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UN PAR DE IMPARES

  Mientras todo aquello sucedía en el interior de la Mansión Escarlata, en otro mundo, lejos de Eurania, el grupo de Candado esperaba en la Tierra. El portal permanecía abierto como una herida suspendida en el aire: un óvalo inestable de luz de plata y oro que parecía respirar lentamente, expandiéndose y contrayéndose con un pulso irregular.

  Ya habían pasado más de dos horas.

  Dos horas en las que nadie sabía qué estaba ocurriendo al otro lado.

  El tiempo, en situaciones así, se volvía pesado. Cada minuto parecía durar demasiado.

  Lucas era el único que parecía haberse abstraído por completo de la ansiedad del grupo. Estaba agachado frente al portal con una libreta llena de fórmulas, diagramas improvisados y anotaciones apresuradas. A cada tanto acercaba algún instrumento extra?o —uno de sus tantos inventos— para medir fluctuaciones en la energía del portal.

  —Interesante… muy interesante… —murmuraba para sí mismo mientras anotaba con entusiasmo casi infantil.

  Parecía un científico frente al descubrimiento de su vida.

  Para cualquiera que lo mirara desde afuera, daba la impresión de que Lucas había olvidado por completo que sus amigos estaban del otro lado. Pero en realidad era su forma de lidiar con la tensión: comprender algo lo hacía sentir menos impotente.

  No muy lejos de él, Ana María Pucheta estaba recostada cómodamente contra la espalda de German, como si aquel momento fuera una tarde cualquiera en un parque. En sus manos giraba con rapidez un cubo de Rubik que resolvía y desarmaba sin siquiera mirar.

  —Ya llevas seis veces —murmuró German.

  —Siete —corrigió ella sin levantar la vista.

  No parecía preocupada… pero el cubo giraba demasiado rápido. Sus dedos se movían con una energía nerviosa que la delataba.

  A unos metros, Erika y Lucía no lograban quedarse quietas. Caminaban en peque?os círculos, volvían a mirar el portal, se cruzaban de brazos, se separaban otra vez. Sus miradas regresaban siempre al mismo punto: aquella abertura roja suspendida en el aire.

  —Ya deberían haber vuelto… —susurró una de ellas.

  La otra no respondió.

  Solo seguía mirando.

  Sentada en el suelo, un poco apartada del grupo, Natalia estaba bajo un peque?o pa?uelo que se había puesto sobre la cabeza como si fuera una especie de refugio improvisado. Tenía las rodillas abrazadas contra el pecho y la mirada fija en el portal.

  Su rostro, como casi siempre, era completamente inexpresivo.

  Nadie sabía qué estaba pensando.

  Quizás ni siquiera estaba pensando en palabras.

  Cerca de ella, pero manteniendo cierta distancia, Anzor se dedicaba a afilar su espada con movimientos lentos y meticulosos. El sonido metálico de la piedra contra el acero era rítmico, constante.

  Shh… shh… shh…

  Parecía relajado, incluso tranquilo.

  Pero cualquiera que lo conociera bien notaría ciertos detalles: la forma en que sus ojos se levantaban cada pocos segundos hacia el portal, o cómo su postura estaba siempre lista para levantarse en un instante.

  Era la calma de alguien que espera una batalla.

  Un poco más atrás, Pak permanecía de pie, completamente inmóvil. Su postura era recta, casi militar. Los brazos cruzados detrás de la espalda, los ojos clavados en la abertura roja.

  No hablaba. No se movía. Solo observaba.

  En contraste absoluto con esa tensión silenciosa, Kevin y Martina estaban acostados sobre el pasto mirando el cielo. Las nubes avanzaban lentamente sobre ellos mientras mantenían una conversación trivial sobre cualquier cosa que no fuera el portal.

  —Te digo que esa nube parece un pato.

  —Eso no es un pato.

  —Claro que lo es.

  A la charla se había sumado Andersson, que también estaba recostado ahora con las manos detrás de la cabeza.

  A simple vista parecía una escena relajada… pero ninguno de los tres dejaba de mirar el portal de reojo cada tanto.

  Matlotsky, en cambio, estaba sentado sobre su enorme caja de herramientas metálica. Tenía la espalda encorvada y una expresión de aburrimiento tan profunda que parecía casi física.

  Golpeaba su martillo contra la palma de la mano.

  Tac. Tac. Tac.

  Después empezó a hacerlo girar entre los dedos. El aburrimiento, en su caso, era simplemente otra forma de impaciencia.

  Entre todos ellos, la más inquieta era Viki.

  No podía quedarse quieta.

  Caminaba de un lado a otro como si la espera la estuviera consumiendo por dentro. Sus manos se apretaban entre sí una y otra vez.

  Héctor estaba del otro lado del portal. Y ella sentía, casi físicamente, que debía estar con él.

  Pero también sabía algo más.

  Si alguien podía protegerlo… eran Candado y Declan.

  Por eso seguía allí.

  Porque confiar también era una forma de valentía.

  Un poco más apartado del grupo, Walsh estaba sentado con un libro abierto entre las manos. La página estaba marcada exactamente en el mismo lugar desde hacía tiempo.

  No había pasado una sola hoja.

  Cada pocos segundos levantaba la mirada hacia el portal… y luego volvía a bajar la vista al libro, como si intentara convencerse de que estaba leyendo.

  Pero no leía nada.

  Finalmente, cerca de una zona despejada, Liv practicaba con su espada. Sus movimientos eran rápidos y precisos, cortando el aire con silbidos breves.

  No estaba preocupada. Pero sí estaba nerviosa.

  Cada golpe era más fuerte que el anterior. Cada giro más veloz.

  No entrenaba por disciplina.

  Entrenaba porque sabía algo muy simple:

  Si algo salía mal…

  Debía estar lista.

  Y así, entre ansiedad, silencio, distracciones y peque?as formas de soportar la espera, el grupo permanecía allí, vigilando el portal que conectaba con la Mansión Escarlata.

  Esperando.

  Esperando a que, en cualquier momento, la figura de Candado cruzara primero.

  O la de Declan.

  O cualquiera de los que habían entrado.

  Porque en el fondo, todos compartían el mismo pensamiento que nadie decía en voz alta:

  Dos horas era demasiado tiempo.

  Mientras el tiempo seguía avanzando con una lentitud desesperante.

  El portal continuaba vibrando con ese pulso de oro y plata, como un espejo sin reflejo, que parecía latir como un corazón ajeno al mundo que lo rodeaba. Nadie hablaba demasiado ya. Después de tanto esperar, las conversaciones se habían ido apagando poco a poco.

  Fue entonces cuando Natalia notó algo.

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  Sin mover la cabeza, solo con el rabillo del ojo, percibió que Anzor estaba sentado cerca de ella. No demasiado cerca… pero sí lo suficiente como para resultar extra?o.

  Lo curioso era que Anzor casi nunca se sentaba cerca de ella por casualidad.

  Natalia permaneció unos segundos en silencio, como si estuviera analizando la distancia exacta entre ambos. Luego habló, sin girar la cabeza.

  —?Sucede algo, Anzor?

  El ruso levantó la mirada de su espada, donde aún seguía pasando la piedra de afilar.

  —?Conmigo? Nada —respondió con calma—. Solo estoy aquí.

  Natalia no reaccionó de inmediato. Sus ojos seguían clavados en el portal.

  —Bueno… es que nunca te sientas tan cerca de mí.

  Anzor miró alrededor, midiendo con los ojos el espacio que los separaba.

  —De hecho, no estoy cerca.

  —Para mí sí —respondió Natalia con total naturalidad—. Es una distancia muy llamativa, la verdad.

  Anzor soltó una peque?a risa por la nariz.

  —Bueno… ?te molesta?

  Natalia negó apenas con la cabeza.

  —No. Solo me llama la atención. Eso es todo.

  Seguía sin mirarlo.

  El silencio duró unos segundos más. Anzor terminó de pasar la piedra por el filo de su espada y la examinó contra la luz.

  —Entonces ahí se queda —dijo finalmente con una sonrisa tranquila.

  —Bien… —murmuró Natalia—. Solo dime si pasa algo.

  —Lo haré.

  Anzor respondió con su sonrisa habitual, esa que parecía demasiado confiada incluso en momentos tensos.

  Pero justo cuando sonrió, notó algo inesperado.

  Natalia lo estaba mirando.

  No con curiosidad, no con incomodidad.

  Con una sonrisa cálida.

  Duró apenas un instante.

  Después, como si nada hubiera pasado, volvió a dirigir la mirada hacia el portal.

  Anzor suspiró suavemente, aquello casi lo había tomado por sorpresa. No dijo nada más. Solo volvió a mirar el portal junto a ella.

  No Muy lejos de allí, dos figuras también esperaban.

  Aurelio y Camila permanecían cerca del jardín, un poco más cerca del portal. Desde allí podían ver lo que conectaba con la Tierra a Eurania, aunque atravesarlo sin permiso era otra historia.

  Camila caminaba de un lado a otro con evidente inquietud. Sus pasos eran rápidos, impacientes.

  Aurelio, en cambio, permanecía quieto.

  Observando.

  —Debimos haber ido con ella —dijo Camila de pronto.

  Aurelio no reaccionó de inmediato.

  —Fue su decisión —respondió finalmente.

  Camila se detuvo, cruzándose de brazos.

  —No soporto la espera… —murmuró—. Es igual que… que aquella vez.

  Aurelio entendió a qué se refería, pero decidió no mencionarlo.

  —Todo saldrá bien —dijo con calma—. Confiemos en Sara.

  Camila lo miró con una mezcla de preocupación y frustración.

  —Ella es más frágil de lo que parece.

  —Ella está segura.

  Aurelio volvió la mirada hacia el portal.

  —Está con Candado Barret.

  Camila frunció el ce?o.

  —Confías demasiado en él.

  Aurelio negó suavemente con la cabeza.

  —No. Confío en que ella confía en él.

  Camila lo miró unos segundos, claramente irritada.

  —Eso no ayuda. Es muy ambiguo.

  Aurelio suspiró.

  —?Qué quieres, Camila? ?Cruzar la puerta?

  Camila se giró hacia él de inmediato.

  —?Sí!

  Su voz salió más fuerte de lo que pretendía.

  —?Ella está ahí! No sabemos nada de ese mundo. Por lo poco que nos contó, sabemos que no es querida allí. ?Qué tal si está atrapada? ?Qué tal si está detenida? ?Qué tal si está…?

  Se detuvo un segundo, como si la palabra le pesara demasiado.

  —…muerta.

  Aurelio la miró con firmeza.

  —Camila, ya basta.

  Ella apretó los dientes.

  —Ella nos pidió esto —continuó Aurelio con voz tranquila—. Lo mínimo que podemos hacer es confiar en ella.

  Se acercó un poco más.

  —Puedo entender que estés preocupada. Créeme, yo también lo estoy.

  Se?aló el portal con la mirada.

  —Pero esto es algo en lo que nosotros no podemos intervenir.

  Camila no respondió.

  —Porque imaginemos que no es así —prosiguió Aurelio—. Imaginemos que ella está resolviendo las cosas que dejó atrás. Si nosotros entramos sin permiso…

  Hizo una pausa.

  —?Qué crees que pasará?

  Camila bajó un poco la mirada.

  —Arruinaríamos todo lo que ha estado construyendo —dijo Aurelio—. Todo lo que ha estado intentando arreglar.

  Su voz se volvió más seria.

  —Y no es solo por ella. Es por los miles de habitantes de esta tierra.

  El silencio cayó entre ambos.

  Camila finalmente suspiró, larga y pesadamente.

  —Está bien… —dijo al fin—. Esperaré.

  Aurelio asintió.

  Pero ella levantó un dedo.

  —Pero si para el final del día no pasa nada…

  Sus ojos volvieron al portal.

  —Entraré.

  Miró a Aurelio directamente.

  —Con o sin vos.

  Aurelio sostuvo su mirada unos segundos.

  Luego asintió.

  —Bien.

  Un poco más lejos del portal estaban los luceros: Rucciménkagri, Anen, Amjasta, Florenfinziari, Korik, Wilzan, Yetorixunamkari y Yisira.

  Amjasta estaba sentada en el suelo. Ya se había recuperado del cansancio de haber entregado parte de su energía, igual que los demás. Anen dormía en su regazo con la tranquilidad de quien no se preocupa por el mundo.

  A su lado estaba Yisira, compartiendo su mate. Amjasta aceptaba cada sorbo con gusto.

  Un poco más apartados, los demás conversaban entre ellos. La discusión estaba especialmente animada entre Wilzan y Rucciménkagri.

  Korik suspiró.

  —?De verdad quieres hablar de esto ahora?

  —Alguien tiene que hacerlo —respondió Wilzan con firmeza.

  Rucciménkagri frunció el ce?o.

  —Hermano, no estamos rompiendo nada.

  —Faltaría más… —Wilzan suspiró y se pasó una mano por el cabello—. Solo digo que tenemos que estar preparados. Acepté todo esto porque estoy cansado de caminar solo en mi travesía, sin saber qué es lo que realmente quieren de mí.

  Korik bajó la mirada.

  —Créeme… lo peor de ser consciente es que sus acciones terminan lastimándote.

  Yetorixunamkari habló con calma.

  —Entiendo cómo te sientes, Wilzan. A mí también me duele lo que hace nuestra madre. Pero… ella siempre ha sido sabia. ?Qué quieres hacer?

  Wilzan miró el suelo unos segundos antes de responder.

  —Quiero dejar de moverme. De esconderme… —levantó la mirada—. Quiero quedarme en algún lugar sin tener que huir de nadie.

  Florenfinziari se acercó y apoyó una mano sobre su hombro.

  —Es un deseo noble.

  Wilzan sonrió levemente y miró a Rucciménkagri.

  —?Nunca lo pensaste?

  Rucciménkagri miró hacia el portal brillante.

  —Muchas veces.

  Luego su mirada se deslizó hacia Anen, que seguía dormida.

  —Después de todo, los gremios todavía me buscan por mi pasado conflictivo… yo también estoy cansada de correr.

  Wilzan respiró hondo.

  —Entonces… ?aceptan?

  Las miradas se cruzaron entre todos.

  Finalmente asintieron.

  Korik habló primero.

  —Nosotras…

  Florenfinziari terminó la frase.

  —…nos quedamos.

  Wilzan sonrió en respuesta, estaba contento que sus hermanas también decidieran quedarse.

  Yetorixunamkari sonrió levemente.

  —Quién sabe. Tal vez encontremos un futuro prometedor en esta isla flotante.

  La conversación siguió un rato más, pero Rucciménkagri terminó apartándose del grupo. Caminó hacia donde estaban Amjasta y Yisira.

  Yisira levantó la vista.

  —Hola, hermana.

  Rucciménkagri respondió levantando la mano en saludo.

  —?Quieres? —preguntó Yisira, mostrándole el mate.

  Rucciménkagri dudó un segundo, pero luego se encogió de hombros.

  —Bueno.

  Tomó el mate.

  Yisira la miró con curiosidad.

  —?De qué hablaban?

  —Wilzan quiere quedarse aquí. Le gusta la naturaleza de este lugar.

  —?Y vos?

  Rucciménkagri bebió un sorbo antes de responder.

  —A mí me da igual. El Chaco no es un mal lugar… aunque los veranos son infernales. Y el fuego… detesto el fuego.

  Ella suspiró.

  —Extra?aría el lugar, supongo. Pero siempre me mantuve en movimiento. La única razón por la que me quedaba era porque Candado me pedía consejos.

  —Sí… —dijo Yisira.

  Luego sonrió con curiosidad.

  —Por cierto… nunca te pregunté. ?Cómo lo conociste?

  Yisira apoyó el mate entre las manos.

  —Lo conocí cuando era un bebé.

  Rucciménkagri levantó una ceja.

  —?Qué?

  Yisira rió suavemente.

  —Tuve que crear ciertas condiciones para que existiera una cura para una enfermedad que aparecería a?os después. Creo que venía de un mosquito.

  Se acomodó un poco.

  —Un día su hermana, Gabriela, estaba paseando con él en brazos. Parecía perdida, así que la ayudé a volver a su casa.

  Sonrió con nostalgia.

  —Después volvió sola. Nos hicimos amigas. Con el tiempo empezó a traer a su hermano, y jugábamos un rato.

  Su mirada se apagó un poco.

  —Pero cuando Candado cumplió ocho a?os tuve que marcharme. Madre me necesitaba en otro lugar del mundo. Era el momento de que otra hermana propagara la enfermedad.

  Guardó silencio unos segundos.

  —Cuando volví… me enteré de que Gabriela había muerto.

  Rucciménkagri bajó la mirada.

  —No supe qué hacer —continuó Yisira—. Pensé en ir a verlo… pero no tuve valor.

  Suspiró.

  —Me sorprendió mucho cuando Sara dijo que Candado iba a ayudarla. Ha cambiado muchísimo—comentó Yisira con nostalgia.

  Rucciménkagri bebió otro sorbo.

  —?Lo crees?

  —Claro.

  Yisira sonrió.

  —?Y vos?

  —?Yo qué?

  —?Hace cuánto lo conoces?

  Rucciménkagri se encogió de hombros.

  —Ni idea. ?Uno o dos a?os? Me encontró mientras estaba paseando por ahí.

  Se permitió una peque?a sonrisa.

  —Fue bueno. Hacía mucho que no hablaba con alguien… y conversar con él era interesante.

  Yisira soltó una peque?a risa.

  —De verdad eres despreocupada.

  —Sí… puede ser.

  Ambas sonrieron.

  Amjasta las observaba con una sonrisa tranquila cuando Anen empezó a moverse.

  La peque?a se frotó los ojos.

  —Sai, ke’ra? Ke’va Poi’vi?

  (Hermana, ?qué pasó? ?Dónde están todos?)

  Amjasta acarició su cabeza.

  —Shh… Sai, OoO’ta. Poi’vi ta’ki.

  (Shh… hermana, descansa. Todos están aquí.)

  Anen miró alrededor. Sus ojos se detuvieron en Rucciménkagri.

  Sonrió.

  Saltó de su regazo y caminó hasta ella.

  —Uvi, uvi, uvi.

  (Quiero, quiero, quiero.)

  Rucciménkagri rió.

  —To.

  (Bien.)

  Le dio un poco de mate.

  Anen bebió, bostezó y estiró los brazos.

  Luego miró alrededor.

  —Ke’va Oiriki Candado?

  (?Dónde está el se?or Candado?)

  Amjasta y Yisira dudaron.

  Pero Rucciménkagri respondió por ellas.

  —Tav eno A'Tsea. SeeUr Oot AkRo.

  (No deben andar lejos. Seguro regresan.)

  Anen inclinó la cabeza.

  —Ke’ra Yi Kle'ge?

  (?Cómo lo sabes?)

  Rucciménkagri bebió tranquilamente.

  —SeeUr… Yi eGe.

  (Porque lo sé.)

  Anen pareció confundida, pero no insistió.

  Justo entonces el portal brilló.

  Una figura salió de él.

  Era Candado Barret, empujando la silla de Sara. Los ojos de ella estaban rojos.

  Detrás venía el resto del grupo.

  Anen abrió los ojos de par en par.

  —SeeUr sar, Sai, si Zapara! Ne'ios!

  (Hermana, era verdad, tenías razón, mira!)

  Se?alaba emocionada.

  —Sai, ne'ios! Sivi Oot!

  (Hermana, mira, ?volvieron!)

  Todos se levantaron.

  Incluso Natalia, que se acomodó la corbata y soltó un suspiro disimulado, como si hubiera estado conteniendo la respiración.

  El grupo de Candado se acercó.

  Las miradas se dirigieron inmediatamente hacia Sara. Sus ojos rojos no presagiaban nada bueno.

  Camila habló primero.

  —?Y? ?Cómo estuvo?

  Hubo silencio.

  Clementina y Declan se miraron. Ella sonrió con dulzura y él con su típica seriedad, también brindo una peque?a sonrisa.

  Sara se secó las lágrimas.

  Luego sonrió ampliamente.

  —Lo logramos.

  Candado y Hammya soltaron una sonrisa peque?a.

  —?VICTORIA! —gritó Héctor atrás de Candado y Sara.

  Los abrazos estallaron inmediatamente.

  Camila y Aurelio abrazaron a Sara.

  El grupo rodeó a Candado.

  Anzor golpeó amistosamente el hombro de Declan.

  Natalia sostuvo el rostro de Declan con ambas manos… mirando solo sus mejillas.

  —Me alegra que estés bien.

  —Sí… igualmente —respondió él, atrapado en sus manos.

  Candado fue abrazado por las gemelas, Pucheta y German… aunque este último claramente fue arrastrado por ella.

  Héctor terminó rodeado por varios abrazos, incluyendo el de Hammya.

  Mientras celebraban…

  el portal volvió a abrirse.

  Tres figuras cruzaron.

  Un esqueleto y una gorgona.

  Ambos empujaban carretillas llenas de cristales desconocidos.

  Detrás de ellos apareció una tercera figura.

  Nyrvana.

  Caminaba con una elegancia casi sobrenatural. Su presencia llenó el lugar de inmediato.

  Todos guardaron silencio.

  Ella inclinó la cabeza con gracia.

  —Saludos.

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