Existían varios motivos de por qué los magos vivían en los niveles superiores del acantilado mientras que los marineros no se alejaban de las zonas inferiores del puerto.
Por un lado, a los magos les gustaba controlar cada movimiento y meter sus narices en todos los asuntos vinculados al puerto y eso no le caía bien a nadie, sobre todo al Capitán del Puerto, Dhabeos Myrkan, que muy seguido debía imponer su autoridad frente a aquellos que se creían los due?os de Abrazo de Tormenta.
Además, a la mayoría de los magos no les gustaba navegar y para los marineros aquello no era más que otra razón para desconfiar.
Y, por supuesto, no se podía olvidar la trágica historia que ligaba a ambos grupos.
Abrazo de Tormenta había sido el primer puerto en donde los marineros se revelaron contra el poder de los magos dando comienzo a la Revuelta del Mar y fundando la Liga de los Piratas.
En aquella época, antes de que se construyeran los fortalezas del Escudo y de la Espada, era el único puerto con salida directa hacia el Mar Libre por lo que su pérdida, junto con una buena porción de las islas del norte, constituyó un duro golpe para el poder real y el Consejo.
La ubicación del puerto en una bahía resguardada por imponentes acantilados y rodeada de contínuas tormentas, hacía del puerto un refugio perfecto. De lo único que había que cuidarse era del ataque por tierra pero como la Liga había pasado a controlar las rutas comerciales del Mar Libre esto ayudó a que las reservas de Nemertya comenzaran a escasear. Tanto la Armada Real como el ejército, además, se encontraban ocupados en detener los ataques sobre las ciudades costeras de la franja oeste así como las islas que todavía habían logrado mantener bajo su control.
En el mar los piratas gozaban de una envidiable ventaja y pasaron a ser conocidos por ser hábiles navegantes. Se contaba la leyenda que aquella era la bendición de la Ninfa Némertyss cuyo llamado ancestral había guiado a los humanos a través de los océanos para cumplir el destino de volver a la tierra de sus antepasados mágicos. Sin embargo, Dhabeos sabía muy bien que las cosas no hubieran sido tan fáciles sin la ayuda de los sirenios que apoyaron la rebelión con el fin de detener la cacería de quimeras.
Su abuelo, uno de aquellos primeros rebeldes, le contaba de ni?o que el puerto era un hervidero de actividad tanto bélica como comercial, gobernado no por nobles ni magos, sino por una Asamblea de Capitanes, cada uno de ellos elegido por su propia tripulación. Toda decisión importante que decidiera el destino del puerto tenía que ser resuelta por la Asamblea.
Esa época idílica encontró su fin un par de a?os después luego de que el Consejo, tras muchos meses de reclutar y entrenar nuevos magos, liderara una fuerte ofensiva por tierra para recuperar el puerto.
Frente al poder mágico, los Capitanes sabían que no podían hacer nada. En cuanto los espías ocultos en la capital hicieron llegar la noticia de un gran ejército de magos que se dirigía al puerto, la Asamblea fue convocada y la mayoría de los Capitanes se decidió por abandonar el puerto y emprender la huida por el Mar Libre para reunirse con sus camaradas en la isla Rebelión.
Los que votaron en contra se quedaron, entre ellos el abuelo de Dhabeos, a quien a?os después en su lecho de muerte lo carcomería el arrepentimiento por haber traicionado a su capitán cuando una vez capturado los magos le hicieron elegir entre morir junto con toda su familia o prestar juramento a la familia real. Eso dejó una herida profunda en Dhabeos, ya que de haber su abuelo elegido la horca, como muchos de sus camaradas, su nieto nunca hubiera nacido.
Fue en ese momento que Dhabeos se juró a sí mismo honrar el sacrificio de su abuelo y hacer todo lo posible por quitar el control del puerto de los magos y la única manera de hacerlo era convertirse en el Capitán del Puerto, algo por lo que luchó toda su vida comenzando como mensajero de la Capitanía y luego escalando todos los puestos como oficial hasta alcanzar su objetivo.
Meses después de aquella derrota, los piratas ganarían la guerra obligando a la familia real a firmar la paz que acabaría con la persecusión de las quimeras. Cumpliendo con términos de la Alianza de Armonía Eterna, los rebeldes marineros se replegaron hacia sus islas conquistadas con la prohibición de poner un pie en el continente.
El puerto se perdió para siempre y quedó bajó supervisión directa de los magos.
Tras la reconstrucción del puerto y el faro, Abrazo de Tormenta continuó siendo un puerto comercial clave, vital para las rutas hacia los territorios más allá del mar y a pesar de los esfuerzos de los magos por purificar a su gente y erradicar cualquier rastro de su pasado pirata, el puerto nunca perdió del todo su espíritu indómito.
Fue por eso que el Consejo, no conforme con su triunfo, aplicó una serie de impuestos de cantidades considerables que no se exigían en otras ciudades y este hecho obligó a muchas familias a abandonar el puerto si no querían terminar en la pobreza. También se prohibió a los descendientes de piratas practicar la magia. De descubrir a alguien que violara esta regla, estaría condenado a diez a?os de encarcelamiento, no sin antes grabar en su piel un sello de anulación mágica.
Eso último nunca había sido un problema para Dhabeos que no quería saber nada de magia, aunque eso no evitó que cierto amigo suyo no le ense?ara un par de trucos que cada tanto él había llevado a la práctica, sobre todo durante su época como mensajero y más tarde como oficial. Gracias a eso logró destacarse por su rapidez y cumplimiento del deber, lo cual captó la atención de sus superiores que no tardaron en ascenderlo.
Tanto su amigo como su esposa habían muerto y dejaron atrás un hijo que se negaba a recibir la ayuda de Dhabeos pese a todos sus intentos por llevarlo por el buen camino.
En cuanto gozara de un momento libre, poco probable por esos días, la haría una visita a Rufus y sus peque?os amigos. Al muchacho no le hacía ninguna gracia que Dhabeos hiciera uso de los pasadizos que él creía de su sola propiedad pero lo había terminado aceptando al ver que Dhabeos hacía la vista gorda frente a larga lista de delitos cometidos por la pandilla. El capitán no sabía si estaba haciendo lo correcto pero al menos ellos le tenían confianza y quizás con el tiempo lograra convencerlos de abandonar aquella vida.
últimamente, no había escuchado noticias de ellos y una de las razones debía de ser la multitud de magos que habían ido llegando por esos días. Al menos eso significaba un dolor de cabeza menos.
Eran pocos los magos que le caían bien a Dhabeos. Una de ellos era la Maestra Arcanista, una mujer razonable con la que se podía llegar a un acuerdo y la otra era Fidelia Dabrus, habilidosa comerciante que había participado en exitosas transacciones entre las distintas ciudades portuarias, aunque en realidad a ella no se la podía calificar de maga debido a su peque?o problema con aquel sello que para Dhabeos no tenía ninguna importancia.
En realidad, la noticia de la traición de Fidelia generó una ola de aprobación entre los marineros. Fue así que la maga rebelde se ganó su respeto y eso le allanó el camino cuando una vez en libertad se vio en la necesidad de cambiar de ocupación.
Los piratas incluso le habían concedido el honor de un apodo: Fidelia “Viento Furioso” Dabrus.
En cuanto al resto de los magos, Dhabeos los trataba con una amabilidad desconfiada que usualmente amenzaba con tornarse en desacato cada vez que creía que alguno de aquellos imbéciles quería pasar por arriba de su autoridad.
Pero ese sujeto, Zoran Wildheart, le ponía los pelos de punta.
Desde el momento que entró, Dhabeos sabía que tenía que tener cuidado. Su sola presencia imponente pareció helar la habitación pese al fuego que crepitaba en la chimenea. No eran muchos los magos que lucían una complexión robusta. La mayoría de ellos confiaba más que nada en su magia y descuidaba su salud física.
Zoran en cambio hacía gala de una gran estatura que rivalizaba con la de Dhabeos. Cada detalle de su cuerpo parecía haber sido dise?ado a propósito para transmitir poder. Sus hombros anchos y espalda recta acentuaban una postura impecable. Su rostro de rasgos afilados, dominados por mandíbulas prominentes, le confería una expresión de dureza que no debía de suavizarse nunca ni siquiera cuando dormía. Su cabello corto de tono oscuro reflejaba la luz con un brillo metálico, reforzando su aspecto severo. Sus manos era grandes, con dedos largos y firmes, capaces de dibujar con delicadeza los sellos de magia más intricados así como de aplastar cualquier resistencia con un movimiento contundente.
–Dhabeos Myrkan – lo saludó el mago con una breve inclinación de cabeza. Al igual que Rovenna un par de días atrás, su túnica roja con bordados dorados que indicaban su posición como Líder de la División Control se encontraba totalmente seca pese a la densa lluvia que todavía persistía en el exterior.
Dhabeos correspondió el saludo y lo invitó a sentarse frente a su mesa de trabajo pero el mago se negó. Lo acompa?aban cinco magos de cara seria aunque no tan intimidantes como su líder.
–?Qué puedo hacer por usted, Maestro Líder?
– Vine directo por mar en cuanto me llegó la noticia de dos fugitivos que podrían encontrarse en el puerto – pese a su voz grave y controlada, Dhabeos notó como las mandíbulas del mago se tensaban con cada palabra como si estuviera reprimiendo la urgencia de tirar todo abajo con tal de cumplir con su misión.
– Me he enterado. La misma Maestra Arcanista pasó por aquí apenas unos días antes.
Zoran no hizo ningún comentario sobre Rovenna.
–?Cómo va la investigación?
–?Investigación? – mientras el mago lo acribillaba con la mirada, Dhabeos duró un momento antes de darse cuenta de lo que el otro quería decir–. ?Ah! Sí... mis oficiales están al tanto aunque como ve estamos hasta las manos con el clima. Tengo a todo el puerto en estado de alerta debido a la tormenta.
–No esperaba que usted pudiera hacer mucho de todas maneras. Este es un trabajo de magos, al fin y al cabo.
–Claro – Dhabeos agregó más nada para que no se notara que estaba apretando los dientes.
–Pero si alguno nota algo...
– Ya tuve esta misma conversación con la Maestra Arcanista – el Capitán sintió placer al interrumpirlo –. No veo la necesidad de repetirla con usted. Cualquier movimiento sospechoso que observemos se lo comunicaremos enseguida.
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Los ojos de Zoran debajo de sus pobladas cejas se oscurecieron. Tardó un momento en contestar.
–Rovenna Astra ha mostrado una total incompetencia ante este problema, dejando que dos fugitivos escaparan debajo de sus narices.
–Le recuerdo que está cuestionando a su superiora.
–No por mucho. Si yo fuera usted, pensaría muy bien la forma en que me está me hablando. Al Consejo no le tomaría mucho tiempo quitarle su cargo.
–Yo sólo sigo el orden de jerarquía y quien está ahora por arriba de ambos es Rovenna Astra quien ya me ha dado instrucciones. El día que usted sea Maestro Arcanista... – quiera la Ninfa Némertyss que nunca suceda –. Pues... veremos lo que ocurre.
Zoran se dio la vuelta y sus subordinados salieron detrás de él.
Dhabeos decidió que por ese día ya había tenido suficiente con los magos y se dirigió hacia el otro extremo de la capitanía en donde su mujer se encontraba preparando la mesa para la cena junto con el grupo de ni?os que con los días tormentosos se estaba haciendo cada vez más grande. En cualquier momento necesitarían construir un ala nuevo para mantenerlos a todos.
Contaban con la ayuda de mercaderes que les proveían de alimentos pero con los impuestos tan ajustados no se podían hacer milagros. De todas maneras, cada tanto, en el centro del patio, por obra mágica, cuando nadie estaba mirando, se materializaban raciones de comida cuyo origen era desconocido para todos, excepto para el capitán. Quizás Rufus no quería saber nada con la escuela pero eso no le impedía sentirse responsable del resto de los ni?os.
Además, su mujer, Leila, le caía bien.
Y no podía culparlo. Era muy difícil que Leila Myrkan, cuyo verdadero nombre era Leila “La Fiera” Fyrion, le cayera mal a alguien, al menos claro de que se tratara de un mago.
Nada más ver que venía solo, ella se acercó hacia él. Dhabeos se quedó quieto admirando su figura curvilínea de piel morena y su pelo largo de rizos indomables cuyos mechones se desprendían de la espesa cola de caballo. Cuando sus pícaros ojos se encontraron con los suyos y sus labios gruesos se abrieron en una sonrisa Dhabeos experimentó un vuelco en el estómago como si los a?os no hubieran pasado y todavía fueron dos jóvenes que apenas se habían conocido en los muelles de la isla Rebelión.
Leila apoyó brevemente sus labios sobre los suyos. Dhabeos escuchó las risas y silbidos de los ni?os de fondo.
Ella le acarició la mejilla sin retirar su rostro, observándolo con atención.
– ?Qué es lo que atormenta los ojos de mi capitán?
Dhabeos suspiró
– Los magos, querida.
– ?Los magos son una mierda! – gritó una ni?a.
– ?Esa no es manera de hablar de una se?orita! – le ri?ó Dhabeos.
– ?Pero Leila lo dice todo el tiempo!
La mujer arrugó los labios conteniendo una nueva sonrisa.
– ?Y así los estás educando? – Dhabeos alzó las cejas pero ella sabía muy bien que no lo decía en serio.
Cuando la mesa estuvo lista, ambos esposos se pusieron a la tarea de repartir la comida. Mientras comían, Dhabeos se concentró en conversar con los ni?os que le contaron todo lo que habían aprendido ese día y cada tanto fingía hacerse el tonto para que los ellos corrigieran sus errores. A su esposa sólo le hablo sobre las reparaciones que deberían hacerse en los muelles luego de pasada la tormenta.
No fue hasta que los ni?os se retiraron a dormir, cuando ambos se encontraban delante de la chimenea disfrutando de sendas jarras de cerveza, que Dhabeos le anunció a Leila la aparición de Zoran.
– Será mejor que lo evites todo lo posible mientras esté aquí – le dijo.
– No le tengo miedo a ese mago estúpido.
– Aun así, no me gustaba la manera en que te miraba la última que estuvo aquí.
– Eres un celoso, Dhabeos.
– Sabes muy bien que esa no es la razón.
A diferencia de Dhabeos, cuya familia había dejado atrás su pasado de gloria, Leila pertenecía a una familia pirata que vivía en Rebelión, la mayor de las islas pertenecientes a la Liga.
Se habían conocido en el mismo viaje que él había conocido a Rovenna Astra. Los padres de Leila, Enid “La Feroz” Fyrion y Royden “El Astuto” Branson eran capitanes que formaban parte de la Asamblea que celebraba sus encuentros en la misma isla.
Desde ni?o Dhabeos había deseado entrar en contacto con sus raíces pero lo que nunca se esperó fue encontrar el amor en el rostro de una descarada mujercita que con el deseo de ganar una apuesta que le habían hecho sus hermanos se coló en el barco que había trasladado se coló en el barco que trasladaba a la comitiva real.
Su objetivo no era menos que audaz: robar la bandera insignia de la familia real y suplantarla por la de la Liga de los Piratas. Todo a la luz del día, como si fuera la cosa más natural del mundo.
Mientras nobles y magos eran recibidos por las autoridades de la isla, dos miembros de su tripulación le llamaron la atención y se?alaron hacia el mástil principal.
Al alzar la vista Dhabeos vio a una figura menuda y agil escalando con la destreza de una ardilla y desatando con rapidez la bandera roja con la insignia dorada de Némertyss por una bandera azul de bordados plateados que también mostraba a la Ninfa pero acompa?ada del Dragón Azul.
La bandera de la Liga no tardó en ondear orgullosa siendo acariciada por el viento mientras la mujer sacudía con una mano la bandera robada. Sus camaradas aplaudían desde los muelles y los barcos más próximos.
Dhabeos parpadeó incrédulo, como si no pudiera creer la osadía de aquella mujer cuyos gestos despreocupados demostraban que estaba disfrutando del espectáculo que estaba causando. Eso no le impidió notar su belleza pero luego recordó que era el capitán y no podía quedarse quieto sin hacer nada. Cuando le ordenó que se detuviera, ella, encaramada todavía a lo alto del mástil:
– ?Y quién se supone que eres tú?
– ?Soy Dhabeos Myrkan, capitán de este barco!
– ?Myrkan? Ja... pues... me parece que este barco ya no te pertenece. ?A partir de hoy formas parte de la Liga y yo, Leila “La Fiera” Fyrion, seré tu capitana!
Indignado por sus palabras, Dhabeos y el resto de su tripulación se preparó para atraparla no bien comenzara a bajar pero ella no tenían ninguna intención de hacerlo como ellos esperaban.
Leila se ató la bandera a su cintura y se ubicó en la cruceta más alta en donde las vigas transversales sostenían el velamen superior. La brisa agitaba su larga melena mientras mantenía el equilibrio. Desde abajo, Dhabeos notó que iba descalza.
–?Mira y aprende, capitán!
–?Espera! – si aquella tonta muchacha moría en su barco no quería imaginar el escándalo que recorrería todas las islas piratas. Ya podía irse despidiendo de la capitanía del Abrazo de Tormenta.
Ella se inclinó ligeramente hacia adelante, flexionando las rodillas para tomar impulso. Con un movimiento elegante, extendió ambos brazos y saltó.
El muelle se sumió en completo silencio durante el eterno instante en que aquel gracil cuerpo realizaba un arco perfecto y rompía la superficie del agua como un cuchillo. Apenas dejó tras de sí un destello de espuma y peque?as olas mientras desaparecía y volvía a emerger con una risa jubilosa que resonó a lo largo del muelle y luego se perdió entre los ensordecedores vítores de los demás piratas que festejaban la hazana. Sin perder tiempo ella nadó hasta alcanzar las maderas de los muelles en donde varios brazos la ayudaron a subirse.
Se giró hacia Dhabeos quien entre el susto y la admiración se había quedado paralizado y le lanzó un beso al aire antes de desaparecer corriendo entre la muchedumbre que le abrió paso a la heroína del día.
Para ahorrarse problemas con la Liga, decidió no reportar el incidente. Era su primer viaje como capitán después de todo y no quería tener que explicar cómo una muchacha cualquiera había hecho tambalear su autoridad.
Pero para su sorpresa el mísmisimo Royden “El Astuto” Branson, quien a su vez tampoco quería ofender a la comitiva real, se apersonó en el barco para devolverle la bandera arrastrando consigo a su rebelde hija y obligándole a pedir disculpas.
Dhabeos dio por concluido el asunto pensando que la muchacha de ahí en adelante haría todo lo posible por evitar cruzarse con él pero más bien fue lo contrario. Cualquier oportunidad que se le presentara ella la aprovechaba para molestarlo y si bien al principio lo sacaba de quicio no tardó mucho en ablandarle el corazón con su inagotable picardía. De allí nació la amistad que luego dio paso a algo mucho más profundo.
Pero al cabo de un mes, Dhabeos debía volver con la comitiva. él no podía quedarse en la isla. No podía dejar atrás a Abrazo de Tormenta. Algún día se convertiría en el Capitán del Puerto y lograría contrarrestar el poder de los magos.
Cuando se lo comunicó a Leila, ella arrojó sobre él toda su furia en forma de palabras y golpes contra su pecho, haciendo honor a su apodo, pero cuando vio que él no iba a cambiar de idea salió corriendo. Dhabeos no fue detrás de ella. Era lo mejor.
Todavía recuerda aquel día que ordenó levar anclas para partir hacia Nemertya sabiendo que su corazón se había quedado atrapado en la isla que cada vez se hacía más lejana. Leila no había ido ni siquiera a despedirlo. No esperaba que lo hiciera, no después de cómo habían terminado las cosas, pero una peque?a parte de él ansiaba verla por una última vez.
Desde el instante en que zarparon y hasta mucho tiempo después de que el sol se ocultara tras el horizonte, se mantuvo ocupado supervisando a la tripulación y hablando con los demás miembros de la comitiva acerca de lo que deparaban las futuras relaciones con los piratas pero no bien tenía un momento de tranquilidad el rostro de Leila volvía a ocupar su mente. Ni siquiera las airadas discusiones que tenían como centro a la Maestra Rovenna Astra no lo divertían tanto como antes. El viento parecía arrastrar el eco de la risa de Leila, haciéndole recordar la furia de sus ojos y el olor de su cabello impregnado de sal y libertad que lo perseguirían como una sombra hasta el fin de sus días.
No bajó hasta su camarote hasta que sintió que los ojos le pesaban. Sin embargo, dudaba de que pudiera dormir algo aquella.
Al cerrar la puerta detrás de él la única luz en la habitación era el brillo plateado de la luna colándose a través de la ventana, el mismo color de la insignia pirata que ella había hecho ondear en su barco.
De repente, una sombra se le vino encima y un par de brazos se aferraron a su cuello como un náufrago agarrándose a un pedazo de madera.
–Te tomaste tu tiempo. Hace horas que te espero– le dijo la sombra que despedía un aroma muy familiar –. Me las pagarás, Dhabeos Myrkan.
El capitán hundió su cabeza en la espesura de su pelo, como si hubiera muerto y ahora volviera a respirar.
–Eres un verdadero problema, Leila Fyrion.
Desde ese día ella abandonó a su familia, su modo de vida y renunció a seguir los pasos de sus padres para vivir en aquel puerto gris rodeado de magos. Su vida de casados no estuvo libre de decepciones. En algún momento debieron aceptar que era poco probable que tuvieran hijos.
Dhabeos siempre temió que ella lo abandonaría un día para volver con los suyos pero nunca lo hizo. Encontró su manera de rebelarse fundando la peque?a escuela destinada a educar a los Hijos del Puerto.
En cuanto a su sue?o de recuperar el control de Abrazo de Tormenta ahora lo veía como algo descabellado, un sue?o de la juventud, pero al menos podía ayudar a los ni?os y también se había ganado el respeto de los marineros que acudían a él cuando se les presentaba algún problema en donde él debiera mediar para evitar los abusos de la Orden.
–Después de tantos a?os – le respondió Leila luego de que él expresara su preocupación –. ?A quién va a importarle que yo sea una pirata?
– A Zoran Wildheart le importará. Te hará encerrar de inmediato por violar el Tratado. De nada sirve lo que hayas hecho o no. Es incluso capaz de mandar a toda la flota de la Armada contra las islas.
– Está bien... me mantendré lejos de él, pero solamente para que tú no te estés preocupando por nada. Tienes cosas más importanes que atender. Yo puedo cuidarme sola ?sabes? Mi cuerpo no se ha atrofiado sólo por estar lejos de las islas.
–Ya lo sé – él tomó una de sus manos y la besó –. Gracias.
–No es necesario que lo agradezcas.
–Lo haré de todas formas.
La libertad de los piratas siempre estaba amenazada. La Armada no perdía ninguna oportunidad para provocar enfrentamientos e incluso había perpetrado atentados en algunas de las islas para luego negar participación alguna. Aquel viaje que había compartido con Rovenna Astra no había servido de mucho ya que poco después del regreso de la comitiva las tensiones no tardaron entre ambos bandos no tardaron en resurgir.
Sin embargo, los piratas, por ahora, simplemente resistían ya que si algún día se decidían ir a la guerra, algo que violaba directamente el Pacto de la Alianza, perderían el apoyo de los sirenios que había sido crucial para su supervivencia.
–Vamos a dormir. Ha sido un día largo – Leila se levantó de su asiento y Dhabeos se aprestaba a seguirla cuando escucharon fuertes golpes en la puerta y la voz de uno de los oficiales:
– ?Capitán!
– Pase, hombre – ordenó Dhabeos. Leila se había detenido a su lado mientras el oficial entraba rápidamente y hacía un gesto de saludo–. ?Qué ha sucedido? ?La tormenta ha provocado más da?os?
La mirada del oficial transmitía gravedad y sus ojos oscilaron entre Leila y Dhabeos, como sabiendo que lo que estaba a punto de informar iba a generar un fuerte reacción de parte de ambos.
– Los magos, se?or. Parece que han capturado a uno de los Hijos del Puerto.

