio de pesadilla. El frío se intensificó hasta que el sudor de su sien se congeló. El monstruo se había dividido. No había uno. Había diez. Y los diez lo miraban.

  Uno de ellos alzó un brazo que se transformó en un látigo de fuego serpenteante. Elías supo que era el final.

  —?No! —fue lo último que gritó.

  El látigo de fuego no lo golpeó. Lo atravesó. No hubo dolor, solo un calor intenso y breve en su pecho, seguido de un frío absoluto que lo inundó todo. Elías cayó de rodillas, mirando hacia abajo. Había un agujero carbonizado y perfectamente circular en su pectoral. No sangraba. Los bordes estaban sellados por el calor y congelados por el frío.

  La última cosa que vio fue a la figura principal acercarse. Los otros nueve espectros se desvanecieron en ella, chillando entre risas. El monstruo tomó su forma más básica: una sombra con un ojo verde. El ojo no mostraba crueldad, ni odio. Solo el aburrimiento de quien acaba de completar una tarea rutinaria.

  —Bueno, eso fue aburrido —dijo la figura con una voz que sonaba a un chillido de gallinas—. ?Pero al menos el grind de experiencia cuenta! ?Jajajaja!

  De la masa fantasmal, un peque?o clon con forma de esfera de neón morado se separó y giró hacia una grieta cercana en la tierra.

  —?Oye, jefe! ?Que hay una cueva ahí! —gritó el clon con voz chillona.

  —?Una cueva? —preguntó la forma principal, su tono intensamente interesado.

  Otro clon, esta vez de color verde lima, se materializó sobre la grieta y se sumergió brevemente en ella.

  —?Huele a polvo, huesos viejos y... ?tesoro oculto! —anunció, reapareciendo.

  El Gadkeb principal se acercó flotando, su único ojo brillando con excitación.

  —?Una mazmorra? ?Una mazmorra oculta? —preguntó, su voz elevándose con cada palabra—. ?Por supuesto! ?Era obvio! ?Los lugares de spawn de los mobs más raros siempre están escondidos! ?Al fin una aventura en toda regla!

  Un tercer clon, con un tono de voz más so?ador, a?adió: —?Tal vez hasta haya una milf dentro!Una elfa guerrera perdida con experiencia, o una maga de pech—

  —?CALLATE! — rugió el Gadkeb principal, su forma distorsionándose en púas y colmillos girando como motosierra. Una oleada de frío punzante emanó de él. —?No uses esa palabra! ?Nunca uses esa palabra! ?No quiero una milf! ?Están sobrevaloradas! ?Siempre vienen con equipamiento de quest demasiado caro y misiones secundarias interminables!

  Se giró hacia la grieta, la incomodidad disipándose bajo su compostura su fortaleza mental de protagonista.

  —?Yo quiero algo unico! ?Las milf las tienen cualquiera! ?Una waifu de rareza legendaria! ?No una de drop común! ?Esta mazmorra tiene el drop rate perfecto, lo sé!

  Se giró hacia la grieta, frotándose las manos etéreas (que formó solo para ese gesto).

  —?Esto es mucho mejor que farmear humanos! ?Una mazmorra recién descubierta! ?Llena de trampas, secretos... y un jefe final que me dará el loot que merezco! ?Mi momento por fin ha llegado!

  Y sin dedicar otra mirada al humano al que había acosado hasta la muerte, el espectro y sus restantes clones se sumergieron en la grieta de la tierra, impacientes por empezar su nueva "aventura"

  Fin del Capítulo

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