***Punto de vista de Kanea***
Sentados alrededor de la fogata, el rostro de Víctor, perdido en sus pensamientos, y la curiosidad mal disimulada de Falu me animan a continuar.
—Bueno, no soy buena contando historias, pero daré lo mejor que pueda.
—Continúa, por favor —pide Falu.
—Bueno... —tomando un respiro, recuerdo una de las historias que más me daban fuerzas en esa habitación fría—. En alguno de los reinos que han pasado por estos lugares, existía una ni?a que era capaz de ver espíritus primitivos. Al principio, la ni?a no comprendía del todo lo que veía; incluso podría decirse que creía que todos podían ver lo que ella veía. —Respiro hondo y miro al cielo estrellado. La voz de Emma se superpone a mis palabras—.
—?Y qué pasó con la ni?a? —pregunta Falu, con una curiosidad ya no disimulada.
—La ni?a crecía con un solo propósito: ser la mujer del emperador que gobernaba aquel lugar. Desprendida de alguien a quien llamar madre o padre, solo pensaba que ese era su destino. Rodeada de lo esencial, adquirió el hábito de contar todo en un diario; tal vez por un capricho, o algo más... Pero un día, alejada de las demás concubinas, la peque?a Abel conoció algo que, desde el momento de su nacimiento, le había sido arrebatado.
—?Qué cosa? —pregunta Falu, con los ojos expectantes, mientras toma un pedazo de carne seca.
—La curiosidad que vino en forma de un ni?o extranjero; alguien que podría decirse que llegó de casualidad a su mundo gris.
—?Cómo se llamaba el ni?o? —pregunta Víctor, como si por fin saliera de sus pensamientos.
Suelto una peque?a risa y continúo, mi voz cuestionando lo mismo que me viene a la mente.
—En la versión que me contó Emma, se llamaba Ravel, aunque su nombre se fue perdiendo con el paso del tiempo. Aquel ni?o era un huérfano que viajaba con un grupo de nómadas por el continente. Algunos decían que su primer encuentro fue conflictivo, pues el ni?o robó algún objeto del lugar donde ella vivía; otros decían que fue más natural, por la curiosidad de ella. Pero todos se dirigen a un lugar: esa curiosidad se transformó en amor, aunque ella no lo comprendiera.
—?Y ella se fue con él? —pregunta Falu.
Recordando la caricia de Emma, intentando hacerme entender el final mientras yo, joven, lloraba por ese desenlace, o tal vez por lo que proyectaba en ella, continúo.
—Pasados los meses, llegó el momento de partir y esa curiosidad pasó a amistad. Sin entender, ambos se alejaron con la promesa de verse en algún momento. Cuando ella se despidió, lo que él sembró en ella no se pudo detener. Su curiosidad la llevó a entender que lo que podía ver eran espíritus elementales, y ellos a ella, haciéndose amigos y llevándola al bosque para poder saborear la libertad que apenas estaba comenzando a conocer.
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—?Qué pasó con el ni?o? —pregunta Falu.
—Nadie sabe. Algunos dicen que pasó por varios lugares, como lo que sería conocido como la ciudad santa, o incluso continentes lejanos. Pero lo que sí sé es que la promesa que hicieron nunca la pudieron olvidar. Para ella, era su rayo de esperanza; para él, el hogar que el destino le tenía preparado. Y cuando llegó el momento, ambos volvieron a cruzar sus caminos.
—Creo que ya he escuchado esa historia —agrega Víctor, tocándose el mentón.
—?Shh! —trato de callar a Víctor con desesperación para que no arruine el final.
Sorprendido por mi reacción, Víctor hace una mueca de diversión, diferente a la que habitualmente muestra; alza sus manos en se?al de rendición, suspira y mira a Falu, divertido por nuestra reacción.
—Perdón —río, incómoda y tosiendo un poco—. El tiempo pasó y un nuevo rey se posicionó, y ella fue... llevada por su destino. Con el tiempo, su posición pasó de ser solo una concubina más a la favorita del emperador. Y cuando su razón estaba por desaparecer, el destino, como la primera vez que se encontraron, hizo de las suyas, y ambos lograron encontrarse. Ella, como si respirara por primera vez después de estar ahogada, se fundió en la libertad y el amor que le ofrecía Ravel. Con ayuda de los espíritus, ella podía escapar a verlo en las profundidades del bosque, donde la mirada del emperador no podía llegar, y solo la naturaleza, como testigo, presenciaba ese amor.
—?Y ellos no? —pregunta Falu, intuyendo el final.
—Como todo en esta vida, todo tiene un final, y el amor, cuando es tan puro y fuerte... da frutos, y ellos no fueron la excepción. Al enterarse, ella y él planearon escapar, pero en la vida nada es perfecto. Sus encuentros llegaron a los oídos del rey, que, al igual que cualquier monarca, era caprichoso, incapaz de aceptar nada que no fuera su decisión, y pidió las cabezas de ambos. Al enterarse, como si los espíritus acompa?aran su miedo, rodearon a Abel, intentando advertirle. Y ella, siendo avisada por otra concubina, algunas a las que podía llamar amigas, tomó su primera decisión en toda su vida: ser libre.
El ce?o fruncido de Víctor, tal vez por la versión de mi historia, acompa?a el crujido de las ramas ardiendo y el silencio de los animales, como si ellos estuvieran escuchando mi relato o recordando.
—?Lo lograron?
—Intentaron, pero solo lograron llegar al borde de las profundidades del bosque antes de ser emboscados por los soldados del emperador y... asesinados. Ella, herida, y con su último aliento, pidió un deseo a los espíritus que la habían acompa?ado desde el momento en que nació: que la olvidaran. Entre los soldados que estuvieron allí, corrió el rumor de que peque?as luces rodearon su cuerpo y el de él, haciendo que los árboles de los alrededores comenzaran a brillar. Acompa?ando ese brillo, y como si fuera magia antigua, las formas de esas hojas cambiaron a lo que conocemos hoy. —Tomando una hoja entre mis manos, suspiro—. Algunos dicen que esa acción de los espíritus fue su manera de decir que, a pesar del tiempo, jamás la olvidarían; otros simplemente consideran que es una coincidencia. Pero el nombre quedó ahí, entre los soldados, luego entre las concubinas, y de ahí se difundió junto con la historia.
—Vaya, esa historia nunca la había escuchado —dice Falu, suspirando.
—Bueno, es una historia que Emma me contó. Según ella, es muy popular en algunos lugares que visitó antes de llegar aquí.
—Sí, creo que en las afueras de la ciudad santa se escucha mucho.
—?Cómo sabes eso?
—Eh... mi padre me lo contó —Víctor ríe, llevándose la mano a la cabeza.
—Creo que ya es hora de dormir —opino entre bostezos.
—Gracias por la historia —expresa Falu con una sonrisa sincera.
Con un asentimiento de todos, Víctor enciende uno de sus inciensos, y recuerdo las palabras que siempre me decía Emma con esta historia y su olor a flores que siempre la rodeaba:
—Aunque no lo parezca, tú tienes la fuerza para reconstruirte, mi ni?a. Yo creo que esa historia te ense?a eso, mi ni?a.

