Aron seguía de pie junto a la puerta.
No se había movido desde la última frase, pero algo en su postura había cambiado. No era tensión. Era... anticipación. Como si estuviera esperando que algo ocurriera y supiera exactamente cuándo.
—Pueden sentarse —dijo—. No va a pasar todavía.
Dorian frunció el ce?o.
—?Todavía qué?
Aron ladeó la cabeza.
—Eso.
Antes de que nadie pudiera preguntar, una de las vigas del techo crujió con fuerza. Un chorro de polvo cayó justo donde Dorian habría estado si no hubiera dado un paso atrás instintivamente.
El silencio se volvió espeso.
Grek tragó saliva.
—Eso fue coincidencia.
—No —respondió Aron—. Fue cortesía.
Elarith sintió que el ojo en su mano se contraía. No miraba al visitante. Miraba detrás de él, como si algo invisible estuviera de pie muy cerca.
Kael fue el primero en notarlo.
—Estás hablando raro.
—Siempre hablo igual —dijo Aron—. Son ustedes los que van llegando tarde a la conversación.
Kael abrió la boca para responder, pero Aron lo interrumpió sin mirarlo:
—No preguntes eso todavía. Hazlo después de que te tiemble la mano izquierda.
Kael se quedó inmóvil.
Un segundo.
Dos.
Su mano izquierda empezó a temblar.
—?Qué...? —susurró.
Aron sonrió, satisfecho.
—Eso.
Grek dio un paso adelante.
—Basta. ?Qué eres?
—Un recuerdo —respondió Aron—. Pero no uno viejo.
Las velas parpadearon al mismo tiempo. Las sombras de las paredes no coincidieron con los movimientos de la luz. Algunas se movieron antes.
Support creative writers by reading their stories on Royal Road, not stolen versions.
Dorian apretó los dientes.
—Estoy cansado de acertijos.
—Lo sé —dijo Aron—. Tus costillas también.
Dorian soltó un gru?ido involuntario al sentir el dolor punzante atravesarle el pecho, como si alguien hubiera presionado justo donde estaban las fisuras.
—No apoyes el peso en esa pierna —a?adió Aron con calma.
Dorian no lo hizo.
La pierna cedió igual.
Cayó de rodillas con un golpe seco, ahogando un grito. Elarith corrió hacia él, instintivamente levantando su símbolo... pero nada ocurrió. La fe no respondió. El ojo en su mano se cerró con fuerza, como un párpado molesto.
—No ahora —murmuró Aron—. Después del grito.
Elarith lo miró con horror.
—?Qué grito?
Aron no respondió.
El sonido llegó desde el pasillo: un alarido largo, quebrado, tan cargado de terror que hizo vibrar las paredes.
No parecía humano.
Pero Kael se quedó helado.
El castillo entero pareció exhalar.
Cuando el eco se apagó, Aron respiró hondo, como si disfrutara el silencio posterior.
—Ahí está.
Kael dio un paso atrás, pálido.
—Ese... —tragó saliva— ese grito...
—?Lo reconoces? —preguntó Aron con suavidad.
Kael negó con la cabeza, pero su cuerpo lo traicionó.
Las manos le temblaban.
—No —dijo—. Yo no grité.
Aron inclinó apenas la cabeza.
—Tu garganta sí.
El silencio se volvió insoportable.
—Tú no estabas ahí —susurró Kael—. Yo no estaba ahí.
Aron sonrió, despacio.
—Eso es lo que te aterra.
Kael sintió un vacío en el pecho, como si algo hubiera ocurrido sin él.
—Eso... eso no ha pasado.
—Todavía —respondió Aron.
Algo se rompió en ese instante.
No fue un ruido.
Fue la certeza de que el castillo podía usar sus voces antes de que supieran necesitarlas.
La voz de Aron empezó a duplicarse. Una fracción de segundo tarde. Luego una fracción antes. Dos tonos superpuestos, apenas desfasados.
—No deberías decir eso —dijo una voz.
—Ya lo dijiste —respondió la otra.
Sus dedos se doblaron en ángulos imposibles. Las articulaciones no fallaron, se reorganizaron. Su sombra dio un paso cuando él aún no se había movido.
Grek sintió el estómago hundírsele.
—Esto no es una criatura.
—No —admitió Aron—. Es un residuo.
Su pecho se abrió con un sonido húmedo, como tela rasgándose. No salió sangre. Salieron rostros. No completos. Fragmentos: ojos, bocas, mandíbulas superpuestas, todas intentando hablar al mismo tiempo.
—Uno cae primero.
—No debería haber venido.
—El castillo los va a guardar.
—EL CASTILLO COBRA SU PRECIO.
La habitación empezó a plegarse hacia adentro. Las paredes se curvaron, el suelo se inclinó. No era un derrumbe: era como si el espacio quisiera cerrarse.
—?Ahora! —gritó Grek— ?Muévanse ahora!
Dorian se puso de pie a la fuerza, rugiendo de dolor, y se lanzó contra la cosa que había sido Aron. No pensó. No midió. Golpeó como un animal, pu?os desnudos contra carne que no era carne.
Algo lo golpeó de vuelta. Lo lanzó contra la pared. Sintió un hueso ceder.
Elarith intentó rezar. Las palabras murieron en su garganta. El ojo en su mano se abrió de golpe, mirando a Kael.
Kael entendió.
—No es para matarnos —gritó—. ?Nos quiere ver elegir!
La criatura se detuvo.
Todas sus bocas sonrieron al mismo tiempo.
—Exacto.
Luego se replegó, deshaciéndose en capas, dejando atrás solo la risa... y la certeza.
Las puertas desaparecieron.
No quedaron salidas.
No quedó magia estable.
No quedó esperanza.
El castillo crujió de nuevo.
No como madera.
El aire vibro.
Y antes de que la oscuridad los envolviera por completo, todos entendieron lo mismo:
Esto ya había pasado.
Y no todos salieron vivos.

