Anuncio importante, favor de leerlo y no saltárselo.
Hola querido lector, habla el creador de Fatum: R (yo) Furan. Quería dar las gracias por leer mi historia y espero que la sigas leyendo de aquí en adelante.
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Eso seria todo, muchas gracias y disfruta el capítulo :).
...
Horas después de la batalla, el cuerpo de Lucian fue entregado a las puertas de Ilmenor. Todo estaba ahí: su cuerpo inmóvil, la armadura abollada, la espada manchada y su cabeza, separada del resto. No faltaba nada, y aun así, la ausencia era lo único que pesaba de verdad.
El funeral se realizó de inmediato. Fue breve, casi apresurado, pero eso no lo hizo menos devastador. Zein permaneció de pie sin moverse, con la mirada fija en el sarcófago. Le resultaba imposible aceptar lo ocurrido; siempre creyó que Lucian jamás entraría en una batalla que supiera perdida. El recuerdo de no haber podido hacer nada, de haber quedado reducido a un espectador inútil, le ardía en el pecho como una herida abierta.
Meliora se quebró por completo. Las fuerzas la abandonaron y terminó arrodillada frente al sarcófago, con las manos apoyadas en la fría superficie, como si así pudiera sostener lo que ya no estaba. Su llanto no buscaba consuelo ni atención; simplemente escapaba de ella, una y otra vez. Kiomi no se separó de su lado. El dolor la atravesaba por partida doble: Lucian había sido parte de su vida desde que era peque?a, y ver a su madre en ese estado la dejaba sin aliento.
Lyra, aunque no comprendía del todo lo que estaba pasando y apenas había convivido con Lucian, sintió el peso de la escena clavársele en el pecho. No era solo la muerte; era la gente a su alrededor, los rostros tensos, las miradas vacías, el silencio que nadie se atrevía a romper.
Kio, en cambio, no dijo nada.
Durante todo el funeral se mantuvo apartada, como si hubiera trazado una línea invisible entre ella y los demás. No habló con Zein, ni con Lyra, ni con Kiomi. Ni siquiera se acercó a Meliora. Su mirada permanecía perdida, fija en un punto inexistente, y su quietud resultaba inquietante. No había lágrimas, no había rabia visible, no había palabras.
Aun así, su cuerpo la traicionaba. Las orejas se mantenían inusualmente bajas, y su cola, rígida, no se movía en lo más mínimo, como si incluso respirar fuera un esfuerzo innecesario.
El día continuó con una normalidad forzada. Los combates en la puerta de la ciudad seguían igual, pero algo se había quebrado. La moral estaba baja, y se notaba en cada paso, en cada orden dada sin convicción. Meliora continuó ayudando pese a todo, aunque su postura encorvada y sus movimientos lentos delataban el desgaste. Kiomi no estaba mejor.
Al caer el atardecer, Meliora le pidió a Zein y a Lyra que buscaran a Kio. Ambos recorrieron la ciudad, pasando por los lugares donde creían que podría estar, hasta que finalmente la encontraron en la iglesia. Kio estaba arrodillada, rezando en silencio. La luz anaranjada del atardecer se filtraba por los vitrales y caía sobre ella, marcando aún más la caída de sus orejas y la quietud de su cola.
Zein la observó unos segundos, dudando. Luego, como si una idea desesperada le cruzara la mente, alzó ambos brazos y dio un par de pasos hacia ella.
—Oye… Kio. E-En estas últimas horas se me ha ocurrido algo para vengar a Lucian, ?sabes? —dijo, acercándose un poco más.
Pero no obtuvo respuesta.
Lyra, a su lado, ladeó la cabeza, visiblemente extra?ada por lo que Zein acababa de decir. Entonces Kio se levantó. Con un simple movimiento de la mano, el suelo respondió: enredaderas gruesas y tensas brotaron y se cerraron alrededor de Zein, inmovilizándolo antes de que pudiera reaccionar.
—Oye, yo… te lo puedo explicar… —dijo Zein, con la voz temblorosa, mientras forcejeaba sin éxito.
Kio no respondió. Se acercó, lo tomó sin esfuerzo y lo colocó sobre su lomo, como si no pesara nada. Empezó a avanzar sin mirar atrás. Lyra dudó apenas un instante antes de seguirlos, caminando tras ellos mientras Zein, colgando y atado, intentaba explicar lo que había dicho, convencido de que había cometido un error imperdonable.
Así llegaron hasta la puerta de la ciudad. Allí, Meliora hablaba con unos soldados; no se oía ningún disparo, solo el murmullo apagado de voces cansadas. Kio dejó a Zein en el suelo, aún atado, y sin previo aviso lo golpeó con fuerza detrás del cuello. El cuerpo de Zein se tensó un segundo antes de quedar inconsciente.
—?Qué pasó? —preguntó Meliora, confundida al ver la escena.
Kio no respondió. Algo comenzó a recorrer su cuerpo, como si ardiera desde dentro. No era su piel: era su ropa. El tejido se desintegró en chispas oscuras y fue reemplazado por una armadura imponente, placas forjadas en un metal negro absoluto cuyo acabado pulido devolvía la luz con un brillo aceitoso y letal. La coraza, robusta y adornada con intrincados grabados dorados, estaba cruzada por una pesada banda de tela carmesí que caía sobre una falda de combate oscura, ribeteada con hilos de oro. Cada pieza encajaba con la siguiente, formando una silueta autoritaria, imposible de ignorar.
Las hombreras se alzaban en puntas defensivas y daban paso a un casco de estilo espartano, austero, sin adornos en la frente. El yelmo, liso y de un negro impenetrable, contrastaba con la cresta carmesí que nacía desde la nuca y ondeaba como una llama de sangre con cada movimiento. El rostro quedaba oculto tras una visera de rejillas finas, y la sensación que emanaba de aquella figura no era humana, sino la de algo primitivo, implacable.
Antes de avanzar, Kio se detuvo. Giró lentamente la cabeza hacia Meliora.
—él me dio permiso.
Fueron las primeras palabras que salieron de su boca desde que Lucian murió.
—?L-Le puedo explicar las cosas a Zein? —preguntó Meliora, con la voz baja, conteniéndose.
Por un momento, Kio mantuvo la mirada fija en Zein, como si esperara que él mismo dijera algo, aunque permaneciera inconsciente.
—Claro —respondió al final.
Sin decir nada más, Kio alzó el vuelo y pasó por encima de la muralla de Ilmenor. Con un leve movimiento de su mano izquierda, una barrera translúcida se expandió hasta cubrir por completo la ciudad, sellándola en un silencio tenso. Con la otra mano invocó un bastón de madera oscura, reforzado con detalles metálicos y piedras preciosas incrustadas que capturaban la luz con un brillo contenido.
En ese punto de la guerra, alrededor de setenta y cinco mil soldados del Imperio rodeaban las inmediaciones de Ilmenor.
En cuanto la vieron, los disparos comenzaron. Una lluvia de balas surcó el aire, pero ninguna logró alcanzarla: algunas caían antes de llegar, otras se desviaban al chocar contra el escudo mágico que la envolvía. El estruendo fue ensordecedor… hasta que, de pronto, cesó por completo.
Del interior del bosque emergió una figura solitaria. Era Alain. Vestía una armadura negra combinada con telas rojas, y sostenía entre sus manos un bastón distinto al anterior, nuevo, reparado, claramente reforzado. Avanzó hasta colocarse frente a las filas de sus soldados y alzó la vista hacia Kio.
—?Vaya! ?Miren a quién tenemos aquí! —gritó, con una sonrisa burlona.
Por un instante, Kio pareció confundida.
—??Vienes a vengar a tu amigo?! —continuó Alain—. ?Aunque es patético llamarlo amigo! ?De verdad, es una vergüenza!
Kio comprendió de inmediato lo que intentaba hacer. Provocarla. Arrastrarla a su ritmo. Aun así, permaneció inmóvil.
Las burlas siguieron. Comentarios sobre Lucian, sobre su derrota, sobre su supuesta ineptitud. Kio no reaccionó. Esa falta de respuesta fue aprovechada por Alain, que comenzó a inflarse con cada palabra.
—?Pero no lo culpo por perder contra alguien como yo! ?YO! —alzaba la voz—. ?Soy un prodigio de la magia! ?Alguien inigualable!
Kio entreabrió la boca.
—?Te haces llamar alguien inigualable! —la voz de Kio retumbó en el campo de batalla—. ?Cuando la única manera en que pudiste ganarle a Lucian fue usando el último objeto mágico de resurrección que quedaba de la era de los dioses!
No dio un solo paso al decirlo.
—?Aunque no lo hubiera usado, habría ganado igual! —respondió Alain, elevando la voz—. ?Puedo usar hasta cinco círculos mágicos por mi propia cuenta!
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—?Círculos, eh? —Kio soltó una risa breve, seca—. Qué poco.
—??Qué?! —gritó Alain, visiblemente alterado.
—?Conoces la teoría de los niveles superiores? —Kio alzó su bastón hacia el cielo—. Esa teoría afirma que existen niveles de magia más allá de los doce círculos.
—?Claro! ?Cualquiera que estudie magia conoce esa maravillosa teoría!
—Pues adivina quién la escribió —replicó Kio, justo cuando la punta de su bastón comenzó a brillar.
—??Qué?! ?Eso es imposible!
—No me creas —dijo Kio con frialdad—. Te lo demostraría… pero solo eres digno de ver un hechizo de menos de diez círculos.
En ese instante, frente a la punta del bastón comenzaron a formarse círculos mágicos. El primero apareció amplio y sólido; delante de él surgió otro más peque?o, luego otro, y otro más, hasta que una hilera de cinco círculos quedó suspendida en el aire, girando lentamente, cargada de una presión invisible.
Desde el interior de la ciudad, Meliora vio los círculos y el color se le fue del rostro. Sin perder un segundo, ordenó cerrar cada abertura de la muralla: la puerta principal, las ventanillas, cualquier rendija que pudiera quedar expuesta.
Al mismo tiempo, Alain comprendió lo que Kio estaba a punto de hacer. Dio órdenes rápidas para que todos sus magos se agruparan a su alrededor y levantaran una barrera. él mismo a?adió la suya: cinco círculos mágicos superpuestos, firmes, tensos, al límite.
—Lo siento, Clay… voy a romper nuestra promesa… —susurró Kio para sí misma, apenas un aliento.
Entonces apuntó su bastón directamente hacia Alain y su séquito de magos.
—Burning pile —se?aló Kio.
En el mismo instante en que pronunció esas palabras, el hechizo fue liberado.
Un rayo surgió del bastón, pero no era luz pura: era fuego comprimido, denso, rugiente, como el aliento de un dragón. Descendió a toda velocidad hacia Alain. Su escudo logró repeler el impacto inicial, desviando la llamarada… pero el hechizo no se detuvo.
Siguió fluyendo. Y siguió.
Las llamas comenzaron a extenderse por todo el campo frente a Ilmenor, arrastrándose como una marea viva. En segundos, cubrieron cada palmo del terreno dentro de la primera línea de defensa. El fuego chocaba con la barrera que Kio había levantado, deslizándose por ella sin poder atravesarla, manteniendo a la ciudad a salvo.
Fuera de la muralla, el infierno se desató. Los soldados quedaron envueltos en llamas; sus gritos de dolor se alzaron al unísono, mezclándose con el crujido de la madera al arder, con el estallido de la tierra resquebrajándose por el calor. El olor a carne quemada se esparció por el aire, espeso, sofocante, mientras las cenizas comenzaban a caer como una nevada gris.
Y el hechizo continuaba. No menguaba, no vacilaba. Seguía lanzándose sin descanso, cubriendo todo el interior de la primera defensa, desde las monta?as del norte hasta la costa del sureste.
Kio observó el avance de las llamas y, al notar que no era suficiente, a?adió un círculo mágico más. La energía se tensó al instante. El fuego rugió con mayor violencia: no solo quemaba con más intensidad, también se expandía con una velocidad aterradora.
Las llamas alcanzaron el interior de la segunda defensa. Ningún soldado quedó fuera de su alcance.
Dentro de Ilmenor, el silencio fue absoluto. Nadie habló. Nadie se movió. Solo observaron cómo Kio incineraba y masacraba a todo el ejército enemigo con un solo hechizo.
En ese mismo momento, Zein despertó. Lo primero que vio fue la silueta de Kio, recortada contra un horizonte en llamas. Lo golpearon los gritos lejanos, los lamentos que se apagaban uno a uno, el hedor a carne quemada mezclado con ceniza caliente.
Por un instante, Zein la miró con horror.
Entonces Meliora se acercó y comenzó a desatarlo, con movimientos lentos, casi temblorosos.
—Zein… ?sabes por qué Kio jamás ha actuado, a pesar de todo lo que ha pasado? —preguntó Meliora con seriedad—. ?Tienes idea de quién fue el que la mandó a protegerte a ti y a tu hermana?
Zein terminó de quitarse las últimas lianas que lo sujetaban y negó con la cabeza.
—Siempre le he preguntado eso… pero nunca me responde. Evade mis preguntas —admitió—. La verdad es que no conozco mucho de ella. No sé nada de su pasado…
Meliora lo ayudó a ponerse de pie.
—Ella ha vivido miles de a?os. Para nosotros son incontables; para ella, apenas un parpadeo. Nuestras vidas pasan frente a sus ojos como un destello que se apaga al instante —dijo con calma—. Y aun así… estoy segura de que nos ama.
Zein frunció el ce?o.
—No entiendo a dónde quieres llegar.
Meliora volvió a tomarlo por los hombros, obligándolo a mirarla.
—Te lo preguntaré de nuevo, Zein. ?Quién crees que te mandó proteger?
—No lo sé… —respondió tras dudar—. ?Un rey? ?Algún noble?
Meliora negó lentamente con la cabeza.
—La llamamos santa no por sus acciones, ni por su poder —dijo en voz baja—. Ha sido el centro de incontables eventos a lo largo de la historia del mundo. Porque ella es la heralda… la heralda de Dios.
Zein giró la cabeza despacio, como si temiera lo que iba a ver. Sus ojos se posaron en Kio, suspendida en el cielo.
—La heralda de Dios…
El tiempo pasó. La nieve blanca que alguna vez cubrió el campo se transformó en ceniza, y todo alrededor de Ilmenor ardía bajo un mar de fuego. La noche cayó sin ceremonia.
Kio seguía allí, flotando en medio de la destrucción, manteniendo el hechizo como si el paso de las horas no significara nada. Frente a ella, Alain continuaba resistiendo junto a su séquito de magos, aferrándose a sus barreras con desesperación. Con la voz rasgada, le gritó desde abajo:
—??Eso es todo lo que tienes?! ?No me hagas reír!
Kio inclinó ligeramente la cabeza.
—Qué bueno que lo preguntas —respondió mientras sonreía.
En ese mismo instante, a?adió otro círculo mágico al hechizo. La formación se expandió, elevándose ahora a siete círculos.
Ese último círculo cambió por completo la naturaleza del hechizo. El fuego se extinguió de golpe y, en su lugar, estalló un rayo de luz pura. No ardía: aplastaba. La descarga descendió con una violencia absoluta, pulverizando las defensas de Alain como si nunca hubieran existido.
Cuando Kio cesó el hechizo, no quedó nada en el lugar donde él estaba… salvo un cráter inmenso que se hundía varios metros bajo la tierra calcinada.
Entonces, una figura emergió del fuego.
Caminaba entre las llamas como si no le pertenecieran, completamente ilesa.
Kio frunció el ce?o. Tardó unos segundos en comprender lo que estaba viendo. Intentó distinguir la silueta, pero el calor distorsionaba el aire y el resplandor del fuego deformaba sus contornos.
—Vaya… esto sí que es un desastre, en verdad —dijo la figura—. Menos mal que el emperador lo había previsto. Ya tenemos un reemplazo para ti, así que puedes descansar, Alain.
Su voz era aguda, débil, temblorosa. No tenía la seguridad de un vencedor, sino la incomodidad de alguien que preferiría no estar ahí.
Kio habló sin bajar el bastón.
—?Oye, tú!
El hombre dio un respingo. Se giró con lentitud, casi con miedo. Cuando el fuego iluminó su rostro, la razón de la confusión se volvió evidente: la mitad de su cara colgaba, flácida, mientras la otra parecía derretirse, como cera expuesta a una llama constante.
Por eso Kio no lo había reconocido de inmediato.
—??Duque?! —gritó, incrédula.
Al escuchar aquello, Kiomi y Meliora corrieron hacia lo alto de la muralla para ver con sus propios ojos.
Kio avanzó un paso en el aire y apuntó su bastón con firmeza.
—No… espera. ?Quién eres tú? ?Qué hiciste con el duque?
El hombre suspiró, incómodo.
—Bueno… no puedo decirte quién soy —respondió mientras se desprendía, con un gesto casual, del pedazo de rostro que aún llevaba puesto—. Lo que le pasó al duque… no lo sé. A mí solo me dijeron que lo suplantara por un tiempo.
Se sacudió la ceniza de la ropa como si nada.
Debajo de aquella piel falsa se reveló una máscara facial fundida en oro puro, modelada con la forma exacta de un cráneo humano. El metal precioso brillaba con un fulgor casi divino, reflejando el fuego que lo rodeaba. Donde deberían estar los ojos, las fosas nasales y la mandíbula, solo había cavidades profundas: pozos de una negrura impenetrable que parecían absorber la luz misma.
—?Maldito…! ??Qué le hiciste a mi tío?! —gritó Kiomi desde lo alto de la muralla.
—Yo… yo no le hice nada… —respondió el hombre, aún más nervioso.
Mátalo.
No dejes que salga de ahí con vida.
Las voces irrumpieron de pronto en la mente de Kio, frías, insistentes.
—No importa —dijo al final, con una calma que resultaba más aterradora que un grito—. No saldrás con vida de aquí de todos modos.
Kio alzó el bastón hacia el cielo y comenzó a recitar un hechizo. Esta vez, su voz era baja, casi un susurro, como si el mundo no mereciera escucharlo. En la punta del bastón empezaron a formarse círculos mágicos. Diez. Once. Doce. Y luego más. Superaron el límite conocido y siguieron apareciendo, uno tras otro, cargando el aire con una presión asfixiante.
—Oye… oye… —balbuceó el hombre—. ?No te parece demasiado para alguien como yo?
Kio no respondió.
Al ver que no obtenía reacción, el hombre también empezó a recitar un hechizo, con palabras atropelladas y respiración irregular. Cuando ambos terminaron, pronunciaron la última frase casi al mismo tiempo.
—Judgment day —dijo Kio.
Cuatro figuras luminosas se manifestaron a su alrededor: dos a su derecha y dos a su izquierda. ángeles armados, etéreos, con alas extendidas y miradas carentes de piedad.
—By the hand of the Emperor —respondió el hombre.
El suelo bajo sus pies se quebró, y enormes manos surgieron con violencia desde la tierra, retorciéndose como si estuvieran vivas.
Kio apuntó el bastón hacia él. Al instante, los ángeles se lanzaron al ataque desde todas direcciones. Las manos emergentes repelían cada embestida, chocando con una velocidad brutal. El intercambio era tan feroz que, poco a poco, las llamas que aún rodeaban el campo comenzaron a extinguirse, sofocadas por la energía en colisión.
Mientras aquello ocurría, Kio alzó nuevamente el bastón, esta vez apuntando al cielo, justo por encima del hombre, y empezó a recitar otro hechizo.
El hombre lo notó y palideció.
—Vamos… ?hablas en serio? ?Dos hechizos de nivel superior al mismo tiempo? —dijo, con la voz rota por el miedo.
Sobre su cabeza comenzaron a formarse numerosos círculos mágicos, alineándose mientras Kio continuaba el encantamiento. Giraban y encajaban unos con otros, como los engranajes de un reloj perfecto, hasta quedar completamente conectados.
Entonces apareció una puerta.
Apuntaba directamente hacia la posición del hombre. La puerta era blanca, imponente, hermosa, con delicados detalles dorados que contrastaban con la devastación que la rodeaba.
Las puertas comenzaron a abrirse lentamente, y de su interior brotó una luz celestial que se derramó sobre el campo devastado, envolviéndolo todo en un resplandor casi irreal. Por un instante, pareció como si el amanecer hubiera llegado antes de tiempo, borrando la noche, el humo y la sangre con una claridad absoluta.
—Heaven’s Door —exclamó Kio, bajando el bastón y apuntándolo directamente hacia el hombre.
Al comprender lo que estaba a punto de suceder, él hizo un movimiento desesperado con la mano y levantó un objeto que brilló tenuemente entre sus dedos: una esfera de cristal.
—Lo siento, se?or… pero si no me retiro ahora, moriré —dijo con la voz quebrada, el miedo filtrándose en cada palabra, antes de aplastarla sin dudar.
En el instante en que la esfera se rompió, el hombre desapareció por completo, junto con las enormes manos que lo protegían. El aire vibró con violencia. Kio reaccionó deteniendo el hechizo, pero aun así una peque?a fracción de la energía acumulada fue liberada. Bastó eso para abrir un cráter inmenso, mucho más profundo y amplio que el que había quedado donde antes se encontraba Alain.
La luz se disipó.
La armadura de Kio se consumió entre chispas y cenizas, deshaciéndose hasta revelar las ropas que llevaba antes del combate. Exhausta, descendió lentamente hasta el suelo, hacia el lugar donde se encontraban Zein y Lyra. Meliora también bajó desde la muralla, reuniéndose con ellos en silencio.
Ilmenor entero estaba paralizado. Soldados y civiles observaban la escena sin poder reaccionar: algunos cayeron de rodillas y comenzaron a rezar, otros temblaban incapaces de apartar la mirada de la destrucción que acababan de presenciar.
—Creo que sería un buen momento para recuperar algo de territorio del Imperio, considerando que eliminé a la mayor parte de su ejército —comentó Kio, estirándose con pereza, como una gata que acababa de despertar de una larga siesta.
—C-claro… —respondió Meliora, aún aturdida, antes de darse la vuelta y correr para organizar a las tropas.
En ese mismo instante, Zein avanzó furioso hacia Kio y se plantó frente a ella.
—??Por qué no me dijiste quién te había mandado a protegernos a Lyra y a mí!? —exigió, con la voz cargada de rabia.
—No era necesario que lo supieras —respondió ella con frialdad.
—??Que no era necesario?! ??De verdad crees que no necesitaba saber que Dios te mandó a cuidarme?! ??EN SERIO LO CREES?!
—Sí.
—?Por qué te guardaste un secreto tan grande e importante? —continuó Zein, apretando los dientes—. Creí que no había más secretos entre nosotros… creí que éramos amigos.
—Tú no sabes casi nada sobre mí —dijo Kio, sin apartar la mirada, con un tono distante que cortó más que cualquier hechizo.
Zein no respondió. Tomó con brusquedad la mano de Lyra y comenzó a alejarse con ella.
—Parece que me equivoqué al pensar que éramos amigos —dijo sin voltearse.
Kiomi corrió tras ellos, llamándolos, mientras Kio permanecía inmóvil en medio del campo arrasado. Bajó la mirada hacia su propia mano, cerrándola lentamente. Sus orejas y su cola cayeron, abatidas, mientras el silencio se asentaba a su alrededor.

