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Nivel 1: Gusanos de alta tecnología

  Disfrutaba ver a sus chicas así: cómodas, enteras recibiendo archivos de Penny después de la operación. Esperar a que salgan del quirófano le heló la sangre. Tuvo el cuerpo tenso como resorte, esperando oír gritos. Pero siguieron las instrucciones de Penny, para ellas fue como una depilación normal.

  Susano los felicitó por su primera cirugía. Una de las más importantes, según su experiencia. Les sugirió divertirse, relajarse. El entrenamiento empezaría en la noche, pero la puerta estaría abierta si querían practicar antes. Fue muy claro: sus preguntas serían respondidas en clase.

  Andrew aceptó, molesto pero sin opciones. Puso las manos sobre los hombros de sus chicas y las arrastró fuera del bar. Ashley hizo un puchero adorable Julia no opuso resistencia; él puede ver su puchero, aún más adorable. Las revisó de pies a cabeza. Su maestro ya lo había hecho, pero él debía asegurarse: tenían que estar sanas, seguras. Y sí, era culpable de disfrutar cómo obedecían. Sus cuerpos moviéndose al compás de sus órdenes, sin protestar.

  Subieron al auto. De reojo miraba a sus chicas; el silencio inundó el auto. Ashley observaba por la ventana, revisando sus u?as, Andrew le mira fijamente, vera qué puede sacarle a ella en otro momento,Julia está en el regazo de Ashely ,contemplaba su propio brazo. Lo entendía: era raro tener un kilo extra de metal bajo la piel.

  Sacó un mapa de la guantera y, con la mirada clara, decidió el camino. Era hora de usar su tarjeta de débito y relajarse un poco. Estos días han sido muy intensos y teme que el volante se rompa de tanto apretarlo.

  Primero un karaoke de luces bajas. Ashley se apropió de la pasarela cantó a pleno pulmón canciones viejas de romance y covers de animes clásicos: Ranma, Un mundo nuevo. Andrew espantó a unos chicos que se pusieron coquetos, pero también disfrutó del ambiente, bebiendo junto a bocadillos. Julia se movía a su lado, marcando el ritmo con los hombros.

  Cuando el hambre golpeó, los llevó a un restaurante vegetariano para devorar una ensalada sintética. Ashley no paraba de hablar: hacía planes para juegos, exploraciones, películas y series del momento.

  —El universo expandido tendrá un remake, ?y será épico! John Silver va a dirigir. Habla de explosiones —con un muslo de pollo sintético en mano, juraba y perjuraba que esta vez sí saldría una buena película.

  —No estoy segura —Julia lo soltó con naturalidad, para sorpresa de Andrew—. John Silver es de comedia y acción, no de acción dramática.

  Ashley replicó sin dudar. Por un momento Andrew sintió que nunca había comprendido del todo su amistad.

  —Olvidas Kill a Nick. Eso fue puro drama —dio su granito de arena y vio cómo la discusión derivaba en si ese tal John Silver tenía talento o no.

  Sabía que Julia estaba más animada de lo que aparentaba. Tocaba sus puertos en el cuello —que formaban un arcoíris amarillo— y su sonrisa era más amplia que antes. él disfrutaba la comida y discutir con Ashley sobre sus gustos cinematográficos cuestionables.

  Andrew se quedó mirando a Ashley y Julia reírse, y la duda lo invadió sienten incomodidad el mismo más allá del primer momento no a sentido nada,cierra los ojos y toma aire debe relajarse tuvieron a la mejor doctora o al menos eso dijo su maestro debe relajarse no debe correr en círculos cuando solo puede esperar.

  Al terminar, llevó a ambas chicas a una tienda de cómics, donde pagó un paquete de fichas —Ashley quería jugar al casino la noche siguiente— y las dejó en casa de Julia.

  —No te metas en problemas, ?oíste? No quiero saber que andas con esos idiotas —con el ce?o fruncido, Ashley le advirtió.

  él solo le mostró el dedo medio y se retiró.

  —Chao, An-drew. Cuídate —allí volvía la Julia de siempre, pero ahora más erguida, no tan encorvada.

  Ya a solas, revisó su teléfono. Había varios mensajes de sus amigos: la mayoría preguntaba si sabía algo del tipo que le disparó a Jack; otros eran invitaciones a los bolos; algunos pocos —con esa sensibilidad callejera que a veces mostraban— hablaban de sentimientos; por último, ofertas de trabajo.

  Suspiró. ?Dinero fácil o amigos que no valían una mierda? No había duda. Encendió el coche y se fue a trabajar. Con lo que sacaba hoy, ma?ana podría perderlo en el casino con Ashley. Mejor que gastarlo en birra para idiotas. Que jugaran sin él. Total, siempre terminaba pagando él.

  Con esa sensación sombría pero extra?amente aliviada —o tal vez saciada—, Andrew recorrió las tiendas de conveniencia. Cargar y descargar era un asco, pero la paga alcanzaba. Fue de un lado a otro; esta ciudad era muy peque?a. Miró el cielo y se preguntó por qué no lo había hecho antes. En la pantalla del teléfono vio que ya se acercaban las diez de la noche. Pasó por un autolavado.

  Esperaba que el entrenamiento sirviera. Su nariz no dejaba de gritarle por el olor de la mercancía: cloro y otros productos de limpieza. Antes de recoger a sus chicas, pasó a casa por una muda de ropa. Allí estaba su madre, viendo la televisión. Andrew, ya ba?ado y vestido, se detuvo a observarla.

  —En… entonces te gusta ese programa —más seco de lo necesario.

  Se acercó para ver la pantalla. Le sorprendió que fuera el mismo anime de juegos de mesa que Ashley veía: Matuk GF.

  Sin necesidad de que se lo pidieran, comenzó a prepararle la bebida. La jarra estaba vacía.

  —Es un remake de uno antiguo, pero ahora con tableros de juego, no cartas —respondió su madre, con palabras medidas.

  Las mujeres de su vida en serio quieren sorprenderme hoy, pensó. Una sonrisa descuidada se le escapó, junto a una risa breve.

  —No, no me río. Está bien. A Ashley le gusta mucho —casi botó el vaso mientras mezclaba. La bebida de su madre era espesa, no demasiado dulce, pero con un dejo agrio. Se mordió la lengua y siseó.

  —Y ese tal Susano… ya estás listo. No intentes mentir. Ese hombre no te contó todo, pero yo sobreviví confiando en información más escasa.

  Su madre seguía sacándole aire de los pulmones sin moverse del sillón. Andrew se preguntó si algún día tendría esa presencia, esa autoridad que lo hacía sentir como un ni?o con la mano en el tarro de galletas.

  —No me digas más. Solo asiente si consideras que este es un buen camino. Yo iré a hablar con ese hombre uno de estos días.

  Por fin se levantó y lo miró con sus ojos rosa intenso. Andrew intentó sostenerle la mirada con sus ojos verdes.

  Asintió, con el cuerpo encorvado. Dejó una jarra nueva de chocolate frío en la mesa de la sala y se retiró.

  Ya de vuelta en el auto, revisó el teléfono. Mensajes de Ashley: exigía que llegaran a tiempo. Unos de Julia, más cortos: contaba cómo sentía el peso nuevo y preguntaba cómo estaba él.

  Se quedó un momento a oscuras, solo respondió que bien, que ya iba en camino.

  Más tranquilo, Andrew disfrutó el trayecto. Las calles de la ciudad estaban casi vacías a esa hora; solo algún que otro auto cruzaba los cruces con semáforos intermitentes.

  Al llegar a casa de Julia, Ashley ya esperaba en la acera bajo la luz amarillenta del farol. Subió con entusiasmo, arrastrando a Julia detrás, y la sentó en su regazo. Como siempre.

  Ashley lo miró. Julia se lamía los labios muy seguido, parecía nerviosa, pero no dijo nada. Ya en carretera, Andrew redujo la velocidad y apretó el volante con fuerza, como si pudiera controlar algo más que el auto.

  If you discover this tale on Amazon, be aware that it has been unlawfully taken from Royal Road. Please report it.

  —?Y cómo se sienten, chicas?

  Ahí lo soltó. Notó sus propias manos temblorosas sobre el cuero del volante. No puedo creer que pueda matar a un hombre sin dudar y esto me dé miedo.

  —Andrew, esa es la cosa más estúpida que te he escuchado decir. Vamos a aprender magia, ?qué más quieres que te diga?

  Lo llamó Andrew. No Andy. Un avance. Apretó el volante sin darse cuenta.

  Aunque la enana no parecía captar que el trabajo se llamaba, literalmente, cazador. Aunque… magia. Eso no se le había pasado por la mente. Las luces del tablero proyectaban sombras azuladas sobre su rostro.

  Ok. Salió bien. Ashley estaba llena de energía, rebotaba en el asiento y sacudía a Julia con cada movimiento. Andrew juró que intentó no mirar, pero el pecho de Julia era hipnótico: la curva de la camisa, el vaivén. Se quedó en silencio, esperando ver si mordía el anzuelo.

  —Estoy bien, creo. Digo, está bien. Digo, el maestro y Penny parecen buenas personas. Y viste el cyberware… ?cómo funciona? ?Por qué funciona? ?Qué programa utiliza? ?Qué lenguaje? ?Cómo…?

  Comenzó débil, entrecortada, pero de pronto Julia disparaba preguntas como ametralladora. Cosas que Andrew nunca había pensado. Lenguajes de programación. Protocolos. Arquitectura de neuropuertos. Sonrió al ver a sus chicas emocionadas, los ojos brillándoles en la penumbra del auto.

  Pero entonces le preguntaron cómo se sentía él.

  De Julia lo esperaba. De Ashley, no.

  —Estoy… emocionado. Sí. Sí es increíble.

  Nunca se detuvo a pensar exactamente cómo se sentía. Era una oportunidad, ya lo había calculado. Mejor que el ejército. Los requisitos no eran tan altos como para terminar siendo un esclavo corporativo. Aunque, por lo que decía su padre, uno nunca dejaba de serlo. El aire del auto se volvió más pesado. Andrew se retorció en su asiento.

  Ashley arqueó una ceja, no dijo nada. Julia inclinó la cabeza, abrió y cerró la boca. Andrew se preguntó qué trataba de decir, pero al final ella solo asintió.

  Subió el volumen de la radio. Por el rabillo del ojo captó las luces del local de Susano: estaban encendidas. Se detuvo lentamente frente al edificio.

  —Vamos. Hay que llegar a tiempo —dijo con la voz firme, sin temblar.

  Sus chicas asintieron y se bajaron. Andrew ya vería cómo arreglar su motivación. Más tarde. Ahora debía sacar pecho y ser hombre. Suspiró. Quién sabe, tal vez aquí encontrara las respuestas.

  Al entrar, Andrew se sobresaltó. Operarios terminaban de colocar el yeso, instalaban aislante acústico y hasta parlantes empotrados. Ashley, pavoneándose, se acercó a la barra donde su maestro limpiaba vasos de vidrio,como en las películas.

  —Entonces será como en King Martial Saga: dirigimos un negocio mientras entrenamos.

  Ashley saltó la barra y encontró un tazón con frituras. Su maestro le hizo una se?a. Andrew juntó a Julia y se sentaron, pero él no podía dejar de mirar a Ashley, que masticaba feliz, ajena a todo.

  —No dejaré esto a unos ni?os. Será un trabajo para ustedes; yo seré su jefe, les pagaré y tendrán días libres. Esto será parte de su entrenamiento.

  Pasó de los vasos a las botellas. Andrew frunció el ce?o. La idea de tener un local le aceleró el corazón. Claro, sería difícil, molesto, irritante… pero al mirar a su alrededor sintió que podría ser… divertido. Además, él podría elegir los atuendos.

  —Esto será para que ganen dinero, responsabilidad y, sí, aprenderán lecciones de escuchar y consolar.

  Andrew arqueó una ceja. Sus chicas hicieron lo mismo al unísono.

  —?De qué sirve esa mierda? Nosotros matamos daemons, cultos y demonios —Ashley alzó los dedos como pistolas y verbalizó la duda que Andrew cargaba.

  él había imaginado algo más táctico: operaciones encubiertas, combate. Como unidades especiales. Tener que trabajar allí sería molesto; ya tenía su ruta de reparto. Aunque dudaba de tener opción. Por otro lado… Ashley y Julia en uniforme…

  Tomó la bebida que su maestro le ofreció y se preguntó por qué el universo disfrutaba verlo en encrucijadas.

  —No demonios. Nunca demonios. Si un demonio te ve, te mueres. A menos que no esté manifestado o no quiera matarte. Lo diré mil y una veces si es necesario.

  Su maestro golpeó la mesa. La voz se le agravó. Andrew se sintió paralizado; intentó tragar saliva. De reojo vio a Julia acostada contra la barra, la cabeza oculta entre sus brazos.

  —Man… tengo, ?por qué…? ?Por qué debo consolar gente? Además, seguro se pueden matar demonios, debe haber una forma —Ashley seguía emperrada.

  En ese punto, Andrew tuvo claro que su hermana era suicida. ?O es que olvidó que ya nos explicó eso? ?En qué estará pensando? Seguro en otra cosa.

  —Los necios se lanzan donde los ángeles temen pisar. Realmente, la juventud es rebelde.

  El maestro Susano habló mientras le deslizaba una bebida a Julia, que sonrió. Era tan amable.

  —Porque parte del trabajo es hablar con la gente. Somos detectives. ?Por qué crees que uso fedora? Claro, es el uniforme, pero hay que tener clase.

  —Esa botella es muy bonita.

  El aire se volvió denso, aunque Andrew no supo identificar por qué. Ashley mantenía el ce?o fruncido esperando una respuesta. Julia bebía su limonada a sorbos lentos. Su maestro, en cambio, se tomaba su tiempo con aquella botella.

  —Es un Henri IV Dudognon Heritage Cognac. Valor: 105 millones de dólares. Conocida como el ?ADN del co?ac?. El licor envejeció más de cien a?os; la botella tiene trescientos ocho. Ba?ada en oro de veinticuatro quilates y platino. Rinde homenaje al rey Enrique IV de Francia: herencia, nobleza europea.

  Su maestro soltó la clase de historia con naturalidad. Andrew escupió la bebida. Miró esa maldita botella como si fuera una granada sin seguro. Ashley maldijo en voz alta. Andrew juró que Julia también maldijo, pero en un susurro de ratoncito. Tan adorable.

  —Se la robé a un corporativo que creyó que contratar a un demonio como embajador era buena idea.

  Susano la examinó contra la luz.

  —Un embajador habla en nombre de la empresa: muestra lo que son, dice quiénes son. El demonio simplemente hizo su trabajo, según la definición. Si su postura era la de la empresa, entonces el comportamiento y la cultura corporativa debían ser lo que él, como embajador, declaraba. La cultura de la empresa es la cultura de los empleados. La imagen de la empresa es la imagen que la gente tiene de esos empleados. Todo fue moldeado, retorcido, hasta que la empresa se ajustó a la imagen ?correcta? que el embajador elaboró. Le dieron las llaves. Y él lo aprovechó. Porque un demonio siempre cumple la tarea.

  Hizo una pausa. La botella seguía en sus manos.

  —Tuve que reunir a mil cazadores. Entrar. Matar todo lo que estaba en ese edificio. Fue… duro. Pero valió la pena. Lo valió.

  Y lo dijo tan tranquilo. Besó la botella. Explicó que mucha gente buena fue. Muchos se fueron. Muchos aún viven, siguen luchando.

  —Aunque tengo mucho que ense?arles para que entiendan y no sean estúpidos más allá de lo adolescentemente posible… difícil, pero… ?por qué me hago esto? Vamos. Harán ejercicio mientras medito.

  Su maestro saltó la barra. Con una se?a, todos lo siguieron escaleras abajo.

  Andrew dudó. Dejar esa botella en la barra, donde cualquiera podía tomarla… ?era una prueba? ?De qué tipo? ?Debía avisar? ?Ir a guardarla? ?O confiar en que él sabía lo que hacía?

  Julia se adelantó. Preguntó. Recibió un asentimiento. Y fue a guardar la botella en su lugar.

  Andrew negó con la cabeza. Acababa de perder puntos.

  Bajar las escaleras seguía siendo una experiencia surrealista. Todo era tan profesional, tan pensado. Andrew apretó los dientes como sierras. ?Qué carajo se suponía que debía hacer con toda esa información nueva?

  —Entonces los demonios son como un virus lógico —la voz de Julia fue baja pero constante.

  Andrew se giró. Ella jugaba con su pelo, absorta.

  Un silencio se instaló mientras llegaban al subterráneo. Pasaron a un… gimnasio. Parecía normal, claro, salvo por máquinas que Andrew solo había visto en revistas especializadas. Pero al parecer serían horas de ejercicio. Solo eso.

  —Más o menos. No necesitan hacer un trato explícito; usan los tecnicismos, los símbolos, para abrirse paso. Si A le dice a D que define a C, y C está formado por A y B, entonces D define a A y B, y además todo lo que es C. Para que quede claro: C es la empresa como estructura, B los empleados, y A el CEO —o quien sea— que contrató a D, el demonio.

  Su maestro golpeó una pared. Esta se abrió, dejando ver tres trajes. ?O armaduras?

  —Este tema lo profundizaremos luego. Ahora vayan al ba?o y pónganse estos trajes. Les advierto: sentirán un piquete, como de mosquito. Los trajes se conectarán a sus filamentos.

  Ashley volvió a su entusiasmo habitual y arrastró a Julia al ba?o. Andrew tomó el suyo con cuidado. Pesaba unos veinte kilos. Se dirigió al ba?o —que era increíble: tenía ba?era, botellas con palabras francesas, quién sabría qué decían— y, si no fuera porque estaba a punto de entrenar, se habría quedado a investigar.

  Vestirse fue más fácil de lo esperado: metía una pierna, juntaba los bordes y se sellaba solo. Al final se miró al espejo. Parecía un robot blanco. Sentía el metal, pero también una suavidad extra?a. Salió de su auto-admiración cuando su maestro lo llamó. Andrew supo que esto era el comienzo. Su madre se había arriesgado por ellos. No hay premio sin riesgo.

  Al salir, vio que Ashley y Julia también llevaban puestos los trajes. Su maestro había colocado un tapete frente a la puerta.

  —Se paran mal. Caminan mal. Respiran mal. Hay tantas cosas mal… y estas bellezas los entrenarán. Los llevarán lejos de sus límites.

  Apenas terminó la frase, Andrew y sus chicas cayeron al suelo. Por más que se esforzaba, no podía levantarse. Era como si algo lo aplastara contra el piso.

  —No entren en pánico. No lloren. Respiren a mi son.

  Andrew ni siquiera podía girar el cuello. Solo oía la voz de su maestro, los sollozos de Julia, las maldiciones de Ashley —aunque ella se estaba haciendo la dura. Andrew respiró al son de su maestro. Tenía que levantarse.

  Lentamente, logró ponerse de pie. Sentía que podía desmayarse en cualquier momento.

  —Para que vean: estar a dos patas, o incluso a cuatro, es un desafío. Arrastrarse es muy fácil.

  ?Gusanos? ?Nos está llamando gusanos? ?Y por qué estaba sudando? ?Por qué Ashley chillaba?

  —También sentirán calor. Hay que quemar grasa. La presión moldeará sus cuerpos. Y, de paso, un chispazo si pierden el ritmo. Gracias, Ashley, por la demostración.

  Lo siguiente que vio fue a Ashley caer al suelo. Su maestro la felicitó por el esfuerzo de ponerse a cuatro patas es la más lista hasta ahora. Julia le siguió. Andrew intentó caminar, pero solo consiguió besar el suelo.

  Las siguientes horas no pudo levantarse. Arrastrarse fue un calvario. Y el calor. Dios, el calor. mierda.

  Fin

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