El callejón estaba cubierto por un manto de sombras. Unas lonas raídas colgaban entre los edificios, formando un techo improvisado que apenas dejaba pasar la luz de las farolas. La nieve caía en silencio, acumulándose sobre las piedras húmedas y sobre los cuerpos que yacían en el suelo.
Zein se detuvo de golpe, sintiendo cómo el aliento se le helaba en el pecho. A pocos pasos frente a él, Lyra estaba recostada, con el cabello blanco extendido como un velo sobre el pavimento. Un moretón oscuro marcaba su cuello.
—Lyra… —susurró, pero su voz apenas rompió el silencio.
Detrás de ella, dos hombres permanecían atados de pies y manos, con los rostros amoratados y las ropas desgarradas. El olor metálico de la sangre y la humedad del invierno se mezclaban en el aire. Kio avanzó un paso, luego otro, hasta que la realidad la golpeó con la fuerza de una tormenta.
—?Voy por los guardias de la ciudad! ?No se muevan de aquí! —ordenó antes de girar y correr fuera del callejón, su capa ondeando tras ella.
El viento silbaba entre las lonas. La nieve seguía cayendo, cubriéndolo todo con un manto blanco. Cuando Kio regresó, el callejón estaba vacío.
Ni Zein.
Ni Lyra.
Solo quedaban las huellas que el viento comenzaba a borrar.
Un escalofrío recorrió la espalda de Kio. Su respiración se hizo más corta, más pesada. La impaciencia empezó a filtrarse entre sus pensamientos.
?Maldición… si les pasa algo, él me matará.?
—Se?orita… —La voz del soldado rompió el hilo de sus pensamientos.
—…Se?orita… ?Se?orita! —repitió, tocándole el hombro.
—Ah… sí, perdón —dijo, parpadeando para volver al presente.
—?Podría declarar lo que ocurrió aquí? —preguntó el guardia, sacando una peque?a libreta con las manos temblorosas por el frío.
Kio tragó saliva. Necesitaba tiempo.
—Sí, bueno… estaba con dos ni?os. Uno de unos dieciséis a?os, la otra de once. Ambos con cabello blanco. Estaban aquí, pero… —
—?Cabello blanco? —interrumpió el guardia, alzando una ceja.
—Sí, ?por qué?
—Mientras veníamos, vi a dos ni?os subiendo a una carreta. Iba camino a Fictoma —dijo con tono tranquilo, casi indiferente—. Me pareció raro ver gente en esa ruta. No muchos se atreven a viajar por ahí. Dicen que los bandidos la patrullan… o peor, que el dragón que ronda esas tierras a veces caza por el camino.
El corazón de Kio se encogió en un segundo.
—?Maldición! —gritó, dándose media vuelta y echando a correr, su silueta perdiéndose entre la nieve.
—?Se?orita! ??Y su declaración?! —alcanzó a gritar el guardia, pero su voz se perdió entre los ecos del callejón.
Mientras tanto, Zein y Lyra iban dentro de una carreta de madera que avanzaba lentamente por un camino nevado. Las ruedas chirriaban al hundirse en la nieve, y el sonido de los cascos de los caballos resonaba suave, apagado por el viento. El vehículo era sencillo, hecho de tablas viejas reforzadas con clavos ennegrecidos; en los bordes colgaban linternas que temblaban con cada movimiento, lanzando un brillo cálido que se mezclaba con el resplandor azulino del atardecer invernal. Afuera, el bosque se extendía en silencio: troncos cubiertos de escarcha, ramas desnudas y montículos blancos que ocultaban senderos olvidados.
Dentro, el aire era gélido, pero se sentía un leve refugio del viento cortante. Zein sostenía a Lyra, que descansaba con la cabeza recostada sobre su hombro, mientras los copos se acumulaban en los pliegues de su capa.
—?Estás bien? —le susurró cuando notó que ella abría los ojos lentamente.
Lyra intentó responder, pero su voz se quebró antes de salir. Solo logró asentir con suavidad, todavía con el aliento entrecortado.
—?Recuerdas lo que pasó? —preguntó Zein, cuidando cada palabra para no incomodarla.
Ella negó con la cabeza, los ojos brillando a la luz temblorosa de la linterna.
Zein bajó la mirada, apretando las manos con fuerza. —Perdóname otra vez por no poder protegerte. Cuando no te vi ahí… sentí miedo. Miedo de no encontrarte. Cuando te hallé, fue como si todo el cuerpo se me quebrara. No… no soy lo suficientemente bueno para protegerte…
Un silencio breve, lleno de vapor y aliento, los envolvió. Entonces Lyra, con un gesto tembloroso, tomó sus manos y las sostuvo. Cuando Zein la miró, ella le regaló una sonrisa suave, peque?a.
él respiró hondo y trató de sonreír. —Aun así… me alegra habernos alejado de esa mujer con el dinero de aquellos matones. No sabía si podía confiar en ella. Tal vez… deberíamos pensar mejor en quién confiamos.
La nieve golpeaba con suavidad el techo de la carreta. Ambos se abrazaron para compartir el calor de sus cuerpos, buscando consuelo en medio del frío.
Una mujer mayor, envuelta en una capa gruesa, los observó por un momento antes de acercarse con una sonrisa maternal.
—Tomen —dijo, cubriéndolos con una manta tejida—. Esa ropa no es suficiente para una nevada como esta.
—Gracias… —respondió Zein, y Lyra inclinó la cabeza en un tímido gesto de gratitud.
La mujer volvió a su asiento, acomodando una cesta a su lado. —?Y sus padres, ni?os?
El silencio respondió por ellos. Zein apretó los labios, y Lyra desvió la mirada hacia el suelo. No hacía falta decir nada.
—Oh… lo siento tanto… —murmuró ella con ternura, tendiéndoles un trozo de pan envuelto en tela—. Tomen, esto los ayudará a entrar en calor.
Zein y Lyra dudaron apenas un segundo.
—No se preocupen —a?adió la mujer con una sonrisa cálida—. No está envenenado.
—Gracias… —dijo Zein, partiendo el pan por la mitad y entregándole el pedazo más grande a Lyra.
—?Y ustedes? ?A qué van a Fictoma? —preguntó la mujer, pero al no obtener respuesta, continuó hablando con voz alegre—. Yo voy porque mi hijo pronto se casará. Siempre pensé que era un bueno para nada, pero consiguió un buen trabajo, una esposa… y ahora es alguien respetado. Estoy tan feliz por él. Desde que perdió a su padre, la vida fue dura, pero verlo salir adelante… me llena el corazón.
—Suena a que quiere mucho a su hijo, se?ora —se?aló el conductor con una sonrisa breve mientras mantenía las riendas firmes.
—Claro que sí, es mi más grande orgullo… —respondió ella con calidez, aunque su voz se apagó al escuchar un estruendo desgarrador que sacudió todo el camino.
Un golpe violento los lanzó contra el suelo de la carreta, y el aire se llenó de un rugido que parecía desgarrar el cielo. La mujer reaccionó sin pensar, envolviendo a Zein y Lyra entre sus brazos, cubriéndolos con su cuerpo tembloroso mientras la madera crujía bajo la presión. El conductor se dejó caer dentro con ellos, el rostro pálido y los ojos muy abiertos, mientras una sombra colosal los levantaba del suelo.
—?Qué... qué nos raptó? —preguntó Zein, con la voz temblorosa, apretando a Lyra contra su pecho.
—Un maldito dragón… —gru?ó el conductor con rabia y miedo mezclados.
—?Un dragón? ?Qué es eso? —preguntó Zein, incrédulo.
—Un monstruo con alas… un lagarto gigante que escupe fuego —respondió con amargura, bajando la mirada—. Sabía que era un error abrir de nuevo la ruta hacia Fictoma sin limpiar las monta?as…
Antes de que alguien pudiera reaccionar, el aire se volvió pesado y de pronto, ligero. La carreta entera cayó en picada, girando entre ráfagas de viento y nieve. Los gritos se perdieron entre el rugido de la tormenta. La mujer volvió a cubrir a los ni?os, apretándolos contra su pecho, mientras el conductor se aferraba a lo primero que encontró.
El impacto llegó como un trueno. Luego, nada. Silencio.
Pasaron largos minutos en los que solo se oía el silbido del viento colándose entre los restos.
?Hace… mucho frío…? pensó Zein, intentando moverse.
Cuando abrió los ojos, una luz pálida lo cegó. Estaba recostado sobre un suelo helado, y ante él se alzaba la entrada de una cueva inmensa, como la boca de una bestia dormida. La nieve se colaba entre las grietas del techo y las ráfagas de la ventisca danzaban con la penumbra del interior. Las paredes, rugosas y oscuras, estaban cubiertas de una capa fina de escarcha que relucía bajo la tenue luz azulada que se filtraba desde la entrada.
Zein se incorporó con dificultad, frotándose los brazos para recuperar algo de calor. Su respiración se volvió visible, y cada exhalación era una nube blanca en el aire helado. Con el corazón acelerado, se giró hacia la profundidad de la cueva.
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—?Lyra? —susurró, pero su voz se perdió en la inmensidad del lugar.
??Dónde estoy?? pensó Zein mientras avanzaba con pasos temblorosos hacia el interior de la cueva. Cada bocanada de aire era un cuchillo helado que le cortaba los labios, así que se abrazó a sí mismo, intentando resguardar algo de calor. A medida que se adentraba, el sonido del viento fue apagándose, reemplazado por ecos huecos y un rumor extra?o que parecía venir de todas partes: crujidos, goteos, respiraciones profundas que se confundían con su propio pulso.
Poco a poco, la temperatura comenzó a cambiar. Un leve soplo cálido lo envolvió, como si las entra?as de la cueva conservaran el aliento de una bestia dormida. Zein siguió avanzando, y pronto sus ojos distinguieron restos de madera astillada regados por el suelo: fragmentos de ruedas, listones partidos, trozos del techo de la carreta. Apretó los labios y decidió seguir ese rastro, esperando que lo llevara hasta los demás.
La oscuridad era casi total, apenas interrumpida por la débil claridad que se filtraba desde la entrada. Zein estiraba los brazos para tantear el camino, avanzando a ciegas. A veces chocaba con una roca o tropezaba con algún objeto, sintiendo la punzada de una astilla clavándose en la palma o un golpe en la espinilla. Pero no se detenía. Tenía que encontrarla.
Después de un rato, sus dedos tocaron algo distinto: una tela húmeda, blanda, que cedía bajo la presión de su mano. ?Al fin encontré a alguien?, pensó con un alivio fugaz.
—Oye… —susurró, agitando el cuerpo con cuidado—. ?Estás bien? Oye…
El silencio fue su única respuesta. Luego, una sensación viscosa resbaló entre sus dedos. Zein bajó la mirada, y la poca luz reveló el brillo oscuro de un líquido espeso que manchaba su piel. Se inclinó, giró el cuerpo con lentitud… y el corazón se le detuvo. Varias tablas rotas atravesaban el torso de una mujer. Al ver su rostro, reconoció inmediatamente a la se?ora que había compartido con ellos su pan.
—?Se?ora…? —murmuró, con la voz quebrada.
No hubo respuesta. Solo el eco de su respiración temblorosa llenando la cueva. Permaneció inmóvil unos segundos, y luego, con manos trémulas, tomó la manta que ella les había ofrecido y la colocó sobre su cuerpo, bajando la cabeza en silencio antes de seguir su camino.
Los sonidos se hicieron más nítidos conforme avanzaba: golpes metálicos, crujidos de roca, un zumbido bajo que retumbaba en las paredes. Cada paso lo acercaba a algo que no comprendía, pero el miedo ya no era suficiente para detenerlo. El suelo comenzó a inclinarse, y el aire se volvió más helado. La cueva se abría ante él, revelando su verdadera magnitud: un domo enorme, como un santuario tallado para una criatura ancestral.
A la distancia, un resplandor dorado iluminaba el techo. Zein se acercó con cautela, cubriéndose el rostro del viento gélido que descendía por una grieta en lo alto. Bajo aquella apertura, una monta?a de oro y joyas brillaba entre sombras: cálices, coronas, gemas y armas cubiertas de escarcha, acumuladas como si el tiempo mismo las hubiera olvidado allí.
Zein contuvo la respiración. Cada crujido de nieve bajo sus botas sonaba como un trueno. Avanzó bordeando la pila, cuidando de no hacer ruido, hasta que dos figuras se recortaron ante el brillo de los tesoros. Una de ellas estaba arrodillada, intentando moverse; la otra yacía recostada a su lado, inmóvil.
—Lyra… —susurró, al reconocerlos. Allí estaban: el conductor y ella.
En cuanto Zein los vio, corrió hacia ellos sin detenerse a pensar. Sus botas chocaban con el oro y la nieve, haciendo eco entre los muros helados de la cueva. Apenas se acercó, ambos —Lyra y el conductor— reaccionaron con un sobresalto, los ojos abiertos de par en par, y un grito ahogado escapó de sus labios. Zein levantó las manos enseguida, suplicando silencio, y al mostrarles su rostro, poco a poco los temblores de miedo se fueron apagando.
El alivio apenas les duró un segundo. Un rugido sordo descendió sobre ellos, y una ráfaga violenta los golpeó con tal fuerza que Zein tuvo que cubrirse el rostro. No era viento. Era aliento.
El suelo vibró bajo sus pies. De las sombras emergió una figura colosal que hizo que la monta?a de oro pareciera insignificante. Un dragón. Sus escamas, tan blancas como la nevada exterior, reflejaban los destellos de la luz que se filtraban desde lo alto. Cada respiración suya levantaba una nube de vapor, y sus alas, extendidas, cubrían buena parte del techo. Su cabeza se inclinó, mostrando una hilera de colmillos afilados y un aliento que olía a metal fundido y ceniza.
Zein se interpuso frente a Lyra sin dudarlo, los brazos extendidos, mientras el conductor, dominado por el instinto, se refugiaba tras ellos. El dragón abrió las fauces, y un brillo incandescente comenzó a crecer en su garganta, iluminando toda la cueva con un resplandor anaranjado. El aire se volvió pesado, vibrante, como si el fuego mismo se estuviera gestando en su interior.
Zein, paralizado, solo alcanzó a girar la cabeza hacia un lado, los dientes apretados. El miedo le helaba la sangre y el cuerpo le temblaba tanto que apenas podía mantenerse en pie.
?Maldición… si me hubiera quedado con Kio, nada de esto estaría pasando?, pensó, sintiendo cómo la vergüenza y el terror se mezclaban hasta hacerlo perder el control. ?Perdóname, Lyra…?
El rugido del fuego llenó la cueva. Una llamarada los envolvió por completo. Pero no hubo dolor. Solo calor. Un calor cálido, envolvente, casi reconfortante. Zein abrió los ojos, confundido, y frente a él, entre los pliegues del fuego, se alzaba una figura conocida.
Kio estaba ahí, firme, con una mano extendida hacia la criatura. La capa que llevaba ondeaba violentamente por la corriente del aire, dejando ver su atuendo de aventurera: un top negro ajustado, guantes largos con bordes dorados, pantalones ce?idos y botas marrones reforzadas, también adornadas con detalles dorados. Frente a ella, una formación de hexágonos brillantes crepitaba con energía, conteniendo las llamas que amenazaban con consumirlos.
—?Kio…! —gritó Zein, aliviado, pero antes de que pudiera decir más, el dragón cesó su ataque y rugió con furia.
Kio bajó lentamente la mano. Y en un parpadeo, desapareció. Un zumbido cortó el aire. Nadie alcanzó a verla moverse, ni siquiera el dragón. Solo un destello y luego… el impacto.
Desde lo alto, Kio cayó con una patada fulminante sobre el cráneo del monstruo. El golpe retumbó como un trueno, haciendo vibrar la cueva entera. El dragón se desplomó con un rugido ahogado, levantando una nube de polvo y escarcha antes de quedar tendido, inmóvil, entre montones de oro y piedras preciosas.
—?Insensato! —rugió Kio, su voz resonando con autoridad entre los muros helados de la cueva—. ??No te acuerdas de mí, verdad?!
El dragón, aún tambaleante por el golpe, alzó la cabeza con un gru?ido bajo y desafiante.
—?Quién demonios eres para atreverte a desafiar a Zyteg, el gran…?
Pero su voz se apagó de golpe. Un brillo de desconcierto cruzó por sus ojos reptilianos, y su respiración se tornó entrecortada. Kio, al notarlo, dejó escapar una sonrisa satisfecha.
—Te has vuelto arrogante, Zyteg. ?Dónde quedó aquel peque?o orgulloso que jugaba conmigo en cuevas como esta, allá en tu tierra natal? —dijo, cruzándose de brazos con gesto travieso.
Los ojos del dragón se abrieron de par en par, y su mandíbula cayó un poco.
—??Kio?! —exclamó, inclinando la cabeza en una mezcla de sorpresa y reverencia—. ?En verdad eres tú?
—Sí, ?quién más podría domarte con una sola patada? —respondió ella, divertida.
Zyteg la observó con atención, parpadeando varias veces.
—Te ves… muy diferente.
—Lo mismo se podría decir de ti —replicó ella, alzando una ceja—. Pero si no te agrada este aspecto… ?qué te parece este?
Un destello azul recorrió su cuerpo y una cortina de humo la envolvió. Cuando la neblina se disipó, frente al dragón ya no estaba la mujer que acababa de vencerlo, sino una versión mucho más joven: del tama?o de Lyra, con una expresión vivaz y ojos llenos de energía. Su voz sonó más ligera, inocente incluso, y una chispa juguetona brilló en su mirada.
—?Qué tal así? —preguntó, dando una peque?a vuelta sobre sí misma.
El dragón la observó unos segundos antes de soltar una carcajada grave, profunda, que resonó por toda la cueva.
—Jajaja, estás igual que cuando nos conocimos.
Kio le devolvió la sonrisa, y sin previo aviso corrió hacia él para abrazar su enorme cabeza escamada. Durante un instante, la escena tuvo algo de tierno, casi nostálgico. Luego, sin cambiar el gesto, le dio un golpe seco con el pu?o.
—Por tu culpa “él” casi me rega?a —bufó, inflando las mejillas.
—?él…? —Zyteg bajó la cabeza, sin entender del todo.
Kio solo suspiró y apuntó con el dedo hacia Zein, que observaba todo con una mezcla de confusión y asombro.
—?Ves a ese muchacho? —dijo con tono firme—. A él tengo que protegerlo a toda costa.
El dragón lo miró de arriba abajo, ladeando la cabeza.
—Pero… no parece tener nada especial —murmuró con franqueza.
—Sí, lo sé —admitió Kio encogiéndose de hombros, aunque una peque?a sonrisa asomó en sus labios—. Desde fuera puede parecer un completo inútil, pero su potencial… es mayor que el de cualquiera que haya visto.
Zyteg parpadeó, sorprendido.
—?Incluso más que Araphor?
Kio guardó silencio por un momento. Su mirada se desvió, y en su expresión se dibujó una sombra de melancolía.
—Sí —respondió finalmente, con voz baja—. Incluso más que él.
Mientras los viejos amigos conversaban, Zein permanecía inmóvil, incapaz de reaccionar, hasta que sus piernas cedieron y cayó al suelo, temblando sin control. Un escalofrío recorrió su espalda al recordar lo que acababa de presenciar.
?Ella es increíble…? pensó, con la mente nublada entre miedo y asombro. ?Es muy diferente a lo que pensé que era…?
Lyra corrió hacia él y lo abrazó con fuerza, sus peque?os hombros temblando mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas sin emitir sonido alguno. Zein la sostuvo, correspondiendo al abrazo con torpeza, tratando de calmarla mientras su propia respiración seguía entrecortada.
Kio se acercó despacio, su figura volviendo a adoptar su forma habitual.
—Zein… —dijo en voz baja.
él levantó la mirada con un gesto cargado de arrepentimiento.
—Perdón…
—No te disculpes —respondió ella con suavidad—. Era normal que dudaras de mí. Soy yo quien debería disculparse. No supe cómo tratarlos, actué de forma egoísta y orgullosa. Mi deber es velar por ustedes… y ni siquiera pude cumplir con eso.
Lyra alzó la vista, aún aferrada a Zein, y murmuró con voz apenas audible:
—No… Gracias.
—?Me permites? —pidió Kio, extendiendo una mano hacia la ni?a mientras susurraba un conjuro en voz baja.
En su palma, un círculo mágico de color dorado comenzó a brillar con intensidad, pero se fracturó al instante, disipándose en destellos de luz quebrada. Kio frunció el ce?o, y Zyteg también pareció sorprendido.
La hechicera se inclinó un poco más, observando el cuello de Lyra. Había marcas de moretones, pero entre ellas destacó una en particular, un símbolo extra?o grabado en la piel. Su expresión se endureció.
—Maldito… —susurró, apretando los dientes.
—Kio —la llamó Zein.
—?Qué ocurre?
—Lo que hiciste antes… ?qué era eso?
—Magia —respondió
—?También con lo que nos protegiste… y con lo que curaste a Lyra cuando nos conocimos? —preguntó Zein con cierta timidez.
Kio asintió apenas, cruzándose de brazos mientras lo observaba con calma.
—Entonces… —Zein respiró hondo, bajando la mirada—, ?podrías… podrías hacerme tu discípulo? —se inclinó hacia adelante, su voz cargada de sinceridad—. Hay muchas cosas que no sé hacer en este mundo, demasiadas que ignoro… y carezco del poder para proteger a Lyra. Así que, por favor…
Kio levantó una mano, deteniéndolo.
—Perdón, Zein. Puedo ense?arte magia, incluso algunas otras cosas… pero no puedo aceptarte como mi discípulo.
Zein alzó la vista con los ojos muy abiertos.
—?Por qué no? ?Es porque soy débil? ?Porque no soy lo suficientemente bueno?
—No, no es nada de eso… —respondió ella, desviando la mirada.
—Es por Araphor, ?no? —intervino Zyteg, con una voz grave y firme.
La expresión de Kio se endureció al instante.
—No vuelvas a decir su nombre —advirtió con frialdad. Dio media vuelta y se acercó al conductor que aún yacía desmayado por el shock—. Lo curaré. Déjenme sola un rato.
Luego miró por encima del hombro hacia Zein, su voz recobrando un tono más suave:
—No te preocupes. Conozco a alguien… alguien que sí podría aceptarte como discípulo.
Zein se quedó en silencio, observando cómo Kio se alejaba.
?Debe tener sus razones?, pensó, tratando de convencerse.
Se dejó caer al suelo junto a Lyra y Zyteg, que mantenía su mirada fija en Kio. El aire se sentía más pesado, como si las palabras no dichas colgaran entre ellos.

