La Academia Lowfield, orgullo de todo Sylvaris, se elevaba sobre la monta?a como si hubiera brotado del mismo corazón de la roca. Desde abajo, sus torres parecían tocar el cielo, ba?adas por el reflejo de los cristales gigantes que rodeaban Ilmenor. Aquellas enormes estructuras, altas como obeliscos antiguos, vibraban con una luz tenue que recorría sus entra?as como un pulso vivo; cada brillo recordaba que la ciudad estaba protegida por siglos de conocimiento y magia.
Zein caminaba junto a Lyra, Kio y Lucian por la calzada empedrada que dirigía hacia la academia. El aire allí era más claro, y llevaba consigo un aroma a piedra recién humedecida y a flores mágicas que crecían en las grietas de la monta?a.
La academia aparecía entonces en toda su magnitud. Un vasto lugar escalonado, dividido en cuatro niveles, se abría frente a ellos con la solemnidad de un gigante dormido. El primer nivel, al ras con la ciudad, mostraba patios amplios y jardines que parecían recién peinados por el viento; las flores se mecían como si saludaran a los visitantes. Voces lejanas y risas juveniles daban a ese lugar un aire vivo, cálido y esperanzador.
Más arriba, en el segundo nivel, destellos de magia surcaban el aire como peque?as estrellas fugaces. El eco de golpes, hechizos y explosiones controladas retumbaba de un extremo a otro, mezclándose con el olor a tinta, metal caliente y hierbas alquímicas. Zein observó cómo un grupo de estudiantes practicaba un hechizo y la energía se deshacía en chispas azules que iluminaban el suelo.
El tercer nivel rodeaba toda la monta?a, un anillo de dormitorios con balcones desde los cuales se veía tanto la ciudad como el valle exterior. El sonido constante de las campanas lejanas daba la sensación de estar dentro de una historia que no quería terminar.
Y al final, coronándolo todo, se alzaba el edificio principal: torres unidas entre sí por pasillos de piedra encantada, plataformas con árboles que parecían brillar desde dentro y una vista que, según contaban, te hacía sentir peque?o de la forma más hermosa posible.
Zein y Lyra avanzaban con paso seguro, luciendo el uniforme oficial por primera vez. El suyo, elegante y pulcro, parecía dise?ado para hacerlos ver parte de algo antiguo y sagrado. Las faldas plisadas, el burdeos profundo de las chaquetas y los bordados dorados brillaban ligeramente cuando la luz de los cristales caía sobre ellos. Las medias altas y los zapatos bien lustrados acompa?aban ese aire de nobleza que no necesitaba presumir nada; la magia del lugar hacía el resto.
Para los hombres, el uniforme mantenía la misma chaqueta burdeos y la camisa blanca impecable, aunque sustituía la falda por un pantalón recto de color oscuro. La corbata a rayas era la única diferencia notable, un detalle sobrio que combinaba con el conjunto femenino sin restarle elegancia.
A Zein y Lyra les quedaba tan bien el uniforme que Lucian y Kio se lo recordaron varias veces durante el camino.
Cuando cruzaron las puertas principales, la imagen del interior los detuvo por completo. Vitrales altos filtraban la luz mágica en tonos dorados y azulados, que se movían como si respiraran. Los pasillos parecían más amplios por dentro, llenos de ecos, murmullos y pasos emocionados. Sin darse cuenta, los cuatro terminaron caminando más lento, atrapados por la belleza del lugar.
Todos fueron guiados al gran auditorio del primer nivel, donde tendría lugar la ceremonia de ingreso. El techo abovedado estaba cubierto de runas brillantes, y las antorchas de cristal iluminaban cada asiento sin necesidad de fuego.
El director subió al estrado y habló durante unos minutos; su intento de sonar inspirador se perdió en cuanto varios estudiantes —sobre todo los veteranos— empezaron a bostezar o conversar en susurros.
Subió la presidenta del consejo estudiantil: Kiomi. Desde que empezó a hablar, sus ojos se clavaron en Zein con tanta hostilidad que cualquiera habría pensado que estaba relatando la trágica caída de un reino enemigo, no un discurso de bienvenida. El vicepresidente, a su lado, tuvo que calmarla discretamente varias veces con un codazo o se?ales rápidas para que no desviara más el tema.
En las esquinas del auditorio se encontraban los representantes de los nuevos alumnos. Lucian observaba todo con serenidad; Kio, en cambio, parecía demasiado entretenida viendo a los estudiantes cuchichear. Por ser figuras importantes, el director los invitó a dar unas palabras. La mayoría de los padres se giró con interés.
Kio se congeló.
—Ejem… buenas noches —murmuró al subir al podio, como si hubiera sido empujada por la fuerza—. Yo… esto… maldita sea, ?por qué siempre me ponen a hacer estas cosas?
Su cola se esponjó de inmediato, agitándose tan nerviosa como ella. Tragó saliva.
—Bien… intentaré ser… profesional —dijo—. Estudiantes… nuevos estudiantes… ustedes… bueno… van a entrar a Lowfield. Y eso es… importante. Muy importante. Porque… porque aquí aprenderán cosas que… que… necesitan aprender. Sí.
Se aclaró la garganta tan fuerte que el micrófono chilló. Evitó mirar al público como si este fuese un monstruo capaz de devorarla con un solo parpadeo.
Alguien en la primera fila soltó una risita contenida; otro estudiante murmuró un “?qué está pasando?”. Kio los escuchó y su cola se erizó aún más.
—La academia… eh… tiene reglas. Muchas. Y deben seguirlas. No porque… porque yo lo diga, sino porque… así funcionan las academias, ?no? —balbuceó Kio, con las orejas tensas como cuerdas a punto de romperse—. Lo que quiero decir es que… si trabajan duro… y no hacen tonterías…
Se quedó mirando el techo un segundo, como si ahí estuviera su última neurona.
—…podrán… crecer. Y ser mejores que… ustedes mismos. O algo así.
Giró la cabeza hacia Lucian y, tapando el micrófono mágico con la mano, susurró:
—?Eso se supone que suena inspirador?
Lucian solo respondió con un encogimiento de hombros.
—En resumen… bienvenidos. Hagan lo que vinieron a hacer. Y por favor… no provoquen incendios en los laboratorios. Eso sería… muy molesto. Eso es todo. Pueden sentarse… o lo que siga después de esto.
Dicho eso, huyó del podio casi tropezando, la cola moviéndose como un látigo asustado, hasta ponerse al lado de Lucian.
Nadie habló. Nadie aplaudió. Solo silencio… un silencio incómodo que hizo que varios estudiantes intercambiaran miradas de “?qué acabamos de ver?”.
Lucian, respirando hondo, tomó su lugar en el podio con una calma que contrastaba demasiado con el huracán nervioso que había sido Kio.
—Buenas noches. Antes que nada… me disculpo por el discurso anterior —dijo, mirando de reojo a su compa?era—. Kio quiso decir algo significativo, pero…
Kio le lanzó una mirada mortal; él se aclaró la garganta para continuar.
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—No voy a alargar esto. Lowfield no busca héroes ni prodigios; busca personas dispuestas a aprender. Si hoy están aquí, es porque alguien vio en ustedes un potencial que quizá ustedes aún no reconocen. Habrá días difíciles, momentos en los que duden si están en el lugar correcto. Pero si mantienen la calma, si escuchan, si avanzan incluso cuando no entiendan el camino… crecerán más de lo que imaginan. Confíen en su proceso. Confíen en su ritmo. Y recuerden que aquí nadie camina solo. Bienvenidos a Lowfield.
Al terminar, la ovación estalló como si todo el auditorio hubiera estado conteniendo la respiración. Algunos incluso se pusieron de pie.
Lucian se acercó a Kio con una sonrisa.
—Eres pésima para esto —le susurró entre risas.
—Cállate —bufó ella, roja hasta las orejas.
La ceremonia continuó con normalidad… o tan normal como podía ser mientras Kiomi atravesaba a Zein con la mirada cada vez que sus ojos se cruzaban. él desviaba la vista siempre, como si hubiera tocado una llama invisible.
Cuando todo terminó, el auditorio comenzó a vaciarse. Kio y Lucian regresaron a la ciudad para continuar su día, mientras Lyra se dirigía a su salón acompa?ada de otros estudiantes. Zein respiró hondo, ajustó su uniforme y se encaminó al suyo.
Ya en el salón, Zein tomó asiento en una de las filas laterales, lo bastante cerca para escuchar, pero lo suficientemente apartado para no llamar la atención. Aun así, sentía el peso insistente de una mirada clavada en él. Kiomi no parpadeaba. Solo esperaba. Como si quisiera atraparlo mirando para usarlo como evidencia en un juicio que solo ella entendía.
Zein desvió la vista al pupitre, incómodo.
Entonces un brazo cayó sobre sus hombros, ligero, confiado, como si lo conociera de toda la vida.
—?Hola! Oye —dijo una voz amistosa—, ?acaso hiciste algo para caerle mal a la presidenta? Porque no hay que ser muy inteligente para notar que le caes bastante mal, la verdad.
—Pues no sé, la verdad —respondió Zein, encogiéndose un poco—. Puede que le recuerde a alguien que de verdad odia.
Mientras hablaba, Kiomi seguía mirándolo sin disimulo, como una estatua que juzga.
?Vamos, Kiomi… al menos podrías intentar disimular un poco. Ni siquiera sé qué hice?, pensó, soltando un suspiro silencioso.
—Por cierto, me llamo Sennet. ?Y tú?
—Zein. Mucho gusto.
—El gusto es mío, Zein —respondió con una sonrisa segura—. Ven, te presentaré a mis amigos.
El grupo de Sennet era tan normal que resultaba reconfortante. Dos chicas, dos chicos… sin rarezas, sin excentricidades mágicas, solo estudiantes que parecían haber estado juntos desde hacía tiempo. Para Zein, era perfecto.
Sennet era uno de los dos chicos; el otro, Dian, era un elfo de orejas sorprendentemente cortas, casi humanas. Chloe y Zanna, las dos chicas, eran humanas y charlaban entre ellas con una complicidad fácil, como si compartieran bromas que no necesitaban explicación.
Zein apenas comenzaba a relajarse cuando la puerta del salón se abrió.
La conversación murió de inmediato.
Un elfo entró con paso sereno: alto, de cabello blanco que caía como seda, cejas marcadas y elegancia en cada movimiento. Llevaba varios libros apoyados en un brazo; al llegar al escritorio, los acomodó con precisión antes de volverse hacia la clase.
Todos se sentaron casi al unísono. Zein también.
—Buenos días a todos. Me alegra ver a la mayoría un a?o más aquí. Para aquellos que no me conocen, me llamo Shaundyl Veverell y seré su profesor y asesor durante el resto del a?o escolar —dijo mientras escribía su nombre en la pizarra con una caligrafía impecable.
Zein observó el salón con atención por primera vez. Veinte estudiantes… y todos eran humanos o elfos.
Nada de enanos, ni demonios, y por supuesto, ningún monstruo.
Un patrón que, sin saber por qué, le hizo sentir un peque?o nudo en el estómago.
Las clases de Shaundyl eran estrictas, pero sorprendentemente nutritivas. él había sido un investigador brillante antes de volverse maestro, y cada explicación suya venía cargada de datos, teorías y ejemplos que despertaban la curiosidad de cualquiera que prestara atención. Zein se encontraba más que fascinado; cada lección lo dejaba con esa chispa en el pecho que solo le provocaban los descubrimientos que realmente importaban.
La semana avanzó sin que se dieran cuenta. Los hermanos ya habían formado lazos en sus respectivas clases, adaptándose con rapidez al ritmo del lugar, mientras que Kiomi seguía mirando a Zein como si fuera una espina que simplemente no podía sacar de su camino. él no entendía la razón, pero lo sentía cada vez que ella desviaba la mirada con fastidio apenas lo tenía cerca.
Un día, el profesor entró al salón y llamó inmediatamente la atención del grupo.
—Bien, no todos lo saben, pero la dirección exige una prueba para evaluar qué tan desarrolladas tienen ciertas habilidades. Por lo que, a partir de la próxima semana, se llevarán a cabo varios exámenes de diferentes tipos —anunció mientras caminaba hacia la puerta—. Cuando llegue el momento, les explicaré de qué trata cada uno, pero por ahora... síganme. Los llevaré al primer examen.
El murmullo de la clase los acompa?ó por los pasillos hasta llegar al patio del primer nivel. Shaundyl los guio hacia la esquina de la monta?a, donde se abría un sendero rodeado de árboles que serpenteaba entre varias elevaciones hasta perderse en la distancia. Desde ahí, el aire tenía un olor fresco a tierra húmeda, y la luz del sol apenas entraba entre el follaje denso que marcaba el inicio del recorrido.
—El examen es simple —comenzó Shaundyl, se?alando el camino—. Tienen que recorrer todo el trayecto entre las monta?as hasta llegar a una plataforma ubicada a cinco kilómetros de aquí.
Un coro de quejas resonó al instante, casi como si la clase entera hubiera ensayado la reacción.
—No se preocupen —respondió con una calma que solo un maestro con a?os de paciencia podía poseer—. Estoy seguro de que, como buenos alumnos de la Academia Lowfield, lo harán bastante bien. —Hizo una breve pausa antes de agregar—: También pueden usar cualquier tipo de magia que deseen, excepto aquellas que puedan lastimar o asesinar a sus compa?eros. En caso de que algo así ocurra, serán descalificados.
En ese momento, un líquido negro surgió frente a Shaundyl, formando una superficie brillante, casi como un espejo líquido que vibraba suavemente en el aire.
—Los esperaré en la línea de meta. Buena suerte —dijo mientras avanzaba hacia la masa oscura. Antes de cruzarla, volteó ligeramente el rostro—. Casi se me olvida: cuando vean una bola de fuego en el aire, podrán iniciar.
Y con eso, Shaundyl desapareció al atravesar el portal.
—?Tenemos que avanzar cinco kilómetros? ?En serio? —se quejó Sennet, dejando caer los hombros con dramatismo—. No quiero. Zein, llévame por favor…
—Vamos, Sennet, haz aunque sea un poco de esfuerzo —dijo Chloe, sujetándolo de la chaqueta para apartarlo de Zein—. Aunque… tampoco me emociona recorrer cinco kilómetros, ni aunque fuera un examen.
?Si supieran que esto era un entrenamiento normal para mí con Lucian?, pensó Zein, soltando una risa nerviosa mientras se acomodaba.
En ese instante todos tomaron posición, tensos, inclinados hacia adelante como si las monta?as mismas los empujaran. El viento arrastró una corriente de silencio justo antes de que una esfera de fuego surcara el cielo, iluminando los rostros expectantes por un segundo. Y en cuanto la llama estalló en luz, todos se lanzaron hacia adelante. Kiomi salió disparada a la cabeza.
La elfo comenzó a desplegar hilos transparentes entre los riscos, formando redes casi invisibles que atrapaban a cualquiera que tuviera la mala suerte de atravesarlas. Los gritos sorprendidos resonaban a lo lejos cada vez que un compa?ero quedaba suspendido. Los demás, desesperados por no quedarse atrás, levantaban paredes de piedra y barreras improvisadas, transformando el recorrido en un caos de trampas, magia y tierra levantada.
Zein avanzaba con calma entre aquel desorden, ayudando a sus amigos a soltarse siempre que podía, aunque uno por uno terminaban cayendo en los hilos.
—?Ve, Zein! Déjame aquí… ya es muy tarde para mí —dramatizaba Sennet, colgando de una red mientras Zein flotaba unos metros arriba de él.
—Bien —respondió Zein antes de continuar.
—?Oye, no lo decía en serio! —gritó Sennet, estirando la mano hacia él—. ?Zein!
En poco tiempo solo quedaban Zein y Kiomi en competencia. Ella llevaba una amplia delantera, colocando más y más hilos a medida que avanzaba. Zein, sin embargo, esquivaba cada uno con precisión, recortando distancia paso a paso. Kiomi, al notar su avance, levantó muros de piedra y obstáculos en cuestión de segundos, pero nada parecía truncar la terquedad con la que él seguía acercándose.
Ambos terminaron elevándose por encima de los árboles, volando hacia la recta final. A medida que se aproximaban a la meta, el espacio entre ellos se reducía también. Sus hombros chocaron, sus manos se empujaron, y por un momento parecían dos cometas descontroladas forcejeando por un centímetro de ventaja.
En el último segundo, cruzaron la meta al mismo tiempo. La inercia los desestabilizó y ambos cayeron torpemente, rodando por la tierra hasta terminar con Kiomi encima de Zein. Ella abrió los ojos de golpe al notar la posición y saltó hacia atrás con un sobresalto que provocó algunas risitas reprimidas entre los espectadores.
—Fui por los demás que estaban atrapados —anunció Shaundyl mientras se acercaba a ellos—. Felicidades, Kiomi y Zein. Ambos pasaron el examen.
Zein apenas alcanzó a incorporarse cuando sus amigos lo rodearon, celebrando con incredulidad que hubiera logrado llegar tan lejos. La respiración todavía le ardía en el pecho, el suelo aún vibraba bajo sus manos… y, por un momento, creyó haber sentido la mirada de Kiomi sobre él antes de que ella se diera la vuelta con brusquedad.

