Días después de lo ocurrido, Candado, Hammya y Héctor fueron citados al juicio contra Samanta Ferrero. Era el primer juicio en contra de los Agentes, y por ello fue televisado. Una gran parte de la ciudad estuvo presente.
En Kanghar, la justicia es el único poder del Estado que está en manos de los adultos. Esto se debe a que, en múltiples ocasiones, al designar a un ni?o como juez, las condenas se suavizaban por compasión. Sin embargo, para que los adultos no ganaran influencia plena en ese sector, es el Congreso quien vota y designa a los jueces.
La decisión se remonta a 1971, cuando un hombre tuvo la brillante, y peligrosa idea, de dar un golpe de Estado. Estuvo cerca de lograrlo, pero los candados (la fuerza leal al orden constitucional) lo destituyeron y fusilaron por alzarse contra el pueblo desde el poder judicial.
Pero dejando de lado los momentos históricos de la nación, volvamos a lo esencial.
En los casos mediáticos o especialmente delicados, la justicia de Kanghar actúa a puertas cerradas. Tanto la defensa como la acusación permanecen en el anonimato, al igual que la acusada, para evitar cualquier tipo de represalia, presión social o consecuencias no deseadas.
Cuando se trata de figuras ampliamente repudiadas por la opinión pública, el procedimiento es aún más cuidadoso. Si la justicia las declara inocentes, la sentencia se dicta sin la presencia de los medios, y se le recomienda al individuo abandonar Kanghar por un tiempo, hasta que el fervor social disminuya.
Por el contrario, si las pruebas son suficientes y la persona resulta culpable, entonces sí: el juicio se vuelve público en sus etapas finales, con la intención de mostrar que el sistema ha actuado, y que la justicia ha prevalecido ante el clamor popular.
Samanta era la primera mujer en ser juzgada por delitos contundentes, con pruebas que la incriminaban de forma bastante directa. Lo que muchos desconocían era que tuvo defensa, pero como se mencionó anteriormente, ella estaba sola ahí.
—No me parece justo —comentó Héctor.
—Es porque nosotros no somos una justicia moral, Ramírez. Somos un sistema que condena y castiga —respondió Candado.
—Pero aun así...
—?Qué sucede, Héctor? —preguntó Candado, dejándose caer en el asiento con el cuerpo cansado, pero la voz intacta—. Pensé que detestabas a los Agentes.
—Y los detesto —respondió Héctor, sin rodeos—. Pero ?Solo ella? ?De verdad era necesario activar el protocolo de limpieza en esa sede?
Candado se rascó la mejilla, pensativo, sin cambiar la expresión.
—Quedó un sobreviviente. Con ella basta.
—Eran personas, Candado… —insistió Héctor, cruzando los brazos con el ce?o fruncido.
—Personas que sabían demasiado, personas que no les tembló la mano cuando hacían sus experimentos, personas que eran consientes de su trabajo, sí Héctor, personas. Personas que eligieron un bando, un bando nefasto.
Héctor lo miró, firme.
—No estamos aquí para decidir quién vive o muere. Nuestro trabajo es cambiar las cosas, no arrastrarnos por la misma podredumbre que intentamos erradicar.
Candado soltó un suspiro breve, casi desapegado.
—Hay gente que no debería caminar libre ni respirar el mismo aire que vos y yo, Héctor. Es la realidad, aunque no te guste.
—Puede ser. Pero no nos toca a nosotros juzgarlo como verdugos. Si olvidamos eso, somos peores que ellos.
Candado lo miró de reojo, con una ligera molestia. Sin embargo, suspiró.
—Sabía que pasaría algo así —dijo, poniéndose de pie abruptamente—. ?Gervasio!
Un joven entre la multitud volteó y se acercó a él.
—?Qué se le ofrece, Candado... Canda... Barret?
Candado sacó una carpeta de debajo de su silla y se la entregó.
—Envíe esto al jurado y a los jueces.
—Entendido.
Gervasio salió corriendo.
—?Qué fue eso? —preguntó Héctor.
—Mi regalo —respondió Candado, mientras se sentaba de nuevo, con la mirada fija en la espalda de la acusada—. Y mi escasa generosidad.
Treinta minutos después, los jueces ingresaron. No fue necesario que exigieran silencio: su sola presencia bastó para que todos callaran. No se oyó ni un murmullo.
—Buenos días, miembros del jurado y testigos. Hoy, 9 de septiembre de 2013, se inicia la sentencia contra la acusada Samanta Ferrero.
—No veo a mi abogado que me defienda —dijo ella, alzando la voz desde su asiento.
—Por supuesto que no. Samanta Ferrero —el juez se puso de pie—. Por el poder que me otorga la ley y la excelentísima Harambee, se la condena a veinticinco a?os de prisión.
Samanta estuvo a punto de desmayarse. Algunos de los presentes comenzaron a festejar… hasta que el juez alzó la mano, pidiendo silencio.
—No obstante...
Candado se acomodó en su silla, cruzando los dedos con tensión.
—Debido a las circunstancias y a lo ocurrido el día 7 de septiembre de 2013, su testimonio y cooperación para desmantelar una de las redes de los Agentes fue tomado en cuenta por el jurado. Bajo el poder que me confiere mi cargo, y el de mis colegas, declaro que, aunque la sentencia inicial era de veinticinco a?os, y Harambee me perdone, personalmente desearía que usted no saliera de la cárcel nunca. No obstante, es justo reconocer que su cooperación evitará futuras víctimas de esos asesinos. Por ello, el jurado, mediante una solicitud especial, ha propuesto mostrar cierta indulgencia en la sentencia.
Un murmullo recorrió la sala como un suspiro contenido.
—Silencio, por favor. Aún no he terminado —ordenó el juez.
El público calló de nuevo.
—Dicho lo anterior, se reduce la condena a doce a?os y cinco meses, sin posibilidad de libertad condicional, además de un castigo adicional de un a?o sin recibir visitas familiares, conyugales ni de amistades.
—?ESO ES UNA INJUSTICIA! —gritó uno de los presentes.
El salón estalló en gritos, protestas y una rabia colectiva que parecía romper los cimientos del recinto.
Candado alzó sutilmente su dedo índice y medio. Héctor, atento, notó el gesto. Era una se?al para que los guardias protegieran a la acusada, ahora oficialmente culpable: Samanta Ferrero.
—?ESTOS ANIMALES NO MERECEN NI SIQUIERA PIEDAD!
—?QUEREMOS JUSTICIA POR NUESTROS HIJOS!
Candado se llevó la mano a los ojos y comenzó a masajearse el rostro, agotado.
—Sabía que esto iba a pasar…
Se puso de pie y, sin mirar a nadie, abandonó la sala.
—?A dónde vas? —preguntó Héctor, siguiéndolo.
—A comer.
—Pero…
—Esto es lo máximo que puedo hacer. El resto… deben resolverlo ellos.
Héctor lo alcanzó, casi sin aliento.
—Esto es lo que planeabas, ?verdad?
—No. Hice lo que debía hacer. Sabía que esto pasaría si entregaba la carpeta al tribunal. Pensé en ocultarla… pero eso sería traicionar mi código personal: decir siempre la verdad.
—?Entonces lo hiciste por justicia?
—Eso no existe, Héctor. Esto es un sistema judicial y jurídico, no un sistema de justicia. La justicia... solo existe en la Biblia y moral.
—Pero…
—Ambos sabemos que la verdadera justicia sería que esos padres volvieran a abrazar a sus hijos. Pero eso nunca va a pasar. Esto… esto es solo una forma de calmar, un poco, sus almas ya muertas.
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Mientras caminaban por el pasillo del tribunal, una ni?a se abalanzó corriendo hacia ellos. Era Inés Ferrero. Sin detenerse, se plantó frente a Candado y le dio una cachetada tan fuerte que su boina salió volando y terminó en manos de Héctor.
—Fue usted quien me quitó a mi madre —le acusó con voz firme, aunque sus ojos temblaban.
Candado giró lentamente la cabeza y la miró a los ojos. Ni siquiera con la mejilla enrojecida soltó un quejido.
—Eso pica —dijo, mientras se sobaba la cara con calma—. Que tengas un buen día, Inés.
Pasó junto a ella, recogiendo su boina de las manos de Héctor sin mirar atrás.
—?Qué quieres comer, Héctor?
—?Ah? Candado, no creo que ahora sea…
Pero Inés no había terminado.
Con el rostro lleno de lágrimas y el pu?o apretado, volvió a cargar contra él. Candado le dio la espalda a propósito, esperando el impacto en la espalda… pero Héctor lo notó antes que él: el golpe no iba dirigido a su espalda, sino a su nuca.
—Alto —dijo Héctor, tomándola de la mano—. Por favor, calmémonos, ?Sí?
—?Suéltame!
Candado se volvió hacia ellos.
—Lo haré si te calmas —intentó apaciguar Héctor.
Pero Inés ya estaba fuera de sí.
—?Te dije que me soltaras!
—Por favor... solo quiero ayudarte…
Inés en el forcejeo se soltó y le dio un golpe.
El pu?o de Inés impactó directamente en la nariz de Héctor. él soltó su agarre de inmediato y se llevó ambas manos al rostro.
—Dios… ?por qué?
Cuando retiró las manos, la sangre empezó a brotar. Candado, al verlo, sintió una furia ardiente encenderse en su interior.
—Por favor… sal de aquí —murmuró Héctor, aún presionando su nariz.
—?Aléjate! —gritó Inés, empujándolo con fuerza. Héctor cayó al suelo.
Fue entonces cuando Candado intervino. La tomó del cuello de la camisa y la levantó del piso con una sola mano.
—?Estás enojada? Sí... muy enojada.
—?Guh…!
—?Candado, por favor, detente! —suplicó Héctor desde el suelo.
—Atrás, Héctor —le ordenó, mientras sacaba un pa?uelo del bolsillo y se lo tendía—. Límpiate. Si la sangre no para, iremos al médico urgentemente.
Inés forcejeó para liberarse, pero Candado la tiró al suelo con fuerza. Ella comenzó a llorar.
—?Duele, verdad? Si me odias, desquita tu ira conmigo, no con mi amigo.
—Mamá… mamá… —sollozaba la ni?a, deshecha.
—Qué pena —dijo Candado con frialdad—. Tu madre está en prisión por doce a?os y no podrás verla ni hablar con ella durante un a?o entero. Así que... sé paciente, peque?a mierda.
—?Me quitaste a mi mamá! —gritó Inés entre lágrimas.
Candado se acuclilló frente a ella. Su voz bajó a un susurro venenoso.
—Tu mami es una serpiente ponzo?osa. Eres demasiado ignorante para entender lo que hizo. Para ti fue solo un día... pero estuviste desaparecida a?os, pobre despojo humano. Quise ser injusto con ella… pero al final fui demasiado amable. Agrademe ni?ita, agradece que no estará de por vida entre rejas.
Se puso de pie y se volvió hacia Héctor.
—?Cómo estás?
—Estoy bien, Candado. La sangre paró.
él suspiró con alivio.
—Bien… ?Quieres comer?
—Antes que nada… ?Podemos ayudarla?
Candado miró a Inés, hecha un ovillo en el suelo, temblando, llorando en posición fetal. Sintió un nudo en el estómago, mezcla de repulsión y cansancio.
—Oficiales —ordenó con tono gélido—. Lleven a esa cosa a la enfermería.
—Candado…
—?Qué?
Héctor suspiró, bajando la mirada.
—Vamos a comer —dijo, con la voz apagada.
Candado asintió en silencio. Ambos caminaron en dirección a la salida del edificio, cruzando pasillos aún cargados de tensión, donde algunos periodistas intentaban captar gestos o palabras que no llegaban. Subieron al carruaje sin hablarse y, mientras el vehículo se ponía en marcha, el sol de la ma?ana apenas asomaba entre las nubes.
Cuando llegaron a la cafetería de costumbre, ya se notaba el peso del desgaste. Se sentaron junto a la ventana, en una mesa de madera gastada por los a?os, pero visiblemente en buen estado. El mozo los saludó con un leve gesto, como si supiera que hoy no era un día para bromas.
El aroma a pan recién horneado y yerba caliente alivió apenas el ambiente.
Candado y Héctor desayunaban en silencio. Compartían un termo de mate y algunas medialunas.
—Odio la leche y el café de este lugar. Saben horribles —comentó Héctor con una mueca.
—Quisquilloso.
—Mirá quién habla. El tipo que adora las cosas dulces pero no se atreve a tomar mate dulce.
—Es asqueroso, Héctor.
—Falso. Está buenísimo.
—Cada quien con sus gustos. Déjame ser feliz y envenénate con lo tuyo.
—Canda…
—Je, disfruta, amigo.
El silencio que siguió no fue cómodo. Fue uno de esos que pesaban en el pecho, como si todo lo que no dijeron en el tribunal flotara ahora entre ellos.
—Lo que quieras decir, decilo —rompió Candado, sin apartar la vista de la calle.
Héctor dudó. Bajó la vista al mate, girándolo entre sus manos.
—No quiero parecer un moralista patético, pero… ?Era necesario darle a la prisionera un a?o de aislamiento familiar?
Candado se apoyó en el respaldo de la silla, exhalando lentamente.
—Eso fue lo más amable que se me ocurrió. Pensé en darle cuatro… pero me di cuenta de que estaba actuando como un vengativo.
—?Qué te detuvo?
Candado desvió la mirada por un instante, como si le costara verbalizarlo.
—…Mi hermana.
—Ya veo…
Héctor quiso terminar la conversación ahí. Lo deseaba. Pero algo en su pecho le pesaba, como una espina clavada que no podía ignorar.
—?No te parece hipócrita? —dijo al fin, bajando el tono—. Gabriela logró ponerle pausa a tu dureza… pero no la escuchaste cuando ordenaste la limpieza de aquella sede de los Agentes.
Candado no respondió de inmediato. Jugó con el mate entre las manos, mirando el vapor disiparse.
—No fue hipocresía —respondió con voz baja—. Fue algo selectivo. Si ella me susurró algo ese día... no la escuché. Estaba furioso.
—No había necesidad de una masacre así.
—Ya te dije: ellos eligieron un bando. Uno que ponía en peligro la vida de nuestros amigos, de nuestras familias. ?Qué esperabas que hiciera?
—?Y en qué nos diferenciamos, entonces? Si hacemos lo mismo que ellos… si respondemos con muerte, no les damos la razón con eso mismo.
Candado lo miró, cansado.
—Tal vez sí. Pero no frenás una bala con diálogo, Héctor. Vos querés ver algo salvable en cada ser humano. Yo no.
—No veo el mundo en blanco y negro, Candado. Sé en qué clase de realidad vivimos. Pero en vez de hundirme en ese cinismo barato, intento ser resiliente. Me preocupa que el mundo termine volviéndose completamente egoísta.
Candado soltó una risa corta, amarga.
—?Te preocupa eso? Héctor… eso ya está pasando.
—Mirá a tu alrededor, Ernést. Estamos en Kanghar. Una sociedad construida desde cero, con bienestar colectivo como bandera. Esto… esto no se construyó desde el egoísmo.
—Ninguna sociedad está libre de errores —respondió Candado, apoyándose en el respaldo de la silla—. Y menos cuando empiezo a notar que incluso los nuestros… los candados, buscan pretextos para iniciar una guerra con el Circuito.
—Eso no va a pasar. Somos más que eso. Somos mejores que eso.
Candado lo observó con una mezcla de afecto y pena.
—Sos un inocente si realmente creés eso.
Héctor bajó la mirada, suspirando.
—Esta sociedad es la prueba de que se puede construir algo distinto si se deja de lado el egoísmo. Si se piensa en todos.
—?Y qué vas a hacer? ?Pedirle al mundo que abandone el capitalismo? ?Decir que se puede hacer una sociedad sin rasgos comunistas o capitalistas?—dijo Candado con una sonrisa irónica—. Por favor, Héctor. Tocás el capitalismo y ya te tildan de comunista o socialista. Es un reflejo condicionado.
—Pero si les explicamos. Si mostramos otra forma de vivir...
—Para la ONU somos un país ficticio, sin reconocimiento pleno. El más pobre de todos, según sus listas. El hazmerreír del bloque occidental. ?Estamos haciendo esto por la gente… o para que nos aplaudan desde una tribuna?
Héctor lo miró con seriedad.
—?Alguna vez intentaste entablar una conversación genuina? ?Cordial? Sin sarcasmos.
Candado bajó la mirada hacia su mate, lo giró despacio.
—Héctor, vivo rodeado de gente alienada por un sistema que los empobrece... y los hace pelear entre ellos. ?Vos qué creés?
—Entonces rendirse no es la respuesta.
—No me rindo. Solo dejo que el que no quiera ver, no vea. Esa es mi filosofía. ?Para qué gastar saliva en convencer a quien eligió la ignorancia? La única diferencia entre un bruto y un inteligente… es que todos creemos ser inteligentes —dijo Candado, llevándose el mate a los labios.
—Esa visión tuya... te deshumaniza, Candado.
—La humanidad es subjetiva, Héctor. La moral también lo es. Y mi visión... no es distinta. Es solo eso: una visión.
—Llegará un punto en el que no vas a poder escudarte más en esa "subjetividad". Hoy cruzaste una línea. Ordenaste la muerte de muchas personas. No importa si fue para bien o para mal... lo hiciste. ?Y no sentís nada?
Candado guardó silencio por un momento. Su mirada se perdió en el fondo del mate frío.
—Yo no los maté —dijo finalmente, sin alzar la voz—. Ya estaban muertos.
—?Candado! —exclamó Héctor, al borde de la rabia y la tristeza.
—Sé lo que hago.
—No, eso es lo más triste. Creés que lo sabés. Vivís convencido de que tenés todas las respuestas, porque estás tan empecinado en ver el mundo como un pozo oscuro, tan obsesionado con que la crueldad y la injusticia son inevitables... que te negás a ver lo que aún vale la pena. Lo que todavía brilla. Lo que todavía vive.
Candado bajó la vista, como si no le importara.
—Hammya —dijo Héctor de forma seca.
Ese nombre, dicho casi como un susurro, lo hizo parpadear. Alzó la mirada, sorprendido.
—?Ella? ?Qué tiene que ver Hammya?
—Ella te está humanizando —continuó Héctor—. Y jamás pensé que ella, de todas las personas, lograría algo que ni yo, ni Clementina, ni Lucas, ni las gemelas… ninguno de nosotros pudo. Pero ahí estás, volviendo a mirar el cielo como lo hacías antes. Volviendo a sentir. Por favor, Candado… que lo de hoy sea la última vez, por favor.
El silencio entre ambos se volvió espeso. Candado entrecerró los ojos, como si masticara las palabras antes de decirlas.
—No puedo prometerte eso, Héctor —confesó, con honestidad cruda. Luego hizo una pausa, respiró hondo, y agregó—: Pero... quiero intentarlo.
Héctor lo miró largo rato, y luego asintió, con una mezcla de alivio y resignación.
—Intentarlo… ya es un avance.
—Como quieras—dijo Candado mientras tomaba mate.
Se hizo un silencio breve, más suave que los anteriores. Como si, por fin, hubiese algo distinto en el aire. Héctor apartó la mirada hacia la ventana. Afuera, un grupo de ni?os jugaba en una plazoleta. Una madre reía con su hijo en brazos mientras una anciana les tejía algo desde un banco. Y más allá, un hombre barría la vereda silbando, sin prisa.
—?Ves eso? —dijo entonces, se?alando con la cabeza hacia afuera—. Eso también es el mundo, Candado. No todo es corrupción, traición o muerte. No todo son discursos vacíos y estructuras podridas. También hay ternura, hay vínculos, hay gente buena… Gente común que sigue adelante, que se levanta cada día sin hacer da?o a nadie y aun así vive con dignidad.
Candado lo observó en silencio.
—A veces nos volvemos tan expertos en la oscuridad —continuó Héctor—, que nos olvidamos de mirar la luz. Y no me refiero a un optimismo bobo. Sé que hay monstruos allá afuera. Lo que digo es que, si no cuidamos esa luz, si no la valoramos… se va apagando. Y entonces los monstruos ganan, y sin darnos cuenta, nos unimos a sus filas.
Candado bajó la vista hacia su mate, y luego a sus propias manos. Tenía los nudillos cubiertos por su elegante guante blanco. Pensó en Inés. Pensó en su madre, tras las rejas. Pensó en Hammya, en la forma en que sus ojos a veces lo desarmaban sin decir una sola palabra.
—Yo... no sé si merezco esa luz, o si llegaré apreciarla —murmuró.
Héctor negó suavemente con la cabeza.
—La luz no se "merece", Candado. Se cuida. Se protege. Se comparte. Es lo único que nos salva de volvernos bestias con uniforme.
Hubo otro silencio, pero esta vez no fue pesado. Fue como el instante justo antes del amanecer, cuando el cielo aún no se ti?e, pero algo empieza a cambiar.
—?Vos todavía creés en eso? —preguntó Candado, como si dudara que fuera posible.
—Sí —respondió Héctor sin vacilar—. Porque si dejo de creer en eso… entonces ganan los que siempre dijeron que nada vale la pena. Mientras haya algo, entonces vale la pena seguir.
Candado lo miró, y por un instante, una grieta imperceptible cruzó la armadura de su mirada. No era rendición, pero sí una pausa. Una pausa donde cabía la duda. Y tal vez, muy tal vez… la esperanza.
—Entonces… Quizás, solo quizás, lo haga.
Héctor sonrió, sincero, con una calidez que pocas veces se le veía.
—No hay la fórmula correcta o incorrecta. Pero mientras sigas intentando… te prometo que no vas a estar solo.

