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Capítulo 3 - La joven aprendiz

  Era muy avanzanda la noche cuando por fin su padre abrió la puerta de su cuarto. Olivia lo había estado esperando desde hacía un buen rato sabiendo que él no se iría a domir sin haberse asegurado de que estaba bien.

  Ella fingió que dormía, arropada de pies a cabeza, dándole la espalda, apenas con la cabeza sobresaliendo debajo de la manta.

  Escuchó sus pasos lentos y cautelosos acercándose. Sintió el peso de su cuerpo sentándose al filo de la cama. Una mano acarició sus cabellos con la punta de los dedos como si acariciara la más fina de las sedas y luego sus labios se posaron en un costado de la frente de la muchacha.

  El conde permaneció quieto unos segundos. Ella podía sentir sus ojos del mismo color que los suyos apuntándole como flechas. ?Se habría dado cuenta de que no dormía?

  Olivia apretó aún más los labios tratando de que su respiración no se notara agitada. Le pareció por un momento que él era capaz de escuchar los latidos de su corazón como si este quisiera escaparse de la prisión de su atormentado pecho.

  Finalmente él se levantó y abandonó la habitación.

  No bien escuchó girar de nuevo la cerradura, Olivia comenzó a respirar normalmente. La presión de su pecho, sin embargo, no cedía, en parte debido a la tristeza que le provocaba la impensable traición que estaba a punto de cometer.

  Pero acaso... ?no la había traicionado él también?

  Por lo menos, ella lo estaba haciendo por una causa noble mientras que él...

  Sacudió la cabeza. No tenía caso distraerse con resentimientos.

  Esperó un tiempo prudencial antes de saltar de la cama y comenzar a sacar de un arcón la ropa de hombre que utilizaba para entrenar con la espada y el arco. Debajo de la cama había dejado preparada la alforja que contenía una cantimplora de cuero, alguna prenda más de ropa, las sobras de su cena que apenas había tocado y un estrujado mapa que su padre le había regalado alguna vez con la promesa incumplida de llevarla a recorrer el reino.

  Pensar que ni siquiera la había llevado a visitar el Lago del Dragón Azul que se encontraba nada más que a dos días de viaje a caballo. Para ser la heredera del Guardián del Círculo, poco conocía del mundo más allá del castillo. Debía agradecer que por lo menos le estaba permitido entrenar, aunque de nada le valieran sus habilidades si la mantenían confinada como una triste damisela. Ella quería poner en práctica todo lo que había aprendido y esta iba a ser su oportunidad.

  Por último, tomó la peque?a daga que Cormac, el capitán de la guardia, le había regalado en su último cumplea?os y se la llevó hasta la nuca para cortar la pesada trenza que no tardó en caer al suelo.

  Sacudió su pelo y se miró en el espejo. Si su doncella la hubiera visto se hubiera caído muerta ahí mismo. La futura princesa se había esfumado. Sus mechones desflecados y desiguales apuntaban en todas direcciones, como si se tratara de una bestia desesperada que había sido liberada de su cautiverio.

  Escondió la trenza entre los vestidos que nunca más usaría. Guardó la daga en la funda que colgaba de su cinturón y se puso encima una gruesa capa de invierno. No había tenido oportunidad de recuperar sus armas de práctica que habían quedado guardadas en la armería pero se las tendría que arreglar. Una espada, de todas maneras, le sería demasiado pesada para cargar durante la huída.

  Se colgó la alforja y respiró hondo antes de apoyar sus dedos sobre la pared para dibujar con cuidado las doradas muescas de la llave que abría la entrada del pasadizo.

  Eldrin la había instruido en el intrincado dise?o de las rutas secretas dentro del castillo que habían sido creadas un siglo atrás por el primer conde de Rocasombra como vía de escape en caso de una invasión. Desde la última Guerra sólo se utilizaban para tomar atajos ya que los sellos protectores de los magos bastaban para repeler cualquier ofensiva proveniente del exterior.

  Pero esos eran tiempos de paz y nadie esperaba ser atacado, por lo que su padre había ordenado bloquear la mayoría de los pasadizos temiendo que su hija se perdiera dentro de ellos. No había servido de nada al final porque él nunca se había imaginado que Eldrin pudiera llevarle la contraria hasta ese punto.

  Las llaves fueron los primeros sellos que el mago le ense?ó a dibujar. Primero con la pluma practicando sobre hojas de pergamino para memorizarse sus formas, luego con los dedos en distintas superficies. Por ahora era el único que sello que podía trazar sin cometer errores. Le hubiera gustado dominar el uso de los escudos o dirigir la fuerza del viento. Ni qué hablar de las ondas expansivas o las orbes de energía negra para al menos lograr defenderse pero por el momento aquello le bastaba.

  Trazó primero la línea central en dirección vertical para luego ir agregando el resto de las líneas que la cruzaban horizontalmente. Agregó un par más formando peque?os cuadrados dentro del dise?o. Para alguien que no supiera leer los Códigos Etéreos aquel dibujo parecía estar hecho al azar pero en realidad cada recta, forma y ángulo seguía un patrón específico para desbloquear, en este caso, el escudo invisible que mantenía oculta la puerta.

  Trazada la llave en su totalidad las líneas doradas brillaron intensamente por unos segundos para luego disolverse y dar paso a una abertura rectangular.

  Si bien Olivia ya había cruzado esa puerta muchas veces no pudo evitar que su corazón volviera a dispararse mientras se internaba en el largo y oscuro pasadizo que no tardó en bifurcarse en varias direcciones, todas las cuales eran conocidas por ella, pues aquel había sido su lugar de juegos preferido, sobre todo durante las largas ausencias de su padre mientras realizaba sus recorridos por el Círculo.

  Su única aventura, pensó con nostalgia.

  Pero aquello no era ningún juego. La vida de una criatura mágica estaba en juego, así como su propia libertad, o, al menos la poca que había tenido hasta entonces.

  A ciegas y apurando el paso, sus pies la guiaron sin ningún tropiezo por curvas abruptas, empinadas escaleras y menudos huecos por donde se tuvo que arrastrar hasta llegar a la puerta invisible de la torre sur. La misma se encontraba detrás de una pesada biblioteca que debía mover con cuidado para no hacer ruido porque muy seguramente habría guardias vigilando la entrada.

  Dibujó la llave, un cuadrado en cuyo interior se cruzaba una serie de líneas y círculos, y frente a ella apareció la superficie de madera del mueble. Durante lo que le pareció una eternidad trató de empujarlo con mucha suavidad hasta abrir una hendidura lo suficiente ancha para escurrirse.

  Ahora se encontraba en la sala de experimentos iluminada sólo por una de las piedras incandescente incrustadas en la pared.

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  Aún en la penumbra el caos saltaba a la vista. La biblioteca que ella había empujado se encontraba casi vacía mientras que los códices y pergaminos se esparcían desordenados sobre las distintas mesas y algunos incluso habían quedado abandonados en el suelo. Artefactos, prismas y recipientes de todas las formas, vacíos o a medio llenar, se apilaban sin criterio alguno sobre decenas de estanterías. Algunos incluso se habían ladeado y dejado correr alguna pócima corrosiva que había dejado una mancha negra en el suelo como si la misma piedra se hubiera prendido fuego. Las mesas de trabajo estaban cubiertas por un amasijo de fragmentos de cristales, piedras y plantas, y el resto de los muebles se encontraban desgastados o con alguna pata rota.

  A pesar de eso los sirvientes tenían prohibida la entrada y seguro que lo agradecían, ya que era muy común escuchar explosiones dentro de la torre a distintas horas del día, incluso temprano en la ma?ana luego de que Leander se hubiera desvelado la noche entera calculando las medidas exactas para una nueva especie de metal que estaba intentando crear.

  En medio de ese desorden descubrió la jaula de hierro. Muy peque?a pero de seguro resguardada por varios sellos protectores.

  Estaba a punto de avanzar hacia ella cuando un potente gru?ido le hizo saltar el corazón.

  La quimera, pensó. Pero desde su ubicación no lograba atisbar el contenido de la jaula. El gru?ido volvió a escucharse y al girar la cabeza en su dirección un escalofrío le recorrió la espalda cuando tirado en el suelo descubrió un revoltijo de mantas debajo de las cuales asomaba nada menos que la cabeza rapada de Leander emitiendo ronquidos que podrían haber competido con el rugido de un dragón.

  Tendría que haberse imaginado que no dejarían a la quimera sola así como así.

  En puntas de pie se acercó hasta la jaula atenta al ritmo de la respiración del mago. Varias veces tuvo que pararse en seco entre las pausas de cada ronquido temiendo que pudiera despertarse en cualquier momento.

  Estaba a tan solo unos pasos de su objetivo cuando su pie tropezó con una esfera de mármol que rodó por el piso de piedra produciendo un ronco murmullo cuyo eco pareció amplificarse a medida que avanzaba. Tras lo que le pareció una eternidad, la esfera chocó contra la pared produciendo un último golpe seco.

  El ronquido de Leander se cortó, reemplazado por un resoplido incómodo. Olivia contuvo la respiración, congelada en su lugar, mientras el mago resoplaba una vez más antes de volver a hundirse en un nuevo concierto de ronquidos.

  Finalmente llegó hasta la jaula. Intentó moverla pero la habían fijado a la mesa. Levantó sus manos temblorosas y tras varios segundos logró hacer visibles los sellos dorados que la cubrían. Eran tantos que su brillo iluminaba la mitad de la habitación.

  Miró en dirección a Leander pero, por fortuna, su rostro se hallaba de espaldas a la jaula.

  Al volver la vista se encontró de frente con los peque?os ojos del ratón que brillaban como dos gotas negras.

  – Ah... ?Hola? – susurró Olivia.

  El ratón mantenía los ojos fijos en ella.

  – Mi nombre es Olivia. Nos conocimos... hace unas horas...

  El ratón no se movió ni emitió sonido. Olivia estaba casi segura que había leído en alguna parte que las quimeras podían comunicarse con los humanos pero no le pareció hora de insistir.

  – Escucha – giró la cabeza un instante para cerciorarse de que Leander continuaba dormido –. Yo tengo la culpa de que te hayan descubierto y por eso he venido a liberarte. No tengo tiempo de explicar todo porque debo apurarme en descifrar los sellos. Dame unos minutos.

  El ratón se mantuvo tieso mientras ella estudiaba los sellos con detenimiento. Comenzó leyendo cada rombo uno por uno y cuando más avanzaba más descorazonada se sentía. Los magos no habían escatimado en mecanismos para mantener cautiva a la quimera por más débil que fuera su poder. A esto se sumaban los ronquidos de Leander que le quitaban la concentración.

  Torció sus ojos hacia el ratón que ahora se había levantado en dos patas y alzaba su hocico hacia ella como curioso de lo que estaba haciendo. No tenía idea de lo que debía estar pensando, si confiaba en ella o no. Quizás interiormente se estaba burlando. ?Cómo iba una aprendiz de maga que nunca había salido de castillo intentar descifrar los intrincados patrones creados por los Maestros de la Orden de Rocasombra?

  Pero ahora ya estaba allí. Le había dicho que iba a salvarlo, así que al menos debía tratar de descifrar los sellos aunque le llevara toda la noche. Aunque el sol saliera y Leander se despertara, aunque su mismo padre se apareciera para castigarla, ella no podía salir de allí hasta haber agotado todas las opciones.

  Era su culpa de que aquel ser inocente se encontrara en aquella situación. Si sólo hubiera dejado al gato en paz una vez que se dio cuenta de que este no quería saber nada con ella. Pero no. Como siempre, ella había esperado encontrar afecto recríproco en otro ser que no quería saber nada con ella y con razón.

  Al fin y al cabo no era más que una criatura incompleta, mucho más rara que la quimera que tenía frente a ella.

  No supo cuánto tiempo había pasado mientras intentaba llegar hasta el final de la secuencia pero sus debía de ser bastante porque sus brazos comenzarón a dolerle

  Al llegar al último sello ya podía sentir las lágrimas asomando por sus ojos pero estas cedieron de inmediato cuando su frustración fue suplantada por el asombro.

  – No puede ser.

  Desde la jaula el ratón parpadeó y movió nervioso su hocico.

  – No puede ser – repitió –. Es ilógico, imposible. ?Quién...?

  Leyó el último sello una y otra vez pensando que el cansancio le había hecho equivocarse pero no podía ser de otra manera.

  Ahí estaba el sello que ella tan bien conocía. En realidad, se trataba de un mecanismo muy simple. Y no sólo eso sino que el sello había sido parte de una serie de ejercicios que el mismo Eldrin le había entregado durante sus primeras lecciones cuando se encontraba dando sus primeros pasos en la lectura de los Códigos Etéreos.

  Lo más ridículo de todo era que ese sello de escasas líneas pobremente desarrollado se encontraba encadenado al resto de la compleja secuencia que hasta ahora no había logrado descifrar.

  Aunque pareciera increíble, si su teoría era correcta, bastaba con desactivar ese último sello para que la secuencia se revirtiera.

  ?Sería que Eldrin...?

  Sacudió la cabeza. Ese enigma podía ser resuelto más tarde.

  Con la punta de sus dedos trazó la forma de la llave sobre el peque?o escudo y ante su incredulidad uno por uno los sellos se fueron disolviendo en peque?as chispas hasta que el último se apagó del todo.

  La puerta de la jaula se abrió con un chasquido y el peque?o ratón dio un salto fuera de ella.

  – Si quieres vivir, debes venir conmigo – dicho esto Olivia abrió su alforja para que indicarle que saltara dentro de ella. – Pero debes decidirte ya mismo o...

  – ?Quién eres? – preguntó una voz masculina.

  Todo sucedió muy rápido. Su éxito le había generado tal alegría que no había notado que los ronquidos se habían acallado y que un aturdido Leander la miraba de costado.

  – ?Muéstrame tu cara! – exigió el mago mientras intentaba liberar sus manos de las mantas.

  Olivia ya podía observar bajo la pesada tela el brillo naciente de sus dedos a punto de invocar el sello.

  Si sólo pudiera defenderse con un escudo pero aún estaba lejos de aprender cómo hacerlo.

  No tuvo más remedio que reaccionar por instinto.

  Apenas vio que el ratón saltaba dentro de la alforja, tomó una piedra apoyada sobre una mesa y la arrojó hacia una de las estanterías. El proyectil se estrelló contra varios frascos que cayeron al suelo y provocaron una explosión que cubrió toda la estancia de un espeso humo amarillo.

  Olivia se cubrió su nariz y boca con una mano evitando así aspirar aquella mezcla desconocida y probablemente tóxica.

  Se escucharon más explosiones pero estas no provenían de los frascos sino de las propias manos de Leander que había comenzado a lanzar ondas expansivas a ciegas intentando dar con el intruso pero también tratando de disipar el humo.

  Una de esas ondas rozó la oreja de Olivia que ahora con el cuerpo agachado y una sola mano tanteaba entre la niebla amarilla intentando encontrar la biblioteca que tapaba la entrada.

  –?Intruso! ?Intruso! –gritaba Leander.

  La muchacha escuchó la puerta de la torre abrirse de golpe y los pasos de los guardias entrando a toda velocidad. Uno de ellos gritó de dolor. Por las exclamaciones de Leander se dio cuenta de que habían tropezado con él pero sin poder reconocer a nadie continuaba invocando sellos defensivos sin saber que estaba atacando a las mismas personas que venían a auxiliarlo.

  Finalmente sus dedos se agarraron a la madera del mueble y logró colarse por la puerta del pasadizo que se cerró a los pocos segundos sin que ninguno de ellos se percatara de lo que sucedía a su alrededor.

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