La puerta se cerró sola detrás de ellos.
No con un golpe.
Con la paciencia de algo que sabe que no habrá prisa.
Dorian dio dos pasos antes de que el dolor lo obligara a detenerse. La pierna izquierda no le respondió; el apoyo falló y tuvo que sostenerse contra la pared. La piedra estaba tibia. No húmeda: tibia, como piel que acaba de perder el calor.
—Genial —gru?ó, respirando con dificultad—. El castillo ahora también abraza.
Grek no respondió. Estaba demasiado ocupado mirando la sala.
Era circular, amplia, pero opresiva. Las paredes estaban cubiertas de tapices viejos, rasgados, colgando como pellejos mal cosidos. Entre ellos, espejos altos, velados por una capa opaca que no reflejaba del todo. El aire olía a polvo antiguo, a vino seco, a sangre vieja que llevaba siglos incrustada en la piedra.
Un archivo, pensó Grek.
No de libros.
De recuerdos.
Dorian avanzó arrastrando el pie, dejando una marca irregular en el suelo. Cada paso le enviaba una descarga por la espalda, como si sus huesos discutieran entre sí sobre cuál debía romperse primero.
—No me gusta este lugar —dijo—. Demasiado silencioso.
Como si la sala hubiera estado esperando esas palabras, los tapices comenzaron a moverse.
No ondearon.
Se tensaron.
Las figuras bordadas —guerras, banquetes, escenas que no pertenecían a ningún tiempo— se deformaron, y de pronto una de ellas mostró a Dorian.
Más joven.
Más entero.
Riendo con una botella en la mano.
Dorian se detuvo en seco.
—No.
Otra escena apareció: un callejón, un cuerpo en el suelo, sangre en los nudillos. Otra más: una mesa rota, risas forzadas, alguien diciéndole que era divertido, que siempre lo era.
—No mires —dijo Grek, demasiado tarde.
Los espejos comenzaron a aclararse.
El reflejo de Dorian parpadeó... y luego no lo imitó.
El reflejo levantó la cabeza antes que él. Sonrió con la misma mueca torcida de la botella. Los labios se movieron, pero la voz no salió del espejo, sino de la sala entera.
—Siempre peleando para no pensar —susurró—. ?Cansa, verdad?
Dorian apretó los dientes. El pecho le ardía. El aire entraba, pero no alcanzaba.
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—Cállate.
El suelo vibró bajo sus pies. La sala se estrechó imperceptiblemente, como un pecho que se contrae.
Grek retrocedió un paso cuando los espejos comenzaron a multiplicarlo.
No uno.
No dos.
Docenas.
Algunos con cicatrices que no recordaba. Otros más viejos, encorvados, con las manos manchadas de sangre seca. Uno, exactamente igual, con la piel gris y los ojos vacíos.
Ese fue el único que lo miró directamente.
—No —murmuró Grek—. Esto no...
El reflejo sonrió.
No una sonrisa burlona.
Una de reconocimiento.
Dorian soltó una risa rota que terminó en tos.
—Ah, genial —dijo entre jadeos—. ?También tienes versiones peores de ti? Pensé que era solo cosa mía.
La voz de la botella regresó, más cerca, más clara.
—Podrías descansar —le dijo—. Solo un momento. Deja que el dolor se quede. No tienes que seguir caminando.
El suelo frente a Dorian se agrietó. No profundamente, pero lo suficiente para mostrar oscuridad debajo. Una promesa de descanso. De silencio.
Dorian dudó.
No por miedo.
Por cansancio.
Las manos le temblaban. El mundo se redujo a latidos irregulares y al recuerdo constante de cada golpe recibido. Pensó en quedarse quieto. En dejarse caer.
Entonces un estallido de luz rompió uno de los espejos.
Grek estaba jadeando, una mano extendida, la magia temblándole en los dedos. El espejo explotó en fragmentos que no cayeron al suelo, sino que se deshicieron en el aire como ceniza.
—No le hables —dijo Grek, con voz quebrada—. No es... no es él.
La sala chilló.
No un sonido físico, sino algo que vibró dentro del cráneo.
Los tapices se arrancaron solos, cayendo como cuerpos vencidos. Los espejos restantes comenzaron a sangrar luz por las grietas.
Dorian se apoyó contra la pared, resbalando hasta quedar sentado. Respiraba como si cada bocanada fuera un favor concedido.
—Oye, lagarto —dijo, forzando una sonrisa—. ?Siempre tus trucos terminan así?
Grek no se rió.
—Ya estuve aquí —admitió en voz baja.
Dorian alzó la vista.
—?Aquí, aquí?
—En un lugar como este —respondió Grek—. No recuerdo cuándo. Pero... esto me reconoce.
El reflejo gris golpeó el vidrio desde dentro.
—Porque es tuyo —dijo con voz hueca.
Grek cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había terror puro en ellos.
—Si no anulamos la sala —dijo—, no nos dejará ir.
—?Anular? —preguntó Dorian—. ?Eso suena tan mal como creo?
—Peor.
Grek se arrodilló, trazando símbolos en el suelo con dedos temblorosos. No eran runas limpias. Eran improvisadas, incompletas, arrancadas de la memoria. Cada línea que dibujaba hacía que la sala reaccionara, como si le arrancaran nervios.
Dorian intentó ponerse de pie. Falló. Volvió a intentarlo, gru?endo.
—Date prisa —dijo—. Antes de que decida que descansar suena bien.
La voz volvió a susurrarle, ahora más dulce.
—Siempre terminas así —le dijo—. Sosteniendo a otros mientras te rompes.
Dorian golpeó la pared con el pu?o. El dolor le subió hasta el hombro, pero lo mantuvo despierto.
—Tal vez —escupió—. Pero todavía no.
Grek terminó el último símbolo y apoyó ambas manos en el suelo. La magia respondió débil, inestable, como un animal herido.
—Esto va a doler —advirtió.
La sala colapsó sobre sí misma.
Los espejos estallaron en una luz blanca cegadora. Los tapices se deshicieron en polvo. El suelo tembló con violencia, y Dorian gritó cuando una oleada de dolor recorrió cada hueso roto, como si el castillo intentara recordar exactamente dónde estaba herido.
Grek gritó también.
No de dolor físico.
De reconocimiento.
Algo se arrancó de él, algo antiguo, algo que no sabía que todavía llevaba dentro. La magia se quebró con un sonido seco, definitivo.
Silencio.
Cuando Dorian abrió los ojos, estaba apoyado contra una pared distinta. El corredor frente a ellos era estrecho, bajo. El techo parecía descender lentamente, respirando.
Grek estaba pálido, sudando, temblando.
—Seguimos vivos —dijo Dorian, con voz ronca—. Lo tomaré como victoria.
Caminaron.
Cada paso costaba. Cada metro parecía medido por el castillo, ajustado a su desgaste.
—Oye —dijo Dorian al cabo de un rato—. ?Quién carajos dise?ó este lugar?
Grek no respondió.
Una puerta se abrió sola frente a ellos.
Desde adentro, la risa de la botella los recibió, intacta, paciente.
El castillo recordaba.

